OBSESIONES BLINDADAS, PATERROLOS Y RESONANCIAS
Por
Alexander Delgado C.
15
de Febrero de 2023
Como muchos, estoy hastiado de esa, ya
caricaturesca, retórica de odio resentido, a priori, hacia los EE.UU, obsesiva y anormal, por parte
del castro-chavismo (y en general, de la izquierda iberoamericana), así como de
esa manía de echarles la culpa a los estadounidenses de todo lo malo que
sucede, la tengan o no la tengan. Esta es una de las fobias acomplejadas que dan a la
izquierda de nuestros países (y a cierta derecha atávica) una connotación pseudo identitaria
de rito idolátrico. Es parte de una liturgia, atenazada en el tiempo, que
el militante rojo debe internalizar y cumplir, independientemente de si en su
vida cotidiana la contradice.
Pero la señalada manía antinorteamericana
es solo una muestra, quizá la más diciente, de cómo parece funcionar la psique
de los ultrosos de izquierda. Una fijación delirante y blindada, a
prueba de razones y argumentos de peso, inmune hasta al más elemental sentido
del ridículo. Una actitud propia de sectas extremistas tipo los WACO o El
Templo del Pueblo; postura que, lamentablemente, encuentra terreno muy
fértil en estos tiempos de post-verdad. Es cierto que es una
manifestación del fenómeno definido como La Estupidez Humana, según la conocida teoría de Carlo Cipolla, pero
también hay mucho de insano en esa aparente coraza con la que se blindan cada
vez que la realidad les planta cara, y digo que les planta cara y
no que les golpea en la cara porque, en su blindaje, no creo
que acusen el golpe.
Paradójicamente, esa obsesión blindada que, a simple vista, debería verse como la debilidad, o cobardía del carácter que es, para ellos, y a efectos prácticos, es una fortaleza en lo que tiene de irreductibilidad y de determinación en el logro de sus objetivos. Ciertamente, una fortaleza en medio de lo perverso y de lo irracional, pero fortaleza al fin y al cabo.
La política ultrosa, en
sus diversas facetas, siempre ha sido un albergue de psicópatas y sociópatas,
enfermos de resentimientos, de nulidades acomplejadas; sectas sociopolíticas y
socio-culturales; generalmente articuladas alevosamente entre sí, por seres
inescrupulosos y mentes perversas que, en aras de ambiciones personales,
aprovechan las miserias de sus seguidores (de las que, muchas veces, también
participan más controladamente). En los países del hemisferio occidental
(incluidos los de habla hispana) estos aquelarres, a cual más demencial,
parecen estar imponiendo su ley al resto de las sociedades de las que forman
parte, haciéndolos participar de su juego de manicomio.
Pero, en la mayoría de los casos, la
opinión pública que no comulga con estos delirios, no ha sabido dar la
debida importancia a este sino demencial que, cada vez más, envuelve a
nuestras sociedades. Porque no solo es hastiante la tediosa letanía de los ultrosos
(en el caso venezolano, de izquierda); también aburren las reacciones,
desenfadadamente tontas, desde la acera de los moderados (y
algunos casos, de los extremistas de signo contrario), las cuales terminan
cayendo en el juego (psicológico o emocional) de esos ultrosos obsesivos.
En la dinámica politiquera de la
Venezuela antichavista esta idiotez se aprecia a todo nivel. Puede verse en declaraciones de
“voceros” de opinión ante cualquier absurdo proferido desde la acera castro
chavista. Se ve igualmente en la forma en que estos absurdos son
viralizados en las Redes Sociales, en la mayoría de los casos por gente que los
critica pero igual les da tarima y los convierte en tendencia. También contemplamos
estas reacciones bobaliconamente equivocadas por parte de la misma ciudadanía opositora de a pie, bien sea en reuniones de cuerpo presente,
entre tragos, o a nivel de grupos particulares en aplicaciones como WhatsApp o
Telegram. Aunque se expresan en diversas formas, todas estas reacciones desde el antichavismo coinciden,
a partir de una emocionalidad muy conveniente al castro-chavismo, en terminar bailando
al son que les toca la psicopatía chavista. También coinciden en el modo, lamentablemente superficial, en que abordan lo enajenado y perverso de la psique ñángara. La retorcida y perversa
expresión castro-chavista es tratada por la opinión publica criolla desde su típica negligencia, frívola, materialista, displicente y socarrona; es abordada con la falta de seriedad y de
cuidado que en Venezuela conocemos coloquialmente como una actitud de Paterrolo.
Aparte de la ya señalada
banalización bolas al hombro; también es común el idiota que
intenta refutar los despropósitos ñángaras, a partir de una argumentación
lógica, loable en sí misma pero inútil y bien pajuata frente a la
irracionalidad blindada del chavismo; en una ridícula pretensión de “debate” o
de juego dialéctico cuando lo que se tiene enfrente son locuras.
También es usual la frivolización de
los desvaríos rojos, tomándoselo a chiste, “porque es que
no se puede vivir amargado”, negados a entender (menos aún asumir) lo grave de ese trasfondo de anomalía que enfrentamos (insisto, los rojos son inmunes al sentido del
ridículo); peor aún, esta caricaturización a veces se extiende contra los pocos
que, desde este lado de la acera, intentamos llamar la atención sobre lo grave de eso que quieren trivializar.
Otra actitud recurrente, esta desde
el buenismo, es la que asumen algunos (sobre todo féminas), revestidos de
una beatitud, algo cursi y en el fondo hipócrita, afectando, con actitud novelera,
una horrorización en la distancia, como quién contempla una
especie de criatura extraterrestre nunca antes vista; como si fuera algo
totalmente “ajeno” a todos nosotros.
Todas estas reacciones antichavistas contra la obsesión delirante roja son formas evasivas de una, más que peligrosa, problemática de fondo; por ejemplo, en el citado ejemplo de la sempiterna obsesión anti-yankee, casi nadie se plantea lo que tiene de psicópata, ni les importan las motivaciones reales (aparte de los motivos ideológicos; complejos, resentimientos, envidias, mitos mentales), ni el trasfondo de desquiciamiento psico-social, ni mucho menos el simbolismo proto-identitario, de secta, que subyace detrás de esa retórica.
En la anómica Venezuela de estos últimos 24 años, no hemos tenido dirigencias políticas, intelectuales o comunicacionales, entre las que supuestamente adversan al castro-comunismo, que estén dispuestas; por un lado a hacer un diagnóstico de la problemática país y del adversario a confrontar; diagnóstico que, a su vez, contemple en su justa importancia este elemento desquiciado de la psique castro-chavista; y por otro lado, que estén dispuestas a elaborar un discurso capaz de atacar a la narrativa ñángara por los flancos de su perturbada psique. Menos aún hemos contado con dirigencias o vocerías capaces de proyectar un accionar que tenga en cuenta este elemento demencial como factor clave; accionar (acaso defensivo al principio) que, paradójicamente, quizá implique que también de este lado tengamos (al menos hasta donde se pueda) que blindarnos ante la demencia roja.
Es obvio que es muy duro asumir en
serio (más allá de merecidos epítetos infamantes) que, de verdad, estamos en
manos de una parranda de enajenados mentales, de psicópatas y sociópatas.
Pero, y de nuevo paradójicamente, esta ligereza paterrolo con la que el sector no chavista se ha tomado la resentida y retorcida psique de los rojos, es una de las debilidades que más ha contribuido a facilitar a los operadores del Foro de Sao Paulo, no solo la labor de permear a la sociedad, hasta hacerse con el poder desde adentro, sino también de mantenerse en dicho poder, sobreponiéndose a todo tipo de adversidades; usando para esto, como ariete, precisamente su demencial determinación.
Desde hace mucho tiempo me he preguntado, hasta qué punto, este paterrolismo de la sociedad venezolana hacia la psico-sociopatía castro-chavista esconde un elemento de ignorancia voluntaria; en el fondo un no querer saber, precisamente en base a lo perturbador que puede resultar asumir que se está bajo una perversa demencia poco menos que institucionalizada.
También me he llegado a plantear; ¿hasta qué punto esta indiferencia, a ratos
cerril, tiene que ver con que, en la mayoría de los casos, en mayor o menor
grado, hay entre nosotros, como sociedad, algo o mucho de esos complejos y resentimientos que
nutren los delirios izquierdistas?
De hecho, es lógico suponer que, tanto los delirios discursivos, como el accionar del ñangaraje foro-paulista, no son más que un espejo distorsionado de muchos de los mitos, complejos y resentimientos, históricos o actuales (justificados o no), no solo de la sociedad venezolana, sino de todas las sociedades hispanohablantes. En el caso concreto de Venezuela, se trata de una nación con un marcado talante político centro-izquierdista, de tipo social-demócrata; con un bagaje histórico signado por una dinámica política populista y caudillista, por sangrientas rebeliones de masas como las de 1814 y 1859, las cuales se llevaron a cabo agitando, de hecho, discursos de odio social e incluso racial. Con esta carga socio-histórica, la narrativa de los rojos hace fácilmente resonancia en la psique colectiva venezolana; en el caso antichavista, que es el que nos concierne, alborotando el avispero de lo que fuimos alguna vez y no queremos recordar y acaso de lo que, como sociedad, seguimos siendo, aunque de un modo mucho más edulcorado y perfumado.
Estas son verdades íntimas que la Venezuela antichavista se niega a asumir; enfrentar la insanía psico-social zurda como la patología que es, implicaría plantar cara, tanto a graves falencias que tenemos como colectividad, como a demonios internos que no hemos querido afrontar. Nos veríamos obligados a reconocer como endógeno a ese Mr. Hyde instalado en Miraflores, como paso previo para luego recuperar el control sobre él (acaso asumirlo por primera vez). Pero esto, por más odioso que resulte, es necesario si queremos retomar las riendas de la nación (a veces me pregunto si de verdad lo queremos).
El hecho de que esos demonios se nos hayan
salido de control y conquistado el poder en 1999 no parece animar a la
Venezuela nice people (es decir, a nuestro Dr. Jekyll) a encararlos; más bien parece que, precisamente, proyectar al chavismo como un demonio externo sirve de excusa a
esa sociedad buenista para tratar a los rojos como a algo ajeno, aunque en el fondo, esa sociedad chévere sepa que no es así.
Encarar a ese espejo distorsionante instalado en Miraflores, supone reconciliarnos
de verdad con nuestra identidad y nuestra historia (más allá de discursos
vacíos; pseudo epopéyicos y patrioteros). Implicaría también hacer las paces con el
fracaso de nuestras aspiraciones y quizá cuestionarnos esas mismas aspiraciones
en cuanto a su viabilidad; partir de una absoluta honestidad para con
nosotros mismos. Significaría, en síntesis, replantear, no solo muchos de nuestros
mitos como sociedad, sino de hecho reformular (casi que resetear)
nuestra narrativa como nación. Esto, per se, no tiene
que significar renegar del todo de nuestra visión anterior, pero sí
reajustar paradigmas a dimensiones más adecuadas a nuestra realidad.
Y es precisamente esa redefinición
hacia donde debemos apuntar si queremos una verdadera reconstrucción nacional,
con un sentido de responsabilidad, de pertenencia y de deber patrio, sólido,
sano y bien entendido, blindado a pseudo-sectas delirantes cómo el
castro chavismo; donde esta clase de obsesivos carezcan del oxígeno
necesario, ya no para dominar, sino para tan siquiera sobrevivir.




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