jueves, 1 de septiembre de 2011

Civilización, Palabra Frágil. Por Mariano Picón Salas

CIVILIZACIÓN, PALABRA FRÁGIL

Por Mariano Picón Salas


Pocos meses después de concluida la primera gran guerra europea, en los mismos días en que los estadistas del mundo se reunían en Ginebra para fundar una “Sociedad de las Naciones” que asegurase una paz estable, Paúl Valéry escribió un pequeño ensayo que parecía templar la excesiva confianza de los muy optimistas, recordándoles que “todas las civilizaciones son mortales”: que el alegre París, la opulenta Londres, la refinada Florencia podrían ser mañana Susas o Persépolis cubiertas de olvido. Y la tesis de Valéry consistía en que el esfuerzo de Cultura y prudencia para que una civilización no perezca, es casi mayor que el impulso de crearla. La Civilización es como un Jardín que hubiéramos recibido en legado; y de generaciones sumamente laboriosas y siempre despiertas depende de que tan bello rincón de árboles, fuentes y nobles pensamientos no se ahogue en la ruina y la maleza. (Una idea, si se quiere, muy francesa de la “civilización”, ya que fue Francia entre todas las naciones europeas la que primero dio validez y uso universal a tan hermosa palabra.) El ensayo de Valéry, de tan ágil y penetrante levedad, casi coincidió en el tiempo con la monumental obra alemana de Osvald Spengler, “La decadencia de Occidente”, cuyo primer volumen aparecido a fines de 1918 hubo de convertirse en un como breviario mágico de profecía e intuición histórica para las generaciones angustiadas de la primera post-guerra. El interés de estos ensayos no se cifraba, precisamente en que en ellos se hablara de la “fragilidad de las civilizaciones” (ya Gibbon lo había dicho en el siglo XVIII en su clásica obra sobre Roma, y Burchkardt y Gaston Boissier se entretuvieron en estudiar en sus libros sobre el fin del mundo antiguo, aquellas extrañas fuerzas deletéreas que, como termites tropicales en la más fuerte madera, quebrantaron a partir del siglo III de nuestra era un organismo histórico que parecía eterno, inmenso y vigoroso como el Imperio Romano). El ensayo de Valéry y la ingente audacísima obra de Spengler gozaron de enorme audiencia porque el hombre europeo comenzaba a sentir que el conjunto de formas e instrumento que él asociaba a la palabra “civilización” entraba en serio peligro. Podrá discutirse todo lo que se quiera a Spengler; investigadores norteamericanos aplicaron al caudaloso y bello libro el rasero de una crítica positivista, excesivamente pegada a los detalles, pero la terrible pupila del pensador alemán previó con varios años de antelación algunas de las más brutales emergencias de la época; previó el Fascismo y la sombría crisis del estado Liberal; previo las futuras guerras entre Continentes de que ya estamos amenazados. 

Lo más interesante de estos trabajos casi proféticos es que ellos alertaban contra una dulce ilusión que la Humanidad había venido acariciando ininterrumpidamente desde las grandes utopías optimistas del siglo XVIII: la de que el progreso continuaba en línea recta y que por el simple desarrollo de la razón y la humanísima posibilidad de aprovechar y acrecentar las experiencias de los antepasados, todo futuro será mejor que el presente. Cuando los personajes de alguna novela del siglo XIX, se ven lanzados en un conflicto que no pueden resolver confían en que el simple avance de las Ciencias, del espíritu de la tolerancia o la comprensiva fineza que involucra toda Cultura, le dará más ecuánime solución en un tiempo venidero. A ese necesario avance de la Sociedad modificada por la Ciencia parece consagrar todos sus rudos documentos humanos, todas sus denuncias y protestas, un novelista como Zola. Y quien hubiera visto al mundo en aquellos que mediaron entre la exposición universal de Paris de 1889 y julio de 1914, pronosticaría que había derecho al más regocijado optimismo. 

Casi todas las tiranías y regímenes absolutos se habían transformado, por entonces, en la mayor parte de los países del mundo en Estados democráticos que garantizaban los derechos de individuos y comunidades. Una fina cultura de la sensibilidad se expresaba no solo en las obras de Arte, sino en muchas y nuevas instituciones jurídicas y filantrópicas. Parecía estar a punto de abolirse la crueldad hacia los seres humanos y la Sociedad buscaba un derecho más justo en que hasta los conceptos de “culpa”, “pena” y “delitos” se armonizasen con el avance benéfico de las Ciencias. Si aun no se cumplía el ideal de una justicia económica ecuánimemente distribuida, la extensión del sufragio, el auge y nueva legalidad de los partidos obreros, prometía continuas reformas en la condición de las clases más pobres, sin que para ello pareciera necesaria aquella revolución apocalíptica de la violencia propiciada por un George Sorel. 

Treinta años después de aquella Europa que bailó despreocupadamente el “Can-Can”, disfrutó de las más irrestrictas libertades y había garantizado el derecho a oponerse y disentir como una de las mejores conquistas de la Civilización y suavizó (como ninguna otra época de la Historia) las relaciones humanas, casi no quedaban vestigios. O las revoluciones y crisis que afloraron después de la primera post-guerra, revelaron como un fondo plutónico de barbarie y violencia que no se hubiera podido imaginar en 1900. En un país tan venerablemente culto como la Alemania de Goethe, de Schiller, de Kant y de Hegel, de tan geniales guías y conductores de la conciencia moderna, se quemaban libros, se perseguían ideas disidentes y se imponían formas de sadismo y crueldad que superaban a las peores que pudo conocer la Historia desde los días de Gengis Kan. Se oficializaba la mentira científica y los hombres, (en un voluntario retorno a la Prehistoria) parecían renunciar a cuanto había permitido el avance del espíritu humano en los últimos siglos: el análisis, el sereno dictamen de la razón, la equidad para comprender los puntos de vista contrarios. Aunque tan infecciosa degradación del espíritu individual y colectivo coincidiera con máquinas y tecnología más poderosa que la de 1900, es claro que semejantes formas no se podían llamar “progreso” comparándolas con las de treinta años antes, no solo no se avanzaba hacia las formas morales y sociales más perfectas, sino que parecía entrarse en un inesperado y trágico “proceso de involución”. Este angustiado problema de advertir que espiritualmente se está retrocediendo cuando todos los supuestos anteriores de la Civilización parecen prometer un avance, es lo que se denuncia en muy significativos libros alemanes de un Thomas Mann, un Hesse, un Feutchvagner. 

Y la moraleja de todo esto es que no podemos quedarnos a la orilla, esperando que nos beneficie espontáneamente el llamado río de la Civilización; de que no todo lo que viene y todo lo que nos inunda es necesariamente bienhechor, sino que hay que preparar los cauces históricos para que la corriente no se trueque en avalancha. La “Civilización” en el humanismo sentido que le dieron los pensadores franceses del siglo XVIII, como la juzgaba Voltaire, como la juzgó todavía Paúl Valéry, no solo se recibe pasivamente, sino más bien se conquista. No consiste tan solo en poseer útiles neveras y automóviles que corran a 200 kilómetros por hora, como en lograr un espíritu ecuánime, una serena disciplina interior, una actitud de benevolencia y justicia ante las obligaciones que nos impone la vida. Ya se ha dicho demasiado que la paradoja de nuestra época es que el avance de las máquinas y el ingente desarrollo de la tecnología no ha coincidido con una paralela evolución espiritual. ¡Con cuantos bárbaros “tecnificados” nos encontramos en las calles! Y la “Civilización” sigue siendo así, una meta y un permanente plan educativo de la especie humana.





PICÓN SALAS, Mariano (1901-1965). Extracto de su obra de 1955 Crisis, Cambio, Tradición (Ensayos sobre las Formas de Nuestra Cultura). Ediciones EDIME. Caracas-Madrid

martes, 26 de julio de 2011

Chávez; No Otro Bolívar, Más Bien El Renacer De Boves

CHÁVEZ; NO OTRO BOLÍVAR, MÁS BIEN EL RENACER DE BOVES

Por Alexander Delgado C.

26 de Julio de 2011

 

¡O se acaba la bovera o se rompe la zaraza!

Palabras pronunciadas por el General Pedro Zaraza (a quien la tradición ha atribuido la muerte de Boves) poco antes de iniciarse la Batalla de Urica, el 07 de diciembre de 1814.


Ya se ha vuelto un lugar común que el régimen use permanentemente para sus fines el nombre y la memoria del general Simón Bolívar, hasta llegar a una abierta y abyecta profanación a sus restos a mediados del año pasado. Lo verdaderamente deplorable es que, en la acera política opuesta al chavismo, en estos últimos doce años, prácticamente no haya habido voces que, de forma tajante, clara y reiterada, le pusieran un detente a este manoseo y que del mismo modo contrarrestaran este usufructo.

Podemos simpatizar o no simpatizar con la figura de Bolívar, ese no es el punto. También es verdad que hace falta una visión más revisionista, menos epopéyica y menos endiosante, tanto de la figura del Libertador como de la etapa independentista. Pero más allá de todas estas consideraciones, reaccionar contra este uso falaz y simplista e interpretación vulgar de lo bolivariano es una cuestión de auto-respeto como país, tratándose de nuestros principales puntos referenciales, tanto culturales, históricos o religiosos, pero sobre todo es una cuestión de respeto a la verdad histórica

Del lado No-Chavista se ha hecho demasiado poco en recuperar y reivindicar nuestra identidad histórica (y menos aún en revisarla sanamente), así sea en un plano discursivo, mediático y gráfico; salvaguardándola, de este modo, de la constante manipulación por parte de Hugo Chávez y sus acólitos. Lamentablemente los principales factores de la oposición", sean de centro-izquierda o de derecha yuppie-mayameraimbuidos en un malentendido pragmatismo, no son capaces de ponderar la pertinencia de nuestra autovaloración histórica, como un factor psicosocial y simbólico de la venezolanidad, ni el poder motivador socio-político que esto tiene.

Dentro de esta falencia opositora, el discurso anti-chavista no ha sabido (o no le ha importado) usar una constatación histórica contra las permanentes manipulaciones de Chávez. Esta es que, en realidad, Hugo Chávez representa más acertadamente el renacer de José Tomás Boves. 

Si algún espíritu histórico-social encarna el chavismo es el de la llamada Rebelión Popular De 1814. 

Ciertamente muchos de los grandes caudillos de la Independencia, empezando por el propio Bolívar (que a fin de cuentas dirigió como dictador la guerra independentista) pueden haber llegado a adoptar discursos y políticas draconianas, demagógicas y proselitistas, pero nunca llegaron a un discurso de odio social y hasta racial, como el que enarboló Boves y como el que, constantemente, hoy se agita desde el Palacio de Miraflores. Es preciso recordar el horror con el que el Libertador consideró lo que después se va a llamar la lucha de clases, que en aquel entonces estaba íntimamente ligada a la confrontación racial o guerra de colores. De hecho fue el temor, nunca comprobado, de que el general Manuel Piar desatara una guerra de colores, lo que determinó que, en 1817, el glorioso vencedor de San Félix terminara en un paredón con la venia de Bolívar. Esto nos puede dar una idea de lo prevenido que estarían el Libertador y otros importantes jefes independentistas ante una confrontación clasial o racial. No era para menos después de la vorágine de sangre que Boves y su guerra de exterminio a los blancos y mantuanos arrojó sobre Venezuela en 1814.

 

LA REBELIÓN POPULAR DE 1814

La figura del caudillo asturiano ha sido, en un sentido literario, magistralmente tratada por Francisco Herrera Luque en su novela Boves El Urogallo (1972). A su vez, el año pasado el director Luis Alberto Lamata, llevó a las salas de cine venezolanas la película Taita Boves. Sin embargo, en el presente ensayo, prefiero tomar en cuenta el libro de Juan Uslar Pietri Historia De La Rebelión Popular De 1814. Este trabajo, publicado en 1951 y centrado, más que en Boves, en la Rebelión de 1814, nos presenta detalladamente este acontecimiento histórico-social, tradicionalmente muy mal ponderado en los textos de enseñanza escolar y en los medios de información. Un acontecimiento histórico que muy probablemente haya dejado en nuestra psique colectiva más huellas de las que estamos dispuestos a admitir.

Boves no era simplemente un jefe realista, en realidad fue el primer gran caudillo de masas, atizó y canalizó el odio y el resentimiento, acumulado a lo largo de tres siglos, de los sectores populares y de los esclavos contra las clases aristocráticas de entonces, conocidas como Los Mantuanos (un odio que el mismo Boves albergaba a su manera); es preciso recordar que, a su vez, los mantuanos dirigían mayoritariamente el movimiento independentista. Aunque nacido en Oviedo (Asturias), en el año 1782, Boves residía en tierras venezolanas, concretamente en Calabozo, por lo menos, desde 1799, connaturalizándose con la vida de los llanos venezolanos. 

Al estallar el movimiento independentista, Boves inicialmente habría intentado tomar partido por la causa independentista en la, entonces, villa de Calabozo; pero, bien sea por recelo o por los prejuicios clasistas de los mantuanos, nunca logró ganarse la confianza de los republicanos. Acusado (tal vez injustamente) de espía de los realistas, fue vejado, torturado y condenado a muerte por los independentistas calaboceños en 1812. La misma mañana en que Boves iba a ser ejecutado, las fuerzas realistas de Eusebio Antoñazas ocuparon Calabozo. Boves, salvado milagrosamente del patíbulo, fue puesto en libertad incorporándose inmediatamente a la causa realista. 

En realidad, la actuación de Boves y sus temibles lanceros, más que a favor del Rey de España, fue en contra de los Mantuanos, bien que “circunstancial y convenientemente camuflajeada” bajo las banderas realistas. De esta manera describe Juan Uslar Pietri el accionar de Boves y sus lanceros:

Boves comenzaba la carrera de caudillo popular, de demócrata en el sentido de voluntad social. Al contrario de los jefes realistas y de los patriotas él tenía de su parte al pueblo. Permitía dentro de sus ejércitos toda clase de libertades; libertades éstas que en un grupo de poca desarrollada cultura significaban indisciplina y anarquía. Los soldados cuando no querían obedecer las órdenes de uno de sus jefes pedían a Boves su destitución. Boves, para complacerlos y sirviendo de expresión a la voluntad de todos, nombraba un nuevo jefe que fuese del agrado de sus terribles lanceros...”.

Boves sabía atizar el odio que los negros y pardos sentían por los blancos. El mismo llegó de tal manera a sugestionarse en su campaña contra la “maldita raza”, que, a pesar de ser blanco, les odió también…  Su odio por esta raza era tan grande, que llegó no solamente a considerar enemigos a los blancos patriotas, sino también a “todos los criollos blancos, y así se hizo el ídolo de la gente de color, a la cual adulaba con la esperanza de ver destruida la casta dominante”.

En relación a la Guerra Social-Racial iniciada por Boves desde 1813 pero que alcanzaría su máximo de ferocidad en 1814, dice Juan Uslar Pietri:

En realidad, esta lucha de razas era una sublimación de la lucha de clases, pues los blancos eran los poseedores de todas las riquezas de Venezuela, y los negros y pardos, los “parias” de esa organización social. Inconscientemente, en su lucha contra los blancos, aquellos hombres no hacían otra cosa que acabar con los propietarios. Lo que sucedió fue que en esa época no había programas políticos sociales que pudieran darle un diferente matiz a aquella rebelión.

Poco tiempo después de la muerte de Boves en la batalla de Urica (el 07/12/1814), su antiguo capellán, el padre Ambrosio Llamozas, fue a España, comisionado por el General Pablo Morillo, a dar cuenta al rey de los sucesos de Venezuela; del memorial que el Padre Llamozas presenta (y que Fernando VII no se quiso dignar a recibir personalmente, a pesar de lo grave del asunto), Uslar Pietri inserta las siguientes líneas:

A los hombres que encontraba que pertenecieran a la raza odiada les asesinaba sin fórmula de juicio y sin ningún pretexto. A las mujeres y a los niños, cuando no corrían la misma suerte, los enviaba a la isla de Arichuna para que se murieran de hambre. En la ciudad de Calabozo mató a ochenta y siete que pudo encontrar, pues el resto había huido, y dejó una lista con otros treinta y dos. En el pueblo de Santa Rosa acabó sistemáticamente con todos los blancos sin exceptuar uno. En la Villa de Aragua, después de saqueada la ciudad, los blancos trataron de refugiarse en la Iglesia. Allí fueron masacradas de cuatrocientas a quinientas personas. En Barcelona perecieron mil. A consecuencia de este sistema han desaparecido los blancos; en Cumaná sólo han quedado cinco u ocho del país”.

Describiendo los estragos que el segundo de Boves, Francisco Tomás Morales, ocasionó en los Valles de Aragua a comienzos de 1814, concretamente en Turmero, leemos en la obra de Juan Uslar Pietri, la siguiente narración de un testigo (se infiere que un funcionario del gobierno de la Segunda República), tomada de la «Gaceta de Caracas», en su Nº.58, del 14 de abril de 1814.

Ellos se llevaban las mujeres, las violaban, y las hacían seguirlos a planazos, nada escapaba a su brutalidad. Un curro desfloró una jovencita de ocho años, que quedó muerta a orillas del camino de Güere, donde se encontró aún con todas las señales de la torpe barbarie con que había sido tratada. Su madre, que lloraba su suerte que no pudo evitar, refería penetrada de amargura, el triste caso de su desgraciada hija a nuestros oficiales cuando pasaban por Valencia. Nada dejaron en las oficinas de mi cargo, las mesas, las sillas, los estantes, todo lo quemaron, y sólo encontré un cadáver colgado de una ventana”.

Obviamente, a los independentistas en aquel entonces no les interesaba mostrar los sucesos de 1814 como la rebelión popular que era; aparte de admitir que se libraba una guerra civil enclavada dentro de la Guerra Independentista, esto implicaba asumir el contrasentido histórico de una rebelión de masas, oclocrática y anómica, amparada en las banderas realistas. En consecuencia, la acción de Boves y sus lanceros siempre fue presentada como una simple reacción realista contra la Segunda República. Lamentablemente esta visión, circunstancialmente comprensible (que no justificable), fue mantenida por los diversos grupos de poder que se sucederían en Venezuela, hasta la presente fecha. Creyendo, equivocadamente, que exponer realidades como esta demeritaba la lucha emancipadora a los ojos de la venezolanidad, siempre procuraron mostrar lo que de epopéyico tuvo aquella lucha y, al mismo tiempo, trataron de soslayar la cara barbárica, trágica y traumática de la heroica pero larga, sangrienta y devastadora guerra de Independencia. Como nos lo cuenta Uslar Pietri en La Rebelión, en el solo año de 1814 se derramó más sangre en Venezuela que en toda la Revolución Francesa.

El fantasma de esta rebelión se reproduciría a lo largo del siglo XIX, especialmente durante la Guerra Federal (1859-1863), generando un ciclo de violencia y guerras caudillistas que solo pudo ser superado, a comienzos del siglo XX, bajo la implacable dictadura del general Juan Vicente Gómez. Pero, muy probablemente, el fantasma de Boves continuara rondando la psique colectiva, influyendo, desde 1958, en la sistemática evasión de conflictos (por pertinentes que fueran) que caracterizó a los cuarenta años de Ilusión de Armonía (1958-1998).

Pero la trágica ironía es que el fantasma que se quiso evadir sistemáticamente desde 1958, ha salido del closet de nuestro, ni tan inconsciente colectivo, en 1998 y, con todo su furor contenido, se ha institucionalizado desde 1999.

 

ENFRENTANDO FANTASMAS, REPLANTEANDO NUESTRA VISIÓN HISTÓRICA

Por supuesto que todo lo anterior puede sonar tendencioso, bilioso y hasta exageradamente alarmista, no es esa la intención; tal vez tengan razón quienes sostienen que “un principio inamovible de los historiadores profesionales es que la historia no se repite… el resentimiento y el deseo de venganza es un elemento que puede estar presente en un hecho histórico con mayor o menor intensidad y amplitud, pero que tales pasiones no son por sí explicaciones de los hechos que se observan.” (Felipe Valdivieso Cox, en una reseña a propósito del estreno de Taita Boves).

También es innegablemente cierto que aún el chavismo no ha desatado una sangría como la de 1814, pero ¿qué dudas puede haber de que la psique chavista apunta hacia allá? Se excitan las más bajas pasiones en las masas, se fomenta el odio al que posee algunos bienes materiales y sobre todo al que detenta dotes intelectuales, talentos superiores y virtudes que el otro no tiene o no ha podido o sabido ejercitar.

De hecho, hoy podemos hablar de un BOVECISMO POLÍTICO.


El tono de resentimiento racial en el discurso de Chávez siempre ha estado mal disimulado, hacia allá apunta el perenne empeño en manipular la historia a favor de sus delirios y frustraciones y, muy especialmente, el negacionismo de la herencia hispánica y la absurda pretensión de que nuestra madre patria sea África.

En cuanto a la violencia en gran escala y una oleada de sangre como la de 1814, bien podemos apreciar que el régimen hace pender sobre los venezolanos, cual espada de Damocles, la permanente amenaza de una guerra civil. La violencia se practica de manera simbólica, aunque con episodios aislados de violencia abierta, que bien pudieran hacernos preguntar, suspicazmente, cuánto habrá de ensayo y error.

Demasiado descriptiva resulta la anécdota según la cual en la tarde de aquel trágico 11 de Abril de 2002, José Vicente Rangel le habría dicho telefónicamente a Freddy Bernal, “que los cerros bajen armados de cuchillos, que eso los cague”. Y dos días después, durante las revueltas que regresaron a Chávez al poder, no menos ilustrativa resulta la lúgubre imagen de las organizadas hordas chavistas, despedazando vivos indefensos cachorros de una tienda de mascotas, escribiendo con la sangre de estos, grafitis en las paredes y luego amenazando a los vecinos de los alrededores con que “Ustedes son los próximos”. 

Si esto no es el despertar del espíritu bovecista ¿de qué otra forma se puede llamar?

Vivimos bajo la permanente acción intimidatoria de las turbas motorizadas del chavismo. Ese mismo malandraje motorizado, arremetiendo contra determinados actos públicos de la oposición, bien podría sugerirnos una nueva versión mecanizada de las sangrientas hordas a caballo de 1814 (o en general del siglo XIX). Antes eran los hombres a caballo de las zonas rurales que amenazaban las ciudades, ahora son los motorizados chavistas de los extrarradios de las ciudades (especialmente Caracas) que amenazan el Casco Urbano y las urbanizaciones de clase media para arriba. 

Finalmente, la espasmódica pero al mismo tiempo reiterada, agresión y ultraje contra templos y símbolos religiosos, especialmente católicos, por parte de colectivos pro-chavistas, no puede menos que remitirnos, a quienes conocemos nuestra historia, a la imagen de los hordas bovescianas de 1814 acuchillando inocentes en los altares de las iglesias, saqueando estos templos y (como también se narra en el citado libro de Uslar Pietri) sustrayendo hasta los corporales y vendiéndolos como pañales para bebés… o rebanando el vientre de una mujer embarazada a la salida de una Iglesia tras la toma de Cumaná.

¿No puede leerse todo lo anteriormente dicho como una forma indirecta, por parte del régimen y sus seguidores más recalcitrantes, de decirnos lo que, en última instancia se consideran capaces de hacer?

Antes que parecer alarmista o sensacionalista, la idea es llamar la atención hacia una mejor comprensión de lo que estamos enfrentando en la Venezuela de comienzos del siglo XXI, y que los voceros bobositores no tienen el conocimiento, o acaso el valor, para colocarlo sobre el tapete. La vocería “opositora”, de manera tendenciosa y sesgada, se empeña en presentarnos en lucha contra, simplemente, una dictadura. Por ejemplo el afán en mostrarnos, interesadamente, cada 23 de Enero, a Chávez como una mala copia de Marcos Pérez Jiménez, pesar de lo forzado de tal paralelismo y de las abismales diferencias entre ambos modelos de gobierno y contextos históricos.

O peor aún; el empeño de los espacios informativos y de opinión de tinte opositor de inculcarnos paralelismos, pedantescos y extranjerizantes, del actual régimen con Hitler o Stalin. Más allá de lo que pueda haber de acertado en estas comparaciones, el discurso oficial de la llamada oposición, en su exquisita ignorancia y superficialidad, no se percata de que, por un lado, el uso de estos referentes foráneos desdibuja cualquier intento de comprensión venezolana de la realidad que estamos padeciendo, y por el otro, de manera abstracta y en valores relativos (el simple número, sea cual sea su signo), la comparación con el dictador de una potencia europea, por maléfico que este haya sido, antes que denigrar, exalta al chavismo.

En la Venezuela de comienzos del siglo XXI estamos enfrentando mucho más que una dictadura con pretensiones totalitarias (que ciertamente mucho tiene de eso), confrontamos el resurgimiento de un proceso de barbarie política, de anarquía moral y social, de anomia del espíritu, un proceso con raíces históricas netamente venezolanas; esa es la realidad que debemos concientizar y asumir en consecuencia. Se trata de afrontar la problemática que vivimos a partir de una visión más a lo interno de nuestro ser y no ser, porque a fin de cuentas, el fantasma de 1814 todavía sobrevive de alguna manera en todos nosotros, no solo en los chavistas aunque estos sean la mejor expresión de este fantasma. 

Sobrevive con su carga de odios, resentimientos y complejos en la acera chavista; y en la acera antichavista, con una innegable carga, más o menos disimulada, de prejuicios clasistas (cuando no francamente racistas) y prepotencias mantuanoides.

En realidad, en la Venezuela de hoy, la confrontación contra el Bovecismo del Siglo XXI es afuera y es adentro de nosotros mismos.

lunes, 11 de julio de 2011

Deuda Con La Historia. Por Oswaldo Sujú Raffo

DEUDA CON LA HISTORIA

Por Oswaldo Sujú Raffo.

24 de Junio de 2011



Hace un siglo y nueve décadas, un día como hoy 24 de Junio, en la inmortal sabana se libró la Batalla de Carabobo. Por segunda vez en ese mismo campo, las armas republicanas vencieron a las tropas del Rey español. 

En esa memorable fecha, en medio de una pertinaz lluvia, antes del mediodía se rompieron los fuegos y dos horas después estaba decidida la victoria a favor de las tropas patriotas. Se cumplió la estrategia de El Libertador Simón Bolívar: las amenazas del Gral. Urdaneta desde occidente; la del Gral. Bermúdez desde el oriente, provocó la distracción de las fuerzas realistas y permitió la concentración de los ejércitos del centro y del llano, con el Gral. Páez y sus lanceros a la cabeza. 

Una batalla gloriosa, en donde nuestros soldados vistieron de gala y con un arrojo indescriptible derrotaron los batallones realistas del Mariscal La Torre y de los Generales Cajigal y Ceballos. Una batalla decisiva para nuestra independencia, en donde Bolívar empleo solo un tercio de sus fuerzas: la I División, al mando del impertérrito Páez y sus centauros llaneros, quienes se cubrie­ron de gloria y humillaron las huestes del León de Castilla. En pocas líneas se podría describir como fue la acción: “Todo el campo de batalla era un nubloso torbellino; el fragor del combate es una sinfonía de muerte, humo, polvo, sangre, gritos y lamentos, toques de cornetas, relinchar de caballos, explosiones y descargas de fusilerías, tronar de cañones, relampagueantes fulgores de miles de bayonetas, sables y lanzas que se confunden con las descargas eléctricas de una lluvia que se apoderó del espacio”. 

Al final de la contienda, en el mismo campo de batalla, El Libertador asciende a GENERAL EN JEFE al glorioso Gral. Páez, quien dos años después (1823) sella nuestra independencia, al tomar en combate nocturno y al arma blanca, el Castillo de Puerto Cabello, último baluarte del Imperio Español en Venezuela. El Libertador cumplió su “Juramento en el Monte Sacro” y no conforme con ello, libertó a otras cuatro naciones y pasó a la Historia como el Libertador de la América Hispana. 

¡Qué deuda tene­mos con nuestros fundadores y libertadores!. Cuando hoy vemos lo que pasa en el país nacional, los problemas sociales agravados, el odio sembrado entre hermanos, la hipoteca de sus recursos, el derroche, la corrupción perversa y sin castigo, la inversión de valores y la violación de nuestra soberanía y leyes de la República, debemos sentir en nuestras conciencias la aguda y fúrica voz de El Libertador que nos reclamar y nos dice: “Sobre los huesos de miles de cadáveres de vuestros ancestros, rompí las cadenas que nos ataban al yugo español…Yo la hice libre y soberana!! ¿Por qué ustedes no la han hecho grande y próspera?, ¿Por qué han dejado que la Patria pierda independencia, soberanía y dignidad? 

¡¿Qué carajo les pasa?!! Que nuestra indiferencia y falta de responsabilidad no impidan la deuda histórica que tenemos con nuestros mártires, civiles y militares, que nos legaron libertad, Patria y gentilicio, para todos los que vivimos en esta Venezuela tuya, mía y nuestra. La Patria es primero. Fuera los invasores comunistas cubiches, los vividores y los magapas. Hasta luego!!



AUTOR: Oswaldo Suju Raffo. 

General De División (Retirado)


domingo, 19 de junio de 2011

Álvaro Uribe: Ni Salvador Ni Enemigo… Para Los Venezolanos

ÁLVARO URIBE VÉLEZ. NI SALVADOR NI ENEMIGO… PARA LOS VENEZOLANOS

 Por Alexander Delgado C.

19 de Junio de 2011


La investigación que en la República de Colombia se adelanta contra el ex presidente Álvaro Uribe Vélez, ha generado, como era de suponerse, una controversia en tierras neogranadinas que, al momento de escribir estas líneas, se encuentra al rojo vivo. Sin embargo esta controversia parece estar salpicando a la opinión pública venezolana, o al menos a nivel de Internet. En ese sentido, a nivel de redes sociales o en Foros como los del portal Noticiero Digital se han generado debates (si así se pueden llamar los dimes y diretes que se generan a partir de un link o una reseña). En estos dimes y diretes, por internet o físicamente, no faltan por supuesto, entre los antichavistas, los defensores apasionados de Uribe como si se tratara de un connotado y meritorio líder de la oposición criolla. Desde la acera opuesta, además de las “opiniones” Castro-Chavistas, que ni vale la pena tomar en cuenta, no han faltado posturas patrioteras que siguen presentando al gobierno de Uribe como si hubiera constituido una amenaza a la seguridad e Integridad de Nuestro País, un Estado o un Gobierno dispuesto a hacer la Guerra a los venezolanos, como si estuviéramos en turbulentos días de 1830 o en los tiempos de la Crisis de los Monjes (1952) o la del Caldas (1987). 

Pero como dice el dicho; NI TAN CALVO NI CON DOS PELUCAS. Considero pertinente poner en su sitio a ambas posturas, las cuales me parecen por igual, exageradas en su maniqueísmo. 


¿URIBE UNA AMENAZA PARA LOS VENEZOLANOS? 

Por un lado ante quienes, con un criterio, hasta cierto punto anacrónico, hablan del “Agresor Uribe”, o de la “invasión colombiana”, tendríamos que preguntarnos, en los ocho años en que estuvo Uribe sentado en el Sillón Presidencial de Colombia ¿tuvimos que padecer los venezolanos las baladronadas diplomáticas del gobierno colombiano, basadas en sus pretensiones territoriales; bravatas, por lo demás habituales bajo otros gobiernos del vecino país (especialmente los del Partido Liberal)? De hecho, en la agenda de las dos administraciones uribistas, el tema de las reclamaciones colombianas sobre los Monjes, el Golfo o cualquier porción de nuestro territorio, pareció ocupar un lugar bastante secundario si es que llegó a ocupar alguno (también es cierto que bastantes problemas tenían a lo interno para ocuparse de este asunto y con un Chávez belicoso y apoyado en un discurso pseudo-nacionalista… era para pensárselo diez veces). 

La situación conflictiva entre los gobiernos de Miraflores y Nariño (y que lamentablemente afectó a ambos pueblos) se vivió realmente desde finales del 2007, es decir, ya en el segundo período presidencial del exmandatario colombiano (2006-2010). Por lo demás esta conflictividad tuvo motivaciones meramente político-ideológicas y salta a la vista que casi siempre fue provocada por Hugo Chávez, antes bien puede decirse que no pocas veces el gobierno de Uribe se batió más a la defensiva que a la ofensiva; a menos, claro está, que se pretenda (como hacen los castro-chavistas de manera cínica) considerar agresión a la soberanía venezolana, el denunciar internacionalmente las relaciones de Chávez con las FARC y el ELN, así como la presencia en territorio venezolano de campamentos de dichos grupos ñángaras, cosa que en la Propia Venezuela el General Néstor González González ya lo había denunciado pública y patrióticamente en el 2002. 

Un Gobierno verdaderamente venezolano y verdaderamente patriótico habría considerado a las FARC y al ELN una amenaza y un enemigo, tan nuestro como de la nación colombiana. Obviamente no es así, ni lo ha sido desde 1999. De Hecho, antes que hablar hoy en día de un estado venezolano, bien podríamos (mejor dicho deberíamos), hablar de un estado secuestrado por el Foro de Sao Paulo y el Foro (anti) Social Mundial, como expresión organizada del Castro-Comunismo y con Hugo Chávez como procónsul. 

Desde esta perspectiva sí era lógico que las denuncias del entonces gobierno colombiano constituyeran una agresión… pero contra los intereses del Castro-Comunismo Latinoamericano y contra las susceptibilidades de la Izquierda Caviar Internacional. Si hubiese estallado una guerra entre ambos gobiernos, el principal responsable (o irresponsable) hubiera sido Chávez, tal vez no lo hizo porque de alguna manera no le convenía a Papá Fidel y a la gran familia ñángara, al menos no hasta ahora.  


¿URIBE ADALID DE LA VENEZUELA ANTICHAVISTA? 

Prácticamente desde que Uribe arribó a la presidencia de Colombia, con un discurso agresivo y sin concesiones contra la guerrilla (e indirectamente contra la izquierda ñángara que en Colombia es popularmente conocida como mamerta); un enorme sector de la Venezuela opositora, cada vez más hastiada de Chávez, así como cada vez más decepcionada de la sempiterna idiotez, torpeza e incompetencia del liderazgo “opositor”, empezó a ver al inquilino de la Casa de Nariño como una especie de “aliado” en su lucha contra el oprobio chavista. Esta percepción aumentó a medida que, con el innegable avance del gobierno de Uribe en la Guerra contra las FARC, se tenía la impresión o la certeza de que en Colombia no solo aumentaba la seguridad, sino que esta, a su vez, se traducía entre los colombianos, en una suerte de aumento (real o ilusorio) de su autoconfianza, e incluso de su autoestima; todo lo contrario de lo que venía (y sigue) pasando del lado venezolano.

Como consecuencia, la Venezuela anti-Chávez, en pie a pesar de la consolidación de la maquinaria chavista, pero acéfala y sedienta de verdaderos liderazgos empezó a ver abiertamente al entonces presidente Uribe como una suerte de “líder adoptivo. Esto se hizo más patente desde fines del 2007 cuando, tras el fracaso de la mediación de Chávez en el conflicto interno de Colombia, ambos gobiernos asumieron abiertamente su antagonismo político-ideológico. Evidentemente a lo interno de la Venezuela antichavista se hicieron más frecuentes los comentarios del tipo de “ojalá tuviéramos un líder o un presidente como Uribe”. 

Ahora bien, esta actitud hacia Uribe por parte de la Venezuela Anti-Chavista es humanamente comprensible, pero veamos las cosas con cierta cabeza fría y cierto realismo. A Uribe nosotros, como venezolanos, le hemos importado bien poco; si, como nación, Uribe no nos ha hecho ningún mal (al menos no de manera directa y deliberada), tampoco ha hecho nada en favor nuestro. Asumir, cual canción de Ricardo Arjona, que tu amigo no es el que te ayuda sino el que “no te jode”, como actitud, equivale en este caso a la de los conformistas que dicen que “la dirigencia opositora no sirve pero la acepto porque es lo que hay”.



Por otra parte, quienes de lado y lado de la frontera presentan al expresidente Uribe como el “Adalid frente a Chávez” y al actual presidente colombiano Juan Manuel Santos como el “traidor o el descarriado”; o por el contrario, quienes ven a Uribe como “el agresor a Venezuela” y a Santos como el “conciliatorio hacia nosotros”; olvidan, como ya lo he esbozado más arriba, que hasta finales del año 2007 (cinco de sus ocho años de gobierno) Uribe observó hacia Chávez una “diplomacia” muy similar a la que hoy observa Santos. La postura de Uribe durante la crisis diplomática tras la captura de Rodrigo Granda (comienzos del 2005), si bien trató de ser firme al comienzo, terminó siendo conciliatoria. En aquel entonces, más de un antichavista por estos lados acusó a Uribe de blando, vendido a Chávez y hasta de traidor (como si Uribe, o ahora Santos, le debieran alguna lealtad al pueblo venezolano antichavista). 

¿Cuántas veces por aquel entonces no decía Chávez públicamente que se consideraba amigo de Uribe? Que lo dijera hipócritamente es otro cuento. Quienes alaban a Uribe por no “doblegarse” ante Chávez, deberían recordar como en el 2007 Uribe, apoyado por Piedad Córdoba, prácticamente metió al zorro en su gallinero al aceptar la mediación de Chávez en el conflicto interno de Colombia. En aquellos días era muy común escuchar que lo que Chávez no había logrado en Colombia por la vía de las FARC, lo iba a lograr por la vía político-electoral, con la Córdoba como su ficha principal. Si Chávez no hubiera dado el paso en falso con un militar colombiano, provocando el incidente que desencadenó las iras de Uribe y (afortunadamente para los colombianos) el subsiguiente fracaso de la mediación de Chávez ¿Quién sabe hasta dónde hubieran llegado Chávez y la Córdoba en Colombia? Es hasta posible que Fidel Castro, el Foro de Sao Paulo y Hugo Chávez tuvieran hoy a una Pañoleta Roja cubriendo la cabeza de su Procónsul en el Palacio de Nariño. 

 

¿Y QUE DEL ANTI-CASTRISMO CONTINENTAL? 

Estoy claro en que tampoco es la idea encerrarnos en nuestro venezolanismo (o colombianismo, del otro lado), ni colocarnos las fronteras nacionales como gríngolas de caballo (como desgraciadamente hacen muchos, tanto en Venezuela como en Colombia). Para bien o para mal, la realidad innegable de la globalización ha tendido a colocarse cada vez más por sobre fronteras nacionales, sobre todo en la dinámica de la internet hacia la que están dirigidas estas líneas. 

Por otra parte y bastante machacón he sido y seguiré siendo al respecto; al movimiento continental Castro-Chavista (mal llamado bolivariano) que ha estructurado EL FORO DE SAO PAULO no se le puede enfrentar con patrioterismos anacrónicos, huraños, mezquinos y encuevados, ni con el lastre de rencores y miserias del pasado. Se le debe hacer una oposición también de carácter continental, apoyado en una especie de Supra-Nacionalismo que oponga una cosmovisión sanamente Hispanoamericana (sin renegar de nuestras naciones y nuestra historia) y en ese sentido cabe pensar en liderazgos continentales. 

Pero me pregunto ¿hasta qué punto Álvaro Uribe ha dado la talla de ese tipo de liderazgo? Hablo por supuesto a escala iberoamericana, nadie duda del liderazgo de Uribe ante su país ¿Se ha proyectado Uribe de cara al continente y con la suficiente fuerza? En lo personal me parece que le falta, suponiendo que le interesase. Su paso por la presidencia de Colombia, (bueno o malo, solo importa para los colombianos), constituyó un buen trampolín de proyección continental, pero mi percepción es que Álvaro Uribe (igual que el hondureño Roberto Micheletti, otro que tuvo esa oportunidad), nunca ha parecido tener semejante ambición, y si la ha tenido se ha quedado en el aparato.

Tal vez este tipo de supra-liderazgo que reclama Iberoamérica frente al Castro-Chavismo deba darse de forma distinta y menos predecible.

viernes, 20 de mayo de 2011

El Caudillo De Gran Corazón. Por Augusto Mijares

EL CAUDILLO DE GRAN CORAZÓN

Por Augusto Mijares

(De Lo Afirmativo Venezolano. Año 1963)

 

EL GENERAL PÁEZ ejerció sobre muchos de sus contemporáneos una especie de fascinación, de la cual no se libró el propio Bolívar. Aun después de La Cosiata, en 1829, El Libertador escribía a Briceño Méndez: “Mis deseos con respecto a mis parientes y amigos de Venezuela han sido y son marchar muy en armonía y enteramente de acuerdo en todo con el General Páez, sea cual fuere la circunstancia…”, y en otra carta apoya aquella consigna en este argumento tan peligroso para un político: “Más vale estar con él que conmigo, porque yo tengo enemigos y Páez goza de la opinión popular”. 

Así mismo, casi todos los extranjeros que entonces y después pasaron por Venezuela, se muestran admiradores del caudillo llanero, y algunos con testimonios tan sorprendentes como el que citaré más adelante. 

En la conciencia popular no es menos evidente ese deslumbramiento, y a pesar de que Páez figuró en primer término en la larga lucha entre liberales y conservadores y que de acuerdo con estos fue soterrado y casi envilecido por sus triunfantes adversarios, la posteridad se niega a recordar de Páez las fechas aciagas (el 26 +35 = 61 de Juan Vicente González) y lo sigue con simpatía, en largo cortejo, como lo hicieron sus soldados cuando vivía. 

Pero lo más curioso es que los propios historiadores ceden a esos mismos sentimientos, y precisamente este es mi caso. Obligado por el análisis de nuestro caudillismo a tratar severamente a Páez, confieso que desde el mismo momento comencé a sentir necesidad de hacer elogio. 

Sin embargo, con ello no sigo solamente un impulso sentimental: si Páez por algunas circunstancias inicia en Venezuela algunos de los más graves vicios del caudillismo y no puede elogiarse la avidez con que se aferró al mando hasta la triste dictadura del 61, también debe decirse con estricta imparcialidad que si todos los caudillos hubieran sido como él nos habrían evitado muchos sufrimientos y muchas ignominias. Después de él es cuando nuestra vida política comienza a ser invadida por esos arbitristas sin escrúpulo, para los cuales “La Constitución sirve para todo”, se multiplican los favoritos de ínfima calidad moral, se exige dinero como salario de lealtad, la solidaridad política se convierte en servilismo, no se respeta en el adversario (y a veces en el amigo) ni la propiedad ni la honra, ni la vida. Tal fue la historia de Venezuela durante casi todo el siglo pasado. Justo es decirlo que con gobernantes como Páez un hubiera sido así.

El primer rasgo admirable de ese caudillo es que habiendo alcanzado poder indiscutible cuando todavía su mente y su corazón no habían recibido cultura alguna, se adiestra sin embargo en la difícil disciplina de respetar las opiniones ajenas y se rodea de hombres de auténtico valor moral e intelectual que, si no hubiera sido por el gran corazón de este guerrero, le habrían inspirado naturalmente desconfianza, envidia o rencor. Cuando llega al máximo sitial de la República podía alardear de que solo a su lanza debía aquel vertiginoso encumbramiento; pero supo comprender, por el contrario, que no valdría su lanza para estabilizar moralmente y perfeccionar esa supremacía y meterla en la historia.

Evoquemos esta difícil transición: el caudillo ha llegado al mando discrecional y advierte que en poder efectivo ninguno de sus compatriotas logra igualarlo; siente además que en justicia le corresponde esa posición por las penalidades y peligros que ha afrontado: sin embargo se le indica que hay cosas que debe hacer y otras muchas que no debe hacer; ha sido glorificado durante largos años de guerra porque todas las dificultades las podía resolver con su fuerza y su arrojo: ahora se le exige que en los problemas de su gobierno use únicamente la prudencia y la meditación, y el dificultoso deliberar con los estadistas que le rodean y el respeto a las leyes y a la opinión pública. Todo esto supone una adaptación psicológica tan difícil y delicada, que solo una prodigiosa intuición moral es capaz de explicarla. 

Tuvo una prodigiosa intuición moral: sí, ese es el elogio fundamental que merece Páez. Se sometió a ella, como político, con tanto valor, que no desmerece del que había demostrado en las batallas. Es la grandeza que sentimos en él; por eso su recuerdo mereció elevarse por encima de las luchas partidistas; por eso es por lo que no podemos negarle amor y respeto. 

Bien sabido es que la libertad de prensa llegó a tal desenfreno en aquella época, que uno de los periodicuchos que querían granjear popularidad a expensas precisamente de Soublette y de Páez que mantenían aquella libertad, llegó a llamarlos “los malvados más insignes que ha producido la tierra; ladrones descarnados, viejos impúdicos, cargados de años y de crímenes”. Y Gil Fortoul nos recuerda que en la Gaceta Oficial quiso hacer frente a esa avalancha de cieno, pero anteponiendo ella misma esta consigna: que “hasta los excesos de la prensa deben ser acatados, porque ella es de ordinario el órgano genuino de la oposición”. 

A Soublette le sería relativamente fácil soportar aquellos excesos: habituado, por la índole de su pensamiento, a ver las cosas actuales dentro de una perspectiva histórica, sabía que aquellas calumnias serian ampliamente rectificadas y que las generaciones venideras convertirían en elogios esos dicterios. Hasta llegamos a suponer que con malicioso señorío emplazaba calladamente a sus adversarios para esa comparecencia ante el juicio de la historia, seguro de que las intemperancias que ahora podían mortificarlo se convertirían en testimonio de sus virtudes republicanas. 

Pero que Páez, Aquel Ayax indómito que cuando se aproximaba a la batalla sufría un acceso de frenesí semejante a los ataque epilépticos, aprendiera a dominar tales ímpetus frente a sus enemigos políticos, eso merece llamarse un gran corazón. 

Y este comedimiento tenía que ser sacrificio de todos los días. Innumerables ejemplos lo atestiguan. Cuando todavía era el guerrero cerril, se violentó contra los regidores del cabildo de Puerto Cabello y les ofreció “patadas”, con otras “expresiones indecorosas” que los agraviados citaron textualmente en juicio público: también públicamente Páez se retractó de lo que había dicho y se excusó de sus violencias verbales. En otra ocasión se presentó de uniforme militar a una reunión entre criadores de ganado en la cual a él le correspondía solamente ese papel, de ganadero: uno de los interesados le advirtió que “no se iba a pelear”, ni se trataba de ninguna ceremonia oficial, que hubiera podido ir con otro traje; y Páez aceptó la dolorosa lección. A don Santos Michelena, que era Ministro de Hacienda, le pidió cierta vez un anticipo sobre sus sueldos de Presidente de la Republica; don Santos le contestó que esperara algunos días para facilitarle ese dinero de sus propios fondos porque del Tesoro Público no estaba autorizado para prestarlo. Otra dura reprimenda. 

Uno de los actos brutales con que Páez se desprestigió en Caracas en su época de rudo desenfreno fue que, estando prohibidos los juegos de azar, el propio caudillo concurría ostentosamente a un garito y cierta vez le mandó a decir, desafiante, al Intendente Escalona que viniera él mismo a clausurarlo. Pero más tarde, como autoridad suprema y en otro acto simétricamente contrario, se le presentó ocasión de probar cuanto había progresado guiado por esa valerosa intuición moral de que hemos hablado: sucedió que se había organizado una “coleada de novillos” en la cual Páez pensaba, con gran entusiasmo, participar; pero no habían solicitado el permiso de la Municipalidad y llegado el momento los Alcaldes prohibieron el festejo: Páez se sometió. 

Aunque alguno de los muchos rasgos de la misma índole que se le atribuyen fueran solamente leyendas, no perderían nada de su significado. Demostrarían, con más sabor psicológico quizás, que a Páez lo enorgullecía pasar por un magistrado respetuoso: a un Rosas, a un Melgarejo, a un Cipriano Castro, les hubiera ofendido y no halagado, que se contase de ellos algún rasgo parecido de sumisión a las leyes o de acatamiento a personas de superior valor moral o social. 

Otro caso, rigurosamente documentado: en 1839 don Juan Manuel de Cagigal, fundador de la Academia de Matemáticas y profesor de la misma, disgustó a Páez, según parece por un artículo de aquel en la prensa. Como la Academia, aunque incorporada a la Universidad, tenía carácter militar y Cagigal era Comandante, se creyó posible destituirlo de su cátedra, en parte de acuerdo con el rigor de las Ordenanzas militares de aquel tiempo en todas las naciones; pero las Autoridades Universitarias no aceptaron la decisión del Ejecutivo y le pidieron que la reconsiderase porque Cagigal (sostenían) a pesar de su grado no había perdido su carácter universitario, y porque en un cargo provisto por el Congreso no podía ser sustituido por disposición del Presidente de la RepúblicaPáez acató esa argumentación, y en el Diario oficial se publicó la resolución del Ejecutivo que anulaba la precipitada destitución. Pero lo verdaderamente digno de elogio es que Páez no guardó rencor a Cagigal, y cuando este comenzó a enfermar fue el Presidente Páez quien lo nombró en un cargo diplomático en Europa para que intentara recuperarse. 

El hecho de que Páez se rodeara de hombres eminentes se ha indicado varias veces, pero cabe todavía reforzar la importancia de esta particularidad, señalando en primer término que es casi el único ejemplo que encontramos en el siglo pasado. Todos los otros caudillos ponen especial cuidado no solo en anular a los hombres que frente a ellos pudieran disputarle algún día el poder, sino a sus propios colaboradores: es una especie de mezquindad invencible, de recelosa envidia, que los condena a sabotear su propio gobierno, a cortarse toda posibilidad de hacer obra en grande. 

Incluso fueron frecuentes los que parecían no tener otra norma política que esta de deshonrar con las complicidades más escandalosas o mantener en mortal pasividad a cuantos hombres llamaban a su lado, al mismo tiempo que con implacables persecuciones anulaban a sus posibles adversarios. La nación se convertiría así en un yermo espiritual; la vida pública en una cautelosa clausura, donde (sin ser paradoja) lo único permitido era adular y robar. 

Solo así se explica que con ser tan insignificantes y viles aquellos “jefes únicos”, casi siempre lograban que fuera más despreciable aun el séquito que los acompañaba y que con ellos pasaría a la posteridad. 

Muchas veces se ha dicho que en aquellos años iniciales de la República (1830-1846) surgieron estadistas de primera categoría que después no vuelven a aparecer; pero siempre se ha interpretado esto con sentido pesimista, atribuyendo al propio país una especie de extenuación (o de corrupción unánime) de la cual es solo un síntoma aquella falta de grandes políticos. Más justo y verdadero nos parece considerar, que después del 46, la terrible presión de ese unipersonalismo medroso y cruel anuló (tanto en la oposición como en el gobierno) la emulación constructiva, y el esperanzado estudio de los problemas comunes, que forman el ambiente indispensable para que haya verdadera vida pública y surjan políticos de personalidad. 

Durante aquella época del predominio paecista se discute apasionadamente sobre relaciones exteriores, patronato, federación o centralismo, religión de estado, educación, bancos, caminos, créditos, arbitrios rentísticos, desarrollo de la agricultura, leyes como la del 10 de abril de 1834 de amplia trascendencia social y hasta filosófica, castigo o amnistía para los revolucionarios y conspiradores, inmigración y colonización, el juicio por jurados, la esclavitud, los principios constitucionales, atribuciones de las diferentes autoridades, autonomía de las provincias, elaboración de las leyes, etc., etc. Bien se puede decir que no hubo cuestión de interés común que no estuviera diariamente puesta a deliberación en los Congresos y en la Prensa. Muchas veces se dio el caso de que estas discusiones dividieran en bandos opuestos a los propios colaboradores del Gobierno o establecieran radical separación entre el criterio del Congreso y el Ejecutivo, y siempre se resolvieron estas crisis bajo normas institucionales equiparables a las más adelantadas entonces en cualquier país. 

Este es un punto clave para comparar el espíritu público de Páez con el de sus sucesores: muy bien hubiera podido considerar él, como estos, que tantas controversias perturbaban “su Gobierno”, con el sentido de propiedad y de suspicacia que tenía este juicio para los otros caudillos. Como un mérito Como un mérito realmente excepcional debemos, pues, abonarle a Páez el haber aceptado la incomodidad y los riesgos de aquella situación. En eso consiste el respeto a las Leyes y a la opinión pública que le hemos atribuido, aunque ocasionalmente se le puedan enrostrar faltas contra la una o contra la otra, como nosotros mismos se lo hemos reprochado. 

E insisto una vez más en que no solo esto representa un elemento subjetivo del caudillo llanero que merece admiración, sino que, con más importancia histórica, lo debemos ver como la causa de que en aquella época surgieran pensadores y estadistas que después no vuelven a aflorar en la vida política del país. 

El ancho pecho con que Páez enfrentó las lanzas enemigas tuvo en su espíritu de hombre público un adecuado equivalente de bien entendido orgullo y de valor moral, que lo salvó de degradarse a ser el verdugo de sus propios compatriotas. Tal sería, pensamos, la característica psicológica más elocuente y más justa que pudiera destacarse en una biografía de este héroe. Exteriormente, para su juicio como figura histórica, podemos decir que la supremacía con que se destaca en nuestro pasado y que en cierta manera agrupa a su alrededor a todas las figuras valiosas de su época (tanto las de sus colaboradores como las de sus adversarios) no tiene por qué rectificarse. Soublette, Vargas, Toro, Cagigal, Michelena, Juan Vicente González, Lander, Rendón, Guzmán y tantos otros, tienen personalidad propia, pero también deben mucho al caudillo que aceptó el duro aprendizaje del respeto, y sin soberbia ni timidez, alternó dignamente con ellos en la reorganización de la República. 

Y ahora, para colocar al personaje viviente al final de estas páginas que enjuician la personalidad moral de Páez, una opinión sobre su prestancia física. Es del escritor francés P.D. Martín-Maillefer, el cual llegó a Venezuela en 1825 y, como notas a su poema “Los novios de Caracas”, nos dejó certeras observaciones acerca de los personajes que le tocó ver de cerca. Desde luego, no le complace mucho el cortejo que sigue a Páez cuando lo observa por primera vez: “…nube de salvajes llaneros- escribe- especie de centauros, nacidos del limo del Orinoco, para quienes una ciudad es cosa nueva, y que miran con desprecio ese pueblo bípedo de artesanos y mercachifles”. Pero al día siguiente fija su atención en el caudillo, y apunta: “A la cabeza de su Estado Mayor, se dirigió Páez a la Catedral. Era otro hombre: las botas de montar, el uniforme soberbio, resplandeciente de condecoraciones, el penacho ondeante sobre su sombrero galoneado, le daban el aspecto de un mariscal de Francia. Marchaba gallardamente diez pasos delante de su comitiva. Nunca he visto figura militar más hermosa”. 

Martín Maifeller había visto de cerca a varios Mariscales de Napoleón, y también a jefes militares de excepcional gallardía como La Fayette, a quien menciona con agradecimiento. Es, pues, realmente sorprendente esa supremacía que le concede a Páez. 

Pero en otro sentido, podríamos magnificarla más aún. Porque pocos Mariscales de Napoleón hubieran podido lograr, como lo consiguió Páez, convertirse en magistrados de una República y conservar en la vida civil los rasgos de equilibrio, elevación espiritual y perspicacia política que alcanzó el llanero venezolano.


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