lunes, 17 de septiembre de 2018

Liberalismo Vs Individualismo

LIBERALISMO Vs.  INDIVIDUALISMO

Por Alexander Delgado C.

17 de Septiembre de 2018


¿Porque la democracia liberal es poco menos que una quimera en Venezuela? 

Por ese típico venezolano individualista, retrechero, jaquetón, cimarrón; ese que entiende la libertad en términos de “Yo Digo lo que me da la Gana, hago lo que me da la gana, y al que no le guste que se joda”; por ese tipo de venezolano que considera que no tiene deberes, solo derechos, que está convencido de que todo lo malo que pasa en el país es culpa de alguien más, nunca de él, ni por acción ni por omisión. Es por ese tipo de venezolano que en nuestro país es bien difícil que, por generación espontánea del pueblo, prospere el liberalismo político y social, la llamada democracia liberal, al menos en el corto y mediano plazo. La misma aplicación de esquemas liberales en el ámbito económico requiere, para su consolidación exitosa, de una estabilidad y continuidad que en la actual Venezuela solo puede obtenerse bajo un orden autoritario. 

Lo que, lamentablemente, en estas tierras más favorece al socialismo (y por extensión, al comunismo), paradójicamente, no es el impulso colectivo o comunitario que, en el fondo, suele ser errático en la población. Es más bien lo contrario; un tipo de impulso individualista, incoheso, rayano en lo egoísta, propio de los pueblos hispanohablantes; aunque, a simple vista, parezca contradictorio es esto lo que abona el terreno en nuestras naciones para la implantación del socialismo en todas sus vertientes. 

La libertad implica responsabilidad; cuando no se trata solo de  como persona en mi esfera privada, sino también, de  como parte de una sociedad, mejor dicho, de una ciudadanía; el bienestar general y la propia libertad derivan de pensar más allá de lo que nos gusta o nos molesta en lo singular, teniendo en cuenta también lo que nos conviene como pluralidad, ya que esto repercute de regreso en el desempeño de nuestra vida personal. Se trata de entender que lo que hacemos o decimos en público incide, en mayor o menor grado, en la ciudadanía, sobre todo en momentos delicados, de perturbación o de algún modo, cruciales (como los que, trágicamente vivimos en Venezuela). Es decir, de puertas afuera, el bienestar general debería ser tenido en cuenta como basamento del bienestar individual y a ese bienestar o deterioro público contribuímos desde nuestra esfera individual en mayor o menor grado, a través de nuestras acciones u omisiones. Más que una imposición de la individualidad sobre lo colectivo, se trata de una retroalimentación de lo individual y lo colectivo, en un sentido constructivo para ambas instancias. La verdadera libertad en el seno de una comunidad no es decir o hacer jaquetona e irreflexivamente “lo que nos sale del forro”, también supone pensar un poco en el nosotros como colectividad (barrio, ciudad, región, nación, o incluso ente o corporación). 

Es aquí donde se cimienta el verdadero espíritu ciudadano. Es a partir de esta convicción donde se estructura una sociedad sanamente libre, en la que, en líneas generales, el poder coercitivo de la fuerza pública se hace menos implacable porque no es tan necesario; ni siquiera se puede hablar de una auto-represión por parte del ciudadano, o por lo menos no en un sentido autoritario. Más bien, hablaríamos de una auto-regulación desde el propio sentido común, desde la conciencia de ser parte de un conglomerado, en el que la perturbación del bienestar general, tarde o temprano redunda en el propio perjuicio individual. Es este tipo de ciudadano el que, al ser mayoría, da base a una sociedad fuerte y estable en sí misma, capaz de auto reglamentarse en libertad.

Este ha sido el caso de muchos de los países del llamado Primer Mundo; de manera especial, haría hincapié en que este fue el caso, en los siglos XVII y XVIII de las trece colonias británicas de América del Norte que luego sentarían las bases de los actuales Estados Unidos. 

Lamentablemente, en los países hispanoamericanos en general, este elemento comunitario-ciudadano, ha tendido a fallar o a ser muy mal enfocado. Pero sobre todo tiene como contra-cara, en un denso sector de la población, un espíritu, rebeldemente individualista, arisco, cuya “filosofía” tiende a ser el “primero yo, segundo yo, tercero yo”; la máxima del pa’ bravo yo, como reza la conocida canción salsera. 

En Venezuela, este cazurrismo anarquizante no solo es poco menos que idiosincrático sino que a esta libertad a lo macho se agrega otro elemento adverso; el instinto igualitarista de aquel que no acepta nada ni a nadie por encima de él

Es importante volver sobre esta paradoja; el liberalismo y, sobre todo, el capitalismo, comúnmente son vistos como fenómenos individualistas por naturaleza, pero para su consolidación estable, requieren de una sociedad cohesionada, con un espíritu comunitario, auténtico y espontaneo, donde el aporte individual de cada uno, más allá de sus motivaciones y bbeneficios personales, es valorado y bien aprovechado en beneficio de la colectividad. Ha sido en sociedades de este tipo donde el capitalismo, el liberalismo y la misma democracia, han dado sus mejores frutos. 

Por el contrario, los órdenes basados en el centralismo y, especialmente, las ideas basadas en el colectivismo, como el comunismo, el nazi-fascismo, o, en generalo, el socialismo (incluida su variante más light, la socialdemocracia), generalmente preponderan en aquellas culturas que tienden a un individualismo feroz y disgregante, especialmente donde (como en el caso de Venezuela) este particularismo se escuda y mimetiza en el hecho colectivo; o sea, que el individuo, sin pretender renunciar a su yo, lo solapa, sin embargo, como uno más del montón, valiéndose de ese hecho colectivo, para evadir o atenuar su cuota de responsabilidad para con la sociedad . 

Estas son las sociedades que, antes que constituirse en comunidades con latir propio, se convierten en rebaños, cuando no en rochelas de ganado salvaje.


Cuando en este tipo de sociedades, por inspirarse en los pueblos más avanzados, se aplican formas democráticas, con todos sus rituales, especialmente el del voto, pero sin un criterio realista acerca de su viabilidad; estas democracias formales tienden a convertirse, en oclocracias, en partidocracias, o en autoritarismos con fachada democráticadonde las iniciativas o pautas a seguir, siempre parten desde arriba, no solo por imposición de cúpulas o de un caudillo, sino por la comodidad de las masas individualistas que delegan todo en estos liderazgos (es decir, pasamos del pa’ bravo yo al pa’ vago yo).

Más que democráticas, sus prácticas políticas merecen el remoquete de votocráticas o caudillocráticas, según sea el caso.

En los extremos, cuando además predomina el igualitaraje parejero, apareado con una fuerte cultura del resentimiento y la envidia, es cuando tenemos el perfecto caldo de cultivo para prédicas y acciones demagógicas, populistas, socialistas, de impronta marxista-leninista, de estirpe nazi-fascista, barbáricas y finalmente totalitarias. O al otro extremo, y como detente o remedio a la implantación de estas formas tiránicas, el caos y la descomposición, suelen imponerse, muchas veces como mal necesario, autoritarismos de signo ideológico derechista.

Los dos párrafos anteriores describen cabalmente la realidad de Venezuela en los últimos 60 años, poniendo en relieve la dificultad, no solo de salir del régimen chavista por vías democráticas, sino también de poder recuperarnos de esta catástrofe aplicando medidas de corte liberal, fuera del aspecto económico. 

Y, por cierto, como se señaló al comienzo, incluso en el campo de la economía lo más probable es que, para que se pueda aplicar exitosamente un esquema liberal, haga falta,como complemento realista, que en los otros aspectos, especialmente el político, el social y el ético, se lleve a cabo una acción, nada liberal y nada democrática, por parte de algún tipo de sector organizado (que en la actual sociedad venezolana no se vislumbra), sea a través de organismos públicos o incluso articulándose con entes privados; sea a partir de alguna, muy hipotética (casi quimérica), vía de consenso... aunque lo más  más probable, es que solo pueda lograrse a partir de la imposición por la fuerza de una dictadura, unipersonal o ejercida por un pequeño grupo.

Incluso, el tan cacareado e-du-carr que tanto predican los sofistas ingenuos de la democracia liberal, solo puede ser posible bajo una acción draconiana, llevada a cabo por parte de un sector de la sociedad o desde un poder absoluto; ya que, hablando de educación, tanto o más que un tema de instrucción formal, también se trata de un reacondicionamiento de nuestra psique colectiva, para remover clichés, relatos, complejos, mitos y taras, aprendidos pablovianamente y arraigados de modo tan profundo que casi podrían metaforizarse en un sedimento prehistórico en el subsuelo de nuestra conciencia. 

jueves, 5 de julio de 2018

(En Pocas Palabras) De Aquel 5 De Julio

En Pocas Palabras

 

DE AQUEL 5 DE JULIO

Por Alexander Delgado C.

05 de Julio de 2018


Celebrar el Día de Independencia, o el día de la Patria, en las actuales circunstancias, ¿Es una celebración hueca o, a pesar de las circunstancias, sí tiene algún sentido? 

Para muchos hoy suena a recuerdo melancólico, telarañoso, o peor, a una cruel ironía, casi cínica. 

A quienes se sientan así, ¿Quién puede culparlos? 

No obstante, hacerlo pasar inadvertido, o denigrarlo retrospectivamente, tampoco ayuda. Si queremos, algún día, superar esta tragedia, tenemos que hacer acopio de autoestima, sacarla de donde no la hallamos. 

En tan aciagos momentos, para mí, recordar aquel 5 de Julio, hace 207 años, o aquel 24 de Junio, hace 197 años; luego de contemplar el contraste entre aquel prometedor ayer y este hoy tan deprimente, me sirve para recordarme que nada lo tenemos ganado de manera definitiva. 

Que, Independencia, libertad, estabilidad, prosperidad, dignidad, e incluso, gloria, pudimos haberla conquistado, y haberlo hecho en buena lid, pero igual no estamos exentos de perderla. Al igual que “Civilización” (dixit Picón Salas) son palabras frágiles (*). 

Nada es seguro y eterno. No hay finales felices, tampoco los hay infelices. El final, simplemente, no está escrito. 

Ese es el sentido que, para mí tiene, en este 5 de Julio, el recordar aquel 5 de Julio. 

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(*) Alusivo al capítulo Civilización, Palabra Frágil de la obra de Mariano Picón Salas; Crisis, Cambio, Tradición (Ensayos sobre las Formas de Nuestra Cultura). Año 1955

domingo, 24 de junio de 2018

Para Volver a 1821 Hay Que Superar a 1814 Y 1815


PARA VOLVER A 1821 HAY QUE SUPERAR A 1814 Y 1815

Por Alexander Delgado C.

24 de Junio de 2018


A ciento noventa y siete años de la Batalla de Carabobo, muchos quisiéramos que volvieran, si no aquellas glorias, al menos otras equivalentes. No es nada rara la letanía añorante “¡volvamos a Carabobo!”. 

¿Son esplendores pasados que más nunca volverán? No seamos fatalistas. Así como no tenemos bola de cristal para avizorar la gloria, tampoco la tenemos para auto sentenciarnos a la oscurana perpetua. 

¿Tiempos pasados? Quién sabe. La Historia puede ser cíclica. 

En todo caso, los referentes inspiracionales, especialmente en tiempos tan aciagos como los que estamos viviendo, son humanamente necesarios, y es válido buscar ese referente inspiracional en hechos históricos; sean procedentes de los, muy romantizados, días de la independencia o sean procedentes de las, más ignoradas (y a veces satanizadas, más allá de lo justo), etapas anteriores o posteriores al proceso independentista. 

Pero se me hace necesario cortar el vuelo de evocaciones patrióticas hacia glorias del ayer, con una nota pragmática. 

Quienes conocen la historia patria, especialmente la del periodo independentista, saben que, antes del triunfal 1821, Venezuela pasó por un apocalíptico 1814. El año de la arremetida bovecista, social y racialmente resentida, barbáricamente sangrienta, oclocrática. La acción de Boves en 1814 representó el clímax de un proceso de caos y violencia, consecuencia de los odios sociales soterrados a lo largo de la Colonia. 

Un proceso de anarquía política, social y moral, en espiral ascendiente desde 1811, signado por el más devastador terremoto que hasta hoy ha padecido Venezuela, por las atrocidades de Monteverde y sus tenientes, las cuales sentaron las bases de la Guerra a Muerte que luego proclamaría Bolívar, y que, a su vez, tendió la cama a la oleada de sangre desatada por Boves y sus lanceros en 1814, al grito de “Viva el Rey, Mueran los Blancos”, con la consecuente reacción de igual tono por parte de los republicanos (Ej. Matanzas de La Guaira en Febrero de 1814). 

Al destructivo 1814 siguió un desolado y (para los republicanos) desesperanzado 1815, con la llamada Expedición Pacificadora del General Pablo Morillo, tratando de restablecer el, ya imposible, orden anterior a 1810, sobre escombros ensangrentados y una sociedad dislocada. El año 1815 ha sido considerado el más duro para la causa republicana. A la derrota y dispersión de los independentistas en Venezuela y en la vecina Nueva Granada, se sumó su aislamiento diplomático, en un contexto internacional post-napoleónico, absolutamente reaccionario, plasmado en el Congreso de Viena, ese mismo año 15, francamente hostil a las ideas liberales que encarnaban los movimientos independentistas hispanoamericanos.

Un entorno internacional con curiosas semejanzas a la complicidad o tibieza que la actual Comunidad Internacional ha tenido para con la devastación que sufre Venezuela bajo el régimen castro-chavista. 

En aquel 1815 un sector significativo de la sociedad venezolana de entonces se encontraba en situación de supervivencia, muchos dispersos por el interior del país y otros tantos, entre ellos muchos de ellos de clase acomodada, vagando fuera de Venezuela (sobre todo en las islas del Caribe), dedicándose, para poder sobrevivir, a oficio humildes, a la mendicidad y las mujeres, en no pocos casos, a la prostitución. 

Pero, quizá por la visión epopéyica y triunfalista que se nos ha transmitido en relación con la Guerra de Independencia, no solemos reparar en la cara cruel y trágica de aquel conflicto y esto, paradójicamente, no nos permite apreciar lo bien que riman aquellos años de 1812 a 1815 con nuestra realidad actual. 

Más allá de si se intenta “volver a Carabobo” o nos quedamos simplemente esperando otra “expedición pacificadora”, lo que sí tengo claro es que, si pretendemos inspirarnos en el glorioso 1821, antes de cegarnos panfletariamente por el resplandor del triunfo final, debemos hacer una lectura correcta de la historia. Para volver a 1821, primero debemos organizarnos para sentar las bases que se sentaron en los años 1817-1819; Conquista de Guayana, Congreso de Angostura, un mayor posicionamiento internacional de la naciente república de Venezuela, (que luego se fundiría en la, hoy denominada, Gran Colombia) y en general de la causa independentista. 

Pero para llegar a 1818 y luego a Carabobo, debemos empezar por mirarnos en el espejo de 1814 y 1815, y pensar en cómo superar estos desesperanzadores y (comprensiblemente) descreídos momentos. Quizá haya lecciones de aquellos días de las que podamos sacar provecho, quizá una pista la podemos encontrar en las palabras del propio Bolívar en el propio año 1815, cuando  amenazaba diciendo “la desesperación no escoge los caminos que la sacan del apuro”. 

Ya el Boves del siglo XXI murió, esta vez el lanzazo se disfrazó de cáncer, pero nos quedan estas malas imitaciones de Morales y Rosete que son Maduro y Cabello. Debemos arreglárnosla, muy probablemente de manera muy distinta a hace 200 años, para esta vez ser a un mismo tiempo; pacificadores, libertadores, regeneradores y reconstructores. 

Pero todavía hay muchos peligros de 1814 y mucha desesperanza de 1815 que superar.

martes, 12 de junio de 2018

¿Enamorados Del Gentilicio O Avergonzados Del Gentilicio?

¿ENAMORADOS DEL GENTILICIO O AVERGONZADOS DEL GENTILICIO?

 

Por Alexander Delgado C.

12 de Junio de 2018



Nadie ama a su patria porque es grande, sino porque es suya

Lucio Anneo Seneca

(De Cartas a Lucilio)


En un post publicado el pasado 10 de junio, en su cuenta de Twitter (@JoJakubowickz), el escritor y cineasta Jonathan Jakubowickz dijo “El progreso de Venezuela sólo será posible cuando se sienta vergüenza por una nación que fracasó. Al parecer todavía hay varios enamorados del gentilicio. Ese amor ciego e irresponsable es el principal enemigo a vencer si algún día queremos un país del cuál estar orgullosos.

¿Qué entiende Jakubowickz por vergüenza o enamorados del gentilicio? Habría que preguntárselo. Tampoco es el caso de emitir juicios de valor hacia ese personaje. Pero, a partir de lo que yo interpreto de su aseveración, no estoy de acuerdo con esta. Más bien, en el fondo, nos caracterizamos por tener el defecto contrario. En realidad, desde hace mucho arrastramos un complejo de inferioridad y un permanente sentimiento de vergüenza en relación con nuestro gentilicio

Quizá lo que Jakubowickz y muchos otros asumen (desde una mirada francamente superficial y miope) como “enamorados de su gentilicio”, y sobre todo como “Ese amor ciego e irresponsable” es esa pose, empalagosamente emotiva, y francamente boba, de “este es el mejor país del mundo”, o la arrogancia idiota de creerse de mejor familia (y que sí, lamentablemente persiste en muchos), especialmente en relación con los demás países de Hispanoamérica. Quizá también se refiera el citado cineasta a la tendencia, muchas veces banal, a exhibir atuendos y bisutería con los colores patrios.

Pero en el fondo esa arrogancia, más patriotera que patriota, es una forma vacua, detrás de la cual escudamos nuestra baja autoestima. Aunque la idea no es cuestionar la sinceridad de afecto de los que usan gorras, chaquetas o pulseras con los colores de la bandera o a los que gritan su amor por Venezuela (responsable o irresponsable), aquí muchas veces aplica el dime de lo que presumes y te diré de lo que careces. El que se tome tan en serio estas manifestaciones frívolas y ritualistas como expresión de un  “amor ciego e irresponsable” demuestra que su criterio está al mismo nivel de ramplonería que esas manifestaciones que “critica”, mucho más lamentable cuando se trata de un artista, de quien siempre se espera una mirada más a lo profundo.

El verdadero patriotismo se lleva por dentro. Con un mínimo de gallardía, el verdadero dolor de patria se sufre callado y estoico y solo se expresa en el círculo de la confianza y la intimidad. Madurez de gentilicio que en Venezuela, lamentablemente, la mayoría no parece haber adquirido. Es muy diciente que este adornarse de amarillo, azul, rojo y estrellas haya proliferado realmente a la llegada del chavismo al poder y especialmente en la medida en que Venezuela caía en el espiral de la crisis que hoy la gangrena cada vez más.

Personalmente creo que solo existe el complejo de inferioridad, el llamado complejo de superioridad es un mecanismo de defensa frente al sentimiento íntimo (acertado o errado) de ser poca cosa. Es precisamente lo que sucede con nosotros. Consciente o inconscientemente, echamos mano de un barniz de bravuconería, nos revestimos superficialmente de una parafernalia patriotera, y este es el modo en que nuestra casi nula autoconfianza silba en la oscuridad.

Pero el hábito de auto-desvalorización sigue estando ahí. No era simple patrioterismo que la Ley de Radiocomunicaciones de 1974 obligara a las emisoras radiales a ofrecer un 50% de producción nacional en sus programaciones; ni es simple anécdota que, a mediados de la década de 1980, el gobierno del entonces presidente Jaime Lusinchi, tuviera que radicalizar esa exigencia imponiendo la recordada Ley Del Uno Por Uno (que obligaba a alternar en su programación, en igual paridad, artistas nacionales y foráneos) para que asumiéramos, o quizá descubriéramos, que en Venezuela había talentos musicales de la talla de un Franco de Vita, un Yordano di Marzo o un Ilan Chester, que no desmerecían ante cualquier estrella internacional.

Otro de muchos ejemplos anecdóticos perdidos entre los telarañosos recuerdos de aquellos días, era el alborotarse idiotamente cada vez que en alguna película o serie estadounidense o europea (que generalmente veíamos en la Televisión), se mencionaba circunstancialmente a Venezuela, a Caracas o a algo innato a nosotros, casi que considerando un honor ser mencionados en una película de segunda, una necesidad de ser nombrados afuera para sentirnos un país que vale.

Los citados ejemplos anecdóticos no hablan precisamente de un orgullo patrio profundamente arraigado en la conciencia nacional, ni mucho menos de una autoestima y autoconfianza sólidas.

Esa injusta y malsana idea de insignificancia, de “este país es una mierda” nos ha acompañado más íntimamente de lo que estamos dispuestos a admitir. Y aquí es precisamente donde entra en juego esa caricatura de chovinismo en amarillo, azul y rojo, con la que pretendemos disfrazar o acallar ante nosotros mismos ese sentimiento de somos una mierda.

Por otra parte, este culto patriotero y ritualista a iconos como los colores patrios y las estrellas, el Himno, el Alma Llanera, la figura de Simón Bolívar, la Vinotinto o la lacrimosa canción Venezuela de Herrero y Armenteros; este culto, repito, nos sirve para disimular que en el fondo tampoco sabemos con que se come eso de la venezolanidad, para no tener que asumir que en el fondo no nos conocemos.

Como consecuencia, creamos mitos o clichés en torno a ser venezolano, basados en una especie de leyenda dorada que pretende ver únicamente lo bueno como lo genuinamente venezolano, cuando en realidad, los Chávez, los Diosdados, las Fosforitos e incluso Maduro (haya o no haya nacido en Venezuela) expresan una faceta de lo venezolano tan auténtica como la que orgullosamente representan (aún después de muertos) un Arturo Uslar Pietri, un Simón Díaz o un Renny Ottolina.

Pero, si bien es cierto que debemos sincerarnos con nosotros mismos y hacer de lado esa mitificación de nuestro pretendido nacionalismo, también es cierto que esto, a su vez, tropieza con el inconveniente de que, por esa misma baja autoestima, tenemos una fuerte predisposición, pablovianamente arraigada a la auto descalificación. Generalmente, cuando asumimos nuestra realidad, tendemos a hacerlo no de forma constructiva, sino de forma tóxica, auto-condenatoria y fatalista, muchas veces con una gran carga de lamento estéril, de amargura y resentimiento. Muchos, incluso, asumen una actitud de cinismo despreciativo, escudada en un supuesto “ser realista”.

En vez de plantear soluciones a la problemática, o la necesidad de estas, actuamos como los que Augusto Mijares definió como Sembradores de Cenizas. Es decir, cambiamos la fatua y pendeja leyenda dorada de nuestro ser y no ser, por una muy malsana y devastadora leyenda negra.

Ninguna nación sale adelante con una visión tan negativa de sí misma, lo poco que se alcanza a construir (si se edificara algo) habrá propensión a destruirlo con los pies. Avergonzarnos como país en general no nos espolea hacia adelante, todo lo contrario, nos paraliza, humilla y achicopala aún más, nos resigna y nos envilece en mayor grado del que ya lo estábamos;

Tipo “si somos una mierda ¿qué más da? sigamos siéndolo y gocémonoslo”.

Es muy distinto ante episodios, situaciones, hechos o incluso etapas históricas que, de manera concreta, nos avergüencen (nosotros en este momento), y que esa vergüenza pueda convertirse en un catalizador que nos haga pellizcarnos para levantarnos. Pero es el amor propio, bien entendido y una sana auto valoración lo que nos permite erguirnos, una vez nos hemos pellizcado. Si alemanes o japoneses hubieran sido pueblos acomplejados no hubieran podido levantarse de entre su vergüenza concreta en 1945.

Precisamente nuestro problema es ese, que de nada sirve que nos avergoncemos en lo concreto si tendemos a subestimarnos y auto compadecernos al momento de levantarnos y ni siquiera somos capaces de aceptarlo constructivamente. Es un problema de inmadurez, quizá el verdadero principal enemigo a vencer.

A lo que esa vergüenza concreta tiene que conducirnos (el “¡reaccionen!” que tanto claman histéricamente por las redes) es a tomar conciencia de que, efectivamente, no somos tan patriotas como queremos creer que somos y que ese flaco sentido de pertenencia, ese eterno vivir inconfesadamente avergonzados de lo que somos y no somos, es lo que nos ha impedido levantarnos definitivamente, hasta traernos hasta esta catástrofe país que estamos viviendo. De hecho, en el fondo fue esa cultura país de auto denigración y auto compasión, lo que alimentó al chavismo como hecho sociopolítico, lo que le dio el ímpetu para llegar hasta Miraflores y proyectarse continentalmente, reduciéndonos a escombros. Reaccionar, entendido sin malacrianzas ni pataletas desde las redes, es asumir serenamente que no somos el mejor país del mundo, pero tampoco lo peor que parió la humanidad, simplemente es el país que tenemos. Los venezolanos somos humanos.

No elegimos nacer en Venezuela, tampoco fue un honor, pero mucho menos fue una desgracia. Simplemente nacimos aquí. Con lo bueno y lo malo, este es nuestro gentilicio y tenemos que salir adelante con él, asumiendo lo vergonzoso de lo que estamos viviendo (en lo que tengamos de culpa) pero apoyándonos en lo que de mejor tenemos (sin pretender que lo malo no existe). Con esa confianza en lo bueno, y a pesar de la vergüenza, es que podemos construir un país de que estar orgullosos en vez de estar esperando infantilmente que este se construya solo.

viernes, 2 de febrero de 2018

La Locura Goebbeliana En Venezuela (El Séptimo Principio De La Propaganda Nazi)

LA LOCURA GOEBBELIANA EN VENEZUELA

(El Séptimo Principio De La Propaganda Nazi)

Por Alexander Delgado C.

02 de Febrero de 2018

 


El brutal secuestro político del que, hoy en la madrugada, ha sido objeto el Dr. Enrique Aristeguieta Gramcko, nos ha causado a muchos una, más que lógica, indignación y repulsa. Las posibles razones de este atropello, aparte de la naturaleza malévolamente criminal del narco-régimen, son muchas y tan evidentes que las doy por consabidas. Pero, a la luz de este nuevo atropello, también constato que estamos viviendo una situación de vertiginosidad de hechos o situaciones escandalosas que me hace pensar en el séptimo principio de la propaganda nazi, orquestada por Joseph Goebbels; el Principio de Renovación, el cual reza de la siguiente manera:

 

Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que cuando el adversario responda el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones. 

Que este narco-régimen, asesorado por La Habana, Beijing, Moscú y Pyongyang, sea capaz de esto y mucho más no me cabe la menor duda. Lo cierto es que el régimen chavista, desde el propio proceso electoral de 1998 (sin haber llegado Chávez a la presidencia) ha sido un verdadero torbellino de escándalos, controversias y situaciones enconadas, que se ha incrementado de manera cada vez más frenética desde 2014. Es posible que sean promovidos desde Miraflores o que sean espontáneos pero capitalizados por el régimen para distraer de algo específico. En el momento actual, ese algo puede ser las negociaciones en Santo Domingo o la gira latinoamericana de Rex Tillerson. O bien puede ser para que cada hecho escandaloso haga olvidar el anterior y entre “escándalo y escándalo”, “arrechera y arrechera”, “dolor y dolor” no nos ocupamos de nada en específico. 

Haciendo un recuento de los hechos que, desde el pasado mes de diciembre, dieron de que hablar entre la opinión pública venezolana, enumero los que en este momento recuerdo:

 

1.- En diciembre las protestas populares por la bolsa CLAP y el Pernil navideño ofrecido por el régimen y que solo fue entregado a un pequeño sector (generalmente los más enchufados).

 

2.- Las solitarias, silenciosas y lúgubres festividades Navidades 2017 y Año Nuevo 2018, si es que merecen tal nombre en la Venezuela actual.

 

3.- Entre fines de diciembre y comienzos de enero, los saqueos, cada vez más generalizados, teniendo como punto más álgido los ocurridos en el Excélsior Gama. Así como los ocurridos en las carreteras, con escenas que nada tenían que envidiarle a un hipotético apocalipsis zombi.

 

4.- Primera semana de enero. Las invasiones a fincas, sacrificio brutal de reses para devorarlas y el no menos brutal degüello de un joven saqueador en el mejor estilo de Isis o Hezbollah, grabado y difundido por las Redes Sociales.

           

5.- Hacia el 10 de enero, el hallazgo de los cadáveres de un grupo de jóvenes balseros que trataban de huir a Curazao.

 

6.- Como telón siniestro las, ya cruelmente habituales, muertes de niños por desnutrición o por enfermedades.

 

7.- La de MÁS DOLOROSO IMPACTO. El 15 de enero. La Masacre del Junquito, en la que fueron vilmente asesinados el Comisario Oscar Pérez y sus acompañantes; con las transmisiones en vivo de Oscar Pérez hasta sus momentos finales y la brutalidad con que fueron ejecutados, igualmente transmitida en vivo. 


Escenas contempladas con la obvia carga de rabia, impotencia, y también remordimientos de conciencia por parte de muchos antichavistas que, con razón o sin ella, no creyeron en Oscar Pérez. 

Como corolario a la masacre, el ultraje posterior de sus restos.


8.- El 23 de enero, anuncio de elecciones por parte de la Asamblea Nacional Prostituyente a realizarse en apenas 90 días, prácticamente sin candidatos. Las reacciones internacionales, adversas al régimen. Los cancilleres de México y Chile se retiran de las negociaciones en Santo Domingo y, aun así, los MUDos insistiendo en validarse.

 

9.- El 24 de enero, la presencia, cada vez mayor, de refugiados y migrantes venezolanos en Cúcuta, hace crisis al ser atacados campamentos de refugiados con bombas molotov. La actitud de muchos de estos migrantes en protestas posteriores deja mucho que desear, enlodando nuestro gentilicio (si es que puede estarlo aún más).

 

10.- Hasta hace 2 días, la especulación sobre si hubo preacuerdo o no en Santo Domingo. El régimen dice una cosa. Los MUDos otra. Así mismo la proyectada gira del Secretario de Estado de los EE.UU, Rex Tillerson, en medio de un aumento de presiones por parte de la Casa Blanca hacia el régimen de Miraflores.

 

11.- Y ahora, 2 de febrero, para colmo, LA ARBITRARIA DETENCIÓN, entre gallos, como cosa rara en el chavismo, del octogenario Dr. Enrique Aristeguieta Gramcko. 

Todo lo anteriormente numerado.... EN MENOS DE DOS MESES.

Si no es demencial, no sé cómo llamar al ritmo de todos estos hechos o situaciones. En ese escenario de tromba, las muertes de los más de 100 jóvenes en las protestas de abril-julio del año pasado, parecen hechos lejanos, aunque aún no ha transcurrido un año. 

Por supuesto, no todas estas situaciones tienen porqué ser atribuidas expresamente al narco-régimen, pero aún en este caso, se pueden enmarcar en un contexto sociopolítico, caótico, ominoso, demencial, configurado en Venezuela por la narco-tiranía, un estado de cosas que lleva su impronta. Y, como dije más arriba, lo que no es promovido es aprovechado. Cada escándalo tapa al anterior.

En un país acostumbrado al chisme y el faranduleo, hasta banalidades como el reciente rifirrafe televisivo entre Jaime Bayly y Rafael Poleo o el besito de despedida de Delcy Rodríguez y Julio Borges, durante los diálogos en Santo Domingo, se unen a esa comparsa. Cada situación indignante, dolorosa, criticable y hasta risible, aguijonea el ánimo de una población, ya de por sí, caracterizada por su sensibilería extrema, poco o nada reflexiva y novelera. La rabia se incrementa, pero se dispersa entre tantos hechos casi simultáneos, y al no haber un hecho concreto, fijado, que sirva como catalizador o revulsivo, la ira, el desespero, se queda en inacción, donde quiera que pudiera haber una acción viable.

Pero lejos de entender las demenciales (y por esto mismo paralizantes) circunstancias a que está expuesta la población de Venezuela, la reacción de la opinión pública nacional es la sempiterna, cretina, tóxica, autocompasiva y malsana autoacusación, sobre todo en las redes sociales; los eternos auto-señalamientos, injustos y desmoralizantes; de que "somos cobardes", "estamos catalepticos" o "somos apáticos", señalamientos demoledores sin tomarse siquiera el más mínimo esfuerzo de una mirada de contexto. 

Este panorama se agrava, aún más, al no contarse con un verdadero liderazgo con cobertura amplia; aparte de la genuflexa y hoy desacreditada MUD, no parece haber nada o nadie que canalice o con la capacidad, no solo de razonar con cabeza fría (cualidad que escasea en el común del venezolano) sino de mirar la situación general en perspectiva, y no de manera limitada a cada segmento como lo estamos viendo la mayoría de las veces, sometidos a este frenesí de hechos y opiniones.

Necesitamos algo o alguien capaz de sobreponerse y sobreponernos a esta locura goebbeliana.

El Confort Institucionalista (Sobre la "Pasividad" del Venezolano)

EL CONFORT
INSTITUCIONALISTA
(Sobre la Pasividad del Venezolano)

Por Alexander Delgado C.

Escrito Originalmente el 22 de enero de 2018


Una de las actitudes que a los venezolanos más nos señalan desde afuera (muchas veces, en tono de reproche), y con la que nosotros mismos más nos auto flagelamos, es nuestra pretendida “pasividad” o falta de reacción ante el proceso de maldad institucionalizada que estamos viviendo. Se argumenta que “por mucho menos de lo que estamos sufriendo”, mucha gente en otros países (y quizá los mismos venezolanos en otras épocas) ha salido en masa a protestar.

Esa “apatía”, no tiene una sino varias razones, una de las más visibles se puede metaforizar a partir del ya conocido cuento de la rana en una olla de agua, inicialmente a temperatura ambiente, pero gradualmente van calentando el agua hasta llevarla a punto de ebullición. No hace falta ser docto para darse cuenta de que este proceso de cubanización foro-paulista se ha dado a cuentagotas, durante casi 20 años, acondicionando al venezolano, a plazos, a la actual situación.  

Al mismo tiempo en este proceso de cubanización dosificada, el castrismo contó, de parte nuestra, con una gran ventaja, en lo que, a falta de mejor definición, he denominado El Confort Institucionalista. Como sociedad, nos habíamos acostumbrado, a lo largo de 40 años, a un país político en el que, con todas sus ineficiencias y corruptelas, había una democracia partidista y un orden institucional que, aún con todas sus carencias, funcionaba. Durante esos 40 años se acondicionó a un denso sector de la población, sobre todo a la clase media y a los sectores populares no marginales, a creer en los mecanismos institucionales establecidos, por falentes que fueran.

Pero lo que nunca hemos tenido en cuenta es que ese funcionamiento, mal que bien, del engranaje institucional-constitucional del puntofijismo, nunca tuvo un fundamento social, orgánico y sólido, construido desde las bases hacia arriba. Más bien fue al revés; el Estado y especialmente, las maquinarias de los principales partidos políticos (AD, COPEI, URD y luego el MAS) actuaron como fragua o contenedor a la sociedad interrelacionada que debía ser el cimiento original.

Y no solo eso, también el relativo orden y funcionamiento institucional descansó, en gran medida, sobre un consenso artificial logrado a partir de una política de realazos, facilitada esta por el enorme flujo de los ingresos provenientes del petróleo y, a su vez, espoleada por la voluntad, de las clases dirigentes de entonces, de evitar, a toda costa, conflictos de gran intensidad. Dicha evasión de conflictos, por pertinentes que fueran, sin duda alguna estuvo motivada, por el recuerdo de la violencia sangrienta, que había caracterizado el devenir político de Venezuela tras la Guerra de Independencia. Fue este falso consenso lo que Moisés Naím y Ramón Piñango calificaron en 1984 como “Una Ilusión de Armonía”, como título y conclusión de su libro, publicado ese año bajo el patrocinio del IESA.

Esa falsa armonía es lo que hoy muchos venezolanos, desprevenidamente, extrañan frente al discurso divisionista del chavismo como “la época en que éramos un solo pueblo por encima de las diferencias de partidos” o cuando “éramos felices y no lo sabíamos”. Es bueno acotar que, en el citado libro, Naím y Piñango señalan como una de las consecuencias negativas de esa evasión irreal de conflictos, el que no se generasen nuevos, vigorosos e innovadores liderazgos, con un criterio genuinamente meritocrático. Es evidente que esa falencia se ha proyectado hasta nuestros días en lo concerniente a liderazgos dentro de las filas opositoras.

Esa ilusión institucionalera, que incluye los mecanismos eleccionarios, no solo fue mantenida, por conveniencia, tras la llegada de Hugo Chávez al poder, fue reforzada por el chavismo con el proceso constituyente de 1999 y con las practicas electorales y refrendarias posteriores. De hecho, quizá los venezolanos nunca hayan tenido tantas ocasiones, como bajo el chavismo, de votar, aunque sin llegar a elegir realmente. Para muestra, baste constatar que el 2011 fue el único año, entre 2004 y 2013, en que no se llevaron a cabo elecciones o referéndums de ningún tipo.

Al mismo tiempo, y luego de un proceso de atomización y crisis a lo interno de la oposición, durante los primeros años del chavismo en el poder; a partir de 2006 las maquinarias partidistas se reestructuraron dentro del lado opositor, recreando en su feudo político mucho del fetiche institucionalista-partidocrático como marca de distinción del ser demócrata frente a la tiranía chavista. Con el argumento-chantaje de la unidad frente al régimen, no solo sustentaron su preeminencia dentro de la Venezuela antichavista, sino que replantearon la falsa armonía a lo interno opositor. Un institucionalismo de cartón, con pretensiones irrisorias de coexistir inmaculado con la nueva e implacable realidad política del chavismo gobernante; con su discurso fomentador de odios y resentimientos sociales, y con su praxis político-social, caracterizada por una, cada vez mayor, violencia represiva, pero, eso sí, ejercida de una manera oclocrática y anárquica.

Esta dualidad es la que ha moldeado a la sociedad venezolana bajo el chavismo; del lado opositor al régimen; un institucionalismo iluso, superficial, ritualístico y bonchonamente electorero; del lado del régimen, odio y violencia bovescianas, abuso de poder malandresco, ostentación jaquetona y obscena, así como prácticas represivas, cada vez más abiertas y descaradas, instrumentadas en su brazo armado (tanto de cuerpos militares-policiales formales como de sus montoneras de siglo XXI, llamadas Colectivos).

Desde 2013 la arremetida del régimen ha sido cada vez más demencial, en todas sus vertientes. En el aspecto coercitivo formal, es más que evidente la embestida violenta del chavismo, en la mortífera represión a las protestas de 2014 y 2017, en el barbárico ataque a la Asamblea Nacional, el pasado 5 de julio y, especialmente, en la reciente y brutal ejecución del Comisario Oscar Pérez y sus acompañantes. En el plano Institucional contemplamos el desconocimiento, cada vez más descarado, de la Constitución de 1999 (de impronta chavista), pasando por encima de cualquier formalismo institucional, atropello que tuvo su mejor expresión en todo el proceso de convocatoria, elección e instalación de la espuria Asamblea Nacional Constituyente, a lo largo del, recién culminado, año 2017. También la sociopatía anómica, desatada por narco-régimen, se ha puesto de manifiesto en materia de orden y sentido de estructura, acelerando el proceso de descomposición social, de fomento de antivalores; en ese sentido ha propiciado situaciones anárquicas teledirigidas o bien ha capitalizado a su favor, explosiones de caos social como consecuencia de la crisis económica generada por el propio chavismo. Ejemplos de esto último son el llamado Dakazo, a fines del 2013 o el más reciente saqueo del Excélsior Gama, a fines del año pasado, de igual forma los saqueos y ataques de turbas en las urbanizaciones como modo intimidatorio durante las protestas de 2014 y 2017 o los más recientes saqueos motivados por las hambrunas.

Ante este espiral crecente de insania por parte del régimen, el sector opositor de la población (incluyendo a los otrora chavistas que, desencantados, poco a poco fueron saltando la talanquera) ve como sus espacios de existencia, más figurados que reales, se reducen drásticamente o pierden su peso simbólico ante la omnipresente realidad impuesta por la tiranía. Los caminos institucionales se vuelven quiméricos; las vías electorales (prácticamente las únicas con las que ha estado familiarizada la oposición) son inútiles, tanto por los fraudes repetidos en las mesas de votación, como por las artimañas para invalidar, en la práctica, los pocos triunfos electorales que les reconoce el régimen; las salidas de calle, visto superficialmente, tampoco logran mayor cosa, además del elevado y doloroso costo en vidas, las salidas militares no se vislumbran, salvo rumores que quedan como tal y pronunciamientos individuales aquí y allá, sin consecuencias inmediatas.

Visto lo anterior, es más que comprensible que la psique de la Venezuela antichavista se fragmente desde su confort institucionalista; como consecuencia, unos emigran, otros se hunden en la desesperanza y la depresión, otros se mantienen en una actitud de desafío al régimen, pero como quien da palos de ciego, generalmente a nivel de redes sociales, sin consecuencias palpables en la calle… y otros más, en una suerte de negación más o menos consciente, se aferran a una ilusión de la cojitranca institucionalidad de antaño o en la esperanza de su pronta restitución. Son estos, los que generalmente, se convierten en pasto de la MUD, acatando una y otra vez sus llamados electoreros, en la típica actitud que yo identifico como de Disonancia Cognitiva.

Este es el estado de catalepsia que normalmente muchos venezolanos se auto-reprochan, sobre todo desde las redes sociales, auto-reproches comprensibles pero acaso injustos o al menos desproporcionados. Es desde este estado de estupor que muchos propugnan ilusoriamente salir de esta locura colectiva a través de mecanismos institucionales ideados para situaciones socio-políticas más “normales” (el voto o, al otro extremo, la desobediencia civil amparada en el fulano 350), otros pretenden reaccionar a partir de criterios simplistas (la tan cacareada calle sin retorno, como un acto virilmente irreflexivo… y suicida).

Unos y otros no entienden que, sea cual sea la solución, primero hay que salir, no solo del confort institucionalista, sino también del confort intelectual y el confort mental que nos lleva a apegarnos, con patética arrogancia, a pautas preestablecidas, pero inadecuadas, en un afán de comprender la anómala situación que estamos viviendo (más que una dictadura, se trata de una tiranía sociópata, anómica y destructiva) y a partir de una comprensión más acertada, entender cuáles son las respuestas más viables y a la vez las más adecuadas, a corto, mediano y, especialmente, largo plazo.

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