viernes, 2 de febrero de 2018

La Locura Goebbeliana En Venezuela (El Séptimo Principio De La Propaganda Nazi)

LA LOCURA GOEBBELIANA EN VENEZUELA

(El Séptimo Principio De La Propaganda Nazi)

Por Alexander Delgado C.

02 de Febrero de 2018

 


El brutal secuestro político del que, hoy en la madrugada, ha sido objeto el Dr. Enrique Aristeguieta Gramcko, nos ha causado a muchos una, más que lógica, indignación y repulsa. Las posibles razones de este atropello, aparte de la naturaleza malévolamente criminal del narco-régimen, son muchas y tan evidentes que las doy por consabidas. Pero, a la luz de este nuevo atropello, también constato que estamos viviendo una situación de vertiginosidad de hechos o situaciones escandalosas que me hace pensar en el séptimo principio de la propaganda nazi, orquestada por Joseph Goebbels; el Principio de Renovación, el cual reza de la siguiente manera:

 

Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que cuando el adversario responda el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones. 

Que este narco-régimen, asesorado por La Habana, Beijing, Moscú y Pyongyang, sea capaz de esto y mucho más no me cabe la menor duda. Lo cierto es que el régimen chavista, desde el propio proceso electoral de 1998 (sin haber llegado Chávez a la presidencia) ha sido un verdadero torbellino de escándalos, controversias y situaciones enconadas, que se ha incrementado de manera cada vez más frenética desde 2014. Es posible que sean promovidos desde Miraflores o que sean espontáneos pero capitalizados por el régimen para distraer de algo específico. En el momento actual, ese algo puede ser las negociaciones en Santo Domingo o la gira latinoamericana de Rex Tillerson. O bien puede ser para que cada hecho escandaloso haga olvidar el anterior y entre “escándalo y escándalo”, “arrechera y arrechera”, “dolor y dolor” no nos ocupamos de nada en específico. 

Haciendo un recuento de los hechos que, desde el pasado mes de diciembre, dieron de que hablar entre la opinión pública venezolana, enumero los que en este momento recuerdo:

 

1.- En diciembre las protestas populares por la bolsa CLAP y el Pernil navideño ofrecido por el régimen y que solo fue entregado a un pequeño sector (generalmente los más enchufados).

 

2.- Las solitarias, silenciosas y lúgubres festividades Navidades 2017 y Año Nuevo 2018, si es que merecen tal nombre en la Venezuela actual.

 

3.- Entre fines de diciembre y comienzos de enero, los saqueos, cada vez más generalizados, teniendo como punto más álgido los ocurridos en el Excélsior Gama. Así como los ocurridos en las carreteras, con escenas que nada tenían que envidiarle a un hipotético apocalipsis zombi.

 

4.- Primera semana de enero. Las invasiones a fincas, sacrificio brutal de reses para devorarlas y el no menos brutal degüello de un joven saqueador en el mejor estilo de Isis o Hezbollah, grabado y difundido por las Redes Sociales.

           

5.- Hacia el 10 de enero, el hallazgo de los cadáveres de un grupo de jóvenes balseros que trataban de huir a Curazao.

 

6.- Como telón siniestro las, ya cruelmente habituales, muertes de niños por desnutrición o por enfermedades.

 

7.- La de MÁS DOLOROSO IMPACTO. El 15 de enero. La Masacre del Junquito, en la que fueron vilmente asesinados el Comisario Oscar Pérez y sus acompañantes; con las transmisiones en vivo de Oscar Pérez hasta sus momentos finales y la brutalidad con que fueron ejecutados, igualmente transmitida en vivo. 


Escenas contempladas con la obvia carga de rabia, impotencia, y también remordimientos de conciencia por parte de muchos antichavistas que, con razón o sin ella, no creyeron en Oscar Pérez. 

Como corolario a la masacre, el ultraje posterior de sus restos.


8.- El 23 de enero, anuncio de elecciones por parte de la Asamblea Nacional Prostituyente a realizarse en apenas 90 días, prácticamente sin candidatos. Las reacciones internacionales, adversas al régimen. Los cancilleres de México y Chile se retiran de las negociaciones en Santo Domingo y, aun así, los MUDos insistiendo en validarse.

 

9.- El 24 de enero, la presencia, cada vez mayor, de refugiados y migrantes venezolanos en Cúcuta, hace crisis al ser atacados campamentos de refugiados con bombas molotov. La actitud de muchos de estos migrantes en protestas posteriores deja mucho que desear, enlodando nuestro gentilicio (si es que puede estarlo aún más).

 

10.- Hasta hace 2 días, la especulación sobre si hubo preacuerdo o no en Santo Domingo. El régimen dice una cosa. Los MUDos otra. Así mismo la proyectada gira del Secretario de Estado de los EE.UU, Rex Tillerson, en medio de un aumento de presiones por parte de la Casa Blanca hacia el régimen de Miraflores.

 

11.- Y ahora, 2 de febrero, para colmo, LA ARBITRARIA DETENCIÓN, entre gallos, como cosa rara en el chavismo, del octogenario Dr. Enrique Aristeguieta Gramcko. 

Todo lo anteriormente numerado.... EN MENOS DE DOS MESES.

Si no es demencial, no sé cómo llamar al ritmo de todos estos hechos o situaciones. En ese escenario de tromba, las muertes de los más de 100 jóvenes en las protestas de abril-julio del año pasado, parecen hechos lejanos, aunque aún no ha transcurrido un año. 

Por supuesto, no todas estas situaciones tienen porqué ser atribuidas expresamente al narco-régimen, pero aún en este caso, se pueden enmarcar en un contexto sociopolítico, caótico, ominoso, demencial, configurado en Venezuela por la narco-tiranía, un estado de cosas que lleva su impronta. Y, como dije más arriba, lo que no es promovido es aprovechado. Cada escándalo tapa al anterior.

En un país acostumbrado al chisme y el faranduleo, hasta banalidades como el reciente rifirrafe televisivo entre Jaime Bayly y Rafael Poleo o el besito de despedida de Delcy Rodríguez y Julio Borges, durante los diálogos en Santo Domingo, se unen a esa comparsa. Cada situación indignante, dolorosa, criticable y hasta risible, aguijonea el ánimo de una población, ya de por sí, caracterizada por su sensibilería extrema, poco o nada reflexiva y novelera. La rabia se incrementa, pero se dispersa entre tantos hechos casi simultáneos, y al no haber un hecho concreto, fijado, que sirva como catalizador o revulsivo, la ira, el desespero, se queda en inacción, donde quiera que pudiera haber una acción viable.

Pero lejos de entender las demenciales (y por esto mismo paralizantes) circunstancias a que está expuesta la población de Venezuela, la reacción de la opinión pública nacional es la sempiterna, cretina, tóxica, autocompasiva y malsana autoacusación, sobre todo en las redes sociales; los eternos auto-señalamientos, injustos y desmoralizantes; de que "somos cobardes", "estamos catalepticos" o "somos apáticos", señalamientos demoledores sin tomarse siquiera el más mínimo esfuerzo de una mirada de contexto. 

Este panorama se agrava, aún más, al no contarse con un verdadero liderazgo con cobertura amplia; aparte de la genuflexa y hoy desacreditada MUD, no parece haber nada o nadie que canalice o con la capacidad, no solo de razonar con cabeza fría (cualidad que escasea en el común del venezolano) sino de mirar la situación general en perspectiva, y no de manera limitada a cada segmento como lo estamos viendo la mayoría de las veces, sometidos a este frenesí de hechos y opiniones.

Necesitamos algo o alguien capaz de sobreponerse y sobreponernos a esta locura goebbeliana.

El Confort Institucionalista (Sobre la "Pasividad" del Venezolano)

EL CONFORT
INSTITUCIONALISTA
(Sobre la Pasividad del Venezolano)

Por Alexander Delgado C.

Escrito Originalmente el 22 de enero de 2018


Una de las actitudes que a los venezolanos más nos señalan desde afuera (muchas veces, en tono de reproche), y con la que nosotros mismos más nos auto flagelamos, es nuestra pretendida “pasividad” o falta de reacción ante el proceso de maldad institucionalizada que estamos viviendo. Se argumenta que “por mucho menos de lo que estamos sufriendo”, mucha gente en otros países (y quizá los mismos venezolanos en otras épocas) ha salido en masa a protestar.

Esa “apatía”, no tiene una sino varias razones, una de las más visibles se puede metaforizar a partir del ya conocido cuento de la rana en una olla de agua, inicialmente a temperatura ambiente, pero gradualmente van calentando el agua hasta llevarla a punto de ebullición. No hace falta ser docto para darse cuenta de que este proceso de cubanización foro-paulista se ha dado a cuentagotas, durante casi 20 años, acondicionando al venezolano, a plazos, a la actual situación.  

Al mismo tiempo en este proceso de cubanización dosificada, el castrismo contó, de parte nuestra, con una gran ventaja, en lo que, a falta de mejor definición, he denominado El Confort Institucionalista. Como sociedad, nos habíamos acostumbrado, a lo largo de 40 años, a un país político en el que, con todas sus ineficiencias y corruptelas, había una democracia partidista y un orden institucional que, aún con todas sus carencias, funcionaba. Durante esos 40 años se acondicionó a un denso sector de la población, sobre todo a la clase media y a los sectores populares no marginales, a creer en los mecanismos institucionales establecidos, por falentes que fueran.

Pero lo que nunca hemos tenido en cuenta es que ese funcionamiento, mal que bien, del engranaje institucional-constitucional del puntofijismo, nunca tuvo un fundamento social, orgánico y sólido, construido desde las bases hacia arriba. Más bien fue al revés; el Estado y especialmente, las maquinarias de los principales partidos políticos (AD, COPEI, URD y luego el MAS) actuaron como fragua o contenedor a la sociedad interrelacionada que debía ser el cimiento original.

Y no solo eso, también el relativo orden y funcionamiento institucional descansó, en gran medida, sobre un consenso artificial logrado a partir de una política de realazos, facilitada esta por el enorme flujo de los ingresos provenientes del petróleo y, a su vez, espoleada por la voluntad, de las clases dirigentes de entonces, de evitar, a toda costa, conflictos de gran intensidad. Dicha evasión de conflictos, por pertinentes que fueran, sin duda alguna estuvo motivada, por el recuerdo de la violencia sangrienta, que había caracterizado el devenir político de Venezuela tras la Guerra de Independencia. Fue este falso consenso lo que Moisés Naím y Ramón Piñango calificaron en 1984 como “Una Ilusión de Armonía”, como título y conclusión de su libro, publicado ese año bajo el patrocinio del IESA.

Esa falsa armonía es lo que hoy muchos venezolanos, desprevenidamente, extrañan frente al discurso divisionista del chavismo como “la época en que éramos un solo pueblo por encima de las diferencias de partidos” o cuando “éramos felices y no lo sabíamos”. Es bueno acotar que, en el citado libro, Naím y Piñango señalan como una de las consecuencias negativas de esa evasión irreal de conflictos, el que no se generasen nuevos, vigorosos e innovadores liderazgos, con un criterio genuinamente meritocrático. Es evidente que esa falencia se ha proyectado hasta nuestros días en lo concerniente a liderazgos dentro de las filas opositoras.

Esa ilusión institucionalera, que incluye los mecanismos eleccionarios, no solo fue mantenida, por conveniencia, tras la llegada de Hugo Chávez al poder, fue reforzada por el chavismo con el proceso constituyente de 1999 y con las practicas electorales y refrendarias posteriores. De hecho, quizá los venezolanos nunca hayan tenido tantas ocasiones, como bajo el chavismo, de votar, aunque sin llegar a elegir realmente. Para muestra, baste constatar que el 2011 fue el único año, entre 2004 y 2013, en que no se llevaron a cabo elecciones o referéndums de ningún tipo.

Al mismo tiempo, y luego de un proceso de atomización y crisis a lo interno de la oposición, durante los primeros años del chavismo en el poder; a partir de 2006 las maquinarias partidistas se reestructuraron dentro del lado opositor, recreando en su feudo político mucho del fetiche institucionalista-partidocrático como marca de distinción del ser demócrata frente a la tiranía chavista. Con el argumento-chantaje de la unidad frente al régimen, no solo sustentaron su preeminencia dentro de la Venezuela antichavista, sino que replantearon la falsa armonía a lo interno opositor. Un institucionalismo de cartón, con pretensiones irrisorias de coexistir inmaculado con la nueva e implacable realidad política del chavismo gobernante; con su discurso fomentador de odios y resentimientos sociales, y con su praxis político-social, caracterizada por una, cada vez mayor, violencia represiva, pero, eso sí, ejercida de una manera oclocrática y anárquica.

Esta dualidad es la que ha moldeado a la sociedad venezolana bajo el chavismo; del lado opositor al régimen; un institucionalismo iluso, superficial, ritualístico y bonchonamente electorero; del lado del régimen, odio y violencia bovescianas, abuso de poder malandresco, ostentación jaquetona y obscena, así como prácticas represivas, cada vez más abiertas y descaradas, instrumentadas en su brazo armado (tanto de cuerpos militares-policiales formales como de sus montoneras de siglo XXI, llamadas Colectivos).

Desde 2013 la arremetida del régimen ha sido cada vez más demencial, en todas sus vertientes. En el aspecto coercitivo formal, es más que evidente la embestida violenta del chavismo, en la mortífera represión a las protestas de 2014 y 2017, en el barbárico ataque a la Asamblea Nacional, el pasado 5 de julio y, especialmente, en la reciente y brutal ejecución del Comisario Oscar Pérez y sus acompañantes. En el plano Institucional contemplamos el desconocimiento, cada vez más descarado, de la Constitución de 1999 (de impronta chavista), pasando por encima de cualquier formalismo institucional, atropello que tuvo su mejor expresión en todo el proceso de convocatoria, elección e instalación de la espuria Asamblea Nacional Constituyente, a lo largo del, recién culminado, año 2017. También la sociopatía anómica, desatada por narco-régimen, se ha puesto de manifiesto en materia de orden y sentido de estructura, acelerando el proceso de descomposición social, de fomento de antivalores; en ese sentido ha propiciado situaciones anárquicas teledirigidas o bien ha capitalizado a su favor, explosiones de caos social como consecuencia de la crisis económica generada por el propio chavismo. Ejemplos de esto último son el llamado Dakazo, a fines del 2013 o el más reciente saqueo del Excélsior Gama, a fines del año pasado, de igual forma los saqueos y ataques de turbas en las urbanizaciones como modo intimidatorio durante las protestas de 2014 y 2017 o los más recientes saqueos motivados por las hambrunas.

Ante este espiral crecente de insania por parte del régimen, el sector opositor de la población (incluyendo a los otrora chavistas que, desencantados, poco a poco fueron saltando la talanquera) ve como sus espacios de existencia, más figurados que reales, se reducen drásticamente o pierden su peso simbólico ante la omnipresente realidad impuesta por la tiranía. Los caminos institucionales se vuelven quiméricos; las vías electorales (prácticamente las únicas con las que ha estado familiarizada la oposición) son inútiles, tanto por los fraudes repetidos en las mesas de votación, como por las artimañas para invalidar, en la práctica, los pocos triunfos electorales que les reconoce el régimen; las salidas de calle, visto superficialmente, tampoco logran mayor cosa, además del elevado y doloroso costo en vidas, las salidas militares no se vislumbran, salvo rumores que quedan como tal y pronunciamientos individuales aquí y allá, sin consecuencias inmediatas.

Visto lo anterior, es más que comprensible que la psique de la Venezuela antichavista se fragmente desde su confort institucionalista; como consecuencia, unos emigran, otros se hunden en la desesperanza y la depresión, otros se mantienen en una actitud de desafío al régimen, pero como quien da palos de ciego, generalmente a nivel de redes sociales, sin consecuencias palpables en la calle… y otros más, en una suerte de negación más o menos consciente, se aferran a una ilusión de la cojitranca institucionalidad de antaño o en la esperanza de su pronta restitución. Son estos, los que generalmente, se convierten en pasto de la MUD, acatando una y otra vez sus llamados electoreros, en la típica actitud que yo identifico como de Disonancia Cognitiva.

Este es el estado de catalepsia que normalmente muchos venezolanos se auto-reprochan, sobre todo desde las redes sociales, auto-reproches comprensibles pero acaso injustos o al menos desproporcionados. Es desde este estado de estupor que muchos propugnan ilusoriamente salir de esta locura colectiva a través de mecanismos institucionales ideados para situaciones socio-políticas más “normales” (el voto o, al otro extremo, la desobediencia civil amparada en el fulano 350), otros pretenden reaccionar a partir de criterios simplistas (la tan cacareada calle sin retorno, como un acto virilmente irreflexivo… y suicida).

Unos y otros no entienden que, sea cual sea la solución, primero hay que salir, no solo del confort institucionalista, sino también del confort intelectual y el confort mental que nos lleva a apegarnos, con patética arrogancia, a pautas preestablecidas, pero inadecuadas, en un afán de comprender la anómala situación que estamos viviendo (más que una dictadura, se trata de una tiranía sociópata, anómica y destructiva) y a partir de una comprensión más acertada, entender cuáles son las respuestas más viables y a la vez las más adecuadas, a corto, mediano y, especialmente, largo plazo.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Las Elecciones De 1998 ¿Culpable La Abstención?

LAS ELECCIONES DE 1998 ¿CULPABLE LA ABSTENCIÓN? 

Por Alexander Delgado C.

06 de Diciembre de 2017



Tal día como hoy, hace 19 años, la hecatombe chavista llegó por la vía del voto; lo que Hugo Chávez no había podido lograr por las armas, seis años antes, lo lograba ahora, más contundentemente, a través de las urnas electorales. Uno de los SIMPLISMOS más comúnmente repetidos es culpar a la abstención de la victoria chavista en aquellas elecciones. 

Este argumento vacío ha sido uno de los más usados recientemente por los partidarios del voto, contra el abstencionismo, tanto en las elecciones regionales del pasado 15 de octubre como de cara a las elecciones municipales a realizarse el próximo domingo. Semejante SOFISMA, solo puede sostenerse en la Venezuela actual; ya que, si bien es cierto que, como país, en lo político nos hemos caracterizado mayoritariamente por una excesiva emotividad panfletaria y farandulera, con una fuerte propensión a los lugares comunes; no es menos cierto que estos rasgos han alcanzado cotas de verdadera neurosis negacionista en estos aciagos momentos. 

El CÁLCULO SIMPLISTA nos dice que, si tomamos como referente el total de electores inscritos para entonces y no el total de votos escrutados (un 63% del total de inscritos); efectivamente, el 6 de diciembre de 1998, con un 36,55 % de abstención, el hoy fallecido Hugo Chávez Frías obtuvo una votación del 33,35 % frente a un 23, 72 % de votos que obtuvo su, por entonces, principal contendor electoral, Henrique Salas Römer. Y ciertamente si el 36,55% de abstencionistas se le sumara al 23,72% de votos a favor de Salas Römer, habría resultado en un 60,27 %, casi duplicando la votación obtenida por Chávez Frías...  

Hasta ahí, el cálculo de los sofistas es correcto.  

La NECEDAD estriba en suponer retrospectivamente que el 06/12/1998 todos, o la mayoría de los abstencionistas (más de 4 Millones), de haber votado, lo hubieran hecho por Salas Römer (valga decir contra Chávez). 

Precisamente una de las características del abstencionismo es, en líneas generales, la incertidumbre ucrónica acerca de hacia cuál candidato habría ido su voto de haberse decidido a participar; incertidumbre que aumenta a medida que es mayor el porcentaje de abstenidos. En principio, lo único que expresa la abstención es desgano por parte de los electores o falta de credibilidad hacia las opciones políticas existentes; o sea que al que se abstiene ninguna candidatura lo motiva lo suficiente para trasladarse a votar en su favor ni le repele lo bastante para movilizarse a votar en su contra. Algo similar ocurre con los que votan nulo y, en menor grado, con los que votan por terceras candidaturas, sin opción de ganar. 

Por eso muchas veces, a la hora de especular, lo menos imprudente sería suponerle a la abstención una proporción de intención de voto similar a la expresada por los que participaron. Lo anterior aplica de lleno para todos los procesos electorales venezolanos, por lo menos entre 1988 y 2000. 

Cosa muy distinta es cuando uno o varios de los actores principales (o potenciales) del juego electoral del momento se retira de la contienda y llama a sus partidarios a abstenerse (buscando deslegitimar dichos procesos), en señal de protesta contra determinada situación relacionada con el proceso eleccionario. Fue lo que ocurrió en Venezuela en las elecciones parlamentarias de 2005; los principales dirigentes opositores, tras retirarse de la contienda poco antes de los comicios, llamaron improvisadamente a la abstención, argumentando la poca fiabilidad del árbitro electoral; determinando la elección de la AN de ese entonces con un 75% de abstención. Con esto convirtieron el abstenerse en un punto de honor para la oposición y, por reacción, el participar en punto de honor para los chavistas. 

Pero incluso en esas elecciones sería una prepotencia atribuir ese 75% de ausentismo electoral exclusivamente a la oposición. Aunque minoritaria, también hubo abstención de oficialistas que, sintiéndose vencedores a priori, juzgaron displicentemente innecesario movilizarse a votar en unas elecciones que no involucraban directamente la figura del presidente. Lo que sí es cierto es que la abrumadora abstención lograda en 2005 era altamente capitalizable por la dirigencia opositora, deslegitimando, no solo la elección y a la AN, sino al propio régimen chavista. Que los dirigentes opositores de entonces (esencialmente los mismos de ahora) le tuvieran miedo al cuero después de matar al tigre, es otro tema. Era desde una perspectiva similar a la de 2005, desde la que se procuraba lograr una alta abstención, deslegitimadora del régimen y de la ANC, en las elecciones para gobernadores del pasado 15 de octubre. 

En el caso de las controversiales elecciones de 1998, muchas veces se cae en el típico error de ponderar los hechos históricos desde la perspectiva actual, sin hacer el menor esfuerzo de contextualizarse en el momento en cuestión. Adicionalmente a esto y a la ya mencionada tendencia a los simplismos y clichés, hay que añadir la ignorancia e indiferencia, frívola, desdeñosa y jaquetona, con que en Venezuela se suele asumir la historia propia, incluso la más contemporánea. 

Si nos tomamos la molestia de ubicarnos en contexto, tendríamos en cuenta que, para 1998, el llamado sistema puntofijista lucía desgastado, con una credibilidad cada vez menor; los cada vez más altos índices de abstención electoral eran una señal inequívoca (casi 40% de abstención en las elecciones presidenciales de 1993), incluso había cierta añoranza hacia gobernantes de mano dura, reflejada o parodiada en la TV (*). La decadencia del sistema, su errónea y confiada auto-percepción de solidez e inmutabilidad, así como su nulo sentido autocrítico, se reflejaron con nitidez en la decisión de las directivas de AD y COPEI de presentar como candidatos, respectivamente, a un anciano semi-analfabeta sin siquiera carisma popular (Luis Alfaro Ucero) y a una ex reina de belleza (Irene Sáez) cuya única experiencia política había sido al frente del municipio capitalino más pequeño, Chacao; de poco más de 50.000 habitantes mayoritariamente de clase media alta; por ende, muy fácil de gerenciar. 


A ese circo electorero vino a sumarse la candidatura del ex golpista frustrado (y sobreseído judicialmente) Hugo Rafael Chávez Frías, con una coalición de partidos políticos, mayoritariamente de izquierda, encabezada por el MVR (Movimiento Quinta República), hoy fundido en el PSUV y con un programa político a partir de una promesa de convocatoria constituyente. Por entonces Chávez se vendía oficialmente como bolivariano y de Tercera Vía (no sería sino hasta el 2005 en que se proclamaría abiertamente socialista), explotando un discurso radicalmente anti-puntofijista, populista extremo, de reivindicador/vengador de las clases desposeídas. Desde su excarcelación en 1994, Chávez, visto de manera superficial, parecía sumirse cada vez más en el olvido, bajo perfil que el ex-sedicioso aprovechó para hacer campaña política a nivel de barriadas populares. 

Lo que no se esperaban las clases dirigentes de entonces, así como la opinión pública adversa al populismo de izquierdas, arrogantemente confiadas; era que el pintoresco y folclórico ex golpista, que en 1995 era pro abstención, que hasta 1997 seguía confiando en la opción insurreccional, y que en los sondeos de intención de voto de ese mismo año figuraba en los últimos lugares, se pudiera convertir en tan poco tiempo en un verdadero fenómeno electoral. 

Pero el desgano y escepticismo generalizado, acumulado de años, pasaron factura a la hora de ponderar el peligro que representaba la candidatura de Chávez para Venezuela (e indirectamente para Iberoamérica). De ahí que el progresivo ascenso del ex oficial felón en las encuestas, y especialmente su arraigo en los sectores más populares, con su retórica ñángara y freidora de cabezas, solo generara alarma en los sectores más recalcitrantes de la clase media alta y en algunos elementos más moderados o más prevenidos de las clases populares no marginales. La doblez de buena parte del alto empresariado y de los dueños de los más grandes medios de comunicación; que no dudaron en sumarse, abierta o solapadamente, a la tanqueta electoral chavista; dieron la espoleta que faltaba para que muchos intelectuales, profesionales y personas de clase media, o bien apoyaran a Chávez, o lo miraran con simpática curiosidad, o, al menos, le dieran el beneficio de la duda. Total, la historia de Venezuela siempre había estado plagada de radicales, tirapiedrascomecandelas, demagogos, populistas, revolucionarios y golpistas (fracasados o exitosos en tomar el poder), los cuales, una vez en el poder (y a veces sin haberlo alcanzado) se domesticaban. 

¿Qué es una raya más pa' un tigre...?”, se habrá preguntado más de uno en aquel 1998. 

Solo el avance de la candidatura del ex gobernador de Carabobo, Henrique Salas Römer que, con su partido Proyecto Venezuela, a mediados del 98, logró posicionarse en el segundo lugar en las encuestas; ofreció, a los ojos de muchos, cierta posibilidad de detener el avance de Chávez. Salas Römer se apoyaba en la percepción favorable de su gestión como Gobernador, durante dos períodos, entre 1989 y 1995, sucedido por su propio hijo; proyectando, así mismo, una imagen de cambio radical matizado (y en dirección opuesta al de Chávez), anti cúpulas tradicionales (con quienes rechazaba públicamente la posibilidad de pactos “ni abiertos ni encubiertos”) y cierta imagen veladamente autoritaria (el hombre del caballo). Pero, adicionalmente a la popularidad de Chávez, Salas tenía como sombra ser percibido por las masas populares como oligárquico, por su condición de empresario y sus modales aristocratizantes, como nepotista, por haber aupado a su propio hijo como sucesor en la Gobernación de Carabobo (no obstante, el nepotismo de que también hacía gala Chávez), tampoco lo ayudaba su tendencia política de tipo neoliberal, tradicionalmente percibida como impopular. 


Tras la evidente consolidación del chavismo en los comicios regionales y parlamentarios del 8 de noviembre de ese año, las cúpulas de AD y COPEI, dieron el paso contraproducente de despedir, de manera arbitraria y demasiado tardía, a sus respectivos candidatos (a quienes nunca debieron aupar en primer lugar) y apoyar la candidatura de Salas Römer, llamando a sus militancias a votar por el carabobeño. Con esto evidenciaron aún más la decadencia del puntofijismo, logrando un efecto contrario en las bases de ambos partidos, especialmente en las de Acción Democrática, acostumbradas a una mística estatista y populista, a quienes se les llamaba a votar por un candidato percibido como neoliberal y de la llamada godarría; es decir, de las clases acomodadas; en contraste con el talante coloquial de Chávez. 

Como consecuencia se agudizó la migración de intención de votos a favor del candidato barinés, así como el desencanto y menosprecio hacia la guanábana; y la percepción (acertada o equivocada) de que el triunfo electoral de Chávez era irreversible. Esta imprudencia de las élites blanqui-verdes, a su vez, se vio complementada por la poca previsión de Salas Römer al aceptar abiertamente el apoyo de las cúpulas adeco-copeyanas (que antes había rechazado enfáticamente); con esto se generó la percepción pública de un Salas que se contradecía, pasando a ser percibido como un candidato del establecimiento, en contraste con el discurso de cambio no violento que hasta ese momento había vendido. 

Visto objetivamente, es en ese contexto en el que se llevaron a cabo las elecciones del 6 de diciembre de 1998, con los resultados bien conocidos por todos. Si, de manera evidente, el grueso de la militancia adeca de base y un sector nada despreciable de las bases copeyanas, desacatando la tradicional disciplina partidista, se plegaron a votar por un Hugo Chávez que los había amenazado, literal o metafóricamente, con freírlos en aceite ¿por quién habría votado la mayoría de los abstencionistas de haberse decidido a sufragar? 

En sí no se puede saber, pero la proporción de votos escrutados entonces nos permite intuirlo. Quizá una respuesta que entonces, como ahora, se encuentra, como cantaba Bob Dylan, soplando en el viento. 

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(*) Para mayor ilustración acerca de la nostalgia hacia gobiernos autoritarios, previa a 1998, reflejada en programas de comicidad, véanse los siguientes videos de YouTube, correspondiente a programas humorísticos, en la década de los 90s 

https://www.youtube.com/watch?v=hpG4T1eQ2mA 

https://www.youtube.com/watch?v=UZgI-HCUXMM


viernes, 13 de octubre de 2017

País Surrealista Y Disonante

PAÍS SURREALISTA Y DISONANTE

Por Alexander Delgado C.

13 de Octubre de 2017


Quienes vivieron los 80 y 90 quizá recuerden aquella famosa serie Dimensión Desconocida. Aunque esta serie, cuyo autor era el escritor y productor Rod Serling (1924-1975) tuvo su primera etapa en la década de los 60, su mayor auge en Venezuela se dio durante la emisión de la segunda etapa en la segunda mitad de década 1980 (con sus retransmisiones posteriores). 

Era común que sus capítulos plantearan situaciones surrealistas; lo normal era anormal y viceversa, mucha gente, dentro de la trama, no entendía lo que pasaba, pero había quienes, lo entendieran o no, lo asumían y trataban de encontrar soluciones en consecuencia. Sin embargo, no faltaban otros, negados a asumir la anomalía; pretendiendo actuar como si todo fuera normal o como si la surrealidad fuera algo pasajero o un mal sueño. Aferrados quijotescamente a una ilusión de normalidad. 

Bajo el chavismo, Venezuela se parece cada día más a un capítulo de la Dimensión Desconocida. En medio de la surrealidad del día a día, muchos de los MUDeros y electoreros asumen la actitud de los negados, aferrándose a un espejismo de normalidad, expresado en una dinámica de protestas pacifistas, pero sobre todo en pretendidas salidas democráticas e institucionales a la anomia chavista. 

Muchos de estos venezolanos, forjados en las urbanizaciones de clase media, son el producto de una época en la que, mal que bien, había una democracia y en la que los problemas se afrontaban esperando las próximas elecciones (aunque el siguiente gobierno resultara peor de lo mismo) en la que, mal que bien, nos podíamos acoger a unas instituciones que, mal que bien, funcionaban.

Chávez, hasta cierto punto y de manera fraudulenta y ventajista, mantuvo esa ilusión democratero-institucional-electorera, obviamente con un discurso comunistoide de impronta bovescista, resentido y malintencionadamente demagógico, así como un accionar autocrático, deliberadamente mal disimulado. Pero para la mayoría de nuestra, entonces, clase media, las cosas, de nuevo mal que bien, todavía funcionaban (el restaurancito, la playita, el whiskycito, las birritas, las rumbitas, etc.); eso sí, de manera cada vez más precaria, más corrompida, con la amenaza castro-comunista como espada de Damocles. Pero como el castro-comunismo no se terminaba de concretar categóricamente, era fácil evadirse en el “¡Noo vaale… yo no creeooo!”, aunque, muy en el fondo, “¡Síii vaale… síiii creíiiann!”. 

Ahora se ve más claro que la fachada democrática del régimen bajo Chávez no era solo para apaciguar a la llamada Comunidad Internacional sino también para ir acostumbrando a la opinión pública nacional, dosificándole el castro-comunismo. 

Todo lo anterior explica, no solo el amodorramiento que tanto se nos ha echado en cara a los venezolanos, sino que, en este momento, también explica (sin justificarla, por supuesto) la actitud negatoria de este sector de votófilos, empeñados en participar en las próximas elecciones regionales, avaladas por la espuria Asamblea Nacional Prostituyente

Es por eso por lo que, en más de una ocasión, he insistido en decir que la Venezuela de hoy sería un paraíso para un psicólogo social que quisiera estudiar, sobre el terreno, el fenómeno de la DISONANCIA COGNITIVA. Porque es esa socio-patología la que realmente aqueja a muchos venezolanos; más que el llamado Síndrome de Estocolmo con el que nos relacionan, lo que se vive en Venezuela es Disonancia Cognitiva. Desde 1999 arrastramos la disonancia de los chavistas de base que no querían (muchos aún hoy siguen sin querer) ver adonde nos estaba llevando “su ComaAndante”, eligiendo creer (aunque en el fondo intuyeran la verdad) que “al ComaAndante lo tienen engañado” o los que se empeñaban en decir que éramos nosotros los “disociados”. 

A la disonancia surrealista de los rojos rojitos, ahora también hay que agregar la disonancia de los MUDeros y electoreros. 

Efectivamente, tras el fracaso, tanto de las protestas de abril a julio (con el dolorosísimo costo en vidas) como de la consulta del pasado 16 de julio que hasta ahora no ha conducido a nada; y viendo como el régimen “eligió” e instaló su Prostituyente sin problemas; la reacción de muchos, del lado antichavista, parece ser la de reforzar su Disonancia Cognitiva. Pretenden defender el voto en las actuales circunstancias, con argumentos, a cual más patéticos, como el de una ciudadana que, en un post del pasado 2 de Septiembreen su cuenta de Twitter, hablaba de ir a votar en las elecciones del próximo domingo “…aunque sea para vivir la ilusión de lo que es una democracia” …

O repitiendo como chavistas, perdón, como loritos, los manidos argumentos de “no ceder los espacios”, no repetir el “error” de 2005 o el de, y que, “el arma de los demócratas es el voto”… Y, como si se hubieran calcado de los rojos rojitos, asegurando que los que le seguimos el juego al régimen somos los que nos oponemos al voto, no ellos. Por supuesto, en su obstinación se encuentran capitaneados por una verdadera corte de políticos rancios, sin importar su edad y por pseudo-intelectuales izquierdoso-light, entre ellos algunos Abajo Firmantes del manifiesto rastrero de 1989.

Una verdadera claque de mercachifles electoreros que estimulan la disonancia de los MUDifanes, como los Jim Jones de este nuevo suicidio colectivo. 

Y así estamos… entre la surrealidad impuesta por unos y la disonancia, como respuesta, de los otros.

Desmontando Falacias Muderas

DESMONTANDO FALACIAS MUDERAS

Por Alexander Delgado C.

Escrito Originalmente el 25 de Septiembre de 2017





En la actual coyuntura política que vivimos, muchas veces nos vemos encallejonados en disyuntivas absurdas e innecesarias, como la que, en los últimos dos meses, nos hemos visto envueltos; sobre si ir a votar o, por el contrario, abstenernos de hacerlo en las elecciones regionales del próximo 15 de octubre. 

En este avatar, los que consideramos inútil y contraproducente el ir a votar, hemos confrontado, en los últimos días, una campaña realmente agresiva por parte de los partidarios del voto. De nada han valido argumentaciones, DE LÓGICA ELEMENTAL, como que eso implica legitimar nacional e internacionalmente este régimen delincuencial, a este CNE fraudulento y, lo que es peor, a la no menos fraudulenta e inconstitucional Asamblea Nacional Prostituyente (perdón, Constituyente). De nada ha valido el argumento, ya trillado (pero no menos certero), referido a la escasa garantía que ofrece este CNE, corrompido, factótum del régimen, cuyo compromiso con el mismo está, más que demostrado desde 2003, cuestionado pública e internacionalmente y en manos de una rectora que, además de estar vencida en su plazo de estadía al frente de ese “organismo”, está sancionada internacionalmente.

No menos en vano ha sido otro argumento de peso esgrimido en contra de esas “elecciones”; que, aún en el caso de que una hipotética avalancha de votos opositores imposibilite que el CNE-Régimen pueda imponerse por fraude en muchas gobernaciones, de poco serviría. 

Como muestra, la reciente destitución e inhabilitación del alcalde del Hatillo, David Smolansky, el pasado 9 de agosto, por parte del TSJ, tras negarse a reprimir las protestas y permitir el levantamiento de barricadas o guarimbas, debiendo pasar a la clandestinidad y salir de incognito hacia tierras brasileñas hace, poco más de una semana. 

También está el recordado caso de Antonio Ledezma en las elecciones regionales de 2008, en las que obtuvo una mayoría de votos para ser el Próximo Alcalde Mayor del Distrito Metropolitano, no quedándole más remedio al CNE que proclamarlo vencedor. Pero, inmediatamente, el gobierno de Hugo Chávez procedió a un despojo sistemático de sus funciones efectivas y recursos financieros y, con la Ley del Distrito Capital de 2009, creó, como autoridad paralela, una Jefatura de Gobierno de Caracas, de libre nombramiento (a dedo) por el gobierno central, procediendo Chávez a designar para dicho cargo a la, hasta entonces, ministro de ambiente, Jacqueline Faría. Los recursos despojados a la Alcaldía Mayor fueron redirigidos a la Jefatura de Gobierno de Caracas, a quien, además, se le reasignó el control de la entonces Policía Metropolitana, así como de hospitales, ambulatorios y principales espacios públicos de la capital. Consecuencia, Ledezma terminó ganando un cascarón vacío. De nada valió la huelga de hambre llevada a cabo por él frente a la sede de la OEA, en el propio año 2009, ni su posterior reeleción, nuevamente reconocida, por el CNE. Lo único que logró Ledezma fue ser detenido hasta el día de hoy

El caso de Ledezma, hace ya nueve años y el reciente de Smolansky han sido dos de varios ejemplos, de alcaldes opositores “quitados del medio” arbitrariamente por el Régimen o vaciados de todo poder real que se transfiere a instancias paralelas, obviamente en manos de oficialistas.

A los casos anteriores de alcaldes despojados, agregemos el de la propia Asamblea Nacional, ganada en buena lid por la oposición en diciembre de 2015, pero a la que el TSJ, en una arbitraria desición, privó de los diputados por Amazonas, además de uno de los representantes indígenas; fallo inicuo que, sin embargo, fue aceptado por la directiva de la Asamblea, a comienzos del año siguiente. Desde entonces la AN, mayoritariamente opositora, ha sido constantemente torpedeada, mutilada en sus atribuciones, humillado públicamente su “presidente” por un coronelucho guapo y apoyado, agredida salvajemente, en una reproducción dantesca del 24 de Enero de 1848, el pasado 5 de julio (en el propio aniversario de la independencia) hasta finalmente, al igual que los casos de alcaldías opositoras, montarle una legislación paralela con la Asamblea Nacional Constituyente, con la que, además, debe compartir el uso del Hemiciclo. 

Otro argumento respetable, e igualmente ignorado, fue el que asomó Gustavo Azocar en su artículo, ¿Quién Gana y Quien Pierde con las Elecciones Regionales?, en el que nos dice que, aunque se ganaran todas, o la mayoría de las Gobernaciones, … los Consejos Legislativos seguirán en manos del PSUV para controlar los presupuestos regionales y cortar la cabeza al primer gobernador que se ponga cómico.

Contra este arsenal de argumentos sólidos, lógicos, los partidarios del voto solo saben responder con desplantes o con calumnias (en el mejor estilo chavista) hacia los que nos oponemos, tildándonos de tarifados del régimen, agentes del G2 cubano, etc.

Cuando argumentan, no hacen más que repetir, como fanáticos de una secta fundamentalista, argumentos vacíos, diseñados desde arriba, por las Dirigencias MUDas y apoyados por una verdadera comparsa de “intelectuales” y periodistas (muchos de ellos izquierdo-light y algunos abajo firmantes del Manifiesto de bienvenida a Fidel Castro en 1989); de escritores y personajes del medio artístico, con una innegable trayectoria, pero productos de una época, de un contexto, de una realidad sociopolítica, vencida. El más trillado y fastidioso de esos argumentos es el de no cederles espacios al régimen. Pero ya hemos visto que esos espacios pueden ser controlados por el régimen cuando a este le plazca. Solo son figuras decorativas que le sirven al régimen para hacerse ver como los demócratas que no son. Sin contar con que varios diputados opositores, electos en diciembre de 2015, abandonaron los espacios que habían asegurado para ir en pos de otros nuevos e inciertos espacios. 

El otro argumento recitado al caletre es el de No repetir el error de 2005, sin tener en cuenta que el “error” no fue abstenerse, sino el de no actuar en consecuencia a ese paso, apoyándose en el 350, en cambio recularon y se contradijeron, participando en las elecciones de 2006.

En su afán de justificar una participación electoral injustificable, han llegado al extremo de falsificar o manipular burdamente la historia (de nuevo, el estilo chavista en acción), como cuando el paleo-adeco de Henry Ramos Allup, aseveró que todas las dictaduras han salido con votos. Supongo que posteriormente se dieron cuenta de lo ofensivamente ahistórico de esa aseveración y la redujeron solamente al caso de Augusto Pinochet en Chile. El caso pinochetista es uno de los argumentos que la mayoría de los MUDifanes repite goebbelianamente. Y sí, fue efectivamente una excepción, no la regla, y como excepción requiere ser observado con más detenimiento, contextualizado en vez de citarse superficialmente como mantra. Solo un criterio ignorante, frívolo, ramplón y panfletario, mediría con la misma regla, a la dictadura, (ciertamente brutal y corrupta) de Pinochet en el Chile de los 70s y 80s y a la narco-tiranía oclocrática, anómica, delincuencial, resentida y sociópata de la Venezuela actual. 

Semejante necedad solo puede ser diseñada para (y sostenida por) ese sector de “Clase Media”, cimentado en las últimas dos décadas del puntofijismo y primeros años del chavismo, hoy cada vez más reducido y empobrecido económicamente, de ese sector formado por profesionales, que muchas veces son genuinamente talentosos en su área de estudio, pero fuera de ella, hacen gala, en el mejor de los casos, de un delgado barniz de ilustración adquirido a punta de programas de opinión (que les dicen lo que ellos quieren oír) o de documentales mal digeridos, vistos desde la cama “mientras me llega el sueño”. Un sector exquisitamente ignorante, al que personalmente he calificado como los Demo-Sifrinos, producto Smart de la Cultura de Masas, devenidos en pasto del fundamentalismo democrático, es decir, de una forma idólatra, dogmática y ritualista de asumir la democracia (en vez de estudiarla concienzudamente y sopesarla en su justa medida) 

Son muchos otros los sofismas esgrimidos por los MUDeros y sus seguidores, tanto para apoyar la participación el próximo 15 de octubre, como para descalificar a quienes llamamos a no lavarle la cara al régimen. Solo voy a refutar uno más; me parece pertinente hacerlo aquí:

La Abstención Es Promovida Por El Régimen” Este argumento va en consonancia con quienes nos acusan de agentes del G2 ¿En serio es promovida por el régimen? Así lo sostienen muchos MUDeros y votófilos y, siendo así, se supone que a nosotros debe convenirnos votar. Pero la verdad es que yo no he visto a NINGÚN ALTO VOCERO ROJO llamando a no votar. Por algo están lanzando candidatos. Lo que sí está haciendo el régimen es promover candidatos detestables en Estados con fuerte presencia opositora (como el simio Héctor Rodríguez en Miranda o el recogelatas proto-travesti de Rafael Lacava en Carabobo)… Pero lo que no entienden los NECIO-MUDeros, es que eso lo hace el régimen precisamente para asustar a los opositores e impulsarlos a votar por lo que haya de candidato bobositor, en procura de que no ganen los correspondientes engendros rojos… Y Si al Régimen le conviene que la oposición vote… por algo será. Por contrapartida lógica A NOSOTROS NOS TIENE QUE CONVENIR NO VOTAR. 

Pero claro, todo eso no importa para los votófilos, como tampoco importa que los presuntos gobernadores opositores se doblen para no quebrarse ante Miraflores o, peor aún, ante la ANC, o que, a la hora de una nueva jornada de calle o una nueva insurrección, sus policías no se pongan del lado correcto de la historia, apoyándonos, dando el ejemplo que sí dio la PM en la tarde del 11 de abril de 2002 (lo que le costó a muchos de estos valientes, pudrirse en una cárcel, olvidados o ninguneados por esos mismos dirigentes MUDos). Tampoco importa que por el contrario, sus policías den el ejemplo que dio la policía de Ocariz con la entrega del Capitán Caguaripano. Nada de eso importa para Los Demo-Sifrinos, ellos no pueden soportar la visión, ciertamente repelente, de un gobernador chavista en su entidad, especialmente si es un indeseable, necesitan tener un gobernador que se diga de oposición. Más que Mandatarios regionales, para los electoreros estos presuntos gobernadores opositores son una suerte de amuletos o lindas figuras decorativas. Cuando Maduro, Cabello o la flatulenta que preside la ANC, salgan con algún exabrupto, los Demo-Sifrinos necesitan relajar su vista, mirando, al frente de su Gobernación, a la cara bonita que ellos eligieron en nombre de la “oposición” … a alguien que es como ellos, y así poder vivir la ilusión de que la vida es bella, a pesar de los pesares.

Las Falacias y los simplismos, están y estarán a la orden del día, tanto de cara a las próximas elecciones regionales como en lo que resulte después. Si el régimen, como es lo más probable, gana la mayoría (o la totalidad) de las gobernaciones, seguramente nos echarán la culpa a los abstencionarios (así la abstención no llegue al 50% o incluso al 40%). Nos recordaran a nuestras queridas madres por cada “cara bonita” que no pudieron tener como “gobernador o alcalde opositor”. 

Como siempre, creerán lo que quieren creer, apoyarán los comodines que les proporcionen sus “líderes”. Lo asumo y a quienes han tomado la misma postura opositora de abstenerse en el presente proceso, mi invitación es a enfocarnos en la creación de un verdadero movimiento político que represente una alternativa viable y a dedicar menos tiempo, menos cabeza y menos corazón a los circos con que nos distraen, tanto los rojos como los MUDeros.

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