lunes, 15 de febrero de 2021

La Diáspora y El “Callejón Sin Salida”

LA DIÁSPORA Y EL “CALLEJÓN SIN SALIDA”

Alexander Delgado C.

15/02/2021


Una paradoja que siempre me llamó la atención desde las primeras diásporas masivas fue el hecho de que quienes huían de Venezuela, en su mayoría, lo hacían del caos propiciado por el régimen chavista, y aunque sería arduo (por no decir imposible) ponernos a investigar las simpatías políticas de cada uno los migrantes de entonces, en líneas generales cabría atribuir a la mayoría de estos una posición política adversa al chavismo y a lo que este representaba, al menos, al momento de emigrar.

La mencionada paradoja estriba en que las primeras reacciones contra la migración venezolana, desde las sociedades receptoras, fueron políticamente capitalizadas por sectores anticomunistas, a partir de un discurso de derecha nacionalista. Es decir, la diáspora, provocada por el modelo político castro-chavista, a su vez era hostilizada en los países receptores, por los mayores oponentes políticos al modelo que impulso el éxodo de venezolanos. Esta ironía de los vaivenes políticos ha colocado al grueso de la migración venezolana, y si se quiere a la propia Venezuela antichavista dentro del país, en una especie de “entre dos fuegos” en el que, políticamente, no se cuenta con un asidero o referente de alianzas de cara a los países receptores. A primera vista, y sin que muchos venezolanos reparen en ello, pareciera estarse ante un laberinto, o lo que es peor, un callejón sin salida.

Lo más hiriente de esta, aparente incongruencia, es que, en el caso de los países receptores, se trata de naciones con quienes compartimos cultura e identidad en sus lineamientos más básicos. Aquellos a quienes, en el vecindario, debiéramos ver cómo nuestros aliados políticos e ideológicos, son los que, con mayor o menor razón, promueven el odio hacia nuestro gentilicio. Por su parte quienes, en aras de un pretendido discurso latinoamericanista y patria-grandista se mostrarían dispuestos a “tendernos la mano” son los aliados, políticos, ideológicos y probablemente económicos, de los responsables de semejante diáspora.

Este contrasentido cruel se ha visto agravado por la incapacidad de la migración venezolana de cohesionarse y mantener, a lo interno, una actitud vigilante y de constante denuncia ante la infiltración de elementos criminales y mala conducta, de modo que, como comunidad, podamos proyectarnos y desmarcarnos públicamente de factores indeseables que enloden nuestro gentilicio. Esta negligencia refleja, más allá de nuestras fronteras, al venezolano viva la pepa que siempre espera que alguien, desde arriba, les marque pauta. De manera más indirecta, pone en manifiesto la superficialidad de muchos de nuestros compatriotas a la hora de ponderar el trasfondo político-social, cultural e ideológico de la tragedia que estamos viviendo, cosa que, no obstante, es esencial para comprender al castro-chavismo.

La migración masiva del venezolano a lo largo del continente (y la reacción desde las sociedades receptoras) ha puesto de manifiesto varias consideraciones, a escala regional, a las que no les hemos prestado la debida importancia.

1.- La escasa experiencia de muchos países del resto de Iberoamérica en recibir oleadas migratorias de la magnitud de las que se está registrando desde Venezuela. Más bien en estos países lo que imperaba era la cultura de emigrantes hacia naciones con mejores posibilidades económicas. Esto, junto a cierto enclaustramiento geográfico-cultural, ha incidido, en muchos casos, en una idiosincrasia demasiado cerrada en sus fronteras.

2.- La escasa cultura del venezolano como emigrante. Antes bien éramos nosotros los acostumbrados a recibir oleadas de inmigrantes, tanto de ultramar como del vecindario. Esto se ha argumentado para justificar, o al menos explicar, la actitud nada asertiva de muchos migrantes venezolanos, especialmente los de menor educación, en los países receptores. No obstante, este argumento no deja de tener cierto grado de sofisma, ya que, más allá de la mucha o poca experiencia, hay cualidades como el sentido común y las normas elementales de cortesía, especialmente si se es visitante o huésped.

3.- Como telón de fondo, el enorme grado de improvisación y de corrupción política y social que caracteriza a nuestros países, reflejada, entre otros aspectos, en sus políticas migratorias. Este mismo grado de corrupción incide en que, a lo interno de muchos países receptores, se use al problema de la migración venezolana como chivo expiatorio de tensiones políticas y sociales domésticas.

4.- También como telón de fondo, la ignorancia, el atraso cultural y las taras actitudinales de todo signo que arrastramos los hispanohablantes, en forma más explícita en las capas más deprimidas socioeconómicamente, o en capas medias de procedencia popular; entre ellas, complejos, resentimientos, envidias, y mitos mentales.

5.- La tendencia en los países de habla hispana, más pronunciada en unos que en otros, al individualismo o al sectarismo, lo que, aparte de predisponernos a encerrarnos en nuestras fronteras, contribuye, a enfrentamientos internos por razones sociopolíticas, en un eterno desencuentro con nosotros mismos. Esto, obviamente, dificulta que nuestras naciones, a pesar de tener un origen cultural e histórico común, puedan verse como similares y que los aciertos y desaciertos de cada nación puedan servir como espejo a las demás (más allá de retóricas hermanistas, politiqueras y, en el fondo, vacías).

6.- Finalmente el individualismo centrífugo del venezolano; a pesar de sus demostraciones de solidaridad, interna y externa, en momentos de crisis o desastres, los venezolanos somos muy poco dados de mantenernos articulados a largo plazo, en la cotidianidad, por generación espontánea, en una idea de intereses compartidos, en un nosotros nacional; a esto agreguemos nuestra baja autoestima e incluso, auto desprecio, obliterado por discursos de ocasión, más patrioteros que patrióticos, en muchos casos; frívolos, ritualísticos y más aspiracionales que reales.

A partir de los puntos expresados ¿Qué podríamos hacer los venezolanos, tanto dentro como fuera del país para hallar, al menos, intersticios en medio de esta aparente calle ciega; para poder desenredar este y otros nudos gordianos en los que nos encontramos, al menos, desde 1999?

Considero que lo primero, es tomar conciencia plena de nuestra situación; acaso, más que un callejón sin salida, sea un cuello de botella; empezar a pensar por nosotros mismos y al margen de las narrativas que nos ofrecen sempiternos liderazgos “opositores”; empezar a escuchar otras voces (acaso nuestras propias voces internas), dejar de tomarnos a la ligera aspectos como el contrasentido reseñado al comienzo, asumir la realidad de fondo sobre la que se asienta nuestra tragedia (realidad ideológica, sociológica y psicosocial). El segundo paso es valorarnos más como nación, asumir la debacle que estamos viviendo con la gravedad del caso y comprometernos, sin pobrecitismos autocompasivos, a hacerle frente a este pandemónium nacional (dentro y fuera de nuestras fronteras), a sobreponernos al mismo.

Cumplidos estos dos pasos, los venezolanos, tanto en la diáspora como dentro del país, debemos cohesionarnos más, volcarnos más sobre nosotros mismos, de manera integralista; sin que esto, signifique caer en necios encuevamientos patrioteros; al contrario, entender lo que nos une al resto de Hispanoamérica pero sin preterirnos como venezolanos o auto diluirnos en babosas letanías hermanistas; esto implica entender nuestras peculiaridades venezolanas dentro del todo hispanoamericano y, especialmente, nuestras particulares circunstancias. Debemos entender hasta qué punto solo podemos (y debemos) contar con nosotros mismos, pero también hasta qué punto formamos parte de un continente, así como el hecho de que nuestra problemática hace un buen rato dejó de ser nacional para convertirse en continental, arrastrando, envolviendo, comprometiendo (y lo que es más triste, enlodando) a la venezolanidad.

Necesitamos la suficiente madurez para asumir, tanto nuestra cuota de culpa por acción u omisión, como el hecho de que somos esencialmente responsables en recuperar y reconstruir nuestra nación; pero que esto, a su vez, no implica dejar de ser consecuentes con la realidad de un orbe geográfico, histórico y sociocultural del que no dejamos de formar parte; es decir, tenerlo en cuenta como factor de la ecuación. Debemos desarrollar una visión nacional que, aunque anclada a valores elevados como el patriotismo, la dignidad, la gallardía, la Areté o el sentido de pertenencia, sea también muy pragmática, aterrizada y atenida a nuestras fronteras, nuestra realidad, nuestro tiempo, contexto y sus posibilidades, pero también a nuestras limitaciones y riesgos.

Y, a partir de esa visión plantearnos, de cara a una futura reconquista de nuestro territorio, una política limítrofe y migratoria clara, al servicio de la nación venezolana, de nuestras necesidades y conveniencias. La Venezuela buenista, de puertas abiertas, la que en nombre de una manida solidaridad (y a veces por simple esnobismo) prohijaba sentimientos y relatos continentales o hermanos pero que, dentro de un contexto nacional, nos eran ajenos o de mucha menor intensidad; la Venezuela que daba todo a cambio de nada; esa Venezuela debe quedar atrás.

Los venezolanos de buena fe que formamos parte de la diáspora debemos cohesionarnos más, colaborar más entre nosotros; generar grupos que, además de canalizar la cooperación mutua promuevan y sostengan una constante comunicación y (en la medida de nuestras posibilidades) disposición a colaborar con la población receptora y con sus autoridades e instituciones. Debemos ser respetuosos de las costumbres e idiosincrasia de quienes nos dan alojamiento, entender que no por ser hermanos latinos tienen que ser, pensar o sentir como nosotros; ser auto-vigilantes y mantener una actitud pública de constante señalamiento al venezolano jaquetón, de mala actitud respecto al suelo que les da alojamiento, impulsar siempre el buen ejemplo.

Así mismo, debemos mantener una permanente manifestación de repudio hacia elementos y conductas delictivas e indeseables procedentes desde Venezuela, los cuales enlodan nuestro gentilicio, entender que el daño que le hacen a la venezolanidad los convierte en parte del problema, por ende, lejos de verlos como nuestros compatriotas, debemos verlos como elementos espurios salidos de nuestro suelo, parte de un enemigo interno, casi a la par con un traidor. Se debe hacer siempre público este repudio e incluso colocar notoriamente sobre el tapete la alta posibilidad de que sean elementos infiltrados por el régimen de Miraflores (un régimen resentido y abyecto, de odio y oprobio) precisamente para dañar la imagen nacional.

Debemos generar, además de una nueva narrativa nacional, una nueva mística a lo interno y a lo externo.

martes, 26 de enero de 2021

Anomia y No Dictadura I

DE “¿DEMOCRACIA O DICTADURA?” 

A ESTADO ANÓMICO

Por Alexander Delgado C.

26 de Enero de 2021


Exactamente dentro de una semana se cumplirán 22 años del inicio de la debacle chavista. Gran parte de este tiempo se nos ha ido tratando de entender y definir socio-políticamente el estado de cosas que, desde 1999, nos ha tocado vivir, en mayor o menor medida, dentro o fuera de Venezuela. Peor aún, estos casi 22 años se nos han ido definiendo a la dinámica chavista de manera errónea y, a partir de ese equívoco, enfocando modos de combatir al régimen que, obviamente, solo podían conducir al fracaso. Bien puede decirse que desde 1998, aún sin el chavismo haber alcanzado formalmente el poder, la Venezuela antichavista se vio de frente con un fenómeno sociopolítico para el que, no solo no estaba preparada, sino que en realidad no era capaz de comprender. 

Ni siquiera las propias masas chavistas, más allá de la pasionalidad, han entendido realmente eso que han estado apoyando.

En medio del desconcierto, del temor, del enardecimiento ante las acciones o declaraciones de Hugo Chávez y ahora Nicolás Maduro, así como de sus más vesánicos acólitos; en medio de la debacle política en el bando opositor y de su lenta y viciada reconstrucción; en medio de un verdadero huracán social, cultural, moral y anímico; a la psique antichavista se le ha dificultado asimilar lo que tenía enfrente. Esto ha sido, en parte, por la intemperancia sensiblera, típica del carácter venezolano, y también en parte, por la sensación perenne de exasperación u ofuscación que el discurso y accionar del chavismo desató, desde 1998, en el ánimo de los venezolanos, tanto partidarios como adversarios.

En consecuencia, del lado antichavista hemos tenido una colectividad fragmentada, de individualismos cazurros, incapaces de escuchar o ponderar lo que tenía que decir, ya no su adversario político sino, tan siquiera, el que estaba en su misma acera. Una colectividad ensordecida en sus propios gritos, solo capaz de oír y atender a las voces altoparlantes y “consagradas” que les hablaban desde una tarima televisiva o de prensa reconocida.  

Desde esas atalayas mediáticas se proyectó una semblanza del régimen, no solo desacertada sino también contradictoria. Como ejemplo de esto último; en los días del paro petrolero de 2002-2003, teníamos al líder sindical Carlos Ortega llamando dictador a Chávez, pero por el otro lado, desde la misma acera, y tras el fracaso del paro, teníamos al gerente petrolero Horacio Medina afirmando que el error había sido creer que Chávez era demócrata y negociaría. En 2006, mientras muchos ciudadanos y dirigentes de todos los sectores tildaban al régimen de dictadura, el entonces candidato “opositor”, Manuel Rosales (El Filósofo del Zulia), junto a Julio Borges y Teodoro Petkoff, afirmaban que Chávez era demócrataUna especie de dualidad discursiva que se asumió como normal. Por un lado se calificaba cotidianamente al régimen como dictadura, más en tono de insulto que de definición concienzuda y por el otro se proponían rutas de acción como si se tratase de un mal gobierno democrático o de una dictablanda. 

Y entre rutas electorales, abstenciones mal canalizadas y fallidas acciones de calle, cada vez más sangrientas, se nos fueron estos casi 22 años.

Mientras; en algún marginado rincón, en tal o cual columna periodística, desde alguna monografía, en foros de internet o desde la, por entonces, novedad de las Redes Sociales; contadas vocecitas, en su mayoría poco conocidas o pseudónimas, trataban de llamar la atención, con mucha más pena que gloria, sobre el hecho de que, si bien el chavismo no era democrático ni mucho menos cívico, tampoco se parecía a lo que fueron dictaduras como la de Marcos Pérez Jiménez; que el elemento anárquico, caótico, sociópata-psicópata del régimen, le imprimía una dimensión diferente; por ende debía ser abordado de otra forma. Pero eran voces ignoradas hasta por los sectores de la clase media antichavista que, sin embargo, se auto-proclamaban pensantes.

En los márgenes, algunos entendíamos que la psique y el ethos del chavismo, que pretendía escudarse en la figura de Simón Bolívar, en realidad tenía mucho más que ver con lo que histórico-socialmente representó José Tomás Boves (como figura histórica, en realidad más venezolano que español aunque naciera en Asturias). Pero estos entendimientos, sin duda lucirían demasiado “rebuscados” para una dirigencia política a la que le convenía más comparar a Chávez con Pérez Jiménez, Pinochet o Milosevic; o bien, demasiado pintorescos para la arrogancia crispada y simplista de los pensantes de bailo-terapias, a quienes, entre birritaswhiskycitos y disertaciones de sobremesa, les hacía sentir con más caché intelectual el parangonar a Chávez con Hitler; paralelismos hechos a partir de semblanzas construidas desde la percepción indigesta de un documental televisivo o inferidas subjetivamente desde películas lacrimosas como El Pianista o La Vida es Bella.

Marginalmente, aquí y allá, contadas y anodinas voces asomaron que en Venezuela tomaba cuerpo una situación de Anomia… 

“¿Ano qué? ¿Anemia?”…

¡NO! Anemia no, ¡ANOMIA!, con O.

ANOMIA o ANOMÍA: (del griego ἀνομία / anomía: prefijo ἀ- a- «ausencia de» y νόμος / nomos «ley, orden, estructura») Es decir, ausencia o degradación de las normas o leyes que rigen la sana convivencia en una sociedad, eso según la definición que le dio Emile Durkheim en 1893. 

Pero la comprensión de este fenómeno, como ya comenté en un artículo anterior, ha sido de difícil calado para el venezolano promedio. En realidad lo ha sido para casi todo el mundo, pero para la opinión pública venezolana, desde hace años era imperativo asimilar la comprensión de este fenómeno por encima del resto del planeta. De hecho, nosotros estábamos llamados a hacer entender la condición anómica del régimen a la opinión pública internacional.

Obviamente esto no ha ocurrido. Salvo algunas voces aisladas (incluido este servidor) que mencionan la característica anómica del régimen de modo casi que casual, sobreentendido. En casi 22 años, el discurso oficial de la llamada oposición ha pasado, de considerar al chavismo como una democracia con pretensiones dictatoriales, a tildarla de democracia deficitaria; hasta, finalmente, asumir abiertamente el, no menos equívoco, mote de dictadura

Al narco-régimen se le ha pretendido enfrentar, equivocadamente, como si fuera una democracia autoritaria, con fanfarrias electorales o refrendarias, como las llevadas a cabo entre 2004 y 2018. 

Se le intentó derrocar como a una dictadura convencional, en confrontaciones de calle como las de 2014 y 2017, con el doloroso sacrificio de cientos de jóvenes, creyendo ilusamente que unas pocas semanas (que se convirtieron en meses) de presencia masiva y combatiente en las calles, bastarían para resquebrajar al régimen y que los fusiles y tanquetas de las intervenidas y prostituidas FANB se voltearían contra Maduro y su combo.

Se intentaron acciones aisladas de disidencia armada, como las protagonizadas en 2017 por el malogrado capitán Juan Carlos Caguaripano y el brutalmente abatido comisario Oscar Pérez. Instituido el interinato de Juan Guaidó, se apostó al tan mentado quiebre militar aquel patético 30 de abril de 2019.

Poco a poco, aquí y allá, asumido oficialmente que esto no podía ser una democracia, algunas voces empiezan a sustituir el adjetivo dictadura por el de Tiranía, más acertado. Pero la definición de Anomia, aún permanece (dixit Dylan) soplando en el viento, aunque para el venezolano que se mantiene en territorio nacional (y hasta cierto punto para el de la diáspora) pese cada vez más, la anarquía en el día a día venezolano, la desidia, el constante remover y renombrar nuestros referentes históricos y culturales y finalmente el encumbramiento del pranato, ya no solo como adlátere del régimen, sino como un fenómeno con poder propio, capaz de desafiar abiertamente al eje de poder Maduro-Cabello, tal como sucedió a fines del año pasado en Petare con el Pran Wuileisys Acevedo (Wilexis).

Y, a todas estas, más de uno se preguntará ¿por qué es tan importante entender al régimen en su condición anómica y dejar de verlo como dictadura? Respuesta; Porque no se puede enfrentar eficazmente, ni tan siquiera sobrellevar sumisamente, algo que no se comprende o se comprende mal.

Verlo como dictadura nos hace auto-representarnos ilusoriamente como un conglomerado en avalancha contra un monolito avasallante de acero o concreto (la dictadura). Bajo un régimen dictatorial tendríamos enfrente un esquema de poder, relativamente orgánico, fácil de entender y visualizar previamente. Esto nos daría una idea concreta, de qué hacer, hacia donde tirar la cuerda, para hacer caer al régimen, más allá de lo fácil o difícil que resulte. Esta es la visión de la que se ha partido, a groso modo, al plantearse una reacción contra el narco-régimen o cuando se ha intentado como en los años 2014, 2017 y 2019, con resultados conocidamente adversos.

Por el contrario, ponderar al narco-régimen bajo su característica delincuencial y anómica, con plena conciencia de lo que esto implica, nos ayuda a proyectarnos más ante lo que realmente hay; un panorama de caos organizado, donde el que hasta ahora hemos visto como el centro de poder, es el núcleo de un aparente embrollo, desgastante y destructivo, que nos envuelve. Más que poder avanzar en una misma dirección, sería como estar en medio de un huracán. Bajo esta perspectiva nos veríamos obligados a efectuar una visión más panorámica, porque tanto el núcleo central (Miraflores) como el enmarañado “conexo” importan casi por igual. Todos, casi en la misma medida, son parte del problema. 

No debemos olvidar que la anomia y los antivalores son la savia del régimen chavista.

Una dictadura es como una Bastilla a la que se puede asaltar y hasta derrumbar, o al menos intentarlo. Por el contrario, la barbarie anómica que desgobierna a Venezuela es como una horda que constantemente avanza y vuelve sobre sus pasos. Y ante una horda uno no asalta, uno se defiende, emigra, se resguarda o se fortifica.

Frente a un régimen de naturaleza anómica como el de Miraflores y sus aliados, un estado de rebelión como el que comúnmente se concibe contra una dictadura tradicional (acciones de calle, plantones, disturbios, etc.) tiende a añadir elementos de caos que a la larga benefician al narco-régimen. Es pertinente recordar que, aparte de los mecanismos represivos típicos de todo despotismo, el régimen de Miraflores alimenta en la sociedad esa percepción de vida sin ley, esa idea de indefinición, como arma de control o, en todo caso, de neutralización, a partir de la desorientación, perplejidad y frustración.

Así mismo, el narco-régimen constantemente se vale del caos barbárico, especialmente del delincuencial, como forma de amedrentamiento o aniquilación de todo aquello que se le opone. Esto se vio claramente durante las protestas, de 2014 y 2017; junto a las consabidas acciones represivas de la GNB, SEBIN, y Colectivos, fueron frecuentes los casos en que turbas teledirigidas por el régimen iniciaban acciones de saqueo a comercios, o peor aún de asalto a edificios residenciales. En el caso de los saqueos, no pocas veces lograban que elementos confundidos de la propia población descontenta se unieran a estas acciones, por un simple impulso de rebeldía ciega; sin reflexionar hasta qué punto estaban siguiéndole el juego al régimen, ni detenerse a pensar que, al saquear el comercio de un particular (generalmente del mismo vecindario), se estaban perjudicando a sí mismos.

En conclusión, si a un régimen monolítico, unipersonal, como el que no existe en Venezuela, se le pudiera asaltar, “a la francesa”, con turbas como las del 14 de julio de 1789; a un régimen montonero y de pranes como el que “preside” Nicolás Maduro, que día a día asalta, amedrenta, secuestra, ultraja, asesina, extorsiona, distorsiona, ofusca y desmoraliza; que alimenta el odio, la barbarie, la depravación, la abyección, los antivalores, la impotencia; que nutre y se nutre de la ANOMIA... repito, a un régimen así ¿cómo se le enfrenta? o más aún ¿cómo se le derrota?

Creo que esa respuesta la debemos hallar empezando por asumir la verdadera realidad política y económica, pero sobre todo social, cultural, moral, ideológica, nominal y simbólica, que enfrentamos; así como su incidencia en la psique colectiva. Porque, al final, sea cual sea esa respuesta, a mi juicio, trasciende al chavismo y al antichavismo, a muderos y radicales, a electoreros, guarimberos y cultores de la “calle sin retorno”. 

Debemos asumir la impronta del narco-régimen; barbárica, criminal, inmoral, y sobre todo anómica; asumirla como lo que es, como su piedra angular

A la naturaleza anómica del régimen no la podemos seguir ignorando u obliterando como parte de un supuesto “vivir en dictadura”, porque es ese enmarañado caótico lo que se debe confrontar (al principio defensivamente), atravesar y destruir o superar para poder llegar al núcleo.

La lógica me dice que si lo que se tiene enfrente es el caos, sea espontaneo o premeditado, solo se le puede enfrentar a partir del orden, la cohesión y, si se quiere, la disciplina. No la supresión del elemento emotivo, por supuesto, pero sí su subordinación a la razón y el sentido común. 

Frente a una horda institucionalizada, la reacción e incluso la rebelión empiezan por la autodefensa. De hecho, en la Venezuela antichavista, desde hace mucho se ha debido empezar a desarrollar cierta lógica prepper, en todo sentido, desde la supervivencia manutentiva hasta medidas y acciones defensivas. 

La cohesión necesaria, me parece que NO SE DEBERÍA buscar desde la calle que, por lo demás, es un espacio impersonal, sino más bien desde lo más interno, el núcleo organizacional, vecinal e incluso familiar. Considero que lograr todo esto, a su vez, pasa por un proceso de depuración interna en todo sentido y sin contemplaciones.

Y cuando hablo de enfrentar a este estado anómico, fallido y delincuente, no me refiero únicamente a buscar su derrocamiento (que sigue siendo necesario como paso previo a la reconstrucción de la república venezolana), sino también, y a lo inmediato, defendernos, en el día a día, de su accionar en todos los aspectos (especialmente el emocional y psicológico), así como de los estragos que causan sus pranes asociados. Hablamos ya de sobrevivir en la cotidianidad, en cuerpo y psique, buscando prevalecer al final. 

Porque esa, me parece, es la única opción de lucha que le queda al venezolano (incluido el de la diáspora), en la medida en que solo pueda contar consigo mismo.

viernes, 15 de enero de 2021

El tan cacareado E-DUU-CAARRR

¡HAY QUE…

E-DUU-CAARR!

Por Alexander Delgado C.

15 de Enero de 2021


A través de los medios de comunicación, de las redes sociales o en simples charlas informales entre amigos o familiares, es usual, abordar la situación, tanto nacional como internacional. Algunas veces, cuando por milagro, se trata de contertulios con un cierto barniz de ilustración, puede suceder que, al compás de estos coloquios, se ponga sobre el tapete la necesidad de cambios a fondo que atañen a nuestra idiosincrasia; también puede ser que algunos inspirados ventilen opiniones con atisbos de ideas o propuestas de país; luminosas, loables pero incompatibles con nuestra realidad y nuestro carácter, poco menos que utópicas en las circunstancias presentes. 

Cuando esta clase de hándicaps salen a relucir, la respuesta suele ser un inefable, enfático, y muchas veces silabeado, “¡LO QUE HAY ES QUE E-DUU-CARR!”.

En lo personal, esa “admonición” siempre me ha parecido una especie de invocación, sacrosanta pero a la vez bolas al hombro, al altar etéreo de la Ilustración (remanente aspiracional de aquellas viejas ilusiones del Siglo de Las Luces); un mantra con el que se pretende zanjar cualquier controversia en la que se ponen de manifiesto nuestras taras o defectos cívicos y actitudinales, así como su incidencia adversa en el devenir nacional. 

A propósito del tema, uno de nuestros grandes educadores (además de historiador) don Augusto Mijares, en su libro de 1963, Lo Afirmativo Venezolano, incluyó un capítulo titulado Cosas de Maestros, el título de este capítulo se debía a que, en el mismo, Mijares reprochaba el hecho de que cualquier asunto relacionado con la educación o formación de los niños o jóvenes, era puesto de lado por parte del venezolano común (con cierto desdén) como “cosas de maestros”.

Don Augusto apoyaba su reproche, esgrimiendo, con ejemplos concretos, como por el contrario, ya desde los últimos días de la colonia y en los primeros tiempos de la República, el tema educacional, especialmente el de la educación popular, acaparó especial atención entre varios de los prohombres de aquel momento (algunos de ellos, dicho sea de paso, no eran educadores de oficio) entre ellos, don Simón Rodríguez y el Licenciado Miguel José Sanz, en los últimos años de la colonia y, durante el período independentista y grancolombiano; José Rafael Revenga, Don Fernando Peñalver y el propio Libertador Simón Bolívar (que subvencionó personalmente la aplicación en Caracas del, por entonces en boga, método Lancaster). A estos primeros repúblicos se sumaron, tras la separación de Venezuela de la Unión Colombiana, hombres de la talla del Doctor José María Vargas y de don Juan Manuel de Cajigal, quienes dedicaron a la educación popular, más atención y esfuerzo de lo que comúnmente se ha creído, no pocas veces con el apoyo de los gobiernos de entonces o, a título personal, de sus prohombres más destacados (injustamente estigmatizados como oligarcas).

Estos esfuerzos han sido muy poco conocidos o subvalorados por la opinión pública nacional, en parte porque la forma de transmisión de nuestra historia se ha caracterizado por ser excesivamente politiquera, epopéyica, propagandística y partidista, desdeñosa de los detalles sustanciales y ejemplarizantes del día a día; un panfleto, siempre en aras de un anecdotismo de entretenimiento o de un lirismo delia-fiellezcocuatriboleado, vacuo, fatuo y muchas veces interesado.

Es pertinente recalcar que muchas veces los citados esfuerzos en pro de la educación popular, tanto los de iniciativa individual como los que, mal que bien, contaron con apoyo oficial, se vieron muchas veces limitados, tanto en su desarrollo como en los propios resultados, por la inestabilidad política y las precarias condiciones económicas y sociales que caracterizaron a aquel convulso siglo XIX. Pero la consideración de esas mismas limitaciones y dificultades debería darle retrospectivamente mayor realce a aquellos esfuerzos, aún en los que quedaron inconclusos.

A los que hoy solo saben lloriquear ante las barrabasadas del régimen castro-chavista, entre ellas las que se refieren al aspecto educativo, deberían retumbarles como un eco, poco menos que admonitorio, tanto los esfuerzos de aquellos primeros prohombres (para no hablar de los repúblicos de la primera mitad del siglo XX, entre ellos el propio Mijares) así como la crítica sarcástica a partir de la expresión “cosas de maestros”. Digo que ¡deberían retumbarles! (conjugando el verbo deber en post-pretérito) porque es a causa de estos lloricones, así como de gran parte de la opinión pública nacional (incluidos algunos que aún apoyan de buena fe al castro-chavismo), que la idea de ee-duu-carr, se convirtió en poco menos que un cliché, inadvertidamente trillado, a causa del uso superficial y formulista que suele dársele.

Y es que, en el fondo, y más allá del tratamiento frívolamente idealizante de que suele revestírsele, para muchos venezolanos (“prominentes” o de a pie), lo concerniente a la educación sigue siendo cosas de maestros; o lo que es lo mismo “que eduque otro, yo me limito a mandar a los muchachos a la escuela o al liceo… para eso a los profesores se les paga un sueldo con los impuestos que uno paga (o la mensualidad en el caso del colegio privado)”. En realidad, esta actitud es una evasión de cualquier cuota de responsabilidad particular que estos bocetos de ciudadanos tienen, o pudieran tener, en contribuir a EDUCAR, de verdad, en su entorno, empezando por reeducarse a sí mismos.

El “hay que ee-duu-carr”, en los labios de muchos de los que lo profieren, parece ser una especie de jofaina de agua lustral en la que muchos de ellos, en el mejor estilo de un Poncio Pilatos, lavan la irresponsabilidad de no querer salir de su burbuja de teorías y de sus egos ideológicos, para asumir la realidad que los rodea, confrontando en ella la viabilidad de las ideas que preconizan.

Expresiones cotidianas como “apostar a la educación” o “la solución está en educar”, muchas veces relamiéndose en la palabra educación, educar, como si de un chocolate Toronto se tratase; aunque muchas veces son bienintencionadas y aunque se apoyan en una premisa innegablemente veraz, suelen estar desprovistas de un compromiso sostenible; fácilmente se podría interpretar como algo para hacerlo “algún día” “poco a poco” y por supuesto, “que lo haga alguien más”.

Pero cuando el otro que tiene que educar es el Estado, y especialmente en nuestro caso, un pseudo-estado, espurio y delincuente; y cuando ese estado bastardo formula parámetros “educativos”, francamente perniciosos, deformantes, detestablemente adoctrinantes y contrarios a nuestros valores; ahí sí acusamos el golpe, ya no con el otrora épico (y hoy desgastado) lema ¡Con mis Hijos no Te metas”, ahora es un lamento plañidero de artrítico y cuatro sarcasmos victimistas entre birrita y birrita.

Acostumbrados a que la educación de una nación es…“cosas de maestros”; acostumbrados, hasta 1998, a un Papá Estado que, mal que bien, se ocupaba de nuestros problemas como sociedad, al que criticábamos, muchas veces con razón, pero, aún así, siempre le podíamos echar el carro; hoy no terminamos de asumir que aquel Estado Nacional, con sus virtudes y vicios, mejor dicho, aquella sociedad, YA NO EXISTE y que en su lugar hay un status quo gansteril, anómico, resentido, sociópata, que no está ahí sino para satisfacer los apetitos y pasiones (económicos, de poder, pero también ideológicos y mitológicos) de una camarilla a la que no le interesa encarnar a la generalidad del país, ni menos aún le importa la aspiración a una ciudadanía proba. 

No afrontamos que, donde una vez estuvo un Estado; corrupto, mediocre y deficiente, pero Estado, al fin y al cabo; ahora solo hay una claque malandra y antinacional que se alimenta de la ignorancia, la estupidez y los antivalores.

Como consecuencia seguimos reaccionando de la única manera que pareciéramos conocer, con los consabidos lamentos y lloriqueos en redes sociales, con desahogos e insultos contra el régimen chavista; dicterios totalmente justificados pero inútiles y de Perogrullo; con actitudes autocompasivas y con auto-descalificaciones por nuestra presunta “apatía”; con invocaciones a preceptos constitucionales que en la práctica solo son agua de borrajas; declamando derechos consagrados en una “constitución” malnacida que muchos rechazamos aquel doloroso 15 de diciembre de 1999. Reaccionamos, en fin, con llamados risibles y no menos inútiles, a protestas, marchas, paros; etc. …; pretendiendo, como idiotas, que el desgobierno rojo sea lo que no es, lo que nunca ha sido ni le interesa ser; lo que no está ahí para ser.

Nos negamos a internalizar que, por ahora (Chávez non dixit), no tenemos verdadero estado ni verdaderas instituciones; que tenemos una sociedad deshecha; que debemos reconfigurar (probablemente desde las sombras) ese sentido de sociedad e incluso prefigurar, así sea un atisbo o cimiento de ese nuevo Estado, en reemplazo del aquelarre forajido que hoy padecemos; de un nuevo Estado incluso superior en eficiencia y mucho menos elefantiásico que el, ya de por sí roñoso, que tuvimos hasta 1998. Esta tarea reconstructiva, desde sus bases, ciertamente incluye al aspecto educativo-formacional... y también de ese problema debemos ocuparnos nosotros.

Para esto se requiere algo más que marchas, paros o guarimbas, incluso quizá todas las anteriores, en el momento actual, sean hasta contraproducentes; y por supuesto, hace falta mucho más que electorerismos falsos y cómplices de la anomia chavista.

Si tuviéramos un poquito de sentido del deber y de responsabilidad social, no solo asumiríamos directamente la responsabilidad sobre la educación de nuestros hijos… y nuestra propia reeducación, sino que veríamos la oportunidad de reconfigurar (de nuevo, desde las sombras) la renovación del proceso de educación como algo más interactivo, con una visión educacional que ya no se limite a aulas y pénsums. Incluso explorar la posibilidad de aplicar, o al menos proyectar, de modo contingente, la educación desde el propio hogar, bien sea para sustituir de lleno la falente y viciada “educación” que hoy se promueve desde el poder (a través de aulas y medios de comunicación) o bien, para, al menos, corregir y neutralizar sus efectos deformantes.

Ya el tema educativo no se puede seguir abordando como cosas de maestros.

De hecho, la educación debe concebirse más allá de la instrucción libresca, abarcando aspectos como la formación del carácter, de la estructura mental, incluso revisando nuestros propios esquemas cognitivos. Debe enfocarse también en el aprendizaje de oficios prácticos que ayuden a proveer el sustento o al menos, a hacer más llevadera la cotidianidad. Un proceso educacional-formacional, que parta de la realidad del día a día, donde los propios padres y los maestros participen de una dinámica en la que no solo enseñan sino también aprenden.

Igualmente, en momentos como los actuales, hay que dejar de lado (al menos temporalmente) premisas de antaño que hoy no son procedentes, como el necio aforismo, heredado de una visión de sociedades normales, según el cual; “el hogar educa y la escuela instruye”. Esta visión de retículas es inviable en este momento (y sabe Dios si en lo sucesivo). Deberíamos adoptar una visión más generalista, asumir que no estamos en los tiempos normales en los que, mal que bien, nos formamos los que hoy tenemos más de 35 años; deberíamos partir de que, para nuestros criterios tradicionales, estos son tiempos bastante atípicos.

En la coyuntura actual, problemáticas como la educación y la formación se deben entender como concernientes a la sociedad en su conjunto. Se debe asumir como sin lugar, contraposiciones del tipo el hogar vs la escuela, las instancias públicas vs las privadas, o incluso jóvenes vs adultos. Los hogares que puedan considerarse más sólidamente constituidos y más óptimos moralmente, deberían hacerse cargo, en la medida de sus posibilidades, de parte de la carga educacional y formacional que antes se confiaba, de modo casi exclusivo, a las escuelas; al menos en lo referente a la formación de los miembros de ese hogar y, hasta donde se pueda, de allegados, parientes, vecinos, etc. Y no son los únicos, otras instituciones sociales también deben tomar mayor responsabilidad en ese rol. Instrucción y formación deben verse, al menos en los actuales momentos como un todo y no como circunscripciones desfasadas.

Tal vez lo anteriormente expresado nos dé el proceso educacional necesario para rehacer al país, con una efectividad y proyección como no la tuvo antes.

Un EDUCAR de verdad, sin letanías trilladas de E-DUU- CARRR.

viernes, 20 de noviembre de 2020

Reaccionar Ante la Anomia

Reaccionar Ante La Anomia I

LA ANOMIA

Por Alexander Delgado C.

20 de Noviembre de 2020


En sociología, el término Anomia o Anomía es utilizado para referirse a una desviación o ruptura de las normas; es decir, cuando determinadas sociedades, o grupos al interior de una sociedad, se encuentran en un caos perenne, situación generada por la ausencia de reglas de buena conducta comúnmente admitidas, (ya sea implícita o explícitamente). 

O, peor aún, las situaciones anómicas se dan cuando nos encontramos bajo el reinado de reglas que, abierta o encubiertamente, promueven antivalores y generan la anarquía como dinámica social cotidiana, en desmedro de la cooperación y cohesión. 

Es pertinente acotar que este fenómeno también se aplica al ámbito lingüístico o nominal, caracterizándose por la dificultad de identificar o recordar los nombres de las cosas.

Este término fue acuñado por primera vez en 1893, por el sociólogo francés Emile Durkheim. En su obra La División del Trabajo en la Sociedad, Durkheim define una situación anómica como: 

Un estado sin normas que hace inestables las relaciones del grupo, impidiendo así su cordial integración”. 

A un nivel más de la conducta individual, el sociólogo francés vuelve sobre este fenómeno, calificándolo como: 

Una pérdida o supresión de valores, junto a las sensaciones asociadas de la indecisión y alienación, lo cual conlleva a la destrucción y reducción del orden social; el cual no puede ser adecuadamente regulado por las leyes vigentes”.

A las palabras de Durkheim podríamos agregar, como factor definitorio de una situación anómica, la ausencia, corrupción o, en el mejor de los casos, impotencia de los mecanismos coercitivos (incluidas instituciones judiciales, policiales y militares) que normalmente garantizan, en los hechos, el cumplimiento efectivo de las mencionadas leyes.  

Cualquier semejanza con lo que se ha vivido en Venezuela desde la llegada del chavismo al poder (e incluso antes, durante su avance y consolidación electoral en 1998) no es ninguna coincidencia.

En efecto, Anomia, es un término que no solo describe a cabalidad el estado en que se encuentra hoy en día la sociedad venezolana, sino también es un concepto clave para entender la psique y el accionar del chavismo. El caos, la anarquía, la constante agitación de antivalores, que hoy son moneda común en la cotidianidad venezolana, han sido promovidos desde 1999, de manera cada vez más abierta, desde el Palacio de Miraflores. A estas alturas es más que evidente que el régimen chavista se beneficia de la ausencia de orden y normas, alimentando en la sociedad esa percepción de vida sin ley, de indefinición, como una forma de dominio a partir de la desorientación, perplejidad e impotencia.

La Anomia es, y siempre ha sido, la savia de la tiranía roja, lo cual es más que comprensible tomando en cuenta su mística revolucionaria”, su lógica lumpen y delincuencial y su psique resentida y sociópata.

La actitud, propia del chavismo, de atizar el odio de los desfavorecidos contra los que se consideran favorecidos, puede verse como una sublimación del odio insurrecto a la norma por la norma misma. De hecho emula, verbal o fácticamente, el accionar de un José Tomás Boves o de un Ezequiel Zamora y el panfletarismo incendiario de un Antonio Leocadio Guzmán. Apunta a acabar toda noción de orden o tradición, no dejar piedra sobre piedra.

A partir de este designio, la crispación de ánimos desde la esfera del poder y la comprensible reacción, de igual tono, que genera en los sectores antichavistas, representan un quiebre al sentido de estructura que encarnan la razón y la reflexividad. Como consecuencia de este accionar, la dinámica política se impregna de ese elemento, anómicamente enervado, que proyecta su crispada luz hasta en las sobremesas de amigos (incluso si pertenecen todos al mismo bando). 

La vocación y la práctica anómica del régimen se reflejan en infinidad de decires, actos, situaciones, anécdotas, etc., que desde 1999 se han sucedido atropelladamente, haciendo que exabruptos anteriores se olviden ante los más recientes, en un frenesí pasional de dimes y diretes a escala socio-política. Sobre esta narrativa se apoyan hechos concretos como; el despido público de directivos de PDVSA en 2002, la orgía de expropiaciones, las invasiones promovidas a propiedades rurales y espacios urbanos, los saqueos (como el recordado dakazo, en 2013 o el realizado al Exelsior Gama en 2017), el desmantelamiento de empresas básicas que habían sido emblemáticas, como la propia PDVSA o SIDOR, o la destrucción (explícita o por abandono) de obras infraestructurales que habían sido icónicas del orgullo nacional. 

A un nivel institucional, se corrompen y prostituyen entes fundamentales como las otrora FFAA, que para 1998 tenían un alto nivel de credibilidad, y hoy no solo son asociadas a la represión y corrupción chavista, sino reducidas a un estado inoperante y expuestas a un, más que comprensible, repudio por parte de la sociedad venezolana. Finalmente se encumbra a la guerrilla (autóctona o foránea), al terrorismo, a la delincuencia y se consolida al pranato, hasta convertir en poco menos que iconos del folclor urbano a criminales como el fallecido Picure, el Wilexis o el Coquí.

Cuando lo repudiable, lo amoral, lo indigno, se convierte en normal, llegamos a situaciones en las que, despreocupadamente, podemos estar haciendo una cola, y debajo de nosotros encontrarse el cadáver de un ahorcado.


En el aspecto ético y simbólico, el elemento anómico del régimen se hace presente; en el desprecio a la meritocracia laboral, profesional y estudiantil; en las agresiones, físicas o verbales, a personajes y símbolos históricos o religiosos o en el empeño de cambiar los símbolos patrios, el aspecto de personajes históricos o la propia historia. 

Por su parte la anomia lingüística señalada al comienzo, se manifiesta en la pretensión (apareada con la de reescribir la historia a la medida de sus resentimientos) de renombrar, de un plumazo, efemérides, calles o avenidas, entidades, etc. cuyos nombres originales tenían un arraigo histórico-tradicional, como por ejemplo; rebautizar el Cerro el Ávila como el Guaraira Repano; llamar al Estado Vargas, Estado La Guaira o, más recientemente, “rebautizar” la caraqueña Avenida Francisco Fajardo como Avenida Cacique Guaicaipuro

En este contexto, es muy razonable que se tomara por cierta una resolución apócrifa del 06 de noviembre de 2019, atribuida al llamado Ministerio del Poder Popular para la Educación (a cargo de Aristóbulo Istúriz), en la que se anunciaba la eliminación de la exigencia de normas ortográficas o gramaticales en las evaluaciones. El señalado ministerio, a través de su entonces vice titular (Rosángela Orozco), se apresuró a desmentir el supuesto comunicado; pero, sin duda, el que esta falsa resolución fuese tomada en serio indica, por un lado, el estado de incertidumbre y predisposición de la sociedad; y, sobre todo, que el comunicado, aunque falso, se consideraba muy creíble, al estar en sintonía con la narrativa y mentalidad del régimen. Acaso sí proviniese de los propios laboratorios del castro-chavismo como un globo de ensayo o elemento distractorio. No es nada descartable que el desmentido comunicado de hace dos años, se convierta en auténtico y ratificado en un futuro muy cercano.  

Situaciones como las anteriormente reseñadas, despojan al venezolano de todo tipo de piso referencial o bien se le hace sentir obligado a defender lo que siempre dio por sentado y consideró incuestionable, extendiendo la situación de anomia a la propia psique del individuo.

El componente anómico del narco-régimen, así como su penetración y presencia en la dinámica nacional y a la interioridad del venezolano, es algo a lo que no se le ha dado la importancia y seriedad requerida. A pesar de que se ve y se vive de cerca y aun cuando es lo que mejor describe a la Venezuela chavista, esta caoticidad es asumida como algo natural por el venezolano. Cuando se le presta atención, en la mayoría de los casos, es considerada equivocadamente como parte del “vivir en dictadura”.

Tuve oportunidad de saber de este fenómeno, en sí mismo, hace más de 17 años, y asociarlo a lo que para entonces ya percibía de la realidad venezolana. En artículos anteriores he aludido de pasada el tema de la anomia, como algo sobreentendido, lo es para mí, no para la mayoría.

Fue poco después del fracaso del paro petrolero de 2002-2003 que tomé contacto con este concepto; en un artículo del siempre controversial, y ya fallecido, Jorge Olavarría. En el escrito en cuestión, titulado precisamente Las Anomias Venezolanas, Olavarría señalaba tres momentos históricos en los que, a su juicio, Venezuela se había encontrado en estado anómico.

A la primera anomia, Olavarría la ubica bajo el llamado Gobierno de Los Azules (1868-1870), durante el cual tuvo lugar el fallido intento secesionista en el Estado Zulia. La llegada del general Antonio Guzmán Blanco al poder en 1870 habría subsanado este estado de caos. La segunda anomia, según Olavarría, había tenido lugar durante el gobierno del General Cipriano Castro (1899-1908), especialmente en sus últimos años, cuando la política interna y externa de El Cabito había entrado en barrena. El acceso a la presidencia, a fines de 1908, del, hasta entonces vicepresidente, general Juan Vicente Gómez, zanjaría la peligrosa situación en que se encontraba el país (siempre desde la perspectiva de Olavarría). 

La tercera anomia Venezolana, según Olavarría, se habría iniciado con la llegada del chavismo al poder, en 1999; obviando, por supuesto, la participación que el propio Olavarría había tenido en el proceso de advenimiento del chavismo.

Y aunque no tengo a mano la cita, recuerdo que en el propio año 2003 el, también fallecido, historiador Manuel Caballero, comentando el artículo de Olavarría iba más lejos, sosteniendo que la tercera anomia, era de solución más difícil e impredecible por la situación de entrampamiento en que, de acuerdo a Caballero, se encontraba Venezuela.

Lamentablemente, como ya señalé, tanto el término Anomia como la situación que define, no han logrado calar en el diccionario mental del venezolano común, ni siquiera en el de la otrora clase media. Más que no calar, resbala por sobre el imaginario venezolano, como por sobre un bloque de hielo. Muy lamentable, porque quizá uno de los factores de mayor incidencia en el fracaso de todos los intentos por salir de la pesadilla castro-chavista, sea, precisamente, no tener en cuenta la naturaleza anómica y sociópata del régimen de Miraflores.

¿Por qué después de casi 22 años de desgobierno chavista el concepto de Anomia es prácticamente desconocido y de difícil calado para la mayoría de los venezolanos, incluso para los de nivel profesional?

Más exactamente, ¿Por qué en estos, poco menos de 22 años, no ha habido, del lado de la Venezuela antichavista, voceros de peso político, social o mediático que asumieran, dándole su propia importancia, el elemento caótico definido como un estado de anomia? y más importante aún, ¿porque no se ha hecho conocer, ponderar e internalizar por la ciudadanía opositora este aspecto tan clave del régimen chavista?

Más allá de algún sociólogo, politólogo, o columnista, ignorado hasta por los sectores profesionales, no ha habido voceros con verdadero peso mediático que pusieran el dedo sobre la llaga, con un lenguaje y un tono contundente que haga ver lo importante de entender e internalizar esta faceta del orden chavista; nombrarla como lo que es, en vez de subsumirla implícitamente en el supuesto carácter dictatorial de la narco-tiranía.

Llegados a este punto, es conveniente recordar que la censura y enclaustramiento informativo del régimen se ha configurado, desde 1999, a plazos. Es decir, durante la mayor parte de estos casi 22 años, la Venezuela antichavista tuvo, importantes espacios y tribunas de expresión y difusión masiva de opiniones, o al menos es lo que se supone. Aunque en reducción progresiva, las tuvo. A nivel televisivo, RCTV operó, en señal abierta, hasta 2007 (8 años bajo el chavismo), el Globovisión de Alberto Federico Ravel, se supone que incuestionablemente antichavista, aún en medio de hostilizaciones y amenazas, estuvo ahí hasta mediados de 2013, ya oficialmente muerto Chávez.

A nivel radial, hasta hace menos de dos años RCR se mantuvo en señal abierta, en amplitud modulada, capaz de llegar dentro del territorio venezolano a cualquiera que tuviera una radio. 

Y aún con todos los cierres de medios “críticos” al régimen, la Venezuela antichavista ha tenido, mal que bien, como informarse y expresarse; incluyendo, por supuesto, el espacio y la tribuna que, aún con toda su limitación de acceso y con todo su caos y toxicidad, brindan las Redes Sociales. Para ilustrarlo mejor, valga remitirnos al inicio del interinato; de no contarse con óptimos canales informativos, ¿cómo se logró movilizar a las decenas de miles de personas que el 23 de Enero de 2019 acompañaron a Juan Guaidó en su juramentación y luego en sus sucesivos actos de calle?

En estos espacios mediáticos, mientras se mantuvieron, perfectamente se habría podido (o se podría en los que aún quedan) al menos intentar divulgar y posicionar en la opinión pública una concientización acerca de lo que es la anomia, como la padecemos, en qué medida el narco régimen tiene esta impronta, como le favorece, como incide en cualquier acción u omisión que el antichavismo quiera tomar; y por supuesto, cómo reaccionar adecuadamente ante este fenómeno.

Esto obviamente, no ha ocurrido ¿Por qué?

¿Es que en estos casi 22 años la dirigencia antichavista no se ha percatado sobre este fenómeno social, cuando un anodino bloguero como yo lo viene conociendo desde 2003? Si la respuesta fuera afirmativa, eso no hablaría nada bien sobre la capacidad intelectual o de análisis, por ende de planificación y dirección, del liderazgo o vocería antichavista. 

O quizá, en el fondo, aún sin dominar semánticamente el término, entendieron este elemento de la naturaleza chavista, pero prefirieron dejarlo de lado y que el venezolano de a pie (que desde 1958 ha vivido sin conocer un verdadero régimen dictatorial) lo asumiera erróneamente como parte de un “vivir en dictadura”.

Si es así ¿porque lo dejaron de lado?

La primera posible explicación sería que hasta ahora a la hecatombe chavista, se han empeñado en darle un enfoque desde la cuadriculada, reticulada y desgastada narrativa política convencional. Una micción fuera del perol más que obvia.

Pero mirando un poco más allá, podríamos ver otra posible razón a tener en cuenta por un liderazgo partidocrático, empeñado en mantener la sartén antichavista por el mango democratero. Este otro motivo quizá se infiera de las frases con las que Jorge Olavarría culmina su señalado artículo en 2003:

“Lo que sí sabemos es que a la primera (anomia) la corrigió un Antonio Guzmán Blanco y la segunda la corrigió un Juan Vicente Gómez”.

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El mencionado artículo de Jorge Olavarría se puede leer en el siguiente Tweet Longer

https://www.twitlonger.com/show/klp27n

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