martes, 13 de septiembre de 2022

Lo Cortés No Quita Lo Radical

LO CORTÉS NO QUITA LO RADICAL

Por Alexander Delgado C.

20 de Octubre de 2022


Cuando buscamos en el diccionario de la Real Academia Española, la expresión Radical, los tres primeros significados que se nos presentan (¿los más cardinales?) son los siguientes:

1. adj. Perteneciente o relativo a la raíz.

2. adj. Fundamental o esencial.

3. adj. Total o completo. Cambio radical.

Es decir, se atienen a un sentido estrictamente etimológico del término, a partir de esta consideración, afrontar radicalmente una situación implica atacar, o al menos revisar, dicha situación en sus raíces.

Pero comúnmente la expresión radical, no suele ser asociada con estas primeras definiciones, sino con otras, también contempladas por la R.A.E, pero sin una verdadera relación etimológica, más bien con una relación semántica indirecta, derivada fácticamente de las primeras tres definiciones, a saber:

4. adj. Partidario de reformas extremas.

5. adj. Extremoso, tajante, intransigente.

En efecto, con mucha frecuencia, las personas y actitudes radicales suelen ser percibidas, y lo que es peor, suelen auto-percibirse, como portadoras de una actitud extremista, vehemente y vesánica.

Cuando hablamos de cambios radicales deberíamos sobreentenderlos como cambios en la raíz y no como un irnos de un extremo al otro. Esto último suele ser solo un cambio superficial; en el fondo, solo reproduce, en negativo, la misma fotografía de aquello que, se supone, se deseaba cambiar radicalmente. A la larga termina resultando el mismo musiú con cachimbo contrario

Del mismo modo es común que la idea de radicalismo remita equivocadamente a una pose de busca pleito de botiquín, con las venas de la frente brotadas y convulsiones cual Mal De San Vito. Al contrario, un verdadero radicalismo, desde un modo sereno y ponderado aunque firme y decidido, no solo es técnicamente posible sino que es aconsejable para confrontar determinada situación desde aquello que la nutre en sus raíces. Si de verdad se quiere diagnosticar tal o cual problema, procurando remediarlo en su esencia, se debe tener un mínimo de frialdad y serenidad, así sea en el proceso mental, para poder realizar una mirada panorámica y, si se quiere, una abstracción del cuadro. En estos casos un ánimo exaltado suele ser lo menos aconsejable.

En donde un verdadero radicalismo si afecta y exige al carácter es en el momento de pasar del análisis a la decisión y la acción. Se exige DESICIÓN, FIRMEZA y, si se quiere, audacia; pero incluso estas cualidades podrían verse torpedeadas en su ejecución por una actitud de fosforito.

A nivel de redes sociales, especialmente a la hora de abordar temas políticos y sociológicos, muchos malentienden ser radical con una perenne actitud textual de tirapiedras o de troll; así mismo, se asocia el supuesto radicalismo con una idea estereotipada relativa a hablar mal por hablar mal, a un permanente tono de carrito chocón, a la polémica por la polémica.

Igualmente muchos desubicados que se creen radicales piensan que deben asumir una postura agria, adusta, petulante, revestidos de una capa de inflexibilidad y un permanente sarcasmo de “superioridad” respecto al resto de los mortales.

Aunque no siempre se trata de defensores de ideas izquierdistas, de hecho no pocas veces se defienden de esta forma las ideas contrarias, a estos come-candela y naricita alzada de teclado, a propósito de su adustez, les aplica las siguientes palabras del Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano, escritas a propósito de los extremistas de izquierda:

… El revolucionario (o su compañero de ruta) se toman en serio a sí mismos y se niegan el más leve gesto de humor (o de plasticidad o flexibilidad), como si ello fuera un gesto de debilidad que el enemigo aprovecharía para derrotarlos.” 

(Manual Del Perfecto Idiota Latinoamericano. Capítulo Crear Dos Tres… Cien Vietnam)

Haciendo una extrapolación, tanto con la anterior cita del Manual, como con el famoso dicho “lo cortés no quita lo valiente” se puede decir que estos supuestos radicales se muestran descorteses queriendo verse valientes, cuando en realidad presumen de lo que carecen.

Más que un pretendido radicalismo, estas actitudes exaltadas; con blindaje en la pose, revestidas de una presunta “rebeldía” por la rebeldía misma; lo que reflejan es inmadurez y malacrianza, escudadas en la “defensa” de una determinada causa, loable o no. Solo son una parodia wannabe de lo que creen ser.

Llevadas estas consideraciones al tema de la crisis cuasi-apocalíptica que se vive en Venezuela y a los dimes y diretes en que deriva la consideración de dicha crisis (sobre todo a nivel de Redes sociales); entre las muchas razones por las cuales se mantiene invicto el statu quo castro-chavista y foro paulista (incluidos colaboracionistas pseudo-opositores), se encuentra, en parte, el infantilismo arisco de muchos activistas, supuestamente radicales, tanto de teclado como de la vida real.

Por supuesto que hay excepciones honrosas; personalidades disidentes que sí asumen un verdadero radicalismo con una proyección responsable y visionaria. Pero, lamentablemente, sobre todo en las RR.SS, son mucho más comunes los que, a partir de un supuesto radicalismo solo saben exhibir actitudes vocingleras, tóxicas, incendiarias, hirientes y (en el fondo) desmoralizantes; siendo incapaces de pasar de un triste tirapiedrismo impotente, a un estadio, sino de acción, al menos de carácter propositivo, generador de ideas, de soluciones audaces pero racionales y de verdaderas matrices de opinión.

Otro hándicap que se observa a lo interno del universo disidente es la dificultad de atenuar, matizar, y armonizar, a lo interno, diferentes tópicos de opinión que, a partir de una debida jerarquización, deberían considerarse secundarios dentro de lo general que define una misma tendencia. Y, por supuesto, el otro factor, derivado de esa misma inmadurez, lo constituyen los egos individualistas, petulantes e intratables, muchas veces exponentes del Efecto Dunning-Kruger, los cuales, atrincherados en las tristes atalayas de sus mojones mentales, hacen cuesta arriba cualquier consenso o entendimiento. Es decir; el mismo ímpetu de carácter que determina y se ve justificado en estos supuestos radicalismos, se traduce en actitudes cimarronas a lo interno, chocando contra cualquier intento racional de cohesión. Ímpetus cerriles que devienen en verdaderos canibalismos.

A su vez, este mosaico de egos y atrincheramientos yoístas, se ve amparado en un pretendido y risible “ejercicio de mi libertad de expresión” (un mal chiste dentro del contexto castro-chavista); libertad muy mal entendida, en la medida en que se suele ser interpretada como “digo y hago lo que me da la gana”. Al mismo tiempo, esta falsa libertad, factor de caos y dispersión, pretende justificarse en un discurso vulgata, de carácter político-ideológico, desde una equivocada oposición al colectivismo socialista de la izquierda.

En la actual coyuntura, tanto a nivel nacional como mundial, ciertamente necesitamos cambios radicales, pero bien entendidos, cambios en la raíz. Esto implica la necesidad de personas que de verdad piensen, aunque, ciertamente, también los necesitamos con decisión (de nada sirve que se pierdan en divagaciones y elucubraciones). Hacen falta personas con la suficiente lucidez serenidad y cortesía, pero también con discernimiento para saber, detectar cuando se está frente a divergencias internas respetables, y flexibilidad para escuchar y saber confrontar constructivamente estas variables de opinión dentro del común general; paseándose por la posibilidad de que en determinado aspecto puedan ser acertados los reparos que se presentan. Verdaderos radicales, con la suficiente grandeza de ánimo para dejar egos de lado o, al menos, saber colgarlos en un perchero imaginario; y, así mismo, con la suficiente capacidad analítica y entereza pragmática para comprender que muchas veces no se trata de lo que le guste al uno o al otro sino de lo que convenga a todos.

En los actuales momentos se requiere de hombres y mujeres de pensamiento, en acuerdo con otros tantos de acción, que analicen las problemáticas desde su raíz y, a partir de estos análisis, lleven a cabo su discusión, confrontación y una síntesis de ideas en esferas alejadas de las pasiones de las masas; ámbitos desde donde se puedan llegar a diagnósticos, genuinamente radicales, con la frialdad pragmática necesaria para llegar a una conclusión desapasionada que luego se irá a defender y a luchar por ellas, ahí sí, con vehemencia, con decisión irreductible. 

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Ilustración tomada de la Página Web Las Ventajas Del Extremismo

(https://navegapolis.com/website/las-ventajas-del-extremismo

lunes, 22 de agosto de 2022

“La Cuarta” o “La Quinta”... ¡Discurso Chavista!

LA CUARTA” O “LA QUINTA”…

¡DISCURSO CHAVISTA!

Por Alexander Delgado C.

22/08/2022

A fines de los años 90, el frente político agrupado en torno al, hoy fallecido, Hugo Chávez Frías, alcanzó electoralmente el poder, anunciando el advenimiento de una presunta Quinta República; tanto así que su principal partido político de entonces, hoy fundido en el PSUV, se llamaba Movimiento Quinta República (MVR, la “V” indicando al 5 en números romanos). Hasta ese momento, para los venezolanos más entendidos en temas histórico-sociales, apenas existía una vaga noción de estar bajo una, bien imprecisa, Tercera República; para el venezolano más coloquial solo era la República de Venezuela o simplemente Venezuela.

Pero, por obra y gracia del verbo chavista, en 1998 nos encontramos con que desde 1830 habíamos vivido, sin saberlo ni importarnos, bajo una supuesta Cuarta República y que Chávez, que en diciembre de ese año sería electo presidente, buscaba instaurar en Venezuela la, no menos supuesta, Quinta República.

El 2 de febrero de 1999, en Venezuela se oficializó el brinco que, verborrea chavista mediante, dimos desde una indeterminada Tercera República hasta una aparecida Quinta República, proyectando holográficamente durante ese brinco, una Cuarta República que ni sabíamos que existía.  

Pero como 168 años (1830-1998) de un orden nacional republicano, convulso pero ininterrumpido, era demasiado stock para la mente del chavista de base, y como para entonces la principal culebra del chavismo era con los gobiernos adeco-copeyanos, poco a poco, a partir de los discursos incendiarios desde Miraflores, el chavista de a pie se fue acostumbrando a asociar la idea de una Cuarta República únicamente con la etapa 1958-1998. En la psique del Juan Bimba Rojo, desde 1999 estamos en La Quinta, los gobiernos de AD y COPEI eran La Cuarta y antes de eso… no importa.

Sin embargo, lo verdaderamente lamentable, es que ese verbo prefabricado por el chavismo no solo envolvió a sus partidarios, sino que también esos términos de La Cuarta La Quinta, casi inmediatamente pasaron a formar parte del discurso y el habla cotidiana de los sectores antichavistas, incluidos los de las urbanizaciones de clase media. Hasta el sol de hoy, en los que de buena fe creen que son insospechablemente opositores al castro-chavismo, siguen siendo común (y asumiéndose como normales) frases como;

“..Gracias a que yo estudié y me gradué en La Cuarta

¡Este desastre nunca se vio en La Cuarta!

O los más autocríticos:

Todo esto que estamos viviendo en la Quinta tiene sus raíces en La Cuarta

No se trata de que lo que lo que afirman estas frases y otras por el estilo no sea cierto (lo es y mucho). El quid del asunto es el uso, sobre todo entre los opositores, de los términos Cuarta y Quinta; aquí la forma constituye un problema aunque le restemos importancia. Es un problema porque las palabras, sobre todo cuando se refieren a ámbitos colectivos, tienen el poder de proyectar o recrear “realidades”, incluso si estas no tienen un asidero objetivo. Y también es un problema porque muchas veces tanto lo que decimos, como el modo de expresarnos, reflejan lo que subyace a lo interno de nosotros. 

Invito a cualquier venezolano de más de 40 años, especialmente antichavista, a que recuerde anécdotas o momentos, muy concretos, anteriores a 1998, en que haya identificado al momento histórico que se vivía como La Cuarta República; es decir, con ese nombre; sea de pensamiento o de palabra. Antes de 1998 esa noción de cuartas terceras repúblicas, no existía en el imaginario de la casi totalidad de los venezolanos, ni siquiera en los de tendencia izquierdista, o incluso en los simpatizantes del ex-golpista sobreseído. Si nos tomáramos el trabajo de mirar publicaciones anteriores a 1998; sean libros, revistas, prensa o, mejor aún, un texto escolar de historia patria, (suponiendo que conserváramos alguno), no encontraríamos alusiones a ninguna Cuarta República para denominar el período histórico vigente en la Venezuela de entonces. Antes del 98, el término Cuarta o Quinta república, cuando mucho, existiría en el grupito que, junto a Chávez, en los años 1996-97, estaba prefigurando su movimiento político.

Una vez más, se ponen de manifiesto; la desmemoria del venezolano, su inmediatismo veleta y moldeable, así como su desdén, desenrollado, anti-parabólico y, sobre todo... muy chévere, por comprender su historia.

Los que dicen estar contra el chavismo, pero se refieren al período anterior inmediato al 99 con la definición chavista de “La Cuarta República” o simplemente La Cuartatienen la psiquis más colonizada por el chavismo de lo que están dispuestos a aceptar. Y en este caso no podemos hablar de una colonización impuesta a punta de pistola; ha sido consentida por parte de los “opositores”; ha sido un dominio voluntario. Acaso suene extremista pero, en cierto modo, y obviamente sin pretenderlo ni saberlo, son parte del problema.

Aunque parezca nimiedad, quizá una de las razones de fondo por la que no hemos podido derrocar al chavismo tenga que ver con que desde 1998 los opositores, mayoritariamente; hemos mantenido, respecto al accionar, el discurso y la simbología chavista; una dependencia emocional y referencial, a partir de la aversión; hemos sido chavistas al revés. Muchas veces lo vemos como normal” o lo que es peor, lo vemos como el deber ser, como parte de nuestra identidad “antichavista”. Nos negamos a darnos cuenta de que, creyendo ser radicales, en realidad estamos siendo una reproducción en negativo de la fotografía chavista.

De hecho nunca hemos tenido una sintaxis política propia, “nuestro” discurso siempre se ha definido, así sea por oposición, a partir de la figura del difunto Hugo Chávez, de lo que decía o hacía; así como, desde 2013, de lo que el chavismo sin Chávez (especialmente Nicolás Maduro) ha dicho o hecho desde las esferas del poder.

Esta chavismo-dependencia la expresamos, en forma de pretendidas opiniones, desahogos, sarcasmos, chistes baratos, consignas, etc. Es una de tantas incongruencias asumidas alegre e inocentemente, con la “frescura” que, para bien y para mal caracteriza al venezolano.

No contentos con adoptar las formas discursivas propias del chavismo, también adoptamos sus propias contradicciones e incoherencias. En el caso que nos ocupa, el decir chavista asume también en los “opositores” la ya mencionada tergiversación sobre las repúblicas numeradas, tergiversación no solo a partir de la cometida respecto a la verdadera evolución republicana venezolana sino también, a partir la de la alteración que los rojos de base perpetran al propio discurso forjado en los laboratorios castro-chavistas.


Las Repúblicas Según El Discurso Chavista Vs. el Relato Histórico

Para aclarar mejor este asunto de las repúblicas históricas, hagamos una semblanza comparativa de la visión impuesta por el chavismo (con el consentimiento desenrollado de sus opositores) respecto a la forma en que nos lo enseñaron, mejor dicho, como lo veíamos, hasta 1998.

Según el discurso de Hugo Chávez y sus acólitos, en aquel 1998, la historia republicana de Venezuela se dividía de esta forma:

Primera República; tal y como lo enseñaban en los libros de historia, desde la Declaración de  Independencia, el 5 de Julio de 1811, hasta la Capitulación del general Francisco de Miranda ante el comandante realista Domingo de Monteverde, el 25 de julio de 1812. Durante este período rigió la Constitución de 1811, la primera del mundo hispano.

Segunda República; de nuevo, tal como lo enseñaban en los libros de historia, su fecha oficial de inicio se ubicaba el 6 de agosto de 1813, con la entrada triunfal del general Simón Bolívar en Caracas, luego de la Campaña Admirable. Su culminación oficial era situada, unas veces, el 6 de julio de 1814, cuando los independentistas abandonan Caracas, luego de su derrota ante el jefe realista José Tomás Boves en la Segunda Batalla de La Puerta. Otras veces (con mucha mayor lógica) su final se ubicaba en diciembre de ese 1814, con la ocupación de Maturín por parte de los realistas, tras su triunfo en la Batalla de Urica.

La Segunda República no estuvo regida por un orden constitucional, fue dictatorial, con un poder militar, ejercido de hecho por el general Bolívar y sus tropas en el Occidente y Centro del territorio venezolano y por el general Santiago Mariño en el Oriente del mismo.

Hasta aquí el discurso chavista de 1998 se mantenía cónsono con lo que, bien o mal, nos habían enseñado en escuelas y liceos, y transmitido a través de los medios de comunicación. La distorsión chavista se inicia a continuación:

Tercera República; Para el discurso chavista fue la entonces República de Colombia, integrada por Venezuela y la entonces Nueva Granada (hoy Colombia) y que históricamente ha sido conocida como La Gran Colombia. Constituida oficialmente el 17 de diciembre de 1819 y de la que Venezuela se separó en enero de 1830.

Cuarta República; Para el discurso chavista corresponde al larguísimo período iniciado con la separación de Venezuela de la llamada Gran Colombia (1830) y culminado con el arribo del chavismo al poder en febrero de 1999. Es decir, la supuesta Cuarta República, según el discurso chavista original, no abarcaba únicamente los 40 años de gobiernos adeco-copeyanos.

Y por supuesto, la Quinta República corresponde al período chavista.

La anterior semblanza es según la mirada chavista.

Ahora veámoslo sin distorsiones rojas rojitas:

Como ya comenté, en líneas generales, la Primera y Segunda Repúblicas son descritas por el chavismo, tal como nos lo habían enseñado.

El problema es de la tercera en adelante.

Nunca hubo un acuerdo categórico acerca de cuándo se inició la Tercera República, yo mismo recuerdo haberme tropezado con varias versiones. Según la opinión de algunos se inició en 1816 con la Asamblea de Bolívar y otros líderes independentistas exiliados en Los Cayos de San Luis, en Haití; junta que daría paso a la expedición homónima. Según otras versiones, La Tercera se inició con la reunión del Congreso de Angostura el 15 de febrero de 1819. 

Otras versiones, las más lógicas, ubicaban el inicio de La Tercera en 1830, con la salida de Venezuela de la Unión Colombiana.

La llamada Gran Colombia, a pesar de haber estado regida por un sistema republicano, para muchos no solía contarse entre las repúblicas numeradas venezolanas por no estar ceñida al territorio de Venezuela, aunque este formara parte de aquella; de esta forma se nos enseñaba usualmente en escuelas y liceos antes de 1999.

En cuanto a la pretendida Cuarta República”, no solo no hubo acuerdo sobre su inicio, ni siquiera hubo acuerdo sobre su existencia.

En 1998 muchos historiadores e intelectuales, entre los que recuerdo a Manuel Caballero y Diego Bautista Urbaneja, afirmaban que aún estábamos en la Tercera República y que los chavistas estaban contando mal o, peor aún, que nos querían pasar de un salto de la Tercera a una presunta Quinta República.

En 1998 yo tenía 27 años y, aunque no simpatizaba con el chavismo, al que ya veía como una amenaza, traté de seguir los debates que se dieron al respecto (sobre todo los que se daban en los predios de la UCV), quizá buscando entender objetivamente donde estábamos parados, a que debíamos atenernos. Recuerdo que, incluso, para complicar más el tema, había, en aquellos días, quienes afirmaban que se había cambiado de República con el triunfo de la Federación (1863), otra república con la Revolución de Octubre (1945) y una más con la caída de Marcos Pérez Jiménez (1958).

Aquí considero pertinente volver sobre un aspecto tratado al comienzo de este escrito. En Venezuela comúnmente, tanto chavistas de base como antichavistas, suelen referirse únicamente como “Cuarta República” a los 40 años de AD y COPEI. Por ejemplo, es común comparar al gobierno de Marcos Pérez Jiménez con los “gobiernos de la cuarta” cuando en realidad, según el discurso chavista originario, Pérez Jiménez tendría que ser considerado parte de esa “Cuarta República”, por haber sido posterior a 1830.

Como otro dato curioso, recuerdo que a raíz de los sucesos de Abril de 2002, se hablaba del llamado Carmonazo como de un amago de Sexta República. Incluso tengo el recuerdo vago de que, por esos días, hasta se sacó un sainete sobre el Carmonazollamado precisamente La Sexta República, cuya presentación fue saboteada por los chavistas.

Conclusión

Lo cierto es que antes del advenimiento del chavismo al poder, nosotros, no pensábamos, ni nos importaba pensar, en terceras, cuartas, ni menos aún en quintas repúblicas. La Primera y Segunda Repúblicas, de hecho y comúnmente, las entendíamos como etapas de la guerra independentista. Sin embargo, del lado opositor al castro-chavismo, no solo le compramos a Chávez ese jabón discursivo piche sino que nos bañamos y restregamos alegremente con él. Un simple reflejo del secuestro a nuestra memoria y a nuestra psique, efectuado por el chavismo; secuestro sin ninguna resistencia por parte nuestra, todo lo contrario. Un dominio discursivo consumado por los chavistas, sin disparar un tiro, gracias a nuestra impulsividad sensiblera, a nuestro criterio político de plastilina y a nuestro paterrolismo, muchas veces arisco, ante cualquier corrección desde la lógica y la razón.

¿Y así queremos elegir “democráticamente” gobernantes?

jueves, 11 de agosto de 2022

Frente a la Subcultura de Antivalores

FRENTE A LA SUBCULTURA DE ANTIVALORES

Por Alexander Delgado C.

11 de Agosto de 2022


 

“Si Dios no existe, todo está permitido”

De la novela Los Hermanos Karamazov de Fiódor Dostoievski.

Frase atribuida al personaje Iván Karamazov

 

El pasado mes de julio y lo que va de agosto han estado signados en Venezuela por una serie de hechos repugnantes que han indignado a la opinión pública nacional, especialmente a nivel de las Redes Sociales. Hechos que, aunque a simple vista lucen ajenos a la realidad sociopolítica imperante, no por eso dejan de tener relación con este contexto, como trasfondo.

El 24 de julio fue noticia el intento de asesinato, en El Tigre, estado Anzoátegui, de la abogada María Laura Santaella Yánez, de 39 años. La profesional del derecho fue apuñalada repetidas veces en su residencia, quedando gravemente herida. Investigaciones policiales, tras descartar la tesis del robo como móvil, revelaron que el crimen había sido planificado por la propia hija de la víctima, de 13 años en connivencia con su novio de 17 años, autor material del hecho. Tras confesar el hecho, ambos adolescentes revelaron haber perpetrado este crimen como represalia ante la oposición de la madre a la relación afectiva de los jóvenes; cabe acotar que el adolescente ya había estado 8 meses preso por robo. Por su parte, trascendió que la hija de la víctima y autora intelectual del crimen, a sus 13 años, sostenía habitualmente relaciones afectivo-eróticas con personas de ambos sexos.

El 26 de julio la opinión pública venezolana se vio escandalizada e indignada (con toda razón) con la circulación en las RR.SS, especialmente en Twitter, de un video en el que un indefenso y maniatado perro callejero era torturado hasta la muerte por, al menos, tres miserables, los cuales, repetidas veces, le pasaron un jeep por encima al can, mientras un tercero grababa el video. El hecho tuvo lugar en Barquisimeto, Estado Lara. Poco después los dos responsables directos fueron capturados y condenados a 45 días de prisión (es la máxima pena que contempla la legislación venezolana vigente para casos de maltrato animal), mientras que, hasta el momento de elaborar este escrito, no ha sido identificado ni capturado el que grabó y subió a las Redes Sociales el repulsivo hecho. Cabe acotar que el nivel de indignación que ocasionó el sadismo a que fue sometido el pobre perro, no distinguió tendencias políticas.

Sin embargo, dos días después, el 28 de julio, circuló en las RRSS otro video en el que, en Guanare, Edo. Portuguesa, dos jóvenes, al parecer, estudiantes de la Universidad de Los Llanos (UNELLEZ), lanzaban a un conejo vivo a un estanque de Cocodrilos, grabando mientras los reptiles despedazaban al indefenso animal.

Estos casos de crueldad animal extrema han conducido a especulaciones, a nivel de redes Sociales sobre la posibilidad (certeza para muchos) de estar operando en Venezuela (especialmente en el Estado Lara) una red de producción, tráfico y venta de contenido para la llamada Dark Web. Igualmente se han generado movilizaciones frente a organismos oficiales, especialmente por parte de activistas en pro del Bienestar Animal, exigiendo medidas punitivas más severas contra el maltrato a los animales, especialmente los de tipo doméstico (perros y gatos) en situación de calle.

Pero cuando aún no se habían terminado de disipar la indignación y controversia ante los recientes casos de brutalidad animal, y las hipótesis que involucraban a la Internet Oscura; a comienzos de agosto la opinión pública se vio nuevamente conmocionada e indignada; esta vez con un abominable caso de crueldad y sadismo infantil. En efecto, en los primeros días del reciente mes trascendió en las medios informativos digitales y en las redes sociales, el caso escalofriante del asesinato del bebé Maikel Contreras de, apenas un año de edad, víctima de la tortura y abuso sexual a que era sometido por su padrastro de 15 años, con el consentimiento de su madre de 17 años y de una prima segunda de esta, de 16 años. Este hecho tuvo lugar en Maracay, el pasado 30 de julio. Los autores del crimen, tras ser capturados, no solo confesaron el hecho, sino que revelaron pormenores macabros como que, tras perder el conocimiento el bebé, por el abuso a que fue sometido, intentaron reanimarlo propinándole golpes y quemaduras.

En artículos anteriores, al tratar el tema del contexto anómico en el que se encuentra Venezuela, prácticamente desde 1999, he sido categórico al expresar que el componente anárquico no solo es un elemento clave de la psique y el accionar del chavismo, sino que, de hecho, es la savia que nutre al régimen. El dominio que el régimen de Miraflores y sus adláteres antisociales, ejercen sobre la sociedad, descansa, en gran medida, sobre esa percepción de vida sin ley, de distorsión de normas y valores y del subsecuente sentimiento de desorientación, perplejidad e frustración.

El corolario lógico de semejante estado de anomia es la entronización de los antivalores, promovidos, sin mayor disimulo, desde el poder, sea desde sus esferas más formales (funcionarios o altos personeros del régimen) o las más informales (colectivos o demás acólitos), con lo que generan la anarquía como dinámica social cotidiana, en desmedro de la cooperación y cohesión, empezando por la ley del más vivo o del más arrecho, el pa’ bravo yo.

No es difícil comprender que este grado de descomposición social que se vive en Venezuela, manifestado en los repulsivos hechos reseñados al comienzo de este escrito, es un reflejo, y a la vez un producto, de estar expuestos a esa promoción y exaltación de conductas negativas, directa o indirectamente promovidas desde las cúpulas dirigentes; un contexto que se ve “legitimado” por, y a la vez se nutre de, un discurso consonante con el cognomento de izquierda del régimen; es decir, una sintaxis permanentemente ruptural respecto a valores y convenciones éticas, religiosas y socioculturales, en los que (con sus luces y sombras) tradicionalmente habíamos visto un referente de definición como sociedad. Un discurso que, pretendiendo legitimarse bajo la idea de “revolución permanente”, es generado a partir de una mística bovesciana de odio y resentimiento; un ánimo de un “no dejar piedra sobre piedra”; con el fin supuesto de reconstruir, a partir de cero, lo que ellos prefiguran como un estatus quo post revolucionario.

A la estirpe mediocre y decadente que gobernaba hasta 1998 se sobrepuso una casta de espíritu abyecto que, por esto mismo, no puede concebir, ni menos aún sostenerse, en un orden de cosas fundamentado sobre aspiraciones superiores. Espíritus ruines que, por su misma naturaleza, aniquilarán, secarán o eyectarán a cualquiera que dentro o fuera de ese (des)orden se atreva a cualquier forma de elevación aspiracional o tan siquiera de adecentamiento razonable.

En realidad, más que un orden o desorden, lo que se vive en la Venezuela actual es una vorágine kakistocrática, un festival de miserias humanas, exhibidas muchas veces, con jactancia humillante y provocadora, lo mismo en la calle, a nivel de los mass media o en las RR.SS; muchas veces por parte de personeros o apologistas de peso del narco-régimen. El fin de tanta ruindad, a veces implícito, otras veces explicito, es burlarse en la sensibilidad y autoestima de la población en un desafiante “¿qué me vas a hacer?”, buscando degradar a partir de un sentimiento de impotencia y resignación; de la auto persuasión de que no solamente es inútil rebelarse contra esa degradación sino de que, al final, no vale la pena aspirar a cualquier manifestación de nobleza, justicia, sensatez.

Son moralmente enanos, tuertos que solo pueden reinar en tierra de ciegos. 

¿A qué otra cosa puede conducir esta purulencia sino es a un sentimiento colectivo de disrupción ante cualquier percepción de normalidad por un lado, y por el otro, de trastrocamiento de cualquier de noción de lo que está bien o mal? Un ecosistema rastrero que solo favorece a una “oligarquía de malandros”.

Este hábitat ominoso, a su vez, se ve reforzado con el aumento de rituales de brujería, santería, palerismo, reflejado en las, cada vez más frecuentes, profanaciones de tumbas. Todo un culto a lo vulgar, a la fealdad, a la ignorancia, a lo depravado, a lo oscuro; es decir, a la energía que mueve al narco-régimen.

Por otra parte, esta mística de rapiña y carroña encuentra su validación internacional en la preponderancia del llamado marxismo cultural o en movimientos como los wokeismos, los cuales, a partir de un sentido mal entendido de pluralidad e inclusión, han desarrollado de toda una mística de odio y agresión a los valores tradicionales de la civilización occidental de la que, mal que bien, formamos parte.

Al mismo tiempo, todo indica que la depravación y la degradación se han convertido en negocio lucrativo; como se ha visto, los rumores o certezas de tráfico de contenido aberrante en la llamada Dark Web, han salido a colación en los recientes casos de casos brutalidad animal, pero no hay que ser nada malicioso para suponer que este tipo de mafias también operen en la generación de contenido que involucre menores brutalizados. Aunque las reseñas sobre el caso del bebé abusado hasta la muerte en Maracay no muestran hallazgos al respecto, no es nada descartable que la monstruosidad cometida contra este infante forme parte, igualmente, de creación de contenido para la llamada Red Oscura.

Lamentablemente, la opinión pública, tanto nacional como internacional, suele representarse estos y otros aspectos de la debacle que hoy vive el país de una forma cuadriculada, como si cada aspecto no tuviera que ver con los demás.

Bajo estos psico-rígidos y reticulados criterios simplistas, el acelerado proceso de descomposición social, que vivimos, cuando no se dirime con las plañideras alusiones al fin del mundo, las escrituras, el Anticristo, Nostradamus, etc., etc., etc.; se muestra como un asunto que compete únicamente a la formación familiar, como si el nivel de anomia moral que se vive en la nación fuese algo que solo atañese a lo interno de cada hogar. Si bien es cierto que la familia es la base de la sociedad, no es menos cierto que, en la práctica, la familia y otras instituciones son un reflejo de esa sociedad a la que, se supone, debe darle base. En el fondo no deja de haber una relación simbiótica y de retroalimentación entre las partes que conforman el todo.

Se repite simplistamente “el hogar es el que educa” pero la pregunta a ese axioma es “¿y al hogar quien lo educa?” ¿En verdad no están acusando los hogares venezolanos el impacto de esta siembra de antivalores, especialmente en los niveles socioeconómicos y socioculturales más deprimidos?

Con toda razón muchos sostienen, sobre todo a nivel de las RR.SS que, de cara a una, muy deseable, Venezuela libre del chavismo, la debacle económica, con todo y lo grave que es, constituiría el menor de los retos a afrontar; que lo verdaderamente cuesta arriba (y que, en la opinión de muchos, llevaría más de una generación) sería la reconstrucción del tejido social y moral de la nación.

Sin embargo la situación de Venezuela suele ser abordada, netamente en su cara política. El régimen, usualmente personalizado en la figura de Nicolás Maduro (y antes en la de Hugo Chávez), es el nudo gordiano al que se supedita toda la problemática nacional; por ende la lucha contra el régimen solo se concibe, o bien en términos de inútiles acciones electoreras o bien en términos de pretendidas desobediencias civiles, rebeliones de calle, guarimbas, etc.

Si bien es cierto que el régimen de gobierno es la piedra angular de este aquelarre nacional, también es cierto que el afrontar, y eventualmente imponerse a ese aquelarre, pasa por comprender la problemática país como un todo que también alberga aspectos como el ideológico, el ético, el moral e, incluso, el espiritual (tanto en su aspecto metafísico como, del espíritu humano). 

Y es a partir de esta comprensión que también se pueden concebir otras formas de lucha contra el régimen, mucho menos perceptibles, casi que en bajo perfil, con resultados menos tangibles, pero mucho más constantes, sostenibles y con capacidad de ir minando su poderío sobre la psique colectiva. Formas de enfrentamiento y lucha que ya no se enfoquen únicamente en el tirano rojo o, en general, en los aspectos políticos, sino también en lo que este representa socioculturalmente, actitudinalmente, a nivel de mística, incluso en su narrativa o sintaxis, y por supuesto, en su cara ética, en su cultura de antivalores.

Una nueva concepción de la lucha-resistencia al régimen y al orden del mal que representa puede ser invertir los términos, es decir, que nuestra mirada subordine al régimen chavista, y al mismo Foro de Sao Paulo, al orden abyecto que representan y propugnan. Aunque comprendamos que el castro-chavismo actúa como gestor, propagador o motorizador de ese orden de antivalores, es a ese orden, como un todo al que debemos contemplar como el monstruo a socavar; mirando al castro chavismo como a su representación en Venezuela.

Se resiste al régimen al enfrentar, no solo la cultura de Antivalores, sino también todas aquellas bajas pasiones que la alimentan; el resentimiento, la actitud acomplejada (del lado que sea), el bastardismo, el mediocrismo, la idiocracia, la vulgaridad de espíritu. Una resistencia silenciosa, en la cotidianidad que enarbola como armas, la cultura que eleva el espíritu (cultura refinada o popular, pero que eleve); la autovaloración positiva, tanto personal como grupal o nacional; rescatar, así sea a nivel de nuestros círculos más inmediatos y en lo pequeño-cotidiano, valores como la gallardía e hidalguía, no como imitación ridícula del pasado, sino adaptada a nuestro entorno cultural; nuestra propia versión de Areté, honesta, no calcada de un cuento medieval, sino, de nuevo, interpretada en clave de nuestro contexto. Aplicando a nuestro tiempo e identidad las frases de Albert Camus en su obra El Verano, capítulo El Destierro de Helena; “La ignorancia reconocida, el rechazo del fanatismo, los límites del mundo y del hombre, el rostro amado, la belleza en fin…”. Ignorancia reconocida, es decir, reconocer, a lo Sócrates, que nunca lo sabremos todo, muy distinto de la exaltación del simplismo pedestre.

Se trata de una forma de resistencia al régimen que, haciendo honor a su nombre, es más defensiva que ofensiva; que no es ruidosa, no es multitudinaria, no se ejerce en las calles ni en urnas electorales, es discreta y es interior; individualmente, en lo interno de nuestra psique, grupalmente, a lo interno de nuestros hogares o círculos más cerrados (familiares, vecinales, de amigos íntimos, compañeros laborales o estudiantiles); como una muñeca Matrioshka al revés, es decir, de adentro hacia afuera.

Una nueva ética, una nueva visión como base de enfrentamiento al régimen político, incluso como punto de partida de cualquier propuesta de organización política, económica o social alterna al narco-régimen. Muy probablemente la ausencia de esta visión totalista y esencial ha contribuido al encumbramiento de las dirigencias mediocres y vendidas que hemos presentado contra el régimen y a los consecuentes fracasos. Sin esta base, la lucha contra el chavismo no tendría ningún sentido más allá de lo meramente formulista y cosmético... Sin esta cosmovisiónel chavismo, quizá podría ser desalojado de Miraflores pero, en el fondo, nunca sería vencido, no tardaría en volver con su misma cara o con otra. 

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Algunos enlaces relativos a los hechos aborrecibles reseñados en este escrito

https://diariolavoz.net/2022/07/27/adolescente-de-13-anos-planeo-asesinar-a-su-madre-a-punaladas/

https://elinformadorve.com/28/07/2022/venezuela/venezolanos-buscan-la-explicacion-ante-tantos-casos-de-maltrato-animal-la-deep-web/

https://www.facebook.com/watch/?v=461880098777691

https://twitter.com/LuisSucesosLuis/status/1555691531322933248

lunes, 8 de agosto de 2022

Venezuela, Colombia y La Narrativa Integracionista

VENEZUELA, COLOMBIA Y LA NARRATIVA INTEGRACIONISTA 

Por Alexander Delgado C.

08 de Agosto de 2022


A propósito de la toma de posesión de la presidencia en la vecina Colombia por parte de Gustavo Petro; el día de ayer, el sociólogo Ramón Piñango, desde su cuenta en Twitter (@rapinango), reiteró un mensaje que había venido posteando en dicha red social, por lo menos, desde marzo de 2021. Piñango, con mayor o menor acierto, sostiene:

Y sí, las razones en las que bien pudiera apoyarse Piñango para sostener su aseveración, están demasiado a la vista como para considerar, cuando menos, bien difícil refutar al sociólogo venezolano.

No se pueden negar los vínculos afectivos, geográficos, culturales, históricos e incluso familiares entre los dos gentilicios. Pero tampoco se puede negar el lado oscuro que tradicionalmente ha existido como reverso de esta interrelación. Parte de la proximidad entre ambas naciones, la ha constituido, como contracara, un trasfondo de rivalidad, desencuentros, celos y una cierta aversión mutua. Una especie de relación de amor-odio, algo matizada.

Efectivamente, bien podríamos considerarnos gentilicios hermanos, pero, eso sí, como esos hermanos de caracteres y personalidades muy diferentes que no se soportan demasiado tiempo juntos y necesitan su propio espacio, vivir en su propia esfera. Muy distantes estamos aún, a ambos lados de la frontera, de la madurez necesaria, para pensar en hacer complementarias nuestras diferencias y lograr una amalgama o armonía que, aparte de integrarnos, potencie y enriquezca a cada una de las dos naciones a lo interno.

Aclaremos, no se pretende que estas sombras del cuadro colombo-venezolano se usen como coartada para exaltar, de lado y lado, odios y resentimientos en nombre de un supuesto patriotismo que, en realidad, tiene mucho más de tribalismo burdo y zafio. Pero negar estas sombras en nombre de un idealismo, de una positividad comeflor o de un hermanismo, muchas veces ingenuo y frívolo, cuando no francamente hipócrita; es una necedad que, antes que contribuir a una verdadera integración, por el contrario, tiende a obstaculizarla como evasión de la realidad.

El hecho de haber formado parte, en varias ocasiones, de una misma unidad geopolítica y el haber compartido uno de los períodos más controvertidos de la historia de ambas naciones, como lo fueron las guerras independentistas y, muy especialmente, la atormentada etapa grancolombiana (1819-1830); ha determinado, junto a la vecindad geográfica y la vasta extensión de la mutua frontera, el ambiguo y turbulento carácter de las relaciones colombo-venezolanas.

Este aspecto polémico (para ser eufemístico) de nuestras relaciones con el país vecino, se ha visto, aún más envenenado, a lo largo de los siglos XIX y XX, por las históricas disputas territoriales (El Golfo, Los Monjes, etc.), así como por el inevitable impacto de los conflictos políticos de cada una de las dos naciones, en la política interna de la otra nación, especialmente los conflictos de carácter bélico. Como ejemplo histórico de esto último, podemos citar la crisis binacional de 1901, con Venezuela, bajo el gobierno "liberal" del belicoso y atrabiliario Cipriano Castro y Colombia, envuelta en la llamada Guerra de Los Mil Días, en la que el gobierno conservador de Manuel María Marroquín hacía frente, a lo interno de sus fronteras, a la rebelión armada dirigida por los liberales, al mando de Manuel Uribe Uribe (apoyado por Castro desde Venezuela). Esta crisis binacional por razones políticas, además de conducir a la ruptura formal de relaciones entre ambos países, tuvo su momento álgido con las fallidas incursiones armadas, primero desde Colombia hacia Venezuela y luego en sentido inverso, sin que se pudiera hablar de una guerra formal entre ambos estados, más bien como una extensión binacional de la guerra civil colombiana y la tensión política latente en Venezuela (y que al año siguiente daría paso a la Revolución Libertadora). 

A este trasfondo histórico discordante (y dentro del contexto anterior a 1999) se agrega, a lo largo de las décadas de 1950 a 1990, los trastornos creados, primero por la guerrilla colombiana y luego por el narcotráfico, así como su incidencia en el estado venezolano de entonces.

Finalmente tenemos que añadir las enormes oleadas migratorias, legales o ilegales de ambos países hacia el otro país, especialmente las de los sectores más lumpen y más conflictivos socialmente, con todo lo que esto implica para cada nación, en términos de aumento, tanto de la marginalidad social como de las actividades ilícitas y delictivas; y, por supuesto, la no menos indeseable consecuencia en materia de mutua hostilidad, prejuicios y actitudes xenofóbicas. La problemática que tradicionalmente había planteado la migración masiva de colombianos hacia Venezuela en la segunda mitad del siglo XX, parece un recuerdo polvoriento frente a la situación, más grave aún, que plantea la avalancha migratoria hacia territorio colombiano de venezolanos desplazados por la crisis cuasi-apocalíptica que hoy se vive en nuestro país.

En efecto, la debacle, en todos los órdenes, en la que hoy se encuentra sumida Venezuela, ha volteado las tornas. Las desesperadas oleadas de migrantes que fluyen desde Venezuela hacia Colombia, y de ahí hacia otros países del subcontinente, se han convertido, por lo menos desde 2017, en un factor de perturbación social y política en los países receptores de dicha diáspora; situación agravada por la, cada vez mayor, presencia infiltrada, junto a los millares de migrantes, de elementos criminales, desestabilizadores políticos o de personas de hábitos muy conflictivamente reprochables.

Como consecuencia, hoy Venezuela es percibida, por parte de los pobladores de las naciones vecinas, entre ellas Colombia; ya no solo como el referente de lo que no se quiere ser, sino también como el principal foco de malestar y trastornos sociopolíticos.

Los estragos causados en toda Iberoamérica por el Castro-Comunismo, a través del Foro de Sao Paulo, especialmente desde al arribo de Hugo Chávez al Palacio de Miraflores, en 1999, y más concretamente su impacto en Colombia, al imbricarse con todos los factores anteriormente señalados, han terminado de exacerbar los ánimos entre ambos gentilicios, potenciando la ojeriza y desconfianza mutua.

El arribo oficial, ayer, de la izquierda al Palacio de Nariño, en momentos en que es mucho mayor la presencia de migrantes venezolanos en territorio colombiano, tiende a hacer más enrevesada la situación descrita, especialmente para los venezolanos adversos al castro-chavismo, dada la situación de minusvalía, en todo sentido, en que se encuentran. Al lastre del contexto de devastación económica y de anomia social y moral reinante en Venezuela, hay que agregar que los venezolanos, en general, acarreamos hoy la carga de una acefalía política (dos supuestos gobiernos en Venezuela y en ninguno de los dos nos podemos amparar adecuadamente). A los factores anteriores hay que sumar (y es lo más lamentable) la mala imagen, prácticamente un estigma, que hoy arrastramos los venezolanos en el vecindario iberoamericano, con la consecuente, y bien conocida, hostilidad venefóbica.

Es cierto que los venezolanos no estamos en capacidad de enfrentar solos, el pandemónium que nos ha caído. Al tratarse de un enemigo común, EL FORO DE SAO PAULO, muy bien organizado, muy bien cohesionado y cada vez más poderoso, la lógica aconseja crear alianzas y frentes comunes con los naturales de los países vecinos que adversan al foro-paulismo. Pero también es verdad que esto luce muy poco viable en las actuales circunstancias. Aparte de la ya mencionada hostilidad anti-venezolana, asistimos con estupor impotente, por un lado a la, cada vez más acentuada, consolidación en Venezuela del castro-chavismo y sus socios criminales y, por otra parte a la, cada vez mayor, entronización foro-paulista en el continente; todo esto en medio de un escenario global, cada vez más caótico, confuso, retorcido, oscuro.

Ante semejante contexto, desde una venezolanidad desacreditada, humillada tanto interna como externamente, desmoralizada al extremo, con nuestras peores taras potenciadas al máximo (tanto las venezolanas como las de los países vecinos); hablar de hermandad colombo-venezolana o latinoamericana, o peor aún, de unidad bolivariana, más que ilusamente bobo, se percibe malsonante, como un sarcasmo cruel y hasta hostil, al evocar formas discursivas y simbólicas asociadas (con o sin razón) a esa izquierda foro-paulista que hoy nos azota a todos.

Quizá primero debemos pensar en unirnos los venezolanos que resistimos tanto al régimen castro-chavista como a sus aliados internos y externos (entre ellos sus falsas oposiciones). Unidad, tanto de los que permanecen en el territorio venezolano como de los emigrados que aún mantienen vínculos afectivos con su tierra natal. Debemos buscar formas de organización, depuración de elementos indeseables y cohesión mutua; generar, así sea desde las sombras, nuevos y verdaderos liderazgos, nuevas matrices discursivas y replantear nuestra narrativa nacional; una nueva proyección de país que determine una semblanza de coherencia y mínima respetabilidad, tanto a lo interno de nuestro gentilicio como de cara al mundo exterior.

Debemos empezar, los venezolanos, por recuperarnos a nosotros mismos.

jueves, 11 de noviembre de 2021

Ascesis y Asepsia de Nuestra Conciencia Histórica

ENSAYO

ASCESIS Y ASEPSIA DE NUESTRA CONCIENCIA HISTÓRICA.

LA META-HISTORIA NECESARIA

Por Alexander Delgado C.

11 de Noviembre de 2021


El abuso grotesco que lleva a cabo el chavismo desde el poder contra nuestros símbolos históricos y referentes de la venezolanidad, ha motivado en muchos venezolanos, como era de esperarse, una reacción de rechazo a estos referentes; por lo demás, una actitud favorecida por el desconocimiento o conocimiento superficial, simplista y novelero, por parte de la mayoría de los venezolanos hacia su historia. Este daño, ocasionado por la psicopatía chavista en el poder a la psique venezolana, tiene innumerables manifestaciones en las Redes Sociales; el día de ayer un post en Twitter publicado por el usuario Pedro Silveira (@pedrosilveira02) lo expresaba de manera muy consciente, hasta en las palabrotas (comprensibles) que usa;


Obviamente no avalo ni mucho menos comparto este tipo de reacción; pero, y aunque personajes como Silveira permitieron voluntariamente que el chavismo los dominara psicológica y emocionalmente, tampoco culpo del todo a los que experimentan este tipo de reacciones; por lo demás, no se diferencia este rechazo del que, por las mismas causas, se ha logrado generar hacia el color rojo o hacia vocablos asociados al chavismo, como “endógeno” o “patria”. En el fondo el régimen castro-chavista busca ese tipo de reacción. Teledirigido desde La Habana, encuadrado en el Foro de Sao Paulo, enfermo de odio y resentimiento y aliado al crimen organizado, al terrorismo internacional y a las corrientes más vesánicas de la llamada progresía; al castro-chavismo le conviene ahondar en la anomia y la disociación del venezolano en todos sus aspectos, incluido el histórico-referencial. Está claro que el régimen busca desarraigar cualquier forma de sentido de pertenencia y lograr así un mayor dominio sobre la venezolanidad y su progresiva disolución.

Esto último, nunca lo olvidemos, siempre ha ido acorde con la impronta ideológica marxista del narco-régimen; el marxismo, en su quintaescencia, rechaza la idea de nación, a la que considera un ente generado por la burguesía.

Lamentablemente, esta siembra destructiva ha encontrado terreno fértil en una sociedad que, en el fondo, siempre ha sido poco cohesionada, con una narrativa nacional endeble y caletrera; fiel reflejo del individualismo centrífugo que ha caracterizado a nuestra idiosincrasia. Nuestra auto-percepción histórica siempre ha sido muy laxa; hasta 1998 se había apoyado (aparte del, ciertamente fastidioso, culto bolivariano) en un relato que siempre ha tenido mucho de improvisado, muy determinado por la óptica partidista de los diversos grupos de poder político desde 1830. Una narrativa que siempre había sido difundida; de manera memorística desde las aulas de clase; de manera corin-telladezca a través de los medios de comunicación; y de manera panfletaria, y en tono de arenga pseudo epopéyica, desde el Estado (a través de cortos institucionales, actos solemnes en fechas patrias y la narración que los acompañaba). En definitiva, tradicionalmente (pero sobre todo desde 1945) ha habido más una pseudo-transmisión juglaresca de nuestra historia que un verdadero esfuerzo por conocer, y sobre todo comprender, nuestros orígenes y devenir en el tiempo. Una repetición cataléptica, en el fondo, acomplejada, mantenida pasivamente por un establecimiento político, flanqueado en los últimos 60 años, entre un demo-socialismo mayoritario (blanco, verde o rojo) y una escurrida centro-derecha yuppie-mayamera, cliente de los anteriores. 

A este deplorable antecedente, previo a la demencia roja rojita, hay que agregar, en el presente, a una acera política “opuesta” al chavismo, en gran parte heredera del sistema anterior a 1999, cuya vocería (tristes balbuceos pseudo respondones a la tiranía roja) es incapaz de ponderar lo pertinente de nuestra autovaloración histórica como un factor psicosocial y simbólico de la venezolanidad y, sobre todo, de entender su peso sociopolítico. Una dirigencia “opositora” demasiado ignorante (o algo peor) para entender la necesidad de recuperar y reivindicar nuestra identidad histórica, así como de revisarla sanamente. Un liderazgo de quincalla, demasiado indiferente (o cómplice) para oponerse, de forma tajante, clara y reiterada, al manoseo deformante de nuestra historia que se lleva a cabo desde el foro-paulismo chavista.   

Generalmente es solo cuando, desde el chavismo, se profiere o ejecuta alguna barrabasada relacionada con nuestra historia que del lado antichavista se pronuncian en reacción; generalmente a través de posteos en las RR.SS; publicaciones que, en algunos casos, oscurecen más de lo que aclaran y muchas veces, peor aún, llevan agua al molino discursivo del narco-régimen. 

O sea que, hasta en este aspecto, el chavismo les determina la agenda

Hasta en esto no pasan de ser el pong que responde al ping chavista. 

Y no solo en la mediocrísima y ultra corrupta vocería política “opositora”; también en los sobrados y auto complacidos sectores “intelectuales” y académicos, supuestamente críticos del chavismo, las iniciativas propias han brillado, cuando no por su ausencia, sí por su escasez e insuficiencia, en cuanto a una revisión sana de nuestra historia y una promoción, de cara al público, de acciones que aclaren las tergiversaciones chavistas, coloquen hechos y personajes históricos contextualmente y en su justa dimensión. 

Esto aplica especialmente en todo lo relativo a la figura de Simón Bolívar y a lo que, con mayor o menor acierto, se concibe como bolivariano. Podemos experimentar admiración, simpatía, antipatía, rechazo o indiferencia hacia la figura de Bolívar, eso es de libre elección en el fuero interno de cada quien; pero, con sus aciertos y errores, virtudes y defectos, se trata de una figura que ha tenido una consideración referencial demasiado influyente para tomárselo a la ligera o a la vesánica. Si bien es cierto que, ante la exaltación bolivariana, se pide a gritos un revisionismo sensato; no es menos cierto que se hace necesario reaccionar contra interpretaciones vulgares (vengan del bando que sea) y deformaciones simplistas de nuestros principales referentes históricos, culturales y religiosos, empezando por la figura del Libertador. Más allá de identificarnos o no con este u otros personajes, se trata de una cuestión de auto-respeto como nación y de respeto a la verdad histórica; desde la objetividad y desde el más elemental sentido de integridad como país; y como condición previa a la, ya señalada, revisión necesaria.

Partiendo de la realidad, cuestionable pero innegable, del endiosamiento a la figura del Libertador, haría falta una especie de exégesis o hermenéutica bolivariana; es decir, un estudio objetivo, científicamente sistematizado, debidamente contextualizado y a partir de sus principales documentos públicos; acerca de cuál era realmente la visión política y social del general Bolívar. Y no solamente del Libertador, también de otros prohombres como el Precursor Francisco de Miranda y otros grandes hombres, de pensamiento, obra y acción. 

De hecho esta exégesis ha debido hacerse desde hace décadas, mucho antes de 1998. 

¿Hasta qué punto hubo alguna aproximación en este sentido, y no un culto a la personalidad del Libertador, en las llamadas Cátedras Bolivarianas impartidas en bachillerato antes de la llegada del chavismo? 

En realidad, más que cátedras bolivarianashan debido ser Cátedras Del Pensamiento Venezolano; ha debido hacerse una aproximación a las ideas de los principales prohombres de nuestra historia, no únicamente Bolívar. Era necesaria la definición de un pensamiento venezolanista, del que la bolivarianidad (con lo que sea que se coma eso) fuese parte pero no el todo ni el centro. De haberse impartido concienzudamente estas cátedras de la venezolanidad, no solo en las escuelas, sino también a través de los medios de comunicación y desde la institucionalidad, es probable que al chavismo (suponiendo que hubiera existido) no le hubiera sido nada fácil usufructuar (y exponer al escarnio y al repudio) los emblemas de la venezolanidad y el patriotismo, incluidas las figuras de sus mayores prohombres.

Una vez más, comprobamos que los lodazales de los últimos 22 años, vienen de las polvaredas acumuladas en años anteriores

Si bien es cierto que la responsabilidad histórica de esta falencia le toca a todos los grupos de poder y clases dirigentes desde 1830; el mayor grado de reprochabilidad debe recaer en el período 1958-1998. Al haber sido el período político más longevo y estable de nuestra historia; con mayor protagonismo civil, tanto político como en otras esferas (cosa de la que hoy se jactan sus herederos y apologistas); los prohombres de los años 1958-98 estaban moralmente más obligados a promover una revisión, sana y equilibrada, de nuestra historia lo más sana, objetiva e inclusiva posible, atenuando protagonismos desmesurados, reduciendo a su justa medida el aspecto epopéyico-militarista de nuestra narrativa y dándole mayor realce a las proezas cívicas, incluidas las no políticas. Eran los más llamados a plasmar esa nueva visión histórico-nacional, tanto a nivel de aulas de clases como a través de los medios de comunicación, en los usuales programas institucionales... Y también a través de su capacidad de influir en canales comerciales, en la transmisión de programas televisivos de consumo popular. Estos supuestos adalides del civismo democrático eran, por esa misma pretensión, los que más debían salirle al paso a interpretaciones acomplejadas, resentidas y amarillistas de nuestra historia, por marginadas que estuvieran; abriendo espacios, al menos paulatinamente, a voces procedentes de entre los vencidos y los usualmente preteridos.

Lamentablemente esto no sucedió, pese a que, no solo tuvieron cuatro décadas (el régimen más longevo hasta 1958, había durado 27 años), sino que también contaron, mucho más que cualquier otro período anterior, con recursos económicos y una clase profesional; con voluntad de consenso y un mayor cúmulo de prohombres de pensamiento, pasados y presentes, con el acervo de su pensamiento y el ejemplo de su vida. En cambio prefirieron el consenso artificial subsidiado por el petróleo; prefirieron el cortoplacismo, incapaces de mirar más allá de las próximas elecciones. Pudiendo proyectar una venezolanidad elevada, prefirieron ser expresión de la Venezuela paterrolo, de la sociedad del disimulo y del campamento con pretensiones de nación, según la famosa semblanza de José Ignacio Cabrujas. A ejemplo de esas dirigencias se moldeó una Venezuela inepta para sobreponerse a la rémora de un conocimiento y auto-valoración histórica, deficientes y viciados; terreno fértil para el castrismo y el foro paulismo en su siembra de cizaña, a través del fenómeno chavista; en el usufructo y deformación de nuestra visión nacional.

Hoy, frente a la depredación del íncubo castro-chavista y sus cómplices trasnacionales, tenemos el residuo colaboracionista de aquellas viejas dirigencias del puntofijismo y a sus herederos o aspirantes a tales, aún más ignorantes, frívolos, cretinos y abyectos, si cabe. Frente a la rapiña resentida foro paulista y sus atrocidades contra nuestro sentido de identidad y nuestra valoración histórica, tenemos a una Gauche Divine criolla edulcorada, de historiadores, sociólogos, antropólogos, etc.; tenemos una claque que mira para el otro lado, minados muchos por el mismo germen ideológico de que se nutre el narco-régimen; auto-complacidos de su séquito de adulantes en sus ghettos bien-pensantes que ellos (dixit Ídolos Rotos de Manuel Díaz Rodríguez) ven como “olimpos

Mientras tanto el neo-bovecismo castro-chavista, procónsul del foro paulismo y de la mano de la progresía internacional, devasta cada vez más a Venezuela, no solo en lo económico, político, social y moral, sino también en su autoestima, arrasando la poca autovaloración que tenía; reforzando en los venezolanos, hasta el odio hacia su propia historia.

Es en medio de estos escombros que tienen que moverse algunos venezolanos, muy jóvenes en su mayoría, quienes, aquí y allá se han dado a la tarea de recuperar y entender a su verdadera historia, reivindicar a sus prohombres en lo que de encomiables tuvieran. Ojalá este sea uno de los embriones de una futura generación de nuevos prohombres propulsores de la venezolanidad en su mejor expresión, igual o mejor que la que tuvimos a fines del siglo XIX y primera mitad del siglo XX; mucha falta que nos hace.


ASCESIS Y META-HISTORIA

Pero en el presente, y de cara a un hipotético (y nada visible) futuro libre de la plaga castro-chavista, me pregunto hasta qué punto será necesario, especialmente en lo que toca al venezolano de a pie, un período posterior inmediato en el que, a menos que sea estrictamente pertinente, se evite hablar (ni bien ni mal) de temas y personajes históricos, y aún en estos casos imponernos un tono lo más frío y desapasionado posible. Es uno de los planteamientos que, en lo personal, me asalta en estos momentos (acaso exagero). Ojalá fuera posible un coyuntural silencio introspectivo.

Más que censura o clausura, yo lo llamaría Ascesis de la Conciencia Nacional e Histórica. Y luego de esta ascesis, imponernos una especie de revisión aséptica, ya no solo de nuestra historia, sino también, y sobre todo, de nuestra relación con ella.

Será necesario un reseteo de nuestra mirada histórica y que esta, sobre todo de cara a los niveles más básicos, sea muy sencilla en su estructura; que apunte a una mirada muy integral y auto-reconciliatoria; orientada, más que al conocimiento en sí, a la comprensión de nuestro devenir histórico. Una transmisión básica de la historia que no se centre en ningún personaje (ni para exaltarlo ni para denigrarlo), por relevante que este haya sido; una narrativa histórica que tenga como principal protagonista a la sociedad venezolana, desde sus embriones y gestación (en algún punto entre La Conquista y la Independencia), con sus virtudes y vicios, siempre teniendo como fundamento la auto-comprensión constructiva. 

Así mismo, hacer prevalecer esta motivación, si fuese el caso, con severidad

Una transmisión de la historia, que presente como idea principal, acaso como protagonista, al contexto de que se trata, su realidad de fondo (socio-económica, socio-cultural, antropológica, psicosocial, contexto internacional, etc.), una realidad de fondo de la cual, a hechos concretos y personajes, por más renombrados que hayan sido, se les presente, esencialmente, como un producto de dicha realidad.

Esto no sería determinismo porque la idea no es presentar realidades como inmutables y predestinantes, pero sí como elementos clave en la comprensión de nuestro desenvolvimiento histórico (y consecuente presente), y como factores que se deben tener en cuenta a la hora de proyectar un futuro diferente…y mucho mejor.

El escollo principal sería el hábito, arraigado pablovianamente, de ponderar la historia bajo nomenclaturas panfleteras y delia-fiellezcas, que hará que cualquier replanteamiento sea valorado masivamente a través de esos cristales espurios. O sea que, previamente o simultáneamente, va a haber que inhabilitar, de algún modo, en la psique colectiva, esos filtros malsanos, esos lamentables parámetros de valoración.

Teniendo en cuenta este factor, pienso que durante mucho tiempo deberá haber, como parte o complemento a la enseñanza de la historia propiamente dicha, una suerte de META-HISTORIA; es decir, una disciplina o metodología que, más que tratar hechos o personajes históricos en sí mismos, aborde nuestra relación con esos hechos y personajes, que ponga el dedo sobre la llaga de la actitud que hemos tenido en relación a nuestra historia, esclareciendo sus orígenes y proyectando miradas alternativas, más lógicas, más consistentes y más sanas; óptimas de cara a una auto-comprensión y autovaloración constructivas. Una Meta-Historia que, al margen de que tan buenos o malos se consideren hechos y personajes, no hable tanto de nuestro pasado como de nosotros en el presente respecto a ese pasado, revisando lo acertado y errado de las ideas que hemos tenido de nuestra historia; una mirada, apareada con un sentido de ética y Areté nacionales asociadas a la historia. A fin de cuentas esa es la verdadera esencia de la historia como materia de enseñanza; más que hechos pasados, se trata del escáner retrospectivo y cronológico que, desde el presente, hacemos a esos hechos. 

Eso sí, saliéndole al paso al otro vicio en el que muchas veces caemos de juzgar hechos pasados con criterio de nuestros días.

Una Meta-Historia que, como disciplina Ad Hoc, para ser efectiva, además de la historia, abrace otras disciplinas como; la sociología, geografía, formación ciudadana, filosofía e incluso antropología. Igualmente considero que su estructura y difusión debe lograrse a partir de una articulación entre el sector público y los sectores privados, involucrando a las comunidades. No debe encorsetarse en los planteles educativos, ni enfocarse únicamente en la llamada población “en edad escolar”; al contrario, debe estar dirigida a toda la nación sin distingo de edad ni clases sociales; además de las vías escolares, también deberá valerse, a través de canales institucionales, de los medios de comunicación y la Internet.

Y, finalmente, debemos generar estrictas medidas (draconianas si lo requiriesen las circunstancias) que nos obliguen a respetar a la historia y a dejar de creernos con derecho, en aras de una malentendida “democracia y libertad de pensamiento”, a manosearla al ritmo de nuestras pasiones más vulgares. Es preciso que esta nueva visión contemple acciones implacables contra quienes le den a la historia un usufructo político-partidista y contra quienes la hayan contaminado y contaminen con elementos discursivos y actitudinales bastardos, mutilantes, odiantes y resentidos, sean del lado que sean. Urge ir frontalmente, sin contemplaciones, contra esa tendencia malsana a contemplar períodos y personajes desde posturas idolátricas, proyectando y escudando miserias personales en ellos; ir sin miramientos contra quienes, en actitud vulgarezca de hincha de fútbol, usan la grandeza de determinado período, hecho o personaje para encanallar a otros períodos o personajes o a la propia venezolanidad.

Acciones, pensamiento, una ética y, si se quiere, una filosofía que nos obligue a una mirada integral y de reconciliación retrospectiva, de absoluto respeto a la Historia, en sí misma y en cuanto a materia de estudio y transmisión. 

Respetar la enseñanza de la Historia como lo que realmente es, UNA CIENCIA.

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Imagen al Comienzo tomada de Wikipedia

  https://es.wikipedia.org/wiki/Castillo_de_San_Francisco_de_As%C3%ADs

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