EL CAUDILLO DE GRAN
CORAZÓN
Por Augusto Mijares
(De Lo
Afirmativo Venezolano. Año 1963)
EL GENERAL PÁEZ ejerció sobre muchos de sus contemporáneos una especie de fascinación, de la cual no se libró el propio Bolívar. Aun después de La Cosiata, en 1829, El Libertador escribía a Briceño Méndez: “Mis deseos con respecto a mis parientes y amigos de Venezuela han sido y son marchar muy en armonía y enteramente de acuerdo en todo con el General Páez, sea cual fuere la circunstancia…”, y en otra carta apoya aquella consigna en este argumento tan peligroso para un político: “Más vale estar con él que conmigo, porque yo tengo enemigos y Páez goza de la opinión popular”.
Así mismo, casi todos los extranjeros que entonces y después pasaron por Venezuela, se muestran admiradores del caudillo llanero, y algunos con testimonios tan sorprendentes como el que citaré más adelante.
En la conciencia popular no es menos evidente ese deslumbramiento, y a pesar de que Páez figuró en primer término en la larga lucha entre liberales y conservadores y que de acuerdo con estos fue soterrado y casi envilecido por sus triunfantes adversarios, la posteridad se niega a recordar de Páez las fechas aciagas (el 26 +35 = 61 de Juan Vicente González) y lo sigue con simpatía, en largo cortejo, como lo hicieron sus soldados cuando vivía.
Pero lo más curioso es que los propios historiadores ceden a esos mismos sentimientos, y precisamente este es mi caso. Obligado por el análisis de nuestro caudillismo a tratar severamente a Páez, confieso que desde el mismo momento comencé a sentir necesidad de hacer elogio.
Sin embargo, con ello no sigo solamente un impulso sentimental: si Páez por algunas circunstancias inicia en Venezuela algunos de los más graves vicios del caudillismo y no puede elogiarse la avidez con que se aferró al mando hasta la triste dictadura del 61, también debe decirse con estricta imparcialidad que si todos los caudillos hubieran sido como él nos habrían evitado muchos sufrimientos y muchas ignominias. Después de él es cuando nuestra vida política comienza a ser invadida por esos arbitristas sin escrúpulo, para los cuales “La Constitución sirve para todo”, se multiplican los favoritos de ínfima calidad moral, se exige dinero como salario de lealtad, la solidaridad política se convierte en servilismo, no se respeta en el adversario (y a veces en el amigo) ni la propiedad ni la honra, ni la vida. Tal fue la historia de Venezuela durante casi todo el siglo pasado. Justo es decirlo que con gobernantes como Páez un hubiera sido así.
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El primer rasgo admirable de ese caudillo es que habiendo alcanzado
poder indiscutible cuando todavía su mente y su corazón no habían recibido
cultura alguna, se adiestra sin embargo en la difícil disciplina de
respetar las opiniones ajenas y se rodea de hombres de auténtico valor moral
e intelectual que, si no hubiera sido por el gran corazón de este guerrero,
le habrían inspirado naturalmente desconfianza, envidia o rencor. Cuando
llega al máximo sitial de la República podía alardear de que solo a su lanza
debía aquel vertiginoso encumbramiento; pero supo comprender, por el
contrario, que no valdría su lanza para estabilizar moralmente y perfeccionar
esa supremacía y meterla en la historia. Evoquemos esta difícil transición: el caudillo ha llegado al mando discrecional y advierte que en poder efectivo ninguno de sus compatriotas logra igualarlo; siente además que en justicia le corresponde esa posición por las penalidades y peligros que ha afrontado: sin embargo se le indica que hay cosas que debe hacer y otras muchas que no debe hacer; ha sido glorificado durante largos años de guerra porque todas las dificultades las podía resolver con su fuerza y su arrojo: ahora se le exige que en los problemas de su gobierno use únicamente la prudencia y la meditación, y el dificultoso deliberar con los estadistas que le rodean y el respeto a las leyes y a la opinión pública. Todo esto supone una adaptación psicológica tan difícil y delicada, que solo una prodigiosa intuición moral es capaz de explicarla. Tuvo una prodigiosa intuición moral: sí, ese es el elogio fundamental que merece Páez. Se sometió a ella, como político, con tanto valor, que no desmerece del que había demostrado en las batallas. Es la grandeza que sentimos en él; por eso su recuerdo mereció elevarse por encima de las luchas partidistas; por eso es por lo que no podemos negarle amor y respeto. Bien sabido es que la libertad de prensa llegó a tal desenfreno en aquella época, que uno de los periodicuchos que querían granjear popularidad a expensas precisamente de Soublette y de Páez que mantenían aquella libertad, llegó a llamarlos “los malvados más insignes que ha producido la tierra; ladrones descarnados, viejos impúdicos, cargados de años y de crímenes”. Y Gil Fortoul nos recuerda que en la Gaceta Oficial quiso hacer frente a esa avalancha de cieno, pero anteponiendo ella misma esta consigna: que “hasta los excesos de la prensa deben ser acatados, porque ella es de ordinario el órgano genuino de la oposición”. A Soublette le sería relativamente fácil soportar aquellos excesos: habituado, por la índole de su pensamiento, a ver las cosas actuales dentro de una perspectiva histórica, sabía que aquellas calumnias serian ampliamente rectificadas y que las generaciones venideras convertirían en elogios esos dicterios. Hasta llegamos a suponer que con malicioso señorío emplazaba calladamente a sus adversarios para esa comparecencia ante el juicio de la historia, seguro de que las intemperancias que ahora podían mortificarlo se convertirían en testimonio de sus virtudes republicanas. Pero que Páez, Aquel Ayax indómito que cuando se aproximaba a la batalla sufría un acceso de frenesí semejante a los ataque epilépticos, aprendiera a dominar tales ímpetus frente a sus enemigos políticos, eso merece llamarse un gran corazón. Y este comedimiento tenía que ser sacrificio de todos los días. Innumerables ejemplos lo atestiguan. Cuando todavía era el guerrero cerril, se violentó contra los regidores del cabildo de Puerto Cabello y les ofreció “patadas”, con otras “expresiones indecorosas” que los agraviados citaron textualmente en juicio público: también públicamente Páez se retractó de lo que había dicho y se excusó de sus violencias verbales. En otra ocasión se presentó de uniforme militar a una reunión entre criadores de ganado en la cual a él le correspondía solamente ese papel, de ganadero: uno de los interesados le advirtió que “no se iba a pelear”, ni se trataba de ninguna ceremonia oficial, que hubiera podido ir con otro traje; y Páez aceptó la dolorosa lección. A don Santos Michelena, que era Ministro de Hacienda, le pidió cierta vez un anticipo sobre sus sueldos de Presidente de la Republica; don Santos le contestó que esperara algunos días para facilitarle ese dinero de sus propios fondos porque del Tesoro Público no estaba autorizado para prestarlo. Otra dura reprimenda. Uno de los actos brutales con que Páez se desprestigió en Caracas en su época de rudo desenfreno fue que, estando prohibidos los juegos de azar, el propio caudillo concurría ostentosamente a un garito y cierta vez le mandó a decir, desafiante, al Intendente Escalona que viniera él mismo a clausurarlo. Pero más tarde, como autoridad suprema y en otro acto simétricamente contrario, se le presentó ocasión de probar cuanto había progresado guiado por esa valerosa intuición moral de que hemos hablado: sucedió que se había organizado una “coleada de novillos” en la cual Páez pensaba, con gran entusiasmo, participar; pero no habían solicitado el permiso de la Municipalidad y llegado el momento los Alcaldes prohibieron el festejo: Páez se sometió. Aunque alguno de los muchos rasgos de la misma índole que se le atribuyen fueran solamente leyendas, no perderían nada de su significado. Demostrarían, con más sabor psicológico quizás, que a Páez lo enorgullecía pasar por un magistrado respetuoso: a un Rosas, a un Melgarejo, a un Cipriano Castro, les hubiera ofendido y no halagado, que se contase de ellos algún rasgo parecido de sumisión a las leyes o de acatamiento a personas de superior valor moral o social. Otro caso, rigurosamente documentado: en 1839 don Juan Manuel de Cagigal, fundador de la Academia de Matemáticas y profesor de la misma, disgustó a Páez, según parece por un artículo de aquel en la prensa. Como la Academia, aunque incorporada a la Universidad, tenía carácter militar y Cagigal era Comandante, se creyó posible destituirlo de su cátedra, en parte de acuerdo con el rigor de las Ordenanzas militares de aquel tiempo en todas las naciones; pero las Autoridades Universitarias no aceptaron la decisión del Ejecutivo y le pidieron que la reconsiderase porque Cagigal (sostenían) a pesar de su grado no había perdido su carácter universitario, y porque en un cargo provisto por el Congreso no podía ser sustituido por disposición del Presidente de la República. Páez acató esa argumentación, y en el Diario oficial se publicó la resolución del Ejecutivo que anulaba la precipitada destitución. Pero lo verdaderamente digno de elogio es que Páez no guardó rencor a Cagigal, y cuando este comenzó a enfermar fue el Presidente Páez quien lo nombró en un cargo diplomático en Europa para que intentara recuperarse. El hecho de que Páez se rodeara de hombres eminentes se ha indicado varias veces, pero cabe todavía reforzar la importancia de esta particularidad, señalando en primer término que es casi el único ejemplo que encontramos en el siglo pasado. Todos los otros caudillos ponen especial cuidado no solo en anular a los hombres que frente a ellos pudieran disputarle algún día el poder, sino a sus propios colaboradores: es una especie de mezquindad invencible, de recelosa envidia, que los condena a sabotear su propio gobierno, a cortarse toda posibilidad de hacer obra en grande. Incluso fueron frecuentes los que parecían no tener otra norma política que esta de deshonrar con las complicidades más escandalosas o mantener en mortal pasividad a cuantos hombres llamaban a su lado, al mismo tiempo que con implacables persecuciones anulaban a sus posibles adversarios. La nación se convertiría así en un yermo espiritual; la vida pública en una cautelosa clausura, donde (sin ser paradoja) lo único permitido era adular y robar. Solo así se explica que con ser tan insignificantes y viles aquellos “jefes únicos”, casi siempre lograban que fuera más despreciable aun el séquito que los acompañaba y que con ellos pasaría a la posteridad. Muchas veces se ha dicho que en aquellos años iniciales de la República (1830-1846) surgieron estadistas de primera categoría que después no vuelven a aparecer; pero siempre se ha interpretado esto con sentido pesimista, atribuyendo al propio país una especie de extenuación (o de corrupción unánime) de la cual es solo un síntoma aquella falta de grandes políticos. Más justo y verdadero nos parece considerar, que después del 46, la terrible presión de ese unipersonalismo medroso y cruel anuló (tanto en la oposición como en el gobierno) la emulación constructiva, y el esperanzado estudio de los problemas comunes, que forman el ambiente indispensable para que haya verdadera vida pública y surjan políticos de personalidad. Durante aquella época del predominio paecista se discute apasionadamente sobre relaciones exteriores, patronato, federación o centralismo, religión de estado, educación, bancos, caminos, créditos, arbitrios rentísticos, desarrollo de la agricultura, leyes como la del 10 de abril de 1834 de amplia trascendencia social y hasta filosófica, castigo o amnistía para los revolucionarios y conspiradores, inmigración y colonización, el juicio por jurados, la esclavitud, los principios constitucionales, atribuciones de las diferentes autoridades, autonomía de las provincias, elaboración de las leyes, etc., etc. Bien se puede decir que no hubo cuestión de interés común que no estuviera diariamente puesta a deliberación en los Congresos y en la Prensa. Muchas veces se dio el caso de que estas discusiones dividieran en bandos opuestos a los propios colaboradores del Gobierno o establecieran radical separación entre el criterio del Congreso y el Ejecutivo, y siempre se resolvieron estas crisis bajo normas institucionales equiparables a las más adelantadas entonces en cualquier país. Este es un punto clave para comparar el espíritu público de Páez con el de sus sucesores: muy bien hubiera podido considerar él, como estos, que tantas controversias perturbaban “su Gobierno”, con el sentido de propiedad y de suspicacia que tenía este juicio para los otros caudillos. Como un mérito Como un mérito realmente excepcional debemos, pues, abonarle a Páez el haber aceptado la incomodidad y los riesgos de aquella situación. En eso consiste el respeto a las Leyes y a la opinión pública que le hemos atribuido, aunque ocasionalmente se le puedan enrostrar faltas contra la una o contra la otra, como nosotros mismos se lo hemos reprochado. E insisto una vez más en que no solo esto representa un elemento subjetivo del caudillo llanero que merece admiración, sino que, con más importancia histórica, lo debemos ver como la causa de que en aquella época surgieran pensadores y estadistas que después no vuelven a aflorar en la vida política del país. El ancho pecho con que Páez enfrentó las lanzas enemigas tuvo en su espíritu de hombre público un adecuado equivalente de bien entendido orgullo y de valor moral, que lo salvó de degradarse a ser el verdugo de sus propios compatriotas. Tal sería, pensamos, la característica psicológica más elocuente y más justa que pudiera destacarse en una biografía de este héroe. Exteriormente, para su juicio como figura histórica, podemos decir que la supremacía con que se destaca en nuestro pasado y que en cierta manera agrupa a su alrededor a todas las figuras valiosas de su época (tanto las de sus colaboradores como las de sus adversarios) no tiene por qué rectificarse. Soublette, Vargas, Toro, Cagigal, Michelena, Juan Vicente González, Lander, Rendón, Guzmán y tantos otros, tienen personalidad propia, pero también deben mucho al caudillo que aceptó el duro aprendizaje del respeto, y sin soberbia ni timidez, alternó dignamente con ellos en la reorganización de la República. Y ahora, para colocar al personaje viviente al final de estas páginas que enjuician la personalidad moral de Páez, una opinión sobre su prestancia física. Es del escritor francés P.D. Martín-Maillefer, el cual llegó a Venezuela en 1825 y, como notas a su poema “Los novios de Caracas”, nos dejó certeras observaciones acerca de los personajes que le tocó ver de cerca. Desde luego, no le complace mucho el cortejo que sigue a Páez cuando lo observa por primera vez: “…nube de salvajes llaneros- escribe- especie de centauros, nacidos del limo del Orinoco, para quienes una ciudad es cosa nueva, y que miran con desprecio ese pueblo bípedo de artesanos y mercachifles”. Pero al día siguiente fija su atención en el caudillo, y apunta: “A la cabeza de su Estado Mayor, se dirigió Páez a la Catedral. Era otro hombre: las botas de montar, el uniforme soberbio, resplandeciente de condecoraciones, el penacho ondeante sobre su sombrero galoneado, le daban el aspecto de un mariscal de Francia. Marchaba gallardamente diez pasos delante de su comitiva. Nunca he visto figura militar más hermosa”. Martín Maifeller había visto de cerca a varios Mariscales de Napoleón, y también a jefes militares de excepcional gallardía como La Fayette, a quien menciona con agradecimiento. Es, pues, realmente sorprendente esa supremacía que le concede a Páez. Pero en otro sentido, podríamos magnificarla más aún. Porque pocos Mariscales de Napoleón hubieran podido lograr, como lo consiguió Páez, convertirse en magistrados de una República y conservar en la vida civil los rasgos de equilibrio, elevación espiritual y perspicacia política que alcanzó el llanero venezolano. |










