VENEZUELA
EN LOS UNITED Y LA PROYECCIÓN DE
NUESTROS COMPLEJOS SOCIALES
Por Alexander Delgado C.
23 de Marzo de 2023
La semana pasada el comerciante de calzados deportivos petareño Juan Ríos, a.k.a “J.R. Petare”, generó polémica, una vez más, en las Redes Sociales, especialmente en Twitter, red en la que se identifica como @JRPetare. En esta ocasión la controversia se originó, por la publicación de una serie de videos donde Juan Ríos se muestra en Miami, apoyando al equipo venezolano en varios de los juegos del Clásico Mundial de Béisbol, al tiempo que, en lugar de los típicos snacks que venden en esos estadios, consumía alimentos, llevados por él mismo, que en Venezuela se consideran de talante popular, tales como; pan con mortadela, bollitos con queso o arepa frita.
Digo que generó
polémica “una vez más”, porque ya a
fines del 2020, J.R Petare había sido objeto de reacciones viscerales a nivel de
RR.SS al publicar una foto de su estadía en París, mostrándose frente a la
Torre Eiffel con una botella de Anís.
Por lo visto, este tipo de publicaciones le da urticaria a muchos compatriotas, especialmente, los radicados en EE.UU o en países europeos. Según el parecer de estas personas, hay hábitos alimenticios o de ingesta de licor que solo podemos permitirnos a lo interno de nuestros hogares, y sin que se sepa, no sea que se nos caiga la clase. Y por supuesto ni pensar en consumirlos (o exhibirlos) en los altares sagrados del llamado primer mundo.
Un recuerdo de hace
aproximadamente dos años que me vino a la mente mientras escribía estas líneas;
fue el de otro venezolano, de talante profesional (cuya identidad omitiré), legalmente radicado en EE UU, muy activo en Twitter. Por aquel entonces este
twittero mantenía en dicha red una dinámica retro; en una ocasión en la que
posteó un viejo éxito de La Dimensión Latina, otro twittero le reprochó que “se fue para EE.UU pero se llevó el barrio
con él”.
Y ese es precisamente
el problema con estos venezolanos ardidos por pequeñeces autóctonas cómo las mencionadas,
en la medida en que les recuerda la
Venezuela de barrio que quieren
sentir que dejaron atrás; una Venezuela de la que, probablemente, proceden
ellos o sus padres.
Más icónico fue el caso,
relativamente reciente, de la migrante venezolana Yoaibimar Daal,
autodenominada La Marginal, una de
tantos venezolanos de extracción popular que en el segundo semestre de 2022 se
convirtieron en noticia internacional, al atravesar las selvas del Darién, con
todo lo que esto implicaba, teniendo como destino los EE.UU. Durante su travesía
(cargando a su hijo con deficiencias) y, especialmente, a su llegada a Nueva
York, Daal, siempre autonombrándose La
Marginal, grabó con su celular una serie de videos, algunos francamente provocadores, en los que se mostraba a sí misma bailando salsa baúl en Times
Square o en el metro de la Gran Manzana, celebrando, o simplemente hablando.
Estos videos se hicieron virales en las RR.SS. seguidos de una virulenta reacción
negativa por parte de muchos venezolanos, ya radicados legalmente en EE.UU y
con un nivel socio-cultural de clase media a clase alta. Esta controversia no
tardó en extenderse hacia toda la comunidad venezolana que hace vida en las
RR.SS, incluidos muchos que permanecen en suelo patrio, desatándose, durante
los meses de septiembre y octubre del año pasado, una verdadera tempestad de posiciones viscerales y antagónicas,
tanto de detractores como de defensores de la controversial migrante. Como si de
algo personal se tratase.
Y es que, aunque no lo admitieran o ni tan siquiera se percataran, para muchos de estos venezolanos enfervorizados, tanto de un lado como del otro, sí se trataba de algo personal; con o sin intención, los videos de La Marginal hicieron resonancia en muchos complejos, prejuicios clasiales, resentimientos, acaso en traumas, que los venezolanos, sin admitirlo, arrastramos como sociedad.
Además de los ya mencionados prejuicios
y complejos, afloraron muchos mitos mentales, popularmente conocidos como Mojones Mentales. Al parecer, para
muchos exquisitos “primermundistas”, una botella de anís
frente a la Torre Eiffel, un pan con mortadela en un estadio de la ciudad más latina de los EE.UU o bailar salsa en...
la cuna de la salsa; son actos que parecen estar al mismo nivel de las Profanaciones
(aquí sí, con Mayúscula) que los activistas LGBT+ llevan a cabo contra símbolos
religiosos cristianos.
Quienes así piensan,
demuestran tener una visión realmente tercermundista acerca de lo que es o debería entenderse como Primer Mundo.
Ciertamente, en gran medida es lógico y hasta deseable, que en muchos venezolanos, especialmente los de las primeras diásporas, haya prevención hacia este nuevo éxodo debido a la actuación, en los países del vecindario sudamericano, de elementos criminales procedentes de nuestro país, como el, tristemente célebre, Tren de Aragua; a esto debemos aunar ciertas actitudes maleducadas, atorrantes y malcriadas, por parte de muchos migrantes venezolanos, lo que ha incidido poderosamente en la estigmatización negativa de nuestro gentilicio, con la consecuente hostilidad venefóbica.
Tampoco se puede perder
de vista que la autodenominada Marginal
daba de que hablar en momentos en que también se viralizaban videos, verdaderamente
ofensivos y amenazantes por parte de otros migrantes venezolanos vía
Darién, promoviendo incluso, acciones delictivas, situación reforzada por declaraciones de radicales pro-chavistas en
Venezuela (desde su eterno odio anti-yankee)
que reforzaron en muchos venezolanos la, nada infundada, certeza de estar ante
una infiltración, por parte del narco-régimen, de elementos indeseables y
desestabilizadores, lo que incidiría en un mayor enlodamiento del gentilicio
venezolano. Adicionalmente, por esos mismos días, grupos de desplazados
venezolanos, ya en territorio de los EE.UU, observaban actitudes realmente repudiables que llegaron a
traducirse en situaciones conflictivas, incluidos enfrentamientos con las
autoridades; reforzando, por supuesto, la animadversión hacia los venezolanos y la sospecha, por parte de muchos de nosotros, de una infiltración desde Miraflores.
Con este trasfondo y
con los antecedentes vividos en tierras sudamericanas, era (y sigue siendo)
comprensible la alarma y el repudio en las RR.SS, por parte de muchos
venezolanos hacia sus compatriotas que, en condiciones deplorables, huyen en
masa hacia el norte. Pero el hecho de que el encono más visceral se concentrara
en Yoaibimar Daal, cuya actuación, agradable o desagradable, a simple vista no transgredía ni invitaba a
transgredir las leyes estadounidenses; además de mostrar la sempiterna
banalidad farandulera de muchos venezolanos, nos muestra a esta migrante, y
ahora también a J.R Petare, como personajes
espejo de complejos domésticos, allende nuestras fronteras.
Esta idea se ve reforzada aún más, por el hecho de que la polvareda levantada por la reciente actuación de algunos desterrados y visitantes en EE.UU no se haya visto, o se haya visto de manera mucho más atenuada, en relación a la actitud de muchos expatriados venezolanos en el resto de Sudamérica, incluidos los incursos en actividades delictivas. No es que la opinión pública venezolana en las RR.SS fuese absolutamente indiferente ante las barrabasadas cometidas en los países vecinos por muchos venezolanos mala conducta, ni menos aún que entre la opinión pública venezolana no causase repudio e incluso alarma la actuación de grupos como el Tren de Aragua o la participación de infiltrados chavistas venezolanos en los disturbios sociales ocurridos en Colombia, Ecuador y Chile. Pero, en lo personal, nunca me pareció que las reacciones de repudio y lógica vergüenza, llegaran a alcanzar el grado de ensañamiento, y de defensa apasionada al otro extremo, que llegó a registrar un simple baile en Times Square o una botella de anís frente a la Torre Eiffel.
Da la impresión de que
la actuación repudiable de muchos venezolanos expatriados en el vecindario, no parece despertar el
mismo nivel de escozor que despierta la actitud de algunos venezolanos en
los países del llamado Primer Mundo,
especialmente en los EE.UU; migrantes o visitantes, chavistas o antichavistas.
Creo que,
consciente o inconscientemente, hacemos
una proyección a escala continental, de las zonas, socio-económicamente
estratificadas, de nuestras ciudades de origen y de los prejuicios y complejos
desarrollados en torno a estas. Así, los países nórdicos del llamado primer mundo, sobre todo los United, pasan a ser vistos como las
urbanizaciones de las clases, alta o media alta; por su parte, los países… hermanos, pasan a prefigurarse, junto a
la propia Venezuela, como las barriadas populares. En ese sentido, y tomando como referente
metafórico a los sectores caraqueños, podríamos decir que, en el fondo, la
migración venezolana dentro de Iberoamérica se percibe como si un grupo de
habitantes de Los Magallanes, damnificados tras un derrumbe,
se trasladaran a Caricuao, Artigas o Lídice. El corto-circuito se
produciría si estos damnificados se establecieran en Altamira, Los Naranjos, El
Cafetal, etc.; o sea, el equivalente al éxodo masivo (e ilegal) de venezolanos
al llamado Primer Mundo.
Aunque esta semblanza pueda parecer banal, realmente no lo es; habla de la manera en
que históricamente nos hemos auto-percibido como nación, de la idea que tenemos
del resto de las naciones iberoamericanas y especialmente de la forma en que
hemos percibido a los países nórdicos, sobre todo a la nación del dólar. Y
habla también de cómo reflejamos en la
retórica de naciones nuestros complejos socio económicos y socio culturales.
En efecto, bajo una
pretendida dialéctica de Estados nacionales; en nosotros hay un trasfondo que
se nutre de muchos complejos y prejuicios socio-económicos, y sobre todo,
socioculturales, con la consabida lacra de resentimientos, envidias, echonerías
nuevo-riquistas, etc. Un hecho al que muchas veces pretendemos darle una
lectura, superficial y rimbombante. Así, pretendemos abordar
exclusivamente como un problema de nacionalismos exacerbados, xenofobias, endofobias,
etc., lo que adicionalmente (acaso en primera instancia) debería abordarse a
partir de otras consideraciones, más atinentes a nuestra psique colectiva.
Un ejemplo de que el factor socio-económico es lo que realmente pesa en temas como el de las migraciones, lo constituye una de las aseveraciones que más recurrentemente se oyen y se leen, especialmente en las RR.SS; según esta, a los naturales de un país, los inmigrantes en sí, no molestan tanto como los inmigrantes de escasos recursos; es decir, que la presunta “xenofobia” (o “endofobia”), en gran medida, oblitera una situación de aporofobia. El caso de la migración venezolana ha sido muy diciente en este sentido, tanto por parte de los naturales de los países receptores cómo, en los EE.UU, por parte de los venezolanos expatriados de la primera hora.
Sin embargo en el caso
de la confrontación entre migrantes venezolanos en EE.UU, esta aporofobia
refleja un complejo interno preexistente; rechazar al pobre que se tiene enfrente, en el
fondo, implica un mecanismo de defensa contra el pobre que subyace a lo interno, sea en
los propios orígenes o en la ascendencia.
Una vez más, se revela, como problema de fondo, el monstruo de closet de nuestro enmarañado e imbricado registro social, el cual implica
confrontaciones que, no pocas veces, alcanzan hasta nuestra esfera personal. Desde siempre hemos arrastrado este tema como un tabú, casi que trauma, pretendiendo acallarlo
bajo un obsesivo discurso igualitarista que, en el fondo, no nos creemos, pero
que consideramos sacrílego contradecir. El problema es que esas taras; institucionalizadas desde
1999, y ante las que pretendemos mirar para el otro lado; una y otra vez se nos
manifiestan en muchas formas... hasta proyectarlas en los países a los que emigramos.
De nuevo se pone de manifiesto la necesidad de afrontar nuestras contradicciones internas, nuestros prejuicios, complejos, rencores y traumas. Es cierto que debemos rechazar la exaltación y dogmatización de la llamada lucha de clases, propias del marxismo y neo-marxismo; pero no por eso deja de ser un error peligroso pretender negar, como problema, los complejos, prejuicios y resentimientos de índole clasial o incluso racial presentes en la sociedad venezolana, en mayor o menor grado. Incluso, y a despecho de nuestro buenísimo, deberíamos plantearnos hasta qué punto cierta dosis de clasismo es, no solo inevitable sino hasta pertinente.
En lo tocante a la diáspora venezolana y su comportamiento en los países receptores (incluidos elementos indeseables), así como la
consecuente venefobia; independientemente
de lo incuestionable o apremiante, que es esta realidad objetiva;
conviene, sin embargo, empezar a focalizar esta problemática desde perspectivas alternas;
contemplando, como parte de la ecuación, nuestro trasfondo social... y también el de los
países vecinos. Al menos debemos reenfocarlo de cara a nosotros y a lo que
podemos y debemos esperar en tierras foráneas. Y por supuesto, debemos revisar,
desde nuestra venezolanidad, esos complejos que tenemos más de dos siglos auto-proyectándonos, y ahora también proyectando más allá de nuestras fronteras;
cómo nos percibimos mutuamente, tanto los venezolanos de la diáspora como los
que permanecen en el país, tanto los migrados a través de los aeropuertos como
los migrados a través de carreteras, selvas y trochas.
Es un error grave
seguir soslayando traumas sociales internos de carácter histórico, pretender
que “eso es cosa del pasado” cuando
la realidad venezolana en el último cuarto de siglo nos está mostrando lo
presentes que siguen en nuestra conciencia. Y otro error, derivado de este
último es pretender esconder estos desencuentros internos con un discurso
pseudo-nacionalista o en llamados ilusos a unidades nacionales artificiales,
valiéndonos de invocar amenazas o enemigos externos, reales o inventados. Hay
que asumir (y neutralizar), sin miedos ni tapujos, hasta qué punto nuestro peor
enemigo, nuestro nudo gordiano, está en
nuestra propia interioridad.
Ya está bueno de consensos artificiales y auto-evasivos; el de los años 1958 a 1998, a la postre, solo sirvió para tenderle el tapete a la desgracia chavista.


