LA
ILUSIÓN POST RENTISTA
Por Alexander Delgado C.
Escrito
originalmente el 30 de Noviembre de 2014
El bajón que está experimentando los precios del petróleo, junto a las opiniones de expertos, según las cuales se prevé que sea muy difícil que remonten, lleva a muchos a mirar hacia una hipotética Venezuela post-rentista. Y con toda la razón, quienes así piensan aseguran que ese rentismo nos ha hecho mucho daño.
De hecho, durante la llamada Era Chávez, uno de los “argumentos” a los que, de un modo francamente simplista, se solía apelar habitualmente para explicar que el, hoy fallecido, Hugo Chávez no cayera, radicaba en los altos precios del petróleo. De ahí que en aquel entonces muchos venezolanos opositores, con una ilusión conmovedoramente necia, vieran cualquier posible bajón del petróleo como detonante al proceso de caída del régimen chavista. En conversaciones sueltas, solía referirme a esa actitud como la petro-superchería. De nada me valió argumentar “ok, pongamos que cae el petróleo y más atrás cae Chávez ¿con que recursos va a contar el siguiente gobierno para hacer frente a los mil problemas agravados por el chavismo y con los chavistas en la oposición?” el común de la gente no quería pensar con la cabeza, cosa que, lamentablemente, no ha cambiado al día de hoy.
Teóricamente, en la medida en que el petróleo deje de ser una fuente de recursos inmensos para el país, en esa misma medida llegaríamos a lo que algunos llaman el tiempo de verdades, en el que tendríamos que asumir que nada es gratuito, que todo en esta vida hay que sudarlo y que de verdad valoramos las cosas solo cuando nos cuestan.
Hasta ahí excelente... y sí, así debería ser.
Pero de ahí a creer que eso per se pueda abrir las puertas a una sociedad más unida, armónica y en democracia, es pecar de ser un reverendo bolsa o no conocer nuestra historia.
El post-rentismo, en el que entraríamos cuando acabe la era petrolera, no necesariamente tendría que llevarnos a una sociedad civilista, liberal y democráticamente consensuada. Por el contrario; sea o no sea el petróleo un excremento del infierno, como comúnmente se le ha catalogado, lo cierto es que la renta petrolera fue una enorme ayuda para que Venezuela entrara en la modernidad, económica, social y política, que se verificó a partir de 1936. Fue la renta petrolera la que ayudó a configurar la ilusión de armonía (dixit Moisés Naim y Ramón Piñango) que disfrutamos entre 1958 y 1998. Si estuvo bien o mal esa supuesta armonía, si desaprovechamos el momento, eso es otro tema. Incluso la precaria y oscilante “estabilidad”; en medio de la corrupción, el caos y la decadencia, que (visto superficialmente) Venezuela llegó a vivir hasta 2013, y de la que se llegaron a beneficiar, en mayor o menor escala, chavistas y opositores; en parte se debió a los ingresos petroleros, con todo y lo devastada, arruinada y alienada a intereses antinacionales que ya estaba para entonces la industria petrolera nacional.
Lo cierto es que de lo anterior se desprende que lo más probable es que el post-rentismo no signifique la muerte del populismo, el militarismo y el autoritarismo, sino todo lo contrario. En la Venezuela del siglo XIX y comienzos del siglo XX no había petróleo ni ninguna otra gran riqueza con que ser rentista (ni el cacao, ni el tabaco, ni el café daban para tanto) y sin embargo existieron, como problema, solución o mal necesario; Boves, Zamora, los dos Guzmanes, Crespo, El Mocho y El Cabito… y llegó Gómez.
Quizá el rentismo petrolero, aquietó, domesticó e incluso llegó a canalizar favorablemente, al menos hasta 1998, ese aspecto idiosincrático, democrático y trepador, pero también turbulento, cazurro y barbárico, de un sector importante de nuestra población; ese individualismo fiero y cimarrón, escondido detrás del hecho colectivo; que hasta 1908 nos hacía debatirnos entre vivir en la anarquía o alcanzar un relativo orden bajo un, nada democrático, puño de hierro.
Sin petrochequeras ni nada con que aplicar realazos ¿Cómo se contiene ese elemento anómico y oclocrático de nuestra sociedad?... A menos, claro está que sea con la fuerza dura y cruda; y si este fuera el caso, ¿contamos (del lado antichavista) con el poder de fuego, la organización y, lo que es más importante, la determinación para esa eventual acción de fuerza?
Solo hay que mirar los cinturones de miseria a nuestro alrededor, como la bomba de tiempo social que en realidad son; como se les veía allá por los días del Caracazo (1989), o incluso, durante buena parte del régimen chavista; como el factor de perturbación, caos e inestabilidad que en ningún momento han dejado de ser; mirarlos sin la esperanza idiota que algunos demo-sifrinos ponen ahora en que “cuando los cerros reaccionen contra el gobierno”.
A los exquisitos que ante cualquier caso de barbarie, nacional o internacional, ponen cara de asco y se llevan las manos a la cabeza exclamando “¿Cómo puede pasar esto en pleno siglo XXI?”, habría que responderles que es precisamente por eso; porque estamos en el siglo XXI, el verdadero, el que llegó, como una bofetada a nuestra conciencia, la mañana del 11 de Septiembre de 2001. El siglo XXI tal y como se vislumbra y no la ilusión yuppesca y nice people que solemos tener, a cuento de desarrollo tecnológico. En el caso de países como Venezuela, el siglo XXI muy probablemente, será un Ciber Siglo XIX y lo será para todos; rojos, azules, amarillos o vino-tintos.
Lo anterior no es para lloriquear, lamentarse o renegar, pero tampoco es para enterrar la cabeza como avestruces en nuestra eterna disonancia cognitiva. Es para pensar (si no es mucho el esfuerzo), para afinar los criterios en cómo hacer frente a una situación claramente predecible. A problemas inusuales, soluciones inusuales.
Bienvenidos al verdadero Siglo XXI.




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