LAS ELECCIONES DE 1998 ¿CULPABLE LA ABSTENCIÓN?
Por Alexander Delgado C.
06 de Diciembre
de 2017
Tal día como hoy, hace 19 años, la hecatombe chavista llegó por la vía del voto; lo que Hugo Chávez no había podido lograr por las armas, seis años antes, lo lograba ahora, más contundentemente, a través de las urnas electorales. Uno de los SIMPLISMOS más comúnmente repetidos es culpar a la abstención de la victoria chavista en aquellas elecciones.
Este argumento vacío ha sido uno de los más usados recientemente por los partidarios del voto, contra el abstencionismo, tanto en las elecciones regionales del pasado 15 de octubre como de cara a las elecciones municipales a realizarse el próximo domingo. Semejante SOFISMA, solo puede sostenerse en la Venezuela actual; ya que, si bien es cierto que, como país, en lo político nos hemos caracterizado mayoritariamente por una excesiva emotividad panfletaria y farandulera, con una fuerte propensión a los lugares comunes; no es menos cierto que estos rasgos han alcanzado cotas de verdadera neurosis negacionista en estos aciagos momentos.
El CÁLCULO SIMPLISTA nos dice que, si tomamos como referente el total de electores inscritos para entonces y no el total de votos escrutados (un 63% del total de inscritos); efectivamente, el 6 de diciembre de 1998, con un 36,55 % de abstención, el hoy fallecido Hugo Chávez Frías obtuvo una votación del 33,35 % frente a un 23, 72 % de votos que obtuvo su, por entonces, principal contendor electoral, Henrique Salas Römer. Y ciertamente si el 36,55% de abstencionistas se le sumara al 23,72% de votos a favor de Salas Römer, habría resultado en un 60,27 %, casi duplicando la votación obtenida por Chávez Frías...
Hasta ahí, el cálculo de los sofistas es correcto.
La NECEDAD estriba en suponer retrospectivamente que el 06/12/1998 todos, o la mayoría de los abstencionistas (más de 4 Millones), de haber votado, lo hubieran hecho por Salas Römer (valga decir contra Chávez).
Precisamente una de las características del abstencionismo es, en líneas generales, la incertidumbre ucrónica acerca de hacia cuál candidato habría ido su voto de haberse decidido a participar; incertidumbre que aumenta a medida que es mayor el porcentaje de abstenidos. En principio, lo único que expresa la abstención es desgano por parte de los electores o falta de credibilidad hacia las opciones políticas existentes; o sea que al que se abstiene ninguna candidatura lo motiva lo suficiente para trasladarse a votar en su favor ni le repele lo bastante para movilizarse a votar en su contra. Algo similar ocurre con los que votan nulo y, en menor grado, con los que votan por terceras candidaturas, sin opción de ganar.
Por eso muchas veces, a la hora de especular, lo menos imprudente sería suponerle a la abstención una proporción de intención de voto similar a la expresada por los que participaron. Lo anterior aplica de lleno para todos los procesos electorales venezolanos, por lo menos entre 1988 y 2000.
Cosa muy distinta es cuando uno o varios de los actores principales (o
potenciales) del juego electoral del momento se retira de la contienda y llama
a sus partidarios a abstenerse (buscando deslegitimar dichos procesos), en
señal de protesta contra determinada situación relacionada con el proceso eleccionario.
Fue lo que ocurrió en Venezuela en las elecciones parlamentarias de 2005; los
principales dirigentes opositores, tras retirarse de la contienda poco antes de
los comicios, llamaron improvisadamente a la abstención, argumentando la poca
fiabilidad del árbitro electoral; determinando la elección de la AN de ese
entonces con un 75% de abstención. Con esto convirtieron el abstenerse en un
punto de honor para la oposición y, por reacción, el participar en punto de
honor para los chavistas.
Pero incluso en esas elecciones sería una prepotencia atribuir ese 75% de ausentismo electoral exclusivamente a la oposición. Aunque minoritaria, también hubo abstención de oficialistas que, sintiéndose vencedores a priori, juzgaron displicentemente innecesario movilizarse a votar en unas elecciones que no involucraban directamente la figura del presidente. Lo que sí es cierto es que la abrumadora abstención lograda en 2005 era altamente capitalizable por la dirigencia opositora, deslegitimando, no solo la elección y a la AN, sino al propio régimen chavista. Que los dirigentes opositores de entonces (esencialmente los mismos de ahora) le tuvieran miedo al cuero después de matar al tigre, es otro tema. Era desde una perspectiva similar a la de 2005, desde la que se procuraba lograr una alta abstención, deslegitimadora del régimen y de la ANC, en las elecciones para gobernadores del pasado 15 de octubre.
En el caso de las controversiales elecciones de 1998, muchas veces se cae en el típico error de ponderar los hechos históricos desde la perspectiva actual, sin hacer el menor esfuerzo de contextualizarse en el momento en cuestión. Adicionalmente a esto y a la ya mencionada tendencia a los simplismos y clichés, hay que añadir la ignorancia e indiferencia, frívola, desdeñosa y jaquetona, con que en Venezuela se suele asumir la historia propia, incluso la más contemporánea.
Si nos tomamos la molestia de ubicarnos en contexto, tendríamos en cuenta que, para 1998, el llamado sistema puntofijista lucía desgastado, con una credibilidad cada vez menor; los cada vez más altos índices de abstención electoral eran una señal inequívoca (casi 40% de abstención en las elecciones presidenciales de 1993), incluso había cierta añoranza hacia gobernantes de mano dura, reflejada o parodiada en la TV (*). La decadencia del sistema, su errónea y confiada auto-percepción de solidez e inmutabilidad, así como su nulo sentido autocrítico, se reflejaron con nitidez en la decisión de las directivas de AD y COPEI de presentar como candidatos, respectivamente, a un anciano semi-analfabeta sin siquiera carisma popular (Luis Alfaro Ucero) y a una ex reina de belleza (Irene Sáez) cuya única experiencia política había sido al frente del municipio capitalino más pequeño, Chacao; de poco más de 50.000 habitantes mayoritariamente de clase media alta; por ende, muy fácil de gerenciar.
A ese circo electorero vino a sumarse la candidatura del ex golpista frustrado (y sobreseído judicialmente) Hugo Rafael Chávez Frías, con una coalición de partidos políticos, mayoritariamente de izquierda, encabezada por el MVR (Movimiento Quinta República), hoy fundido en el PSUV y con un programa político a partir de una promesa de convocatoria constituyente. Por entonces Chávez se vendía oficialmente como bolivariano y de Tercera Vía (no sería sino hasta el 2005 en que se proclamaría abiertamente socialista), explotando un discurso radicalmente anti-puntofijista, populista extremo, de reivindicador/vengador de las clases desposeídas. Desde su excarcelación en 1994, Chávez, visto de manera superficial, parecía sumirse cada vez más en el olvido, bajo perfil que el ex-sedicioso aprovechó para hacer campaña política a nivel de barriadas populares.
Lo que no se esperaban las clases dirigentes de entonces, así como la opinión pública adversa al populismo de izquierdas, arrogantemente confiadas; era que el pintoresco y folclórico ex golpista, que en 1995 era pro abstención, que hasta 1997 seguía confiando en la opción insurreccional, y que en los sondeos de intención de voto de ese mismo año figuraba en los últimos lugares, se pudiera convertir en tan poco tiempo en un verdadero fenómeno electoral.
Pero el desgano y escepticismo generalizado, acumulado de años, pasaron factura a la hora de ponderar el peligro que representaba la candidatura de Chávez para Venezuela (e indirectamente para Iberoamérica). De ahí que el progresivo ascenso del ex oficial felón en las encuestas, y especialmente su arraigo en los sectores más populares, con su retórica ñángara y freidora de cabezas, solo generara alarma en los sectores más recalcitrantes de la clase media alta y en algunos elementos más moderados o más prevenidos de las clases populares no marginales. La doblez de buena parte del alto empresariado y de los dueños de los más grandes medios de comunicación; que no dudaron en sumarse, abierta o solapadamente, a la tanqueta electoral chavista; dieron la espoleta que faltaba para que muchos intelectuales, profesionales y personas de clase media, o bien apoyaran a Chávez, o lo miraran con simpática curiosidad, o, al menos, le dieran el beneficio de la duda. Total, la historia de Venezuela siempre había estado plagada de radicales, tirapiedras, comecandelas, demagogos, populistas, “revolucionarios” y golpistas (fracasados o exitosos en tomar el poder), los cuales, una vez en el poder (y a veces sin haberlo alcanzado) se domesticaban.
“¿Qué es una raya más pa' un tigre...?”, se habrá preguntado más de uno en aquel 1998.
Solo el avance de la candidatura del ex gobernador de Carabobo, Henrique Salas Römer que, con su partido Proyecto Venezuela, a mediados del 98, logró posicionarse en el segundo lugar en las encuestas; ofreció, a los ojos de muchos, cierta posibilidad de detener el avance de Chávez. Salas Römer se apoyaba en la percepción favorable de su gestión como Gobernador, durante dos períodos, entre 1989 y 1995, sucedido por su propio hijo; proyectando, así mismo, una imagen de cambio radical matizado (y en dirección opuesta al de Chávez), anti cúpulas tradicionales (con quienes rechazaba públicamente la posibilidad de pactos “ni abiertos ni encubiertos”) y cierta imagen veladamente autoritaria (el hombre del caballo). Pero, adicionalmente a la popularidad de Chávez, Salas tenía como sombra ser percibido por las masas populares como oligárquico, por su condición de empresario y sus modales aristocratizantes, como nepotista, por haber aupado a su propio hijo como sucesor en la Gobernación de Carabobo (no obstante, el nepotismo de que también hacía gala Chávez), tampoco lo ayudaba su tendencia política de tipo neoliberal, tradicionalmente percibida como impopular.
Tras la evidente consolidación del chavismo en los comicios regionales y parlamentarios del 8 de noviembre de ese año, las cúpulas de AD y COPEI, dieron el paso contraproducente de despedir, de manera arbitraria y demasiado tardía, a sus respectivos candidatos (a quienes nunca debieron aupar en primer lugar) y apoyar la candidatura de Salas Römer, llamando a sus militancias a votar por el carabobeño. Con esto evidenciaron aún más la decadencia del puntofijismo, logrando un efecto contrario en las bases de ambos partidos, especialmente en las de Acción Democrática, acostumbradas a una mística estatista y populista, a quienes se les llamaba a votar por un candidato percibido como neoliberal y de la llamada godarría; es decir, de las clases acomodadas; en contraste con el talante coloquial de Chávez.
Como consecuencia se agudizó la migración de intención de votos a favor del candidato barinés, así como el desencanto y menosprecio hacia la guanábana; y la percepción (acertada o equivocada) de que el triunfo electoral de Chávez era irreversible. Esta imprudencia de las élites blanqui-verdes, a su vez, se vio complementada por la poca previsión de Salas Römer al aceptar abiertamente el apoyo de las cúpulas adeco-copeyanas (que antes había rechazado enfáticamente); con esto se generó la percepción pública de un Salas que se contradecía, pasando a ser percibido como un candidato del establecimiento, en contraste con el discurso de cambio no violento que hasta ese momento había vendido.
Visto objetivamente, es en ese contexto en el que se llevaron a cabo las elecciones del 6 de diciembre de 1998, con los resultados bien conocidos por todos. Si, de manera evidente, el grueso de la militancia adeca de base y un sector nada despreciable de las bases copeyanas, desacatando la tradicional disciplina partidista, se plegaron a votar por un Hugo Chávez que los había amenazado, literal o metafóricamente, con freírlos en aceite ¿por quién habría votado la mayoría de los abstencionistas de haberse decidido a sufragar?
En sí no se puede saber, pero la proporción de votos escrutados entonces nos permite intuirlo. Quizá una respuesta que entonces, como ahora, se encuentra, como cantaba Bob Dylan, soplando en el viento.
__________________________________________________________________________
(*) Para mayor ilustración acerca de la nostalgia hacia gobiernos autoritarios, previa a 1998, reflejada en programas de comicidad, véanse los siguientes videos de YouTube, correspondiente a programas humorísticos, en la década de los 90s







