LIBERALISMO Vs. INDIVIDUALISMO
Por Alexander Delgado C.
17 de Septiembre de 2018
¿Porque la democracia liberal es poco
menos que una quimera en Venezuela?
Por ese típico venezolano
individualista, retrechero, jaquetón, cimarrón; ese que entiende la libertad en
términos de “Yo Digo lo que me da la Gana, hago lo que me da la gana, y al
que no le guste que se joda”; por ese tipo de venezolano que considera que
no tiene deberes, solo derechos, que está convencido de que todo lo malo que
pasa en el país es culpa de alguien más, nunca de él, ni por acción ni por
omisión. Es por ese tipo de venezolano que en nuestro país es bien difícil que,
por generación espontánea del pueblo, prospere el liberalismo político y
social, la llamada democracia liberal, al menos en el corto y mediano plazo.
La misma aplicación de esquemas liberales en el ámbito económico requiere, para
su consolidación exitosa, de una estabilidad y continuidad que en la actual
Venezuela solo puede obtenerse bajo un orden autoritario.
Lo que, lamentablemente, en estas tierras más favorece al socialismo (y por extensión, al comunismo), paradójicamente, no es el impulso colectivo o comunitario que, en el fondo, suele ser errático en la población. Es más bien lo contrario; un tipo de impulso individualista, incoheso, rayano en lo egoísta, propio de los pueblos hispanohablantes; aunque, a simple vista, parezca contradictorio es esto lo que abona el terreno en nuestras naciones para la implantación del socialismo en todas sus vertientes.
La libertad implica responsabilidad; cuando no se trata solo de mí como persona en mi esfera privada, sino también, de mí como parte de una sociedad, mejor dicho, de una ciudadanía; el bienestar general y la propia libertad derivan de pensar más allá de lo que nos gusta o nos molesta en lo singular, teniendo en cuenta también lo que nos conviene como pluralidad, ya que esto repercute de regreso en el desempeño de nuestra vida personal. Se trata de entender que lo que hacemos o decimos en público incide, en mayor o menor grado, en la ciudadanía, sobre todo en momentos delicados, de perturbación o de algún modo, cruciales (como los que, trágicamente vivimos en Venezuela). Es decir, de puertas afuera, el bienestar general debería ser tenido en cuenta como basamento del bienestar individual y a ese bienestar o deterioro público contribuímos desde nuestra esfera individual en mayor o menor grado, a través de nuestras acciones u omisiones. Más que una imposición de la individualidad sobre lo colectivo, se trata de una retroalimentación de lo individual y lo colectivo, en un sentido constructivo para ambas instancias. La verdadera libertad en el seno de una comunidad no es decir o hacer jaquetona e irreflexivamente “lo que nos sale del forro”, también supone pensar un poco en el nosotros como colectividad (barrio, ciudad, región, nación, o incluso ente o corporación).
Es aquí donde se cimienta el verdadero
espíritu ciudadano. Es a partir de esta convicción donde se estructura una
sociedad sanamente libre, en la que, en líneas generales, el poder coercitivo
de la fuerza pública se hace menos implacable porque no es tan necesario; ni siquiera
se puede hablar de una auto-represión por parte del ciudadano, o por lo menos
no en un sentido autoritario. Más bien, hablaríamos de una auto-regulación desde
el propio sentido común, desde la conciencia de ser parte de un conglomerado,
en el que la perturbación del bienestar general, tarde o temprano redunda en el
propio perjuicio individual. Es este tipo de ciudadano el que, al ser mayoría,
da base a una sociedad fuerte y estable en sí misma, capaz de auto
reglamentarse en libertad.
Este ha sido el caso de muchos de los
países del llamado Primer Mundo; de manera especial, haría hincapié
en que este fue el caso, en los siglos XVII y XVIII de las trece colonias
británicas de América del Norte que luego sentarían las bases de los actuales
Estados Unidos.
Lamentablemente, en los países
hispanoamericanos en general, este elemento comunitario-ciudadano, ha tendido a
fallar o a ser muy mal enfocado. Pero sobre todo tiene como contra-cara, en un
denso sector de la población, un espíritu, rebeldemente individualista, arisco,
cuya “filosofía” tiende a ser el “primero yo, segundo yo, tercero yo”; la máxima del pa’ bravo yo, como reza la conocida canción
salsera.
En Venezuela, este cazurrismo anarquizante
no solo es poco menos que idiosincrático sino que a esta libertad a lo
macho se agrega otro elemento adverso; el instinto igualitarista
de aquel que no acepta nada ni a nadie por encima de él.
Es importante volver sobre esta paradoja;
el liberalismo y, sobre todo, el capitalismo, comúnmente son vistos como fenómenos
individualistas por naturaleza, pero para su consolidación estable, requieren
de una sociedad cohesionada, con un espíritu comunitario, auténtico
y espontaneo, donde el aporte individual de cada uno, más allá de sus motivaciones y bbeneficios personales, es valorado y bien
aprovechado en beneficio de la colectividad. Ha sido en sociedades de este tipo
donde el capitalismo, el liberalismo y la misma democracia, han dado sus
mejores frutos.
Por el contrario, los órdenes basados
en el centralismo y, especialmente, las ideas basadas en el colectivismo, como
el comunismo, el nazi-fascismo, o, en generalo, el socialismo (incluida su variante más light, la
socialdemocracia), generalmente preponderan en aquellas culturas que tienden a
un individualismo feroz y disgregante, especialmente donde (como en
el caso de Venezuela) este particularismo se escuda y mimetiza en el hecho colectivo;
o sea, que el individuo, sin pretender renunciar a su yo, lo
solapa, sin embargo, como uno más del montón, valiéndose de
ese hecho colectivo, para evadir o atenuar su cuota de responsabilidad para con
la sociedad .
Estas son las sociedades que, antes que
constituirse en comunidades con latir propio, se convierten en rebaños, cuando
no en rochelas de ganado salvaje.
Cuando en este tipo de sociedades, por inspirarse en los pueblos más avanzados, se aplican formas democráticas, con todos sus rituales, especialmente el del voto, pero sin un criterio realista acerca de su viabilidad; estas democracias formales tienden a convertirse, en oclocracias, en partidocracias, o en autoritarismos con fachada democrática, donde las iniciativas o pautas a seguir, siempre parten desde arriba, no solo por imposición de cúpulas o de un caudillo, sino por la comodidad de las masas individualistas que delegan todo en estos liderazgos (es decir, pasamos del pa’ bravo yo al pa’ vago yo).
Más que democráticas, sus prácticas
políticas merecen el remoquete de votocráticas o caudillocráticas,
según sea el caso.
En los extremos, cuando además predomina el igualitaraje parejero, apareado con una fuerte cultura del resentimiento y la envidia, es cuando tenemos el perfecto caldo de cultivo para prédicas y acciones demagógicas, populistas, socialistas, de impronta marxista-leninista, de estirpe nazi-fascista, barbáricas y finalmente totalitarias. O al otro extremo, y como detente o remedio a la implantación de estas formas tiránicas, el caos y la descomposición, suelen imponerse, muchas veces como mal necesario, autoritarismos de signo ideológico derechista.
Los dos párrafos anteriores describen cabalmente la realidad de Venezuela en los últimos 60 años, poniendo en relieve la dificultad, no solo de salir del régimen chavista por vías democráticas, sino también de poder recuperarnos de esta catástrofe aplicando medidas de corte liberal, fuera del aspecto económico.
Y, por cierto, como se señaló al comienzo, incluso en el campo de la economía lo más probable es que, para que se pueda aplicar exitosamente un esquema liberal, haga falta,como complemento realista, que en los otros aspectos, especialmente el político, el social y el ético, se lleve a cabo una acción, nada liberal y nada democrática, por parte de algún tipo de sector organizado (que en la actual sociedad venezolana no se vislumbra), sea a través de organismos públicos o incluso articulándose con entes privados; sea a partir de alguna, muy hipotética (casi quimérica), vía de consenso... aunque lo más más probable, es que solo pueda lograrse a partir de la imposición por la fuerza de una dictadura, unipersonal o ejercida por un pequeño grupo.
Incluso, el tan cacareado e-du-carr que tanto predican los sofistas ingenuos de la democracia liberal, solo puede ser posible bajo una acción draconiana, llevada a cabo por parte de un sector de la sociedad o desde un poder absoluto; ya que, hablando de educación, tanto o más que un tema de instrucción formal, también se trata de un reacondicionamiento de nuestra psique colectiva, para remover clichés, relatos, complejos, mitos y taras, aprendidos pablovianamente y arraigados de modo tan profundo que casi podrían metaforizarse en un sedimento prehistórico en el subsuelo de nuestra conciencia.








