COORDENADAS PARA
NUESTRA HISTORIA
Por Augusto Mijares
(Tomado de Lo Afirmativo Venezolano, 1963)
UN TRABAJO QUE podría absorber durante largo tiempo los esfuerzo; de un equipo de jóvenes historiadores, pero que permitiría establecer en forma fundamental líneas de interpretación para nuestra evolución histórica, sería la de estudiar la emancipación americana como un cuerpo de doctrina que tiene estas tres características: 1° una larga preparación ideológica, que es nuestra emancipación de fondo, muy anterior a la separación material de la metrópoli; 2° una amplia raigambre colectiva, que es un mentís al concepto simplista de que la Independencia hispanoamericana fue una improvisación personalista, una hazaña caudillesca, una mera aventura afortunada; “que dentro de aquel cuerpo de doctrina existe una estrecha correlación entre la finalidad que se perseguía (que era la organización de una nueva sociedad, y no la simple secesión de España) y los medios mediante los cuales se lograría esa transformación. Este estudio sistemático nos daría el verdadero sentido de la vida colonial y de la empresa emancipadora; y si agregáramos, como interpretación de la República, una investigación sincera sobre lo que sobrevivió de aquellos ideales —en doctrina democrática, en apego a las formas institucionales, en educación, etc.—, y lo que de ellos se transformó provechosamente, se desnaturalizó o se perdió, habríamos dado un paso decisivo para alejar nuestra historia de lo anecdótico y fijar las coordenadas dentro de las cuales deben valorizarse debidamente sus personajes y acontecimientos.
Pero para exponer en pocas páginas un tema tan vasto, tendré que
referirme exclusivamente a los elementos con que contamos en Venezuela ira
desarrollarlo, y, aún dentro de esa limitación, mis planteamientos han de ser
tan sucintos que, para comprenderlos debidamente, el lector tendrá que
desmenuzarlos según sus conocimientos, a medida que los señalo, puesto le si yo
mismo quisiera exponerlos debidamente necesitaría los muchos volúmenes que pido
a ese equipo de trabajadores.
Desde mediados del siglo XVIII aparece en Venezuela, claramente expresado el propósito de la Independencia. Durante la sublevación comienza en 1749 y que se llamó de Juan Francisco de León o de Panaquire, aunque en realidad fue de toda la Provincia y con participación de todas las clases sociales, el hijo de aquel caudillo escribía a uno de sus partidarios: “Pues ya ve Vuestra Merced que nos toca de obligación el defender nuestra patria, porque si no la defendemos seremos esclavos de todos ellos”. En sus declaraciones durante el proceso posterior, uno de los reos descubre “que ni León ni él tenían la culpa de este levantamiento, que quien era la causa son las muchas cartas que los más de los días rezebia el dicho León de Caracas, y que estas selas dava a leer a el paraque las oyeran todos los demás a fin de enterarlos en el estado que estaba su dependencia”. Y esta misma amplitud del movimiento la señala uno de los jueces al afirmar que aquellos acontecimientos habían dejado a toda la Provincia “alborotada y libertosa”, sabrosa frase que dentro de la sequedad curialesca parece un fragmento de proclama. Por su parte, una de las más altas autoridades de la Provincia, el Intendente Abalos, informaba sin ambages a la Metrópoli: “El nombre del Rey, el de sus Ministros y todos los españoles se oye por estos Patricios con el mayor tedio, aversión y desafecto... El encono y tono doloroso con que se lamentan se hace mayor cada día, y si S.M. no les concede o dilata el libre comercio sobre que suspiran no puede contar con la fidelidad de estos vasallos, pues a cualquiera insinuación y auxilio que les amaguen los enemigos de la Corona prestarán pronto sus oídos y corazones y será imposible o muy difícil el remedio... No es este un vaticinio vano, sino pronóstico de un conocimiento inmediato de la tierra...”.
¿Se necesitan más pruebas para dejar establecido que aquel movimiento, a mediados del siglo XVIII era ya, en lo espiritual, el primer episodio de la declaración de independencia que vendría sesenta años más tarde?
Algunos de nuestros críticos de la historia han restado importancia política a aquellas manifestaciones de la nacionalidad ocurridas durante la sublevación de De León, haciendo resaltar el hecho de que fueron causas económicas las que desataron el descontento de la Provincia, y hasta han tratado de hacer valer, con cierto menosprecio, que el apego de los criollos al contrabando movía en gran parte sus ánimos. Esa concordancia de muchos motivos de diferente índole es inevitable en cualquier acción humana, y más en las colectivas; pero en el punto concreto de la emancipación, recuérdese que también entre los severos anglosajones del Norte —que tan a menudo una pseudo-sociología simplista opone, con sentido pesimista, a lo nuestro— también entre ellos, digo, se presentaría análoga intervención de las causas económicas; que Inglaterra había impuesto trabas a su comercio no menos opresoras que las arbitradas por España para nosotros y que también ellos ocurrieron al contrabando para superarlas, y consideraron “detestable” la posibilidad de suprimirlo. “Los coloniales —escribe Maurois (1) — no tenían el menor escrúpulo en dedicarse al contrabando, pues consideraban las Actas los funcionarios ingleses encargados del control, o se dejaban sobornar, o permanecían en Inglaterra, cobrando sus sueldos sin ocupar jamás el cargo”.
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(1) El Profesor Mijares se refiere a André Maurois (1885-1967), Novelista y Ensayista francés NOTA EXTEMPORÁNEA
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Pero no me privaré tampoco de la satisfacción de comentar todo lo que tiene de novedoso y limpio la exhortación del hijo de De León, que he citado: “Pues ya ve Vuestra Merced que tenemos de obligación el defender nuestra patria. . .”. Sin exageración podemos decir que, a mediados del siglo XVIII, quizás en ningún otro episodio de la historia universal encontramos una invocación a la Patria tan categórica. Recordemos que para entonces los sentimientos de nacionalidad estaban- todavía en formación: los que después se llamarían "ciudadanos" y “compatriotas”, se llamaban entonces simplemente “súbditos” de tal o cual soberano; para mover a los pueblos se invocaba su condición de “leales vasallos”, y ni siquiera los viejos gentilicios —ingleses, españoles, franceses— tenían fuerza de aglutinamiento moral, menos aún el concepto abstracto de Patria. Y es un joven campesino venezolano, casi iletrado, pero movido por quién sabe cuáles imponderables influencias de ambiente, el que por primera vez hace sonar la virgen campana que pide para la Patria —sin personificación de soberano alguno— lo más hermoso que puede dar el hombre: la obligación.
Después de la insurrección de Juan Francisco De León —detrás de la cual hay, además, cincuenta años de lucha cívica de nuestros Cabildos— encontramos como primer brote vigoroso de nuestra nacionalidad en formación el caso de Miranda. No intentaré, desde luego, tratar aquí los múltiples aspectos que tiene el apostolado del Precursor, primer americano que logra hacer oír la voz de estos pueblos en Europa y que, plantando por otra parte sus discípulos en todo el continente, asegura para siempre la conciencia de su solidaridad. Pero sí me referiré a una peculiaridad de aquel apostolado que no ha sido bastante valorizada, y que se une estrechamente al orden de ideas que vengo persiguiendo. Es que, cuando Miranda comienza a pensar en la emancipación del continente, lo primero que tiene en mente es la subsiguiente organización del mundo que desea ver libre. Y por eso sus prolongados viajes por toda Europa, no son sólo en busca de recursos para venir a combatir en el Nuevo Mundo —en su Colombia— sino de afanoso estudio sobre cuántos problemas han de presentársenos, políticos, morales, administrativos o legales. En su Archivo consta cómo se ocupa en cada país en estudiar la historia, el sistema de gobierno, las leyes, las costumbres, el arte, los progresos de la educación popular, Universidades y bibliotecas, la organización penitenciaria, puertos, minas, ejércitos, fortificaciones, sistemas de regadío, etc.
Quiero con estas observaciones destacar cómo encontramos siempre alrededor de la idea de independencia, un propósito de progreso social, de perfeccionamiento ulterior de nuestra América, que es lo que he llamado la doctrina de la emancipación.
Bien puedo, pues, fiel a esa línea de exposición, saltar de lo más grande y aparente, a inquirir también en lo colectivo y cotidiano cómo se formaba dentro de la propia Provincia la conciencia nacional. Y no me parece pedante darle ese alcance a algunos hechos culturales, al parecer de exiguo ambiente, pero que tienen como característica común indicarnos la emancipación de lo hispanoamericano, que quiero destacar.
Uno de esos hechos es que la Escuela de Música de Caracas —que daría después tantas obras valiosas, algunas de categoría mundial— fue fundada, no por iniciativa de la Metrópoli, ni siquiera con su ayuda, sino por esfuerzos de los propios criollos: el Padre Don Pedro Sojo, nos cuenta Gil Fortoul, “trajo de Roma un Archivo de Música clásica, textos de enseñanza y los primeros instrumentos de viento, aumentados después con otros que le envió el Emperador de Austria en agradecimiento a la buena acogida que dispensara Sojo a unos naturalistas austríacos”. Socialmente, la Escuela tuvo además dos resultados tan felices como imprevistos: ampliar la vida exterior de nuestro murado mantuanismo, y a la vez, como lo observó Humboldt, aproximarlo al pueblo, con el cual convivió sin reparos en aquel común afán de deleite artístico y de superación.
La misma característica de esfuerzo autónomo que tiene la fundación de la Escuela de Música, lo encontramos en la renovación que entonces se intentaba en la Universidad de Caracas. Debióse casi exclusivamente al Padre Baltasar Marrero, como lo reconoció en 1827 el Claustro universitario presidido por Vargas, al calificarlo “ilustre fundador de la clase de filosofía moderna en Venezuela”. Ahora bien, el Padre Marrero adquirió todos sus conocimientos en la propia Provincia, y con más precisión, como lo señala el Dr. Caracciolo Parra León, “formó todo su saber y desarrolló todas sus inclinaciones dentro de la ciudad de Caracas, de donde jamás salió sino accidentalmente y para el interior de la Provincia. . .”.
Dato simétrico, en lo social, a esa renovación de nuestra alta cultura lo encontramos en la petición que un grupo de pardos introdujo ante el Ayuntamiento de Caracas, para que se les permitiera fundar, con sus recursos, una Escuela de Primeras Letras destinada a las clases más humildes. En la tramitación a que dio lugar esta iniciativa se tocaron puntos tan avanzados como el de la obligatoriedad escolar, el carácter que debía tener la enseñanza, la necesidad de formar maestros, y, en este último punto, se propone que también pudiera escogerse entre los egresados de la Escuela a su futuro personal docente (2).
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(2) Es un dato que tomo de una tesis
inédita de la doctora Leonor Botifoll.
NOTA DEL AUTOR
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Por doquier se manifestaba una sociedad pujante, que tanto en lo cultural como en lo político tenía ambiciones nuevas y arbitraba numerosos recursos para realizarlas.
En el solo año de 1794 llegaron a Caracas 80 cajas de libros: 71 de España y 9 del extranjero, según dato de Arístides Rojas. Parece que esas cifras pudieran hacernos sonreír, acostumbrados como estamos hoy a devorar montañas de papel impreso; pero advirtamos que algunos años antes, en Norte América, se consideró algo excepcional la biblioteca fundada por Franklin en Filadelfia, y uno de sus biógrafos advierte que “de 45 obras que los Directores recomendaron en 1731, nueve fueron científicas, ocho históricas, ocho morales y políticas, seis de derecho y filosofía, tres», de lengua inglesa, dos de geografía, cinco de artes útiles y oficios diversos, dos diccionarios y dos clásicos: Homero y Virgilio, traducidos al inglés. No había novelas, ni dramas, ni libros de poesía, ni teología contemporánea”.
En Venezuela algunos conocimientos literarios ligados a la política estaban tan difundidos que habiendo traducido Bello —a la sazón bastante joven— la tragedia Zulima de Voltaire, cuando le reprochó Bolívar haber escogido obra de tan escaso mérito, a su juicio, Bello le contestó que las otras tragedias de Voltaire habían sido ya vertidas al castellano; lo cual prueba que en Caracas se conocía toda la obra del apasionante —y prohibido— escritor francés.
Que no exagero al agrupar estos hechos como indicios de la formación que en los más variados aspectos iba adquiriendo el carácter nacional, lo prueba la observación de conjunto que para la misma época hizo Humboldt al visitarnos: “Las comunicaciones múltiples —escribió— con la Europa comerciante, y ese mar de las Antillas que he descrito antes como un Mediterráneo con muchas bocas, han influido poderosamente sobre el progreso de la sociedad en la isla de Cuba y en las bellas Provincias de Venezuela. En ninguna parte de América la sociedad ha tomado una fisonomía más europea”.
Parece que el sabio alemán se lamentaba después de no haber adivinado los indicios de nuestra independencia en ese ambiente: “Durante mi permanencia en América —confesaba a O’Leary— jamás encontré descontento; pero sí observé que si no existía grande amor hacia España, había por lo menos conformidad con el régimen establecido. Más tarde, al comenzar la lucha, fue cuando comprendí que me habían ocultado la verdad y que en lugar de amor existían odios profundos e inveterados que estallaron en medio de un torbellino de represalias y de venganzas”. A esto podría observársele que no se trataba de odios, ni siquiera de verdadero descontento. Los odios vinieron después, como sucede en todas las guerras, y por infortunadas circunstancias fortuitas. En la Venezuela pre-revolucionaria no había sino esa plenitud, ese deseo de superación que Humboldt llama europeísmo; y debía conducir a la independencia porque ésta era su natural culminación, no para satisfacer rencores, que repito, nacieron en el curso de la lucha por causas relativamente superficiales.
Por eso es más completa y halagüeña que la de Humboldt, la observación que en 1808 hizo otro extranjero, el capitán inglés Beaver, Comandante del buque de Guerra “Acasta”, a quien habían encargado de explorar el estado de la opinión pública en Venezuela: “Creo poder aventurarme a decir —informó— que son (los criollos) leales en extremo y apasionadamente adictos a la rama española de la casa de Borbón; y que mientras haya alguna probabilidad de la vuelta de Fernando VII a Madrid, permanecerán unidos a su Madre Patria. Pero si aquello no sucediese pronto, creo poder afirmar, con igual certidumbre, que se declararán independientes por sí mismos. .. Estos habitantes no son de ningún modo aquella raza indolente y degenerada que encontramos en la misma latitud de Oriente: antes parecen tener todo el vigor intelectual y energía de carácter que se han considerado generalmente como distintivos de los habitantes de regiones más septentrionales”.
Por otra parte, pruebas evidentes de que aquel desarrollo nacional se dirigía decididamente a la acción política no faltaban. Pocos años antes de la llegada de Humboldt habían aflorado varias sediciones, y en la más importante de ellas —la de Gual y España— se fijaban en las “Ordenanzas”, que debían regirla, principios tan audaces como éstos: “restituir al Pueblo Americano su libertad...”, queda, desde luego, abolida la esclavitud como “contraria a la humanidad” ... “se declara la igualdad natural entre todos los habitantes de las Provincias y Distritos, y se encarga que entre Blancos, Indios, Pardos y Morenos, reine la mayor armonía, mirándose como hermanos en Jesucristo, iguales por Dios”; y la propia enseña nacional que se proponía —blanca, azul, amarilla y encarnada— sería el símbolo de esa igualdad racial y de clases, así como de los cuatro derechos fundamentales del hombre: igualdad, libertad, propiedad y seguridad.
Valiosas investigaciones de Doña Dolores Bonet de Sotillo y de Don Pedro Grases, y el admirable estudio de Don Casto Fulgencio López sobre “Juan Picornell y la Conspiración de Gual y España”, prueban la influencia de los liberales españoles en aquella conjuración, a través de los presos que mandó a la América el Gobierno metropolitano a consecuencia de la llamada “Conspiración de San Blas”. Pero la preparación revolucionaria anterior a esa influencia se puede advertir por este solo dato: Picornell fue desembarcado en La Guaira, preso, en diciembre de 1796, y siete meses más tarde la conspiración, completa en todos sus pormenores y doctrina, salía a la luz pública. ¿Cómo hubiera podido un preso político, “abovedado” en las prisiones subterráneas de La Guaira, mover a la rebelión a los criollos — entre ellos a individuos de primera categoría, cómo eran Gual y España— si no hubiera existido un denso ambiente de preparación política en la Provincia? Don Casto Fulgencio López indica además que, por lo menos desde 1794, los conspiradores de La Guaira hablaban ya de la revolución.
En cuanto a la audacia de los objetivos que se proponían los conspiradores, recuérdese como punto de comparación que en las colonias anglosajonas del norte no se pensó ni por un momento, durante la lucha de Independencia, en esa igualdad que proclamaban nuestros separatistas. Maurois, en la obra citada, insiste en el conocido hecho de que los líderes de la revolución norteamericana “no pensaban en absoluto en ampliar el sufragio ni en libertar a los esclavos”. Y el hecho de que en la Metrópoli no existía el problema racial, nos indica lo mucho de hispanoamericano que tuvo aquella conspiración; así como se desliga también de las influencias de la Revolución Francesa por la invocación religiosa bajo la cual se pone la igualdad de blancos, indios, pardos y morenos.
Debo insistir tanto en la originalidad y el radicalismo de nuestra doctrina emancipadora porque al final de este estudio me refiero a un juicio de Juan Vicente González que casi anula la intervención de esa doctrina en la evolución democrática de Venezuela.
Volviendo a los datos documentales que prueban la raíz profunda y la amplia difusión de aquellas ideas revolucionarias, encontramos otro muy valioso en la vida de Juan Germán Roscio. Este jurisconsulto criollo sería, después, con Francisco Isnardy, el redactor de nuestra Acta de Independencia, y, durante la guerra, un vehemente y abnegado doctrinario del movimiento libertador. A fines del siglo XVIII era sólo, aparentemente, uno de tantos abogados que ejercían en Caracas, pero aún en estrados dejó constancia de sus ideas de libertad e igualdad: “los hombres —alegaba en 1798— nacieron todos libres, y todos son igualmente nobles, como formados de una misma masa, y creados a imagen y semejanza de Dios”.
Estas y otras “alarmantes proposiciones” —según el calificativo que les dio un celoso abogado contemporáneo— salieron a luz cuando algunos colegas de Roscio se opusieron a que fuera recibido en el Colegio de Abogados de Caracas. Roscio había nacido en el interior del país, hijo de un italiano y una mestiza, y según el historiador E. A. Yanes recibió educación gracias a los cuidados y generosidad de Doña María de la Luz Pacheco, hija del Conde de San Javier. “Tenía esta señora —dice Yanes— la filantrópica costumbre de traer, de todos los puntos del territorio, niños que, confiados a ella por sus familias, recibían luego de su liberalidad, los inapreciables dones de la enseñanza. De este número fue Juan Germán Roscio...”. Este dato tiene también un grato sabor de sensibilidad social que muchos no esperarían encontrar en nuestro siglo XVIII.
Observe el lector que he ido exponiendo, en espiral ascendiente, el cuerpo de doctrina que bajo los más variados aspectos fue ambiente y matriz de nuestra revolución emancipadora. Quiero probar que la Independencia no se hizo para separarnos de España solamente, ni fue tampoco una improvisación a la cual se diera a posteriori una apresurada justificación doctrinaria.
Nació de una concordancia de objetivos, cuya firmeza y continuidad honran al pensamiento venezolano y le da a nuestra emancipación alcance perdurable.
Es lo que deseaba puntualizar Don Simón Rodríguez cuando advertía: “Bolívar no vio en la dependencia de la España oprobio ni vergüenza, como veía el vulgo; sino un obstáculo a los progresos de la sociedad de su país”. Y en estrecha relación con lo anterior, establece: “Alborotar a un pueblo por sorpresa, o seducirlo con promesas, es fácil; constituirlo, es muy difícil: por un motivo cualquiera se puede emprender lo primero; en las medidas que se toman para lo segundo se descubre si en el alboroto o en la seducción hubo proyecto; y el proyecto es el que honra o deshonra los procedimientos; donde no hay proyecto no hay mérito”.
Esos “progresos de la sociedad”, que debían obtenerse como finalidad y justificación de la Independencia; ese “proyecto” constructivo, indispensable para que la revolución emancipadora no quedara reducida a una simple rebelión rencorosa, fue sentimiento casi unánime en los otros libertadores.
Se prolonga además —y esto es también muy importante subrayarlo como eje de nuestra evolución republicana— hasta los políticos y pensadores de la generación subsiguiente, hasta mediado el siglo XIX, a pesar de que nuestras reiteradas desdichas políticas acaban por alejar a la conciencia nacional de aquel elevado objetivo, la dispersan y extravían entre las mezquindades de la lucha fratricida, y de la propia Independencia no dejan más recuerdo que el de una pintoresca y empenachada aventura.
Funesta consecuencia de eso fue que la glorificación de los libertadores se convirtió, a su vez, en un fetichismo estéril y en un culto puramente formal. Se alardeaba de venerar exaltadamente su memoria, pero en realidad sus ideas fundamentales se olvidaban cada día más; y hasta la misma fanfarria que se tocaba diariamente en su honor era una mistificación de los propósitos que ellos tuvieron de olvidar la guerra para levantar sobre sus escombros una Patria digna y segura.
Claro está que seguir exponiendo esa doctrina revolucionaria de la emancipación, con los pormenores y la crítica que serían indispensables, y llevar esa exposición —como desearía— hasta lo que hicieron o intentaron hombres como Bello, Rodríguez, Revenga, Vargas, Cagigal, Toro, Soublette, etc., durante la reorganización republicana subsiguiente, desbordaría en mucho de la extensión que puede tener este trabajo. En otros estudios he intentado desarrollar el tema, especialmente en mi conferencia en la Universidad Central sobre “Ideología de la Revolución Emancipadora”; pero debo advertir —con paradójica satisfacción— que en ninguno de esos intentos he logrado acercarme siquiera a la enunciación cabal de todos los puntos que deberían tocarse.
Prefiero, pues, insistir en cómo olvidó América —y Venezuela en particular— esa fecunda realidad que, en lo esencial, su emancipación fue doctrina y no guerra; que, por consiguiente, tiene vigencia permanente y no debe relegarse al pasado; que no debe ser recuerdo y culto, sino consigna de acción y programa de trabajo para pensadores y estadistas.
En estos días ha vuelto a recordarse con frecuencia la sibilina frase de Juan Vicente González, según la cual Boves fue “el primer jefe de la democracia venezolana”.
Es natural que los que siguen la interpretación materialista de la historia recojan con entusiasmo aquel juicio. Dentro de esa interpretación significaría un atisbo genial a saber: que la democracia no es cuestión de ideologías y de sentimientos, sino de hechos; que no se conquista por la prédica y las teorías, sino moviendo directamente las masas a la nivelación social y a la conquista del poder.
Pero lo curioso es que muchos otros escritores, venezolanos —incluso algunos francamente reaccionarios— han dado igual acogida calurosa a aquella aparente glorificación del devastador guerrillero; por lo cual presumo que, en estos últimos, ha predominado ese concepto pintoresco y superficial de la historia a que me he referido. Sin duda les parece “muy bonito” evocar al irresistible lancero al frente de sus huestes semi bárbaras, y eso basta para despertar su entusiasmo.
Por mi parte, me limitaré a observar que la vida del propio autor de aquella frase fue un mentís a su afirmación. Porque Juan Vicente González era “expósito”, hijo de padres desconocidos, y como tal no hubiera podido presentar el expediente de “limpieza de sangre” que era indispensable durante la Colonia para ingresar en la Universidad. Si él disfrutó, pues, de la enseñanza universitaria y más tarde de todas las prerrogativas anexas a ésta, y de la libertad de prensa que tanta notoriedad le permitió adquirir, no fue por obra de Boves y sus huestes, sino de los “ideólogos” que abrieron la Universidad a todos, sin distinción de clases ni creencias, que consagraron en las leyes las garantías ciudadanas, y que —como gobernantes— sacrificaron su tranquilidad, y a veces su buen nombre frente a las calumnias, para afirmar esas bases indispensables a la República. Si Boves hubiera triunfado, nada de eso habría prosperado.
Otro hecho, de muy diferente índole, me ha hecho pensar también en ese olvido o tergiversación de nuestra historia que comento. Me refiero a que, comentando algunos diarios recientes el Decreto de Guzmán Blanco sobre Instrucción Primaria Obligatoria y Gratuita, sacaron a luz los documentos de la época según los cuales el propio Guzmán y su Ministro Sanabria enlazaban la paternidad de su iniciativa a la gloriosa campaña por la educación que el argentino Sarmiento realizaba en aquellos días. Pero lo más impresionante es que los propios periodistas de hoy consideraron que efectivamente debemos a la influencia de Sarmiento aquel Decreto de 1870.
Ahora bien, en Venezuela existía en materia de educación popular una insistente tradición que Guzmán Blanco y sus colaboradores no debían ignorar, y menos puede desconocerse hoy. Desde la época colonial se habían realizado iniciativas audaces, como esa de la Escuela de Pardos de que he hablado. Don Simón Rodríguez, Miguel José Sanz y otros habían pedido escuelas para el pueblo. Más tarde Bolívar toma incansablemente sobre sí el mismo empeño, recibe con alborozo a su antiguo maestro y proyectan juntos las escuelas artesanales que tendrían como objetivo “colonizar el país con sus propios habitantes”; la Municipalidad de Caracas trae a nuestra capital a Lancaster, ya con fama mundial, y el Libertador se entusiasma tanto por su método de “enseñanza mutua” que de sus comprometidos bienes desembolsa 22.000 duros para financiarlo. José Rafael Revenga, el Secretario y Ministro de Bolívar, político y financiero por sus atribuciones específicas, deja de lado estas actividades en cuantas ocasiones puede, para ocuparse en la educación popular; con la perspicacia de un profesional advierte que la educación primaria no puede prosperar sin la formación previa de personal docente y concibe las Escuelas Normales Gratuitas, para las cuales aporta también material de enseñanza comprado por él mismo con una corta cantidad que casi por casualidad gana en un proceso. Cagigal establece en su Escuela de Matemáticas la capacitación técnica de nuestros artesanos, llama a los militares a los conocimientos y tareas de la ingeniería civil, y reitera el principio de que la educación nacional ha de tener como finalidad la reconstrucción cívica y moral de la República. Vargas asesora a Bolívar en las medidas que abren la Universidad para todos; pero es al mismo tiempo el apóstol infatigable de la educación popular, se ocupa desde la Presidencia de la República en la elaboración de “cartillas” para enseñar a los soldados y a los niños pobres; desde el exilio da orden de pagar, de sus recursos, esos textos que habían quedado en la imprenta.
¿Se había olvidado todo eso en tiempos de Guzmán Blanco? ¿O no había
interés en reconocerlo porque no encajaba entre “las glorias del Gran
Partido Liberal”?
Don Simón Rodríguez había escrito; “...herencias, privilegios y usurpaciones es la divisa de las monarquías, la de las Repúblicas debe ser Educación Popular, destinación a ejercicios útiles, aspiración fundada a la propiedad”.
Vargas había advertido: “¿De qué servirán las medras intelectuales de un corto número en medio de una inmensa masa ineducada?”.
Y Cagigal reclamó colérico: “Si en otras materias hemos tenido a honra seguir las huellas de los Estados Unidos del Norte, parece que ha habido empeño en no imitarlos en la largueza con que han dotado la instrucción primaria”.
¿Se había olvidado todo eso en tiempos de Guzmán Blanco, cuando aún no había desaparecido la generación que presenció tantos esfuerzos?
Otra pregunta más importante acudirá a la mente del lector: ¿es que tiene alguna importancia ese olvido, aparte las injusticias individuales que entraña y el mezquino resquemor nacionalista que puede producirnos?
No vacilo en contestar: sí tiene importancia
mucho mayor. Porque en una República como la nuestra, donde lo que ha sido más
debilitado por nuestros fracasos es la conciencia misma de nuestra capacidad
política, esa tradición, esa doctrina, mantenidas como fuerzas activas en el
pensamiento y en el sentir de todos pueden darnos una visión más completa y más
sana de nuestra personalidad colectiva. Que será también devolvernos a la
confianza y a la sinceridad indispensables para que nuestros esfuerzos de
reconstrucción no se pierdan en el alboroto y la seducción de que nos habló Don
Simón Rodríguez.


