viernes, 15 de enero de 2021

El tan cacareado E-DUU-CAARRR

¡HAY QUE…

E-DUU-CAARR!

Por Alexander Delgado C.

15 de Enero de 2021


A través de los medios de comunicación, de las redes sociales o en simples charlas informales entre amigos o familiares, es usual, abordar la situación, tanto nacional como internacional. Algunas veces, cuando por milagro, se trata de contertulios con un cierto barniz de ilustración, puede suceder que, al compás de estos coloquios, se ponga sobre el tapete la necesidad de cambios a fondo que atañen a nuestra idiosincrasia; también puede ser que algunos inspirados ventilen opiniones con atisbos de ideas o propuestas de país; luminosas, loables pero incompatibles con nuestra realidad y nuestro carácter, poco menos que utópicas en las circunstancias presentes. 

Cuando esta clase de hándicaps salen a relucir, la respuesta suele ser un inefable, enfático, y muchas veces silabeado, “¡LO QUE HAY ES QUE E-DUU-CARR!”.

En lo personal, esa “admonición” siempre me ha parecido una especie de invocación, sacrosanta pero a la vez bolas al hombro, al altar etéreo de la Ilustración (remanente aspiracional de aquellas viejas ilusiones del Siglo de Las Luces); un mantra con el que se pretende zanjar cualquier controversia en la que se ponen de manifiesto nuestras taras o defectos cívicos y actitudinales, así como su incidencia adversa en el devenir nacional. 

A propósito del tema, uno de nuestros grandes educadores (además de historiador) don Augusto Mijares, en su libro de 1963, Lo Afirmativo Venezolano, incluyó un capítulo titulado Cosas de Maestros, el título de este capítulo se debía a que, en el mismo, Mijares reprochaba el hecho de que cualquier asunto relacionado con la educación o formación de los niños o jóvenes, era puesto de lado por parte del venezolano común (con cierto desdén) como “cosas de maestros”.

Don Augusto apoyaba su reproche, esgrimiendo, con ejemplos concretos, como por el contrario, ya desde los últimos días de la colonia y en los primeros tiempos de la República, el tema educacional, especialmente el de la educación popular, acaparó especial atención entre varios de los prohombres de aquel momento (algunos de ellos, dicho sea de paso, no eran educadores de oficio) entre ellos, don Simón Rodríguez y el Licenciado Miguel José Sanz, en los últimos años de la colonia y, durante el período independentista y grancolombiano; José Rafael Revenga, Don Fernando Peñalver y el propio Libertador Simón Bolívar (que subvencionó personalmente la aplicación en Caracas del, por entonces en boga, método Lancaster). A estos primeros repúblicos se sumaron, tras la separación de Venezuela de la Unión Colombiana, hombres de la talla del Doctor José María Vargas y de don Juan Manuel de Cajigal, quienes dedicaron a la educación popular, más atención y esfuerzo de lo que comúnmente se ha creído, no pocas veces con el apoyo de los gobiernos de entonces o, a título personal, de sus prohombres más destacados (injustamente estigmatizados como oligarcas).

Estos esfuerzos han sido muy poco conocidos o subvalorados por la opinión pública nacional, en parte porque la forma de transmisión de nuestra historia se ha caracterizado por ser excesivamente politiquera, epopéyica, propagandística y partidista, desdeñosa de los detalles sustanciales y ejemplarizantes del día a día; un panfleto, siempre en aras de un anecdotismo de entretenimiento o de un lirismo delia-fiellezcocuatriboleado, vacuo, fatuo y muchas veces interesado.

Es pertinente recalcar que muchas veces los citados esfuerzos en pro de la educación popular, tanto los de iniciativa individual como los que, mal que bien, contaron con apoyo oficial, se vieron muchas veces limitados, tanto en su desarrollo como en los propios resultados, por la inestabilidad política y las precarias condiciones económicas y sociales que caracterizaron a aquel convulso siglo XIX. Pero la consideración de esas mismas limitaciones y dificultades debería darle retrospectivamente mayor realce a aquellos esfuerzos, aún en los que quedaron inconclusos.

A los que hoy solo saben lloriquear ante las barrabasadas del régimen castro-chavista, entre ellas las que se refieren al aspecto educativo, deberían retumbarles como un eco, poco menos que admonitorio, tanto los esfuerzos de aquellos primeros prohombres (para no hablar de los repúblicos de la primera mitad del siglo XX, entre ellos el propio Mijares) así como la crítica sarcástica a partir de la expresión “cosas de maestros”. Digo que ¡deberían retumbarles! (conjugando el verbo deber en post-pretérito) porque es a causa de estos lloricones, así como de gran parte de la opinión pública nacional (incluidos algunos que aún apoyan de buena fe al castro-chavismo), que la idea de ee-duu-carr, se convirtió en poco menos que un cliché, inadvertidamente trillado, a causa del uso superficial y formulista que suele dársele.

Y es que, en el fondo, y más allá del tratamiento frívolamente idealizante de que suele revestírsele, para muchos venezolanos (“prominentes” o de a pie), lo concerniente a la educación sigue siendo cosas de maestros; o lo que es lo mismo “que eduque otro, yo me limito a mandar a los muchachos a la escuela o al liceo… para eso a los profesores se les paga un sueldo con los impuestos que uno paga (o la mensualidad en el caso del colegio privado)”. En realidad, esta actitud es una evasión de cualquier cuota de responsabilidad particular que estos bocetos de ciudadanos tienen, o pudieran tener, en contribuir a EDUCAR, de verdad, en su entorno, empezando por reeducarse a sí mismos.

El “hay que ee-duu-carr”, en los labios de muchos de los que lo profieren, parece ser una especie de jofaina de agua lustral en la que muchos de ellos, en el mejor estilo de un Poncio Pilatos, lavan la irresponsabilidad de no querer salir de su burbuja de teorías y de sus egos ideológicos, para asumir la realidad que los rodea, confrontando en ella la viabilidad de las ideas que preconizan.

Expresiones cotidianas como “apostar a la educación” o “la solución está en educar”, muchas veces relamiéndose en la palabra educación, educar, como si de un chocolate Toronto se tratase; aunque muchas veces son bienintencionadas y aunque se apoyan en una premisa innegablemente veraz, suelen estar desprovistas de un compromiso sostenible; fácilmente se podría interpretar como algo para hacerlo “algún día” “poco a poco” y por supuesto, “que lo haga alguien más”.

Pero cuando el otro que tiene que educar es el Estado, y especialmente en nuestro caso, un pseudo-estado, espurio y delincuente; y cuando ese estado bastardo formula parámetros “educativos”, francamente perniciosos, deformantes, detestablemente adoctrinantes y contrarios a nuestros valores; ahí sí acusamos el golpe, ya no con el otrora épico (y hoy desgastado) lema ¡Con mis Hijos no Te metas”, ahora es un lamento plañidero de artrítico y cuatro sarcasmos victimistas entre birrita y birrita.

Acostumbrados a que la educación de una nación es…“cosas de maestros”; acostumbrados, hasta 1998, a un Papá Estado que, mal que bien, se ocupaba de nuestros problemas como sociedad, al que criticábamos, muchas veces con razón, pero, aún así, siempre le podíamos echar el carro; hoy no terminamos de asumir que aquel Estado Nacional, con sus virtudes y vicios, mejor dicho, aquella sociedad, YA NO EXISTE y que en su lugar hay un status quo gansteril, anómico, resentido, sociópata, que no está ahí sino para satisfacer los apetitos y pasiones (económicos, de poder, pero también ideológicos y mitológicos) de una camarilla a la que no le interesa encarnar a la generalidad del país, ni menos aún le importa la aspiración a una ciudadanía proba. 

No afrontamos que, donde una vez estuvo un Estado; corrupto, mediocre y deficiente, pero Estado, al fin y al cabo; ahora solo hay una claque malandra y antinacional que se alimenta de la ignorancia, la estupidez y los antivalores.

Como consecuencia seguimos reaccionando de la única manera que pareciéramos conocer, con los consabidos lamentos y lloriqueos en redes sociales, con desahogos e insultos contra el régimen chavista; dicterios totalmente justificados pero inútiles y de Perogrullo; con actitudes autocompasivas y con auto-descalificaciones por nuestra presunta “apatía”; con invocaciones a preceptos constitucionales que en la práctica solo son agua de borrajas; declamando derechos consagrados en una “constitución” malnacida que muchos rechazamos aquel doloroso 15 de diciembre de 1999. Reaccionamos, en fin, con llamados risibles y no menos inútiles, a protestas, marchas, paros; etc. …; pretendiendo, como idiotas, que el desgobierno rojo sea lo que no es, lo que nunca ha sido ni le interesa ser; lo que no está ahí para ser.

Nos negamos a internalizar que, por ahora (Chávez non dixit), no tenemos verdadero estado ni verdaderas instituciones; que tenemos una sociedad deshecha; que debemos reconfigurar (probablemente desde las sombras) ese sentido de sociedad e incluso prefigurar, así sea un atisbo o cimiento de ese nuevo Estado, en reemplazo del aquelarre forajido que hoy padecemos; de un nuevo Estado incluso superior en eficiencia y mucho menos elefantiásico que el, ya de por sí roñoso, que tuvimos hasta 1998. Esta tarea reconstructiva, desde sus bases, ciertamente incluye al aspecto educativo-formacional... y también de ese problema debemos ocuparnos nosotros.

Para esto se requiere algo más que marchas, paros o guarimbas, incluso quizá todas las anteriores, en el momento actual, sean hasta contraproducentes; y por supuesto, hace falta mucho más que electorerismos falsos y cómplices de la anomia chavista.

Si tuviéramos un poquito de sentido del deber y de responsabilidad social, no solo asumiríamos directamente la responsabilidad sobre la educación de nuestros hijos… y nuestra propia reeducación, sino que veríamos la oportunidad de reconfigurar (de nuevo, desde las sombras) la renovación del proceso de educación como algo más interactivo, con una visión educacional que ya no se limite a aulas y pénsums. Incluso explorar la posibilidad de aplicar, o al menos proyectar, de modo contingente, la educación desde el propio hogar, bien sea para sustituir de lleno la falente y viciada “educación” que hoy se promueve desde el poder (a través de aulas y medios de comunicación) o bien, para, al menos, corregir y neutralizar sus efectos deformantes.

Ya el tema educativo no se puede seguir abordando como cosas de maestros.

De hecho, la educación debe concebirse más allá de la instrucción libresca, abarcando aspectos como la formación del carácter, de la estructura mental, incluso revisando nuestros propios esquemas cognitivos. Debe enfocarse también en el aprendizaje de oficios prácticos que ayuden a proveer el sustento o al menos, a hacer más llevadera la cotidianidad. Un proceso educacional-formacional, que parta de la realidad del día a día, donde los propios padres y los maestros participen de una dinámica en la que no solo enseñan sino también aprenden.

Igualmente, en momentos como los actuales, hay que dejar de lado (al menos temporalmente) premisas de antaño que hoy no son procedentes, como el necio aforismo, heredado de una visión de sociedades normales, según el cual; “el hogar educa y la escuela instruye”. Esta visión de retículas es inviable en este momento (y sabe Dios si en lo sucesivo). Deberíamos adoptar una visión más generalista, asumir que no estamos en los tiempos normales en los que, mal que bien, nos formamos los que hoy tenemos más de 35 años; deberíamos partir de que, para nuestros criterios tradicionales, estos son tiempos bastante atípicos.

En la coyuntura actual, problemáticas como la educación y la formación se deben entender como concernientes a la sociedad en su conjunto. Se debe asumir como sin lugar, contraposiciones del tipo el hogar vs la escuela, las instancias públicas vs las privadas, o incluso jóvenes vs adultos. Los hogares que puedan considerarse más sólidamente constituidos y más óptimos moralmente, deberían hacerse cargo, en la medida de sus posibilidades, de parte de la carga educacional y formacional que antes se confiaba, de modo casi exclusivo, a las escuelas; al menos en lo referente a la formación de los miembros de ese hogar y, hasta donde se pueda, de allegados, parientes, vecinos, etc. Y no son los únicos, otras instituciones sociales también deben tomar mayor responsabilidad en ese rol. Instrucción y formación deben verse, al menos en los actuales momentos como un todo y no como circunscripciones desfasadas.

Tal vez lo anteriormente expresado nos dé el proceso educacional necesario para rehacer al país, con una efectividad y proyección como no la tuvo antes.

Un EDUCAR de verdad, sin letanías trilladas de E-DUU- CARRR.

viernes, 20 de noviembre de 2020

Reaccionar Ante la Anomia

Reaccionar Ante La Anomia I

LA ANOMIA

Por Alexander Delgado C.

20 de Noviembre de 2020


En sociología, el término Anomia o Anomía es utilizado para referirse a una desviación o ruptura de las normas; es decir, cuando determinadas sociedades, o grupos al interior de una sociedad, se encuentran en un caos perenne, situación generada por la ausencia de reglas de buena conducta comúnmente admitidas, (ya sea implícita o explícitamente). 

O, peor aún, las situaciones anómicas se dan cuando nos encontramos bajo el reinado de reglas que, abierta o encubiertamente, promueven antivalores y generan la anarquía como dinámica social cotidiana, en desmedro de la cooperación y cohesión. 

Es pertinente acotar que este fenómeno también se aplica al ámbito lingüístico o nominal, caracterizándose por la dificultad de identificar o recordar los nombres de las cosas.

Este término fue acuñado por primera vez en 1893, por el sociólogo francés Emile Durkheim. En su obra La División del Trabajo en la Sociedad, Durkheim define una situación anómica como: 

Un estado sin normas que hace inestables las relaciones del grupo, impidiendo así su cordial integración”. 

A un nivel más de la conducta individual, el sociólogo francés vuelve sobre este fenómeno, calificándolo como: 

Una pérdida o supresión de valores, junto a las sensaciones asociadas de la indecisión y alienación, lo cual conlleva a la destrucción y reducción del orden social; el cual no puede ser adecuadamente regulado por las leyes vigentes”.

A las palabras de Durkheim podríamos agregar, como factor definitorio de una situación anómica, la ausencia, corrupción o, en el mejor de los casos, impotencia de los mecanismos coercitivos (incluidas instituciones judiciales, policiales y militares) que normalmente garantizan, en los hechos, el cumplimiento efectivo de las mencionadas leyes.  

Cualquier semejanza con lo que se ha vivido en Venezuela desde la llegada del chavismo al poder (e incluso antes, durante su avance y consolidación electoral en 1998) no es ninguna coincidencia.

En efecto, Anomia, es un término que no solo describe a cabalidad el estado en que se encuentra hoy en día la sociedad venezolana, sino también es un concepto clave para entender la psique y el accionar del chavismo. El caos, la anarquía, la constante agitación de antivalores, que hoy son moneda común en la cotidianidad venezolana, han sido promovidos desde 1999, de manera cada vez más abierta, desde el Palacio de Miraflores. A estas alturas es más que evidente que el régimen chavista se beneficia de la ausencia de orden y normas, alimentando en la sociedad esa percepción de vida sin ley, de indefinición, como una forma de dominio a partir de la desorientación, perplejidad e impotencia.

La Anomia es, y siempre ha sido, la savia de la tiranía roja, lo cual es más que comprensible tomando en cuenta su mística revolucionaria”, su lógica lumpen y delincuencial y su psique resentida y sociópata.

La actitud, propia del chavismo, de atizar el odio de los desfavorecidos contra los que se consideran favorecidos, puede verse como una sublimación del odio insurrecto a la norma por la norma misma. De hecho emula, verbal o fácticamente, el accionar de un José Tomás Boves o de un Ezequiel Zamora y el panfletarismo incendiario de un Antonio Leocadio Guzmán. Apunta a acabar toda noción de orden o tradición, no dejar piedra sobre piedra.

A partir de este designio, la crispación de ánimos desde la esfera del poder y la comprensible reacción, de igual tono, que genera en los sectores antichavistas, representan un quiebre al sentido de estructura que encarnan la razón y la reflexividad. Como consecuencia de este accionar, la dinámica política se impregna de ese elemento, anómicamente enervado, que proyecta su crispada luz hasta en las sobremesas de amigos (incluso si pertenecen todos al mismo bando). 

La vocación y la práctica anómica del régimen se reflejan en infinidad de decires, actos, situaciones, anécdotas, etc., que desde 1999 se han sucedido atropelladamente, haciendo que exabruptos anteriores se olviden ante los más recientes, en un frenesí pasional de dimes y diretes a escala socio-política. Sobre esta narrativa se apoyan hechos concretos como; el despido público de directivos de PDVSA en 2002, la orgía de expropiaciones, las invasiones promovidas a propiedades rurales y espacios urbanos, los saqueos (como el recordado dakazo, en 2013 o el realizado al Exelsior Gama en 2017), el desmantelamiento de empresas básicas que habían sido emblemáticas, como la propia PDVSA o SIDOR, o la destrucción (explícita o por abandono) de obras infraestructurales que habían sido icónicas del orgullo nacional. 

A un nivel institucional, se corrompen y prostituyen entes fundamentales como las otrora FFAA, que para 1998 tenían un alto nivel de credibilidad, y hoy no solo son asociadas a la represión y corrupción chavista, sino reducidas a un estado inoperante y expuestas a un, más que comprensible, repudio por parte de la sociedad venezolana. Finalmente se encumbra a la guerrilla (autóctona o foránea), al terrorismo, a la delincuencia y se consolida al pranato, hasta convertir en poco menos que iconos del folclor urbano a criminales como el fallecido Picure, el Wilexis o el Coquí.

Cuando lo repudiable, lo amoral, lo indigno, se convierte en normal, llegamos a situaciones en las que, despreocupadamente, podemos estar haciendo una cola, y debajo de nosotros encontrarse el cadáver de un ahorcado.


En el aspecto ético y simbólico, el elemento anómico del régimen se hace presente; en el desprecio a la meritocracia laboral, profesional y estudiantil; en las agresiones, físicas o verbales, a personajes y símbolos históricos o religiosos o en el empeño de cambiar los símbolos patrios, el aspecto de personajes históricos o la propia historia. 

Por su parte la anomia lingüística señalada al comienzo, se manifiesta en la pretensión (apareada con la de reescribir la historia a la medida de sus resentimientos) de renombrar, de un plumazo, efemérides, calles o avenidas, entidades, etc. cuyos nombres originales tenían un arraigo histórico-tradicional, como por ejemplo; rebautizar el Cerro el Ávila como el Guaraira Repano; llamar al Estado Vargas, Estado La Guaira o, más recientemente, “rebautizar” la caraqueña Avenida Francisco Fajardo como Avenida Cacique Guaicaipuro

En este contexto, es muy razonable que se tomara por cierta una resolución apócrifa del 06 de noviembre de 2019, atribuida al llamado Ministerio del Poder Popular para la Educación (a cargo de Aristóbulo Istúriz), en la que se anunciaba la eliminación de la exigencia de normas ortográficas o gramaticales en las evaluaciones. El señalado ministerio, a través de su entonces vice titular (Rosángela Orozco), se apresuró a desmentir el supuesto comunicado; pero, sin duda, el que esta falsa resolución fuese tomada en serio indica, por un lado, el estado de incertidumbre y predisposición de la sociedad; y, sobre todo, que el comunicado, aunque falso, se consideraba muy creíble, al estar en sintonía con la narrativa y mentalidad del régimen. Acaso sí proviniese de los propios laboratorios del castro-chavismo como un globo de ensayo o elemento distractorio. No es nada descartable que el desmentido comunicado de hace dos años, se convierta en auténtico y ratificado en un futuro muy cercano.  

Situaciones como las anteriormente reseñadas, despojan al venezolano de todo tipo de piso referencial o bien se le hace sentir obligado a defender lo que siempre dio por sentado y consideró incuestionable, extendiendo la situación de anomia a la propia psique del individuo.

El componente anómico del narco-régimen, así como su penetración y presencia en la dinámica nacional y a la interioridad del venezolano, es algo a lo que no se le ha dado la importancia y seriedad requerida. A pesar de que se ve y se vive de cerca y aun cuando es lo que mejor describe a la Venezuela chavista, esta caoticidad es asumida como algo natural por el venezolano. Cuando se le presta atención, en la mayoría de los casos, es considerada equivocadamente como parte del “vivir en dictadura”.

Tuve oportunidad de saber de este fenómeno, en sí mismo, hace más de 17 años, y asociarlo a lo que para entonces ya percibía de la realidad venezolana. En artículos anteriores he aludido de pasada el tema de la anomia, como algo sobreentendido, lo es para mí, no para la mayoría.

Fue poco después del fracaso del paro petrolero de 2002-2003 que tomé contacto con este concepto; en un artículo del siempre controversial, y ya fallecido, Jorge Olavarría. En el escrito en cuestión, titulado precisamente Las Anomias Venezolanas, Olavarría señalaba tres momentos históricos en los que, a su juicio, Venezuela se había encontrado en estado anómico.

A la primera anomia, Olavarría la ubica bajo el llamado Gobierno de Los Azules (1868-1870), durante el cual tuvo lugar el fallido intento secesionista en el Estado Zulia. La llegada del general Antonio Guzmán Blanco al poder en 1870 habría subsanado este estado de caos. La segunda anomia, según Olavarría, había tenido lugar durante el gobierno del General Cipriano Castro (1899-1908), especialmente en sus últimos años, cuando la política interna y externa de El Cabito había entrado en barrena. El acceso a la presidencia, a fines de 1908, del, hasta entonces vicepresidente, general Juan Vicente Gómez, zanjaría la peligrosa situación en que se encontraba el país (siempre desde la perspectiva de Olavarría). 

La tercera anomia Venezolana, según Olavarría, se habría iniciado con la llegada del chavismo al poder, en 1999; obviando, por supuesto, la participación que el propio Olavarría había tenido en el proceso de advenimiento del chavismo.

Y aunque no tengo a mano la cita, recuerdo que en el propio año 2003 el, también fallecido, historiador Manuel Caballero, comentando el artículo de Olavarría iba más lejos, sosteniendo que la tercera anomia, era de solución más difícil e impredecible por la situación de entrampamiento en que, de acuerdo a Caballero, se encontraba Venezuela.

Lamentablemente, como ya señalé, tanto el término Anomia como la situación que define, no han logrado calar en el diccionario mental del venezolano común, ni siquiera en el de la otrora clase media. Más que no calar, resbala por sobre el imaginario venezolano, como por sobre un bloque de hielo. Muy lamentable, porque quizá uno de los factores de mayor incidencia en el fracaso de todos los intentos por salir de la pesadilla castro-chavista, sea, precisamente, no tener en cuenta la naturaleza anómica y sociópata del régimen de Miraflores.

¿Por qué después de casi 22 años de desgobierno chavista el concepto de Anomia es prácticamente desconocido y de difícil calado para la mayoría de los venezolanos, incluso para los de nivel profesional?

Más exactamente, ¿Por qué en estos, poco menos de 22 años, no ha habido, del lado de la Venezuela antichavista, voceros de peso político, social o mediático que asumieran, dándole su propia importancia, el elemento caótico definido como un estado de anomia? y más importante aún, ¿porque no se ha hecho conocer, ponderar e internalizar por la ciudadanía opositora este aspecto tan clave del régimen chavista?

Más allá de algún sociólogo, politólogo, o columnista, ignorado hasta por los sectores profesionales, no ha habido voceros con verdadero peso mediático que pusieran el dedo sobre la llaga, con un lenguaje y un tono contundente que haga ver lo importante de entender e internalizar esta faceta del orden chavista; nombrarla como lo que es, en vez de subsumirla implícitamente en el supuesto carácter dictatorial de la narco-tiranía.

Llegados a este punto, es conveniente recordar que la censura y enclaustramiento informativo del régimen se ha configurado, desde 1999, a plazos. Es decir, durante la mayor parte de estos casi 22 años, la Venezuela antichavista tuvo, importantes espacios y tribunas de expresión y difusión masiva de opiniones, o al menos es lo que se supone. Aunque en reducción progresiva, las tuvo. A nivel televisivo, RCTV operó, en señal abierta, hasta 2007 (8 años bajo el chavismo), el Globovisión de Alberto Federico Ravel, se supone que incuestionablemente antichavista, aún en medio de hostilizaciones y amenazas, estuvo ahí hasta mediados de 2013, ya oficialmente muerto Chávez.

A nivel radial, hasta hace menos de dos años RCR se mantuvo en señal abierta, en amplitud modulada, capaz de llegar dentro del territorio venezolano a cualquiera que tuviera una radio. 

Y aún con todos los cierres de medios “críticos” al régimen, la Venezuela antichavista ha tenido, mal que bien, como informarse y expresarse; incluyendo, por supuesto, el espacio y la tribuna que, aún con toda su limitación de acceso y con todo su caos y toxicidad, brindan las Redes Sociales. Para ilustrarlo mejor, valga remitirnos al inicio del interinato; de no contarse con óptimos canales informativos, ¿cómo se logró movilizar a las decenas de miles de personas que el 23 de Enero de 2019 acompañaron a Juan Guaidó en su juramentación y luego en sus sucesivos actos de calle?

En estos espacios mediáticos, mientras se mantuvieron, perfectamente se habría podido (o se podría en los que aún quedan) al menos intentar divulgar y posicionar en la opinión pública una concientización acerca de lo que es la anomia, como la padecemos, en qué medida el narco régimen tiene esta impronta, como le favorece, como incide en cualquier acción u omisión que el antichavismo quiera tomar; y por supuesto, cómo reaccionar adecuadamente ante este fenómeno.

Esto obviamente, no ha ocurrido ¿Por qué?

¿Es que en estos casi 22 años la dirigencia antichavista no se ha percatado sobre este fenómeno social, cuando un anodino bloguero como yo lo viene conociendo desde 2003? Si la respuesta fuera afirmativa, eso no hablaría nada bien sobre la capacidad intelectual o de análisis, por ende de planificación y dirección, del liderazgo o vocería antichavista. 

O quizá, en el fondo, aún sin dominar semánticamente el término, entendieron este elemento de la naturaleza chavista, pero prefirieron dejarlo de lado y que el venezolano de a pie (que desde 1958 ha vivido sin conocer un verdadero régimen dictatorial) lo asumiera erróneamente como parte de un “vivir en dictadura”.

Si es así ¿porque lo dejaron de lado?

La primera posible explicación sería que hasta ahora a la hecatombe chavista, se han empeñado en darle un enfoque desde la cuadriculada, reticulada y desgastada narrativa política convencional. Una micción fuera del perol más que obvia.

Pero mirando un poco más allá, podríamos ver otra posible razón a tener en cuenta por un liderazgo partidocrático, empeñado en mantener la sartén antichavista por el mango democratero. Este otro motivo quizá se infiera de las frases con las que Jorge Olavarría culmina su señalado artículo en 2003:

“Lo que sí sabemos es que a la primera (anomia) la corrigió un Antonio Guzmán Blanco y la segunda la corrigió un Juan Vicente Gómez”.

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El mencionado artículo de Jorge Olavarría se puede leer en el siguiente Tweet Longer

https://www.twitlonger.com/show/klp27n

lunes, 12 de octubre de 2020

El Desencuentro de La Hispanidad

EL DESENCUENTRO DE LA HISPANIDAD

Por Alexander Delgado C.

12 de Octubre de 2020


En el año 2012, cuando tuvieron lugar los Juegos Olímpicos en Londres, como muchos, vi los actos, tanto de inauguración como de clausura de dicho evento. En ambos actos era evidente (lógico que así fuera) que los británicos se agasajaban a sí mismos. Pero lo que más me llamó la atención en ese momento, era que en ese auto-homenaje no se veía a la “Vieja Inglaterra”. Los festejos olímpicos de 2012, más bien exaltaban a la Gran Bretaña que, para bien o para mal, se reinventó a sí misma, sobre todo culturalmente, a partir de la década 1960; donde lo más histórico parecían ser las alusiones a Los Beatles o a James Bond, a Carnaby Street, a los icónicos autobuses de dos pisos o a los Mini Cord.

Ni el pasado imperial, ni el polvoriento esplendor victoriano, ni el mismo brillo de un William Shakespeare, de un Isaac Newton o de un Winston Churchill; nada de esto se veía reflejado en los festejos olímpicos de 2012; ni siquiera la actual realeza británica, con su longeva monarca, parecía tener representación en esos auto-agasajos. Como si para el actual Reino Unido todo aquello fuera parte de un pasado, quizá no olvidado, pero sí superado o asimilado.

¿Reflejaban esos actos la mentalidad del británico promedio de los tiempos más recientes? No estoy en el caso de comprobarlo personalmente pero la lógica me dice que sí.

Aunque admito que algo de ese sabor a contemporaneidad también tuve oportunidad de apreciarlo, en lo que toca a la cultura hispánica, durante los festejos de 1992, (a propósito de las Olimpiadas de Barcelona y coincidiendo con el V Centenario), en general, da la impresión de que a la hora de apreciar o ponderar nuestra hispanidad, somos incapaces de auto-representarnos afirmativamente y de representar nuestra cultura ante el mundo, en términos de actualidad, a la manera de los británicos en aquel 2012. Y es lamentable que así sea, porque, como cultura, tenemos suficientes elementos afirmativos para una gran representación contemporánea del ser y no ser hispano.

El hablar de hispanidad, no lleva a la mente de muchos el rico universo expresivo en el plano artístico, literario, musical (en todas sus vertientes) o cinematográfico, durante la llamada “cultura pop”, menos aún los ocasionales destellos que hayan podido darse en el campo científico, tecnológico o empresarial... ni siquiera el ser y no ser del hispano promedio en la cotidianidad. Casi nunca reluce ese universo que, con sus aspectos positivos y negativos, vibra en el presente o en el pasado inmediato, en nuestras vivencias hoy o en los recuerdos transmitidos por nuestros padres o abuelos, disfrutando de películas como “Marcelino, Pan y Vino” o algún clásico del Cine Mexicano, o enamorándose mientras se dedicaban canciones de Julio Iglesias, José José, José Luis Rodríguez, Camilo Sesto, etc. Mostrándonos, a ambos lados del Atlántico, un orbe vibrante, aún vigente, en constante enriquecimiento (y también, lamentablemente, en riesgos de empobrecimiento inherentes a la decadencia actual); un vasto patrimonio cultural y existencial común.

Por el contrario, a la idea de hispanidad, especialmente cada 12 de octubre, la asociamos pablovianamente con iconos ya arcaicos y politizables, como las aspas de Borgoña o las Cruces de Calatrava, carabelas del siglo XV o yelmos de conquistadores... y por supuesto con las; ya insoportablemente fastidiosas, idiotas, acomplejadas, resentidas, autocompasivas o pobrecitistasperoratas y panfletos (eufemísticamente llamados debates), a partir del DISCO RAYADO de la Leyenda Negra o la Leyenda Dorada.

El tema de la Hispanidad es un tema complejo. Somos una cultura enfrentada a sí misma, en todo sentido. Una cultura perennemente desencontrada con su historia, pero también, y sobre todo, con su presente. La hispanidad es una idea incapaz de auto hallarse en el aquí y ahora, en el día a día de los últimos 60 o 50 años, donde hemos tenido y seguimos teniendo tanto que decir a la humanidad.

Esta incapacidad refleja la eterna discrepancia entre hispanidad y contemporaneidad, heredera, a su vez del desencuentro entre hispanidad y modernidad que data desde, por lo menos, el siglo XVII.

De hecho, la crisis del mundo hispánico de comienzos del siglo XIX, que, en la Península, desembocó en enfrentamientos armados entre liberalismo y absolutismo y en Hispanoamérica, en las Guerras Independentistas; y que dio paso a los conflictos internos que, durante el siglo XIX y primera mitad del XX, sacudieron, a la mayoría de los países de habla hispana (incluida la propia España); esta crisis, repito, fue un reflejo del encontronazo entre una tradición hispana, cada vez más anquilosada en la obsolescencia, y una modernidad, ya en fase industrial, a la que el espíritu hispano se había puesto de espaldas y que, al finalizar el siglo XVIII se tornaba en una realidad imposible de evadir. Una modernidad, valiera lo que valiera a posteriori, a la que el hispanohablante nunca supo integrarse plenamente, desde su propia idiosincrasia y capacidad de aportar, y a la que solo se incorporaría tardíamente, de manera endeble, forzado por la propia marcha de la historia; y muchas veces en reversa, en imitación pasiva.

Pero la discusión pendiente de esta problemática histórica, discusión que lleva por lo menos un siglo de retraso, casi nunca se asume. Cualquier intento de abordarla, sobre todo cada 12 de octubre, se ve o se vería eclipsado por la, ya insufrible, guerra de diatribas apoyada en las trilladísimas y caducas Leyenda Negra y Leyenda Dorada, rifirrafe al que la mayoría de los hispanoparlantes, a lado y lado del Atlántico, siguen aferrados catalépticamente.

Ambas “leyendas”, sobre la ya remota etapa de la Conquista, hace décadas, o siglos, que han debido superarse y quedar incuestionablemente desmentidas en lo que tuvieran de falaz, exagerado o descontextualizado; y sobre todo han debido asimilarse y darse por consabidas en lo que tuvieran de certero o sustentable. Pero, por el contrario, no contentos con seguir arrastrando esta ridícula y rancia cadena de prejuicios y lamentos espectrales, negros o dorados, le añadimos nuevos eslabones, pretendiendo combatir la leyenda negra de La Conquista con nuevas leyendas negras (a partir de los mismos necios prejuicios) contra otros hechos históricos, como las Guerras Independentistas Hispanoamericanas. Para la espuria mentalidad de muchos hispanos fracturados, siempre tiene que haber una leyenda negra contra algún período o personaje vital de nuestra historia o nuestra cultura, valga decir de nuestro ser y no ser.

Necio afán de mutilarnos nuestro yo histórico, sea cual sea la etapa cercenada.

Tanto la efeméride del 12 de octubre como la del 23 de abril (Día del Idioma), deberían ser para los hispanos una fecha de auto reflexión, y de auto afirmación, como cultura. Pero desgraciadamente sigue siendo ocasión de dimes y diretes absurdos, anacrónicos y estériles, de fastidiosos lugares comunes, por esto mismo execrables, de decires RESENTIDOS Y ACOMPLEJADOS, tanto negro-legendarios como dorado-legendarios; de balbuceos oligofrénicos que, año tras año, varios miles de recién asomados en estos temas, repiten como loritos, creyendo que dicen una genialidad, jurando haber descubierto el agua tibia; no importa el color de la leyenda a que se adhieran ni a qué período o personaje histórico pretendan encanallar con una leyenda negra.

Una “controversia”, aparte de roñosa, trasnochada (trasnochada para los que sí pensamos y vemos un poco más allá) que lamentablemente, y contrario a lo que debería ocurrir, se ha reavivado, incorporándose a la demagogia politiquera del momento, enriqueciéndose de la posverdad que facilita la actual dinámica de las redes sociales, pretendiéndose dotar de una actualidad que no tiene o no debería tener. Efemérides como la de este día, no deberían ser ocasión de exhibir dislates bastardos y resentimientos caníbales, al son de pseudo intelectuales que no pasan de ser mercenarios al servicio de parcialidades ideológicas o de vulgares influencers de redes sociales, todos mercaderes de pasiones pedestres, de una visión ramplona, reduccionista, de tabla rasa.  

Si tuviésemos una cosmovisión consolidada o tan siquiera fuéramos una cultura mínimamente consciente de sus taras y plenamente comprometida con la superación de las mismas, en vez de estar discutiendo estupideces inútiles tipo “si los conquistadores españoles fueron buenos o malos en América” o “si fue mejor el imperio español o el imperio británico”, daríamos mucho mayor enfoque a temas más vigentes relacionados con la hispanidad, como por ejemplo la realidad presente que hoy rodea al mundo hispanohablante y su prospección futura. En vez de reabrir heridas, miserable y cobardemente, de recrear odios y divisionismos de hace 500 o 200 años, de escudarnos en leyendas negras contra unos u otros; deberíamos ser capaces de elevarnos por sobre nuestro individualismo cerril y partidista, mirando el todo hispano, a ambos lados del océano, más allá de banderas y, sobre todo, de banderías; generando una visión retrospectiva reconciliatoria; más que idealizar o satanizar, buscando comprender hechos y personajes históricos, aprendiendo a armonizar lo mejor de cada período y dejando en el pasado confrontaciones, odios y enemistades del pasado.

Sobre todo deberíamos recrear, o más bien descubrir, el latir de esa hispanidad en el presente, si acaso mirando al pasado inmediato; no negadas, ni siquiera olvidadas, pero sí, ya sobreentendidas y superadas como arcaicas, las imágenes de aspas de Borgoña, de yelmos conquistadores… y también de charreteras libertadoras.

Si fuésemos una cultura totalmente segura de sí misma, plenamente encontrada y reconciliada con su reflejo, con un mínimo de integralidad, nuestra discusión cada 12 de octubre o cada 23 de abril, trataría principalmente sobre en qué posición se encuentra hoy el mundo hispano, en medio de la crisis mundial, cada vez más acuciante que vivimos, sobre donde podríamos y deberíamos estar. La principal controversia relacionada al pasado se referiría a nuestro desencuentro con la modernidad y contemporaneidad y las formas de adaptarnos del modo más ventajoso (o menos desairado) a los tiempos que corren.

Sería ocasión de plantarnos como la cultura cohesionada que lamentablemente no somos pero que bien podríamos y deberíamos ser (aún en nuestra diversidad interna y contradicciones superficiales) y de plantearnos cómo afrontar, desde nuestra hispanidad, estos tiempos cada vez más oscuros que se nos ciernen, reafirmándonos e inspirándonos en el legado y ejemplo de un Miguel de Unamuno, de un José Ortega y Gasset, de un José Vasconcelos, de un Mariano Picón Salas, de un Augusto Mijares, de un Arturo Úslar Pietri. 

Quizá trayendo a nuestros días las palabras de Picón Salas, allá por 1944, en plena Segunda Guerra Mundial;

Podemos, sin embargo, comprender y valorizar nuestro origen hispano más allá de la tesis conservadora del estado-iglesia y de la tesis liberal del siglo XIX que negaba o escarnecía todo lo que no era acorde a esa divinización de la época industrial…  La propia crisis espiritual de la época nos hace contemplar con mirada más serena ciertos preteridos valores de la cultura hispánica” (1).

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(1)     Tomado de “De la Conquista a la Independencia, Tres Siglos de Historia Cultural Latinoamericana” Mariano Picón Salas (1944)

domingo, 6 de septiembre de 2020

Diecisiete Meses No Son Nada

DIECISIETE MESES NO SON NADA

Por Alexander Delgado C.

06 de Septiembre de 2020

¿Qué decir después de casi Diecisiete meses sin publicar escrito alguno (ni propio ni de otro autor) en este blog?

Casi Diecisiete Meses bastante agitados a nivel mundial (sobre todo los transcurridos en 2020). En los que, entre mega incendios devastadores, amenazas de guerra mundial, puja electoral en los EE.UU y las infaltables teorías conspirativas, nos cayó una mortífera pandemia, a la que, a pesar de que sigue cobrando muchas vidas, de una u otra forma nos hemos ido adaptando, sin dejar de verla como una espada de Damocles que ha cambiado de nuestras vidas o, en el mejor de los casos, importantes hábitos. Entre las muchas vidas valiosas que se ha llevado en nuestro país el Covid 19, se encuentran la de muchos profesionales y trabajadores del sector salud, muertos en el cumplimiento de su deber, sin la debida protección; quizá los verdaderos héroes que hemos tenido en estos últimos meses..

En Venezuela o relativo a Venezuela; casi diecisiete meses de un interinato con apariencia de romería; de marchas y contramarchas; de parodias fallidas de golpes de estado; tragicómicas operaciones contra el narco-régimen con nombre bíblico que fueron más la bulla que la cabuya; los ya, lamentablemente, habituales, atropellos por parte del narco-régimen usurpador (lo es por lo menos desde 2013, si no desde el propio 1999), las sempiternas estupideces y barrabasadas, ejecutadas o declaradas por los personeros de la narco-tiranía, en los que no vale ni la pena detenerse. Las ya, trágicamente habituales, fallas de energía eléctrica y escases en el suministro de agua. La ya, también dolorosamente habitual, hostilidad en los países del vecindario (especialmente Ecuador y Perú) contra venezolanos migrados, venefobia agravada por la crisis del Covid-19.

Más muertes cruelmente inútiles, por parte de la represión del régimen, por enfermedades. Más sanciones de los Estados Unidos (sin verle aún el queso a la tostada). Señales de TV por suscripción que van y vuelven.

Otro circo electoral en el horizonte (la “elección” de los nuevos jarrones chinos de la AN) y los eternos dimes y diretes sobre si votar o no votar (no debería haber dilema), que si “no ceder espacios”, “no legitimar al narco-régimen”, que si “¿tú que propones?”, bla, bla, bla…; hace ya años que no debería existir esta discusión, deberían estar claros los pros, los contras y haberse llegado a una conclusión nacional

Los eternos señalamientos (fundados o infundados) contra los dirigentes de la llamada “oposición” (que se supone que no es oposición, puesto que Juan Guaidó es el presidente, se supoooonee…), sus eternos colaboracionistas y sus eternos palangristas y beatas en las redes sociales (sobre todo Twitter e Instagram); líderes patéticos, venidos a menos y vendidos a la narco tiranía, buscando recuperar notoriedad perdida. Los eternos activistas de redes sociales, atacando, con razón o sin ella, el accionar del gobierno interino, pero en el fondo, con su visceralidad irreflexiva, convirtiéndose, la mayoría de ellos en parte del problema; muchos de ellos, antes que aportar una mirada diferente, buscando un simple drenaje de frustraciones o generar polémica

Casi diecisiete meses en los que, en Venezuela, “pasaron” muchas cosas y al final no pasó nada.

Sin Novedad en... no sé cuál frente

Pero… ¿Se podía esperar que sucediera algo realmente significativo, que implicara un verdadero cambio?

Una conocida sentencia de Einstein advertía sobre la necedad de esperar resultados diferentes haciendo las mismas cosas de la misma manera. Llevada esta afirmación a mayor escala, es una necedad esperar que cambie algo a nuestro alrededor, o en relación a nosotros, si desde nuestra mentalidad no hay cambios, o los que hay son más cosméticos que reales.

No hay sino que contemplar las interacciones de venezolanos en  las redes sociales o en grupos de Whats Up, para darse cuenta, tanto en la actitud de la mayoría de nuestros compatriotas (dentro y fuera del territorio patrio), de que no hay el menor intento de auto-revisarnos en cuanto a la manera de auto percibimos y de ponderar nuestra realidad y nuestras factibilidades. De acuerdo, quienes interactúan en las redes sociales no son la mayoría de los venezolanos, pero en este caso concreto ¿hay alguna duda de que son representativos?

Ciertamente, no hay liderazgos políticos que estén a la altura del momento; tampoco hay, y esto es lo más lamentable, verdaderos hombres y mujeres de pensamiento que generen nuevas luces y que lo hagan a partir de asumir la realidad, mas no de conformarnos con esta. Pero también es cierto que la sociedad venezolana actual está muy lejos de ser la más apropiada para generar ese tipo de liderazgo. Por su condición de hombre masa, por su mentalidad de rebaño, el venezolano es muy propenso a dejarse llevar por circos mediáticos;

Somos una sociedad en la que entendimientos superiores difícilmente podrían prosperar; permanecemos neciamente aferrados a “liderazgos” establecidos; muy apegados a clichés y frases hechas; a premisas, consignas y juicios simplistas. Nos dejamos encandilar por matrices de opinión superficiales y prefabricadas, en relación a nuestra realidad y nuestras posibilidades (a corto, mediano o largo plazo). Somos el típico pueblo (que no ciudadanía) temeroso de los verdaderos cambios y de la responsabilidad que estos acarrean; desdeñosos y ariscos ante todo aquello que piense fuera de la caja, que realmente marque pauta de distinción; sobre todo si ese que marca pauta no es alguien mediáticamente consagrado. Para nosotros solo vale la pena lo que tiene rating.

Si alguien verdaderamente pensante, pero sin notoriedad mediática, llamase la atención respecto a nuestra sempiterna actitud, la respuesta socarrona sería el gastado “¿y tú que propones?” “¡propón tú algo!”; si presentase alguna propuesta, sería descalificado sin siquiera tratar de entendérsele, parodiado o, en el mejor de los casos… ignorado. Si quien propusiese fuese una “luminaria” mediática, tendría sus cinco minutos de “gloria” sobre lo “genial” que es… y ahí quedaría todo.

En consecuencia, diecisiete meses o diecisiete años, después, solo podemos encontrar al venezolano promedio, dándole vueltas a los eternos dimes y diretes; atrapado en su Disonancia Cognitiva, en sus perennes mojones mentales, de los que no quiere salir, por no perder sus referentes vivenciales.

Diecisiete meses después, seguimos como hace veintiún años, enfangados en una eterna y malsana actitud autocompasiva, auto-acusatoria y auto denigratoria.

Si no hubiese razones concretas para sentirnos frustrados (que sí las hay y muchísimas), nos las inventaríamos, desde un espíritu publico malcriado, en permanente intoxicación, dispuesto a desahogar su frustración a partir de generar en otros venezolanos, vergüenza, malestar o absurdos sentimientos de culpa, hasta por cosas fútiles como que algunos se alegren del regreso de DirecTV.

Ciertamente Diecisiete Meses no Son Nada, pero en la Venezuela actual, hasta Cien años no serían nada. 

martes, 30 de abril de 2019

La Proscripción del Chavismo

LA PROSCRIPCIÓN DEL CHAVISMO 

Por Alexander Delgado C.

30 de Abril de 2019



Las ideas expresadas en escrito ya habían sido plasmadas en un Hilo de Twitter, hace dos días, las publico hoy en momentos en que las calles de Caracas son escenarios de un nuevo esfuerzo por liberar a nuestra patria de esta atroz tiranía que nos pisotea desde 1999

 

Últimamente ha habido en las redes sociales, especialmente en Twitter, una polémica, a partir de algunas declaraciones malhadadas que aspiran a una cohabitación con el chavismo sobreviviente, en un anhelado pero todavía muy incierto escenario en el que el chavismo sea definitivamente expulsado del poder. Algunos, como el ensayista e historiador Rafael Arráiz Lucca, han llegado al punto de pretender, con una clara connotación chantajista, que lo contrario, la proscripción del chavismo, sería antidemocrático. 

Por supuesto que es indigno, por decir lo menos, plantearse una cohabitación con quienes han causado la mayor devastación económica, social, moral y cultural de que se tenga conocimiento en Venezuela; con quienes han destruido a la República, con quienes han provocado la muerte de tantos venezolanos, por hambre, enfermedades, asesinados a manos del hampa y por supuesto, víctimas de la represión del narco-régimen; con quienes han provocado una de las mayores diásporas (si no la mayor) que en los últimos 100 años han tenido lugar en el continente americano; en fin, con quienes han destruido, hasta el ecosistema del territorio nacional. 

A los que chantajean con el argumento de que no es democrático habría que replicarle que en este caso aplicaría una variante de la Paradoja de la Tolerancia de Carl Pooper; así como la tolerancia, responsablemente ejercida implica, irónicamente, no tolerar a los intolerantes, del mismo modo, la dignidad, el sentido del decoro y de una sana autoestima nacional (necesaria de cara a un proceso reconstructivo), incluso la prudencia, hacen inicua y abominable toda idea de coexistencia con una narco-tiranía que, además de criminal y hamponil, tiene una innegable impronta anómica y sociópata.  

Tienen toda la razón quienes afirman que el chavismo, tanto o más que un grupo de opinión, corriente, o ideología política, es una organización criminal de expansión más allá de las fronteras venezolanas, con fuertes lazos con el terrorismo internacional; tal como lo expone en Twitter, este post de la cuenta @VenezuelaAnons: 

Posiblemente las reservas que algunos puedan tener radican en la creencia, desacertada, de que ilegalizar al PSUV y otros partidos u organizaciones de raigambre chavista significa la persecución a todo militante de base de esas organizaciones, aunque no haya formado parte de los llamados colectivos ni esté incurso en algún otro tipo de delitos, al amparo del régimen; de todo aquel cuyo única falta haya sido haber creído (equivocadamente) en Hugo Chávez, haber sido fiel a su figura y, en aras de esta malhadada fidelidad, haber mantenido, desde 2013, su apoyo al narco-régimen con Nicolás Maduro a la cabeza. 

Obviamente no considero que este sea (o deba ser) el caso. Sería absurdo plantearse semejante represalia.

Nunca he sido amigo de comparar al chavismo con el nazismo, porque considero que sería mucho más acertado comparar al régimen de Miraflores con regímenes comunistas, sobre todo de contextos tropicales, o con barbaries como la que representó Atila o, entre nosotros, José Tomás Boves. Pero en este caso se le puede dar gusto a los que les encanta comparar al Narco Régimen con el Tercer Reich alemán (1933-1945), pero no en el sentido plañidero-victimista en el que usualmente se hace esta comparación, más bien ubicándola en el contexto inmediato posterior a la caida del reich de Hitler. A este efecto vendría como anillo al dedo recordar como en la Alemania de la post-guerra se llavó a cabo un proceso de desnazificación en cada una de las zonas alemanas de ocupación que, con el inicio de la Guerra Fría, darían paso, a la República Federal Alemana (Alemania Occidental, en la órbita capitalista) y en la República Democrática Alemana (o Alemania Oriental, dentro de la esfera soviética).

Obviamente la mencionada desnazificación se llevó a cabo de manera distinta y a ritmo diferente en cada una de las Alemanias bajo control aliado.

Ciertamente este proceso de desnazificación tuvo que implicar una revisión y, en la medida de lo pertinente, una reorientación y/o corrección de pensamiento, paradigmas, visión de patria, etc. No viene al caso dilucidar hasta qué punto se dio entre la población teutona un restablecimiento de modos vivenciales o aspiracionales anteriores al régimen nazi o el planteamiento de nuevos prototipos del ser alemán a partir de la realidad de la postguerra.

En la Alemania Oriental, lamentablemente, solo se cambió un totalitarismo por otro que, aunque también tenía raíces socialistas, era de diferente signo ideológico.

Pero esta desnazificación no implicó perseguir al grueso de la población germana que, por circunstancias y contexto, estuvo mayoritariamente encuadrada en el NSDAP (*), los alemanes, en su mayoría, pudieron rehacer su vida después de 1945; en la Alemania Occidental, de manera liberal-democrática, en la Alemania Oriental, lamentablemente, bajo el yugo soviético.

De hecho, 20 años después del fin de la guerra, Alemania Occidental, firme aliada de EE.UU y Gran Bretaña e integrada en la OTAN desde 1955, experimentaba un resurgimiento o milagro económico que daba de que hablar elogiosamente.

Algo similar es lo que habría que hacer en una Venezuela posterior a la salida del chavismo, con la población que, de manera honesta (dentro de lo que cabe), militó en el PSUV u otros partidos de índole chavista, idolatró a Hugo Chávez, y se vistió de rojo rojito. Es necesario un proceso de seguimiento, reorientación, quizá reeducación (o educación, simplemente, sin el re).

Al igual que en las Alemanias de la postguerra, una reorientación sana de valores, y paradigmas, en su manera de entender al país, a la sociedad y su papel en ella.

Es cierto que en este proceso debe haber persecuciones, enarbolando la bandera de la justicia, el orden y la dignidad. Pero estas acciones se dirigirían contra la cúpula criminal de la Narco-Tiranía, contra la cúpula militar imbricada con el narcotráfico, culpable de atrocidades, y demás delitos y depravaciones. Implica también ajustarles cuentas a los oficiales de menor rango que hubiesen formado parte de estas actividades y especialmente a quienes, fungiendo como cuerpos policiales, se convirtieron en brazo ejecutor de atrocidades contra muchos venezolanos dignos que se rebelaron frente a la tiranía.

Implica también investigar a oficiales de rango medio, indiciados en delitos de menor gravedad y determinar la severidad de las penas o sanciones según el caso, con la posibilidad, nada santa (asumámoslo), de que, en aras de un presunto pragmatismo, algunos de estos quedaren exonerados o con penas leves, pudiendo luego reinsertarse en la sociedad, bajo nuevos valores.

Y también, por supuesto, investigar la actuación y posibles corruptelas y, sobre todo, complicidades con el régimen, por parte de elementos y cúpulas de partidos que, se suponía, debían oponerse a la tiranía roja.

Finalmente, el accionar ideal de un nuevo régimen supone ir sin contemplaciones, en guerra frontal, contra los colectivos y los pranes, los cuales deben ser sacados de circulación, si fuera el caso, abatidos y los que sobrevivieren, encarcelados, juzgados y obligados a pagar ejemplarmente su deuda con la sociedad.

Nada de esto implica, per se, ir contra personas inocentes, por el simple hecho de sus equivocados apoyos anteriores.

En el peor de los casos se trataría de ir contra aquellos militantes de base del chavismo (incluidos enchufados en ministerios, alcaldías, líderes vecinales, etc.) incursos en delitos de corrupción, robo, homicidios, narcotráfico, secuestro, extorsión, trata de blancas, pedofilia, rituales pseudo-religiosos repulsivos, u otros crímenes repudiables; o bien, que tomaran parte o, de alguna manera, fueran cómplices, en encarcelamientos, asesinatos, desapariciones y torturas contra quienes se rebelaron contra el narco-régimen.

Obviamente este proceso implicaría la necesidad de disolver y proscribir, como partidos, al PSUV, y a otros partidos del narco-régimen como el PCV, la UPV, las UBCh y demás organizaciones chavistas, que en realidad son asientos de organismos criminales; así como suprimir, o al menos diluir, los modos, iconografías y arquetipos estructurados en torno al cognomento chavista, empezando por el propio culto a la figura del fallecido Hugo Chávez. Un proceso de disolución que, en mi opinión, tendría que llevarse a cabo con mucho cuidado. No una satanización estridente (que acabaría siendo endiosamiento al revés), tampoco un olvido de las atrocidades cometidas, pero sí una suerte de superación que desvanezca la adoración a este personaje, por parte de quienes le habían sido adictos, acaso ofrecerles nuevos iconos.

Lo anterior no es diferente al modo en que se procedió en las Alemanias de la post-guerra. Allá se proscribió, tanto al NSDAP como a la ideología nazi en sí misma (cosa que, tristemente, no se hizo con el comunismo, luego de la reunificación de 1990); es bueno recordar que en la Alemania de hoy, incluso efectuar el emblemático saludo romano (brazo en alto), se considera un delito. Que en la nación teutona (así como en otros países europeos) se mantuvieran, de manera marginal, algunas organizaciones, abierta o encubiertamente, neonazis o grupos skin head es otro tema.

Incluso podría hasta pensarse que para no pocos, inscritos en partidos chavistas, sea por necesidad de un empleo, bono, etc., o si se prefiere, por ignorancia, por deformación socio cultural de parte de la propaganda chavista; bien podría pensarse, repito, que para muchos de estos, hasta el momento, chavistas de base, la disolución y proscripción de estas estructuras partidistas pudiera significar a corto o mediano plazo, ser también liberados de una coraza y un yugo, si no de dominación mecánica, al menos sí de una dominación psicosocial, emocional, etc. Acaso se les estaría dando a muchos la oportunidad de mirar sin la venda chavista.

A muchos de estos chavistas de base quizá también los estaríamos liberando de la opresión foropaulista. 

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 (*) NSDAP; Siglas en alemán del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, comúnmente conocido como NAZI


La cuenta de Twitter donde se publicó el mencionado Hilo fue suspendida a fines de 2019.

Este era link del hilo original

https://twitter.com/Metromeza/status/1122665998660833281?s=03 

Nota del 23-02-2020

¿Balaguerazo Contra Chamorrazo?

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