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I. Por Espíritu De
Contradicción
Sí, lo admito. Si se tuviera a
la democracia como un régimen más entre otros, si no se nos la impusiera como
panacea evidente y obligatoria, si no se viera en ella más que un modo de
elegir gobernantes, estaría más dispuesto a encontrarle cualidades.
Jean Dutroud afirma que la
virtud comienza con el espíritu de contradicción y yo, por mi parte, agrego que
ese espíritu es necesario para conservar la imparcialidad: mantiene el amor a
la independencia de juicio, asegura la rebelión contra todo lo que es gregario
y vulgar, y brevemente, constituye algo seguramente más simpático que la
sumisión a las modas, a los esnobismos, a los conformismos de todo pelaje. Me
repugnan los benditos si-si y los políticamente correctos, sin que esté
inficionado - Dios me guarde - de la superstición de la rebeldía.
Si la balanza se inclina
demasiado de un lado, mi reacción espontánea es poner un poco de peso en el
otro platillo.
II Porque, Aun
Como Modo De Elegir Gobernantes, La Democracia no es Todo Ventajas
Como sistema de designación de
gobernantes la democracia presenta ventajas evidentes que, en
realidad, se reducen a una sola, aunque sea de fuste: la
aquiescencia de los gobernados. No es cuestión de negar que hay aquí una
superioridad sobre los regímenes donde los gobernantes son designados de otras
maneras tales como el nacimiento, la fortuna, el azar o el mérito.
Pero tampoco hay razón para no ver las desventajas prácticas de este
procedimiento.
En primer lugar, los
gobernantes designados por la mayoría de las voces no pueden en ningún caso
sentirse igualmente responsables respecto de sus mandantes y los de otro
candidato. De hecho, si buscaran el bien público en contra de los intereses de
su propia facción, no estaríamos equivocados en tacharlos de ingratitud.
En segundo lugar, para ser
designado por una mayoría, es necesario seducir votantes y resulta bastante
dudoso que las cualidades necesarias para esto y las necesarias para gobernar -
que tienen algo de antinómico - se encuentren en la misma persona. En el
límite, se podría decir que el que tiene mayores posibilidades de ser elegido
es el que tiene menos posibilidades de ser un buen gobernante.
En tercer lugar, el tipo de
persona deseable para ser elegido no es necesariamente el que merece la mayor
confianza por parte de sus electores. Aristóteles no estaba equivocado cuando
señaló que el demagogo y el cortesano pertenecen a la misma especie.
III. Porque los
climas, las gentes y las épocas difieren
Una vez le preguntaron a Solón
cuál era el mejor régimen político. Retrucó: ¿Para qué pueblo?
En efecto, hace falta una
considerable dosis de ingenuidad para imaginar que existe un régimen político
ideal, perfectamente conveniente para todos los pueblos, para todas las épocas
y para todos los países, o incluso que resulte para todos los pueblos, en todo
tiempo y lugar, el menos malo de los sistemas. No se había equivocado Taine
cuando aplicaba a todo acontecimiento tres coordenadas: la raza, el medio y el
momento.
En modo alguno pretendo que la
democracia sea siempre mala. Y de buena gana reconozco que, en ciertas
circunstancias, puede resultar más conveniente que otros regímenes. Ya San
Agustín tenía el mismo parecer como lo indica en su Tratado del libre albedrío,
que cita Santo Tomás de Aquino: “Si un pueblo es razonable, serio, muy
vigilante en la defensa del bien común, es bueno promulgar una ley que permita
a ese pueblo darse a sí mismo sus propios magistrados para administrar los
asuntos públicos. Con todo, si ese pueblo poco a poco se degrada, si su
sufragio se convierte en algo venal, si le da el gobierno a personas
escandalosas y criminales, entonces resulta conveniente quitarle la facultad de
conferir honores y volver al juicio de un pequeño grupo de hombres de bien”.
Brevemente, la democracia no
es una panacea ni un antídoto; no hay por qué condenarla ni canonizarla a
priori.
IV. Porque no hay
que confundir mayoría con consenso
Inocentemente o a designio,
los partidarios de la democracia mantienen una permanente confusión entre las
nociones de mayoría y consenso. Frases tales como “Francia ha decidido que...”, o “Los franceses han resuelto que...” son
deliberadamente contrarias a la verdad cuando tal decisión ha sido tomada por
la mayoría de 51% de los votantes. Como en toda operación de voto
hay una cierta proporción de abstenciones y otra de votos en blanco, debería
ser evidente que, de hecho, una mayoría del 1% no es una mayoría y, menos aún,
un consenso. Esto da lugar a por lo menos tres cuestiones. Que sea difícil
encontrarle respuestas, no debería dispensarnos de formularlas.
En primer lugar, dado que en
ciertos países que presumen de democráticos para adoptar ciertas medidas se
exige una mayoría de dos tercios y no la mitad más uno, concluimos que la
noción de mayoría relativa efectivamente existe; y por otra parte, toda vez que
en los países totalitarios las mayorías frecuentemente eran del 99 % de las
voces - lo que suscitaba de parte de los observadores algunas suspicacias
legítimas sobre la libertad de voto – ¿acaso existe una proporción de votos que
se puede legítimamente llamar consenso y no ya mayoría?
En segundo lugar, en la medida
en que una nación es una realidad histórica, por lo menos tanto como
geográfica, ¿es justo que sólo cuente la opinión de los ciudadanos que se
encuentren vivos en determinada época? ¿No habría que tener en cuenta también
la voluntad de los fundadores de dicha nación y los intereses de sus futuros
ciudadanos? Aun cuando se debe innegablemente adaptarse a las circunstancias a
medida que se presenten, ¿acaso no hay ligereza en decir “Francia
quiere” tal cosa, cuando sólo la quiere hoy, cuando ayer quería lo
contrario y cuando mañana querrá todavía otra cosa diferente? Que se me
entienda bien: aquí no propongo hacer votar a los muertos y a los niños por
nacer. Simplemente pongo de manifiesto la confusión que se genera entre la
voluntad de una nación milenaria y una efímera mayoría circunstancial.
En tercer lugar, ¿realmente
debemos creer, como lo he oído sostener, que el alma de la democracia radica en
el despliegue de buena voluntad de la minoría que se subordina a la mayoría?
Que Luis XVI haya sido condenado a muerte por una mayoría de cinco votos, que
la Tercera República haya sido establecida por una mayoría de un voto, que el
tratado de Maastricht - equivalente a abandonar la soberanía - haya sido
adoptada por Francia por el 51% de los votos expresados no me inspira mucha
confianza en la validez de estos actos, incluso y sobre todo desde el punto de
vista democrático. Delante de decisiones de graves consecuencias, ¿no hay
ligereza en preferir la teoría abstracta que define qué cosa es una mayoría a
la realidad concreta que ofrece opiniones divergentes?
V. Por
una cuestión de vocabulario
El sentido de la palabra
democracia ha evolucionado con el correr del tiempo. Veamos las definiciones
que dan algunos diccionarios.
Furetière, 1708: “Estado
popular, forma de gobierno donde el pueblo tiene toda la autoridad y en el que
la soberanía reside en el pueblo, que hace las leyes y lo decide todo; en donde
el pueblo es consultado” .
Boiste, 1836: “Soberanía
del pueblo; gobierno popular; (en mal sentido) despotismo popular; subdivisión
de la tiranía entre varios ciudadanos”.
Littré, 1974: “Gobierno
en el que el pueblo ejerce la soberanía. Sociedad libre y sobre todo
igualitaria en la que el elemento popular tiene influencia preponderante.
Estado de sociedad que excluye toda aristocracia constituida, excepto la
monarquía. Régimen político en el que se favorece o se puede favorecer los
intereses de las masas. El partido democrático, la parte democrática de la
nación”.
Nouveau Petit
Larousse, 1917: “Doctrina política según la cual la soberanía debe pertenecer al
conjunto de los ciudadanos; organización política (frecuentemente la república)
en la que los ciudadanos ejercen esta soberanía”.
Petit Robert,
1971: “Doctrina
política según la cual la soberanía debe pertenecer al conjunto de los
ciudadanos; organización política (frecuentemente la república) en la que los
ciudadanos ejercen esta soberanía”.
Se ve el deslizamiento: de una
“forma de gobierno” (Furetière), de
arriba primero a una “soberanía”
(Boiste, Littré, Larousse), y por fin a una “doctrina” (Robert). Los ejemplos suministrados
atestiguan la misma evolución cada vez más favorable a los ideales
democráticos.
VI. Por otra
cuestión de vocabulario
La democracia es el gobierno
del pueblo. Sea. Por el pueblo. Admitámoslo. Para el pueblo. Mejor. Pero no sé
qué cosa es el pueblo, no sé qué diablos es el pueblo y pienso que la confusión
ha sido deliberadamente mantenida por los partidarios de la democracia. La
confusión parece triple.
Antes que nada es numérica. Sé
lo que es una persona, lo que son dos, tres y mil personas. ¿Pero a partir de
qué número de personas pasan a ser “el pueblo”? ¿Y cómo puede asignarse a un
grupo más o menos extendido un rostro colectivo? Aquí hay una operación de
prestidigitación que consiste en sustituir una cantidad de personas distintas y
bien reales por una sola persona perfectamente imaginaria. Esto se ve bien en
inglés donde la palabra people reclama un
verbo en plural y sin embargo es percibido como singular: The American people
feel that..., want to..., have decided...
Luego, la confusión es social.
Valéry tiene razón en destacar que “la palabra pueblo... designa tanto la
indistinta totalidad que uno no encuentra en ninguna parte, cuanto la mayoría,
opuesta al restringido número de individuos más afortunados o más cultivados”.
El pueblo es, según convenga, la nación o la plebe, y nunca se sabe de cuál se
habla. Ya Furetière había precisado en su artículo Democracia que “en este sentido la palabra ‘pueblo’ no es
‘plebe’, sino el cuerpo todo de los ciudadanos”, y de Flers y Caillvallet
no estaban equivocados al anotar maliciosamente que “la democracia es el nombre que le damos al pueblo cada vez que lo
necesitamos”. Estas idas y vueltas entre la idea de que “el bajo pueblo” (o, más amablemente, “el
pequeño pueblo”) es distinto de las clases llamadas superiores, y la idea de
que estas clases superiores forman también parte del pueblo tomado en su
conjunto (cosa que no es grave considerando que son inferiores en número),
estas idas y vueltas, digo, permiten también toda clase de escamoteos y
sustituciones.
En fin, hay una confusión
entre lo relativo y lo absoluto. Expresiones tales como “el pueblo quiere”, “el pueblo
decide”, “el pueblo está a favor de”,
“el pueblo está en contra de”,
propiamente no significan nada. Habría que decir cada vez: “la mayoría de los ciudadanos que han
expresado su parecer, se han pronunciado a favor, se han pronunciado en contra”.
Pero a partir del momento en que tengo un parecer contrario al de la mayoría,
siento que hay un abuso del lenguaje al decir que el pueblo (por sobreentendido
que se trata de todo el pueblo, sin excepción) tiene tal o tal otro parecer y
no el mío. ¡Pero yo también pertenezco al pueblo! La cosa resulta
particularmente chocante cuando “el
pueblo” no es más que el 51% del pueblo, tal como lo hemos visto en el
capítulo sobre las mayorías y el consenso. Cuando la Declaración de los
Derechos del Hombre de 1798 postula que “la
ley es la expresión de la voluntad general”, está formulando un
contrasentido. No hay, no puede haber una voluntad general: a lo sumo no hay
más que voluntades mayoritarias.
Vienen a cuento algunas
palabras sobre “la opinión del pueblo”
especiosamente llamada “opinión pública”. A decir verdad, propiamente no existe
la opinión pública o, más bien, no debería existir la locución, toda vez que la
suma de opiniones individuales no puede conformar una opinión colectiva. Pero,
¡helas!, los fenómenos del rumor, de la moda, del mimetismo, y el uso que de
ellos hacen la propaganda y la desinformación que fabrican una opinión
colectiva ficticia, hacen que los individuos que presumen de tener un parecer
se adhieran sin más por temor a parecer insolidarios. En particular, el
procedimiento de las encuestas tiende a reforzar en “el pueblo” las opiniones
que se le asignan o, más bien, que se le alquilan, porque nada, en este mundo,
es gratuito...
Brevemente dicho, la noción de
pueblo no me parece suficientemente definida como para que tenga ganas de
asentar sobre ella un sistema de gobierno.
VII. Porque la
concepción de democracia descansa sobre una petición de principio
No puedo hacer nada mejor en
este capítulo que citar a Jean Madiran, quien escribe en Les Deux
Démocraties: “La democracia es buena porque el bien es la democracia; la
democracia es justa porque el derecho es la democracia; la democracia está en
la dirección del progreso porque el progreso consiste en el desarrollo de la
democracia”.
Luminoso.
Imbatible.
VIII. Porque se
querría convertirla en una religión...
La democracia que
fue, recordémoslo, un modo entre otros de designación de gobernantes, se nos
presenta hoy como una suerte de religión o, incluso, una religión de religiones.
Y tiene de la religión lo esencial: la pretensión de monopolizar la
verdad.
En las religiones, se
comprende. Sin necesariamente tener la ambición de exterminar a todos los que
no son cristianos, o a todos los que no practican la religión cristiana
exactamente como nosotros (por más que tampoco nos privamos demasiado de esto a
lo largo de los siglos), nosotros los cristianos creemos que Dios es trino, que
Jesús de Nazareth era Hijo de Dios, que eso es verdad y que, por consiguiente,
todos aquellos que piensan lo contrario están equivocados. Creemos esto allí
donde se supone que deberíamos creerlo: si repudiamos esta creencia, ya no
somos cristianos.
Por su parte, los musulmanes
creen que no hay más Dios que Alá, que nunca tuvo un hijo y que Mahoma es su
profeta. Si los cristianos tienen razón los musulmanes se equivocan, y
viceversa. Hay que agregar que los musulmanes tienen el deber, ellos, de pasar a
degüello a los infieles mientras que nosotros habitualmente no lo hacemos sino
por exceso de celo, aunque el principio es el mismo: sí, ellos presumen tener
el monopolio de la verdad y nosotros... también.
Si, como lo afirman en los
días que corren, todas las religiones valen por igual, es que no son
religiones.
En política, esta
monopolización de la verdad, justificada o no, se comprende menos. Un mínimo de
esta tolerancia tan declamada por los partidarios de la democracia alcanzaría
para que se admita que los distintos procedimientos para elegir gobernantes son
igualmente estimables, sobre todo si se tiene en cuenta la geografía y la
historia. Pero allí es donde la democracia moderna desnuda sus pretensiones de
alcanzar el status de religión: ya no es más un sistema de designación de
gobernantes, ahora es un cuerpo de doctrina infalible y obligatoria, y tiene su
catecismo: los derechos del hombre, y fuera de los derechos del hombre, no hay
salvación.
La democracia moderna tiene
otras notas indispensables de cualquier religión.
Un Paraíso: Los países democráticamente liberales con,
preferentemente, una legislación anglosajona.
Un
Purgatorio: Las dictaduras de izquierda.
Un Infierno: Las dictaduras sedicentemente de derechas.
Un Clero Regular: Los intelectuales encargados de adaptar las
tesis marxistas a las sociedades liberales.
Un Clero Secular: Los
periodistas encargados de distribuir esta doctrina.
Oficios
Religiosos: Los grandes programas de televisión.
Un index tácito que prohíbe tomar conocimiento de cualquier
obra cuya inspiración fuera reprensible. Este índice resulta admirablemente
eficaz bajo la forma de conspiración del silencio mediático, aunque a veces se
lo utiliza de un modo más draconiano: si bien todavía no van a parar a la
hoguera, algunos libros juzgados deficientes desde el punto de vista
democrático son retirados de las bibliotecas escolares como sucedió en
Saint-Ouen L’Aumone.
Una
Inquisición: Nadie tiene el derecho de
expresarse si no está en la línea recta de la religión democrática y, si con
todo llega a hacerlo, pagará las consecuencias. A este respecto resulta
ejemplar el linchamiento mediático al que se lo sometió en Francia a Régis
Debray (al cual nadie sospecharía de no ser democrático) porque puso en duda la
legitimidad de los crímenes de guerra cometidos por la NATO en 1999 en
territorio de Yugoslavia.
Congregación de
Propaganda de la Fe: Las oficinas
de desinformación, autodenominada de “comunicación” o de “relaciones
públicas”.
Misas Dominicales: y obispos que utilizan escudos protectores
tomados en préstamo a las diversas ONG o a la ONU.
Indulgencias varias generalmente otorgadas a viejos
comunistas.
Una legislación penal y
tribunales encargados de castigar a quienquiera que se atreva a poner en duda
la versión oficial de la historia.
E incluso tropas encargadas de
evangelizar a los no-demócratas “a sangre
y fuego”. Lo hemos visto claramente cuando diecinueve naciones democráticas
bombardearon a un país soberano con el que no estaban en guerra.
Hoy, una frase tal como “en el nombre de los derechos del hombre”
se va extendiendo tal como “en el Nombre
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” se extendió durante los siglos.
Quizás rescatamos el sentido de lo sagrado, pero no creo que sea un sagrado de
buena ley.
IX... Pero de
hecho es una idolatría
Le falta a la democracia un
factor esencial en cualquier religión verdadera o falsa: la
trascendencia.
Esta trascendencia puede
adquirir todas las formas que uno quiera, desde la metempsicosis hasta el
Apocalipsis, pero en todos los casos supone que el hombre venera
alguna cosa que está más allá del hombre. ¿Y bien? Digan todo lo que
quieran pero los derechos del hombre no pueden ir más allá del hombre. Son, por
definición, antropocéntricos.
Para mí, lo admito sin
ambages, la noción misma de “derechos del
hombre” constituye un sinsentido, no sólo porque reposa sobre un postulado,
sino porque el postulado está mal expresado.
Se comprende que un indio
patagón tenga los derechos que le otorga su jefe patagón o que los franceses
tienen los derechos que le son garantizados por su republicano gobierno, o que
el miembro de un club o el paciente de un hospital o el cliente de un
restaurante tenga los derechos que le garantiza tal restaurante, tal hospital o
tal club. Pero que el hombre tenga derechos en absoluto, que él mismo se los
garantice a si mismo mediante declaraciones periodísticas, nacionales o internacionales
– cosa que habitualmente de poco vale – me parece, perdón si escandalizo, una
broma gigantesca.
Los chicos juegan a esta clase
de juego: “Tú serás el Papá y yo seré la
Mamá” o “Tú serás el marinero y yo seré el almirante”. Con semejante espíritu
se pueden entender las juguetonas expresiones tales como “derecho a la
salud” o “derecho a la felicidad”. Ahora bien, toda vez que con
semejantes declamaciones no se impide que la gente se convierta en infeliz o se
enferme, no me parecen que tengan ni sombra de realidad.
Tomo la Declaración de 1789 y
me pregunto sobre afirmaciones como las que siguen:
“El fin de la sociedad es
el bienestar de todos” ¿Qué cosa es un bienestar para todos? Que
se me suministre una definición que no sea la suma de los bienestares
individuales.
“Todos los hombres son
iguales por naturaleza” ¿Verdaderamente? ¿Los grandes y los
pequeños, los lindos y los desgraciados?
"La ley es la
expresión libre y solemne de la voluntad general”. Muy bien. ¿Y qué es, por
favor, la voluntad general?
“Los delitos de los
mandatarios del pueblo y de sus agentes en ningún caso deben quedar impunes.
Nadie debe pretender ser más inviolable que los demás ciudadanos”. ¡Estaría
bueno si se pudiera aplicar bien, si siquiera se pudiera aplicar! ¡Riámonos, oh
mis contemporáneos, vosotros que no juráis sino por la inmunidad o la
amnistía!
Tomo la Declaración universal
de 1984 y allí leo que “todos los seres humanos... deben interactuar con
espíritu de fraternidad”. Atención: ¡deben! ¿Se trata de un derecho o de un
deber? ¿Y en nombre de quién se establece semejante
deber?
“Nadie será sometido a la
tortura...”. El tiempo futuro del verbo es conmovedor: me hace acordar a “Tú
serás Papá y yo seré la Mamá”.
“Nadie puede ser
arbitrariamente detenido...”. ¿Pero qué quiere decir
“puede”? ¿No habría que leer allí “debe” puesto que “puede” es
obviamente absurdo?
“La voluntad del
pueblo es el fundamento de la autoridad de los poderes públicos”. Una vez
más, ¿no será demasiado suponer que el pueblo tiene voluntad colectiva?
“La familia es la célula
fundamental de la sociedad y tiene derecho a que la sociedad y el Estado la
protejan” ¿Y si la sociedad favorece el concubinato de los pederastas y si
el Estado remunera a los hacedores de lesbianas...?
No niego que algunas de las
ideas que sostienen esta monserga tienen cierto poder seductor, pero, para
significar alguna cosa me parece que deberían, por una parte, expresarse bajo
la forma de deberes concretos antes que derechos abstractos y, por otra parte,
debería fundarse sobre la autoridad más allá de la del hombre y, por tanto,
nunca sobre la humanidad que no es más que la adición de todos los hombres
vivientes, que hayan vivido o llamados a vivir.
Ya lo constataba Dostoievsky:
“Si Dios no existe, todo está permitido”. Y si los hombres se arrogan el
derecho de Dios de decir qué está bien y qué está mal, nada bueno puede
resultar, por lo menos según el Génesis.
X. Porque Se
Asienta Sobre Uno U Otro De Dos Postulados
Admitamos, por un instante,
que el vocablo “pueblo” significa lo que algunos piensan, a saber,
que cada pueblo puede ser reducido a un denominador común y que resulta
perfectamente legítimo asignarle una voluntad colectiva.
– El pueblo
espontáneamente quiere el Bien, y accesoriamente, su propio bien.
– Lo que el pueblo
quiere inmediatamente se convierte en el Bien.
Según el primer postulado, el
Bien le es dado anticipadamente y el pueblo lo encuentra naturalmente gracias a
una operación digna del Espíritu Santo pero que se realiza sin él, por el
milagro de la democracia. Basta con hacer lo que quiere el pueblo para que todo
ande bien, es decir, para que triunfen la virtud y la prosperidad a la vez. Es
la democracia de Rousseau.
Según el segundo postulado,
todo lo que quiere el pueblo es, por definición bueno. Si el pueblo quiere
costumbres castas, eso es bueno; si quiere general relajamiento, eso es bueno;
si quiere la paz, perfecto; si quiere la guerra, perfecto también; si quiere
destruir a los demás pueblos, tiene derecho; si quiere destruirse a si mismo,
que le valga; si quiere, como escribe Madiran, “decretar lo justo y lo
injusto, el bien y el mal, prohibir lo lícito, obligar a lo monstruoso y
retocar en ese sentido su Constitución, no hay contra esta voluntad popular
ningún recurso democrático, legal, ni legítimo”. Es la democracia
moderna.
En la primera hipótesis, el
pueblo descubre el bien; en la segunda, lo funda. En la primera, nos
embarcamos hacia Utopía; en la segunda, hemos partido hacia Sodoma. El
primer postulado me parece ingenuo y el segundo odioso. Pero desgraciadamente
sucede que, a fuerza de compenetrarse con el primero, se termina por aceptar el
segundo.
El refrán romano Vox
populi, vox Dei, del que las añoradas páginas del Larousse dan esta sabrosa
interpretación: “Adagio según el cual se establece la verdad de un hecho, la
justicia de una cosa sobre la base del acuerdo unánime de las opiniones del
vulgo”, permite ceñir estrechamente los dos postulados que nos
interesan.
Vox Dei, vox
populi: basta con
escuchar la voz del pueblo para oír la de Dios que habla a través de Él. Es el
primer postulado.
Vox populi, vox
Dei: la voz del
pueblo debe ser recibida como la voz de Dios, dicho de otro modo, el pueblo es
Dios. Es el segundo postulado.
El suizo Amiel escribía: “La
democracia descansa sobre esta ficción legal por la cual la mayoría no sólo
dispone de la fuerza sino también de la razón, que posee al mismo tiempo
sabiduría y derecho”. Una “ficción
legal”: no sabríamos decirlo mejor.
XI. Porque está
preñada de totalitarismo
Está de moda oponer la
democracia al totalitarismo.
Eso presupone que se pase en
silencio no sólo el hecho de que Napoleón III plebiscitó al Segundo Imperio y
que Adolfo Hitler fue democráticamente elevado al puesto de Canciller del Reich,
sino esto otro, que es más grave: que los totalitarismos políticos, como lo
recordábamos más arriba, siempre invocaron los ideales democráticos. Subrayemos
que en ningún caso los regímenes monárquicos ni los regímenes aristocráticos
engendraron totalitarismos: para eso siempre hizo falta pasar antes por el
estadio democrático. En Francia, antes del Terror hubo un 14 de Julio y en
Rusia hubo un Febrero antes de un Octubre.
Con todo, hay totalitarismos y
totalitarismos.
Nos hemos preguntado muchas
veces, ya que el proceso de Nüremberg tuvo lugar, haciendo jurisprudencia, y ya
que se le agregó una reprobación indeleble al partido nacional-socialista
alemán, ¿por qué ningún criminal comunista fue jamás juzgado y personajes que
abiertamente proclamaban la doctrina comunista y su afiliación al partido
comunista eran recibidos en todas partes, tanto en los salones como en los
altos sitiales de los gobiernos democráticos? Sin embargo, los respectivos
crímenes del nazismo y del comunismo son numéricamente incomparables: menos de
diez millones de un lado, más de cien del otro.
Este curioso fenómeno se
explica, me parece, con el siguiente análisis.
El nacional-socialismo estaba
fundado sobre dos ideales: uno más racista que nacionalista, el otro socialista,
es decir, democrático. Estos dos ideales desembocaron, el uno y el
otro, en el totalitarismo. En la medida en que el baldón (afrenta) del
totalitarismo podía ser atribuido al ideal nacionalista, que no es,
esencialmente, democrático, le resultaba a las democracias posible condenarlo y
extirparlo. A pesar de su cocina democrática, no había parentesco entre el
ideal del Tercer Reich y las democracias occidentales.
El comunismo
estaba fundado sobre un solo ideal: el ideal democrático (es decir, el socialismo). Pero
también es cierto que cada vez que el comunismo desembocaba en una dictadura,
invariablemente se cayó en una tiranía y nunca en una democracia. Las
estructuras comunistas con un partido formando una elite y un presidium
todopoderoso más bien recordaban las estructuras aristocráticas y oligárquicas;
y sin embargo el ideal permanecía “popular”: testigos son los serviles regímenes
vigentes en los países satélites de la U.R.S.S. que se auto titulaban
“Repúblicas Democráticas Populares”, lo que equivalía a repetir por
tres veces más o menos la misma cosa.
Siendo “popular”, desde el punto de vista de un demócrata el comunismo no puede
ser enteramente malo.
Y todavía eso no es lo más
grave.
La democracia - cuando ya no
es una manera de elegir gobernantes - tiende hacia lo absoluto. Se ha denostado
a las monarquías absolutistas... ¡y bien, hablemos de ellas! Racine, el historiógrafo
de Luís XIV escribía sin remilgos: “Sólo Dios es absoluto”. Las
monarquías siempre invocan principios superiores a ellas mismas: el
derecho divino, la tribu, la nación. Si frecuentemente han sido tiránicas en
los hechos, nunca lo fueron en esencia. En cambio la democracia es absolutista
por definición, como lo atestigua la famosa fórmula “gobierno del pueblo,
por el pueblo y para el pueblo”, que retoma, por ejemplo, la Constitución
de la República Francesa de 1958. En materia de concepciones absolutistas, no
hay cosa que pueda ir más lejos. No hay cosa que se parezca más al perpetuum
mobile, esa aberración de la Física.
En sus Reflexiones
sobre la Revolución Francesa, Burke tiene razón en insistir sobre los
peligros de este absolutismo. “En una democracia, escribe, la mayoría de los
ciudadanos está en condiciones de ejercer las opresiones más crueles sobre la
minoría [...] y esta opresión de la minoría llegará a mucha mayor cantidad de
gente y se llevará a cabo con mucha más furia de la que se puede esperar de la
dominación de un solo cetro. Bajo semejantes condiciones de persecución
popular, las víctimas individuales se encuentran en una situación mucho más
deplorable que bajo ninguna otra. Bajo un príncipe cruel, la compasión de la
humanidad viene a poner bálsamo sobre sus heridas; los aplausos del pueblo
animan la generosa perseverancia que exhiben en sus sufrimientos; pero aquellos
que son maltratados por la multitud se ven privados de toda consolación
externa. Parecen abandonados de la humanidad, aplastados por un complot de toda
su especie”. Proféticamente, Burke va más lejos: “¡Qué instrumento
eficaz del despotismo se iba a encontrar en ese gran comercio de armas
ofensivas, los derechos del hombre!”.
La historia nos muestra que
estos desbordes totalitarios de la democracia son cosa corriente. En el nombre
de los derechos del hombre, la Revolución Francesa terminó en el “populicidio” de la Vendée.
Las guerras de la Revolución fueron libradas so pretexto de liberar del
despotismo a los pueblos europeos. La colonización republicana de África
pretendió que aportaba los beneficios de la democracia a presuntos “salvajes”. Los revolucionarios liberales
rusos de febrero de 1917 tornaron posible y lógico el golpe de estado
bolchevique de octubre con las consecuencias que ya se sabe.
Pero lo interesante no es
tanto que el totalitarismo democrático puede, en algunos casos, convertirse en
sangriento, sino que eso mismo parece estar inevitablemente inscripto en la
naturaleza misma de su absolutismo democrático.
Por definición, la democracia no se reconoce
límites.
Es cierto que, desde algún
tiempo a esta parte, simula preferir los métodos de coerción más dulces, mas no
es sino cuestión de circunstancias: el número de intervenciones armadas de los
Estados Unidos en Estados soberanos sería menos inquietante si no fuera que
todas ellas se realizaron en nombre de la democracia. Animal grande, gran
apetito, siempre fue así, pero si el lobo persuade al cordero de que está
obligado a cascarlo para enseñarle a vivir democráticamente, y sobre todo si el
cordero le cree, entonces, en efecto, los derechos del hombre se convierten en
un “eficaz instrumento de despotismo”.
Tal vez más instructivo sea la
dominación, casi total en Occidente, de una ideología difusa que se da en
llamar ya el Pensamiento Único, ya lo Políticamente Correcto, ya lo
Pensado-para-Usted y que, a imitación de la ideología comunista que disponía de
una lengua de madera, inventó su propio parloteo que algunos dieron en llamar
lengua de algodón.
Los espíritus autodenominados
de derecha se han imaginado durante mucho tiempo que esta ideología estaba
teleguiada por los servicios de propaganda, de desinformación o de influencia
del comunismo. La caída del comunismo ha demostrado que no había nada de eso:
esta ideología es parte inherente y fatal de la propia democracia.
Como tal, tiene ramificaciones
infinitas en todos los dominios, pero todos emanan de un simple axioma: toda
autoridad que no haya pasado por las horcas caudinas del sufragio universal, o
que no haya sido delegada por una autoridad que haya pasado por las horcas
caudinas del sufragio universal, es ilegítima, inmoral, intolerable y debe ser
combatida por todos los medios, desde la supresión de la libertad de
pensamiento hasta el terror.
XII. Porque se
asienta sobre el vértigo del número
La democracia se funda sobre
la cantidad de los votantes y no sobre su calidad, tanto a nivel del sufragio
universal como en los diversos parlamentos. Hablando en democracia siempre,
necesariamente, por definición, la
cantidad es lo que vale. Esto me escandaliza.
En La Crisis Del Mundo Moderno, René Guénon escribía: “En el fondo
de la idea ‘democrática’ está la idea de que un individuo cualquiera vale
igual que otro porque son iguales numéricamente. Y es disparate porque nunca se
puede comparar a las personas sólo desde un punto de vista numérico”. En
La Commune del 18 de mayo de 1871, Georges Duchène se indignaba con más acidez: “La
verdad, la ley, el derecho, la justicia, dependerán de ¡cuarenta diputados que
se levantan contra veintidós que permanecen sentados!”.
No es que el número no tenga
su importancia. Si varios especialistas en alguna competencia se reúnen para
emitir su dictamen sobre una situación determinada, supongamos de tácticos antes
de una batalla o de médicos ante un enfermo, se justifica seguir el parecer de
la mayoría de los que estén de acuerdo entre ellos. Pero a partir del instante
en que no se requiere ninguna competencia, sería difícil rebatirlo a Burke. “Se
dice que veinticuatro millones deberían triunfar sobre doscientos mil. Es
correcto si la constitución de un reino fuese un problema aritmético”. Pero
no. Séneca llegó a decir que “la opinión de la multitud es indicio de lo
peor” y Gandhi dijo que “multiplicar el error no lo convierte en verdad”.
Lamartine admitía con ingenuidad que “el sufragio universal es la democracia
misma”. Y sí, ahí está el problema.
XIII. Porque se
asienta sobre el vértigo de la igualdad
En general se asocia la
democracia con las nociones de igualdad y de libertad sin tener en cuenta que la igualdad y la libertad habitualmente son
inversamente proporcionales, tal como lo subrayó Soljenitsyn en su discurso
en Lucs-sur- Boulogne. En efecto, no
se puede alcanzar igualdad absoluta sino suprimiendo enteramente toda libertad
e, inversamente, toda libertad acordada necesariamente desemboca en crecientes
desigualdades. Pero supongamos que la vocación de la democracia consiste
en conciliar estos dos ideales impidiendo que uno se desarrolle en detrimento
del otro. Esta sería una misión calificada y no les ha ido del todo mal a los
que lo han intentado como veremos más adelante.
Desgraciadamente, el caso es
raro.
Ordinariamente las
democracias no tienen respecto de la libertad más que una simpatía
estrechamente contingente. Basta con
bautizar a un adversario como “enemigo del pueblo” o “traidor social” para
que las libertades de pensar y de expresión le sean inmediatamente cercenadas.
“Ninguna libertad para los enemigos de la libertad” es el eslogan
absolutista, característico en la mentalidad democrática y que, por otra parte,
podría justificarse con el demócrata diciéndole al no-demócrata: “Si usted
no quiere aplicar mis reglas, abandone el juego y, en ese caso, lo meto preso”.
Ahora bien, ¿en qué eran enemigos los paisanos de la Vendée que querían
continuar con sus misas celebradas por sus sacerdotes no juramentados? ¿En qué
eran enemigos de la libertad los campesinos ucranianos que querían conservar
sus cosechas y sus bestias? En este caso se sabe lo que les ocurrió a unos y
otros, lo que se explica bastante bien si se reemplaza el eslogan enmascarado “Ninguna
libertad para los enemigos de la libertad” por el eslogan
desenmascarado “Ninguna libertad para los enemigos de la igualdad”.
Hoy también, en la mayor parte
de los casos, las democracias parecen favorecer sistemáticamente la igualdad,
con todas las limitaciones a la libertad individual que eso supone. El número
de leyes, decretos, edictos, reglamentos administrativos que nos ligan y que
asfixian al Estado y a la política es cada vez mayor. Y el hecho de que todo
ciudadano europeo vive ahora bajo una doble subordinación, la nacional y la
europea, multiplica las enojosas trampas con que se cercenan las libertades de
los hombres y de los ciudadanos.
Para mejor se les impone la
igualdad de un modo cada vez más despótico.
Flaubert, el reaccionario,
escribía a la socialista George Sand: “El gran sueño de la democracia es
elevar al proletario al nivel de estupidez del burgués. El sueño, en parte, se
ha cumplido”.
Es cierto que al principio la
broma se cumplió parcialmente en la democracia francesa, por ejemplo la de la
Tercera República, que tenía por cometido elevar al proletario al nivel del
burgués en lo que a prosperidad y cultura se refiere. Pero en verdad ya no es
el caso. Más bien pareciera que el fin de la democracia moderna es el rebajar al burgués al nivel del proletario,
nivelación sistemática por lo bajo, por ejemplo en todo lo que se refiere a la
educación nacional: es bajando el nivel del bachillerato que puede otorgarse a
un mayor número de candidatos, lo que no puede sino tener un efecto demagógico
positivo, aunque en lo cultural resulte negativo, sin hablar del daño que se
les causa a los propios estudiantes, sistemáticamente engañados en cuanto a su
propia competencia...
No se había equivocado
Montesquieu en El espíritu de las leyes cuando dijo que “El amor de la
democracia es el de la igualdad”.
Así es que, siendo que la
naturaleza humana se inclina más frecuentemente hacia la envidia que hacia la
generosidad, generalmente las que quieren democracia son las clases menos
favorecidas en la esperanza de atenuar las diferencias que las separan de las
clases que se tienen por superiores mientras que éstas, no teniendo nada que
perder, se esfuerzan en mantener el statu
quo. Estos conflictos, que tienen más de “quítate de allí para que pueda
ponerme yo” que de lucha de clases como quería Marx, son perfectamente
naturales e incluso, en la medida en que un Estado vigilante asegure su
regulación, tienen un saludable efecto vital ya que no se fundan sobre la
igualdad hacia donde tienden sino sobre la desigualdad de donde provienen. Por
el contrario, en cuanto se cruza cierto umbral de fecunda desigualdad, la
entropía igualitaria comienza a hacer de las suyas.
La progresiva clausura del
abanico de salarios y, bajo la presión fiscal, de los impuestos, está hecha
para seducir a la masa, pero resulta catastrófica para el arte de vivir de una
nación. Uno no puede sino regocijarse de la progresiva desaparición de una
cierta miseria, pero ¿habrá que felicitarse igualmente del empobrecimiento de
las clases adineradas que, no hace tanto, tenían los medios de
favorecer las artes, desde la ebanistería hasta la ópera?
¿No habría que inquietarse
también con la formación de un lumpenproletariat típicamente contemporáneo y
que se origina en una igualdad tan obligatoria como utópica? Tenemos
mayor cantidad de bachilleres y más iletrados; menos pobres y más huelguistas. Por
otra parte, hay abismos de distancia entre un antiguo egresado de una grande école y un universitario
recientemente diplomado. No se ve qué puede haber de saludable en semejante
evolución.
XIV.
Porque desde las “Luces” hasta las
“Antorchas” no hay más que un paso, como se
vio claramente en 1789.
No todas las democracias son
revolucionarias, no todas las revoluciones son democráticas, aun cuando
Soljenitsyn se haya animado a decir en el mismo discurso de Lucs-sur-Boulogne
que eran todas malas. Sin dudas, la Confederación Helvética es democrática,
pero eso surgió de su independencia y no de una revolución. La sedicente
revolución americana no lo era: era también la afirmación de independencia de
una nación que se sentía lista para volar con sus propias alas. Que estas dos
declaraciones de independencia no hayan sido sangrientas no excusa para nada el
sospechoso parentesco que la democracia cultiva con el síndrome revolucionario.
Quien dice “democracia” dice
“derechos del hombre”, quien dice “derechos del hombre” dice “1789”, quien dice “1789” dice “Iluminismo”.
Sí, pero quien dice “1789” dice también “1793”, “carmañola”, “guillotina”, “ahogamientos”,
“pueblicidios”, “columnas infernales”, “matrimonios republicanos”, seiscientos
mil muertos, público asesinato de Luis XVI, María Antonieta y Mme. Elizabeth,
rapto y homicidio clandestino del duque de Enghien, brevemente “antorcha”, porque el camino es corto desde la Enciclopedia hasta el Terror, desde las
luces de los sedicentes filósofos y las antorchas abundantemente provistas por
los sedicentes patriotas.
“La Revolución es una”, decía Clemenceau.
¡Oh sí! todos los regímenes
han cometido atrocidades. De San Bartolomé al suplicio de Damien, la vieja
Francia no se ha privado de ellas y la misma religión cristiana ha pecado por
el filo de la espada y las hogueras preparadas con leña resinada. Pero la
democracia convertida en la religión de los derechos del hombre brilla más y
más como culto de la tolerancia que va hacia la práctica generalizada de la
intolerancia.
Su forma moderna es el
Tribunal Penal Internacional, instituido en La Haya sin mandato de la ONU,
menos para juzgar a criminales cuanto para condenar a cualquiera que tenga el
honor de molestar a la seudo “comunidad” internacional paradójicamente
constituida por 19 Estados sobre un total de 185 miembros de las Naciones
Unidas.
XV. Porque La
Democracia Es Contra-Natura
No quiero otro testigo más que
el mismo Juan Jacobo Rousseau que escribió en La Nueva Eloísa: “Si se toma
el término con todo el rigor de su acepción, no existió nunca una verdadera
democracia, ni existirá jamás. Va contra el orden natural que la mayoría
gobierne y que la minoría sea gobernada”.
No está mal.
Basta con contemplar un motín
o una pueblada para advertir que sus jefes nunca son elegidos sino que se
imponen por la fuerza. Anticipo las objeciones: los hombres no son animales
(¡Oh! ¡Casi nunca!) y el hombre es “un ser cuya esencia
contradice el modo de existencia, un ser de naturaleza cuya esencia consiste en
contradecir la naturaleza, a dominarla en sí mismo por su voluntad y
fuera de sí mismo por la técnica” (Hubert Saget, Ontologie et
Biologie). Brevemente el rol de la democracia consiste justamente en expurgar
al hombre de entre las bestias - reino al que habitualmente pertenece - y
enseñarle a vivir ya no como manada sino como tropa.
Muy bien.
Eso no quita que, en todas las
civilizaciones, la minoría sea cual fuere la manera en que es elegida, aunque
sea democráticamente, siempre salió de entre la mayoría y siempre la ha
comandado, cosa que nunca le resultó simpática al espíritu de la
democracia-derechos-del-hombre. Por más que no le guste, la aparición de una
aristocracia -sea ésta del talento, del mérito, de la riqueza, de la herencia
real o supuesta - es un fenómeno natural; y resulta que la aristocracia es por
definición una minoría. Para impedir que funcione este fenómeno y para imponer
el gobierno de la mayoría resulta necesaria una legislación fundada sobre un
ideal abstracto, frecuentemente desmentida por la realidad de los hechos.
XVI. Por Razones
Estéticas
Es cierto que, estéticamente,
la idea de democracia, esa lúgubre planicie dónde 1=1=1=1 hasta el infinito, no
me seduce. Prefiero las estructuras más jerarquizadas, más coloreadas, más
arquitectónicas.
Por sobre todo quiero hablar
del balance estético de las democracias comparadas con otros regímenes.
Por supuesto que sé muy bien
que los más bellos templos griegos fueron construidos en un período llamado
democrático, que existe una pintura suiza no enteramente desdeñable y que se
puede considerar a los rascacielos norteamericanos como obras de arte. Pero no
puedo dejar de pensar que el arte resulta de dos cosas: por una parte es un
lujo y por otra una investigación apasionada en búsqueda de la verdad. Ahora
bien, por una parte la democracia moderna reprueba puritanamente al lujo y por
otra considera que hay en ella misma tanta verdad cuanto le hace falta a la
humanidad con la que se encuentra cómoda en el dominio de lo estético.
Véanlo en Francia, a la que el
Antiguo Régimen le legó la place Vendôme y el Nuevo, Beaubourg, el Antiguo, el
Palais-Royal, el Nuevo, las columnas de Buren; el Antiguo, el Louvre, el Nuevo,
su pirámide. Comparen la acción de los mecenas del pasado y la de los “sponsors”
privados o las administraciones públicas de hoy en día. Toda vez que el buen
gusto, para parafrasear a Descartes, es la cosa peor repartida del mundo, es la
menos democrática.
XVII. Porque La
Democracia Nunca Ha Funcionado Verdaderamente
Esta declaración puede parecer
sorprendente en nuestra época en la que habitualmente se piensa que es el único
régimen viable, pero echemos una ojeada a las grandes democracias de la
historia.
La democracia ateniense estaba
fundada sobre la esclavitud, cada ciudadano ateniense disponía en promedio de
unos cinco esclavos. Había ciertamente igualdad entre los ciudadanos, pero no
entre los habitantes ya que un sexto de la población era dueña de los otros
cinco sextos.
La república romana no fue muy
democrática. La fórmula Senatus populusque Romanus indica que Roma se concebía
como una sociedad de dos escalones, los patricios y los plebeyos, a los que hay
que agregar un tercero: los esclavos que, desde el siglo III se convirtieron en
tantos que los plebeyos fueron dispensados de trabajar.
Seguramente la democracia
suiza es la que más invita a la admiración, pero es una democracia directa,
largamente compensada por las estructuras tradicionales de la sociedad, en
particular la de sus cantones. El suizo que vota, generalmente lo hace sobre
cuestiones de su incumbencia y competencia.
La democracia inglesa pasa por
haber sido fundada sobre la Carta Magna arrancada a Juan Sin Tierra por los
barones sublevados, allá por 1215. Sus principales artículos garantizaban los
derechos de los feudos y los privilegios de las ciudades. Recién en 1679 el
habeas corpus comenzó a garantizar la libertad individual. El progresivo
debilitamiento del poder real estaba largamente compensado por una estructura
social oficialmente de dos escalones - la cámara de los lores y la de los
comunes - pero que en realidad tenía tres escalones: los lores, la gentry que muy pronto se mezcló con la
alta burguesía, y el bajo pueblo. Por su parte, la clase media se fraccionaba,
desde el punte de vista social, en tres escalones: upper middle class, middle
middle class y lower middle class, con, arriba de todo,
la upper class y, abajo de todo, las lower classes, en
plural. En tanto se mantuvo esta columna vertebral, Gran Bretaña, a pesar de
los límites de su territorio y de su población, permaneció como una nación
grande, en la que el concepto de “gentleman”,
fundado antes que nada sobre una diferencia de raza, luego de clase, luego de
cultura, aseguraba así la regulación del flujo social ascendente.
En todo eso, la monarquía
jugaba un papel simbólico esencial, aunque sin verdaderas responsabilidades
políticas. Cuando, bajo la presión de los comunes, los reyes se pusieron a
fabricar lords sin arte ni concierto,
diluyendo así la calidad en la cantidad, la sociedad inglesa comenzó a vacilar
con los resultados que ya se sabe. Y eso que la legislación británica permitió
la conservación de algunas grandes fortunas que aseguran al país un cierto
equilibrio en la continuidad.
La democracia americana fue
fundada por aristócratas como Jefferson y Hamilton y poco faltó para que
Washington fuera ungido rey;
Desde entonces varios
factores, más sociales que políticos, han jugado un papel en atenuar los
defectos de la democracia;
.- Las grandes familias: a los
americanos les parece natural que los presidentes de la República
sean parientes próximos, que un presidente reclute a su hermano como ministro
de Justicia o que otro confíe a su mujer la organización de la salud
pública;
.- Las grandes fortunas: por ejemplo, las principales
embajadas americanas son otorgadas sistemáticamente como puestos políticos a
quienes han sostenido las campañas electorales con sus finanzas;
.- Las grandes universidades de Ivy League: forman
una elite tradicional cimentada por un estilo de vida común,
convicciones comunes y, frecuentemente, de matrimonios del mismo
medio;
.- Las sociedades secretas salidas de las grandes
universidades: sus miembros comparten una buena parte del poder
político;
.- La tradición religiosa protestante, en la que
todo éxito material es percibido como una recompensa
divina;
.- El unánime respeto de la Constitución como una
institución sagrada;
.- La general aceptación de los diferentes niveles de
vida consagrando a los éxitos profesionales más o menos notables, pudiendo
llegar el salario de un patrón hasta quinientas veces el de un
empleado.
Y sin embargo, es cierto que
los Estados Unidos de América han hecho de la democracia un sistema absoluto
que pretenden imponer al mundo - cosa que proviene a la vez de una necesidad de
hegemonía natural en una gran nación, de un mesianismo heredado de los
puritanos y de la justificada convicción de que la expansión de la doctrina
democrática es buena para la apertura de nuevos mercados - aunque hay que notar
que la versión, sin mitigación de ninguna especie, que ellos destinan a la
exportación, difiere considerablemente de la versión doméstica.
Veamos ahora la historia de la
democracia francesa.
Ella fue, antes que nada, la
obra exclusiva de la burguesía. Al principio, el pueblo llamado
“pequeño” no se benefició en absoluto con ella, sirviendo de carne
de cañón a los ejércitos de la República, luego del Imperio, luego
nuevamente de la República. A fuer y a medida que las ideas sociales - que no
son necesariamente democráticas - progresaron invenciblemente, hubo que renunciar
al sufragio censatario, esa aberración de la codicia, para dar lugar al
sufragio universal, esa aberración de la inteligencia. Las fuerzas propiamente
populares hervían sordamente desde la Revolución Francesa que, desde su punto
de vista, estaba mancada, y la burguesía no se hizo mayores problemas con
aplastarlas ni bien asomaban la cabeza, como cuando la Revolución de los
Comuneros en París. Se vio bien, cuando la Segunda Guerra Mundial y la guerra
de Argelia, que Francia no estaba reconciliada consigo misma, lo que no llama
la atención cuando se piensa que es el único país del mundo que tiene una
fiesta nacional y un himno nacional que celebra la división y no la unión.
Mientras tanto, a lo largo de doscientos años se había modificado la
Constitución dieciséis veces; con las aventuras coloniales se había violado
descaradamente uno de los principios de base de la democracia, el sacrosanto “derecho de los pueblos a la
autodeterminación”; y no se había extraído de las urnas ni un solo
estadista de fuste. La democracia había confirmado a algunos, como Napoleón o
como de Gaulle, si así se los quiere considerar, pero ninguno había accedido al
poder mediante la máquina electoral que, en Francia, no sirvió más que para
destilar mediocridad cuando no supura directamente corrupción.
Lo digo abiertamente: soy
“medianamente” democrático y me presto de buena gana a deshojar la
margarita de las democracias. En Suiza tal vez lo hubiese sido apasionadamente;
en los Estados Unidos, un poco; en Francia, nunca.
XVIII... Y Porque
Ahora Ya No Puede Funcionar En Absoluto
En la belleza de su concepción
original, que no lo tengo por qué negar, la democracia, abstracción hecha de
sus resonancias populistas, igualitaristas, moralizadoras, viene en definitiva
a decir que es bueno que los miembros de un determinado grupo elijan a sus
jefes y que es bueno que sus jefes cumplan con el mandato que les es conferido,
esto es, que respeten la opinión de sus mandantes. Hasta aquí, nada que
criticar, salvo que los mandantes no necesariamente tienen razón y que los
mandantes de otro candidato a lo mejor no están equivocados.
Hemos visto las reservas que
hice respecto de la noción de opinión colectiva. Pero llegaría incluso a
reconocer que en la medida que se la considere como la suma algebraica de las
distintas opiniones individuales se puede defender no sólo su existencia sino
también su legitimidad. Aun la prensa ha jugado un papel relativamente
honorable en este asunto en la medida en que hubo órganos para predicar lo contrario
uno de otros. ¡Helás!, todo eso ha cambiado: los medios masivos de información
contemporáneos tornan no sólo ilusorio el concepto de opinión pública, sino que
ya es materia de risa. En nuestros días una cuasi-unanimidad camina
automáticamente gracias a los procedimientos de manipulación de la información,
a los cuales, según los expertos, sólo resiste un 7% de la población. Pero lo
que se llama opinión pública ya no puede ser un parecer sincero e
independiente. La inmensa mayoría del público se impregna completamente del
pensamiento único que le sirenan cotidianamente diversos órganos de información
y de desinformación (que no tienen de diverso más que los nombres y que
machacan al unísono más o menos la misma cosa).
Esto hay que verlo
bien:
.- En un régimen autoritario
debe obedecerse a la autoridad, y se puede pensar lo que se quiera;
.- En un régimen totalitario se puede, en rigor,
desobedecer la autoridad, pero resulta indispensable pensar lo que el régimen
piensa;
.- En un régimen de democracia absoluta ya no se puede
pensar sino lo que piensa la autoridad y, por consiguiente, las nociones de
obediencia o de desobediencia resultan superadas. Algo así tenía en vista
George Orwell cuando mostraba cómo su héroe amaba a su torturador.
Si la democracia es asunto de
opinión, los mass media democráticos han tornado imposible
toda veleidad democrática.
XIX. Porque De
Todas Maneras Igualmente Podemos Elegir
La propaganda actual tiende a
hacernos creer que la humanidad no tiene más elección que entre la democracia,
fuente de todos los bienes, y el totalitarismo, fuente de todos los
males.
Es falso. Se puede, desde
luego, adherir a una teoría según la cual, en el curso de la historia, todos
los pueblos han sufrido regímenes desastrosos, que por fin los Estados Unidos
de América concibieron una Constitución ideal, bajo la cual los egipcios, los
súmeros, los griegos del siglo de Pericles, los mandarines de China y los
aborígenes de Australia hubieran sido más felices, y que ahora debe imponérsela
a todas las naciones del mundo, lo quieran o no.
Se puede también mostrar más
respeto y curiosidad y notar que hay, para elegir gobiernos, otros modos que no
son democráticos. Que no se me cite a Churchill: “La democracia es el peor de
los regímenes, excepto todos los demás” . La boutade es graciosa, pero no
significa literalmente nada. No hay más que mirar la historia para ver que
otros sistemas han dado satisfacción.
La monarquía más o menos
hereditaria, por un lado opuesta a la democracia, y a la “tiranía” del otro, ha
sido el régimen más extendido en el mundo durante milenios. Era tan popular que
los mismos hebreos, a pesar del consejo de los ancianos, reclamaban un rey para
“hacer como todas las naciones” (I Samuel, VIII: 5). La importancia de la
heredad ha sido frecuentemente decisiva. En el antiguo Egipto no bastaba con
ser hijo del faraón para aspirar a reinar: hacía falta ser hijo del faraón y de
su hermana. Los Estados Unidos de América se han esforzado considerablemente
para hacerle confesar a Hiroito, el emperador 124 del Japón, que no era de raza
divina. Albert Camus, poco sospechoso de reaccionario, definía los verdaderos
monarquistas como “aquellos que concilian
el verdadero amor del pueblo con el disgusto por las formas democráticas”.
Precisemos: la monarquía
hereditaria no era un modo de elegir gobernante sino más bien un medio de
evitar tener que elegir al gobernante, la elección primera hecha de una vez
por todas, sea por medio de una elección entre partes, sea por medio
de un combate singular, sea como consecuencia de un azar atribuido a la
divinidad, y esa elección se perpetuaba por dos razones: una, sobre la base de
que se heredarían las supuestas cualidades del jefe (“buen perro de caza, pura raza, buena sangre, no puede mentir” ); la
otra procedente de una constatación elemental: la instalación de un nuevo jefe
cuesta siempre mucho esfuerzo, plata y algunas veces sangre que conviene
economizar.
Bajo la república, los romanos
elegían dos cónsules que, en caso de necesidad, cedían su lugar a un dictador
único y temporario, el que debía ser un antiguo cónsul que designaba a uno u
otro de los cónsules en actividad, luego de tirar suertes entre
ellos.
Julio César, patricio si los
hubo, se dejó llevar al poder por la plebe al precio de una guerra
civil. Después de él, el Imperio romano recurrió al sistema de adopción, esto
es, la designación del jefe por su predecesor. Este sistema funcionó más o
menos hasta el momento en que fue reemplazado por la aclamación: las legiones
nombran entonces a su general preferido creando así una inestabilidad que
finalmente llevó al Estado a su perdición.
En Polonia, la monarquía
electiva, enteramente en manos de la nobleza a tal punto que el voto
desfavorable de un solo noble podía hacer fracasar la elección, con todo ha
conocido horas de gloria.
Diversos países han vivido
bajo sistemas oligárquicos que cumplieron perfectamente su cometido: no se
sabe que la república de Venecia, ni la de Génova, se hayan quejado mucho de
haber adoptado tal sistema.
Si el del infantazgo dio
resultados deplorables en Rusia - siendo que el país se encontraba fracturado
cada vez que se moría un príncipe que quería dotar equitativamente a sus
descendientes - la feudalidad occidental, con sus articulaciones orgánicas de
señores feudales, vasallos y valvasores, puso las bases del mundo en que
vivimos.
Tanto bajo la “tiranía” como
bajo la democracia, los antiguos griegos designaban cerca de un millar de sus
magistrados echando suertes, lo que tenía el mérito de darle una chance de vez
en cuando a la competencia y a la virtud.
En todas las civilizaciones,
frecuentemente el voto ha sido una de las maneras de elegir gobernantes,
pero ordinariamente era un voto reservado a los pares, a los jefes de tribu, a
los patriarcas, a los guerreros que habían demostrado su valía. Hugo Capeto fue
elevado a los honores por señores que prácticamente eran sus pares y el
emperador del Sacro Imperio era elegido por electores hereditarios.
El Papa es elegido por un
colegio de cardenales que a su vez han sido designados por el Papa, y elegido
de entre los obispos, igualmente nombrados por el Papa. Estamos lejos del
sufragio universal.
Los dictadores que han
arrebatado el poder después de una guerra civil, o simplemente de una guerra, o
de una intriga, o de un golpe de Estado, no siempre han hecho mal trabajo,
sobre todo si se los compara con Hitler, elegido de la manera más democrática
que hay. Generalmente las clases dirigentes se reclutan por heredad o por
cooptación muchas veces matrimonial, pero sus funcionarios difieren según los
países. La aristocracia francesa originalmente estuvo ligada a la tierra, la
rusa casi exclusivamente por su servicio al Zar. Un noble portugués que ya no
tiene los medios de “vivir noblemente” pierde su nobleza.
Toda autoridad supone el
asentimiento de aquellos que la reconocen, aun si no se asienta sobre una
democracia. “Soy su jefe, debo seguirlos”,
decía un oficial francés haciéndose eco inconscientemente de Burke: “Aquellos que pretenden guiar, deben, en gran
medida, seguir. Deben conformar sus propuestas al gusto, al talento y al
carácter de aquellos sobre los que quieren mandar”. Un embajador francés se
extasiaba ante la facilidad con que Catalina la Grande se hacía obedecer. Ella rio:
“Averiguo qué tienen ganas de hacer y
luego se los ordeno”.
Si esto es verdad, no hay
autoridad que pueda ser usurpada durante mucho tiempo aunque, para que sea
legítima, los gobernantes no deben depender del capricho de sus gobernados. A
veces la democracia garantiza esto; pero también ocurre que no lo hace y, en
cualquier caso, otros regímenes lo hacen tan bien como ella.
XX. Porque
La Democracia Es Raramente Democrática
Una vez más, no
niego lo que puede haber de seductor en la idea democrática, pero no veo que la
democracia real cumpla con sus promesas. Como medio de designar gobernantes
está expuesta a todas las trampas electorales: de un lado del Atlántico se
interpreta falazmente los boletines del voto; del otro, se hace votar
redondamente a los muertos. No está lejos el tiempo en que, del otro lado del
Mediterráneo las urnas se llenaban antes de proceder a los referéndums. Incluso
cuando no se llega a tanto, el sistema de la campaña electoral subvencionada y
mediatizada falsifica todos los datos. En cuanto a las promesas electorales,
uno se pregunta cómo pueden todavía hacer impresión sobre los
electores: “Soy un hombre político y, en tanto que hombre político, tengo la
prerrogativa de mentir cada vez que me da la gana”, proclamaba
sin ambages Charles Peacock, el amigo de Bill Clinton.
Como ética, la democracia
resulta profundamente decepcionante. No soporta ninguna teoría, ninguna otra
forma de vivir que no sea la suya. Afecta tolerancia pero no se tolera más que
a si misma. Cuando, en un país como Francia, el 15% de los electores tiene una
actitud que ella reprueba, la democracia los exilia después de modificar la ley
electoral para que no puedan tener ninguna representación. Cuando, en un país
como Austria o Italia, un partido reprobado llega con métodos perfectamente
democráticos a frisar el poder, ¡hay que oír los gritos quebrantahuesos que lanza!
Con toda discreción ahoga por la libertad de pensar distinto de ella. Y cuando
necesita transgredir sus propios diktats, no lo duda. Lo atestiguan
las aventuras coloniales de Francia y de Gran Bretaña. Más recientemente, el
equipo americano en Somalía o la agresión de la NATO contra Yugoslavia prueban
que las democracias son perfectamente capaces de cometer crímenes de guerra en
nombre de los derechos del hombre.
Como sistema de gobierno, la
democracia se mofa de sí misma a cada instante. Toda manifestación en las
calles que traba la circulación, todo bloqueo de las rutas, toda huelga de
funcionarios que impide mi libre circulación son profundamente
antidemocráticas, no sólo porque atentan contra mis derechos de ciudadano, sino
porque autorizan a las minorías a molestar a la mayoría. Parecería evidente
que, en una democracia digna de ese nombre, cada uno debería tener los medios
de expresarse sin embromar a su vecino.
Que se le agregue a eso las
distintas jugarretas de las que se valen los parlamentos para no consultar a la
nación sobre cuestiones mayores (como la resignación de la soberanía, o de los
valores morales tradicionales, o las agresiones armadas sin declaración de
guerra, o los castigos a aplicarles a los violadores o asesinos de niños) y se
verá que la democracia en acto no es, frecuentemente, más que un simulacro de
democracia.
XXI. Lo Que Podría
Convertirme En Un Poco Más Demócrata.
Recapitulemos. Soy
medianamente democrático porque se machaca un poco demasiado insistentemente
con el ideal democrático, pero no estoy convencido de la infalible excelencia
de los métodos democráticos para la elección de gobernantes; porque no me
parece verosímil que el mismo sistema tenga las mismas virtudes en cualquier
tiempo y lugar; porque me preocupa la suerte de las minorías que las mayorías
tienden a aplastar; porque la palabra misma “democracia” no me parece tener un
sentido muy claro; porque, en nuestros días, las calidades de la democracia se
declaman más que se demuestran; porque la democracia, tal como se practica en
nuestra época, tiene todas las fallas de las religiones más oscurantistas y
ninguna de sus virtudes; porque la democracia se funda sobre una confusión
entre el bien público y los caprichos del público; porque ineluctablemente conduce
a diversas formas de totalitarismo; porque prefiere el principio de la cantidad
por sobre el principio de la calidad; porque predicando la igualdad es
necesariamente entrópica; porque buscando imponer utopías recurre con mucho
gusto al terror; porque no es una forma de vida conforme a la naturaleza;
porque la encuentro deletérea en términos de cultura y de civilización; porque
no funciona sino a condición de que sea abundantemente regada con principios
antidemocráticos; porque los mass media
actuales impiden que los ciudadanos de todo tipo tengan un juicio
independiente; porque es falso pretender que no hay alternativa a la
democracia; porque la democracia tiende a renegar de sí misma
cada vez que tiene oportunidad.
Anticipo la pregunta que no
faltará: “¿Qué propone usted como alternativa?”
Contestar no es el tema de
este opúsculo. Por otra parte, ya he dicho cuáles son los regímenes que gozan
de mi simpatía. Aquí creo haber demostrado bastante bien que la
humanidad muchas veces encontró medios de gobernarse que en ningún
sentido eran democráticos y que sin embargo han fundado grandes civilizaciones.
Por lo demás no conozco ningún negocio industrial o comercial que se gobierne
democráticamente. Jamás he oído decir que un director de orquesta consulta con
el timbalista o siquiera con el primer violinista acerca de la interpretación
de una sinfonía, ni un jefe de cocina plegarse a la opinión mayoritaria de sus
ayudantes - y menos aún de la de sus dientes - sobre el modo de preparar una
salsa. Y no veo tampoco por qué el destino mismo de nuestras comunidades, es
decir, la nuestra, debería regirse por métodos que han demostrado en otras
partes ser perfectamente ineptos.
También estoy en contra de la
tendencia contemporánea a creer que uno debe ser demócrata si es cristiano, so
pretexto de que los principios cristianos y los principios demócratas se
confirman sobre algunos puntos. Por supuesto, coinciden en el respeto debido al
hombre, pero de ningún modo sobre la estructura ideal de la sociedad. Créanme:
si el buen Dios hubiese sido demócrata, nos lo habría hecho saber.
Por mi parte, estoy dispuesto
a convertirme en demócrata si se adopta estrictamente el sistema de Henry Ford,
quien escribe en su autobiografía: “Soy partidario de la Democracia que le
da a todos las mismas chances de triunfar” (hasta aquí todo el
mundo de acuerdo) “según la capacidad de cada cual”. Y es ahí donde
todas las verdaderas democracias modernas reviran porque, sin decirlo
abiertamente, lo que no aceptan es que no todos tienen la misma capacidad y
tienen razón: aceptar eso es meter el dedo en el engranaje de la jerarquía. En
cuanto a aceptar que éxitos diferentes vienen a coronar capacidades diferentes
es, peor todavía, reconocer que le compete a los “mejores” caminar al
frente.
Pero Henry Ford va más lejos:
“Estoy en contra - sigue impávido - de aquella que pretende
conferirle al número la autoridad que le corresponde al mérito”.
¡El mérito opuesto al número!
¡La autoridad sancionando al mérito! Me parece, mister Ford, que allí no está
hablando usted de democracia. ¿No sería más bien una definición de aristocracia
la que nos está dando?
La dificultad, en nuestro
sistema, consistirá, por supuesto, en reconocer el mérito al que la autoridad
le será conferida. En los negocios, en el comercio, se puede medir con cierta
facilidad en base a la ganancia. El mundo de la política es más
complejo.
Pero, francamente, estoy cada
vez más seguro que no es la urna.