lunes, 31 de diciembre de 2018

Un Corazón Todo Venezolano. Por: Augusto Mijares

UN CORAZÓN TODO VENEZOLANO

Por: Augusto Mijares

(De Lo Afirmativo Venezolano. 1963) 


FUE EN 1865, AÑO de la muerte de Fermín Toro, cuando Juan Vicente González lo llamó “el último venezolano”. Apenas 29 años antes, en ocasión igualmente solemne y luctuosa, se había dicho algo análogo, pero con ánimo totalmente diferente. Me refiero al título que el Congreso de Venezuela encontró como máximo elogio para Vargas, en el momento de aceptar su renuncia a la Presidencia de la República: un corazón todo venezolano, lo llamó la representación nacional. 

También ese día pudo parecer de muerte, y que muchos ideales de paz entre hermanos, de civismo y desinterés, se iban como en un ataúd; pero la conmovedora expresión con que el congreso despide a Vargas no es de llanto ni de vergüenza: tiende por el contrario a proclamar que aquellos propósitos (el patriotismo, la laboriosidad y el valor moral de Vargas) debían quedar como símbolo de “lo venezolano”. Casi es una deliberada negación de que aquella despedida fuera definitiva. Gracias a ella (querían pensar) Vargas permanecerá en Venezuela: en presencia efectiva, realizando una nueva labor al frente de la educación nacional y, sobre todo, como presencia espiritual de aquellas virtudes que de Venezuela le venían y eran las que habían formado el corazón. 

No eran propensos entonces los venezolanos al lamento y a la claudicación. El capitán ingles Beaver, que en 1808 estuvo en Venezuela como Comandante del buque de guerra “Acasta”, para observar los sucesos políticos, transmitió a su gobierno un juicio sobre el carácter nacional que merece confrontarse con el que habitualmente los venezolanos se han inventado: “Creo poder aventurarme a decir que son leales en extremo y apasionadamente adictos a la rama española de la Casa de Borbón; y que mientras haya alguna probabilidad de la vuelta de Fernando VII a Madrid, permanecerán unidos a su Madre Patria. Pero si aquello no sucediese pronto, creo poder afirmar, con igual certidumbre, que se declararán independientes por sí mismos… Estos habitantes no son de ningún modo aquella raza indolente y degenerada que conocimos en la misma latitud de Oriente: antes parecen tener todo el vigor intelectual y energía de carácter que se ha considerado generalmente como distintivos de los habitantes de regiones más septentrionales”. 

Que un europeo considerara entonces a los nativos de otro continente con el vigor intelectual y la energía de carácter que solo ellos mismos se atribuían, debe considerarse un elogio excepcional. 

Y, sin embargo, es el que se repite con relativa frecuencia por los viajeros que estuvieron en Venezuela. 

Ya Humboldt había escrito: “Las comunicaciones múltiples con la Europa comerciante, y ese mar de las Antillas que he descrito como un Mediterráneo con muchas bocas, han influido poderosamente sobre el progreso de la sociedad en la isla de Cuba y en las bellas provincias de Venezuela. En ninguna otra parte de América la sociedad ha tomado una fisonomía más europea… A pesar del aumento de la población negra, uno se cree, en La Habana y en Caracas más cerca de Cádiz y de los Estados Unidos que en ninguna otra parte del Nuevo Mundo”. 

El francés Depons avanza más aún: aunque no deja de anotar muchas deficiencias y defectos, observa que los criollos lejos de intimidarse ante el europeo lo vigilan con altivez. Llega hasta escribir: “Si la competencia se mantuviera en el terreno de los conocimientos adquiridos, indudablemente los criollos llevarían la ventaja, pues, en general, los venidos de España encuentran en el país gente que los supera en cultura”. 

Me interesa advertir esto: un desgraciado rastacuerismo de fin de siglo ocurrió muchas veces a la comparación de estas ciudades americanas con las europeas, y les parecía a nuestros snobs el colmo de la felicidad afirmar que Caracas, por ejemplo era “otro Paris”. 

Lo que vengo diciendo tiene un sentido absolutamente opuesto: porque la comparación material de estas ciudades con las europeas hubiera sido absurda, es por eso que resulta sorprendente que, salvando esas barreras, de la realidad tangible, los europeos les encontraron una fisonomía, un carácter que aquí no era inferior al de allá. 

Así debe apreciarse también esa imagen que el Conde de Segur se llevó de nuestra capital: “La ciudad de Caracas se ofreció a nuestros ojos con bastante majestad… nos pareció grande, limpia, elegante y bien construida”. 

No; si el Conde de Segur se hubiera limitado a recordar lo que tuvo ante sus ojos, hubiera dicho solamente que Caracas era apenas una aldea tropical que no alcanzaba a los 40.000 habitantes, y de las más pobres del continente. Lo que para él transformó aquella realidad inmediata fue la sociedad que encontró, europea por el vigor intelectual y la firmeza de carácter, según diría el inglés. 

¡Cuántas meditaciones pueden sugerir estos datos que apunto sobre el carácter venezolano! ¿No romperán la rutina con que nos atribuimos, como si derivaran de taras irremediables, cuantos infortunios y contratiempos nos salen al paso? 

Porque lo curioso es que aquella interpretación deprimente del espíritu nacional se extiende a los más fútiles pormenores de la vida cotidiana: si un coche que pasa en días de lluvia nos salpica, o si alguien que va de prisa nos tropieza, o si un vecino nos da un pisotón, todos los venezolanos tienen la culpa y “este es un país donde no se puede vivir”. 

Creo muy saludable perseguir hasta esos extremos grotescos aquella manía de auto-acusación. Y denunciar también las exageraciones contradictorias que en nuestro egoísmo engendra: porque si debemos esperar durante mucho tiempo un autobús proclamamos que “eso no sucede sino en Venezuela”, pero si el autobús para hacer puntualmente su recorrido no nos espera cuando llegamos con retardo, también nos enfurecemos y afirmamos que el carácter nacional no tiene remedio. 

Y siempre en Venezuela “el último venezolano” es… uno que acaba de morir. Aunque a diario sigamos viendo a tantos venezolanos, médicos, escritores, filántropos funcionarios, profesores, que por su abnegación o su honradez, por su laboriosidad o su patriotismo, podrían merecer (aunque no fuera en la máxima categoría que Vargas) el espléndido elogio tan reconfortante: “un corazón todo venezolano”.

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jueves, 18 de octubre de 2018

El Mito Heroico y los Ecos de la Revolución de Octubre

EL MITO HEROICO Y LOS ECOS DE LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE

 Por Alexander Delgado C. 

18 de Octubre de 2018



Tal día como hoy hace setenta y tres años, con el derrocamiento del presidente Isaías Medina Angarita, se dio inicio a un nuevo tiempo histórico en Venezuela. Con mayor o menor acierto, podríamos definir este nuevo tiempo como Era Democrática, entendida esta bajo las premisas propias de la modernidad industrial, encumbrada por entonces en los países más desarrollados y a la que Venezuela aspiraba a llegar. Es decir; una actividad política de masas, estructurada en torno al Sufragio Universal, motorizada por partidos políticos organizados y en medio de una dinámica, pretendidamente pluralista y políticamente liberal, impulsada por los nacientes mass media. Irónicamente, el derrocado presidente Medina Angarita, comprometido con un proceso de democratización, fue quizá el gobernante más liberal y, dentro de su contexto, uno de los más progresistas que hemos tenido (en el buen sentido de la palabra). 

El tiempo histórico que llegó a su fin con el arribo de Hugo Chávez a la presidencia no se inició el 23 de enero de 1958; se inició el 18 de octubre de 1945. Incluso, es muy discutible si el régimen militar de los años cincuenta fue un paréntesis en esa Era Democrática o si más bien fue parte de esa Era; a saber, la faceta militarista, autoritaria, nacionalista de derecha y tecnocrática del orden instaurado en 1945.

También, hace setenta y tres años, se consagró el populismo moderno en nuestro país. De nuevo, no fue el 23 de enero del 58, fue el 18 de octubre del 45.

1958 fue el consolidose del empezose de 1945.

Aunque esta fecha haya sido interesadamente soslayada por todos los discursos políticos de los últimos setenta y tres años, la relevancia histórica del 18 de octubre de 1945, no solo supera, como ya se señaló, la del 23 de Enero de 1958, sino que está a la par de hechos como la salida de Venezuela de la Gran Colombia (1830), el triunfo de la Federación (1863), el inicio de la llamada Hegemonía Andina (1899) y, por supuesto, el ascenso del chavismo al poder (1999). 

Para bien Y para mal, la Revolución de Octubre partió en dos la historia venezolana del siglo XX. Junto a la consagración de la democracia partidista por vías institucionales, hay que destacar las medidas de los gobiernos derivados del octubrismo en materia de legislación social y en el campo infraestructural. Negar estas políticas sería mezquino. 

Pero tampoco podemos negar que, como contra-cara negativa, tras el golpe de octubre, con el llamado trienio adeco (1945-1948)regresa la intolerancia, la violencia política y, sobre todo, el discurso populista y vesánico, especialmente desde las esferas gubernamentales, males que parecían haberse superado, sino desde 1908, por lo menos, desde 1936. 

Sin embargo, un aspecto del octubrismo del que comúnmente no nos percatamos, es el psicosocial y el simbólico, el relacionado con la mitología criolla. Con el golpe de octubre se revigoriza el mito del venezolano alzao, del venezolano de complejo heroico, del venezolano comecandela que confía más en los cambios impuestos a lo machorevolucionariamente, antes que en los cambios surgidos del esfuerzo colectivo y cotidiano, es decir, más acompasados, más a plazos, pero de base más sólida y estable, por ende con mayores posibilidades de ser duraderos. El 18 de octubre de 1945, no regresa la Venezuela barbárica de Boves, Zamora, El Agachao o Funes, pero sí esa Venezuela rebelde, cimarrona, demagógica y pico de oro, que no acepta nada ni a nadie por encima de ella, Es decir, la Venezuela en la que Hugo Chávez, no solo nacería físicamente, sino también se incubaría como fenómeno político.

Desde la Guerra de Independencia, los venezolanos arrastramos una visión nacional basada en un mito heroico, a partir de un arquetipo vernáculo y de una mística epopéyica, que ha pretendido hallar su reflejo, de manera más solemne, en la primera frase del Himno Nacional “Gloria al Bravo Pueblo”. De manera más coloquial (y más contemporánea) este mito podría definirse en la expresión salsera pa’ bravo yo

Esa Venezuela del caudillo, del cuatriboleado, fue la que prevaleció durante todo el siglo XIX, dando al traste con los pocos intentos serios de reconstrucción republicana (aún en medio del caudillaje) como el llevado a cabo entre 1830 y 1847. Fue ese espíritu, barbárico y aventurero a la vez, el que se impuso a sangre y fuego ante el congreso el 24 de Enero de 1848, el que lanzó al país a la Guerra Federal, el que condenó a los venezolanos durante el decurso del siglo XIX y la primera década del siglo XX a la violencia y al atraso, entre arengas incendiarias, epopeyas de caricatura y grandilocuencias vacías.

Esta escalada, cuatriboleadamente caudillesca, solo pudo ser contenida y superada bajo la dictadura del general Juan Vicente Gómez. El precio a pagar, bien conocido, fue padecer el régimen más absolutista y suspicaz que Venezuela hubiese conocido hasta ese momento. Paradójicamente, fue bajo esa autocracia que se pudo recrear un Estado Venezolano moderno, cohesionado, con unas Fuerzas Armadas profesionales, eliminándose el caudillismo y superándose los regionalismos neo-feudales; reorganizándose definitivamente la Hacienda Pública, aún en medio de la corrupción, hasta lograr la total cancelación de las deudas nacionales. 

Al mismo tiempo la autocracia gomecista, se convertiría en vitalicia, consolidándose imbatible durante casi tres décadas, imponiéndose, a sangre y fuego, a todos los, ya decadentes, caudillos o aspirantes a tal, que intentaron tomar el poder por las armas (Maisanta, Arévalo Cedeño, Juan Pablo Peñaloza, Rafael Simón Urbina, Román Delgado Chalbaud, entre otros). 

La Venezuela alzadacomecandela y vernácula, tuvo que aceptar ver morir a Gómez con el poder en la mano, sin lo lograsen mover tan siquiera un milímetro. Y no solo la Venezuela “aventurera y heroica”, también la genuinamente liberal y la honradamente ilustrada que aspiraba legítimamente a horizontes mucho más amplios, tuvo que resignarse a esperar un cambio, a partir de la muerte del llamado Benemérito.

A su vez, tras la muerte del general Gómez, en diciembre de 1935, los gobiernos constitucionales de los generales Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita (herederos de la hegemonía política andinista impuesta desde 1899) llevaron a cabo un período transicional en el que se buscaba echar las bases de una futura democracia sólida, a partir de una apertura política a plazos (más aceleradamente bajo Medina Angarita) y de un proceso, acompasado pero firme, de modernización en materia institucional, educativa, económica, de asistencia social. Este proceso se desarrolló en medio de una revitalización de la dinámica nacional, en todos los aspectos, impulsada, en gran medida, por esa Venezuela ilustrada, libertaria y con ideas de progreso, a la espera desde los últimos años del gomecismo.

Este contexto, aún con todas las limitaciones, taras y rémoras que arrastraba, era propicio para un trabajo de reconstrucción y fortalecimiento de la República en sus cimientos, en la que pudiera anclar esa democracia firme, a partir de la solvencia económica, estabilidad y cohesión logradas bajo el gomecismo. Una tarea de reconstrucción basada en el trabajo del día a día, en la carpintería nacional necesaria, sobre la base de la confianza y la esperanza en el futuro. Este proceso de consolidación sistemática, estaba sintetizado en los lemas de gobierno de López Contreras y de Medina Angarita; respectivamente: “Calma y cordura”, “Sin prisa pero sin pausa”.

Lo más importante, el país se enrumbaba al margen del complejo heroico, con el mito cuatriboleado en derrota, con la perspectiva de cimentar una república institucional y cívica; cívica no solo por la posibilidad, a corto o mediano plazo, de que el poder militar llegase a estar subordinado al poder civil y de que los mandatarios no proviniesen del mundo castrense activo, sino también por un espíritu de república, más constructor que fundador, que enalteciera en el presente y de cara a la posteridad, más las actividades de la paz, del día a día, que el heroísmo epopéyico y mítico.

Esta oportunidad se vio truncada con la Revolución de Octubre. Junto al regreso de la violencia política y la intolerancia, se pone nuevamente en escena el arquetipo heroico-político, esta vez con el estandarte de la democracia, revitalizado tras la toma violenta del poder, luego de derrocar al “heredero” del gomecismo. Aunque sé que la Revolución de Octubre fue mucho más que esto, y aunque no pierdo de vista, ni los logros positivos verificados a partir del 18 de octubre del 45, ni las falencias y anquilosamientos del orden político lópez-medinista; me da la impresión, sin embargo, de que el 18 de Octubre de 1945, el espíritu heroicista, el mito del sietemachos, se sacó la espinita de no haber podido derrocar a Gómez. Por supuesto, esto último no pasaría de ser una elucubración personal.

Tras el paréntesis dictatorial (de casi una década) de la cara militar del octubrismo; el 23 de Enero de 1958 resurge, más vigoroso que nunca, el mito del comecandela, el del héroe popular, la fábula del bravo pueblo, el complejo del paladín contra la opresión; enarbolando, una vez más, el estandarte democrático. Y cuando este estandarte se destiñe y se rasga, el espíritu cuatriboleado levanta la cabeza una vez más, el 4 de Febrero de 1992 (con su corolario del 27 de Noviembre), en el mito del militar bolivariano, del héroe vengador de los oprimidos por la oligarquía. Aunque fracasado en tomar el poder por las armas, este mito, llevando a cabo para sus aviesos fines, precisamente un trabajo de día a día, se abriría paso a través de la raída y confiada institucionalidad adeco-copeyana, consagrándose electoralmente el 6 de diciembre de 1998.

Casi veinte años después de aquel 6 de diciembre, veintiséis años después de aquel 4 de Febrero, sesenta años después de aquel 23 de Enero y sobre todo, setenta y tres años después de aquel 18 de Octubre, tan lejano y a la vez tan encima de nuestra conciencia; nos encontramos con la sangrienta aniquilación en las calles venezolanas de buena parte de nuestra juventud, en su heroísmo, inocente y honesto, también en sus esperanzas de un mejor país. Nos encontramos con una Venezuela cada vez más corrompida en todos los aspectos; diezmada, esquilmada por una Narco-Tiranía; traicionada por un falso liderazgo opositor y una intelectualidad mediocre. Una Venezuela desmoralizada, prostituida, obligada a huir en estampida. 

Setenta y tres años después, seguimos aferrándonos al ya caricaturesco, patético y frustrado mito del Bravo Pueblo, del héroe, del cuatriboleado; un mito, hoy cooptado por una cofradía de delincuentes y resentidos en el poder; una fábula agotada que poco o nada tiene que decirnos. Nos aferramos en una invocación estéril o canalizamos nuestro despecho denigrando contra nosotros mismos. Lo lamentable es que seguimos ignorando el trabajo cotidiano, colectivo y constructor, con calma y cordurasin prisa pero sin pausa que nunca atendimos. Un trabajo, aclaro, no para lavarle la cara al régimen ni pretender una ilusa salida constitucional-electoral a este hamponato, pero sí para hacer sustentable una lucha que no será corta ni se acabará con la salida de Miraflores del tirano.

Un esfuerzo de carpintería, incluso en resistencia y rebelión, necesario para defendernos, sobrevivir y sobreponernos a la devastación chavista. 

miércoles, 10 de octubre de 2018

Nos Falta Cultura De Despotismo

NOS FALTA CULTURA DE DESPOTISMO

Por Alexander Delgado C.

 10 de Octubre de 2018



El vil asesinato del concejal Fernando Albán, militante de Primero Justicia, está siendo utilizado en forma, más que patética, abyecta, por los politiqueros de la llamada oposición oficialista y sus influencers. Más que patético, francamente ruin, el estadístico Félix Seijas, palangrista de las líneas muderas y electoreras, publicó el pasado 08 de octubre, en su cuenta en Twitter (identificada como @felixseijasr), un post a propósito del asesinato de Albán en el que dice:

Al analista Seijas perfectamente se le podría responder con sus propios argumentos. Las brutales torturas y subsiguiente muerte a que el hamponato rojo sometió a un dirigente político vinculado a la línea de la MUD (sin desmedro de su valía), dejan más que en evidencia que bajo la Narco-Tiranía castro-chavista, las vías democráticas, institucionales, convencionales, abiertas, no permiten otra oposición que no sea de saludo a la bandera y, ni aún este tipo de oposición sería seguro, a la luz del crimen contra el concejal Albán.

El asesinato de Albán, la prisión del diputado Juan Requesens (también de Primero Justicia), y de tantos otros que han tratado de hacer oposición a este régimen, cual si se tratara de un mal gobierno demócrata-liberal o de una dictablanda; refuerza la idea de que bajo una tiranía, o incluso bajo una dictadura (como, equivocadamente, muchos catalogan al régimen de Miraflores) la forma lógica de enfrentarse es desde una actividad de resistencia, organizada y clandestina.

En un artículo del 25/05/2015, el Dr. Jesús Petit Da Costa lo explica de manera inequívoca, tomo algunos fragmentos de este artículo (*):


¿Por qué no hemos logrado llevar a cabo este tipo de política de forma efectiva? ¿Porque los pocos intentos que se han hecho no han llegado a nada o han terminado trágica y dolorosamente como el del Comisario Oscar Pérez a comienzos de este año?

¡Porque nos ha faltado Cultura de Despotismo!

¿Qué debemos entender por Cultura de Despotismo? Obviamente no se trata de convertirnos en déspotas, ni en cómplices del despotismo castro-chavista; es, ante todo, concientizar e internalizar la opresión que se vive, asumir la necesidad de enfrentarla y, a partir de esta consideración, aprender a organizarnos y movernos, generalmente a bajo perfil e incluso en secreto; a saber cómo prevalecer frente al despotismo chavista (no necesariamente a corto plazo) y poder derrotarlo al final.

Al margen de los juicios de valor que nos hagamos en relación a los sucesos que condujeron al derrocamiento del General Marcos Pérez Jiménez, a comienzos de 1958; e independientemente de la postura política que asumamos en torno a este tema; podemos hacer, sin embargo, una comparación con aquellos años en un sentido estrictamente pragmático.

En la década de los 50 había cultura de despotismo (o cultura de dictadura como también se le conoce), el venezolano de la época había vivido la mayor parte de su historia bajo sistemas políticos represivos o, en el mejor de los casos, con importantes restricciones políticas, y a veces socio-culturales. Por ende, a la hora de hacer frente al gobierno de turno, el venezolano que asumía la política militante, estaba familiarizado con conceptos como; organización, cohesión, clandestinidad; incluso echarse al monte, estructurarse en el exilio y hasta llevar a cabo incursiones armadas desde tierras extranjeras, formar una “revolución” como, rimbombantemente, llamaban a las revueltas armadas que eventualmente lograban tomar el poder. Quizá los métodos de enfrentamiento variaron desde los días del régimen del General Gómez, enfocándose más en las acciones urbanas, pero se mantuvo la cultura de despotismo, ese saber actuar políticamente bajo represión, con cautela o a ocultas, con exactitud, con exigencia.   

Con la consolidación, a partir de 1958, de la democracia de partidos, ya se podía hacer política militante de oposición de manera legal, con instituciones que, aún con todas sus falencias, en muchos casos resolvían o sacaban del paso al ciudadano de a pie. Obviamente el venezolano fue perdiendo la cultura de despotismo y se fue acostumbrando a que, dentro de todo, podía protestar y acogerse a esas vías institucionales, por cojitrancas que fueran. Las siguientes generaciones crecimos en un clima sociopolítico que hacía innecesaria esa cultura, un clima relajado en el que nos formamos bonachones y bonchones, cada vez más desconectados de nuestra historia, soportados en la renta petrolera y en la ilusión de que todos cabíamos porque estábamos en democracia y éramos chéveres.

Y hemos sido los de estas generaciones, crecidos en el confort institucionalero, los que nos topamos de frente con el chavismo, con una realidad sociopolítica para la que no estábamos preparados.

En retrospectiva, se podría entender que estos hábitos políticos fraguados en despotismo permanecieran en el desuso y el olvido para 1998, o en los siguientes tres años, cuando el accionar del chavismo desde el poder aún no había cobrado la primera muerte. Pero, tras los sucesos de abril de 2002, hemos debido empezar a concientizar la calaña del régimen. Lamentablemente esto no ocurrió a pesar de que, a partir de 2002, la escalada de muertes, prisiones arbitrarias, torturas y exilios forzosamente voluntarios iba, cada vez más, en un espiral ascendiente. Los venezolanos no supimos, no pudimos, o muy probablemente, en el fondo no quisimos, recuperar esa cultura de despotismo.

Así, siempre nos llenábamos la boca tildando al régimen, erróneamente, de dictadura o, más acertadamente, de tiranía, pero nunca actuamos como se supone se debería actuar bajo un régimen opresivo. Como si en el fondo no nos lo creyéramos. Nunca internalizamos conceptos propios de quien se enfrenta a un despotismo como; clandestinidad, células, conchas, estafetas, lenguaje en clave, etc. A nadie en los 50 se le hubiera ocurrido promover una acción de desobediencia civil al entonces gobierno, en debates públicos, como se ha pretendido hacer, bajo la Venezuela chavista, desde las redes sociales.

Tildamos públicamente de dictador, antes a Chávez y ahora a Maduro, llamamos asesino y narco a Diosdado, terrorista a El Aissami; los insultamos (con toda la razón); llamamos a la rebelión, a acogernos al Artículo 350 y hasta ha habido quienes han planteado el absurdo de una consulta popular sobre esa hipotética rebelión. Y todo esto, en la mayoría de los casos, lo hacemos desde nuestras cuentas de Facebook, Twitter, Instagram, etc., con nuestros nombres de pila, fotos de nuestras caras y hasta fotos de nuestros seres queridos. El que se hubiera expuesto así antes de 1958 habría sido visto como un loco, un imprudente o, en todo caso, no habría sido tomado en serio. Y eso nos pasa hoy. Quizá por eso nunca hemos inspirado la seriedad que amerita el tamaño de la tragedia que estamos viviendo.

Y así hemos llegado a este Estado Fallido, tirano y delincuencial; sin asimilar, más allá de los dicterios, el carácter opresor o, peor aún, gangsteril y anómico, del régimen. Todavía es posible ver como muchos de los llamados guerreros de teclado son criticados y tildados de cobardes, por usar seudónimos, como si para eso no hubiese razones más que obvias. Del mismo modo son comunes las críticas a los dirigentes en el exilio, por parte de los que permanecen en Venezuela, usando como descalificativo, precisamente, el estar fuera del país. Habría sido de ver la cara de un dirigente político anterior a 1958 ante semejante diatriba. Frente a quienes hablan de organizarse o hacer algo desde afuera, todavía son comunes las voces (o teclados) furibundas de quienes gritan “la lucha es aquí” ¿De verdad? 

La Pregunta de Las Mil Lochas. ¿Por qué nunca llegamos a internalizar esa cultura de despotismo, ni aún después de casi veinte años de narco tiranía castro-chavista, con todo lo que ha pasado, especialmente desde 2014? 

Esta pregunta me parece mucho más clave que los lugares comunes de “¿Por qué seguimos tan pasivos?” o “¿Qué más tiene que pasar?”. Es clave porque habla de nuestra falta de seriedad en asumir el problema que tenemos (valga el eufemismo problema).

Creo que la respuesta a la interrogante anteriormente planteada está, en parte, en que la tiranía chavista, dura, cruda y sin tapujos, ha tardado en materializarse. Se ha ido configurando en su cara más brutal, a plazos. Durante mucho tiempo ha habido una máscara democrática (más bien democratero-oclocrática). 

Siempre hemos tenido espacios para expresarnos en contra, sin que, en la mayoría de los casos, haya consecuencias graves para el que se expresa. Por ejemplo; si estamos en Venezuela y desde nuestra cuenta de Facebook o Twitter, mostrando nuestra verdadera identidad, denigramos del régimen y no nos pasa nada, ni a nosotros ni a los nuestros; simplemente nos confiamos y, en la práctica, más allá de los epítetos, tendemos a olvidar la verdadera naturaleza del régimen.

Nos hemos confiado de nuestra “suerte”.

Y por supuesto, no podía faltar el ritual votocrático. De hecho, este se ha fortalecido bajo el chavismo hasta el límite del absurdo o de lo grotesco. Como dato diciente, constatemos que entre 2004 y 2013, en Venezuela solo hubo un año, el 2011, en que no se celebraron elecciones o consultas refrendarias de algún tipo; en los demás años siempre hubo ocasión de votar (aunque en realidad no se llegara a elegir), sean referendos, elecciones presidenciales, parlamentarias o regionales.

Y nos aferramos a la ilusión de que, si no estamos en democracia, al menos podríamos aspirar a recuperarla pronto y por vías institucionales... porque somos chéveres.

La dirigencia pseudo-opositora, obviamente, le siguió el juego al régimen. Después de promover, de manera improvisada e incoherente, la abstención en las elecciones parlamentarias de 2005, al año siguiente volvieron asustadizos a refugiarse en la comodidad de lo conocido para ellos; la acción electoral con toda su parafernalia; afiches, mítines, marchas, bailantas, actos con artistas a lo Sábado Sensacional; toda una fanfarria en torno al candidato chévere del momento; Francisco Arias Cárdenas en el 2000, Manuel Rosales en el 2006, Henrique Capriles en el 2012 y el 2013, etc. 

El chavismo y sus cohabitantes “opositores” supieron aprovechar esa falta de cultura de despotismo, ese amodorramiento en el confort institucionalero y votocrático en el que nos arrulló el puntofijismo; ese aferrarnos a la ilusión democratero-electorero-parrandera, ese mojón mental de somos chéveressomos todo paz y amor. Obviamente el régimen y su oposición hicieron lo posible para mantenernos en esa ilusión, para que no nos tomáramos en serio el despotismo, cada vez más violento, que vivíamos.

Ahora bien, parafraseando la pregunta cliché ¿Qué más tiene que pasar?

Simple; que maduremos de una buena vez. Que salgamos de nuestra Peter-Pánica adolescencia, que tengamos la valentía de espíritu para asumir nuestra realidad (igual o peor que la del siglo XIX); que nos conectemos de verdad con nuestra historia para entender de dónde venimos y como llegamos hasta aquí. 

Que nos sacudamos de esa ilusión democratera y siglo-veintera, de esa obsesión buenista y de ese afán cuasi-enfermizo por lo políticamente correcto. Que entendamos que no somos chéveres, sino que estamos jodidos por IRRESPONSABLES. Que no somos chéveres, pero que tampoco somos lo peor que parió la humanidad. Que estamos jodidos pero que podemos, si queremos, salir de esta locura, asumiendo la solución que sea pertinente y no la que más nos guste, pagando el precio que haya que pagar y durando lo que tenga que durar.

Que asumamos de una vez por todas que no hay Estado ni instituciones a que acogerse que estén verdaderamente al servicio de Venezuela y de su gente. Que no hay, ni puede haber, dentro del país, liderazgos genuinamente opositores a la tiranía que, a cara descubierta, actúen con efectividad en las calles. 

Que dejemos de lado ese otro mojón mental, el complejo heroico, que entendamos que encarar nuestra situación no es simplemente un tema de ser cuatriboleados ni de gritos histéricos de “a la calle”, sino también, y sobre todo, de organización, disciplina y de ser más estratégicos.

Que entendamos QUE SE ACABÓ EL RELAJO Y ES HORA DE LA SERIEDAD.

Que terminemos de asumir la cultura de despotismoY que, adicionalmente, también desarrollemos un poco de lógica prepper, una mayor actitud de supervivencia y prevalencia. 



El citado artículo del Dr. Jesús Petit Da Costa se puede leer en el siguiente enlace:

http://jesuspetitdacosta.blogspot.com/2015/05/actuar-combinando-todas-las-formas-de.html

lunes, 17 de septiembre de 2018

Liberalismo Vs Individualismo

LIBERALISMO Vs.  INDIVIDUALISMO

Por Alexander Delgado C.

17 de Septiembre de 2018


¿Porque la democracia liberal es poco menos que una quimera en Venezuela? 

Por ese típico venezolano individualista, retrechero, jaquetón, cimarrón; ese que entiende la libertad en términos de “Yo Digo lo que me da la Gana, hago lo que me da la gana, y al que no le guste que se joda”; por ese tipo de venezolano que considera que no tiene deberes, solo derechos, que está convencido de que todo lo malo que pasa en el país es culpa de alguien más, nunca de él, ni por acción ni por omisión. Es por ese tipo de venezolano que en nuestro país es bien difícil que, por generación espontánea del pueblo, prospere el liberalismo político y social, la llamada democracia liberal, al menos en el corto y mediano plazo. La misma aplicación de esquemas liberales en el ámbito económico requiere, para su consolidación exitosa, de una estabilidad y continuidad que en la actual Venezuela solo puede obtenerse bajo un orden autoritario. 

Lo que, lamentablemente, en estas tierras más favorece al socialismo (y por extensión, al comunismo), paradójicamente, no es el impulso colectivo o comunitario que, en el fondo, suele ser errático en la población. Es más bien lo contrario; un tipo de impulso individualista, incoheso, rayano en lo egoísta, propio de los pueblos hispanohablantes; aunque, a simple vista, parezca contradictorio es esto lo que abona el terreno en nuestras naciones para la implantación del socialismo en todas sus vertientes. 

La libertad implica responsabilidad; cuando no se trata solo de  como persona en mi esfera privada, sino también, de  como parte de una sociedad, mejor dicho, de una ciudadanía; el bienestar general y la propia libertad derivan de pensar más allá de lo que nos gusta o nos molesta en lo singular, teniendo en cuenta también lo que nos conviene como pluralidad, ya que esto repercute de regreso en el desempeño de nuestra vida personal. Se trata de entender que lo que hacemos o decimos en público incide, en mayor o menor grado, en la ciudadanía, sobre todo en momentos delicados, de perturbación o de algún modo, cruciales (como los que, trágicamente vivimos en Venezuela). Es decir, de puertas afuera, el bienestar general debería ser tenido en cuenta como basamento del bienestar individual y a ese bienestar o deterioro público contribuímos desde nuestra esfera individual en mayor o menor grado, a través de nuestras acciones u omisiones. Más que una imposición de la individualidad sobre lo colectivo, se trata de una retroalimentación de lo individual y lo colectivo, en un sentido constructivo para ambas instancias. La verdadera libertad en el seno de una comunidad no es decir o hacer jaquetona e irreflexivamente “lo que nos sale del forro”, también supone pensar un poco en el nosotros como colectividad (barrio, ciudad, región, nación, o incluso ente o corporación). 

Es aquí donde se cimienta el verdadero espíritu ciudadano. Es a partir de esta convicción donde se estructura una sociedad sanamente libre, en la que, en líneas generales, el poder coercitivo de la fuerza pública se hace menos implacable porque no es tan necesario; ni siquiera se puede hablar de una auto-represión por parte del ciudadano, o por lo menos no en un sentido autoritario. Más bien, hablaríamos de una auto-regulación desde el propio sentido común, desde la conciencia de ser parte de un conglomerado, en el que la perturbación del bienestar general, tarde o temprano redunda en el propio perjuicio individual. Es este tipo de ciudadano el que, al ser mayoría, da base a una sociedad fuerte y estable en sí misma, capaz de auto reglamentarse en libertad.

Este ha sido el caso de muchos de los países del llamado Primer Mundo; de manera especial, haría hincapié en que este fue el caso, en los siglos XVII y XVIII de las trece colonias británicas de América del Norte que luego sentarían las bases de los actuales Estados Unidos. 

Lamentablemente, en los países hispanoamericanos en general, este elemento comunitario-ciudadano, ha tendido a fallar o a ser muy mal enfocado. Pero sobre todo tiene como contra-cara, en un denso sector de la población, un espíritu, rebeldemente individualista, arisco, cuya “filosofía” tiende a ser el “primero yo, segundo yo, tercero yo”; la máxima del pa’ bravo yo, como reza la conocida canción salsera. 

En Venezuela, este cazurrismo anarquizante no solo es poco menos que idiosincrático sino que a esta libertad a lo macho se agrega otro elemento adverso; el instinto igualitarista de aquel que no acepta nada ni a nadie por encima de él

Es importante volver sobre esta paradoja; el liberalismo y, sobre todo, el capitalismo, comúnmente son vistos como fenómenos individualistas por naturaleza, pero para su consolidación estable, requieren de una sociedad cohesionada, con un espíritu comunitario, auténtico y espontaneo, donde el aporte individual de cada uno, más allá de sus motivaciones y bbeneficios personales, es valorado y bien aprovechado en beneficio de la colectividad. Ha sido en sociedades de este tipo donde el capitalismo, el liberalismo y la misma democracia, han dado sus mejores frutos. 

Por el contrario, los órdenes basados en el centralismo y, especialmente, las ideas basadas en el colectivismo, como el comunismo, el nazi-fascismo, o, en generalo, el socialismo (incluida su variante más light, la socialdemocracia), generalmente preponderan en aquellas culturas que tienden a un individualismo feroz y disgregante, especialmente donde (como en el caso de Venezuela) este particularismo se escuda y mimetiza en el hecho colectivo; o sea, que el individuo, sin pretender renunciar a su yo, lo solapa, sin embargo, como uno más del montón, valiéndose de ese hecho colectivo, para evadir o atenuar su cuota de responsabilidad para con la sociedad . 

Estas son las sociedades que, antes que constituirse en comunidades con latir propio, se convierten en rebaños, cuando no en rochelas de ganado salvaje.


Cuando en este tipo de sociedades, por inspirarse en los pueblos más avanzados, se aplican formas democráticas, con todos sus rituales, especialmente el del voto, pero sin un criterio realista acerca de su viabilidad; estas democracias formales tienden a convertirse, en oclocracias, en partidocracias, o en autoritarismos con fachada democráticadonde las iniciativas o pautas a seguir, siempre parten desde arriba, no solo por imposición de cúpulas o de un caudillo, sino por la comodidad de las masas individualistas que delegan todo en estos liderazgos (es decir, pasamos del pa’ bravo yo al pa’ vago yo).

Más que democráticas, sus prácticas políticas merecen el remoquete de votocráticas o caudillocráticas, según sea el caso.

En los extremos, cuando además predomina el igualitaraje parejero, apareado con una fuerte cultura del resentimiento y la envidia, es cuando tenemos el perfecto caldo de cultivo para prédicas y acciones demagógicas, populistas, socialistas, de impronta marxista-leninista, de estirpe nazi-fascista, barbáricas y finalmente totalitarias. O al otro extremo, y como detente o remedio a la implantación de estas formas tiránicas, el caos y la descomposición, suelen imponerse, muchas veces como mal necesario, autoritarismos de signo ideológico derechista.

Los dos párrafos anteriores describen cabalmente la realidad de Venezuela en los últimos 60 años, poniendo en relieve la dificultad, no solo de salir del régimen chavista por vías democráticas, sino también de poder recuperarnos de esta catástrofe aplicando medidas de corte liberal, fuera del aspecto económico. 

Y, por cierto, como se señaló al comienzo, incluso en el campo de la economía lo más probable es que, para que se pueda aplicar exitosamente un esquema liberal, haga falta,como complemento realista, que en los otros aspectos, especialmente el político, el social y el ético, se lleve a cabo una acción, nada liberal y nada democrática, por parte de algún tipo de sector organizado (que en la actual sociedad venezolana no se vislumbra), sea a través de organismos públicos o incluso articulándose con entes privados; sea a partir de alguna, muy hipotética (casi quimérica), vía de consenso... aunque lo más  más probable, es que solo pueda lograrse a partir de la imposición por la fuerza de una dictadura, unipersonal o ejercida por un pequeño grupo.

Incluso, el tan cacareado e-du-carr que tanto predican los sofistas ingenuos de la democracia liberal, solo puede ser posible bajo una acción draconiana, llevada a cabo por parte de un sector de la sociedad o desde un poder absoluto; ya que, hablando de educación, tanto o más que un tema de instrucción formal, también se trata de un reacondicionamiento de nuestra psique colectiva, para remover clichés, relatos, complejos, mitos y taras, aprendidos pablovianamente y arraigados de modo tan profundo que casi podrían metaforizarse en un sedimento prehistórico en el subsuelo de nuestra conciencia. 

jueves, 5 de julio de 2018

(En Pocas Palabras) De Aquel 5 De Julio

En Pocas Palabras

 

DE AQUEL 5 DE JULIO

Por Alexander Delgado C.

05 de Julio de 2018


Celebrar el Día de Independencia, o el día de la Patria, en las actuales circunstancias, ¿Es una celebración hueca o, a pesar de las circunstancias, sí tiene algún sentido? 

Para muchos hoy suena a recuerdo melancólico, telarañoso, o peor, a una cruel ironía, casi cínica. 

A quienes se sientan así, ¿Quién puede culparlos? 

No obstante, hacerlo pasar inadvertido, o denigrarlo retrospectivamente, tampoco ayuda. Si queremos, algún día, superar esta tragedia, tenemos que hacer acopio de autoestima, sacarla de donde no la hallamos. 

En tan aciagos momentos, para mí, recordar aquel 5 de Julio, hace 207 años, o aquel 24 de Junio, hace 197 años; luego de contemplar el contraste entre aquel prometedor ayer y este hoy tan deprimente, me sirve para recordarme que nada lo tenemos ganado de manera definitiva. 

Que, Independencia, libertad, estabilidad, prosperidad, dignidad, e incluso, gloria, pudimos haberla conquistado, y haberlo hecho en buena lid, pero igual no estamos exentos de perderla. Al igual que “Civilización” (dixit Picón Salas) son palabras frágiles (*). 

Nada es seguro y eterno. No hay finales felices, tampoco los hay infelices. El final, simplemente, no está escrito. 

Ese es el sentido que, para mí tiene, en este 5 de Julio, el recordar aquel 5 de Julio. 

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(*) Alusivo al capítulo Civilización, Palabra Frágil de la obra de Mariano Picón Salas; Crisis, Cambio, Tradición (Ensayos sobre las Formas de Nuestra Cultura). Año 1955

domingo, 24 de junio de 2018

Para Volver a 1821 Hay Que Superar a 1814 Y 1815


PARA VOLVER A 1821 HAY QUE SUPERAR A 1814 Y 1815

Por Alexander Delgado C.

24 de Junio de 2018


A ciento noventa y siete años de la Batalla de Carabobo, muchos quisiéramos que volvieran, si no aquellas glorias, al menos otras equivalentes. No es nada rara la letanía añorante “¡volvamos a Carabobo!”. 

¿Son esplendores pasados que más nunca volverán? No seamos fatalistas. Así como no tenemos bola de cristal para avizorar la gloria, tampoco la tenemos para auto sentenciarnos a la oscurana perpetua. 

¿Tiempos pasados? Quién sabe. La Historia puede ser cíclica. 

En todo caso, los referentes inspiracionales, especialmente en tiempos tan aciagos como los que estamos viviendo, son humanamente necesarios, y es válido buscar ese referente inspiracional en hechos históricos; sean procedentes de los, muy romantizados, días de la independencia o sean procedentes de las, más ignoradas (y a veces satanizadas, más allá de lo justo), etapas anteriores o posteriores al proceso independentista. 

Pero se me hace necesario cortar el vuelo de evocaciones patrióticas hacia glorias del ayer, con una nota pragmática. 

Quienes conocen la historia patria, especialmente la del periodo independentista, saben que, antes del triunfal 1821, Venezuela pasó por un apocalíptico 1814. El año de la arremetida bovecista, social y racialmente resentida, barbáricamente sangrienta, oclocrática. La acción de Boves en 1814 representó el clímax de un proceso de caos y violencia, consecuencia de los odios sociales soterrados a lo largo de la Colonia. 

Un proceso de anarquía política, social y moral, en espiral ascendiente desde 1811, signado por el más devastador terremoto que hasta hoy ha padecido Venezuela, por las atrocidades de Monteverde y sus tenientes, las cuales sentaron las bases de la Guerra a Muerte que luego proclamaría Bolívar, y que, a su vez, tendió la cama a la oleada de sangre desatada por Boves y sus lanceros en 1814, al grito de “Viva el Rey, Mueran los Blancos”, con la consecuente reacción de igual tono por parte de los republicanos (Ej. Matanzas de La Guaira en Febrero de 1814). 

Al destructivo 1814 siguió un desolado y (para los republicanos) desesperanzado 1815, con la llamada Expedición Pacificadora del General Pablo Morillo, tratando de restablecer el, ya imposible, orden anterior a 1810, sobre escombros ensangrentados y una sociedad dislocada. El año 1815 ha sido considerado el más duro para la causa republicana. A la derrota y dispersión de los independentistas en Venezuela y en la vecina Nueva Granada, se sumó su aislamiento diplomático, en un contexto internacional post-napoleónico, absolutamente reaccionario, plasmado en el Congreso de Viena, ese mismo año 15, francamente hostil a las ideas liberales que encarnaban los movimientos independentistas hispanoamericanos.

Un entorno internacional con curiosas semejanzas a la complicidad o tibieza que la actual Comunidad Internacional ha tenido para con la devastación que sufre Venezuela bajo el régimen castro-chavista. 

En aquel 1815 un sector significativo de la sociedad venezolana de entonces se encontraba en situación de supervivencia, muchos dispersos por el interior del país y otros tantos, entre ellos muchos de ellos de clase acomodada, vagando fuera de Venezuela (sobre todo en las islas del Caribe), dedicándose, para poder sobrevivir, a oficio humildes, a la mendicidad y las mujeres, en no pocos casos, a la prostitución. 

Pero, quizá por la visión epopéyica y triunfalista que se nos ha transmitido en relación con la Guerra de Independencia, no solemos reparar en la cara cruel y trágica de aquel conflicto y esto, paradójicamente, no nos permite apreciar lo bien que riman aquellos años de 1812 a 1815 con nuestra realidad actual. 

Más allá de si se intenta “volver a Carabobo” o nos quedamos simplemente esperando otra “expedición pacificadora”, lo que sí tengo claro es que, si pretendemos inspirarnos en el glorioso 1821, antes de cegarnos panfletariamente por el resplandor del triunfo final, debemos hacer una lectura correcta de la historia. Para volver a 1821, primero debemos organizarnos para sentar las bases que se sentaron en los años 1817-1819; Conquista de Guayana, Congreso de Angostura, un mayor posicionamiento internacional de la naciente república de Venezuela, (que luego se fundiría en la, hoy denominada, Gran Colombia) y en general de la causa independentista. 

Pero para llegar a 1818 y luego a Carabobo, debemos empezar por mirarnos en el espejo de 1814 y 1815, y pensar en cómo superar estos desesperanzadores y (comprensiblemente) descreídos momentos. Quizá haya lecciones de aquellos días de las que podamos sacar provecho, quizá una pista la podemos encontrar en las palabras del propio Bolívar en el propio año 1815, cuando  amenazaba diciendo “la desesperación no escoge los caminos que la sacan del apuro”. 

Ya el Boves del siglo XXI murió, esta vez el lanzazo se disfrazó de cáncer, pero nos quedan estas malas imitaciones de Morales y Rosete que son Maduro y Cabello. Debemos arreglárnosla, muy probablemente de manera muy distinta a hace 200 años, para esta vez ser a un mismo tiempo; pacificadores, libertadores, regeneradores y reconstructores. 

Pero todavía hay muchos peligros de 1814 y mucha desesperanza de 1815 que superar.

martes, 12 de junio de 2018

¿Enamorados Del Gentilicio O Avergonzados Del Gentilicio?

¿ENAMORADOS DEL GENTILICIO O AVERGONZADOS DEL GENTILICIO?

 

Por Alexander Delgado C.

12 de Junio de 2018



Nadie ama a su patria porque es grande, sino porque es suya

Lucio Anneo Seneca

(De Cartas a Lucilio)


En un post publicado el pasado 10 de junio, en su cuenta de Twitter (@JoJakubowickz), el escritor y cineasta Jonathan Jakubowickz dijo “El progreso de Venezuela sólo será posible cuando se sienta vergüenza por una nación que fracasó. Al parecer todavía hay varios enamorados del gentilicio. Ese amor ciego e irresponsable es el principal enemigo a vencer si algún día queremos un país del cuál estar orgullosos.

¿Qué entiende Jakubowickz por vergüenza o enamorados del gentilicio? Habría que preguntárselo. Tampoco es el caso de emitir juicios de valor hacia ese personaje. Pero, a partir de lo que yo interpreto de su aseveración, no estoy de acuerdo con esta. Más bien, en el fondo, nos caracterizamos por tener el defecto contrario. En realidad, desde hace mucho arrastramos un complejo de inferioridad y un permanente sentimiento de vergüenza en relación con nuestro gentilicio

Quizá lo que Jakubowickz y muchos otros asumen (desde una mirada francamente superficial y miope) como “enamorados de su gentilicio”, y sobre todo como “Ese amor ciego e irresponsable” es esa pose, empalagosamente emotiva, y francamente boba, de “este es el mejor país del mundo”, o la arrogancia idiota de creerse de mejor familia (y que sí, lamentablemente persiste en muchos), especialmente en relación con los demás países de Hispanoamérica. Quizá también se refiera el citado cineasta a la tendencia, muchas veces banal, a exhibir atuendos y bisutería con los colores patrios.

Pero en el fondo esa arrogancia, más patriotera que patriota, es una forma vacua, detrás de la cual escudamos nuestra baja autoestima. Aunque la idea no es cuestionar la sinceridad de afecto de los que usan gorras, chaquetas o pulseras con los colores de la bandera o a los que gritan su amor por Venezuela (responsable o irresponsable), aquí muchas veces aplica el dime de lo que presumes y te diré de lo que careces. El que se tome tan en serio estas manifestaciones frívolas y ritualistas como expresión de un  “amor ciego e irresponsable” demuestra que su criterio está al mismo nivel de ramplonería que esas manifestaciones que “critica”, mucho más lamentable cuando se trata de un artista, de quien siempre se espera una mirada más a lo profundo.

El verdadero patriotismo se lleva por dentro. Con un mínimo de gallardía, el verdadero dolor de patria se sufre callado y estoico y solo se expresa en el círculo de la confianza y la intimidad. Madurez de gentilicio que en Venezuela, lamentablemente, la mayoría no parece haber adquirido. Es muy diciente que este adornarse de amarillo, azul, rojo y estrellas haya proliferado realmente a la llegada del chavismo al poder y especialmente en la medida en que Venezuela caía en el espiral de la crisis que hoy la gangrena cada vez más.

Personalmente creo que solo existe el complejo de inferioridad, el llamado complejo de superioridad es un mecanismo de defensa frente al sentimiento íntimo (acertado o errado) de ser poca cosa. Es precisamente lo que sucede con nosotros. Consciente o inconscientemente, echamos mano de un barniz de bravuconería, nos revestimos superficialmente de una parafernalia patriotera, y este es el modo en que nuestra casi nula autoconfianza silba en la oscuridad.

Pero el hábito de auto-desvalorización sigue estando ahí. No era simple patrioterismo que la Ley de Radiocomunicaciones de 1974 obligara a las emisoras radiales a ofrecer un 50% de producción nacional en sus programaciones; ni es simple anécdota que, a mediados de la década de 1980, el gobierno del entonces presidente Jaime Lusinchi, tuviera que radicalizar esa exigencia imponiendo la recordada Ley Del Uno Por Uno (que obligaba a alternar en su programación, en igual paridad, artistas nacionales y foráneos) para que asumiéramos, o quizá descubriéramos, que en Venezuela había talentos musicales de la talla de un Franco de Vita, un Yordano di Marzo o un Ilan Chester, que no desmerecían ante cualquier estrella internacional.

Otro de muchos ejemplos anecdóticos perdidos entre los telarañosos recuerdos de aquellos días, era el alborotarse idiotamente cada vez que en alguna película o serie estadounidense o europea (que generalmente veíamos en la Televisión), se mencionaba circunstancialmente a Venezuela, a Caracas o a algo innato a nosotros, casi que considerando un honor ser mencionados en una película de segunda, una necesidad de ser nombrados afuera para sentirnos un país que vale.

Los citados ejemplos anecdóticos no hablan precisamente de un orgullo patrio profundamente arraigado en la conciencia nacional, ni mucho menos de una autoestima y autoconfianza sólidas.

Esa injusta y malsana idea de insignificancia, de “este país es una mierda” nos ha acompañado más íntimamente de lo que estamos dispuestos a admitir. Y aquí es precisamente donde entra en juego esa caricatura de chovinismo en amarillo, azul y rojo, con la que pretendemos disfrazar o acallar ante nosotros mismos ese sentimiento de somos una mierda.

Por otra parte, este culto patriotero y ritualista a iconos como los colores patrios y las estrellas, el Himno, el Alma Llanera, la figura de Simón Bolívar, la Vinotinto o la lacrimosa canción Venezuela de Herrero y Armenteros; este culto, repito, nos sirve para disimular que en el fondo tampoco sabemos con que se come eso de la venezolanidad, para no tener que asumir que en el fondo no nos conocemos.

Como consecuencia, creamos mitos o clichés en torno a ser venezolano, basados en una especie de leyenda dorada que pretende ver únicamente lo bueno como lo genuinamente venezolano, cuando en realidad, los Chávez, los Diosdados, las Fosforitos e incluso Maduro (haya o no haya nacido en Venezuela) expresan una faceta de lo venezolano tan auténtica como la que orgullosamente representan (aún después de muertos) un Arturo Uslar Pietri, un Simón Díaz o un Renny Ottolina.

Pero, si bien es cierto que debemos sincerarnos con nosotros mismos y hacer de lado esa mitificación de nuestro pretendido nacionalismo, también es cierto que esto, a su vez, tropieza con el inconveniente de que, por esa misma baja autoestima, tenemos una fuerte predisposición, pablovianamente arraigada a la auto descalificación. Generalmente, cuando asumimos nuestra realidad, tendemos a hacerlo no de forma constructiva, sino de forma tóxica, auto-condenatoria y fatalista, muchas veces con una gran carga de lamento estéril, de amargura y resentimiento. Muchos, incluso, asumen una actitud de cinismo despreciativo, escudada en un supuesto “ser realista”.

En vez de plantear soluciones a la problemática, o la necesidad de estas, actuamos como los que Augusto Mijares definió como Sembradores de Cenizas. Es decir, cambiamos la fatua y pendeja leyenda dorada de nuestro ser y no ser, por una muy malsana y devastadora leyenda negra.

Ninguna nación sale adelante con una visión tan negativa de sí misma, lo poco que se alcanza a construir (si se edificara algo) habrá propensión a destruirlo con los pies. Avergonzarnos como país en general no nos espolea hacia adelante, todo lo contrario, nos paraliza, humilla y achicopala aún más, nos resigna y nos envilece en mayor grado del que ya lo estábamos;

Tipo “si somos una mierda ¿qué más da? sigamos siéndolo y gocémonoslo”.

Es muy distinto ante episodios, situaciones, hechos o incluso etapas históricas que, de manera concreta, nos avergüencen (nosotros en este momento), y que esa vergüenza pueda convertirse en un catalizador que nos haga pellizcarnos para levantarnos. Pero es el amor propio, bien entendido y una sana auto valoración lo que nos permite erguirnos, una vez nos hemos pellizcado. Si alemanes o japoneses hubieran sido pueblos acomplejados no hubieran podido levantarse de entre su vergüenza concreta en 1945.

Precisamente nuestro problema es ese, que de nada sirve que nos avergoncemos en lo concreto si tendemos a subestimarnos y auto compadecernos al momento de levantarnos y ni siquiera somos capaces de aceptarlo constructivamente. Es un problema de inmadurez, quizá el verdadero principal enemigo a vencer.

A lo que esa vergüenza concreta tiene que conducirnos (el “¡reaccionen!” que tanto claman histéricamente por las redes) es a tomar conciencia de que, efectivamente, no somos tan patriotas como queremos creer que somos y que ese flaco sentido de pertenencia, ese eterno vivir inconfesadamente avergonzados de lo que somos y no somos, es lo que nos ha impedido levantarnos definitivamente, hasta traernos hasta esta catástrofe país que estamos viviendo. De hecho, en el fondo fue esa cultura país de auto denigración y auto compasión, lo que alimentó al chavismo como hecho sociopolítico, lo que le dio el ímpetu para llegar hasta Miraflores y proyectarse continentalmente, reduciéndonos a escombros. Reaccionar, entendido sin malacrianzas ni pataletas desde las redes, es asumir serenamente que no somos el mejor país del mundo, pero tampoco lo peor que parió la humanidad, simplemente es el país que tenemos. Los venezolanos somos humanos.

No elegimos nacer en Venezuela, tampoco fue un honor, pero mucho menos fue una desgracia. Simplemente nacimos aquí. Con lo bueno y lo malo, este es nuestro gentilicio y tenemos que salir adelante con él, asumiendo lo vergonzoso de lo que estamos viviendo (en lo que tengamos de culpa) pero apoyándonos en lo que de mejor tenemos (sin pretender que lo malo no existe). Con esa confianza en lo bueno, y a pesar de la vergüenza, es que podemos construir un país de que estar orgullosos en vez de estar esperando infantilmente que este se construya solo.

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