AQUEL VIEJO ESPÍRITU HUMANO
Por Alexander Delgado C.
01 de Noviembre de 2022
El espíritu humano debe prevalecer sobre la tecnología
Albert Einstein
Lo malo del desarrollo de la tecnología
no es esta en sí misma sino la forma en que nos relacionamos con ella y la
incidencia que esto tiene en la psique humana, tanto individual como colectiva.
A pesar de lo demasiado obvio que
resultan, tanto la afirmación anterior como la sentencia de Einstein usada como
epígrafe, no deja de ser pertinente recordarlo. El desarrollo de la tecnología
(especialmente en el terreno de las telecomunicaciones) así como su influencia
en la sociedad, ha dependido siempre de la voluntad humana. Se supone que
tenemos un libre albedrío, pero en general le damos un uso, en mi opinión, muy incorrecto.
¿La tecnología nos vuelve flojos? ¿La
tecnología condiciona la típica actitud de
cristal que caracteriza, especialmente a las generaciones actuales? ¿O, más
bien, somos nosotros los que, cómodamente, decidimos dejarnos moldear por las
bondades del desarrollo tecnológico? Un cuchillo usualmente se representa como
un arma mortal, pero también es lo que nos sirve para cortar el filete que
nos vamos a comer o para untar la mantequilla. No importa cuánto existan masas
aborregadas, la voluntad humana no deja de ser la rectora; fue esta la que,
para bien y para mal, se propuso (y en gran medida logró) domeñar la
naturaleza.
De hecho; el pensamiento
de la modernidad industrial, de nuevo, para bien y para mal, muchas veces nos
planteó una perspectiva de enfrentamiento contra la naturaleza, la cual, a
ratos, era presentada como un monstruo o enemigo sobre el que había que imponerse;
se consideraba que había que hacer retroceder a la naturaleza, so pena de ser envueltos
y anulados por esta.
Quizá el pensamiento de la era
post-industrial, que muchos también identifican como Era Tecnológica, debería plantearnos, con respecto a la tecnología,
una perspectiva similar, y con mucha más razón, a la que la era industrial nos
planteaba respecto a la naturaleza. Negar la realidad de la tecnología y su
incidencia en la sociedad humana de estos tiempos sería, por decir lo menos,
una necedad anacrónica; y no menos idiota sería no asumir y aprovechar sus
bondades. Pero también es cierto que, aun ratificándole al desarrollo
tecnológico el lugar que ocupa en nuestro tiempo, también podríamos y
deberíamos verlo, en mayor grado que antes a la naturaleza, como una realidad a
la que hay que mantener bajo nuestro dominio, no solo desde un punto de vista
operativo sino también, y sobre todo, desde el ámbito de nuestra voluntad.
De ahí la necesidad de apoyarnos en el
espíritu humano, entendiendo lo de espíritu
más allá de cualquier connotación teologal o esotérica, de hecho, asumiéndolo en
un sentido más terrenal que etéreo. Quizá debamos volver los ojos al
pensamiento de la antigüedad clásica y a valores que habíamos dejado en el
pasado; por ejemplo, el concepto de la Areté;
o al mismo sentido de honorabilidad. Eso sí, dejando bien en claro que no se
trata de buscar una absurda y ahistórica vuelta a épocas y modos que deben
considerarse superados, pero sí de replantear valores y modos de pensar como
los mencionados y otros afines, ante la realidad que afrontamos en siglo XXI.
No una vuelta al pasado pero sí una readaptación en el presente, y de cara al
futuro, de valores que habíamos dejado… en el pasado.
Estos valores ancestrales, reacondicionados
a nuestro tiempo, pueden ser los que proporcionen al espíritu humano, al ánimo
colectivo; un arma o más bien una fuente inspiracional para afrontar los
efectos adversos del auge de la tecnología en la humanidad, especialmente en nuestra
esfera social, cultural, psicológica e incluso ética.
Esto es algo que las últimas
generaciones no supimos tener en cuenta; nos dejamos amodorrar por el
deslumbramiento que nos produjo la comodidad y facilidad que en el día a día
nos ofrecía el desarrollo tecnológico y comunicacional de aquel entonces
(incipiente comparado con el de esta época). Nos dejamos encandilar también por
la noción, que por entonces desarrollamos, de lo que significaba el progreso y la
modernidad, noción derivada de aquellos adelantos y muchas veces mal entendida.
Del mismo modo, nos dejamos llevar por
una idea mal enfocada de lo que debíamos entender como libertad, por una
concepción frívola, muchas veces irresponsable, a ratos pueril, de lo que
significaba estar a tono con los nuevos tiempos, de lo que
implicaba ser open mind.
La vida (y especialmente el crecimiento
humano dentro de ella, en todos sus aspectos) puede definirse como el avanzar
en un río a contracorriente, si nos detenemos la corriente en reversa nos lleva
hacia atrás. Esto nunca lo quisimos entender. No somos libres porque podamos
hacer lo que nos dé la gana, lo que realmente define la libertad humana es que,
a diferencia de los animales, tenemos el suficiente raciocinio para elegir; somos
libres a partir de la razón; por eso la verdadera libertad humana siempre va de
la mano con el sentido de responsabilidad, más aún si tenemos en cuenta que
somos seres sociales. También somos libres porque, a diferencia de la mayoría
de los animales, nuestro raciocinio nos permite proyectar nuestras decisiones
en el futuro, con mayor o menor posibilidad de acierto.
Libertad implica entender que nuestras
elecciones tienen consecuencias, positivas y negativas, que no solo nos afectan
directamente en lo individual sino que también inciden en el conglomerado del
que formamos parte, lo que, tarde o temprano, repercute de regreso en nosotros
como individuos.
No entender esto ha sido el gran error de
la llamada “Generación X” (nacidos
entre la década de los 60 y los primeros 80), error heredado o aprendido y
agravado por las generaciones subsiguientes. Las consecuencias, cuando el siglo
XXI está a punto de arribar a su primer cuarto, las estamos viendo de manera
cada vez más patética, aberrante… y desesperanzadora.
Desesperanzadora a partir del momento
que estamos viviendo pero no irremediable, porque a pesar de todo, nuestro
error puede ser subsanado. Lo que no hicimos en aquel entonces, aún podemos
hacerlo, o al menos intentarlo. Aún estamos a tiempo, a pesar de todo, de
apoyarnos en el sentido común y en valores verdaderamente elevados, basados en sanas
tradiciones, principios o corrientes de pensamiento que, antes que verlos como
algo desfasado, deberíamos verlos como valores atemporales.
Es aquí donde el desarrollo
tecnológico, especialmente el desarrollo de la internet, constituye una magnífica
herramienta de ayuda, lamentablemente mal utilizada y subvalorada, en cuanto a
la posibilidad de formación que nos brinda, especialmente de aprendizaje mutuo,
más allá de estructuras académicas prestablecidas. Eso sí, a partir de un uso
concienzudo y racional y de una cierta disciplina del carácter.
Es lo que nos permitiría, no solo convivir con el desarrollo tecnológico manteniendo en alto el espíritu humano, sino también dignificar a la propia tecnología al convertirla en un verdadero instrumento al servicio de un auténtico progreso humano.
