lunes, 31 de diciembre de 2018

Un Corazón Todo Venezolano. Por: Augusto Mijares

UN CORAZÓN TODO VENEZOLANO

Por: Augusto Mijares

(De Lo Afirmativo Venezolano. 1963) 


FUE EN 1865, AÑO de la muerte de Fermín Toro, cuando Juan Vicente González lo llamó “el último venezolano”. Apenas 29 años antes, en ocasión igualmente solemne y luctuosa, se había dicho algo análogo, pero con ánimo totalmente diferente. Me refiero al título que el Congreso de Venezuela encontró como máximo elogio para Vargas, en el momento de aceptar su renuncia a la Presidencia de la República: un corazón todo venezolano, lo llamó la representación nacional. 

También ese día pudo parecer de muerte, y que muchos ideales de paz entre hermanos, de civismo y desinterés, se iban como en un ataúd; pero la conmovedora expresión con que el congreso despide a Vargas no es de llanto ni de vergüenza: tiende por el contrario a proclamar que aquellos propósitos (el patriotismo, la laboriosidad y el valor moral de Vargas) debían quedar como símbolo de “lo venezolano”. Casi es una deliberada negación de que aquella despedida fuera definitiva. Gracias a ella (querían pensar) Vargas permanecerá en Venezuela: en presencia efectiva, realizando una nueva labor al frente de la educación nacional y, sobre todo, como presencia espiritual de aquellas virtudes que de Venezuela le venían y eran las que habían formado el corazón. 

No eran propensos entonces los venezolanos al lamento y a la claudicación. El capitán ingles Beaver, que en 1808 estuvo en Venezuela como Comandante del buque de guerra “Acasta”, para observar los sucesos políticos, transmitió a su gobierno un juicio sobre el carácter nacional que merece confrontarse con el que habitualmente los venezolanos se han inventado: “Creo poder aventurarme a decir que son leales en extremo y apasionadamente adictos a la rama española de la Casa de Borbón; y que mientras haya alguna probabilidad de la vuelta de Fernando VII a Madrid, permanecerán unidos a su Madre Patria. Pero si aquello no sucediese pronto, creo poder afirmar, con igual certidumbre, que se declararán independientes por sí mismos… Estos habitantes no son de ningún modo aquella raza indolente y degenerada que conocimos en la misma latitud de Oriente: antes parecen tener todo el vigor intelectual y energía de carácter que se ha considerado generalmente como distintivos de los habitantes de regiones más septentrionales”. 

Que un europeo considerara entonces a los nativos de otro continente con el vigor intelectual y la energía de carácter que solo ellos mismos se atribuían, debe considerarse un elogio excepcional. 

Y, sin embargo, es el que se repite con relativa frecuencia por los viajeros que estuvieron en Venezuela. 

Ya Humboldt había escrito: “Las comunicaciones múltiples con la Europa comerciante, y ese mar de las Antillas que he descrito como un Mediterráneo con muchas bocas, han influido poderosamente sobre el progreso de la sociedad en la isla de Cuba y en las bellas provincias de Venezuela. En ninguna otra parte de América la sociedad ha tomado una fisonomía más europea… A pesar del aumento de la población negra, uno se cree, en La Habana y en Caracas más cerca de Cádiz y de los Estados Unidos que en ninguna otra parte del Nuevo Mundo”. 

El francés Depons avanza más aún: aunque no deja de anotar muchas deficiencias y defectos, observa que los criollos lejos de intimidarse ante el europeo lo vigilan con altivez. Llega hasta escribir: “Si la competencia se mantuviera en el terreno de los conocimientos adquiridos, indudablemente los criollos llevarían la ventaja, pues, en general, los venidos de España encuentran en el país gente que los supera en cultura”. 

Me interesa advertir esto: un desgraciado rastacuerismo de fin de siglo ocurrió muchas veces a la comparación de estas ciudades americanas con las europeas, y les parecía a nuestros snobs el colmo de la felicidad afirmar que Caracas, por ejemplo era “otro Paris”. 

Lo que vengo diciendo tiene un sentido absolutamente opuesto: porque la comparación material de estas ciudades con las europeas hubiera sido absurda, es por eso que resulta sorprendente que, salvando esas barreras, de la realidad tangible, los europeos les encontraron una fisonomía, un carácter que aquí no era inferior al de allá. 

Así debe apreciarse también esa imagen que el Conde de Segur se llevó de nuestra capital: “La ciudad de Caracas se ofreció a nuestros ojos con bastante majestad… nos pareció grande, limpia, elegante y bien construida”. 

No; si el Conde de Segur se hubiera limitado a recordar lo que tuvo ante sus ojos, hubiera dicho solamente que Caracas era apenas una aldea tropical que no alcanzaba a los 40.000 habitantes, y de las más pobres del continente. Lo que para él transformó aquella realidad inmediata fue la sociedad que encontró, europea por el vigor intelectual y la firmeza de carácter, según diría el inglés. 

¡Cuántas meditaciones pueden sugerir estos datos que apunto sobre el carácter venezolano! ¿No romperán la rutina con que nos atribuimos, como si derivaran de taras irremediables, cuantos infortunios y contratiempos nos salen al paso? 

Porque lo curioso es que aquella interpretación deprimente del espíritu nacional se extiende a los más fútiles pormenores de la vida cotidiana: si un coche que pasa en días de lluvia nos salpica, o si alguien que va de prisa nos tropieza, o si un vecino nos da un pisotón, todos los venezolanos tienen la culpa y “este es un país donde no se puede vivir”. 

Creo muy saludable perseguir hasta esos extremos grotescos aquella manía de auto-acusación. Y denunciar también las exageraciones contradictorias que en nuestro egoísmo engendra: porque si debemos esperar durante mucho tiempo un autobús proclamamos que “eso no sucede sino en Venezuela”, pero si el autobús para hacer puntualmente su recorrido no nos espera cuando llegamos con retardo, también nos enfurecemos y afirmamos que el carácter nacional no tiene remedio. 

Y siempre en Venezuela “el último venezolano” es… uno que acaba de morir. Aunque a diario sigamos viendo a tantos venezolanos, médicos, escritores, filántropos funcionarios, profesores, que por su abnegación o su honradez, por su laboriosidad o su patriotismo, podrían merecer (aunque no fuera en la máxima categoría que Vargas) el espléndido elogio tan reconfortante: “un corazón todo venezolano”.

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