DEMOCRACIA
Y LIBERTAD I
Juntas Pero No
Revueltas
Por
Alexander Delgado C.
(Escrito
Originalmente el 20 de julio de 2009)
Suele criticarse, y con justa razón, el cinismo de
los mandatarios latinoamericanos de línea chavista, al llamarse democráticos,
al mismo tiempo que ejercen un cerco cada vez más asfixiante a quienes en sus
países disienten de sus políticas, usufructúan descaradamente los bienes del
Estado en beneficio de sus parcialidades, antes que de los intereses nacionales
y llevan a cabo una vulgar manipulación de organismos que, como el electoral,
deberían ser realmente independientes y garantizar así la legitimidad
democrática de sus gobiernos y políticas.
Pero ¿es que se puede esperar algo mejor de estos, más que izquierdistas, siniestros, que siempre se han creído, no los representantes o depositarios de la voluntad popular, sino que se creen que ellos en sí son el pueblo? A veces uno no sabe si llamarlos cínicos o pensar que (como dice el mismo Chávez de quienes nos le oponemos), están disociados de la realidad.
Sin embargo, también es conveniente puntualizar que, hasta cierto punto tienen razón en considerarse democráticos. Con esto no pretendo, para nada, justificar a los pseudo-gobiernos de la llamada corriente del Socialismo del Siglo XXI, tampoco hacer apología en sí misma a la Anti-Democracia. Pero en relación a esta actitud cínica de los castro-chavistas, es pertinente recordar que muchas veces determinados términos, como el de Democracia, se prestan a varias interpretaciones, a cuál más interesada y tendenciosa, así mismo se emplean, no solo en su acepción política sino también en una acepción socio-económica, socio- cultural, etc. Me considero anticomunista (y por ende absolutamente en contra del castro-chavismo). Pero también trato de ver las cosas desde un punto de vista objetivo.
La Palabra DEMOCRACIA (del Griego Demos; Pueblo Kratos; Autoridad) Es el Poder del Pueblo, o como dice el eslogan: “Gobierno del Pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, Ahora bien, la manera más común de ejercer un gobierno democráticamente (dentro de las limitaciones naturales que la realidad le impone), es a través de personas u organismos designados mayoritariamente.
Es cierto que se considera, y con todo el sentido común, que la existencia de un Estado de Derecho, en el cual sean respetadas las más esenciales Libertades Públicas es condición si ne qua nom para que una democracia pueda mantenerse relativamente en un mediano o largo plazo. En tal sentido los términos Democracia y Libertad son comúnmente asociados por el imaginario popular, casi como sinónimos.
Pero la verdad es que (y esto lo suele perder de vista la opinión pública) Democracia y Libertad aluden, etimológicamente, a conceptos diferentes que no necesariamente van de la mano. Un Régimen en el que un gobierno, con el respaldo mayoritario de sus ciudadanos, se dedique a oprimir a la minoría disidente, en cierto modo no pierde su carácter democrático, ¿qué cuánto tiempo puede pasar antes de que ese gobierno pierda su apoyo mayoritario y se deslegitime su naturaleza democrática?, esa ya es otra cuestión.
Al mismo tiempo un gobierno establecido por vías diferentes a la elección popular (sea por elección censitaria, designación a dedo, herencia o incluso por las vías de hecho) bien podría ser ampliamente respetuoso de las más elementales libertades públicas y privadas y sin embargo no sería Democrático por no haber sido designado por el pueblo. De esta última consideración ha habido varios casos en Venezuela, de hecho, el único mandatario venezolano que se ha podido dar el lujo de decir verazmente; “en este país no hay un solo preso político ni un solo desterrado”, el General Isaías Medina Angarita (1941-1945), conocido por su respeto a la diversidad de opiniones y sus virtudes cívicas, no era democrático en un sentido estricto, pues había sido electo por el Congreso, el cual a su vez estaba dominado a su vez por el oficialismo y por otra parte era vox populi su previa designación por el presidente saliente (El también General Eleazar López Contreras) y por la cúpula militar.
Chávez, Morales, Correa, etc. se apoyan en el hecho de que, en su momento fueron respaldados masivamente (y probablemente aún lo sean). En el caso concreto de Chávez aun cuando el descontento en Venezuela contra su gobierno ha sido más que visible, no hay duda de que, no solo conserva un muy importante nivel de apoyo popular, sino de que buena parte de este apoyo se ubica en los sectores económicos y sociales, más marginados. Aquí se apelaría a una acepción, más socioeconómica que política del término Democracia, en cuanto se refiere a “reivindicación de los más desposeídos”.
Ahora bien, el punto al que quiero llegar es que, si bien es cierto que, en la práctica, las llamadas democracias populares (como eufemísticamente se llama a los regímenes socialistas y comunistas) a la larga han llegado a ser la negación de los principios democráticos que decían sostener, no es menos cierto que, desde un punto de vista estrictamente conceptual y etimológico, democracia y socialismo no son excluyentes, antes bien podríamos ver al socialismo o al comunismo como versiones hipertrofiadas y distorsionadas del ideal democrático (Una especie de Golem de la Democracia) o como el hijo bastardo de la democracia. Este aspecto, desmitificador de la Democracia, ha sido puesto sobre el tapete por él, no hace mucho fallecido, Vladimir Volkoff en su opúsculo Por qué Soy Medianamente Democrático, cuya lectura recomiendo ampliamente.
Sería interesante adentrarse en opiniones acerca del tema en cuestión, que ofrezcan puntos de vista diferentes de los tradicionales o “políticamente correctos”. Si son de los que les gusta leer e ir más allá de los lugares comunes, escritos como el de Volkoff está hecho como para revisar y cuidado si no a replantear sus conceptos.
http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages/Volkoff_MedianamenteDemocratico.htm
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DEMOCRACIA Y LIBERTAD II
Del 18 de Octubre al 23 de Enero. La Era
Democrática en Venezuela
Por
Alexander Delgado C.
(Escrito Originalmente el 28 de octubre de 2009)
Hace días se cumplió un
aniversario más del Golpe de Estado que, el 18 de Octubre de 1945, derrocó al
Gobierno del General Isaías Medina Angarita. Dejando de lado juicios de valor
y, visto aquel momento histórico en retrospectiva y con cierta frialdad
objetiva, no se puede menos que reconocer que aquellos sucesos, para bien o
para mal, constituyeron una brecha que partió en dos la historia
venezolana del siglo XX.
Sin embargo, uno tiene la percepción de que a esta fecha no se le ha dado la importancia que merece. Siempre hemos crecido con la idea de que más cruciales fueron los hechos que condujeron a la caída del General Marcos Pérez Jiménez, el 23 de Enero de 1958. En general, bien sea desde las aulas de clase o a través de los principales medios de comunicación, la “enseñanza” transmitida a quienes nacimos a partir de la década de los 60, ha tendido a darle más realce y un carácter más controversial al 23 de Enero antes que al 18 de Octubre y su posterior significación histórica. En esta nota expongo mi punto de vista acerca del 18 de Octubre Vs. el 23 de Enero, a partir del enfoque de la democracia, desarrollado en mi anterior Nota, Democracia y Libertad (Juntas Pero No Revueltas), de ahí el presente escrito tenga por título Democracia y Libertad II.
Se ha discutido si el tiempo histórico que finalizó con el arribo de Hugo Chávez al poder, se inició en 1958 o 1945. En mi opinión; y un poco en la onda de lo apuntado por Francisco Herrera Luque, en Los Cuatro Reyes de la Baraja; hasta 1999, nuestra historia política republicana bien podría dividirse en Cuatro Grandes Tiempos o Eras.
La primera de estas eras históricas, post.-independentistas, abarcaría desde 1830 hasta el triunfo de la Guerra Federal en 1863, tiempo marcado políticamente por figuras civiles y militares surgidas de la Guerra de Independencia y por la generación inmediatamente posterior, este tiempo tuvo su figura de poder político más icónica en el General José Antonio Páez. El segundo tiempo histórico, se extiende desde el triunfo de la Federación hasta la llegada de los andinos al poder, a finales de 1899, tiempo más turbulento que el anterior, signado políticamente por caudillos militares, y algunas connotadas figuras civiles, encumbradas al amparo de la Guerra Federal o de revueltas armadas posteriores (Los Azules, La Revolución de Abril, etc.), y que (siempre desde una perspectiva sociopolítica) tuvo como principal encarnación del poder al General Antonio Guzmán Blanco. El tercer tiempo histórico (o era histórica), la llamada Hegemonía Andina, se extendería, desde la llegada del General Cipriano Castro a Caracas, a fines de 1899, hasta el derrocamiento del General Medina en 1945. Sin duda alguna, la figura de poder más emblemática de este tiempo fue el General Juan Vicente Gómez.
Sin pretender negar la significativa diferencia sociopolítica que hubo entre la etapa Castro-Gomecista (1899-1935) y la etapa López-Medinista (1936-1945), también se debe reconocer que, en muchos aspectos, esta última etapa fue una continuación de la tradición andinista iniciada desde el fin del siglo XIX. Una continuidad aperturista y progresista que, partiendo de la realidad venezolana existente en 1935, inició un proceso de modernización del país acorde con el siglo XX, en todos sus aspectos (político, económico, social, de salud, educacional/cultural e incluso infraestructural), intentando establecer una transición pacífica y no traumática entre la tradición política personalista, heredada del gomecismo, y una democracia sólida. Una transición, tal vez demasiado lenta para los tiempos que corrían y para un país que en materia infraestructural y sociopolítica parecía haberse quedado suspendido en el tiempo por más medio siglo, rezagado en relación con otros países latinoamericanos.
El cuarto tiempo histórico y último del siglo XX, desde mi punto de vista, se habría iniciado a fines de 1945, con la llamada Revolución de Octubre, culminando con la ascensión de Hugo Chávez a la presidencia, a comienzos de 1999. En Los Cuatro Reyes de la Baraja se señala a Rómulo Betancourt como la figura emblemática de este tiempo (El Cuarto Rey, El Rey de Oro), pero, desde mi punto de vista, en este período en Venezuela (como en muchos otros países latinoamericanos) se había pasado del caudillismo unipersonal a una suerte de caudillismo partidocrático. De ahí que, para mí, la verdadera figura icónica de este periodo fuese, en sí mismo, el partido Acción Democrática y que la preeminencia de Betancourt solo tenga validez como el padre de la criatura.
Este cuarto tiempo histórico se dividiría en Dos Grandes Etapas. La primera, entre el 18 de octubre de 1945 y el 23 de enero de 1958. Visto en retrospectiva, esta sería una etapa de estabilización político-institucional, en el que los principales protagonistas de las jornadas del 18 de octubre se alternaron en el poder, al principio en alianza y luego en pugna. La Segunda Gran Etapa abarcaría esencialmente entre los años 1958 y 1998, los 40 años del llamado puntofijismo, denostados por unos, reivindicados o exaltados por otros, en todo caso una etapa que (de nuevo, desde mi punto de vista) conoció sucesivamente tres grandes períodos de; madurez (desde el 58 al 68), decadencia (desde el 69 al 88) y crisis (del 89 al 98).
Desde esta perspectiva, el 23 de enero de 1958, marcaría más bien la estabilización del sistema iniciado el 18 de octubre de 1945, una estabilización que pasó por el desplazamiento político y ostracismo histórico de los más señalados protagonistas militares del 18 de octubre (principalmente del General Pérez Jiménez). Si tuviéramos, a partir de esta perspectiva, que establecer una suerte de jerarquía entre estas dos fechas históricas (18 de Octubre y 23 de Enero), es evidente que mayor jerarquía debiera tener el 18 de Octubre de 1945 y, sin embargo, durante las últimas cinco décadas, la percepción es que se le ha dado mayor importancia al 23 de Enero, bien sea para exaltar o para deplorar los hechos de ese día.
¿Cómo explicar esta aparente incongruencia?
Desde mi punto de vista, la explicación entronca con otra controversia inherente a esta Cuarta Era Histórica: si Rómulo Betancourt (y por extensión su criatura, Acción Democrática) debe ser considerado como “El Padre o Fundador de la Democracia Venezolana”. Así lo ha exaltado la historia “oficial”, transmitida durante las últimas décadas (o al menos hasta 1999). La verdad es que haciendo un análisis, lo más objetivo y desapasionado posible, hay que reconocer que, aunque muchos de los más elementales derechos democráticos estaban consagrados constitucionalmente, por lo menos, desde 1858 y aun cuando oficialmente la primera elección presidencial venezolana por Sufragio Universal, Directo y Secreto data de 1860, hay que reconocer, repito, que los primeros grandes partidos políticos de masas en la Venezuela del siglo XX, fueron el PDN y posteriormente AD, ambos liderados por Betancourt. Así mismo, aun cuando en tiempos de Medina Angarita se habían dado los primeros pasos hacia un orden político y social más democrático, hay que reconocer que no fue sino con la instauración de la Junta Revolucionaria de Gobierno (Presidida por Betancourt), tras el 18 de octubre, que se llegó a un ejercicio pleno de la democracia de manera institucionalizada. Así mismo durante el trienio 1945-1948, bajo el tutelaje político de los adecos (marcado por la intolerancia oficialista y los atropellos a la oposición), se aceleró el proceso de modernización social en el país. Por otra parte bajo el tutelaje militar de los principales propulsores del Golpe de Estado (entre ellos los entonces mayores Carlos Delgado Chalbaud y Marcos Pérez Jiménez) se profundizó un proceso de institucionalización y modernización de las Fuerzas Armadas (incluida la imposición de la meritocracia en la carrera castrense). Todo esto, complementado en cierto modo, con el proceso de modernización infraestructural (casi revolucionario) llevado a cabo por el Régimen Militar de 1948-1958, le da a los sucesos de Octubre de 1945 y al proceso inmediatamente posterior un carácter innegablemente fundacional de la Democracia en Venezuela.
Ahora bien, retomando la pregunta anterior. ¿Por qué el 23 de Enero y no el 18 de Octubre?
Es obvio que en esto tuvo que influir la posterior fricción que se da entre los factores civiles y los factores militares del octubrismo, lo cual da paso a una pugna sorda entre el adequismo y el perezjimenizmo, pugna cuyas secuelas aún se mantienen. A esto agreguemos que, para la época, se cimentaba cada vez más en el imaginario colectivo occidental, la correlación entre Democracia y Libertad, como complementos inseparables. ¿Cómo explicar que los llamados fundadores de la Democracia se catapultaran al poder luego de un Golpe de Estado contra un gobierno, no solo comprometido con el proceso de apertura a la democracia, sino también el presidente más respetuoso de las libertades públicas (equivocadamente considerado por muchos como el más democrático)?
Más interesante aún, en momentos en que se impone en la imaginería popular el ideal democrático-liberal como contrapartida al autoritarismo militarista ¿Cómo presentar a los, muy democráticos, adecos, en alianza con una oficialidad militar que, pocos años después, tras romper con ellos, iba a implantar en el país un régimen confesadamente autoritario, del que, además, los adecos se iban a convertir (junto a los comunistas) en los perseguidos políticos por naturaleza y de cuya caída en 1958, serían los principales artífices?
Llegados a este punto es muy pertinente puntualizar algo; la ruptura política,
constitucional e institucional que, en 1945, abrió la era democrática en Venezuela, se
debió a un golpe militar, en el que los adecos actuaron como compañeros de
ruta. Pues bien, de hacerse mayor hincapié en el 18 de Octubre ¿Cómo evitar
mencionar el papel protagónico de Delgado Chalbaud, Pérez Jiménez, Mario
Ricardo Vargas, etc.? De hecho, en cierto modo habría implicado
reconocerle al malogrado Coronel Delgado Chalbaud y, peor aún para los adecos,
al denostado y satanizado General Pérez Jiménez, cierto mérito, junto a
Betancourt, de co-fundadores de la democracia. Es evidente
que, a los adecos, algo semejante no podía hacerles ninguna gracia. Así que al
discurso oficial del régimen que se impuso en Venezuela a partir de 1958, le
resultaba más cómodo, hacer calar en el imaginario popular el “epopéyico”
23 de Enero del 58 como la verdadera y definitiva “Refundación de la
Democracia”, quedando el proceso llevado a cabo entre el 18 de Octubre de
1945 y el 24 de Noviembre de 1948, como una especie de ensayo que salió
mal.
UN REVISIONISMO DE NUESTRA HISTORIA EN LA ERA POSTDEMOCRÁTICA
Es bien sabido que la historia suele ser escrita por los vencedores, la historia de Venezuela desde la propia Guerra de Independencia (sino desde antes) ha sido un cúmulo de clichés superpuestos uno sobre el otro, siempre a partir de la óptica del discurso oficial o vencedor. Ese fue el caso del discurso impuesto durante el puntofijismo, en el que fue más que evidente la hegemonía de AD. Obvio que hoy es exactamente eso lo que pretende hacer el discurso chavista, solo que de una manera mucho más retorcida y negatoria de la venezolanidad de lo que hasta 1999 se había visto.
Por supuesto que considero que, en primer lugar, debemos enfrentarnos a esta demencial pretensión del actual régimen de reeditarnos la memoria al capricho de un grupúsculo de desadaptados en el poder. Pero tengo la impresión de que para poder enfrentar de manera eficaz a esta agresión castro-chavista a nuestra memoria, debemos empezar por un revisionismo del enfoque histórico interesado que se nos ha inculcado (sobre todo desde 1958) y proceder luego a desmontar todo ese andamiaje de clichés sesgados que hemos cargado como un pesado manto de enredaderas. Mal podemos aspirar a contrarrestar con verdadera y contundente eficacia, la sociopatía corrosiva del castro chavismo (en este caso en su cara discursiva y de valoración histórica) si no replanteamos, de manera honesta y realista, la visión que tenemos de nosotros mismos como país, lo cual incluye como nos vemos en cuanto a realidad histórica.
Aunque muchos no lo alcancen a entender, el discurso chavista continúa ese cúmulo de clichés y sesgos a los que hago mención más arriba, pero asumido de manera más retorcida, más biliosa... y adicionando elementos discursivos que hasta 1998 habían sido marginales; especialmente el de una ultra-izquierda, frustrada, amargada y resentida, tradicionalmente marginada, usada en algunos casos y luego puesta a un lado por demasiado utópica o por demasiado vesánica, derrotada en su intento pro-castrista de tomar el poder, por la vía guerrillera, en la década de los 60s. Ese odio izquierdista, rumiado a lo largo de décadas, en un triste rincón de universidad o de cafetín (concesión puntofijista) es el agua estancada que se añade al molino discursivo chavista, incorporándose al discurso oficial de una manera más contundente de la que hasta entonces había estado, y haciendo aún más corrosiva y enconada esa enredadera de sofismas e imprecisiones en la valoración de nuestra historia.
Por eso es importante que el discurso histórico propio del chavismo y sus despropósitos, sean enfrentados a partir de un verdadero replanteamiento de nosotros como realidad presente, pero también, de cara a lo que se plantea aquí, como realidad histórica. No tiene sentido enfrentar la sociópata visión chavista con una mirada que, en muchos aspectos, ha sido tributaria de la plaga roja. Hace falta una perspectiva esencialmente distinta de nuestra historia, que, por un lado, sea honestamente revisionista, en aras de la verdad y la justicia. Pero un revisionismo sano, descontaminado de actitudes vulgarmente renegacionistas, resentidas, bastardas y acomplejadas (es decir, de lo que en esencia caracteriza al discurso castro-chavista). Una mirada revisionista que al mismo tiempo encarne la suficiente autoridad y grandeza de ánimo para ser reconciliatoria y busque una comprensión equilibrada de una historia como la nuestra que, sobre todo en lo político, siempre ha estado plagada de contrasentidos.
Este es uno de los retos para una reconstrucción (y un replanteamiento) de la venezolanidad, en la era Postdemocrática en la que hemos entrado hace ya más de una década.





