domingo, 27 de abril de 2014

Registro Histórico-Gráfico En Venezuela

REGISTRO HISTÓRICO-GRÁFICO EN VENEZUELA

Por Alexander Delgado C.

(Escrito Originalmente el 23 de Febrero de 2014)


Hay carencia en Venezuela de una línea, tradición o escuela artística (especialmente en la pintura) que se ocupe de temas históricos. Nos hemos conformado con la obra de los grandes maestros del siglo XIX y principios del XX como; Juan Lovera, Arturo Michelena, Martín Tovar y Tovar, alguna que otra de Cristóbal Rojas (caso de La Muerte de Girardot en Bárbula), Antonio Herrera Toro, Tito Salas y Pedro Centeno Vallenilla.

Pero en realidad no toda la obra de estos grandes de la pintura nacional era (ni tenía por qué ser) de temática histórico-nacional y, por ende, no se puede enmarcar, en sentido estricto, en una corriente o escuela pictórica de temática histórica. Su abordaje de la historia obedeció más bien, por un lado, a las tendencias artísticas del momento, concretamente a la influencia que, en los artistas venezolanos de entonces, ejercía el romanticismo, como movimiento artístico-literario. Se debió también, muy importante, a una coyuntura sociopolítica, especialmente desde la llegada al poder del general Antonio Guzmán Blanco (1870), en la que, en medio de la anarquía caudillesca, el caos y la anomia que siguió a Guerra Federal, se buscaba, no solo restablecer un orden sociopolítico, sino también, recrear la idea de un Estado Nacional, no solo en lo jurídico y en lo físico, sino también en el aspecto simbólico. Crear una narrativa de nación y generar valores patrios.

Aquella coyuntura coincidió también con el hecho de que muchas efemérides históricas (todas o casi todas asociadas con el período independentista) arribaban a su centenario o cincuentenario. Un período que, grosso modo, se puede comprender entre el primer centenario del Natalicio del Libertador Simón Bolívar en 1883 y el primer centenario de la Declaración de Independencia en 1911. Esto adicionaba un elemento motivacional que favoreció la proliferación de obras de carácter histórico, como las muy célebres Miranda en La Carraca o Vuelvan Caras, de Arturo Michelena, o las grandilocuentes representaciones de las principales batallas independentistas con que Martín Tovar y Tovar engalanó el recién inaugurado Capitolio Nacional y, por supuesto, hay que mencionar el trabajo artístico de Tito Salas, aunque centrado casi exclusivamente en la vida del general Bolívar, con un carácter marcadamente estereotipado y alegórico y (consecuente con ese alegorismo) revestido de un cierto anacronismo en los rasgos visuales de hechos y personajes representados. De manera más tardía, y ya en pleno siglo XX, también podemos mencionar la obra, abiertamente alegorista, de Pedro Centeno Vallenilla.

Pero, entrado el siglo XX, y bajo la influencia de las tendencias artísticas internacionales post romancistas (impresionismo, fauvismo, cubismo, cinetismo, etc.), la pintura en Venezuela tomó derroteros diferentes sin que se desarrollara, por sí misma, y de forma paralela a las diversas tendencias del momento, una vertiente artística dirigida a la ilustración de hechos históricos, salvo quizá algunos de los llamados “pintores ingenuos”. No hemos tenido una línea pictórica orientada a la representación del pasado nacional (no solo el político), lo suficientemente sólida como para generar entre nosotros, artistas especializados en estas temáticas como ha sido el caso, en España, de un Dionisio Álvarez Cueto o un Augusto Ferrer Dalmau.

También ha sido muy escasa la incorporación en dicha temática de las diversas tendencias artísticas desarrolladas en la segunda mitad del siglo XX y los inicios del XXI, desde las Artes Gráficas, el desarrollo de la Ilustración y hasta del Comic, incluso sin cerrarse del todo a corrientes artísticas que en principio parecerían poco idóneas para estos temas (cubismo, dadaísmo, surrealismo, etc.).

Por otra parte, la escasez de obras artístico-históricas y el hecho de que la generación de finales del siglo XIX se centró casi exclusivamente en temas independentistas, ha generado un lamentable vacío en cuanto a una aproximación del imaginario popular hacia épocas anteriores y posteriores a la independencia (lo que, en realidad, refleja en lo gráfico las falencias y vicios de la enseñanza de la historia).

Esta omisión en principio es irónica, tratándose de una nación cuyo relato patriotista ha pretendido siempre alimentarse de la apelación a lo histórico, relato en el que siempre se han pretendido justificar o reafirmar los distintos grupos de poder que se han sucedido en Venezuela desde 1830.

Pero, mirando más detenidamente, esta ironía resulta muy diciente de un país al que le gusta presumir de lo que carece o más bien, proyectar lo que quisiera ser, cree ser, pero en el fondo, no se atreve a ser.

En realidad se trata de una nación que le teme a su propia historia y prefiere mantener un simulacro de relato oficial, como “deber ser” pero sin ahondar demasiado en él y la escasez de una corriente plástica orientada hacia los temas históricos en los últimos cien años, paradójicamente, ilustra ese complejo. Esto ha redundado en la carencia de un apoyo gráfico a una mirada revisionista o al menos de desmontaje, atenuación o sano cuestionamiento, de clichés, simplismos, estereotipos y lugares comunes.

Esta  indiferencia hacia nuestro pasado, cuasi-desdeñosa pero evasiva tras bastidores, ha contribuido a que la pretensión del actual régimen de manipular nuestro enfoque histórico a la medida de sus intereses “ideológicos”, haya caído en terreno fértil. En contrapartida a la falencia anterior a 1999, el chavismo ha ido generando toda una representación visual amañada de la historia, exacerbando, aún más, la visión deformada que ya traíamos.

Si bien en el pasado anterior a 1999, no faltaron trabajos de ilustración por encargo de entes gubernamentales, estos nunca llegaron a tener publicidad y difusión masiva. Carecieron de una labor promocional y de auspicio por parte de entes públicos o privados, que incluyera concursos o incluso incentivos; por ejemplo, promover concursos entre jóvenes estudiantes de dibujo y pintura en los que presentaran una o dos obras de carácter histórico y premiar los primeros lugares con becas para perfeccionar estudios, dentro o fuera del país, orientar dichos trabajos a temáticas de historia poco representadas o conocidas y, finalmente, seleccionar y difundir mediáticamente estos trabajos en exposiciones, incorporándolos como apoyo gráfico en medios de comunicación impresos (periódicos y revistas), en programas audiovisuales (TV y Cine), y en los textos oficiales (impresos o digitales) de enseñanza escolar.

La necesidad de una mayor representación visual de nuestra historia sigue estando vigente en nuestros días, de la mano de la necesidad de una visión sanamente revisionista. Aunque en estos momentos los entes gubernamentales venezolanos están cooptados por el régimen chavista y, por otra parte, no parece haber entes privados dispuestos a impulsar este tipo de iniciativas, estas pueden surgir de manera individual, desde la oposición al status quo político que hoy impera en Venezuela, posiblemente desde las sombras, e irse articulando sobre la marcha.

El desarrollo actual de la ilustración computarizada (incluido el uso de medios 3D), así como de los recursos multimedia, no solamente proporciona herramientas mucho más eficaces (y más asequibles hoy que hace varios años), sino que nos otorgan una mirada de esta temática desde una perspectiva diferente, contribuyendo a un mejor replanteamiento de nuestra mirada histórico-nacional.

Algunos de los parámetros que, a mi modo de ver, se deberían tener en cuenta son; desarrollar pautas menos alegóricas, líricas o simbolistas y más objetivas, en la representación de nuestra historia; buscar orientarse hacia la representación de etapas, hechos y personajes de nuestra historia, importantes, pero poco tenidos en cuenta, especialmente durante las etapas anterior y posterior al período independentista; o bien, escenas que recreen la vida cotidiana de aquellos días; o incluso, del mismo período independentista, hechos o situaciones poco explorados, teniendo el cuidado de mostrar personajes con los rasgos físicos correspondientes al momento plasmado. También se puede renovar la iconografía retratista de los principales prohombres de nuestra historia (sin desechar la tradicional) según las pautas anteriormente señaladas. Ir de la mano con una visión, no renegacionista, pero sí revisionista.

Necesitamos hoy, más que ayer, un refrescamiento en la representación gráfica de nuestra historia que nos permita arrojar mayor luz sobre una caverna lírica plagada de clichés y estereotipos oligofrénicos, hipertrofiados, distorsionados por leyendas negras o doradas; desfigurados y exacerbados bajo el régimen chavista y ante una indiferencia indolente por parte de las fuerzas vivas que, se supone, adversan al chavismo. Necesitamos un refrescamiento que, sin exaltaciones ingenuas o noveleras, nos permita comprendernos y auto valorarnos mejor como realidad histórica. Hoy, más que ayer lo necesítanos, y hoy más que ayer tenemos los recursos y posibilidades.

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ILUSTRACIÓN; Venezuela Recibiendo los Emblemas del Escudo Nacional. Por Pedro Centeno Vallenilla (1952-1954). Mural al Óleo. Palacio Federal Legislativo

En Pocas Palabras. Éramos Pendejos y No Lo Creíamos

En Pocas Palabras

ÉRAMOS PENDEJOS Y NO LO CREÍAMOS

Por Alexander Delgado C.

27 de Abril de 2014

 


Con o sin razón, se ha vuelto un cliché la frase “Éramos felices y no lo sabíamos”, queda a criterio de cada quien determinar si era así o no. Es más que comprensible experimentar nostalgia por los tiempos anteriores a 1999, aunque no por eso la mencionada frase deja de tener un cierto aire de patetismo. Con esa frase, el humorista Claudio Nazoa cierra un artículo publicado en El Nacional, el 11 de Noviembre de 2013, titulado Mi Felicidad

Pero es otra afirmación del artículo de Nazoa, la que motiva el presente escrito. 

En el citado artículo, dice el humorista venezolano:

Muchos de los artistas izquierdistas, hoy convertidos en talibanes exclusionistas, reaccionarios y sapos, enviaron con los adecos y copeyanos a sus hijos para que estudiaran en otros países y nadie preguntaba qué tendencia política tenían.

Pues bien, ese fue precisamente uno de nuestros mayores errores respecto a aquellos años; dejamos criar demasiados cuervos entre nosotros (Ojo, no cuento en este grupo a Claudio Nazoa y otros como él).

Dejamos que las Universidades Públicas (y no pocas veces las privadas) se convirtieran (UCV dixit) en santuarios del ñangarismo más resentido e hipócrita. Espacios en los que decir algo favorable de dictadores como Marcos Pérez Jiménez, Francisco Franco o Augusto Pinochet, o incluso de gobernantes democráticos, como los de AD o COPEI, era muy mal visto, pero en cambio, exaltar al tirano Fidel Castro, al sátrapa Kim Il Sung, o al guerrillero renegado Ernesto “Che” Guevara, era… cool. Las universidades eran espacios donde hablar positivamente del Papa, era exponerse a ser tildado de oscurantista, inquisidor, retrógrado, etc… pero exaltar al Ayatollah Jomeini… no era tan malo. En nuestras "casas que vencen las sombras", hasta escuchar o interpretar una inofensiva y desenfadada canción de rock anglo (salvo las de John Lennon) era mal visto como pitiyankee.

Permitimos que gigantescas y populosas barriadas como la caraqueña 23 de Enero, ubicada a pocos metros del Palacio de Miraflores, sobre una colina desde donde se domina el Palacio Presidencial y en la que se encontraba enclavado el Museo Histórico Militar (hoy tristemente devenido en Cuartel de La Montaña); permitimos, repito, que dichas barriadas se convirtieran en feudos de grupos ideologizantes comunistas o para-comunistas (Los Tupamaros, La Coordinadora Simón Bolívar, etc.), grupos muy bien organizados que hegemonizaron aquellas barriadas, hasta imprimir su propia identidad ideológica a dichos sectores y sentar verdaderas bases de adoctrinamiento, sobre todo en la gente joven.

Descuidamos a sus habitantes y no nos importó que gran parte de ellos, se convirtieran en marginalidades ideologizadas.

Por supuesto, lo anteriormente dicho, si es que no vamos a admitir la posibilidad de que esos mencionados espacios hubieran sido cedidos intencionalmente a aquel ñangaraje reciclado, por parte del establishment adeco-copeyano, como parte de un entendimiento, implícito o explícito.

Del mismo modo, dejamos que comunistas reinsertados, como Luis Miquilena, José Vicente Rangel, Guillermo García Ponce, etc. que nunca abandonaron, ni tan siquiera ocultaron sus ideas, se convirtieran en “respetables” empresarios, políticos o periodistas. Recibidos calurosamente en las más “altas” esferas.

Otro tanto sucedió con esos intelectuales y “artistas izquierdistas” que, como decía Nazoa, bajo el chavismo se revelarían como “…talibanes exclusionistas, reaccionarios y sapos…”. A estas “luminarias” los acompañamos en los bautizos de sus libros o en sus exposiciones artísticas, entre champaña, pasapalos y sonrisas socarronas. No pocas veces nos regodeamos de tomarnos una foto con el “artista” o “intelectual” agasajado.

Y, por supuesto, si alguien en ese entonces habría advertido que se trataba de los mismos comunistas que, en la década de los 60s, intentaron ocupar guerrilleramente el país, de la mano del castrismo cubano, ese alguien habría sido estigmatizado como radical de derecha, retrógrado, fascista, lacayo de los yankees etc.

Porque, así como “éramos felices y no lo sabíamos”, así mismo, también Éramos Pendejos y No Lo Creíamos

Y lo más angustiante es que sigamos siéndolo y sigamos negándonos a creerlo.

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El Citado artículo de Claudio Nazoa se puede acceder en estos enlaces

https://www.elnacional.com/opinion/ADECOS-CLAUDIO_NAZOA-COPEYANOS-ERAMOS-FELICES_0_296970386.html

https://www.reportero24.com/2013/11/11/claudio-nazoa-mi-felicidad/

sábado, 19 de enero de 2013

Oposición Y Ambición

OPOSICIÓN Y AMBICIÓN

Por Alexander Delgado C.

19 de Enero de 2013

El pasado 16 de Enero, el analista y consultor político Carlos Blanco publicó un post en su cuenta de Twitter, en donde, refiriéndose a la endémica debilidad y aislamiento de la oposición, decía: 


Debilidad de la oposición depende, creo, de que no muestra vocación de poder. Al no hacerlo no tiene fuerza suficiente ni adentro ni afuera.”.

Carlos Blanco definía esta carencia de la oposición como de “vocación de poder”. Yo sería más enfático (y acaso más prosaico), yo diría falta de ambición.

¿Es mala la ambición en sí misma? Usualmente se asocia a la codicia y esta, por conexidad, a sentimientos de mezquindad y falta de escrúpulos. El diccionario de la Real Academia Española la define como el “Deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama”. No obstante la escueta definición de la R.A.E, no se puede caer en simplismos o clichés, así como tampoco es recomendable establecer juicios absolutos de valor a la hora de considerar a la ambición en un sentido estrictamente conceptual. A fin de cuentas si la ambición no existiera, lo más probable es que al día de hoy, si acaso, estuviéramos dejando atrás a las cavernas. 

Pero además, de cara a la situación crítica que vivimos en Venezuela, donde su propia existencia parece estar, por así decirlo, en capilla ardiente ¿es totalmente inconveniente la ambición? Frente a la corrosión del régimen chavista, la dirigencia opositora ha vendido una imagen de sí misma, pretendiendo apoyarse en una visión de antípodas. Según este enfoque, ante el despotismo tropero y lineal del chavismo, ante su jaquetonería, intolerancia e innegable barbarie; de este lado se exalta la pluralidad, la tolerancia, la democracia, los valores cívicos y el respeto a la institucionalidad, por prostituida que esté a manos del chavismo... casi que como los hippies en los Estados Unidos de 1967, colocándole flores, en los cañones de sus fusiles, a la Guardia Nacional. 

Que conste que no cuestiono los valores en los que dice basarse la dirigencia MUDa, como principios cardinales a ser restaurados (aparte de otros principios que suelen ser soslayados por la dirigencia opositora); el problema es que se lo creen de tal manera que frente al estereotipo del chavista, del lado opositor también quieren estereotiparse, pretendiendo, en lo moral, un contraste irrisorio con el chavismo de luces frente a sombras, exagerando la defensa, pacifista y políticamente correcta, de los valores arriba señalados. Que con esa “política” de contraste y appeasement el chavismo lleve 14 años desmantelando a Venezuela y pasando coleto con quienes nos le oponemos… eso no parece importarles ni a la dirigencia opositora ni a sus más entusiastas devotos. Ellos bien con su conciencia, ellos son los “chicos buenos”. 

De hecho no faltan los que se deleitan, en su sifrinismo políticamente correcto, llenándose la boca con el (para muchos recién descubierto) manual de resistencia no violenta del filósofo norteamericano Gene Sharp (principios de los 70); tampoco faltan, por supuesto, los que invocan al inevitable Mahatma Gandhi como referente de lucha. El pequeñísimo detalle del que no se percatan estos opositores caviar, es el de la contextualización; hombres como Gandhi o el reverendo Martin Luther King Jr., ciertamente, fueron personajes ejemplares, no seré yo quien los cuestione, pero más allá de la admiración que puedan merecer ¿nos los imaginamos derrotando a un Hitler o a un Stalin? Por toda respuesta miremos qué tanto (o nada) ha logrado el Dalai Lama frente a la dominación china en el Tíbet.

Volviendo al tema de este escrito; la ambición, o ausencia de esta, en la dirigencia opositora y lo más representativo de su adherencia; miremos por contrapartida los siguientes ejemplos, entre muchos otros, de hecho, incontables. 

La expansión de la cultura greco-latina, base de la civilización occidental, se debió a la ambición de poder, gloria y grandeza de Alejandro Magno y luego de los romanos. Por su parte, el fin del Imperio Español de América y por ende nuestra, hoy pisoteada, soberanía, se forjó sobre el impulso de la ambición (a veces despiadada) de, entre otros, Simón Bolívar; ambición de poder o de gloria, pero ambición al fin y al cabo; el idealismo del Libertador de muy poco hubiera servido sin ese factor ambicioso. 

Adolf Hitler solo pudo ser derrotado por una alianza entre líderes políticos que eran verdaderas encarnaciones del poder; como Winston Churchill, el tirano rojo Iosif Stalin y Franklin D. Roosevelt (y con él, el Pentágono). Una alianza forjada en gran medida por la tenacidad de Churchill, otro ambicioso, ya sea de poder, liderazgo, o gloria; acaso en el célebre bulldog británico coexistía el idealismo junto a la ambición (no pocas veces oportunista), pero incluso en la realización de sus ideales también había mucho de ambición y megalomanía, como nos lo señala uno de sus más connotados biógrafos, el alemán Sebastian Haffner. 

Porque, y esto es muy importante, en materia de ambición hay toda una gama de lo más variopinta. Hay ambiciones que se pueden considerar saludables o positivas, tanto como las que son perniciosas y ruines. Además de la consabida ambición de poder y de lucro, podemos hablar de las, ya ejemplificadas; ambición de gloria, de liderazgo o de preeminencia social. 

Existe también un tipo de ambición poco tenido en cuenta pero no menos importante, la ambición creativa o de innovación. Esta forma de ambición, ciertamente, es fácil de confundir con el complejo de Adán, típico de la psique del régimen chavista; pero en el complejo adánico hay una clara diferencia con respecto a la vocación innovadora, llevada a niveles de ambición; ya que en esta última lo que realmente se busca es dejar huella o marcar hito, al introducir cambios sustanciales en la historia, sin que esta necesariamente empiece o termine con uno. La ambición innovadora, si bien suele ser más propia de científicos, intelectuales o artistas, no es totalmente ajena de cara a cambios políticos y sociales, y no deja de ser pertinente y muy útil de cara a la tragedia que vivimos en Venezuela, la cual, en el fondo, es el agotamiento de una forma de entender y ejercer la política que nos viene desde 1945 y de la cual los últimos 14 años son, simplemente, el detritus. 

Pero, como comentaba al comienzo, la ambición, sea esta buena o mala, parece ser uno de los aspectos de mayor carencia en la dirigencia opositora; al menos una ambición vasta, de altura, más allá de apetencias pequeñas y mediocres, de parcelas escurridas dentro del omnímodo poder chavista, o de tristes sobras como las que se conceden a un perro callejero. O bien se podría señalar (siempre especulando, claro está) que al tratarse de una dirigencia plural las pequeñas y parroquiales ambiciones o aspiraciones de los varios dirigentes se anulan entre sí.

Por supuesto, cuando hablo de ambición me refiero a una ambición bien entendida, pero, aun aceptándola con los aspectos negativos o peligrosos que derivan de ella (soberbia, autoritarismo, tendencia al personalismo, etc.), no podemos menos que reconocer que muchos de los grandes cambios socio-políticos a lo largo de la historia han tenido lugar por el impulso de seres, no solamente ambiciosos, de la índole que sea, sino que en muchos casos, en la realización de estos cambios (y de sus ambiciones) no han reparado en muchos miramientos. 

No olvidemos que los intervalos de estabilidad que Venezuela tuvo en medio de la vorágine caudillesca del siglo XIX y en la que, al menos, pudo figurarse a sí misma como una posible nación sólida, más allá de su realidad inmediata; se debieron, paradójicamente, al accionar autoritario de caudillos como los generales José Antonio Páez y Antonio Guzmán Blanco, epítomes de la ambición de poder; y la superación definitiva de nuestro neo-feudalismo caudillesco, se debió a la ambición personalista y autocrática del general Juan Vicente Gómez.

A despecho de comeflores, proto-hippies, libertarios románticos o anarquistas ingenuos; en los angustiantes momentos que vivimos y aún a riesgo de cambiar un personalismo por otro… más “benigno”, tendríamos que preguntarnos hasta qué punto, al margen de principios cardinales como el patriotismo y la dignidad nacional, el bienestar general, el respeto a la libertad bien entendida y el restablecimiento de un verdadero estado de derecho; hasta qué punto, repito, a la Venezuela antichavista le sería mucho más rentable, desde un punto de vista pragmático, una dirigencia (…o un dirigente), con una ambición vasta, sea creativa, o de poder, o de gloria, o, si se quiere, de dominio o preeminencia, además de voluntad y mano de hierro (con o sin guantes de seda), para ejecutarla.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Cómo Suele Entenderse La Democracia

COMO SUELE ENTENDERSE LA DEMOCRACIA

Por Alexander Delgado C.

31 de Octubre de 2012



La Democracia parece ser intrínsecamente el gobierno de las mayorías. Idealmente, piadosamente o ilusoriamente suele agregarse que es el gobierno de las mayorías con respeto por las minorías. Pero este tierno y conmovedor añadido, agregado posteriormente como para enmendar la costura, suele ser muy relativo en la práctica. 

Efectivamente, la Democracia es, por excelencia, la expresión política de la cultura de masas o, más claramente, de una cultura que se empeña en ver a la sociedad como una masa amorfamente uniforme, donde los seres humanos solemos ser productos en serie y, como una vez escuché decir a Facundo Cabral, solo valemos… un voto.

No solo para los gobiernos de tendencia totalitaria, salidos de una fragua democrática, como es el caso del gobierno de Venezuela, sino que, con alguna excepción honrosa (no se me ocurre cual), esta también parece ser la norma para los grandes medios noticiosos, tipo CNN.

En las recientes elecciones presidenciales venezolanas, la candidatura opositora de Henrique Capriles Radonski (y con ella sus adherentes), parecía ser el fenómeno electoral; al menos, había despertado una cierta “curiosidad mediática” a nivel internacional. Después de los “controversiales” resultados electorales del pasado 7 de octubre, la Venezuela que resiste al régimen chavista pasó a ser la paria internacional que siempre ha sido, de cara al establishment, se entiende.

Para la Venezuela opositora, a la larga, de muy poco sirvió el gran esfuerzo, la demostración de cohesión, patriotismo, sentido de pertenencia y entrega de quienes, con razón o sin ella, se movilizaron a votar por la opción opositora, valga lo que valga su, hasta hace poco, candidato. Tampoco significó gran cosa al día siguiente, el hecho de haber contado el candidato Capriles con el mayor número de votos, hasta ahora, reconocidos por el CNE para una candidatura presidencial antichavista. No tuvieron la mayoría y es lo que cuenta para el establishment mediático internacional.

Nada raro lo anterior, teniendo en cuenta que, como aparato de información y entretenimiento de la sociedad de masas, los grandes medios de comunicación son una industria para la que, en su cara televisiva, solo cuenta lo que tiene rating, y por cierto esto último, en la mayoría de los casos, suele ser programación bazofia.

Todo lo anterior desnuda el aspecto más cuestionable de la democracia como la más conspicua manifestación política de la Sociedad Industrial (de la que Venezuela forma parte, aunque no pase de ser un siervo de la gleba).

En muchos ámbitos de la vida se nos enseña que, por encima de la cantidad, debe importar la calidad. Pero para la democracia la cantidad pesa más que la calidad

Esta lamentable característica del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, se ilustra en los mencionados comicios electorales venezolanos, donde una supuesta mayoría numérica ratificó en la presidencia a un, gravemente enfermo, Hugo Chávez, que no oculta adonde pretende llevar a Venezuela (y si puede a toda Iberoamérica); un personaje que, con el mayor descaro, admitió su desastre de gobierno (restándole importancia) tras trece años en el poder; no obstante contar con recursos de toda índole como no había contado en Venezuela gobierno anterior alguno. Pero eso no importa, lo que cuenta es que obtuvo la mayoría (de nuevo, supuestamente).

Bien decía el filósofo, suizo Henri-Frédéric Amiel (1821–1881)

La democracia descansa sobre esta ficción legal por la cual la mayoría no sólo dispone de la fuerza sino también de la razón, que posee al mismo tiempo sabiduría y derecho”.

La siguiente situación ficticia, evidente e intencionalmente exagerada, puede darnos un ejemplo de cómo funciona o al menos como suele entenderse e imponerse la democracia en países como el nuestro; tanto a nivel de los propios gobiernos, como a nivel de organismos multinacionales como la OEA, la UNASUR o la misma ONU y con el lubricante mediático de canales como CNN o FOX. 

Andrés Rengifo (el primer nombre que se me vino a la mente) un hombre casado, serio, responsable, enamorado de su esposa y padre de sus hijos. Toda la vida le han gustado, únicamente, las mujeres, ni borracho ni drogado se habría fijado en otro hombre.  

 

Premisa Mayor: 6,7 millones de personas reconocen y ratifican a Andrés Rengifo su heterosexualidad innata. 

Premisa Menor: 8,2 millones de personas (la mayoría) dictaminan que Andrés Rengifo es gay. 

 

Conclusión: Andrés Rengifo deberá, como decía una conocida canción de Willie Colón, cambiar su forma de caminar, usar falda, lápiz labial y un carterón. De poco sirve su heterosexualidad innata, deberá escoger un nuevo nombre; PetraWendiPeggy, etc… 

La mayoría, es decir el pueblo, el único y verdadero pueblo, habló Vox Populi Vox Dei.

 Así es la democracia, mejor dicho, así suele entenderse.


NOTA: Antes de que se me sindique de homofóbico o desdeñoso de los gays, señalo que el ejemplo anterior es igualmente válido y aplica de la misma forma con un Andrés Rengifo, homosexual convencido y declarado, al que se le impusiese, por mayoría democrática, pautas heterosexuales.

jueves, 8 de marzo de 2012

Acerca Del Voto De La Mujer. Por Mario Briceño Iragorri

ACERCA DEL VOTO DE LA MUJER 

Por Mario Briceño Iragorri 

Mi buena amiga: ¡Como mudan los hombres y las cosas! Ayer me tenis usted en mi gabinete caraqueño, entre mis fieles libros y mis viejos papeles, dado a hacer literatura y a buscar como fuerza espiritual la palabra distante de usted, por entonces entregada a las delicias de la vida campestre, en plena sabana guariqueña. Hoy es usted quien gusta el descanso y la molicie de la capital y yo quien me he metido en el corazón de Venezuela, a sentir su profundo palpitar en esta opulenta amplitud de nuestra Guayana. 

Ya usted me había ponderado la maravilla de esta región, donde Dios hizo sus últimas creaciones, desde la del oro para tentar la fuerza moral de los hombres, hasta la hermosura de quienes hacen sentir que ya el Criador descansó en su afán de buscar la húmeda expresión de la belleza. Todo lo había ponderado usted, pero hay mucho paño de la realidad a lo pintado. Apenas he recibido el gran palpitar de su vida interior, y me siento en un mundo en formación. ¡Ah, mi amiga, que mal se hace allá en pensar que eso solo sea La Patria! La Patria en toda su fuerza integrante está acá, en esta Venezuela dormida, que espera su incorporación al gran movimiento de la cultura. No olvide usted que fue en Angostura donde se echó a andar por segunda vez la República. Y sepa usted que hasta tanto este espacio maravilloso, desprovisto de hombres y pleno de riquezas, no se ponga a marchar a todo ritmo, Venezuela no alcanzará la plenitud de su destino económico, y con él, el aseguramiento de su independencia social. 

Pero no era este el tema que quería tratarle desde esta Guayana embrujadora donde hoy gobierno, acaso con menos prudencia que en su ínsula el viejo Sancho. A pesar de mi bachillería en nubes me tiene usted sobre la realidad de los hechos, encontrado con las pasiones y los intereses de los hombres, entre el permanente demandar de los necesitados, frente a problemas sociales y económicos que pudieran poner de nuevo loco al Dr. Fausto. Me tiene usted de gobernante en aprietos, en busca del caballo de Ledesma, para ver adonde me lleva e intentar de no caer en el viejo pecado venezolano de hacer programas y hablar de virtudes públicas cuando se está en la llanura de la oposición o de la responsabilidad funcional, para después proceder, cuando llegue la posibilidad de hacer, en forma contraria a lo que ayer se pensó. A usted mandaré memoria de lo poco que pueda hacer donde no hay manos ni horas suficientes para trabajar. Y usted condenará o absolverá mi conducta. La tengo por buen juez de mis actos, y sus consejos me serán de mucha ayuda, muy más cuando hoy quiero hacer bajar hasta el ras de esta tierra deshabitada mis permanentes nubes de idealista. No podré hacer mayor cosa, pero esté cierta de que no trocaré mis discursos en balances inexactos, ni desdiré de mis ideas de que la primera función de la autoridad es levantar el tono moral y espiritual de los pueblos. 

Dirá usted que sobran preámbulos para entrar en el corazón de la respuesta de su última carta, primero ida a la capital y llegada a esta ciudad, después de una larga peregrinación, no sobre ruedas de bus, sino como a espaldas del más pausero jamelgo que pueda ser. Estoy con usted en todo lo que me dice. Soy feminista, siempre y cuando las mujeres sean mujeres. En lo del voto la acompaño. Porque no puede posponerse la clara mentalidad de Margot Boulton o de Lucila Palacios, a la de un semi analfabeto de La Vega, a quien los buscadores de votos capacitan en seis meses para mal firmar. Pero, en lo que dice a la influencia de la mujer, acaso disminuya cuando asuma el comando público. ¡Si las mujeres mandan a través de los hombres! Y tenga usted por idiota graduado a quien, ya banquero o ya político, diga que no es influido por una mujer. Creo que la sociedad en general ganará mucho cuando la actividad social de la mujer sea más notoria y se haga más extensa. Pero insisto en lo de la mujer mujer. Me horroriza la marimacho. Detesto la mujer que busca tomar atributos de hombre. La prefiero, como decían los abuelos, con la pata quebrada y en casa. Puede la mujer, conservando su integridad diferencial y luciendo la plenitud de sus atributos femeninos, incorporarse a la marcha de la cultura. Y justamente lo que se busca es eso. Que la dirección del mundo se asiente sobre los dos caballos de Platón. El hombre no es el individuo. El hombre es el par. Durable o transitorio. Pero donde confluyen dos fuerzas y dos sentidos complementarios. 

El mundo es la permanencia de un binomio. Ya hecho por la ley, ya hecho por la especie, ya hecho por la afinidad electiva de los espíritus, ya por la admiración subyugante de la belleza, ya por el deleite comunicativo de los pensamientos. Se rompe aquí y nace allá. Destruye y crea. Empuja y detiene. Pero es dual. Y dual es el pensamiento de la sociedad y dual debe ser la expresión de su contenido conceptual. Pero esa molécula creadora reclama la inalterabilidad de origen de la mujer y el hombre. Que la mujer sea siempre lo que usted. Belleza y comprensión. Fuerza y candor. Talento abierto a todos los vientos y torre cerrada desde donde su espíritu atisba, con la más fina y amplia mirada, la marcha del mundo. 

Sabe usted, no solo por mí marcada debilidad hacia la mujer, que soy feminista de los de avanzada. Creo en la superioridad de la mujer y tengo por cierto que nuestro héroe iluminado hubiera cedido con gusto las bridas de su cabalgadura a las suaves manos de una dama. Y yo, palafrenero obediente a los pensamientos de mi señor Don Alonso, ayudaría con sobra de gusto a la bella que quisiera poner su fino pie en el estribo para salir a anunciar la nueva era de la verdad, de la justicia y del amor. ¡Que el caballo vaya a la conquista del ideal, guiadas las bridas por las firmes y suaves manos de quien no piense en Penthesilea como símbolo de acción, sino en las mujeres de heroico pensamiento y ancho corazón! 

Para servirla a usted, nada habré de repetirle. Venga de nuevo a Guayana de maravilla y sobre el ancho río, en uno de los milagrosos amaneceres del Orinoco, podríamos platicar, en amable consorcio con las sirenas que pueblan de belleza este oasis de portentos, acerca de tantos temas como esperan palabras que los iluminen. Y mire que hay sirenas, y escollos, y naufragios. 

Caracas, 1943

Cd. Bolívar, 1944



BRICEÑO IRAGORRI, Mario (1897-1958). Humanista Venezolano. Extracto de su obra de 1944 El Caballo De Ledesma. Tercera Edición. Tipografía Americana, Caracas 1948.


martes, 1 de noviembre de 2011

Coordenadas Para Nuestra Historia. Por Augusto Mijares

COORDENADAS PARA NUESTRA HISTORIA

Por Augusto Mijares

(Tomado de Lo Afirmativo Venezolano, 1963) 

UN TRABAJO QUE podría absorber durante largo tiempo los esfuerzo; de un equipo de jóvenes historiadores, pero que permitiría establecer en forma fundamental líneas de interpretación para nuestra evolución histórica, sería la de estudiar la emancipación americana como un cuerpo de doctrina que tiene estas tres características: 1° una larga preparación ideológica, que es nuestra emancipación de fondo, muy anterior a la separación material de la metrópoli; 2° una amplia raigambre colectiva, que es un mentís al concepto simplista de que la Independencia hispanoamericana fue una improvisación personalista, una hazaña caudillesca, una mera aventura afortunada; “que dentro de aquel cuerpo de doctrina existe una estrecha correlación entre la finalidad que se perseguía (que era la organización de una nueva sociedad, y no la simple secesión de España) y los medios mediante los cuales se lograría esa transformación. Este estudio sistemático nos daría el verdadero sentido de la vida colonial y de la empresa emancipadora; y si agregáramos, como interpretación de la República, una investigación sincera sobre lo que sobrevivió de aquellos ideales —en doctrina democrática, en apego a las formas institucionales, en educación, etc.—, y lo que de ellos se transformó provechosamente, se desnaturalizó o se perdió, habríamos dado un paso decisivo para alejar nuestra historia de lo anecdótico y fijar las coordenadas dentro de las cuales deben valorizarse debidamente sus personajes y acontecimientos. 

Pero para exponer en pocas páginas un tema tan vasto, tendré que referirme exclusivamente a los elementos con que contamos en Venezuela ira desarrollarlo, y, aún dentro de esa limitación, mis planteamientos han de ser tan sucintos que, para comprenderlos debidamente, el lector tendrá que desmenuzarlos según sus conocimientos, a medida que los señalo, puesto le si yo mismo quisiera exponerlos debidamente necesitaría los muchos volúmenes que pido a ese equipo de trabajadores.

Desde mediados del siglo XVIII aparece en Venezuela, claramente expresado el propósito de la Independencia. Durante la sublevación comienza en 1749 y que se llamó de Juan Francisco de León o de Panaquire, aunque en realidad fue de toda la Provincia y con participación de todas las clases sociales, el hijo de aquel caudillo escribía a uno de sus partidarios: “Pues ya ve Vuestra Merced que nos toca de obligación el defender nuestra patria, porque si no la defendemos seremos esclavos de todos ellos”. En sus declaraciones durante el proceso posterior, uno de los reos descubre “que ni León ni él tenían la culpa de este levantamiento, que quien era la causa son las muchas cartas que los más de los días rezebia el dicho León de Caracas, y que estas selas dava a leer a el paraque las oyeran todos los demás a fin de enterarlos en el estado que estaba su dependencia”. Y esta misma amplitud del movimiento la señala uno de los jueces al afirmar que aquellos acontecimientos habían dejado a toda la Provincia alborotada y libertosa, sabrosa frase que dentro de la sequedad curialesca parece un fragmento de proclama. Por su parte, una de las más altas autoridades de la Provincia, el Intendente Abalos, informaba sin ambages a la Metrópoli: “El nombre del Rey, el de sus Ministros y todos los españoles se oye por estos Patricios con el mayor tedio, aversión y desafecto... El encono y tono doloroso con que se lamentan se hace mayor cada día, y si S.M. no les concede o dilata el libre comercio sobre que suspiran no puede contar con la fidelidad de estos vasallos, pues a cualquiera insinuación y auxilio que les amaguen los enemigos de la Corona prestarán pronto sus oídos y corazones y será imposible o muy difícil el remedio... No es este un vaticinio vano, sino pronóstico de un conocimiento inmediato de la tierra...”. 

¿Se necesitan más pruebas para dejar establecido que aquel movimiento, a mediados del siglo XVIII era ya, en lo espiritual, el primer episodio de la declaración de independencia que vendría sesenta años más tarde? 

Algunos de nuestros críticos de la historia han restado importancia política a aquellas manifestaciones de la nacionalidad ocurridas durante la sublevación de De León, haciendo resaltar el hecho de que fueron causas económicas las que desataron el descontento de la Provincia, y hasta han tratado de hacer valer, con cierto menosprecio, que el apego de los criollos al contrabando movía en gran parte sus ánimos. Esa concordancia de muchos motivos de diferente índole es inevitable en cualquier acción humana, y más en las colectivas; pero en el punto concreto de la emancipación, recuérdese que también entre los severos anglosajones del Norte —que tan a menudo una pseudo-sociología simplista opone, con sentido pesimista, a lo nuestro también entre ellos, digo, se presentaría análoga intervención de las causas económicas; que Inglaterra había impuesto trabas a su comercio no menos opresoras que las arbitradas por España para nosotros y que también ellos ocurrieron al contrabando para superarlas, y consideraron “detestable” la posibilidad de suprimirlo. “Los coloniales —escribe Maurois (1) — no tenían el menor escrúpulo en dedicarse al contrabando, pues consideraban las Actas los funcionarios ingleses encargados del control, o se dejaban sobornar, o permanecían en Inglaterra, cobrando sus sueldos sin ocupar jamás el cargo”.

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(1) El Profesor Mijares se refiere a André Maurois (1885-1967), Novelista y Ensayista francés NOTA EXTEMPORÁNEA

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Pero no me privaré tampoco de la satisfacción de comentar todo lo que tiene de novedoso y limpio la exhortación del hijo de De León, que he citado: Pues ya ve Vuestra Merced que tenemos de obligación el defender nuestra patria. . .”. Sin exageración podemos decir que, a mediados del siglo XVIII, quizás en ningún otro episodio de la historia universal encontramos una invocación a la Patria tan categórica. Recordemos que para entonces los sentimientos de nacionalidad estaban- todavía en formación: los que después se llamarían "ciudadanos" y “compatriotas”, se llamaban entonces simplemente “súbditos” de tal o cual soberano; para mover a los pueblos se invocaba su condición de “leales vasallos”, y ni siquiera los viejos gentilicios —ingleses, españoles, franceses— tenían fuerza de aglutinamiento moral, menos aún el concepto abstracto de Patria. Y es un joven campesino venezolano, casi iletrado, pero movido por quién sabe cuáles imponderables influencias de ambiente, el que por primera vez hace sonar la virgen campana que pide para la Patria —sin personificación de soberano alguno— lo más hermoso que puede dar el hombre: la obligación. 

Después de la insurrección de Juan Francisco De León —detrás de la cual hay, además, cincuenta años de lucha cívica de nuestros Cabildos— encontramos como primer brote vigoroso de nuestra nacionalidad en formación el caso de Miranda. No intentaré, desde luego, tratar aquí los múltiples aspectos que tiene el apostolado del Precursor, primer americano que logra hacer oír la voz de estos pueblos en Europa y que, plantando por otra parte sus discípulos en todo el continente, asegura para siempre la conciencia de su solidaridad. Pero sí me referiré a una peculiaridad de aquel apostolado que no ha sido bastante valorizada, y que se une estrechamente al orden de ideas que vengo persiguiendo. Es que, cuando Miranda comienza a pensar en la emancipación del continente, lo primero que tiene en mente es la subsiguiente organización del mundo que desea ver libre. Y por eso sus prolongados viajes por toda Europa, no son sólo en busca de recursos para venir a combatir en el Nuevo Mundo —en su Colombia— sino de afanoso estudio sobre cuántos problemas han de presentársenos, políticos, morales, administrativos o legales. En su Archivo consta cómo se ocupa en cada país en estudiar la historia, el sistema de gobierno, las leyes, las costumbres, el arte, los progresos de la educación popular, Universidades y bibliotecas, la organización penitenciaria, puertos, minas, ejércitos, fortificaciones, sistemas de regadío, etc. 

Quiero con estas observaciones destacar cómo encontramos siempre alrededor de la idea de independencia, un propósito de progreso social, de perfeccionamiento ulterior de nuestra América, que es lo que he llamado la doctrina de la emancipación. 

Bien puedo, pues, fiel a esa línea de exposición, saltar de lo más grande y aparente, a inquirir también en lo colectivo y cotidiano cómo se formaba dentro de la propia Provincia la conciencia nacional. Y no me parece pedante darle ese alcance a algunos hechos culturales, al parecer de exiguo ambiente, pero que tienen como característica común indicarnos la emancipación de lo hispanoamericano, que quiero destacar. 

Uno de esos hechos es que la Escuela de Música de Caracas —que daría después tantas obras valiosas, algunas de categoría mundial— fue fundada, no por iniciativa de la Metrópoli, ni siquiera con su ayuda, sino por esfuerzos de los propios criollos: el Padre Don Pedro Sojo, nos cuenta Gil Fortoul, “trajo de Roma un Archivo de Música clásica, textos de enseñanza y los primeros instrumentos de viento, aumentados después con otros que le envió el Emperador de Austria en agradecimiento a la buena acogida que dispensara Sojo a unos naturalistas austríacos”. Socialmente, la Escuela tuvo además dos resultados tan felices como imprevistos: ampliar la vida exterior de nuestro murado mantuanismo, y a la vez, como lo observó Humboldt, aproximarlo al pueblo, con el cual convivió sin reparos en aquel común afán de deleite artístico y de superación. 

La misma característica de esfuerzo autónomo que tiene la fundación de la Escuela de Música, lo encontramos en la renovación que entonces se intentaba en la Universidad de Caracas. Debióse casi exclusivamente al Padre Baltasar Marrero, como lo reconoció en 1827 el Claustro universitario presidido por Vargas, al calificarlo “ilustre fundador de la clase de filosofía moderna en Venezuela”. Ahora bien, el Padre Marrero adquirió todos sus conocimientos en la propia Provincia, y con más precisión, como lo señala el Dr. Caracciolo Parra León, “formó todo su saber y desarrolló todas sus inclinaciones dentro de la ciudad de Caracas, de donde jamás salió sino accidentalmente y para el interior de la Provincia. . .”. 

Dato simétrico, en lo social, a esa renovación de nuestra alta cultura lo encontramos en la petición que un grupo de pardos introdujo ante el Ayuntamiento de Caracas, para que se les permitiera fundar, con sus recursos, una Escuela de Primeras Letras destinada a las clases más humildes. En la tramitación a que dio lugar esta iniciativa se tocaron puntos tan avanzados como el de la obligatoriedad escolar, el carácter que debía tener la enseñanza, la necesidad de formar maestros, y, en este último punto, se propone que también pudiera escogerse entre los egresados de la Escuela a su futuro personal docente (2). 

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(2) Es un dato que tomo de una tesis inédita de la doctora Leonor Botifoll.

NOTA DEL AUTOR

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Por doquier se manifestaba una sociedad pujante, que tanto en lo cultural como en lo político tenía ambiciones nuevas y arbitraba numerosos recursos para realizarlas. 

En el solo año de 1794 llegaron a Caracas 80 cajas de libros: 71 de España y 9 del extranjero, según dato de Arístides Rojas. Parece que esas cifras pudieran hacernos sonreír, acostumbrados como estamos hoy a devorar montañas de papel impreso; pero advirtamos que algunos años antes, en Norte América, se consideró algo excepcional la biblioteca fundada por Franklin en Filadelfia, y uno de sus biógrafos advierte que “de 45 obras que los Directores recomendaron en 1731, nueve fueron científicas, ocho históricas, ocho morales y políticas, seis de derecho y filosofía, tres», de lengua inglesa, dos de geografía, cinco de artes útiles y oficios diversos, dos diccionarios y dos clásicos: Homero y Virgilio, traducidos al inglés. No había novelas, ni dramas, ni libros de poesía, ni teología contemporánea”. 

En Venezuela algunos conocimientos literarios ligados a la política estaban tan difundidos que habiendo traducido Bello —a la sazón bastante joven— la tragedia Zulima de Voltaire, cuando le reprochó Bolívar haber escogido obra de tan escaso mérito, a su juicio, Bello le contestó que las otras tragedias de Voltaire habían sido ya vertidas al castellano; lo cual prueba que en Caracas se conocía toda la obra del apasionante —y prohibido— escritor francés. 

Que no exagero al agrupar estos hechos como indicios de la formación que en los más variados aspectos iba adquiriendo el carácter nacional, lo prueba la observación de conjunto que para la misma época hizo Humboldt al visitarnos: “Las comunicaciones múltiples —escribió— con la Europa comerciante, y ese mar de las Antillas que he descrito antes como un Mediterráneo con muchas bocas, han influido poderosamente sobre el progreso de la sociedad en la isla de Cuba y en las bellas Provincias de Venezuela. En ninguna parte de América la sociedad ha tomado una fisonomía más europea”. 

Parece que el sabio alemán se lamentaba después de no haber adivinado los indicios de nuestra independencia en ese ambiente: “Durante mi permanencia en América —confesaba a O’Leary— jamás encontré descontento; pero sí observé que si no existía grande amor hacia España, había por lo menos conformidad con el régimen establecido. Más tarde, al comenzar la lucha, fue cuando comprendí que me habían ocultado la verdad y que en lugar de amor existían odios profundos e inveterados que estallaron en medio de un torbellino de represalias y de venganzas”. A esto podría observársele que no se trataba de odios, ni siquiera de verdadero descontento. Los odios vinieron después, como sucede en todas las guerras, y por infortunadas circunstancias fortuitas. En la Venezuela pre-revolucionaria no había sino esa plenitud, ese deseo de superación que Humboldt llama europeísmo; y debía conducir a la independencia porque ésta era su natural culminación, no para satisfacer rencores, que repito, nacieron en el curso de la lucha por causas relativamente superficiales. 

Por eso es más completa y halagüeña que la de Humboldt, la observación que en 1808 hizo otro extranjero, el capitán inglés Beaver, Comandante del buque de Guerra “Acasta”, a quien habían encargado de explorar el estado de la opinión pública en Venezuela: “Creo poder aventurarme a decir —informó— que son (los criollos) leales en extremo y apasionadamente adictos a la rama española de la casa de Borbón; y que mientras haya alguna probabilidad de la vuelta de Fernando VII a Madrid, permanecerán unidos a su Madre Patria. Pero si aquello no sucediese pronto, creo poder afirmar, con igual certidumbre, que se declararán independientes por sí mismos. .. Estos habitantes no son de ningún modo aquella raza indolente y degenerada que encontramos en la misma latitud de Oriente: antes parecen tener todo el vigor intelectual y energía de carácter que se han considerado generalmente como distintivos de los habitantes de regiones más septentrionales”. 

Por otra parte, pruebas evidentes de que aquel desarrollo nacional se dirigía decididamente a la acción política no faltaban. Pocos años antes de la llegada de Humboldt habían aflorado varias sediciones, y en la más importante de ellas —la de Gual y España— se fijaban en las “Ordenanzas”, que debían regirla, principios tan audaces como éstos: “restituir al Pueblo Americano su libertad...”, queda, desde luego, abolida la esclavitud como “contraria a la humanidad” ... “se declara la igualdad natural entre todos los habitantes de las Provincias y Distritos, y se encarga que entre Blancos, Indios, Pardos y Morenos, reine la mayor armonía, mirándose como hermanos en Jesucristo, iguales por Dios”; y la propia enseña nacional que se proponía —blanca, azul, amarilla y encarnada— sería el símbolo de esa igualdad racial y de clases, así como de los cuatro derechos fundamentales del hombre: igualdad, libertad, propiedad y seguridad. 

Valiosas investigaciones de Doña Dolores Bonet de Sotillo y de Don Pedro Grases, y el admirable estudio de Don Casto Fulgencio López sobre “Juan Picornell y la Conspiración de Gual y España”, prueban la influencia de los liberales españoles en aquella conjuración, a través de los presos que mandó a la América el Gobierno metropolitano a consecuencia de la llamada “Conspiración de San Blas”. Pero la preparación revolucionaria anterior a esa influencia se puede advertir por este solo dato: Picornell fue desembarcado en La Guaira, preso, en diciembre de 1796, y siete meses más tarde la conspiración, completa en todos sus pormenores y doctrina, salía a la luz pública. ¿Cómo hubiera podido un preso político, “abovedado” en las prisiones subterráneas de La Guaira, mover a la rebelión a los criollos — entre ellos a individuos de primera categoría, cómo eran Gual y España— si no hubiera existido un denso ambiente de preparación política en la Provincia? Don Casto Fulgencio López indica además que, por lo menos desde 1794, los conspiradores de La Guaira hablaban ya de la revolución. 

En cuanto a la audacia de los objetivos que se proponían los conspiradores, recuérdese como punto de comparación que en las colonias anglosajonas del norte no se pensó ni por un momento, durante la lucha de Independencia, en esa igualdad que proclamaban nuestros separatistas. Maurois, en la obra citada, insiste en el conocido hecho de que los líderes de la revolución norteamericana “no pensaban en absoluto en ampliar el sufragio ni en libertar a los esclavos”. Y el hecho de que en la Metrópoli no existía el problema racial, nos indica lo mucho de hispanoamericano que tuvo aquella conspiración; así como se desliga también de las influencias de la Revolución Francesa por la invocación religiosa bajo la cual se pone la igualdad de blancos, indios, pardos y morenos. 

Debo insistir tanto en la originalidad y el radicalismo de nuestra doctrina emancipadora porque al final de este estudio me refiero a un juicio de Juan Vicente González que casi anula la intervención de esa doctrina en la evolución democrática de Venezuela. 

Volviendo a los datos documentales que prueban la raíz profunda y la amplia difusión de aquellas ideas revolucionarias, encontramos otro muy valioso en la vida de Juan Germán Roscio. Este jurisconsulto criollo sería, después, con Francisco Isnardy, el redactor de nuestra Acta de Independencia, y, durante la guerra, un vehemente y abnegado doctrinario del movimiento libertador. A fines del siglo XVIII era sólo, aparentemente, uno de tantos abogados que ejercían en Caracas, pero aún en estrados dejó constancia de sus ideas de libertad e igualdad: “los hombres —alegaba en 1798— nacieron todos libres, y todos son igualmente nobles, como formados de una misma masa, y creados a imagen y semejanza de Dios”. 

Estas y otras “alarmantes proposiciones” —según el calificativo que les dio un celoso abogado contemporáneo— salieron a luz cuando algunos colegas de Roscio se opusieron a que fuera recibido en el Colegio de Abogados de Caracas. Roscio había nacido en el interior del país, hijo de un italiano y una mestiza, y según el historiador E. A. Yanes recibió educación gracias a los cuidados y generosidad de Doña María de la Luz Pacheco, hija del Conde de San Javier. “Tenía esta señora —dice Yanes— la filantrópica costumbre de traer, de todos los puntos del territorio, niños que, confiados a ella por sus familias, recibían luego de su liberalidad, los inapreciables dones de la enseñanza. De este número fue Juan Germán Roscio...”. Este dato tiene también un grato sabor de sensibilidad social que muchos no esperarían encontrar en nuestro siglo XVIII. 

Observe el lector que he ido exponiendo, en espiral ascendiente, el cuerpo de doctrina que bajo los más variados aspectos fue ambiente y matriz de nuestra revolución emancipadora. Quiero probar que la Independencia no se hizo para separarnos de España solamente, ni fue tampoco una improvisación a la cual se diera a posteriori una apresurada justificación doctrinaria. 

Nació de una concordancia de objetivos, cuya firmeza y continuidad honran al pensamiento venezolano y le da a nuestra emancipación alcance perdurable. 

Es lo que deseaba puntualizar Don Simón Rodríguez cuando advertía: “Bolívar no vio en la dependencia de la España oprobio ni vergüenza, como veía el vulgo; sino un obstáculo a los progresos de la sociedad de su país”. Y en estrecha relación con lo anterior, establece: “Alborotar a un pueblo por sorpresa, o seducirlo con promesas, es fácil; constituirlo, es muy difícil: por un motivo cualquiera se puede emprender lo primero; en las medidas que se toman para lo segundo se descubre si en el alboroto o en la seducción hubo proyecto; y el proyecto es el que honra o deshonra los procedimientos; donde no hay proyecto no hay mérito”. 

Esos “progresos de la sociedad”, que debían obtenerse como finalidad y justificación de la Independencia; ese “proyecto” constructivo, indispensable para que la revolución emancipadora no quedara reducida a una simple rebelión rencorosa, fue sentimiento casi unánime en los otros libertadores. 

Se prolonga además —y esto es también muy importante subrayarlo como eje de nuestra evolución republicana— hasta los políticos y pensadores de la generación subsiguiente, hasta mediado el siglo XIX, a pesar de que nuestras reiteradas desdichas políticas acaban por alejar a la conciencia nacional de aquel elevado objetivo, la dispersan y extravían entre las mezquindades de la lucha fratricida, y de la propia Independencia no dejan más recuerdo que el de una pintoresca y empenachada aventura. 

Funesta consecuencia de eso fue que la glorificación de los libertadores se convirtió, a su vez, en un fetichismo estéril y en un culto puramente formal. Se alardeaba de venerar exaltadamente su memoria, pero en realidad sus ideas fundamentales se olvidaban cada día más; y hasta la misma fanfarria que se tocaba diariamente en su honor era una mistificación de los propósitos que ellos tuvieron de olvidar la guerra para levantar sobre sus escombros una Patria digna y segura. 

Claro está que seguir exponiendo esa doctrina revolucionaria de la emancipación, con los pormenores y la crítica que serían indispensables, y llevar esa exposición —como desearía— hasta lo que hicieron o intentaron hombres como Bello, Rodríguez, Revenga, Vargas, Cagigal, Toro, Soublette, etc., durante la reorganización republicana subsiguiente, desbordaría en mucho de la extensión que puede tener este trabajo. En otros estudios he intentado desarrollar el tema, especialmente en mi conferencia en la Universidad Central sobre “Ideología de la Revolución Emancipadora”; pero debo advertir —con paradójica satisfacción— que en ninguno de esos intentos he logrado acercarme siquiera a la enunciación cabal de todos los puntos que deberían tocarse. 

Prefiero, pues, insistir en cómo olvidó América —y Venezuela en particular— esa fecunda realidad que, en lo esencial, su emancipación fue doctrina y no guerra; que, por consiguiente, tiene vigencia permanente y no debe relegarse al pasado; que no debe ser recuerdo y culto, sino consigna de acción y programa de trabajo para pensadores y estadistas. 

En estos días ha vuelto a recordarse con frecuencia la sibilina frase de Juan Vicente González, según la cual Boves fue “el primer jefe de la democracia venezolana”. 

Es natural que los que siguen la interpretación materialista de la historia recojan con entusiasmo aquel juicio. Dentro de esa interpretación significaría un atisbo genial a saber: que la democracia no es cuestión de ideologías y de sentimientos, sino de hechos; que no se conquista por la prédica y las teorías, sino moviendo directamente las masas a la nivelación social y a la conquista del poder. 

Pero lo curioso es que muchos otros escritores, venezolanos —incluso algunos francamente reaccionarios— han dado igual acogida calurosa a aquella aparente glorificación del devastador guerrillero; por lo cual presumo que, en estos últimos, ha predominado ese concepto pintoresco y superficial de la historia a que me he referido. Sin duda les parece “muy bonito” evocar al irresistible lancero al frente de sus huestes semi bárbaras, y eso basta para despertar su entusiasmo. 

Por mi parte, me limitaré a observar que la vida del propio autor de aquella frase fue un mentís a su afirmación. Porque Juan Vicente González era “expósito”, hijo de padres desconocidos, y como tal no hubiera podido presentar el expediente de “limpieza de sangre” que era indispensable durante la Colonia para ingresar en la Universidad. Si él disfrutó, pues, de la enseñanza universitaria y más tarde de todas las prerrogativas anexas a ésta, y de la libertad de prensa que tanta notoriedad le permitió adquirir, no fue por obra de Boves y sus huestes, sino de los “ideólogos” que abrieron la Universidad a todos, sin distinción de clases ni creencias, que consagraron en las leyes las garantías ciudadanas, y que —como gobernantes— sacrificaron su tranquilidad, y a veces su buen nombre frente a las calumnias, para afirmar esas bases indispensables a la República. Si Boves hubiera triunfado, nada de eso habría prosperado. 

Otro hecho, de muy diferente índole, me ha hecho pensar también en ese olvido o tergiversación de nuestra historia que comento. Me refiero a que, comentando algunos diarios recientes el Decreto de Guzmán Blanco sobre Instrucción Primaria Obligatoria y Gratuita, sacaron a luz los documentos de la época según los cuales el propio Guzmán y su Ministro Sanabria enlazaban la paternidad de su iniciativa a la gloriosa campaña por la educación que el argentino Sarmiento realizaba en aquellos días. Pero lo más impresionante es que los propios periodistas de hoy consideraron que efectivamente debemos a la influencia de Sarmiento aquel Decreto de 1870. 

Ahora bien, en Venezuela existía en materia de educación popular una insistente tradición que Guzmán Blanco y sus colaboradores no debían ignorar, y menos puede desconocerse hoy. Desde la época colonial se habían realizado iniciativas audaces, como esa de la Escuela de Pardos de que he hablado. Don Simón Rodríguez, Miguel José Sanz y otros habían pedido escuelas para el pueblo. Más tarde Bolívar toma incansablemente sobre sí el mismo empeño, recibe con alborozo a su antiguo maestro y proyectan juntos las escuelas artesanales que tendrían como objetivo “colonizar el país con sus propios habitantes”; la Municipalidad de Caracas trae a nuestra capital a Lancaster, ya con fama mundial, y el Libertador se entusiasma tanto por su método de “enseñanza mutua” que de sus comprometidos bienes desembolsa 22.000 duros para financiarlo. José Rafael Revenga, el Secretario y Ministro de Bolívar, político y financiero por sus atribuciones específicas, deja de lado estas actividades en cuantas ocasiones puede, para ocuparse en la educación popular; con la perspicacia de un profesional advierte que la educación primaria no puede prosperar sin la formación previa de personal docente y concibe las Escuelas Normales Gratuitas, para las cuales aporta también material de enseñanza comprado por él mismo con una corta cantidad que casi por casualidad gana en un proceso. Cagigal establece en su Escuela de Matemáticas la capacitación técnica de nuestros artesanos, llama a los militares a los conocimientos y tareas de la ingeniería civil, y reitera el principio de que la educación nacional ha de tener como finalidad la reconstrucción cívica y moral de la República. Vargas asesora a Bolívar en las medidas que abren la Universidad para todos; pero es al mismo tiempo el apóstol infatigable de la educación popular, se ocupa desde la Presidencia de la República en la elaboración de “cartillas” para enseñar a los soldados y a los niños pobres; desde el exilio da orden de pagar, de sus recursos, esos textos que habían quedado en la imprenta. 

¿Se había olvidado todo eso en tiempos de Guzmán Blanco? ¿O no había interés en reconocerlo porque no encajaba entre “las glorias del Gran Partido Liberal”?

Don Simón Rodríguez había escrito; “...herencias, privilegios y usurpaciones es la divisa de las monarquías, la de las Repúblicas debe ser Educación Popular, destinación a ejercicios útiles, aspiración fundada a la propiedad”. 

Vargas había advertido: “¿De qué servirán las medras intelectuales de un corto número en medio de una inmensa masa ineducada?”. 

Y Cagigal reclamó colérico: “Si en otras materias hemos tenido a honra seguir las huellas de los Estados Unidos del Norte, parece que ha habido empeño en no imitarlos en la largueza con que han dotado la instrucción primaria”. 

¿Se había olvidado todo eso en tiempos de Guzmán Blanco, cuando aún no había desaparecido la generación que presenció tantos esfuerzos? 

Otra pregunta más importante acudirá a la mente del lector: ¿es que tiene alguna importancia ese olvido, aparte las injusticias individuales que entraña y el mezquino resquemor nacionalista que puede producirnos? 

No vacilo en contestar: sí tiene importancia mucho mayor. Porque en una República como la nuestra, donde lo que ha sido más debilitado por nuestros fracasos es la conciencia misma de nuestra capacidad política, esa tradición, esa doctrina, mantenidas como fuerzas activas en el pensamiento y en el sentir de todos pueden darnos una visión más completa y más sana de nuestra personalidad colectiva. Que será también devolvernos a la confianza y a la sinceridad indispensables para que nuestros esfuerzos de reconstrucción no se pierdan en el alboroto y la seducción de que nos habló Don Simón Rodríguez.



MIJARES IZQUIERDO, Augusto (1897-1976).
Extraído de su Obra Lo Afirmativo Venezolano (1963)

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