lunes, 12 de octubre de 2020

El Desencuentro de La Hispanidad

EL DESENCUENTRO DE LA HISPANIDAD

Por Alexander Delgado C.

12 de Octubre de 2020


En el año 2012, cuando tuvieron lugar los Juegos Olímpicos en Londres, como muchos, vi los actos, tanto de inauguración como de clausura de dicho evento. En ambos actos era evidente (lógico que así fuera) que los británicos se agasajaban a sí mismos. Pero lo que más me llamó la atención en ese momento, era que en ese auto-homenaje no se veía a la “Vieja Inglaterra”. Los festejos olímpicos de 2012, más bien exaltaban a la Gran Bretaña que, para bien o para mal, se reinventó a sí misma, sobre todo culturalmente, a partir de la década 1960; donde lo más histórico parecían ser las alusiones a Los Beatles o a James Bond, a Carnaby Street, a los icónicos autobuses de dos pisos o a los Mini Cord.

Ni el pasado imperial, ni el polvoriento esplendor victoriano, ni el mismo brillo de un William Shakespeare, de un Isaac Newton o de un Winston Churchill; nada de esto se veía reflejado en los festejos olímpicos de 2012; ni siquiera la actual realeza británica, con su longeva monarca, parecía tener representación en esos auto-agasajos. Como si para el actual Reino Unido todo aquello fuera parte de un pasado, quizá no olvidado, pero sí superado o asimilado.

¿Reflejaban esos actos la mentalidad del británico promedio de los tiempos más recientes? No estoy en el caso de comprobarlo personalmente pero la lógica me dice que sí.

Aunque admito que algo de ese sabor a contemporaneidad también tuve oportunidad de apreciarlo, en lo que toca a la cultura hispánica, durante los festejos de 1992, (a propósito de las Olimpiadas de Barcelona y coincidiendo con el V Centenario), en general, da la impresión de que a la hora de apreciar o ponderar nuestra hispanidad, somos incapaces de auto-representarnos afirmativamente y de representar nuestra cultura ante el mundo, en términos de actualidad, a la manera de los británicos en aquel 2012. Y es lamentable que así sea, porque, como cultura, tenemos suficientes elementos afirmativos para una gran representación contemporánea del ser y no ser hispano.

El hablar de hispanidad, no lleva a la mente de muchos el rico universo expresivo en el plano artístico, literario, musical (en todas sus vertientes) o cinematográfico, durante la llamada “cultura pop”, menos aún los ocasionales destellos que hayan podido darse en el campo científico, tecnológico o empresarial... ni siquiera el ser y no ser del hispano promedio en la cotidianidad. Casi nunca reluce ese universo que, con sus aspectos positivos y negativos, vibra en el presente o en el pasado inmediato, en nuestras vivencias hoy o en los recuerdos transmitidos por nuestros padres o abuelos, disfrutando de películas como “Marcelino, Pan y Vino” o algún clásico del Cine Mexicano, o enamorándose mientras se dedicaban canciones de Julio Iglesias, José José, José Luis Rodríguez, Camilo Sesto, etc. Mostrándonos, a ambos lados del Atlántico, un orbe vibrante, aún vigente, en constante enriquecimiento (y también, lamentablemente, en riesgos de empobrecimiento inherentes a la decadencia actual); un vasto patrimonio cultural y existencial común.

Por el contrario, a la idea de hispanidad, especialmente cada 12 de octubre, la asociamos pablovianamente con iconos ya arcaicos y politizables, como las aspas de Borgoña o las Cruces de Calatrava, carabelas del siglo XV o yelmos de conquistadores... y por supuesto con las; ya insoportablemente fastidiosas, idiotas, acomplejadas, resentidas, autocompasivas o pobrecitistasperoratas y panfletos (eufemísticamente llamados debates), a partir del DISCO RAYADO de la Leyenda Negra o la Leyenda Dorada.

El tema de la Hispanidad es un tema complejo. Somos una cultura enfrentada a sí misma, en todo sentido. Una cultura perennemente desencontrada con su historia, pero también, y sobre todo, con su presente. La hispanidad es una idea incapaz de auto hallarse en el aquí y ahora, en el día a día de los últimos 60 o 50 años, donde hemos tenido y seguimos teniendo tanto que decir a la humanidad.

Esta incapacidad refleja la eterna discrepancia entre hispanidad y contemporaneidad, heredera, a su vez del desencuentro entre hispanidad y modernidad que data desde, por lo menos, el siglo XVII.

De hecho, la crisis del mundo hispánico de comienzos del siglo XIX, que, en la Península, desembocó en enfrentamientos armados entre liberalismo y absolutismo y en Hispanoamérica, en las Guerras Independentistas; y que dio paso a los conflictos internos que, durante el siglo XIX y primera mitad del XX, sacudieron, a la mayoría de los países de habla hispana (incluida la propia España); esta crisis, repito, fue un reflejo del encontronazo entre una tradición hispana, cada vez más anquilosada en la obsolescencia, y una modernidad, ya en fase industrial, a la que el espíritu hispano se había puesto de espaldas y que, al finalizar el siglo XVIII se tornaba en una realidad imposible de evadir. Una modernidad, valiera lo que valiera a posteriori, a la que el hispanohablante nunca supo integrarse plenamente, desde su propia idiosincrasia y capacidad de aportar, y a la que solo se incorporaría tardíamente, de manera endeble, forzado por la propia marcha de la historia; y muchas veces en reversa, en imitación pasiva.

Pero la discusión pendiente de esta problemática histórica, discusión que lleva por lo menos un siglo de retraso, casi nunca se asume. Cualquier intento de abordarla, sobre todo cada 12 de octubre, se ve o se vería eclipsado por la, ya insufrible, guerra de diatribas apoyada en las trilladísimas y caducas Leyenda Negra y Leyenda Dorada, rifirrafe al que la mayoría de los hispanoparlantes, a lado y lado del Atlántico, siguen aferrados catalépticamente.

Ambas “leyendas”, sobre la ya remota etapa de la Conquista, hace décadas, o siglos, que han debido superarse y quedar incuestionablemente desmentidas en lo que tuvieran de falaz, exagerado o descontextualizado; y sobre todo han debido asimilarse y darse por consabidas en lo que tuvieran de certero o sustentable. Pero, por el contrario, no contentos con seguir arrastrando esta ridícula y rancia cadena de prejuicios y lamentos espectrales, negros o dorados, le añadimos nuevos eslabones, pretendiendo combatir la leyenda negra de La Conquista con nuevas leyendas negras (a partir de los mismos necios prejuicios) contra otros hechos históricos, como las Guerras Independentistas Hispanoamericanas. Para la espuria mentalidad de muchos hispanos fracturados, siempre tiene que haber una leyenda negra contra algún período o personaje vital de nuestra historia o nuestra cultura, valga decir de nuestro ser y no ser.

Necio afán de mutilarnos nuestro yo histórico, sea cual sea la etapa cercenada.

Tanto la efeméride del 12 de octubre como la del 23 de abril (Día del Idioma), deberían ser para los hispanos una fecha de auto reflexión, y de auto afirmación, como cultura. Pero desgraciadamente sigue siendo ocasión de dimes y diretes absurdos, anacrónicos y estériles, de fastidiosos lugares comunes, por esto mismo execrables, de decires RESENTIDOS Y ACOMPLEJADOS, tanto negro-legendarios como dorado-legendarios; de balbuceos oligofrénicos que, año tras año, varios miles de recién asomados en estos temas, repiten como loritos, creyendo que dicen una genialidad, jurando haber descubierto el agua tibia; no importa el color de la leyenda a que se adhieran ni a qué período o personaje histórico pretendan encanallar con una leyenda negra.

Una “controversia”, aparte de roñosa, trasnochada (trasnochada para los que sí pensamos y vemos un poco más allá) que lamentablemente, y contrario a lo que debería ocurrir, se ha reavivado, incorporándose a la demagogia politiquera del momento, enriqueciéndose de la posverdad que facilita la actual dinámica de las redes sociales, pretendiéndose dotar de una actualidad que no tiene o no debería tener. Efemérides como la de este día, no deberían ser ocasión de exhibir dislates bastardos y resentimientos caníbales, al son de pseudo intelectuales que no pasan de ser mercenarios al servicio de parcialidades ideológicas o de vulgares influencers de redes sociales, todos mercaderes de pasiones pedestres, de una visión ramplona, reduccionista, de tabla rasa.  

Si tuviésemos una cosmovisión consolidada o tan siquiera fuéramos una cultura mínimamente consciente de sus taras y plenamente comprometida con la superación de las mismas, en vez de estar discutiendo estupideces inútiles tipo “si los conquistadores españoles fueron buenos o malos en América” o “si fue mejor el imperio español o el imperio británico”, daríamos mucho mayor enfoque a temas más vigentes relacionados con la hispanidad, como por ejemplo la realidad presente que hoy rodea al mundo hispanohablante y su prospección futura. En vez de reabrir heridas, miserable y cobardemente, de recrear odios y divisionismos de hace 500 o 200 años, de escudarnos en leyendas negras contra unos u otros; deberíamos ser capaces de elevarnos por sobre nuestro individualismo cerril y partidista, mirando el todo hispano, a ambos lados del océano, más allá de banderas y, sobre todo, de banderías; generando una visión retrospectiva reconciliatoria; más que idealizar o satanizar, buscando comprender hechos y personajes históricos, aprendiendo a armonizar lo mejor de cada período y dejando en el pasado confrontaciones, odios y enemistades del pasado.

Sobre todo deberíamos recrear, o más bien descubrir, el latir de esa hispanidad en el presente, si acaso mirando al pasado inmediato; no negadas, ni siquiera olvidadas, pero sí, ya sobreentendidas y superadas como arcaicas, las imágenes de aspas de Borgoña, de yelmos conquistadores… y también de charreteras libertadoras.

Si fuésemos una cultura totalmente segura de sí misma, plenamente encontrada y reconciliada con su reflejo, con un mínimo de integralidad, nuestra discusión cada 12 de octubre o cada 23 de abril, trataría principalmente sobre en qué posición se encuentra hoy el mundo hispano, en medio de la crisis mundial, cada vez más acuciante que vivimos, sobre donde podríamos y deberíamos estar. La principal controversia relacionada al pasado se referiría a nuestro desencuentro con la modernidad y contemporaneidad y las formas de adaptarnos del modo más ventajoso (o menos desairado) a los tiempos que corren.

Sería ocasión de plantarnos como la cultura cohesionada que lamentablemente no somos pero que bien podríamos y deberíamos ser (aún en nuestra diversidad interna y contradicciones superficiales) y de plantearnos cómo afrontar, desde nuestra hispanidad, estos tiempos cada vez más oscuros que se nos ciernen, reafirmándonos e inspirándonos en el legado y ejemplo de un Miguel de Unamuno, de un José Ortega y Gasset, de un José Vasconcelos, de un Mariano Picón Salas, de un Augusto Mijares, de un Arturo Úslar Pietri. 

Quizá trayendo a nuestros días las palabras de Picón Salas, allá por 1944, en plena Segunda Guerra Mundial;

Podemos, sin embargo, comprender y valorizar nuestro origen hispano más allá de la tesis conservadora del estado-iglesia y de la tesis liberal del siglo XIX que negaba o escarnecía todo lo que no era acorde a esa divinización de la época industrial…  La propia crisis espiritual de la época nos hace contemplar con mirada más serena ciertos preteridos valores de la cultura hispánica” (1).

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(1)     Tomado de “De la Conquista a la Independencia, Tres Siglos de Historia Cultural Latinoamericana” Mariano Picón Salas (1944)

domingo, 6 de septiembre de 2020

Diecisiete Meses No Son Nada

DIECISIETE MESES NO SON NADA

Por Alexander Delgado C.

06 de Septiembre de 2020

¿Qué decir después de casi Diecisiete meses sin publicar escrito alguno (ni propio ni de otro autor) en este blog?

Casi Diecisiete Meses bastante agitados a nivel mundial (sobre todo los transcurridos en 2020). En los que, entre mega incendios devastadores, amenazas de guerra mundial, puja electoral en los EE.UU y las infaltables teorías conspirativas, nos cayó una mortífera pandemia, a la que, a pesar de que sigue cobrando muchas vidas, de una u otra forma nos hemos ido adaptando, sin dejar de verla como una espada de Damocles que ha cambiado de nuestras vidas o, en el mejor de los casos, importantes hábitos. Entre las muchas vidas valiosas que se ha llevado en nuestro país el Covid 19, se encuentran la de muchos profesionales y trabajadores del sector salud, muertos en el cumplimiento de su deber, sin la debida protección; quizá los verdaderos héroes que hemos tenido en estos últimos meses..

En Venezuela o relativo a Venezuela; casi diecisiete meses de un interinato con apariencia de romería; de marchas y contramarchas; de parodias fallidas de golpes de estado; tragicómicas operaciones contra el narco-régimen con nombre bíblico que fueron más la bulla que la cabuya; los ya, lamentablemente, habituales, atropellos por parte del narco-régimen usurpador (lo es por lo menos desde 2013, si no desde el propio 1999), las sempiternas estupideces y barrabasadas, ejecutadas o declaradas por los personeros de la narco-tiranía, en los que no vale ni la pena detenerse. Las ya, trágicamente habituales, fallas de energía eléctrica y escases en el suministro de agua. La ya, también dolorosamente habitual, hostilidad en los países del vecindario (especialmente Ecuador y Perú) contra venezolanos migrados, venefobia agravada por la crisis del Covid-19.

Más muertes cruelmente inútiles, por parte de la represión del régimen, por enfermedades. Más sanciones de los Estados Unidos (sin verle aún el queso a la tostada). Señales de TV por suscripción que van y vuelven.

Otro circo electoral en el horizonte (la “elección” de los nuevos jarrones chinos de la AN) y los eternos dimes y diretes sobre si votar o no votar (no debería haber dilema), que si “no ceder espacios”, “no legitimar al narco-régimen”, que si “¿tú que propones?”, bla, bla, bla…; hace ya años que no debería existir esta discusión, deberían estar claros los pros, los contras y haberse llegado a una conclusión nacional

Los eternos señalamientos (fundados o infundados) contra los dirigentes de la llamada “oposición” (que se supone que no es oposición, puesto que Juan Guaidó es el presidente, se supoooonee…), sus eternos colaboracionistas y sus eternos palangristas y beatas en las redes sociales (sobre todo Twitter e Instagram); líderes patéticos, venidos a menos y vendidos a la narco tiranía, buscando recuperar notoriedad perdida. Los eternos activistas de redes sociales, atacando, con razón o sin ella, el accionar del gobierno interino, pero en el fondo, con su visceralidad irreflexiva, convirtiéndose, la mayoría de ellos en parte del problema; muchos de ellos, antes que aportar una mirada diferente, buscando un simple drenaje de frustraciones o generar polémica

Casi diecisiete meses en los que, en Venezuela, “pasaron” muchas cosas y al final no pasó nada.

Sin Novedad en... no sé cuál frente

Pero… ¿Se podía esperar que sucediera algo realmente significativo, que implicara un verdadero cambio?

Una conocida sentencia de Einstein advertía sobre la necedad de esperar resultados diferentes haciendo las mismas cosas de la misma manera. Llevada esta afirmación a mayor escala, es una necedad esperar que cambie algo a nuestro alrededor, o en relación a nosotros, si desde nuestra mentalidad no hay cambios, o los que hay son más cosméticos que reales.

No hay sino que contemplar las interacciones de venezolanos en  las redes sociales o en grupos de Whats Up, para darse cuenta, tanto en la actitud de la mayoría de nuestros compatriotas (dentro y fuera del territorio patrio), de que no hay el menor intento de auto-revisarnos en cuanto a la manera de auto percibimos y de ponderar nuestra realidad y nuestras factibilidades. De acuerdo, quienes interactúan en las redes sociales no son la mayoría de los venezolanos, pero en este caso concreto ¿hay alguna duda de que son representativos?

Ciertamente, no hay liderazgos políticos que estén a la altura del momento; tampoco hay, y esto es lo más lamentable, verdaderos hombres y mujeres de pensamiento que generen nuevas luces y que lo hagan a partir de asumir la realidad, mas no de conformarnos con esta. Pero también es cierto que la sociedad venezolana actual está muy lejos de ser la más apropiada para generar ese tipo de liderazgo. Por su condición de hombre masa, por su mentalidad de rebaño, el venezolano es muy propenso a dejarse llevar por circos mediáticos;

Somos una sociedad en la que entendimientos superiores difícilmente podrían prosperar; permanecemos neciamente aferrados a “liderazgos” establecidos; muy apegados a clichés y frases hechas; a premisas, consignas y juicios simplistas. Nos dejamos encandilar por matrices de opinión superficiales y prefabricadas, en relación a nuestra realidad y nuestras posibilidades (a corto, mediano o largo plazo). Somos el típico pueblo (que no ciudadanía) temeroso de los verdaderos cambios y de la responsabilidad que estos acarrean; desdeñosos y ariscos ante todo aquello que piense fuera de la caja, que realmente marque pauta de distinción; sobre todo si ese que marca pauta no es alguien mediáticamente consagrado. Para nosotros solo vale la pena lo que tiene rating.

Si alguien verdaderamente pensante, pero sin notoriedad mediática, llamase la atención respecto a nuestra sempiterna actitud, la respuesta socarrona sería el gastado “¿y tú que propones?” “¡propón tú algo!”; si presentase alguna propuesta, sería descalificado sin siquiera tratar de entendérsele, parodiado o, en el mejor de los casos… ignorado. Si quien propusiese fuese una “luminaria” mediática, tendría sus cinco minutos de “gloria” sobre lo “genial” que es… y ahí quedaría todo.

En consecuencia, diecisiete meses o diecisiete años, después, solo podemos encontrar al venezolano promedio, dándole vueltas a los eternos dimes y diretes; atrapado en su Disonancia Cognitiva, en sus perennes mojones mentales, de los que no quiere salir, por no perder sus referentes vivenciales.

Diecisiete meses después, seguimos como hace veintiún años, enfangados en una eterna y malsana actitud autocompasiva, auto-acusatoria y auto denigratoria.

Si no hubiese razones concretas para sentirnos frustrados (que sí las hay y muchísimas), nos las inventaríamos, desde un espíritu publico malcriado, en permanente intoxicación, dispuesto a desahogar su frustración a partir de generar en otros venezolanos, vergüenza, malestar o absurdos sentimientos de culpa, hasta por cosas fútiles como que algunos se alegren del regreso de DirecTV.

Ciertamente Diecisiete Meses no Son Nada, pero en la Venezuela actual, hasta Cien años no serían nada. 

martes, 30 de abril de 2019

La Proscripción del Chavismo

LA PROSCRIPCIÓN DEL CHAVISMO 

Por Alexander Delgado C.

30 de Abril de 2019



Las ideas expresadas en escrito ya habían sido plasmadas en un Hilo de Twitter, hace dos días, las publico hoy en momentos en que las calles de Caracas son escenarios de un nuevo esfuerzo por liberar a nuestra patria de esta atroz tiranía que nos pisotea desde 1999

 

Últimamente ha habido en las redes sociales, especialmente en Twitter, una polémica, a partir de algunas declaraciones malhadadas que aspiran a una cohabitación con el chavismo sobreviviente, en un anhelado pero todavía muy incierto escenario en el que el chavismo sea definitivamente expulsado del poder. Algunos, como el ensayista e historiador Rafael Arráiz Lucca, han llegado al punto de pretender, con una clara connotación chantajista, que lo contrario, la proscripción del chavismo, sería antidemocrático. 

Por supuesto que es indigno, por decir lo menos, plantearse una cohabitación con quienes han causado la mayor devastación económica, social, moral y cultural de que se tenga conocimiento en Venezuela; con quienes han destruido a la República, con quienes han provocado la muerte de tantos venezolanos, por hambre, enfermedades, asesinados a manos del hampa y por supuesto, víctimas de la represión del narco-régimen; con quienes han provocado una de las mayores diásporas (si no la mayor) que en los últimos 100 años han tenido lugar en el continente americano; en fin, con quienes han destruido, hasta el ecosistema del territorio nacional. 

A los que chantajean con el argumento de que no es democrático habría que replicarle que en este caso aplicaría una variante de la Paradoja de la Tolerancia de Carl Pooper; así como la tolerancia, responsablemente ejercida implica, irónicamente, no tolerar a los intolerantes, del mismo modo, la dignidad, el sentido del decoro y de una sana autoestima nacional (necesaria de cara a un proceso reconstructivo), incluso la prudencia, hacen inicua y abominable toda idea de coexistencia con una narco-tiranía que, además de criminal y hamponil, tiene una innegable impronta anómica y sociópata.  

Tienen toda la razón quienes afirman que el chavismo, tanto o más que un grupo de opinión, corriente, o ideología política, es una organización criminal de expansión más allá de las fronteras venezolanas, con fuertes lazos con el terrorismo internacional; tal como lo expone en Twitter, este post de la cuenta @VenezuelaAnons: 

Posiblemente las reservas que algunos puedan tener radican en la creencia, desacertada, de que ilegalizar al PSUV y otros partidos u organizaciones de raigambre chavista significa la persecución a todo militante de base de esas organizaciones, aunque no haya formado parte de los llamados colectivos ni esté incurso en algún otro tipo de delitos, al amparo del régimen; de todo aquel cuyo única falta haya sido haber creído (equivocadamente) en Hugo Chávez, haber sido fiel a su figura y, en aras de esta malhadada fidelidad, haber mantenido, desde 2013, su apoyo al narco-régimen con Nicolás Maduro a la cabeza. 

Obviamente no considero que este sea (o deba ser) el caso. Sería absurdo plantearse semejante represalia.

Nunca he sido amigo de comparar al chavismo con el nazismo, porque considero que sería mucho más acertado comparar al régimen de Miraflores con regímenes comunistas, sobre todo de contextos tropicales, o con barbaries como la que representó Atila o, entre nosotros, José Tomás Boves. Pero en este caso se le puede dar gusto a los que les encanta comparar al Narco Régimen con el Tercer Reich alemán (1933-1945), pero no en el sentido plañidero-victimista en el que usualmente se hace esta comparación, más bien ubicándola en el contexto inmediato posterior a la caida del reich de Hitler. A este efecto vendría como anillo al dedo recordar como en la Alemania de la post-guerra se llavó a cabo un proceso de desnazificación en cada una de las zonas alemanas de ocupación que, con el inicio de la Guerra Fría, darían paso, a la República Federal Alemana (Alemania Occidental, en la órbita capitalista) y en la República Democrática Alemana (o Alemania Oriental, dentro de la esfera soviética).

Obviamente la mencionada desnazificación se llevó a cabo de manera distinta y a ritmo diferente en cada una de las Alemanias bajo control aliado.

Ciertamente este proceso de desnazificación tuvo que implicar una revisión y, en la medida de lo pertinente, una reorientación y/o corrección de pensamiento, paradigmas, visión de patria, etc. No viene al caso dilucidar hasta qué punto se dio entre la población teutona un restablecimiento de modos vivenciales o aspiracionales anteriores al régimen nazi o el planteamiento de nuevos prototipos del ser alemán a partir de la realidad de la postguerra.

En la Alemania Oriental, lamentablemente, solo se cambió un totalitarismo por otro que, aunque también tenía raíces socialistas, era de diferente signo ideológico.

Pero esta desnazificación no implicó perseguir al grueso de la población germana que, por circunstancias y contexto, estuvo mayoritariamente encuadrada en el NSDAP (*), los alemanes, en su mayoría, pudieron rehacer su vida después de 1945; en la Alemania Occidental, de manera liberal-democrática, en la Alemania Oriental, lamentablemente, bajo el yugo soviético.

De hecho, 20 años después del fin de la guerra, Alemania Occidental, firme aliada de EE.UU y Gran Bretaña e integrada en la OTAN desde 1955, experimentaba un resurgimiento o milagro económico que daba de que hablar elogiosamente.

Algo similar es lo que habría que hacer en una Venezuela posterior a la salida del chavismo, con la población que, de manera honesta (dentro de lo que cabe), militó en el PSUV u otros partidos de índole chavista, idolatró a Hugo Chávez, y se vistió de rojo rojito. Es necesario un proceso de seguimiento, reorientación, quizá reeducación (o educación, simplemente, sin el re).

Al igual que en las Alemanias de la postguerra, una reorientación sana de valores, y paradigmas, en su manera de entender al país, a la sociedad y su papel en ella.

Es cierto que en este proceso debe haber persecuciones, enarbolando la bandera de la justicia, el orden y la dignidad. Pero estas acciones se dirigirían contra la cúpula criminal de la Narco-Tiranía, contra la cúpula militar imbricada con el narcotráfico, culpable de atrocidades, y demás delitos y depravaciones. Implica también ajustarles cuentas a los oficiales de menor rango que hubiesen formado parte de estas actividades y especialmente a quienes, fungiendo como cuerpos policiales, se convirtieron en brazo ejecutor de atrocidades contra muchos venezolanos dignos que se rebelaron frente a la tiranía.

Implica también investigar a oficiales de rango medio, indiciados en delitos de menor gravedad y determinar la severidad de las penas o sanciones según el caso, con la posibilidad, nada santa (asumámoslo), de que, en aras de un presunto pragmatismo, algunos de estos quedaren exonerados o con penas leves, pudiendo luego reinsertarse en la sociedad, bajo nuevos valores.

Y también, por supuesto, investigar la actuación y posibles corruptelas y, sobre todo, complicidades con el régimen, por parte de elementos y cúpulas de partidos que, se suponía, debían oponerse a la tiranía roja.

Finalmente, el accionar ideal de un nuevo régimen supone ir sin contemplaciones, en guerra frontal, contra los colectivos y los pranes, los cuales deben ser sacados de circulación, si fuera el caso, abatidos y los que sobrevivieren, encarcelados, juzgados y obligados a pagar ejemplarmente su deuda con la sociedad.

Nada de esto implica, per se, ir contra personas inocentes, por el simple hecho de sus equivocados apoyos anteriores.

En el peor de los casos se trataría de ir contra aquellos militantes de base del chavismo (incluidos enchufados en ministerios, alcaldías, líderes vecinales, etc.) incursos en delitos de corrupción, robo, homicidios, narcotráfico, secuestro, extorsión, trata de blancas, pedofilia, rituales pseudo-religiosos repulsivos, u otros crímenes repudiables; o bien, que tomaran parte o, de alguna manera, fueran cómplices, en encarcelamientos, asesinatos, desapariciones y torturas contra quienes se rebelaron contra el narco-régimen.

Obviamente este proceso implicaría la necesidad de disolver y proscribir, como partidos, al PSUV, y a otros partidos del narco-régimen como el PCV, la UPV, las UBCh y demás organizaciones chavistas, que en realidad son asientos de organismos criminales; así como suprimir, o al menos diluir, los modos, iconografías y arquetipos estructurados en torno al cognomento chavista, empezando por el propio culto a la figura del fallecido Hugo Chávez. Un proceso de disolución que, en mi opinión, tendría que llevarse a cabo con mucho cuidado. No una satanización estridente (que acabaría siendo endiosamiento al revés), tampoco un olvido de las atrocidades cometidas, pero sí una suerte de superación que desvanezca la adoración a este personaje, por parte de quienes le habían sido adictos, acaso ofrecerles nuevos iconos.

Lo anterior no es diferente al modo en que se procedió en las Alemanias de la post-guerra. Allá se proscribió, tanto al NSDAP como a la ideología nazi en sí misma (cosa que, tristemente, no se hizo con el comunismo, luego de la reunificación de 1990); es bueno recordar que en la Alemania de hoy, incluso efectuar el emblemático saludo romano (brazo en alto), se considera un delito. Que en la nación teutona (así como en otros países europeos) se mantuvieran, de manera marginal, algunas organizaciones, abierta o encubiertamente, neonazis o grupos skin head es otro tema.

Incluso podría hasta pensarse que para no pocos, inscritos en partidos chavistas, sea por necesidad de un empleo, bono, etc., o si se prefiere, por ignorancia, por deformación socio cultural de parte de la propaganda chavista; bien podría pensarse, repito, que para muchos de estos, hasta el momento, chavistas de base, la disolución y proscripción de estas estructuras partidistas pudiera significar a corto o mediano plazo, ser también liberados de una coraza y un yugo, si no de dominación mecánica, al menos sí de una dominación psicosocial, emocional, etc. Acaso se les estaría dando a muchos la oportunidad de mirar sin la venda chavista.

A muchos de estos chavistas de base quizá también los estaríamos liberando de la opresión foropaulista. 

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 (*) NSDAP; Siglas en alemán del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, comúnmente conocido como NAZI


La cuenta de Twitter donde se publicó el mencionado Hilo fue suspendida a fines de 2019.

Este era link del hilo original

https://twitter.com/Metromeza/status/1122665998660833281?s=03 

Nota del 23-02-2020

lunes, 31 de diciembre de 2018

Un Corazón Todo Venezolano. Por: Augusto Mijares

UN CORAZÓN TODO VENEZOLANO

Por: Augusto Mijares

(De Lo Afirmativo Venezolano. 1963) 


FUE EN 1865, AÑO de la muerte de Fermín Toro, cuando Juan Vicente González lo llamó “el último venezolano”. Apenas 29 años antes, en ocasión igualmente solemne y luctuosa, se había dicho algo análogo, pero con ánimo totalmente diferente. Me refiero al título que el Congreso de Venezuela encontró como máximo elogio para Vargas, en el momento de aceptar su renuncia a la Presidencia de la República: un corazón todo venezolano, lo llamó la representación nacional. 

También ese día pudo parecer de muerte, y que muchos ideales de paz entre hermanos, de civismo y desinterés, se iban como en un ataúd; pero la conmovedora expresión con que el congreso despide a Vargas no es de llanto ni de vergüenza: tiende por el contrario a proclamar que aquellos propósitos (el patriotismo, la laboriosidad y el valor moral de Vargas) debían quedar como símbolo de “lo venezolano”. Casi es una deliberada negación de que aquella despedida fuera definitiva. Gracias a ella (querían pensar) Vargas permanecerá en Venezuela: en presencia efectiva, realizando una nueva labor al frente de la educación nacional y, sobre todo, como presencia espiritual de aquellas virtudes que de Venezuela le venían y eran las que habían formado el corazón. 

No eran propensos entonces los venezolanos al lamento y a la claudicación. El capitán ingles Beaver, que en 1808 estuvo en Venezuela como Comandante del buque de guerra “Acasta”, para observar los sucesos políticos, transmitió a su gobierno un juicio sobre el carácter nacional que merece confrontarse con el que habitualmente los venezolanos se han inventado: “Creo poder aventurarme a decir que son leales en extremo y apasionadamente adictos a la rama española de la Casa de Borbón; y que mientras haya alguna probabilidad de la vuelta de Fernando VII a Madrid, permanecerán unidos a su Madre Patria. Pero si aquello no sucediese pronto, creo poder afirmar, con igual certidumbre, que se declararán independientes por sí mismos… Estos habitantes no son de ningún modo aquella raza indolente y degenerada que conocimos en la misma latitud de Oriente: antes parecen tener todo el vigor intelectual y energía de carácter que se ha considerado generalmente como distintivos de los habitantes de regiones más septentrionales”. 

Que un europeo considerara entonces a los nativos de otro continente con el vigor intelectual y la energía de carácter que solo ellos mismos se atribuían, debe considerarse un elogio excepcional. 

Y, sin embargo, es el que se repite con relativa frecuencia por los viajeros que estuvieron en Venezuela. 

Ya Humboldt había escrito: “Las comunicaciones múltiples con la Europa comerciante, y ese mar de las Antillas que he descrito como un Mediterráneo con muchas bocas, han influido poderosamente sobre el progreso de la sociedad en la isla de Cuba y en las bellas provincias de Venezuela. En ninguna otra parte de América la sociedad ha tomado una fisonomía más europea… A pesar del aumento de la población negra, uno se cree, en La Habana y en Caracas más cerca de Cádiz y de los Estados Unidos que en ninguna otra parte del Nuevo Mundo”. 

El francés Depons avanza más aún: aunque no deja de anotar muchas deficiencias y defectos, observa que los criollos lejos de intimidarse ante el europeo lo vigilan con altivez. Llega hasta escribir: “Si la competencia se mantuviera en el terreno de los conocimientos adquiridos, indudablemente los criollos llevarían la ventaja, pues, en general, los venidos de España encuentran en el país gente que los supera en cultura”. 

Me interesa advertir esto: un desgraciado rastacuerismo de fin de siglo ocurrió muchas veces a la comparación de estas ciudades americanas con las europeas, y les parecía a nuestros snobs el colmo de la felicidad afirmar que Caracas, por ejemplo era “otro Paris”. 

Lo que vengo diciendo tiene un sentido absolutamente opuesto: porque la comparación material de estas ciudades con las europeas hubiera sido absurda, es por eso que resulta sorprendente que, salvando esas barreras, de la realidad tangible, los europeos les encontraron una fisonomía, un carácter que aquí no era inferior al de allá. 

Así debe apreciarse también esa imagen que el Conde de Segur se llevó de nuestra capital: “La ciudad de Caracas se ofreció a nuestros ojos con bastante majestad… nos pareció grande, limpia, elegante y bien construida”. 

No; si el Conde de Segur se hubiera limitado a recordar lo que tuvo ante sus ojos, hubiera dicho solamente que Caracas era apenas una aldea tropical que no alcanzaba a los 40.000 habitantes, y de las más pobres del continente. Lo que para él transformó aquella realidad inmediata fue la sociedad que encontró, europea por el vigor intelectual y la firmeza de carácter, según diría el inglés. 

¡Cuántas meditaciones pueden sugerir estos datos que apunto sobre el carácter venezolano! ¿No romperán la rutina con que nos atribuimos, como si derivaran de taras irremediables, cuantos infortunios y contratiempos nos salen al paso? 

Porque lo curioso es que aquella interpretación deprimente del espíritu nacional se extiende a los más fútiles pormenores de la vida cotidiana: si un coche que pasa en días de lluvia nos salpica, o si alguien que va de prisa nos tropieza, o si un vecino nos da un pisotón, todos los venezolanos tienen la culpa y “este es un país donde no se puede vivir”. 

Creo muy saludable perseguir hasta esos extremos grotescos aquella manía de auto-acusación. Y denunciar también las exageraciones contradictorias que en nuestro egoísmo engendra: porque si debemos esperar durante mucho tiempo un autobús proclamamos que “eso no sucede sino en Venezuela”, pero si el autobús para hacer puntualmente su recorrido no nos espera cuando llegamos con retardo, también nos enfurecemos y afirmamos que el carácter nacional no tiene remedio. 

Y siempre en Venezuela “el último venezolano” es… uno que acaba de morir. Aunque a diario sigamos viendo a tantos venezolanos, médicos, escritores, filántropos funcionarios, profesores, que por su abnegación o su honradez, por su laboriosidad o su patriotismo, podrían merecer (aunque no fuera en la máxima categoría que Vargas) el espléndido elogio tan reconfortante: “un corazón todo venezolano”.

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jueves, 18 de octubre de 2018

El Mito Heroico y los Ecos de la Revolución de Octubre

EL MITO HEROICO Y LOS ECOS DE LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE

 Por Alexander Delgado C. 

18 de Octubre de 2018



Tal día como hoy hace setenta y tres años, con el derrocamiento del presidente Isaías Medina Angarita, se dio inicio a un nuevo tiempo histórico en Venezuela. Con mayor o menor acierto, podríamos definir este nuevo tiempo como Era Democrática, entendida esta bajo las premisas propias de la modernidad industrial, encumbrada por entonces en los países más desarrollados y a la que Venezuela aspiraba a llegar. Es decir; una actividad política de masas, estructurada en torno al Sufragio Universal, motorizada por partidos políticos organizados y en medio de una dinámica, pretendidamente pluralista y políticamente liberal, impulsada por los nacientes mass media. Irónicamente, el derrocado presidente Medina Angarita, comprometido con un proceso de democratización, fue quizá el gobernante más liberal y, dentro de su contexto, uno de los más progresistas que hemos tenido (en el buen sentido de la palabra). 

El tiempo histórico que llegó a su fin con el arribo de Hugo Chávez a la presidencia no se inició el 23 de enero de 1958; se inició el 18 de octubre de 1945. Incluso, es muy discutible si el régimen militar de los años cincuenta fue un paréntesis en esa Era Democrática o si más bien fue parte de esa Era; a saber, la faceta militarista, autoritaria, nacionalista de derecha y tecnocrática del orden instaurado en 1945.

También, hace setenta y tres años, se consagró el populismo moderno en nuestro país. De nuevo, no fue el 23 de enero del 58, fue el 18 de octubre del 45.

1958 fue el consolidose del empezose de 1945.

Aunque esta fecha haya sido interesadamente soslayada por todos los discursos políticos de los últimos setenta y tres años, la relevancia histórica del 18 de octubre de 1945, no solo supera, como ya se señaló, la del 23 de Enero de 1958, sino que está a la par de hechos como la salida de Venezuela de la Gran Colombia (1830), el triunfo de la Federación (1863), el inicio de la llamada Hegemonía Andina (1899) y, por supuesto, el ascenso del chavismo al poder (1999). 

Para bien Y para mal, la Revolución de Octubre partió en dos la historia venezolana del siglo XX. Junto a la consagración de la democracia partidista por vías institucionales, hay que destacar las medidas de los gobiernos derivados del octubrismo en materia de legislación social y en el campo infraestructural. Negar estas políticas sería mezquino. 

Pero tampoco podemos negar que, como contra-cara negativa, tras el golpe de octubre, con el llamado trienio adeco (1945-1948)regresa la intolerancia, la violencia política y, sobre todo, el discurso populista y vesánico, especialmente desde las esferas gubernamentales, males que parecían haberse superado, sino desde 1908, por lo menos, desde 1936. 

Sin embargo, un aspecto del octubrismo del que comúnmente no nos percatamos, es el psicosocial y el simbólico, el relacionado con la mitología criolla. Con el golpe de octubre se revigoriza el mito del venezolano alzao, del venezolano de complejo heroico, del venezolano comecandela que confía más en los cambios impuestos a lo machorevolucionariamente, antes que en los cambios surgidos del esfuerzo colectivo y cotidiano, es decir, más acompasados, más a plazos, pero de base más sólida y estable, por ende con mayores posibilidades de ser duraderos. El 18 de octubre de 1945, no regresa la Venezuela barbárica de Boves, Zamora, El Agachao o Funes, pero sí esa Venezuela rebelde, cimarrona, demagógica y pico de oro, que no acepta nada ni a nadie por encima de ella, Es decir, la Venezuela en la que Hugo Chávez, no solo nacería físicamente, sino también se incubaría como fenómeno político.

Desde la Guerra de Independencia, los venezolanos arrastramos una visión nacional basada en un mito heroico, a partir de un arquetipo vernáculo y de una mística epopéyica, que ha pretendido hallar su reflejo, de manera más solemne, en la primera frase del Himno Nacional “Gloria al Bravo Pueblo”. De manera más coloquial (y más contemporánea) este mito podría definirse en la expresión salsera pa’ bravo yo

Esa Venezuela del caudillo, del cuatriboleado, fue la que prevaleció durante todo el siglo XIX, dando al traste con los pocos intentos serios de reconstrucción republicana (aún en medio del caudillaje) como el llevado a cabo entre 1830 y 1847. Fue ese espíritu, barbárico y aventurero a la vez, el que se impuso a sangre y fuego ante el congreso el 24 de Enero de 1848, el que lanzó al país a la Guerra Federal, el que condenó a los venezolanos durante el decurso del siglo XIX y la primera década del siglo XX a la violencia y al atraso, entre arengas incendiarias, epopeyas de caricatura y grandilocuencias vacías.

Esta escalada, cuatriboleadamente caudillesca, solo pudo ser contenida y superada bajo la dictadura del general Juan Vicente Gómez. El precio a pagar, bien conocido, fue padecer el régimen más absolutista y suspicaz que Venezuela hubiese conocido hasta ese momento. Paradójicamente, fue bajo esa autocracia que se pudo recrear un Estado Venezolano moderno, cohesionado, con unas Fuerzas Armadas profesionales, eliminándose el caudillismo y superándose los regionalismos neo-feudales; reorganizándose definitivamente la Hacienda Pública, aún en medio de la corrupción, hasta lograr la total cancelación de las deudas nacionales. 

Al mismo tiempo la autocracia gomecista, se convertiría en vitalicia, consolidándose imbatible durante casi tres décadas, imponiéndose, a sangre y fuego, a todos los, ya decadentes, caudillos o aspirantes a tal, que intentaron tomar el poder por las armas (Maisanta, Arévalo Cedeño, Juan Pablo Peñaloza, Rafael Simón Urbina, Román Delgado Chalbaud, entre otros). 

La Venezuela alzadacomecandela y vernácula, tuvo que aceptar ver morir a Gómez con el poder en la mano, sin lo lograsen mover tan siquiera un milímetro. Y no solo la Venezuela “aventurera y heroica”, también la genuinamente liberal y la honradamente ilustrada que aspiraba legítimamente a horizontes mucho más amplios, tuvo que resignarse a esperar un cambio, a partir de la muerte del llamado Benemérito.

A su vez, tras la muerte del general Gómez, en diciembre de 1935, los gobiernos constitucionales de los generales Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita (herederos de la hegemonía política andinista impuesta desde 1899) llevaron a cabo un período transicional en el que se buscaba echar las bases de una futura democracia sólida, a partir de una apertura política a plazos (más aceleradamente bajo Medina Angarita) y de un proceso, acompasado pero firme, de modernización en materia institucional, educativa, económica, de asistencia social. Este proceso se desarrolló en medio de una revitalización de la dinámica nacional, en todos los aspectos, impulsada, en gran medida, por esa Venezuela ilustrada, libertaria y con ideas de progreso, a la espera desde los últimos años del gomecismo.

Este contexto, aún con todas las limitaciones, taras y rémoras que arrastraba, era propicio para un trabajo de reconstrucción y fortalecimiento de la República en sus cimientos, en la que pudiera anclar esa democracia firme, a partir de la solvencia económica, estabilidad y cohesión logradas bajo el gomecismo. Una tarea de reconstrucción basada en el trabajo del día a día, en la carpintería nacional necesaria, sobre la base de la confianza y la esperanza en el futuro. Este proceso de consolidación sistemática, estaba sintetizado en los lemas de gobierno de López Contreras y de Medina Angarita; respectivamente: “Calma y cordura”, “Sin prisa pero sin pausa”.

Lo más importante, el país se enrumbaba al margen del complejo heroico, con el mito cuatriboleado en derrota, con la perspectiva de cimentar una república institucional y cívica; cívica no solo por la posibilidad, a corto o mediano plazo, de que el poder militar llegase a estar subordinado al poder civil y de que los mandatarios no proviniesen del mundo castrense activo, sino también por un espíritu de república, más constructor que fundador, que enalteciera en el presente y de cara a la posteridad, más las actividades de la paz, del día a día, que el heroísmo epopéyico y mítico.

Esta oportunidad se vio truncada con la Revolución de Octubre. Junto al regreso de la violencia política y la intolerancia, se pone nuevamente en escena el arquetipo heroico-político, esta vez con el estandarte de la democracia, revitalizado tras la toma violenta del poder, luego de derrocar al “heredero” del gomecismo. Aunque sé que la Revolución de Octubre fue mucho más que esto, y aunque no pierdo de vista, ni los logros positivos verificados a partir del 18 de octubre del 45, ni las falencias y anquilosamientos del orden político lópez-medinista; me da la impresión, sin embargo, de que el 18 de Octubre de 1945, el espíritu heroicista, el mito del sietemachos, se sacó la espinita de no haber podido derrocar a Gómez. Por supuesto, esto último no pasaría de ser una elucubración personal.

Tras el paréntesis dictatorial (de casi una década) de la cara militar del octubrismo; el 23 de Enero de 1958 resurge, más vigoroso que nunca, el mito del comecandela, el del héroe popular, la fábula del bravo pueblo, el complejo del paladín contra la opresión; enarbolando, una vez más, el estandarte democrático. Y cuando este estandarte se destiñe y se rasga, el espíritu cuatriboleado levanta la cabeza una vez más, el 4 de Febrero de 1992 (con su corolario del 27 de Noviembre), en el mito del militar bolivariano, del héroe vengador de los oprimidos por la oligarquía. Aunque fracasado en tomar el poder por las armas, este mito, llevando a cabo para sus aviesos fines, precisamente un trabajo de día a día, se abriría paso a través de la raída y confiada institucionalidad adeco-copeyana, consagrándose electoralmente el 6 de diciembre de 1998.

Casi veinte años después de aquel 6 de diciembre, veintiséis años después de aquel 4 de Febrero, sesenta años después de aquel 23 de Enero y sobre todo, setenta y tres años después de aquel 18 de Octubre, tan lejano y a la vez tan encima de nuestra conciencia; nos encontramos con la sangrienta aniquilación en las calles venezolanas de buena parte de nuestra juventud, en su heroísmo, inocente y honesto, también en sus esperanzas de un mejor país. Nos encontramos con una Venezuela cada vez más corrompida en todos los aspectos; diezmada, esquilmada por una Narco-Tiranía; traicionada por un falso liderazgo opositor y una intelectualidad mediocre. Una Venezuela desmoralizada, prostituida, obligada a huir en estampida. 

Setenta y tres años después, seguimos aferrándonos al ya caricaturesco, patético y frustrado mito del Bravo Pueblo, del héroe, del cuatriboleado; un mito, hoy cooptado por una cofradía de delincuentes y resentidos en el poder; una fábula agotada que poco o nada tiene que decirnos. Nos aferramos en una invocación estéril o canalizamos nuestro despecho denigrando contra nosotros mismos. Lo lamentable es que seguimos ignorando el trabajo cotidiano, colectivo y constructor, con calma y cordurasin prisa pero sin pausa que nunca atendimos. Un trabajo, aclaro, no para lavarle la cara al régimen ni pretender una ilusa salida constitucional-electoral a este hamponato, pero sí para hacer sustentable una lucha que no será corta ni se acabará con la salida de Miraflores del tirano.

Un esfuerzo de carpintería, incluso en resistencia y rebelión, necesario para defendernos, sobrevivir y sobreponernos a la devastación chavista. 

miércoles, 10 de octubre de 2018

Nos Falta Cultura De Despotismo

NOS FALTA CULTURA DE DESPOTISMO

Por Alexander Delgado C.

 10 de Octubre de 2018



El vil asesinato del concejal Fernando Albán, militante de Primero Justicia, está siendo utilizado en forma, más que patética, abyecta, por los politiqueros de la llamada oposición oficialista y sus influencers. Más que patético, francamente ruin, el estadístico Félix Seijas, palangrista de las líneas muderas y electoreras, publicó el pasado 08 de octubre, en su cuenta en Twitter (identificada como @felixseijasr), un post a propósito del asesinato de Albán en el que dice:

Al analista Seijas perfectamente se le podría responder con sus propios argumentos. Las brutales torturas y subsiguiente muerte a que el hamponato rojo sometió a un dirigente político vinculado a la línea de la MUD (sin desmedro de su valía), dejan más que en evidencia que bajo la Narco-Tiranía castro-chavista, las vías democráticas, institucionales, convencionales, abiertas, no permiten otra oposición que no sea de saludo a la bandera y, ni aún este tipo de oposición sería seguro, a la luz del crimen contra el concejal Albán.

El asesinato de Albán, la prisión del diputado Juan Requesens (también de Primero Justicia), y de tantos otros que han tratado de hacer oposición a este régimen, cual si se tratara de un mal gobierno demócrata-liberal o de una dictablanda; refuerza la idea de que bajo una tiranía, o incluso bajo una dictadura (como, equivocadamente, muchos catalogan al régimen de Miraflores) la forma lógica de enfrentarse es desde una actividad de resistencia, organizada y clandestina.

En un artículo del 25/05/2015, el Dr. Jesús Petit Da Costa lo explica de manera inequívoca, tomo algunos fragmentos de este artículo (*):


¿Por qué no hemos logrado llevar a cabo este tipo de política de forma efectiva? ¿Porque los pocos intentos que se han hecho no han llegado a nada o han terminado trágica y dolorosamente como el del Comisario Oscar Pérez a comienzos de este año?

¡Porque nos ha faltado Cultura de Despotismo!

¿Qué debemos entender por Cultura de Despotismo? Obviamente no se trata de convertirnos en déspotas, ni en cómplices del despotismo castro-chavista; es, ante todo, concientizar e internalizar la opresión que se vive, asumir la necesidad de enfrentarla y, a partir de esta consideración, aprender a organizarnos y movernos, generalmente a bajo perfil e incluso en secreto; a saber cómo prevalecer frente al despotismo chavista (no necesariamente a corto plazo) y poder derrotarlo al final.

Al margen de los juicios de valor que nos hagamos en relación a los sucesos que condujeron al derrocamiento del General Marcos Pérez Jiménez, a comienzos de 1958; e independientemente de la postura política que asumamos en torno a este tema; podemos hacer, sin embargo, una comparación con aquellos años en un sentido estrictamente pragmático.

En la década de los 50 había cultura de despotismo (o cultura de dictadura como también se le conoce), el venezolano de la época había vivido la mayor parte de su historia bajo sistemas políticos represivos o, en el mejor de los casos, con importantes restricciones políticas, y a veces socio-culturales. Por ende, a la hora de hacer frente al gobierno de turno, el venezolano que asumía la política militante, estaba familiarizado con conceptos como; organización, cohesión, clandestinidad; incluso echarse al monte, estructurarse en el exilio y hasta llevar a cabo incursiones armadas desde tierras extranjeras, formar una “revolución” como, rimbombantemente, llamaban a las revueltas armadas que eventualmente lograban tomar el poder. Quizá los métodos de enfrentamiento variaron desde los días del régimen del General Gómez, enfocándose más en las acciones urbanas, pero se mantuvo la cultura de despotismo, ese saber actuar políticamente bajo represión, con cautela o a ocultas, con exactitud, con exigencia.   

Con la consolidación, a partir de 1958, de la democracia de partidos, ya se podía hacer política militante de oposición de manera legal, con instituciones que, aún con todas sus falencias, en muchos casos resolvían o sacaban del paso al ciudadano de a pie. Obviamente el venezolano fue perdiendo la cultura de despotismo y se fue acostumbrando a que, dentro de todo, podía protestar y acogerse a esas vías institucionales, por cojitrancas que fueran. Las siguientes generaciones crecimos en un clima sociopolítico que hacía innecesaria esa cultura, un clima relajado en el que nos formamos bonachones y bonchones, cada vez más desconectados de nuestra historia, soportados en la renta petrolera y en la ilusión de que todos cabíamos porque estábamos en democracia y éramos chéveres.

Y hemos sido los de estas generaciones, crecidos en el confort institucionalero, los que nos topamos de frente con el chavismo, con una realidad sociopolítica para la que no estábamos preparados.

En retrospectiva, se podría entender que estos hábitos políticos fraguados en despotismo permanecieran en el desuso y el olvido para 1998, o en los siguientes tres años, cuando el accionar del chavismo desde el poder aún no había cobrado la primera muerte. Pero, tras los sucesos de abril de 2002, hemos debido empezar a concientizar la calaña del régimen. Lamentablemente esto no ocurrió a pesar de que, a partir de 2002, la escalada de muertes, prisiones arbitrarias, torturas y exilios forzosamente voluntarios iba, cada vez más, en un espiral ascendiente. Los venezolanos no supimos, no pudimos, o muy probablemente, en el fondo no quisimos, recuperar esa cultura de despotismo.

Así, siempre nos llenábamos la boca tildando al régimen, erróneamente, de dictadura o, más acertadamente, de tiranía, pero nunca actuamos como se supone se debería actuar bajo un régimen opresivo. Como si en el fondo no nos lo creyéramos. Nunca internalizamos conceptos propios de quien se enfrenta a un despotismo como; clandestinidad, células, conchas, estafetas, lenguaje en clave, etc. A nadie en los 50 se le hubiera ocurrido promover una acción de desobediencia civil al entonces gobierno, en debates públicos, como se ha pretendido hacer, bajo la Venezuela chavista, desde las redes sociales.

Tildamos públicamente de dictador, antes a Chávez y ahora a Maduro, llamamos asesino y narco a Diosdado, terrorista a El Aissami; los insultamos (con toda la razón); llamamos a la rebelión, a acogernos al Artículo 350 y hasta ha habido quienes han planteado el absurdo de una consulta popular sobre esa hipotética rebelión. Y todo esto, en la mayoría de los casos, lo hacemos desde nuestras cuentas de Facebook, Twitter, Instagram, etc., con nuestros nombres de pila, fotos de nuestras caras y hasta fotos de nuestros seres queridos. El que se hubiera expuesto así antes de 1958 habría sido visto como un loco, un imprudente o, en todo caso, no habría sido tomado en serio. Y eso nos pasa hoy. Quizá por eso nunca hemos inspirado la seriedad que amerita el tamaño de la tragedia que estamos viviendo.

Y así hemos llegado a este Estado Fallido, tirano y delincuencial; sin asimilar, más allá de los dicterios, el carácter opresor o, peor aún, gangsteril y anómico, del régimen. Todavía es posible ver como muchos de los llamados guerreros de teclado son criticados y tildados de cobardes, por usar seudónimos, como si para eso no hubiese razones más que obvias. Del mismo modo son comunes las críticas a los dirigentes en el exilio, por parte de los que permanecen en Venezuela, usando como descalificativo, precisamente, el estar fuera del país. Habría sido de ver la cara de un dirigente político anterior a 1958 ante semejante diatriba. Frente a quienes hablan de organizarse o hacer algo desde afuera, todavía son comunes las voces (o teclados) furibundas de quienes gritan “la lucha es aquí” ¿De verdad? 

La Pregunta de Las Mil Lochas. ¿Por qué nunca llegamos a internalizar esa cultura de despotismo, ni aún después de casi veinte años de narco tiranía castro-chavista, con todo lo que ha pasado, especialmente desde 2014? 

Esta pregunta me parece mucho más clave que los lugares comunes de “¿Por qué seguimos tan pasivos?” o “¿Qué más tiene que pasar?”. Es clave porque habla de nuestra falta de seriedad en asumir el problema que tenemos (valga el eufemismo problema).

Creo que la respuesta a la interrogante anteriormente planteada está, en parte, en que la tiranía chavista, dura, cruda y sin tapujos, ha tardado en materializarse. Se ha ido configurando en su cara más brutal, a plazos. Durante mucho tiempo ha habido una máscara democrática (más bien democratero-oclocrática). 

Siempre hemos tenido espacios para expresarnos en contra, sin que, en la mayoría de los casos, haya consecuencias graves para el que se expresa. Por ejemplo; si estamos en Venezuela y desde nuestra cuenta de Facebook o Twitter, mostrando nuestra verdadera identidad, denigramos del régimen y no nos pasa nada, ni a nosotros ni a los nuestros; simplemente nos confiamos y, en la práctica, más allá de los epítetos, tendemos a olvidar la verdadera naturaleza del régimen.

Nos hemos confiado de nuestra “suerte”.

Y por supuesto, no podía faltar el ritual votocrático. De hecho, este se ha fortalecido bajo el chavismo hasta el límite del absurdo o de lo grotesco. Como dato diciente, constatemos que entre 2004 y 2013, en Venezuela solo hubo un año, el 2011, en que no se celebraron elecciones o consultas refrendarias de algún tipo; en los demás años siempre hubo ocasión de votar (aunque en realidad no se llegara a elegir), sean referendos, elecciones presidenciales, parlamentarias o regionales.

Y nos aferramos a la ilusión de que, si no estamos en democracia, al menos podríamos aspirar a recuperarla pronto y por vías institucionales... porque somos chéveres.

La dirigencia pseudo-opositora, obviamente, le siguió el juego al régimen. Después de promover, de manera improvisada e incoherente, la abstención en las elecciones parlamentarias de 2005, al año siguiente volvieron asustadizos a refugiarse en la comodidad de lo conocido para ellos; la acción electoral con toda su parafernalia; afiches, mítines, marchas, bailantas, actos con artistas a lo Sábado Sensacional; toda una fanfarria en torno al candidato chévere del momento; Francisco Arias Cárdenas en el 2000, Manuel Rosales en el 2006, Henrique Capriles en el 2012 y el 2013, etc. 

El chavismo y sus cohabitantes “opositores” supieron aprovechar esa falta de cultura de despotismo, ese amodorramiento en el confort institucionalero y votocrático en el que nos arrulló el puntofijismo; ese aferrarnos a la ilusión democratero-electorero-parrandera, ese mojón mental de somos chéveressomos todo paz y amor. Obviamente el régimen y su oposición hicieron lo posible para mantenernos en esa ilusión, para que no nos tomáramos en serio el despotismo, cada vez más violento, que vivíamos.

Ahora bien, parafraseando la pregunta cliché ¿Qué más tiene que pasar?

Simple; que maduremos de una buena vez. Que salgamos de nuestra Peter-Pánica adolescencia, que tengamos la valentía de espíritu para asumir nuestra realidad (igual o peor que la del siglo XIX); que nos conectemos de verdad con nuestra historia para entender de dónde venimos y como llegamos hasta aquí. 

Que nos sacudamos de esa ilusión democratera y siglo-veintera, de esa obsesión buenista y de ese afán cuasi-enfermizo por lo políticamente correcto. Que entendamos que no somos chéveres, sino que estamos jodidos por IRRESPONSABLES. Que no somos chéveres, pero que tampoco somos lo peor que parió la humanidad. Que estamos jodidos pero que podemos, si queremos, salir de esta locura, asumiendo la solución que sea pertinente y no la que más nos guste, pagando el precio que haya que pagar y durando lo que tenga que durar.

Que asumamos de una vez por todas que no hay Estado ni instituciones a que acogerse que estén verdaderamente al servicio de Venezuela y de su gente. Que no hay, ni puede haber, dentro del país, liderazgos genuinamente opositores a la tiranía que, a cara descubierta, actúen con efectividad en las calles. 

Que dejemos de lado ese otro mojón mental, el complejo heroico, que entendamos que encarar nuestra situación no es simplemente un tema de ser cuatriboleados ni de gritos histéricos de “a la calle”, sino también, y sobre todo, de organización, disciplina y de ser más estratégicos.

Que entendamos QUE SE ACABÓ EL RELAJO Y ES HORA DE LA SERIEDAD.

Que terminemos de asumir la cultura de despotismoY que, adicionalmente, también desarrollemos un poco de lógica prepper, una mayor actitud de supervivencia y prevalencia. 



El citado artículo del Dr. Jesús Petit Da Costa se puede leer en el siguiente enlace:

http://jesuspetitdacosta.blogspot.com/2015/05/actuar-combinando-todas-las-formas-de.html

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