PISTOLADAS CALIBRE 350
Por Alexander Delgado C.
Escrito originalmente
el 12 de Junio de 2015
A veces me pregunto si el Artículo 350 de la Constitución de 1999 será un
espejismo o una trampa constitucional introducida por los chavistas, cual
brujas de Macbeth. ¿Con que se come? Y no se trata de ponernos a recitar
como loritos el texto del artículo. Se trata de determinar cómo
se traduce en la práctica.
Uno de los motivos aducidos para que no
caiga el régimen es precisamente la, cada vez más raída, mascara
democrático-electoral de que se le ha revestido durante muchos años. A la MUDa se
le acusa, acaso con razón, de lavarle la cara al régimen, contribuyendo a
mantenerle esa máscara. Pero creo que muchas veces nosotros también caemos en
esta trampa democratera y constitucionalera del régimen, y el trescientos-cincuenterismo es un ejemplo.
Son pocos los que, frente a un sistema forajido y tiránico como el que domina a Venezuela, tienen en cuenta que el simple hecho de considerar
y abogar por la aplicación del 350, nos coloca, en la práctica y de cara al
régimen chavista, en una situación de subversión, conspiración, y si se quiere de
golpismo (insisto, para efectos
prácticos). A los que me repliquen con el carácter constitucional del Artículo
350, mi respuesta sería una larga y sarcástica risotada seguida de la pregunta;
“¿Constitucionalidad? ¿Bajo esta tiranía?”. El argumento de la constitucionalidad
solo me demostraría que los trescientos-cincuenteros también
cayeron en la trampa chavista de la fachada democrático-constitucional.
En efecto, hay que ser un solemne
pajuato para creer que este régimen se va a quedar cruzado de brazos y va a
permitir cualquier intento serio de rebelión generalizada, desobediencia civil,
etc., por el solo hecho de que esté garantizado por el Artículo 350 de una
constitución que ellos usan como toalla de pies, violan e interpretan a su antojo. Si la tiranía no
ha actuado contra la mayoría de los que, a cara descubierta en las redes sociales,
claman por el 350 es porque no los consideran una amenaza seria, sino un simple
desahogo, una catártica válvula de escape que, de vez en cuando, le conviene a la olla de
presión que es el castro-chavismo.
Qué casualidad que fuimos capaces de
iniciar todo un proceso independentista hasta extenderlo a escala
continental, fuimos capaces, para bien o para mal, de derribar
gobiernos y cerrar ciclos históricos a escala nacional sin tener un 350, ni
nada que se le asemejase y ahora que tenemos esa “herramienta” constitucional
estamos más inhibidos y perplejos que nunca (porque creo que nuestro problema
no es tanto de falta de valor como de lucidez).
Es como para pensarlo ¿no les parece?
El problema viene dado por el hecho, poco menos que inédito, de que, desde 1999, como nación, hemos sido tiranizados y desmantelados por una cúpula que, para lograr tal fin, se ha valido de procedimientos propios de un gobierno democrático-liberal (torciéndoles el pescuezo, claro está) tales como; elecciones, constituyentes, referéndums, mayorías, multitudes en mítines, etc.; el tan cacareado Artículo 350 se suma a toda esa parafernalia-trampa de los rojos.
Recitamos el 350 como colegiales exponiendo, nos embelesamos con el 350, saboreamos y nos
engolosinamos con el 350, soñamos con el 350, histéricamente nos rasgamos las
vestiduras por el 350… pero nunca nos tomamos en serio lo que el 350 implica de
hecho, en la práctica.
Para ser más exactos, no nos planteamos
interrogantes como las siguientes:
.- ¿Cómo rebelarnos? ¿Cuáles serían las
acciones concretas, en el día a día?
.- ¿En que se traduciría, en la
práctica, ese desconocimiento formal (con o sin 350)?.
.- ¿Cómo ser capaces de arrastrar al menos
a la mitad de la población? y lo que es más importante, una vez dado ese
paso, ¿cómo mantenernos en pie, ante la realidad implacable de un día a
día en el que tenemos que atender necesidades vitales?
.- ¿Cómo resistir con un mínimo de
éxito las arremetidas, más que previsibles, del chavismo?
.- ¿Cómo generar y mantener en la
actual población el espíritu de cohesión y sacrificio por un tiempo nada corto
y plagado de vicisitudes extremas?
.- ¿Cómo mantener en alto la moral y la
determinación entre escaseces o estrecheces, iguales o peores que las de ahora,
en materia de suministro de alimentos, electricidad, medicamentos,
comunicaciones, etc.? Limitaciones de todo tipo inherentes al estado de guerra
abierta (cruel pero, acaso necesaria) que probablemente vendría luego.
.- ¿Cómo internalizar,
constructivamente, las lecciones de pasadas experiencias (tristemente fallidas),
como las de Abril de 2002, Febrero de 2004, y la más dolorosa y reciente de
Febrero-Marzo del año pasado?
.- ¿Cómo prefigurar ese país posible a
construir, tras una hipotética (y nada visible) caída del régimen de Miraflores? ¿Cómo representarnos un país diferente,
mucho mejor que el infierno que estamos viviendo pero también mejor que el que teníamos
antes de 1999, y como hacerlo más allá de palabras altisonantes?
.- ¿Cómo
lograr todo lo anterior con un pueblo que, en realidad no es ni más
cobarde, ni más valiente que cualquier otro, pero que sí es innatamente
derrotista y auto-descalificante, que, tristemente, ha demostrado que es fácil de
desmoralizar?
Las interrogantes anteriores, ilustran
los escenarios que, en la mayoría de los casos, los trescientos-cincuenteros no
se detienen a prever, en medio de su euforia cuatriboleada.
¡OJO! No se trata de desalentarse ante
los señalados interrrogantes ni de inhibirse ante una hipotética rebelión, pero sí de
tenerlos en cuenta como obstáculos a sortear y para adelantarse a las
reacciones del régimen.
Insisto, no se trata de estar “rajado”
y mucho menos de darle la razón a MUDos y electoreros. Si una dura
y larga lucha es el precio a pagar, que así sea. Quien lea con un poquito de
criterio se dará cuenta de que no es realmente contra el Artículo 350 que escribo esto.
El problema estriba en la mayoría de
los “cuatriboleados de teclado”, cultores del 350 y de la “calle sin
retorno”, que en el fondo no parecen
tomarse en serio lo que tanto predican, al punto que uno presiente que en
el fondo no son más que pistoladas para desahogarse, proyecciones fanfarronas de lo que
quisieran ser pero no se atreven.
Suelen tener una visión demasiado
superficial, peter-pánicamente adolescente, demasiado alegre, muy de soplar y hacer botellas.
Aún creen en aluviones espontáneos y heroicos
de pueblo en la calle, sin un mínimo de organización, cohesión y
disciplina. Creen en un régimen castro-chavista desplomándose con
una o dos semanas de guarimbas.
Son incapaces de, tan siquiera intuir la
naturaleza apocalíptica, destructiva y auto destructiva del
castro-chavismo, ni su lógica de delincuentes que no tienen nada que perder.
Para estos trescientos-cincuenteros,
como para los independentistas de los años 1810 y 1811, “la revolución es un
juego de muchachos”. Y ese es el problema, ya es tiempo de dejar de ver la
lucha contra el castro-comunismo como un juego romántico-heroico.
Hay que empezar a verla como una lucha
que probablemente será larga y en la que hay que arreglárselas para vivir un
día a día necesario, como un compromiso, dure lo que dure, aceptándolo con
humano y comprensible temor, pero también con la determinación del que respiró hondo
y luego se levantó sobre el miedo; apoyándose el sentido de responsabilidad y
obligación para con la patria de que habló Nicolás de León en 1751...
Pero también con una visión más pragmática, realista y con un enfoque más estratégico.
Asumir el reto como algo
serio y no como un sueño, una muchachada o una pistolada calibre 350.
