martes, 1 de noviembre de 2011

Coordenadas Para Nuestra Historia. Por Augusto Mijares

COORDENADAS PARA NUESTRA HISTORIA

Por Augusto Mijares

(Tomado de Lo Afirmativo Venezolano, 1963) 

UN TRABAJO QUE podría absorber durante largo tiempo los esfuerzo; de un equipo de jóvenes historiadores, pero que permitiría establecer en forma fundamental líneas de interpretación para nuestra evolución histórica, sería la de estudiar la emancipación americana como un cuerpo de doctrina que tiene estas tres características: 1° una larga preparación ideológica, que es nuestra emancipación de fondo, muy anterior a la separación material de la metrópoli; 2° una amplia raigambre colectiva, que es un mentís al concepto simplista de que la Independencia hispanoamericana fue una improvisación personalista, una hazaña caudillesca, una mera aventura afortunada; “que dentro de aquel cuerpo de doctrina existe una estrecha correlación entre la finalidad que se perseguía (que era la organización de una nueva sociedad, y no la simple secesión de España) y los medios mediante los cuales se lograría esa transformación. Este estudio sistemático nos daría el verdadero sentido de la vida colonial y de la empresa emancipadora; y si agregáramos, como interpretación de la República, una investigación sincera sobre lo que sobrevivió de aquellos ideales —en doctrina democrática, en apego a las formas institucionales, en educación, etc.—, y lo que de ellos se transformó provechosamente, se desnaturalizó o se perdió, habríamos dado un paso decisivo para alejar nuestra historia de lo anecdótico y fijar las coordenadas dentro de las cuales deben valorizarse debidamente sus personajes y acontecimientos. 

Pero para exponer en pocas páginas un tema tan vasto, tendré que referirme exclusivamente a los elementos con que contamos en Venezuela ira desarrollarlo, y, aún dentro de esa limitación, mis planteamientos han de ser tan sucintos que, para comprenderlos debidamente, el lector tendrá que desmenuzarlos según sus conocimientos, a medida que los señalo, puesto le si yo mismo quisiera exponerlos debidamente necesitaría los muchos volúmenes que pido a ese equipo de trabajadores.

Desde mediados del siglo XVIII aparece en Venezuela, claramente expresado el propósito de la Independencia. Durante la sublevación comienza en 1749 y que se llamó de Juan Francisco de León o de Panaquire, aunque en realidad fue de toda la Provincia y con participación de todas las clases sociales, el hijo de aquel caudillo escribía a uno de sus partidarios: “Pues ya ve Vuestra Merced que nos toca de obligación el defender nuestra patria, porque si no la defendemos seremos esclavos de todos ellos”. En sus declaraciones durante el proceso posterior, uno de los reos descubre “que ni León ni él tenían la culpa de este levantamiento, que quien era la causa son las muchas cartas que los más de los días rezebia el dicho León de Caracas, y que estas selas dava a leer a el paraque las oyeran todos los demás a fin de enterarlos en el estado que estaba su dependencia”. Y esta misma amplitud del movimiento la señala uno de los jueces al afirmar que aquellos acontecimientos habían dejado a toda la Provincia alborotada y libertosa, sabrosa frase que dentro de la sequedad curialesca parece un fragmento de proclama. Por su parte, una de las más altas autoridades de la Provincia, el Intendente Abalos, informaba sin ambages a la Metrópoli: “El nombre del Rey, el de sus Ministros y todos los españoles se oye por estos Patricios con el mayor tedio, aversión y desafecto... El encono y tono doloroso con que se lamentan se hace mayor cada día, y si S.M. no les concede o dilata el libre comercio sobre que suspiran no puede contar con la fidelidad de estos vasallos, pues a cualquiera insinuación y auxilio que les amaguen los enemigos de la Corona prestarán pronto sus oídos y corazones y será imposible o muy difícil el remedio... No es este un vaticinio vano, sino pronóstico de un conocimiento inmediato de la tierra...”. 

¿Se necesitan más pruebas para dejar establecido que aquel movimiento, a mediados del siglo XVIII era ya, en lo espiritual, el primer episodio de la declaración de independencia que vendría sesenta años más tarde? 

Algunos de nuestros críticos de la historia han restado importancia política a aquellas manifestaciones de la nacionalidad ocurridas durante la sublevación de De León, haciendo resaltar el hecho de que fueron causas económicas las que desataron el descontento de la Provincia, y hasta han tratado de hacer valer, con cierto menosprecio, que el apego de los criollos al contrabando movía en gran parte sus ánimos. Esa concordancia de muchos motivos de diferente índole es inevitable en cualquier acción humana, y más en las colectivas; pero en el punto concreto de la emancipación, recuérdese que también entre los severos anglosajones del Norte —que tan a menudo una pseudo-sociología simplista opone, con sentido pesimista, a lo nuestro también entre ellos, digo, se presentaría análoga intervención de las causas económicas; que Inglaterra había impuesto trabas a su comercio no menos opresoras que las arbitradas por España para nosotros y que también ellos ocurrieron al contrabando para superarlas, y consideraron “detestable” la posibilidad de suprimirlo. “Los coloniales —escribe Maurois (1) — no tenían el menor escrúpulo en dedicarse al contrabando, pues consideraban las Actas los funcionarios ingleses encargados del control, o se dejaban sobornar, o permanecían en Inglaterra, cobrando sus sueldos sin ocupar jamás el cargo”.

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(1) El Profesor Mijares se refiere a André Maurois (1885-1967), Novelista y Ensayista francés NOTA EXTEMPORÁNEA

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Pero no me privaré tampoco de la satisfacción de comentar todo lo que tiene de novedoso y limpio la exhortación del hijo de De León, que he citado: Pues ya ve Vuestra Merced que tenemos de obligación el defender nuestra patria. . .”. Sin exageración podemos decir que, a mediados del siglo XVIII, quizás en ningún otro episodio de la historia universal encontramos una invocación a la Patria tan categórica. Recordemos que para entonces los sentimientos de nacionalidad estaban- todavía en formación: los que después se llamarían "ciudadanos" y “compatriotas”, se llamaban entonces simplemente “súbditos” de tal o cual soberano; para mover a los pueblos se invocaba su condición de “leales vasallos”, y ni siquiera los viejos gentilicios —ingleses, españoles, franceses— tenían fuerza de aglutinamiento moral, menos aún el concepto abstracto de Patria. Y es un joven campesino venezolano, casi iletrado, pero movido por quién sabe cuáles imponderables influencias de ambiente, el que por primera vez hace sonar la virgen campana que pide para la Patria —sin personificación de soberano alguno— lo más hermoso que puede dar el hombre: la obligación. 

Después de la insurrección de Juan Francisco De León —detrás de la cual hay, además, cincuenta años de lucha cívica de nuestros Cabildos— encontramos como primer brote vigoroso de nuestra nacionalidad en formación el caso de Miranda. No intentaré, desde luego, tratar aquí los múltiples aspectos que tiene el apostolado del Precursor, primer americano que logra hacer oír la voz de estos pueblos en Europa y que, plantando por otra parte sus discípulos en todo el continente, asegura para siempre la conciencia de su solidaridad. Pero sí me referiré a una peculiaridad de aquel apostolado que no ha sido bastante valorizada, y que se une estrechamente al orden de ideas que vengo persiguiendo. Es que, cuando Miranda comienza a pensar en la emancipación del continente, lo primero que tiene en mente es la subsiguiente organización del mundo que desea ver libre. Y por eso sus prolongados viajes por toda Europa, no son sólo en busca de recursos para venir a combatir en el Nuevo Mundo —en su Colombia— sino de afanoso estudio sobre cuántos problemas han de presentársenos, políticos, morales, administrativos o legales. En su Archivo consta cómo se ocupa en cada país en estudiar la historia, el sistema de gobierno, las leyes, las costumbres, el arte, los progresos de la educación popular, Universidades y bibliotecas, la organización penitenciaria, puertos, minas, ejércitos, fortificaciones, sistemas de regadío, etc. 

Quiero con estas observaciones destacar cómo encontramos siempre alrededor de la idea de independencia, un propósito de progreso social, de perfeccionamiento ulterior de nuestra América, que es lo que he llamado la doctrina de la emancipación. 

Bien puedo, pues, fiel a esa línea de exposición, saltar de lo más grande y aparente, a inquirir también en lo colectivo y cotidiano cómo se formaba dentro de la propia Provincia la conciencia nacional. Y no me parece pedante darle ese alcance a algunos hechos culturales, al parecer de exiguo ambiente, pero que tienen como característica común indicarnos la emancipación de lo hispanoamericano, que quiero destacar. 

Uno de esos hechos es que la Escuela de Música de Caracas —que daría después tantas obras valiosas, algunas de categoría mundial— fue fundada, no por iniciativa de la Metrópoli, ni siquiera con su ayuda, sino por esfuerzos de los propios criollos: el Padre Don Pedro Sojo, nos cuenta Gil Fortoul, “trajo de Roma un Archivo de Música clásica, textos de enseñanza y los primeros instrumentos de viento, aumentados después con otros que le envió el Emperador de Austria en agradecimiento a la buena acogida que dispensara Sojo a unos naturalistas austríacos”. Socialmente, la Escuela tuvo además dos resultados tan felices como imprevistos: ampliar la vida exterior de nuestro murado mantuanismo, y a la vez, como lo observó Humboldt, aproximarlo al pueblo, con el cual convivió sin reparos en aquel común afán de deleite artístico y de superación. 

La misma característica de esfuerzo autónomo que tiene la fundación de la Escuela de Música, lo encontramos en la renovación que entonces se intentaba en la Universidad de Caracas. Debióse casi exclusivamente al Padre Baltasar Marrero, como lo reconoció en 1827 el Claustro universitario presidido por Vargas, al calificarlo “ilustre fundador de la clase de filosofía moderna en Venezuela”. Ahora bien, el Padre Marrero adquirió todos sus conocimientos en la propia Provincia, y con más precisión, como lo señala el Dr. Caracciolo Parra León, “formó todo su saber y desarrolló todas sus inclinaciones dentro de la ciudad de Caracas, de donde jamás salió sino accidentalmente y para el interior de la Provincia. . .”. 

Dato simétrico, en lo social, a esa renovación de nuestra alta cultura lo encontramos en la petición que un grupo de pardos introdujo ante el Ayuntamiento de Caracas, para que se les permitiera fundar, con sus recursos, una Escuela de Primeras Letras destinada a las clases más humildes. En la tramitación a que dio lugar esta iniciativa se tocaron puntos tan avanzados como el de la obligatoriedad escolar, el carácter que debía tener la enseñanza, la necesidad de formar maestros, y, en este último punto, se propone que también pudiera escogerse entre los egresados de la Escuela a su futuro personal docente (2). 

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(2) Es un dato que tomo de una tesis inédita de la doctora Leonor Botifoll.

NOTA DEL AUTOR

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Por doquier se manifestaba una sociedad pujante, que tanto en lo cultural como en lo político tenía ambiciones nuevas y arbitraba numerosos recursos para realizarlas. 

En el solo año de 1794 llegaron a Caracas 80 cajas de libros: 71 de España y 9 del extranjero, según dato de Arístides Rojas. Parece que esas cifras pudieran hacernos sonreír, acostumbrados como estamos hoy a devorar montañas de papel impreso; pero advirtamos que algunos años antes, en Norte América, se consideró algo excepcional la biblioteca fundada por Franklin en Filadelfia, y uno de sus biógrafos advierte que “de 45 obras que los Directores recomendaron en 1731, nueve fueron científicas, ocho históricas, ocho morales y políticas, seis de derecho y filosofía, tres», de lengua inglesa, dos de geografía, cinco de artes útiles y oficios diversos, dos diccionarios y dos clásicos: Homero y Virgilio, traducidos al inglés. No había novelas, ni dramas, ni libros de poesía, ni teología contemporánea”. 

En Venezuela algunos conocimientos literarios ligados a la política estaban tan difundidos que habiendo traducido Bello —a la sazón bastante joven— la tragedia Zulima de Voltaire, cuando le reprochó Bolívar haber escogido obra de tan escaso mérito, a su juicio, Bello le contestó que las otras tragedias de Voltaire habían sido ya vertidas al castellano; lo cual prueba que en Caracas se conocía toda la obra del apasionante —y prohibido— escritor francés. 

Que no exagero al agrupar estos hechos como indicios de la formación que en los más variados aspectos iba adquiriendo el carácter nacional, lo prueba la observación de conjunto que para la misma época hizo Humboldt al visitarnos: “Las comunicaciones múltiples —escribió— con la Europa comerciante, y ese mar de las Antillas que he descrito antes como un Mediterráneo con muchas bocas, han influido poderosamente sobre el progreso de la sociedad en la isla de Cuba y en las bellas Provincias de Venezuela. En ninguna parte de América la sociedad ha tomado una fisonomía más europea”. 

Parece que el sabio alemán se lamentaba después de no haber adivinado los indicios de nuestra independencia en ese ambiente: “Durante mi permanencia en América —confesaba a O’Leary— jamás encontré descontento; pero sí observé que si no existía grande amor hacia España, había por lo menos conformidad con el régimen establecido. Más tarde, al comenzar la lucha, fue cuando comprendí que me habían ocultado la verdad y que en lugar de amor existían odios profundos e inveterados que estallaron en medio de un torbellino de represalias y de venganzas”. A esto podría observársele que no se trataba de odios, ni siquiera de verdadero descontento. Los odios vinieron después, como sucede en todas las guerras, y por infortunadas circunstancias fortuitas. En la Venezuela pre-revolucionaria no había sino esa plenitud, ese deseo de superación que Humboldt llama europeísmo; y debía conducir a la independencia porque ésta era su natural culminación, no para satisfacer rencores, que repito, nacieron en el curso de la lucha por causas relativamente superficiales. 

Por eso es más completa y halagüeña que la de Humboldt, la observación que en 1808 hizo otro extranjero, el capitán inglés Beaver, Comandante del buque de Guerra “Acasta”, a quien habían encargado de explorar el estado de la opinión pública en Venezuela: “Creo poder aventurarme a decir —informó— que son (los criollos) leales en extremo y apasionadamente adictos a la rama española de la casa de Borbón; y que mientras haya alguna probabilidad de la vuelta de Fernando VII a Madrid, permanecerán unidos a su Madre Patria. Pero si aquello no sucediese pronto, creo poder afirmar, con igual certidumbre, que se declararán independientes por sí mismos. .. Estos habitantes no son de ningún modo aquella raza indolente y degenerada que encontramos en la misma latitud de Oriente: antes parecen tener todo el vigor intelectual y energía de carácter que se han considerado generalmente como distintivos de los habitantes de regiones más septentrionales”. 

Por otra parte, pruebas evidentes de que aquel desarrollo nacional se dirigía decididamente a la acción política no faltaban. Pocos años antes de la llegada de Humboldt habían aflorado varias sediciones, y en la más importante de ellas —la de Gual y España— se fijaban en las “Ordenanzas”, que debían regirla, principios tan audaces como éstos: “restituir al Pueblo Americano su libertad...”, queda, desde luego, abolida la esclavitud como “contraria a la humanidad” ... “se declara la igualdad natural entre todos los habitantes de las Provincias y Distritos, y se encarga que entre Blancos, Indios, Pardos y Morenos, reine la mayor armonía, mirándose como hermanos en Jesucristo, iguales por Dios”; y la propia enseña nacional que se proponía —blanca, azul, amarilla y encarnada— sería el símbolo de esa igualdad racial y de clases, así como de los cuatro derechos fundamentales del hombre: igualdad, libertad, propiedad y seguridad. 

Valiosas investigaciones de Doña Dolores Bonet de Sotillo y de Don Pedro Grases, y el admirable estudio de Don Casto Fulgencio López sobre “Juan Picornell y la Conspiración de Gual y España”, prueban la influencia de los liberales españoles en aquella conjuración, a través de los presos que mandó a la América el Gobierno metropolitano a consecuencia de la llamada “Conspiración de San Blas”. Pero la preparación revolucionaria anterior a esa influencia se puede advertir por este solo dato: Picornell fue desembarcado en La Guaira, preso, en diciembre de 1796, y siete meses más tarde la conspiración, completa en todos sus pormenores y doctrina, salía a la luz pública. ¿Cómo hubiera podido un preso político, “abovedado” en las prisiones subterráneas de La Guaira, mover a la rebelión a los criollos — entre ellos a individuos de primera categoría, cómo eran Gual y España— si no hubiera existido un denso ambiente de preparación política en la Provincia? Don Casto Fulgencio López indica además que, por lo menos desde 1794, los conspiradores de La Guaira hablaban ya de la revolución. 

En cuanto a la audacia de los objetivos que se proponían los conspiradores, recuérdese como punto de comparación que en las colonias anglosajonas del norte no se pensó ni por un momento, durante la lucha de Independencia, en esa igualdad que proclamaban nuestros separatistas. Maurois, en la obra citada, insiste en el conocido hecho de que los líderes de la revolución norteamericana “no pensaban en absoluto en ampliar el sufragio ni en libertar a los esclavos”. Y el hecho de que en la Metrópoli no existía el problema racial, nos indica lo mucho de hispanoamericano que tuvo aquella conspiración; así como se desliga también de las influencias de la Revolución Francesa por la invocación religiosa bajo la cual se pone la igualdad de blancos, indios, pardos y morenos. 

Debo insistir tanto en la originalidad y el radicalismo de nuestra doctrina emancipadora porque al final de este estudio me refiero a un juicio de Juan Vicente González que casi anula la intervención de esa doctrina en la evolución democrática de Venezuela. 

Volviendo a los datos documentales que prueban la raíz profunda y la amplia difusión de aquellas ideas revolucionarias, encontramos otro muy valioso en la vida de Juan Germán Roscio. Este jurisconsulto criollo sería, después, con Francisco Isnardy, el redactor de nuestra Acta de Independencia, y, durante la guerra, un vehemente y abnegado doctrinario del movimiento libertador. A fines del siglo XVIII era sólo, aparentemente, uno de tantos abogados que ejercían en Caracas, pero aún en estrados dejó constancia de sus ideas de libertad e igualdad: “los hombres —alegaba en 1798— nacieron todos libres, y todos son igualmente nobles, como formados de una misma masa, y creados a imagen y semejanza de Dios”. 

Estas y otras “alarmantes proposiciones” —según el calificativo que les dio un celoso abogado contemporáneo— salieron a luz cuando algunos colegas de Roscio se opusieron a que fuera recibido en el Colegio de Abogados de Caracas. Roscio había nacido en el interior del país, hijo de un italiano y una mestiza, y según el historiador E. A. Yanes recibió educación gracias a los cuidados y generosidad de Doña María de la Luz Pacheco, hija del Conde de San Javier. “Tenía esta señora —dice Yanes— la filantrópica costumbre de traer, de todos los puntos del territorio, niños que, confiados a ella por sus familias, recibían luego de su liberalidad, los inapreciables dones de la enseñanza. De este número fue Juan Germán Roscio...”. Este dato tiene también un grato sabor de sensibilidad social que muchos no esperarían encontrar en nuestro siglo XVIII. 

Observe el lector que he ido exponiendo, en espiral ascendiente, el cuerpo de doctrina que bajo los más variados aspectos fue ambiente y matriz de nuestra revolución emancipadora. Quiero probar que la Independencia no se hizo para separarnos de España solamente, ni fue tampoco una improvisación a la cual se diera a posteriori una apresurada justificación doctrinaria. 

Nació de una concordancia de objetivos, cuya firmeza y continuidad honran al pensamiento venezolano y le da a nuestra emancipación alcance perdurable. 

Es lo que deseaba puntualizar Don Simón Rodríguez cuando advertía: “Bolívar no vio en la dependencia de la España oprobio ni vergüenza, como veía el vulgo; sino un obstáculo a los progresos de la sociedad de su país”. Y en estrecha relación con lo anterior, establece: “Alborotar a un pueblo por sorpresa, o seducirlo con promesas, es fácil; constituirlo, es muy difícil: por un motivo cualquiera se puede emprender lo primero; en las medidas que se toman para lo segundo se descubre si en el alboroto o en la seducción hubo proyecto; y el proyecto es el que honra o deshonra los procedimientos; donde no hay proyecto no hay mérito”. 

Esos “progresos de la sociedad”, que debían obtenerse como finalidad y justificación de la Independencia; ese “proyecto” constructivo, indispensable para que la revolución emancipadora no quedara reducida a una simple rebelión rencorosa, fue sentimiento casi unánime en los otros libertadores. 

Se prolonga además —y esto es también muy importante subrayarlo como eje de nuestra evolución republicana— hasta los políticos y pensadores de la generación subsiguiente, hasta mediado el siglo XIX, a pesar de que nuestras reiteradas desdichas políticas acaban por alejar a la conciencia nacional de aquel elevado objetivo, la dispersan y extravían entre las mezquindades de la lucha fratricida, y de la propia Independencia no dejan más recuerdo que el de una pintoresca y empenachada aventura. 

Funesta consecuencia de eso fue que la glorificación de los libertadores se convirtió, a su vez, en un fetichismo estéril y en un culto puramente formal. Se alardeaba de venerar exaltadamente su memoria, pero en realidad sus ideas fundamentales se olvidaban cada día más; y hasta la misma fanfarria que se tocaba diariamente en su honor era una mistificación de los propósitos que ellos tuvieron de olvidar la guerra para levantar sobre sus escombros una Patria digna y segura. 

Claro está que seguir exponiendo esa doctrina revolucionaria de la emancipación, con los pormenores y la crítica que serían indispensables, y llevar esa exposición —como desearía— hasta lo que hicieron o intentaron hombres como Bello, Rodríguez, Revenga, Vargas, Cagigal, Toro, Soublette, etc., durante la reorganización republicana subsiguiente, desbordaría en mucho de la extensión que puede tener este trabajo. En otros estudios he intentado desarrollar el tema, especialmente en mi conferencia en la Universidad Central sobre “Ideología de la Revolución Emancipadora”; pero debo advertir —con paradójica satisfacción— que en ninguno de esos intentos he logrado acercarme siquiera a la enunciación cabal de todos los puntos que deberían tocarse. 

Prefiero, pues, insistir en cómo olvidó América —y Venezuela en particular— esa fecunda realidad que, en lo esencial, su emancipación fue doctrina y no guerra; que, por consiguiente, tiene vigencia permanente y no debe relegarse al pasado; que no debe ser recuerdo y culto, sino consigna de acción y programa de trabajo para pensadores y estadistas. 

En estos días ha vuelto a recordarse con frecuencia la sibilina frase de Juan Vicente González, según la cual Boves fue “el primer jefe de la democracia venezolana”. 

Es natural que los que siguen la interpretación materialista de la historia recojan con entusiasmo aquel juicio. Dentro de esa interpretación significaría un atisbo genial a saber: que la democracia no es cuestión de ideologías y de sentimientos, sino de hechos; que no se conquista por la prédica y las teorías, sino moviendo directamente las masas a la nivelación social y a la conquista del poder. 

Pero lo curioso es que muchos otros escritores, venezolanos —incluso algunos francamente reaccionarios— han dado igual acogida calurosa a aquella aparente glorificación del devastador guerrillero; por lo cual presumo que, en estos últimos, ha predominado ese concepto pintoresco y superficial de la historia a que me he referido. Sin duda les parece “muy bonito” evocar al irresistible lancero al frente de sus huestes semi bárbaras, y eso basta para despertar su entusiasmo. 

Por mi parte, me limitaré a observar que la vida del propio autor de aquella frase fue un mentís a su afirmación. Porque Juan Vicente González era “expósito”, hijo de padres desconocidos, y como tal no hubiera podido presentar el expediente de “limpieza de sangre” que era indispensable durante la Colonia para ingresar en la Universidad. Si él disfrutó, pues, de la enseñanza universitaria y más tarde de todas las prerrogativas anexas a ésta, y de la libertad de prensa que tanta notoriedad le permitió adquirir, no fue por obra de Boves y sus huestes, sino de los “ideólogos” que abrieron la Universidad a todos, sin distinción de clases ni creencias, que consagraron en las leyes las garantías ciudadanas, y que —como gobernantes— sacrificaron su tranquilidad, y a veces su buen nombre frente a las calumnias, para afirmar esas bases indispensables a la República. Si Boves hubiera triunfado, nada de eso habría prosperado. 

Otro hecho, de muy diferente índole, me ha hecho pensar también en ese olvido o tergiversación de nuestra historia que comento. Me refiero a que, comentando algunos diarios recientes el Decreto de Guzmán Blanco sobre Instrucción Primaria Obligatoria y Gratuita, sacaron a luz los documentos de la época según los cuales el propio Guzmán y su Ministro Sanabria enlazaban la paternidad de su iniciativa a la gloriosa campaña por la educación que el argentino Sarmiento realizaba en aquellos días. Pero lo más impresionante es que los propios periodistas de hoy consideraron que efectivamente debemos a la influencia de Sarmiento aquel Decreto de 1870. 

Ahora bien, en Venezuela existía en materia de educación popular una insistente tradición que Guzmán Blanco y sus colaboradores no debían ignorar, y menos puede desconocerse hoy. Desde la época colonial se habían realizado iniciativas audaces, como esa de la Escuela de Pardos de que he hablado. Don Simón Rodríguez, Miguel José Sanz y otros habían pedido escuelas para el pueblo. Más tarde Bolívar toma incansablemente sobre sí el mismo empeño, recibe con alborozo a su antiguo maestro y proyectan juntos las escuelas artesanales que tendrían como objetivo “colonizar el país con sus propios habitantes”; la Municipalidad de Caracas trae a nuestra capital a Lancaster, ya con fama mundial, y el Libertador se entusiasma tanto por su método de “enseñanza mutua” que de sus comprometidos bienes desembolsa 22.000 duros para financiarlo. José Rafael Revenga, el Secretario y Ministro de Bolívar, político y financiero por sus atribuciones específicas, deja de lado estas actividades en cuantas ocasiones puede, para ocuparse en la educación popular; con la perspicacia de un profesional advierte que la educación primaria no puede prosperar sin la formación previa de personal docente y concibe las Escuelas Normales Gratuitas, para las cuales aporta también material de enseñanza comprado por él mismo con una corta cantidad que casi por casualidad gana en un proceso. Cagigal establece en su Escuela de Matemáticas la capacitación técnica de nuestros artesanos, llama a los militares a los conocimientos y tareas de la ingeniería civil, y reitera el principio de que la educación nacional ha de tener como finalidad la reconstrucción cívica y moral de la República. Vargas asesora a Bolívar en las medidas que abren la Universidad para todos; pero es al mismo tiempo el apóstol infatigable de la educación popular, se ocupa desde la Presidencia de la República en la elaboración de “cartillas” para enseñar a los soldados y a los niños pobres; desde el exilio da orden de pagar, de sus recursos, esos textos que habían quedado en la imprenta. 

¿Se había olvidado todo eso en tiempos de Guzmán Blanco? ¿O no había interés en reconocerlo porque no encajaba entre “las glorias del Gran Partido Liberal”?

Don Simón Rodríguez había escrito; “...herencias, privilegios y usurpaciones es la divisa de las monarquías, la de las Repúblicas debe ser Educación Popular, destinación a ejercicios útiles, aspiración fundada a la propiedad”. 

Vargas había advertido: “¿De qué servirán las medras intelectuales de un corto número en medio de una inmensa masa ineducada?”. 

Y Cagigal reclamó colérico: “Si en otras materias hemos tenido a honra seguir las huellas de los Estados Unidos del Norte, parece que ha habido empeño en no imitarlos en la largueza con que han dotado la instrucción primaria”. 

¿Se había olvidado todo eso en tiempos de Guzmán Blanco, cuando aún no había desaparecido la generación que presenció tantos esfuerzos? 

Otra pregunta más importante acudirá a la mente del lector: ¿es que tiene alguna importancia ese olvido, aparte las injusticias individuales que entraña y el mezquino resquemor nacionalista que puede producirnos? 

No vacilo en contestar: sí tiene importancia mucho mayor. Porque en una República como la nuestra, donde lo que ha sido más debilitado por nuestros fracasos es la conciencia misma de nuestra capacidad política, esa tradición, esa doctrina, mantenidas como fuerzas activas en el pensamiento y en el sentir de todos pueden darnos una visión más completa y más sana de nuestra personalidad colectiva. Que será también devolvernos a la confianza y a la sinceridad indispensables para que nuestros esfuerzos de reconstrucción no se pierdan en el alboroto y la seducción de que nos habló Don Simón Rodríguez.



MIJARES IZQUIERDO, Augusto (1897-1976).
Extraído de su Obra Lo Afirmativo Venezolano (1963)

La Discusión De La Conquista. Por Mariano Picón Salas

LA DISCUSIÓN DE LA CONQUISTA 

Por Mariano Picón Salas


Ni los conquistadores españoles fueron siempre esos posesos de destrucción que pinta la leyenda negra, ni tampoco los santos o caballeros de una cruzada espiritual que describe la no menos ingenua leyenda blanca”

Mariano Picón Salas

 

1.- Las Dos Tesis Históricas

Casi parece ya ocioso, desde el punto de vista histórico (aunque muy fecundo desde el punto de vista ético), renovar aquella polémica que comenzó hace veinte años después de que Colón hubiese puesto su Planta en las Antillas, de si la Conquista era una cruzada Cristiana, o bien, como lo predicó Bartolomé de las Casas, una empresa de robo y violencia. Honra al pensamiento hispano del siglo XVI que hasta contra la “razón de Estado” haya podido plantearse ese debate, y resulta interesante comparar la actitud mental de un Bartolomé de las Casas, espíritu que todavía vive en las fronteras entre la Edad Media y el Renacimiento, como (con) la de un poeta moderno como Kippling, cantor del imperialismo ingles en la India. España ofrecerá, así sus propios argumentos que de esgrimir contra ella, por un motivo, ya más político que religioso, los enemigos de su imperio colonial, quienes, como los británicos en el siglo XVIII, anhelan llevar su comercio y navegación por las últimas rutas ultramarinas sometidas al régimen monopolista de la Corona de Castilla. En la prosa ruda, pero llena de color patético, de Bartolomé de las Casas aparece por primera vez la visión idílica de lo indígena, la pintura de un mundo de inocencia que fue sustituido por un mundo de crueldad, y la requisitoria contra la Conquista que desarrollarán en el pensamiento prerromántico del 1700 un Marmontel o un Abate Raynal. 

La disputa (verdadera disputa sin solución, porque para sostener una u otra tesis puede ofrecerse una masa impresionante de datos) ha dividido, preferentemente desde el siglo XIX, las dos corrientes políticas del pensamiento histórico hispanoamericano: una corriente colonialista y tradicionalista que ponía todo su énfasis en el predominio de las formas españolas de nuestra cultura; y otra liberal y revolucionaria, que proclamaba en forma agresiva; su ruptura con España. Ya en el siglo XVI el historiador Gómara, defendiendo la causa de los conquistadores contra la inflamada homilía de Las Casas, buscaba en la conquista algunos valores afirmativos de creación y civilización con que templar el pesimismo del “Apóstol de los indios”: “Dieronles [los españoles a los indios] —decía Gómara— bestias de carga para que no se carguen; y de lana para que se vistan, no por necesidad, sino por honestidad, si quisieren; y de carne para que coman, ca les faltaba. Mostráronles el uso del hierro y del candil con que mejoran la vida. Hánles dado moneda para que sepan lo que compran y venden lo que deben y tienen. Hánles enseñado latín y ciencias, que vale más que cuanta plata y oro les tomaron; porque con letras son. Verdaderamente hombres, y de la plata no se aprovechaban mucho ni todos. Así que libraron bien en ser conquistados, y mejor en ser cristianos.”

La misma tesis de Gómara es resucitada en el siglo pasado por el famoso historiador mexicano don Lucas Alamán, al enumerar con extraordinaria minucia el aporte de España a la vida de América, y al ofrecer contra el paralelo, entonces tan socorrido entre la colonización inglesa en el norte del continente y la española en el sur, el ejemplo del mestizaje y la originalidad de cultura en el experimento hispánico, que a diferencia del inglés quiso incorporarse las formas indígenas. Como el tema del nacionalismo cultural había sido planteado por la época romántica, escribía con cierto candor Alamán: “Los literatos de Estados Unidos tienen que buscar las materias que ocupan sus plumas en los países extranjeros; nosotros tenemos en nuestros acontecimientos domésticos ancho campo para la poesía, la historia y para el estudio de las antigüedades, llevando a ellas la luz de la filosofía y la crítica”. Es decir, mientras que él entiende la colonización norteamericana como un mero desplazamiento europeo hacia nuevas tierras, la cultura hispanoamericana injerta lo español sobre un subsuelo autóctono primario. Que ello sea de este modo, significa para Alamán que las fuerzas de destrucción de la Conquista no fueron tan crueles que agotaran toda expresión original; y que lo que se destruyó encontró su equilibrio en las adquisiciones nuevas. 

También pudiera haber insistido Alamán, cuando así rectifica a la propaganda, y la historiografía inglesa del siglo XVIII, en otro mérito de España que resalta, precisamente, cuando se le compara con la acción colonizadora inglesa en las zonas del trópico americano. Si los británicos fueron buenos colonizadores cuando, como en la América del Norte, en el sur de Australia o en Nueva Zelanda, encontraron tierras de clima templado donde parecía fácil trasladar las costumbres y el estilo de vida de la metrópoli, no desplegaron igual esfuerzo cultural en sus colonias del trópico. Nunca fueron equiparables las tradiciones de vida europea, de cultura y refinamiento intelectual con que España marcó su huella en Cuba y Puerto Rico con el inferior estilo de factoría que en las mismas aguas del Caribe mantuvo la británica Jamaica. Documentadamente ha estudiado este problema el escritor cubano Ramiro Guerra en su valioso libro Azúcar Y Población En Las AntillasSi el español arraigaba en nuestras zonas cálidas y el mestizaje produjo una aproximación de los núcleos pobladores entre los que despuntaría a la larga el espíritu nacional, el inglés prefirió mantenerse al margen de los grupos alógenos, sin otra relación casi con ellos que la de patrón a siervo. Aunque haya pasado de la ocupación española a la ocupación norteamericana, el viajero más desprevenido encuentra en Puerto Rico, por ejemplo un vigoroso espíritu nacional que no es de ningún modo perceptible en Jamaica. Lo criollo, fundamentado en una tradición, una fuerte vida de familia, una historia y una literatura que tiene sus figuras ductoras, sus nombres que identifican el sentimiento y el ideal colectivo, mantiene despierta la conciencia regional. De la Jamaica tórrida, buena productora de ron y de caña de azúcar; no han salido un Hostos o un Rizal que, como en el Puerto Rico o las Filipinas hispánicos, sean los intérpretes de la nacionalidad naciente. Y aun casi resulta imposible que en esas posesiones tropicales británicas como Jamaica o Trinidad, se haga presente una conciencia histórica diferente entre grupos tan extranjeros entre sí, como la masa de africanos, hindúes o coolies asiáticos que trabajan para el capataz blanco. 

Las colonias españolas —futuros núcleos de repúblicas— fueron verdaderas provincias ultramarinas. Domesticar la tierra caliente, llevar una cultura urbana hasta los climas más desapacibles y duros de la América tropical —Cartagena de Indias, Panamá. Guayaquil-, -etc. — fue una hazaña española, lograda con la pobreza de medios técnicos que existieron entre los siglos XVI y XVII. Todavía el viajero que recorre los Llanos de Venezuela región de temperatura áspera y de naturaleza peligrosa, que contrasta con la suavidad del clima en la zona andina y en las sierras y valles litorales, no puede sino admirar en poblaciones ahora decaídas como Barinas, San Carlos, Ospino, Guanare, la marca de esa gran empresa urbanizadora. Templos de excelente estilo barroco o neoclásico del siglo XVIII, casas privadas de pintoresco estilo andaluz, revelan en esos sitios, cuyos moradores prefirieron buscar después el abrigo de climas más plácidos, el signo de la fuerte tradición hispánica. Hasta en los territorios más recluidos y difíciles del Continente, como el Alto Orinoco y los bosques del norte paraguayo, había penetrado a fines de la Colonia el impulso cultural. Es necesario aclarar este tema, no por ese hispanismo académico que han exaltado las clases conservadoras en Suramérica, ni por espíritu colonialista, sino porque es a través de formas españolas como nosotros hemos penetrado en la civilización occidental y aun el justo reclamo de reformas sociales, de un mejor nivel de vida que surge de las masas mestizas de Hispanoamérica, tiene que formularse en español para que alcance toda su validez y eficacia. Por la ruptura de los imperios indígenas y la adquisición de una nueva lengua común, la América Hispana existe como unidad histórica y no se fragmentó en porciones recelosas y ferozmente cerradas entre sí. En nuestro proceso histórico la lengua española es un admirable símbolo de independencia política: lo que impidió, por la acción de Bolívar y San Martín, por el fondo de historia común que se movilizara en las guerras contra Fernando VII, que fuésemos para los imperialismos del siglo XIX una nueva África por repartirse. Dentro de la geografía actual del mundo ningún grupo de pueblos (ni el balcánico de Europa, ni el Commonwealth británico, tan esparcido en diversos continentes) tiene, entre sí, esa poderosa afinidad familiar. Aunque empleen pabellones distintos, un chileno está emocionalmente más cerca de un mexicano que un habitante de Australia de otro del Canadá. Este hondo parentesco es lo que permite la mutua historia cultural, aunque desde el siglo XIX se haya roto la anterior cohesión política.



PICÓN SALAS, Mariano (1901-1965). De la Conquista a la Independencia; Tres Siglos De Historia Cultural Latinoamericana (1944). Extracto del Capítulo III de Dicha Obra




jueves, 1 de septiembre de 2011

Acerca De La Jerarquía. Por Mario Briceño Iragorry

ACERCA DE LA JERARQUÍA

Por: Mario Briceño Iragorry

(De: El Caballo De Ledesma. 1944) 

Mi distinguida y buena amiga: Buena que la hizo nuestro amigo al tomar el atajo de la demagogia para mal interpretar mis palabras. Acórreme el señor de que llegue yo a pensar según las ideas de que se me hace partícipe; en cambio, por nada temo que tan ligero juicio pueda perjudicarme cerca de quienes saben leer y escribir. 

Y lo peor es que el ignora las veces que he tajado mi modesta pluma en defensa de la jerarquía. Y la defiendo desde mi claro y preciso punto de demócrata de la nación, no de oportunidad y conveniencia. Sin que esto aluda a que el pueda pertenecer a ese inmenso grupo de políticos que gastan ideas de lujo para el consumo público, pero que, a la hora de la verdad y de la acción, recurren a los principios que celosamente guardan como más avenidos con el rumbo de sus intereses personales. 

Nuestro amigo no ha advertido que por jerarquía yo entiendo orden actual en la lógica selección social. Orden de ahora. No orden que venga de atrás. El imagina que, por no ser yo un descamisado, proclamo y defiendo como jerarquía la permanencia de los valores sociales abultados en los cuadros del tiempo. Los árboles genealógicos y la herencia de capital en función de contorno de los hombres en la cinemática social. 

Son conceptos diametralmente opuestos. El uno representa lo viejo, lo caduco de la historia. El otro es lo ágil, el ascenso, la vida de la historia. La pura lógica del proceso selectivo que crea la sociedad. Nuestro amigo está acostumbrado a la jerga de nuestros viejos métodos de distinguir a los hombres. Para nuestro amigo existen las buenas familias y no las buenas personas. Existe el hijo de Don Pánfilo como una continuación paterna y no como un nuevo valor social que precisa sopesar individualmente. No niego yo que haya familias donde cultiven las virtudes con más ahínco y fruto que en algunas otras. Hay familias de hombres piadosos, como las hay de asesinos y contrabandistas. Desde este punto de vista hay familias mejores y peores. Pero nuestro viejo concepto de buena familia no mira regularmente el contenido educativo de la tradición familiar, sino el prestigio aparente de un apellido. La tradición familiar ha de existir, es la propia historia de los pueblos y bien deberían pensar todos los hombres en mejorarla y superarla. Ir a mas de lo que fue el padre, es esfuerzo que en pequeño deberíamos hacer todos. Es la particularización del propósito general que debe animar a los pueblos por mejorar. Es la propia marcha de la cultura. 

En cambio, el concepto que aflora menudamente es el contrario. Se procede con la conciencia firme de que por nosotros ya capitalizaron los mayores. Y de ahí el fantasma de las buenas familias, cuyos miembros actuales no necesitan hacer nada porque ya poseen un apellido. Y este camina solo. Es el fantasma de los ociosos y degenerados herederos de los ricos de ayer que, sin aportar ningún esfuerzo para su personal pulimento, pretenden ser punteros en el movimiento social. Esto no es jerarquía, y de serlo sería una jerarquía antidemocrática. Una jerarquía de la mentira permanente. 

Nuestra jerarquía es otra. Donde hay un orden, este debe exhibirse por medio de la más lógica de las fórmulas. Imagine el galimatías que se formaría en la mente de un niño a quien el maestro empezara a enseñar la numeración según el siguiente proceso: 17, 2, 24, 73, 9. El niño que tropiece de buenas a primeras con semejante serie de valores, posiblemente aprenda a pescar gordas truchas pero no llegara a saber que sea aritmética. Ahí le ha faltado la jerarquía de los números y del concepto del valor. Esta es la jerarquía que debe transportarse a nuestro orden social. Esta jerarquía debe establecerse en la seriación de los hombres. Es la propia progresión de los méritos, la estimativa del esfuerzo y de la capacidad personal. 

Nuestra jerarquía, fundamento del orden democrático, mira la hora presente. Mira el valor redituante del sujeto social. La democracia no es el asalto. La democracia no es lo que hasta ahora entendieron muchos capataces políticos: la posibilidad abierta para “el vivo”. Nuestro orden social fue en mucho mirado como carrera de hombres audaces y afortunados. No se vio el significado de las categorías formadas por el natural proceso de la cultura. Se buscó al hombre en función orgánica. En función de guapo, de simpático o de rico. No en función de lo que pudiera servir a la propia sociedad. En nuestra selección política se invirtió la sistemática de valorar a las bestias. Estas tienen tanto más valor cuanto menores sean sus mañas. Los políticos se han apreciado en función contraria. Y no es mero juego de palabras. No ha dado muchas vueltas la tierra desde que lo oí decir para explicar la posición elevada de un político: “Tiene muchas mañas”. Váyase al diablo la capacidad, ríase usted de las condiciones que ameritan a un individuo. Eso no pesa en el orden de la selección. Pesa la maña, la audacia, la simpatía, el golpe de suerte. 

Contra esa falsa técnica de selección, va la jerarquía de los individuos en cuanto valen por sí mismos, cosa que empieza a hacerse sentir en nuestro país. ¿Considera usted la tragedia que implica un desacomodo en que un inferior jerárquico se ríe de la incapacidad de un dirigente? Y no es pedir leche a las cabrillas intentar que ese orden lógico, que esa jerarquía vertebral se establezca en todo el ancho campo de las actividades sociales. Mire usted como en Venezuela solo han existidos tres fuerzas de peso. El Ejército, La Iglesia y El Capital. El Ejército, en que todo expresa jerarquía. La Iglesia, cuya constitución y disciplina interna son el mayor testimonio de lo que vale la organización. El Capital que, por gravedad y cohesión representa el más compacto frente de valores. Fuera de eso, en Venezuela no hay jerarquía ni cohesión de masas. El Individualismo disolvente ha corroído toda fuerza de superación y de defensa. Todo está a la buena de Dios. Todo se rige por la ley del asalto y del postizo mérito. Para general no sirve un teniente. El soldado ha llegado a serlo, pero ha tenido que subir peldaño a peldaño. Sus hombros han saludado todas las estrellas hasta llegar al codiciado sol. Se dolía en época de ascensos un mi amigo militar de que a él, sobrado de años en su grado, no se le hubiera ascendido a la par de otros compañeros. Y yo, para consolarle, no tuve mejor frase que esta: “Pero en cambio no has sufrido la derrota moral de ver que un teniente haya sido ascendido de golpe a coronel”. En el orden diario de la estimativa civil nos tropezamos, en cambio, con esos tenientitos improvisados de comandantes. Y vemos de diario doctores bien graduados que reciben normas de conducta de bachilleres aplazados. 

Esto parece que lo olvidara nuestro amigo cuando la dio por censurar mi insistencia acerca de la necesidad de que vayamos a la creación de una conciencia de jerarquía como prenda de estímulo en la vida democrática. Jerarquía que encauce la fuerza multitudinaria y valle las explosiones que ocasiona la injusticia. Jerarquía que exhiba el valor de los hombres en sus justas proporciones y promueva, en consecuencia, mayor fe y más ancha confianza en el trabajo social. 

La juventud hecha a oír dentro de los muros universitarios prédicas en que se le prometen realizaciones fundamentales en el esfuerzo y la cultura y que, vueltos los ojos al campo de la vida práctica, encuentra un orden en que existe una escala de valores que quebranta el mérito del esfuerzo personal, tiene, por fuerza, que sufrir un trauma en la conciencia. La alegría se le trueca en desconfianza y disimulo. La honradez se le vuelve mala fe. Y conforme a una técnica natural de vida, se va a la línea del menor esfuerzo. Pasa a la categoría de los irresponsables. 

Y si usted quisiera ejemplos con que convencer a nuestro amigo, yo le sugiero el de Páez lavando los pies a Manuelote. Manuelote no ha muerto. Manuelote, en nuestro desacomodo venezolano, sigue humillando a quienes guardan el propio poder de mejorar el orden social. A quienes, como Páez, pueden hacer repúblicas. Manuelote es la vulgaridad, confundida con lo democrático, que se ha creído capaz de dirigir a la sociedad. Manuelote, aun vestido a la moderna, es la cabal expresión de la carencia de la jerarquía. En un orden más lógico, él debiera lavar los pies a Páez, mientras llega la hora en que cada quien lave los suyos propios. Pero así y todo, mi querida amiga, habrá uno a quien toque el pasajero privilegio de hacerlo primero. La jerarquía es para fijar, por medio de una disciplina de valores, quien es el primero en usar el lavatorio. 

Para lo que sí está dado y permitido romper la mecánica del orden, es para ir de puntero al sacrificio por la sociedad. Lo heroico en este caso es la excepción. Y que lo diga nuestro viejo Ledesma, cuando animado del deseo de dar ejemplo permanente, salió sobre el sarmentoso caballo de las victorias definitivas, con la risa en la “cara angulosa y cetrina”, jugando como “un rayo de sol en una ruina”, según lo canta el inolvidable Enrique Soublette. 

Y muy de desearse seria que usted cumpliera la promesa de regresar en breve a la capital, donde yo, como siempre, espero la oportunidad de servirla y admirarla.




BRICEÑO IRAGORRY, Mario (1897-1958). Humanista Venezolano. Extracto de su obra de 1944 El Caballo De Ledesma. Tercera Edición. Tipografía Americana, Caracas 1948. 












La Democracia En América Latina Un Análisis Prospectivo. Por Luis Costa Bonino

LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA LATINA UN ANÁLISIS PROSPECTIVO

Dr. Luis Costa Bonino (2001)


Nada sabemos del futuro –decía Jorge Luis Borges- salvo que diferirá del presente”. Es claro que no podemos imaginarnos los tiempos que vienen como una simple traslación de los datos que nos parecen relevantes a nosotros hoy. El futuro, sin embargo, se organiza en torno al cambio de valores y registros de una cantidad de variables que, ellas sí, se presentan como un conjunto mucho más estable y permanente, y en cierta medida, previsible. 

La suerte de la democracia como régimen político depende de un número relativamente limitado de variables, aunque las modulaciones y las peculiaridades de cada lugar incorporen variaciones infinitas. Como en la literatura, donde los libros pueden contarse por millones, pero los relatos, en esencia, son poco numerosos; en la vida política de los países la suerte de la democracia se vincula al destino de pocas variables. Este artículo pretende examinar las variables que consideramos centrales para el destino de la democracia en América Latina, su probable evolución, y el efecto de estas posibles variaciones en la resultante final, en el plazo de la próxima década. 

LOS SUJETOS DE LA DEMOCRACIA: INSTITUCIONES E INDIVIDUOS. 

Es habitual en las Ciencias Sociales, cuando se trata de analizar o explicar ciertos fenómenos, optar por algunas variables a las cuales se atribuye un peso explicativo relativo mayor, y dejar de lado otras. Esto es justo, porque la selección sistemática e indiscriminada de posibles causas directas o indirectas de un fenómeno nos llevaría, irremediablemente, a la Historia Universal. En este artículo vamos a seleccionar las variables que nos parecen más relevantes para el destino de la democracia en América Latina. Para eso nos ocuparemos de evaluar las variables seleccionadas por diferentes corrientes de análisis y vamos a postular la importancia de otras que todavía no han sido recogidas en la literatura de la teoría democrática, pero que surgen, cada vez con mayor nitidez, como condicionantes del destino de la democracia en nuestro continente. 

En principio tomaremos en cuenta las variables incorporadas al análisis por los institucionalistas y neo-institucionalistas, que jerarquizan el peso de las instituciones y reglas de juego en la suerte de las democracias. Pero, principalmente, trataremos de desentrañar las lógicas de acción de los individuos, integrantes de las sociedades y de las élites, que consideramos como los sujetos centrales de los regímenes políticos democráticos en América Latina.  

De esta manera construiremos un escenario de observación donde podamos ver el peso de reglas, instituciones y procedimientos de funcionamiento de la democracia y también las necesidades de los individuos, y cómo la democracia, u otros conceptos políticos rivales, pueden ofrecer satisfacción a las necesidades de esos individuos. 

Como tesis de este análisis proponemos que la suerte de la democracia en América Latina depende, primariamente, del grado por el cual este tipo de régimen garantice ciertos derechos elementales de los ciudadanos: trabajo, alimentación, salud, educación, seguridad o integración a la sociedad. De manera secundaria, su consolidación y su eficiencia consideramos que se vincula al buen funcionamiento de sus instituciones políticas y al comportamiento democrático de sus élites. 

Entre las variables del primer tipo seleccionamos, en principio, el grado de exclusión social. Si mantenemos el actual grado de exclusión y marginalidad en las sociedades latinoamericanas, o si ésta aumenta, la democracia se reducirá de manera sensible, dando paso a las múltiples formas de autoritarismos o neo autoritarismos que, ya en el presente, han surgido o comienzan a surgir en el continente. 

Otros dos factores sociales son de primera magnitud explicativa en el destino de la democracia: el desempleo y la seguridad ciudadana. Con muy altos índices de desempleo, marginalidad y ampliación de los niveles de pobreza, especialmente si se producen cambios de registros abruptos y negativos, se abren las puertas a estallidos sociales de resultados lesivos a la estabilidad de las democracias. La ausencia de seguridad, especialmente a través de la violencia anómica u organizada, sea por el hampa, narcotráfico o por organizaciones de guerrilla, legitima las formas violentas de cambio o de control social y las alternativas antidemocráticas de dominación. 

Entre las variables institucionales de la democratización deben figurar, en primer término, las técnicas electorales que aseguren la pureza del sufragio. Mientras existan técnicas que dejen abiertas las puertas al fraude electoral, al engaño y a la estafa de la voluntad de los ciudadanos, la democracia no existirá, o no existirá como régimen consolidado. Es probable que la extraña definición de las últimas elecciones norteamericanas abra un importante espacio de debate para el mejoramiento de estas técnicas. También sería importante, a la luz de esta experiencia, que los países latinoamericanos dejaran por un momento la costumbre de mirar a los Estados Unidos como ejemplo de democracia, y observen las técnicas desarrolladas por otros países latinoamericanos que aseguran una limpieza, pureza y sinceridad prácticamente absoluta del voto. 

Consideraremos también otras variables institucionales. La adecuación entre sistemas de partidos y sistemas de gobierno, señalada por los institucionalistas, tiene un cierto valor predictivo del posible éxito o fracaso de las democracias de nuestro continente. 

Por último retendremos otro conjunto de variables concernientes a los comportamientos de las élites políticas. Ningún diseño institucional funciona bien si las élites políticas no tienen un comportamiento democrático, que circule dentro de ciertos umbrales de aceptabilidad. La estabilidad democrática depende de ciertos comportamientos tales como el consenso en torno a las reglas de juego políticas, tolerancia, negociación, compromiso, pragmatismo. Muchas veces estos comportamientos son aprendidos o reaprendidos a partir de experiencias traumáticas, mediante un proceso que se instala en la memoria de las élites y de las sociedades en los diferentes países.  

LEJOS DE LOS OJOS, LEJOS DEL CORAZÓN. LA DEMOCRACIA A DOMICILIO. 

Longe dos olhos, longe do coraçao, dicen en Brasil. Lo que no se ve, lo que no está presente en la vida cotidiana, no se quiere. Es imposible que la democracia se quiera, se valorice y se defienda si no llega a la casa de las personas mejorando sus condiciones de vida. 

La suerte de la democracia, con su itinerario de éxitos o de fracasos, está directamente vinculada a la capacidad de este régimen político de satisfacer ciertas demandas básicas de los individuos que componen las sociedades. Esta precondición de la vida democrática ha sido, sin duda, percibida por los organismos internacionales orientados al desarrollo como el BID o el PNUD, los cuales promueven políticas sociales tendientes a reducir la pobreza, medida en términos de necesidades básicas insatisfechas. Ciertas limitaciones de estos programas y de las políticas sociales que se implementan localmente, problemas a los que no están ajenos la hegemonía prácticamente excluyente de los economistas y de las metodologías cuantitativas, han determinado una cierta reducción de la pobreza pero, al mismo tiempo, el mantenimiento de altísimos niveles de marginalidad. Precisamente esta marginalidad, en sus diferentes dimensiones, es hoy el principal desafío social a la consolidación y al éxito de las democracias en América Latina. 

La marginalidad tiene diferentes vertientes y dimensiones en América Latina. Muchas veces se presenta como marginalidad urbana, vida en asentamientos irregulares y viviendas de emergencia, con aculturación y pérdida de referentes y valores, propios del emigrado rural que pasa a vivir en los cordones de miseria de las grandes ciudades. Este contexto es fértil para generar vínculos con anti modelos sociales o políticos, con organizaciones del hampa, del narcotráfico o con agrupaciones políticas extremistas y violentas, de variados signos ideológicos y de contenidos invariablemente antidemocráticos. 

En muchos países de América Latina, a estos problemas comunes a todo el continente se suman elementos de alienación social y de contra identidades basadas frecuentemente en una pertenencia étnica común, indígena, con una larga historia de marginación. 

Es frecuente que importantes masas marginalizadas se activen políticamente mediante la incorporación de ideologías, las cuales son portadoras muchas veces de contenidos violentos, debido a que son las que mejor se adaptan a la representación del mundo de los excluidos. Esta “marginalidad ideologizada parece ser, en ciertos casos, una de las amenazas más serias a la estabilidad política de algunas democracias del continente. 

Vinculadas con estas formas de marginalidad social, varios países de América Latina han visto surgir nuevas formas de autoritarismo. Esta suerte de neo-autoritarismo se sustenta en una mezcla muy heterogénea de recursos políticos y comunicacionales; hay espectáculo, medios de difusión, marketing, Internet, plebiscitos, reelecciones inconstitucionales legitimadas por un poder judicial adscripto al poder ejecutivo, ciertos contenidos ideológicos nacionalistas o indigenistas y, sobre todo, un sustento muy fuerte en los sentimientos anti sistema y en las demandas de los excluidos sociales. 

En su dimensión social, las perspectivas para la democracia no son buenas, por lo menos para los próximos cinco años. Los efectos, sin embargo, de la deslegitimación social de la democracia no son en estos años tan desestabilizadores como pudieron haberlo sido en otras épocas, porque otras variables políticas antidemocráticas, nacionales e internacionales, no actúan con la misma intensidad. Es probable que en los próximos cinco años se propaguen, con idas y venidas, flujos y reflujos, algunas formas autoritarias o neo autoritarias, preocupadas sin embargo de mantener la denominación de democracias, y encargadas de satisfacer autoritariamente algunas de las demandas más fuertes generadas por la exclusión social. 

Es probable que la próxima década se complete con datos más favorables para los componentes sociales de la democracia, debido a un recentraje de las políticas sociales llevadas a cabo en el continente, y a una preocupación mayor por la disminución de la marginalidad.  


LOS POSTULADOS INSTITUCIONALISTAS ¿LAS REGLAS HACEN LAS DEMOCRACIAS? 

Es frecuente atribuir a ciertos factores institucionales un peso decisivo en la eficiencia y en la estabilidad de las democracias. Se ha argumentado de manera muy insistente y persuasiva que ciertas combinaciones, comunes en América Latina, como un sistema de gobierno presidencialista en un contexto multipartidista, tienen efectos desestabilizantes para los gobiernos democráticos. 

Se sostiene que el multipartidismo exacerba los problemas del presidencialismo y, al mismo tiempo, que el presidencialismo colma las dificultades creadas por el multipartidismo. Los sistemas presidencialistas no tienen mecanismos que aseguren mayorías legislativas y, para complicar más las cosas, los presidentes son elegidos para un mandato con tiempo fijo, predeterminado. No hay disolución ni otra forma prevista de cambio de gobierno constitucional, con lo cual la única posibilidad de cambiar un gobierno impopular es el golpe de estado (S.Mainwaring, 1995; Juan Linz, 1994; Lijphart, 1994; Sartori, 1983,1976). 

Por estas consideraciones se afirma que el sistema presidencialista junto con el multipartidismo es una combinación problemática para la democracia. Esta interpretación tiene evidentes ventajas intelectuales sobre otras. Es sencilla, explica muchas consecuencias con pocas causas y, sobre todo, permite recetar fáciles terapias institucionales a complejas situaciones políticas y sociales. Los institucionalistas tienen un éxito comparable al de los adelgazantes que se venden por televisión: son una alternativa sencilla y grata a un cambio de comportamiento en las dietas que sería mucho más sacrificado. Cambiando las reglas de juego o las instituciones se evita el proceso mucho más incierto, complejo y dificultoso de cambiar los comportamientos de la élite política y hacerlos más democráticos. 

Si bien los cambios en las reglas de juego constitucionales se han difundido con cierta abundancia a lo largo del continente, los efectos beneficiosos esperados no han aparecido con mucha claridad. En el Uruguay, por ejemplo, se incorporaron cambios en las reglas de juego electorales, se introdujo el ballotage, se “modernizaron” procedimientos tradicionales de competencia y de representación, pero la reciente experiencia muestra que la gobernabilidad del país se aseguraba con mayor eficacia con el viejo sistema que con el nuevo. Esto sucede porque, también en el Río de la Plata, la gobernabilidad parece depender más del comportamiento de los actores que de los condicionamientos de las instituciones políticas. 

Otro elemento “institucional”, esta vez sí más decisivo, es el del sistema de votación o de las técnicas electorales. Ninguna democracia puede sobrevivir en medio del fraude o de diversos tipos de falseamiento de la voluntad de los ciudadanos. La experiencia de las últimas elecciones en los Estados Unidos va a promover, sin lugar a dudas, una revisión de los sistemas de votación. Otras experiencias, como la de la nueva democracia mexicana, que tiene como núcleo fundacional la democratización de los procesos de designación de su élite política y la sinceridad del sufragio, van en el mismo sentido. La superación del proceso autoritario de Fujimori en el Perú, que era un régimen sustentado en procesos de manipulación electoral y fraude, es otro caso que empuja a un cuidadoso replanteo de las técnicas de votación. Por otra parte, en un campo donde las soluciones perfectas normalmente no existen, sí existen modelos o sistemas prácticamente perfectos de técnica electoral que permiten asegurar elecciones totalmente limpias. 

El probable movimiento de las variables institucionales en los próximos años anima a anticipar que no va a mejorar de manera sensible el problema crónico de gobernabilidad y de eficiencia de las democracias en América Latina, aunque es esperable que disminuyan sus problemas de legitimación formal en las instancias electorales. De todas maneras la dimensión probablemente más crítica para la estabilidad democrática es la que hace a los comportamientos de las élites políticas del continente.

 

LOS COMPORTAMIENTOS POLÍTICOS DEMOCRÁTICOS. TRAUMAS HISTÓRICOS Y APRENDIZAJES DE LA ÉLITE. 

El mantenimiento de la vida política democrática necesita de la amplia difusión de ciertos comportamientos políticos dentro de sus élites, tales como la tolerancia, la aceptación de la diversidad, la aceptación de los derechos de los adversarios, menos ideología y más pragmatismo, inclinación a la negociación y al compromiso, no orientarse a fines absolutos, erradicar la violencia, no descalificar a los competidores políticos, respetar las reglas de juego democráticas. Tales comportamientos aparecen y desaparecen en la vida política de los países. Cuando desaparecen generalmente son la manifestación previa a un golpe de estado o a un período autoritario más o menos largo. Después, con los aprendizajes que dejan las experiencias históricas traumáticas, estos comportamientos vuelven a circular en las sociedades y en las élites políticas, asegurando más democracia por más tiempo. 

Las trágicas experiencias de dictaduras militares por las cuales pasaron varios países de América Latina en las décadas del ’70 y del ’80, dejaron, además de profundas heridas en el cuerpo social, un conjunto reconocible de aprendizajes, explícitos o implícitos, en las élites políticas. En su mayoría, los dirigentes políticos de los países han reconocido un hilo conductor entre los comportamientos antidemocráticos, o políticamente poco responsables, circulantes en sus países en los períodos pre-autoritarios y los golpes de estado que siguieron. De la misma manera es reconocible un conjunto de cambios de comportamientos, en estas élites, que se orientan a evitar que las mismas secuencias antidemocráticas se repitan en el futuro. 

Un estudio sistemático de estos aprendizajes se ha hecho para el cono sur de América Latina. Este conjunto de trabajos ha sido recogido en el libro “Political Learning and Redemocratization in Latin America: Do Politicians Learn from Political Crises?” (McCoy, Costa Bonino, Cavarozzi, Garretón. Miami. North-South Center Press.2000). 

Las conclusiones de esta investigación muestran que los grupos políticos aprenden de éxitos y de fracasos, de las experiencias traumáticas o a través de una acumulación gradual de conocimientos adquiridas por ensayo y error. Estos aprendizajes pueden hacerse de manera directa o por intermedio de otros actores. Los fracasos y los traumas históricos hacen estos aprendizajes más evidentes, más visibles, porque son experiencias suficientemente fuertes como para sacudir creencias previas, orientaciones y rutinas. Sin embargo los aprendizajes traumáticos tienen sus propios límites, pues la fuerte fijación en los problemas del pasado hace que muchas veces se resuelvan ciertos problemas a expensas de crear otros problemas con una proyección compleja en el futuro. En Chile, por ejemplo, la obsesión por evitar conflictos y la búsqueda compulsiva de consensos, aprendizaje del período pre-1973, ha llevado a sofocar los necesarios debates sobre los problemas nacionales. En Argentina, la experiencia de la hiperinflación, que golpeó profundamente a la sociedad, llevó a que se resolviera al costo de un importante debilitamiento de sus instituciones representativas. 

En términos generales, las experiencias de ruptura de los regímenes democráticos condujeron posteriormente, en esos países, a una reorientación de metas, objetivos y estrategias por parte de las élites políticas, con una aceptación muy amplia de las reglas de juego democráticas. Los actores políticos se preocuparon por resolver los problemas de gobernabilidad planteados por sistemas que se habían transformado en multipartidistas. Se pudo percibir también un rechazo generalizado por parte de las élites a los comportamientos con contenidos antidemocráticos, provenientes tanto de las filas militares como de grupos políticos radicales. 

Tomando estos últimos ejemplos podría decirse que el futuro de la democracia en América Latina puede verse con ojos optimistas, pero como decía un humorista parodiando la famosa frase de Santayana: “los pueblos que olvidan su pasado están condenados a cometer los mismos errores, y aquellos que no lo olvidan están condenados a cometer errores nuevos”. Es frecuente que los aprendizajes democráticos de las élites políticas eviten los mismos procesos que llevaron antes a golpes de estado, pero estos aprendizajes no incluyen necesariamente buenas estrategias para los nuevos desafíos políticos, económicos o sociales que el presente y el futuro inmediato imponen. 

 

LAS PERSPECTIVAS PARA LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA LATINA. 

Existen un conjunto de factores que pueden condicionar positivamente el futuro desarrollo de la democracia en América Latina. La preocupación de los investigadores provenientes de la Ciencia Política por diagnosticar los problemas de gobernabilidad y proponer modelos institucionales adecuados, junto con la sensibilidad y la disposición positiva mostrada por la mayoría de las élites políticas del continente a operar esos cambios, son dos elementos que aseguran un mayor fortalecimiento de las bases institucionales de la democracia. Al mismo tiempo es relevante la preocupación por acceder a sistemas de votación y técnicas electorales cada vez más seguras y confiables en términos de pureza del sufragio, requisito indispensable para obtener democracias legítimas y estables.

Todo esto ocurre en un contexto internacional que, a diferencia de las épocas de guerra fría, ya no produce al interior de los países alineamientos ideológicos que transformen adversarios políticos internos en enemigos externos, con sus consecuencias de enfrentamientos inconciliables y lógicas de guerra. Las percepciones de amenaza y el autodefinido rol salvador de las Fuerzas Armadas ya no funcionan como antes, al cambiar el contexto mundial que los incentivaba. 

Los aprendizajes políticos hicieron su camino. Es evidente en muchos países el esfuerzo de las élites por no volver a transitar los mismos senderos antidemocráticos de triste y trágica memoria. Los discursos, las prácticas y las propuestas de muchos de los partidos que nutren la vida política latinoamericana se han hecho más pragmáticas, se reconoce muchas veces una mayor inclinación a la negociación y al compromiso. La democracia como régimen político se ha revalorizado. 

La contracara, sin embargo, de este panorama optimista, se muestra desde el ángulo social y desde los nuevos nutrientes ideológicos que se desarrollan, o que alcanzan su perfil más alto, en las zonas oscuras de la marginalidad. Los modelos económicos y las políticas sociales implementadas en América Latina han mantenido o generado el incómodo subproducto de la exclusión social. Junto con este proceso, la devaluación o la muerte de ideologías en otro tiempo poderosas, ha inducido la aparición o modificación, en algunos casos la sustitución, de las viejas ideologías por otras con contenidos nacionalistas o indigenistas o con ingredientes de violencia y de revancha social. Los sectores excluidos, activados políticamente por estas ideologías, son el sustento ideal para el surgimiento de líderes autoritarios de una nueva especie, arraigados sin embargo en las tradiciones caudillistas y antidemocráticas del continente. 

Los próximos años probablemente muestren una preocupación importante por parte de las élites políticas latinoamericanas en preservar las formas y los principales contenidos de los regímenes democráticos. La presión social, sin embargo, seguramente inducirá el desarrollo de regímenes híbridos, con formas democráticas y contenidos autoritarios. Es probable que, transcurridos algunos años, las políticas sociales se transformen para disminuir, además de la pobreza, la marginalidad, y que este proceso tienda al desarrollo y a la consolidación de nuevas democracias. En todo caso, no es esperable para la próxima década tener una América Latina homogénea, alineada en la democracia o en el autoritarismo, ni ningún tipo de “efecto dominó”, ni democrático ni antidemocrático, que sacuda políticamente al continente. Habrá, seguramente, un mayor contenido relativo de democracia. Algunas conquistas de las sociedades son difícilmente reversibles. La difusión cada vez mayor de mecanismos eficaces de comunicación como Internet hace que el efecto de demostración de la democracia actúe de una manera muy persistente. Por otro lado el acceso cada vez más irrestricto a la información elimina uno de los sustentos más firmes y tradicionales de las dictaduras: el secreto. 

El destino de la democracia en América Latina, a más largo plazo, estará determinado, sobre todo, por el equilibrio entre sus virtudes políticas y sociales. Es difícil que supere esta situación híbrida y con altibajos mientras que, además de ser una promesa de libertades ciudadanas, no sea una promesa igualmente concreta de mejorar las condiciones de la vida cotidiana de las personas, con datos más favorables de empleo, salud, alimentación, seguridad e integración a los beneficios de la vida en sociedad. La mejor fórmula de estabilidad política seguramente siempre será que los individuos que componen la sociedad puedan ver los resultados concretos y tangibles de la democracia, pues no existe mayor seguridad para la supervivencia de un régimen político que el apoyo convencido de sus ciudadanos. 



COSTA BONINO, Luis. Analista Uruguayo, Doctor en Ciencias Políticas del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Paris. “Sciencs-Po”, participó en la campaña del presidente Francois Mitterrand en 1988. Ha dirigido campañas electorales en Europa y América Latina. Trabajó para el PRI, el PAN y el PRD de México, el APRA del Perú, el PAN de Guatemala, el Partido Nacional de Honduras, el Partido Nacional y Frente Amplio de Uruguay, el PLRA de Paraguay, e PLD de República Dominicana y el PT de Brasil, entre otras fuerzas políticas. Página Web: www.costabonino.com


Civilización, Palabra Frágil. Por Mariano Picón Salas

CIVILIZACIÓN, PALABRA FRÁGIL

Por Mariano Picón Salas


Pocos meses después de concluida la primera gran guerra europea, en los mismos días en que los estadistas del mundo se reunían en Ginebra para fundar una “Sociedad de las Naciones” que asegurase una paz estable, Paúl Valéry escribió un pequeño ensayo que parecía templar la excesiva confianza de los muy optimistas, recordándoles que “todas las civilizaciones son mortales”: que el alegre París, la opulenta Londres, la refinada Florencia podrían ser mañana Susas o Persépolis cubiertas de olvido. Y la tesis de Valéry consistía en que el esfuerzo de Cultura y prudencia para que una civilización no perezca, es casi mayor que el impulso de crearla. La Civilización es como un Jardín que hubiéramos recibido en legado; y de generaciones sumamente laboriosas y siempre despiertas depende de que tan bello rincón de árboles, fuentes y nobles pensamientos no se ahogue en la ruina y la maleza. (Una idea, si se quiere, muy francesa de la “civilización”, ya que fue Francia entre todas las naciones europeas la que primero dio validez y uso universal a tan hermosa palabra.) El ensayo de Valéry, de tan ágil y penetrante levedad, casi coincidió en el tiempo con la monumental obra alemana de Osvald Spengler, “La decadencia de Occidente”, cuyo primer volumen aparecido a fines de 1918 hubo de convertirse en un como breviario mágico de profecía e intuición histórica para las generaciones angustiadas de la primera post-guerra. El interés de estos ensayos no se cifraba, precisamente en que en ellos se hablara de la “fragilidad de las civilizaciones” (ya Gibbon lo había dicho en el siglo XVIII en su clásica obra sobre Roma, y Burchkardt y Gaston Boissier se entretuvieron en estudiar en sus libros sobre el fin del mundo antiguo, aquellas extrañas fuerzas deletéreas que, como termites tropicales en la más fuerte madera, quebrantaron a partir del siglo III de nuestra era un organismo histórico que parecía eterno, inmenso y vigoroso como el Imperio Romano). El ensayo de Valéry y la ingente audacísima obra de Spengler gozaron de enorme audiencia porque el hombre europeo comenzaba a sentir que el conjunto de formas e instrumento que él asociaba a la palabra “civilización” entraba en serio peligro. Podrá discutirse todo lo que se quiera a Spengler; investigadores norteamericanos aplicaron al caudaloso y bello libro el rasero de una crítica positivista, excesivamente pegada a los detalles, pero la terrible pupila del pensador alemán previó con varios años de antelación algunas de las más brutales emergencias de la época; previó el Fascismo y la sombría crisis del estado Liberal; previo las futuras guerras entre Continentes de que ya estamos amenazados. 

Lo más interesante de estos trabajos casi proféticos es que ellos alertaban contra una dulce ilusión que la Humanidad había venido acariciando ininterrumpidamente desde las grandes utopías optimistas del siglo XVIII: la de que el progreso continuaba en línea recta y que por el simple desarrollo de la razón y la humanísima posibilidad de aprovechar y acrecentar las experiencias de los antepasados, todo futuro será mejor que el presente. Cuando los personajes de alguna novela del siglo XIX, se ven lanzados en un conflicto que no pueden resolver confían en que el simple avance de las Ciencias, del espíritu de la tolerancia o la comprensiva fineza que involucra toda Cultura, le dará más ecuánime solución en un tiempo venidero. A ese necesario avance de la Sociedad modificada por la Ciencia parece consagrar todos sus rudos documentos humanos, todas sus denuncias y protestas, un novelista como Zola. Y quien hubiera visto al mundo en aquellos que mediaron entre la exposición universal de Paris de 1889 y julio de 1914, pronosticaría que había derecho al más regocijado optimismo. 

Casi todas las tiranías y regímenes absolutos se habían transformado, por entonces, en la mayor parte de los países del mundo en Estados democráticos que garantizaban los derechos de individuos y comunidades. Una fina cultura de la sensibilidad se expresaba no solo en las obras de Arte, sino en muchas y nuevas instituciones jurídicas y filantrópicas. Parecía estar a punto de abolirse la crueldad hacia los seres humanos y la Sociedad buscaba un derecho más justo en que hasta los conceptos de “culpa”, “pena” y “delitos” se armonizasen con el avance benéfico de las Ciencias. Si aun no se cumplía el ideal de una justicia económica ecuánimemente distribuida, la extensión del sufragio, el auge y nueva legalidad de los partidos obreros, prometía continuas reformas en la condición de las clases más pobres, sin que para ello pareciera necesaria aquella revolución apocalíptica de la violencia propiciada por un George Sorel. 

Treinta años después de aquella Europa que bailó despreocupadamente el “Can-Can”, disfrutó de las más irrestrictas libertades y había garantizado el derecho a oponerse y disentir como una de las mejores conquistas de la Civilización y suavizó (como ninguna otra época de la Historia) las relaciones humanas, casi no quedaban vestigios. O las revoluciones y crisis que afloraron después de la primera post-guerra, revelaron como un fondo plutónico de barbarie y violencia que no se hubiera podido imaginar en 1900. En un país tan venerablemente culto como la Alemania de Goethe, de Schiller, de Kant y de Hegel, de tan geniales guías y conductores de la conciencia moderna, se quemaban libros, se perseguían ideas disidentes y se imponían formas de sadismo y crueldad que superaban a las peores que pudo conocer la Historia desde los días de Gengis Kan. Se oficializaba la mentira científica y los hombres, (en un voluntario retorno a la Prehistoria) parecían renunciar a cuanto había permitido el avance del espíritu humano en los últimos siglos: el análisis, el sereno dictamen de la razón, la equidad para comprender los puntos de vista contrarios. Aunque tan infecciosa degradación del espíritu individual y colectivo coincidiera con máquinas y tecnología más poderosa que la de 1900, es claro que semejantes formas no se podían llamar “progreso” comparándolas con las de treinta años antes, no solo no se avanzaba hacia las formas morales y sociales más perfectas, sino que parecía entrarse en un inesperado y trágico “proceso de involución”. Este angustiado problema de advertir que espiritualmente se está retrocediendo cuando todos los supuestos anteriores de la Civilización parecen prometer un avance, es lo que se denuncia en muy significativos libros alemanes de un Thomas Mann, un Hesse, un Feutchvagner. 

Y la moraleja de todo esto es que no podemos quedarnos a la orilla, esperando que nos beneficie espontáneamente el llamado río de la Civilización; de que no todo lo que viene y todo lo que nos inunda es necesariamente bienhechor, sino que hay que preparar los cauces históricos para que la corriente no se trueque en avalancha. La “Civilización” en el humanismo sentido que le dieron los pensadores franceses del siglo XVIII, como la juzgaba Voltaire, como la juzgó todavía Paúl Valéry, no solo se recibe pasivamente, sino más bien se conquista. No consiste tan solo en poseer útiles neveras y automóviles que corran a 200 kilómetros por hora, como en lograr un espíritu ecuánime, una serena disciplina interior, una actitud de benevolencia y justicia ante las obligaciones que nos impone la vida. Ya se ha dicho demasiado que la paradoja de nuestra época es que el avance de las máquinas y el ingente desarrollo de la tecnología no ha coincidido con una paralela evolución espiritual. ¡Con cuantos bárbaros “tecnificados” nos encontramos en las calles! Y la “Civilización” sigue siendo así, una meta y un permanente plan educativo de la especie humana.





PICÓN SALAS, Mariano (1901-1965). Extracto de su obra de 1955 Crisis, Cambio, Tradición (Ensayos sobre las Formas de Nuestra Cultura). Ediciones EDIME. Caracas-Madrid

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