FRENTE
A LA SUBCULTURA DE ANTIVALORES
Por
Alexander Delgado C.
11
de Agosto de 2022
“Si Dios no
existe, todo está permitido”
De la novela Los Hermanos Karamazov de Fiódor
Dostoievski.
Frase atribuida
al personaje Iván Karamazov
El
pasado mes de julio y lo que va de agosto han estado signados en Venezuela por
una serie de hechos repugnantes que
han indignado a la opinión pública nacional, especialmente a nivel de las Redes
Sociales. Hechos que, aunque a simple vista lucen ajenos a la realidad
sociopolítica imperante, no por eso dejan de tener relación con este contexto,
como trasfondo.
El 24 de julio fue
noticia el intento de asesinato, en El Tigre, estado Anzoátegui, de la abogada
María Laura Santaella Yánez, de 39 años. La profesional del derecho fue
apuñalada repetidas veces en su residencia, quedando gravemente herida.
Investigaciones policiales, tras descartar la tesis del robo como móvil,
revelaron que el crimen había sido planificado por la propia hija de la
víctima, de 13 años en connivencia con su novio de 17 años, autor material del
hecho. Tras confesar el hecho, ambos adolescentes revelaron haber perpetrado
este crimen como represalia ante la oposición de la madre a la relación afectiva
de los jóvenes; cabe acotar que el adolescente ya había estado 8 meses preso
por robo. Por su parte, trascendió que la hija de la víctima y autora
intelectual del crimen, a sus 13 años, sostenía habitualmente relaciones
afectivo-eróticas con personas de ambos sexos.
El 26 de julio la
opinión pública venezolana se vio escandalizada e indignada (con toda razón)
con la circulación en las RR.SS, especialmente en Twitter, de un video en el
que un indefenso y maniatado perro callejero era torturado hasta la muerte por,
al menos, tres miserables, los cuales,
repetidas veces, le pasaron un jeep por encima al can, mientras un tercero
grababa el video. El hecho tuvo lugar en Barquisimeto, Estado Lara. Poco
después los dos responsables directos fueron capturados y condenados a 45 días
de prisión (es la máxima pena que contempla la legislación venezolana vigente
para casos de maltrato animal), mientras que, hasta el momento de elaborar este
escrito, no ha sido identificado ni capturado el que grabó y subió a las Redes
Sociales el repulsivo hecho. Cabe acotar que el nivel de indignación que
ocasionó el sadismo a que fue sometido el pobre perro, no distinguió tendencias
políticas.
Sin embargo, dos días
después, el 28 de julio, circuló en las RRSS otro video en el que, en Guanare,
Edo. Portuguesa, dos jóvenes, al parecer, estudiantes de la Universidad de Los
Llanos (UNELLEZ), lanzaban a un conejo vivo a un estanque de Cocodrilos,
grabando mientras los reptiles despedazaban al indefenso animal.
Estos casos de crueldad
animal extrema han conducido a especulaciones, a nivel de redes Sociales sobre
la posibilidad (certeza para muchos) de estar operando en Venezuela
(especialmente en el Estado Lara) una red de producción, tráfico y venta de
contenido para la llamada Dark Web.
Igualmente se han generado movilizaciones frente a organismos oficiales,
especialmente por parte de activistas en pro del Bienestar Animal, exigiendo
medidas punitivas más severas contra el maltrato a los animales, especialmente
los de tipo doméstico (perros y gatos) en situación de calle.
Pero cuando aún no se
habían terminado de disipar la indignación y controversia ante los recientes
casos de brutalidad animal, y las hipótesis que involucraban a la Internet Oscura; a comienzos de agosto
la opinión pública se vio nuevamente conmocionada e indignada; esta vez con un
abominable caso de crueldad y sadismo infantil. En efecto, en los primeros días
del reciente mes trascendió en las medios informativos digitales y en las redes
sociales, el caso escalofriante del asesinato del bebé Maikel Contreras de,
apenas un año de edad, víctima de la tortura y abuso sexual a que era sometido
por su padrastro de 15 años, con el consentimiento de su madre de 17 años y de
una prima segunda de esta, de 16 años. Este hecho tuvo lugar en Maracay, el
pasado 30 de julio. Los autores del crimen, tras ser capturados, no solo
confesaron el hecho, sino que revelaron pormenores macabros como que, tras
perder el conocimiento el bebé, por el abuso a que fue sometido, intentaron
reanimarlo propinándole golpes y quemaduras.
En artículos
anteriores, al tratar el tema del contexto anómico en el que se encuentra
Venezuela, prácticamente desde 1999, he sido categórico al expresar que el
componente anárquico no solo es un elemento clave de la psique y el accionar
del chavismo, sino que, de hecho, es la
savia que nutre al régimen. El dominio que el régimen de Miraflores y sus
adláteres antisociales, ejercen sobre la sociedad, descansa, en gran medida,
sobre esa percepción de vida sin ley, de distorsión de normas y valores y del
subsecuente sentimiento de desorientación, perplejidad e frustración.
El corolario lógico de
semejante estado de anomia es la
entronización de los antivalores, promovidos, sin mayor disimulo, desde el
poder, sea desde sus esferas más formales (funcionarios o altos personeros
del régimen) o las más informales (colectivos o demás acólitos), con lo que
generan la anarquía como dinámica social cotidiana, en desmedro de la
cooperación y cohesión, empezando por la ley del más vivo o del más arrecho, el pa’ bravo yo.
No es difícil
comprender que este grado de descomposición social que se vive en Venezuela,
manifestado en los repulsivos hechos reseñados al comienzo de este escrito, es
un reflejo, y a la vez un producto, de estar expuestos a esa promoción y exaltación de conductas
negativas, directa o indirectamente promovidas desde las cúpulas dirigentes; un
contexto que se ve “legitimado” por, y a la vez se nutre de, un discurso
consonante con el cognomento de izquierda del régimen; es decir, una sintaxis permanentemente ruptural respecto a valores y convenciones éticas, religiosas y socioculturales, en los que (con
sus luces y sombras) tradicionalmente habíamos visto un referente de
definición como sociedad. Un discurso que, pretendiendo legitimarse bajo la
idea de “revolución permanente”, es generado a partir de una mística bovesciana de odio y resentimiento; un
ánimo de un “no dejar piedra sobre piedra”; con el fin supuesto de reconstruir,
a partir de cero, lo que ellos prefiguran como un estatus quo post revolucionario.
A la estirpe mediocre y
decadente que gobernaba hasta 1998 se sobrepuso una casta de espíritu abyecto que, por esto mismo, no puede
concebir, ni menos aún sostenerse, en un orden de cosas fundamentado sobre
aspiraciones superiores. Espíritus ruines que, por su misma naturaleza,
aniquilarán, secarán o eyectarán a cualquiera que dentro o fuera de ese
(des)orden se atreva a cualquier forma de elevación aspiracional o tan siquiera
de adecentamiento razonable.
En realidad, más que un
orden o desorden, lo que se vive en la Venezuela actual es una vorágine kakistocrática, un festival de miserias humanas,
exhibidas muchas veces, con jactancia humillante y provocadora, lo mismo en la
calle, a nivel de los mass media o en
las RR.SS; muchas veces por parte de personeros o apologistas de peso del
narco-régimen. El fin de tanta ruindad, a veces implícito, otras veces
explicito, es burlarse en la sensibilidad y autoestima de la población en un
desafiante “¿qué me vas a hacer?”, buscando degradar a partir de un sentimiento de impotencia y resignación; de
la auto persuasión de que no solamente es inútil rebelarse contra esa
degradación sino de que, al final, no vale la pena aspirar a cualquier
manifestación de nobleza, justicia, sensatez.
Son moralmente enanos, tuertos que solo
pueden reinar en tierra de ciegos.
¿A qué otra cosa puede conducir esta purulencia sino es a un sentimiento colectivo de disrupción ante cualquier
percepción de normalidad por un lado, y por el otro, de trastrocamiento de
cualquier de noción de lo que está bien o mal? Un ecosistema rastrero que solo
favorece a una “oligarquía de malandros”.
Este hábitat ominoso, a su vez, se ve
reforzado con el aumento de rituales de brujería, santería, palerismo,
reflejado en las, cada vez más frecuentes, profanaciones de tumbas. Todo un
culto a lo vulgar, a la fealdad, a la ignorancia, a lo depravado, a lo oscuro;
es decir, a la energía que mueve al
narco-régimen.
Por otra parte, esta
mística de rapiña y carroña encuentra su validación
internacional en la preponderancia del llamado marxismo cultural o en movimientos como los wokeismos, los cuales, a partir de un sentido mal entendido de
pluralidad e inclusión, han desarrollado de toda una mística de odio y agresión
a los valores tradicionales de la civilización occidental de la que, mal que
bien, formamos parte.
Al mismo tiempo, todo
indica que la depravación y la degradación se han convertido en negocio lucrativo; como se ha visto,
los rumores o certezas de tráfico de contenido aberrante en la llamada Dark Web, han salido a colación en los
recientes casos de casos brutalidad animal, pero no hay que ser nada malicioso
para suponer que este tipo de mafias también operen en la generación de
contenido que involucre menores brutalizados. Aunque las reseñas sobre el caso
del bebé abusado hasta la muerte en Maracay no muestran hallazgos al respecto,
no es nada descartable que la monstruosidad cometida contra este infante forme
parte, igualmente, de creación de contenido para la llamada Red Oscura.
Lamentablemente, la
opinión pública, tanto nacional como internacional, suele representarse estos y
otros aspectos de la debacle que hoy vive el país de una forma cuadriculada, como si cada aspecto no tuviera que ver
con los demás.
Bajo estos
psico-rígidos y reticulados criterios simplistas, el acelerado proceso de
descomposición social, que vivimos, cuando no se dirime con las plañideras
alusiones al fin del mundo, las escrituras, el Anticristo, Nostradamus, etc.,
etc., etc.; se muestra como un asunto que compete únicamente a la formación
familiar, como si el nivel de anomia moral que se vive en la nación fuese algo
que solo atañese a lo interno de cada hogar. Si bien es cierto que la familia
es la base de la sociedad, no es menos cierto que, en la práctica, la familia y otras instituciones son un
reflejo de esa sociedad a la que, se supone, debe darle base. En el fondo
no deja de haber una relación simbiótica y de retroalimentación entre las
partes que conforman el todo.
Se repite simplistamente
“el hogar es el que educa” pero la pregunta a ese axioma es “¿y al hogar quien
lo educa?” ¿En verdad no están acusando los hogares venezolanos el impacto de
esta siembra de antivalores, especialmente en los niveles socioeconómicos y
socioculturales más deprimidos?
Con toda razón muchos
sostienen, sobre todo a nivel de las RR.SS que, de cara a una, muy deseable,
Venezuela libre del chavismo, la debacle económica, con todo y lo grave que es,
constituiría el menor de los retos a afrontar; que lo verdaderamente cuesta arriba
(y que, en la opinión de muchos, llevaría más de una generación) sería la reconstrucción del tejido social y moral
de la nación.
Sin embargo la
situación de Venezuela suele ser
abordada, netamente en su cara política. El régimen, usualmente personalizado
en la figura de Nicolás Maduro (y antes en la de Hugo Chávez), es el nudo
gordiano al que se supedita toda la problemática nacional; por ende la lucha
contra el régimen solo se concibe, o bien en términos de inútiles acciones
electoreras o bien en términos de pretendidas desobediencias civiles,
rebeliones de calle, guarimbas, etc.
Si bien es cierto que el régimen de gobierno es la piedra angular de este aquelarre nacional, también es cierto que el afrontar, y eventualmente imponerse a ese aquelarre, pasa por comprender la problemática país como un todo que también alberga aspectos como el ideológico, el ético, el moral e, incluso, el espiritual (tanto en su aspecto metafísico como, del espíritu humano).
Y es a partir de esta comprensión que también se pueden concebir otras formas de lucha contra el régimen,
mucho menos perceptibles, casi que en bajo perfil, con resultados menos
tangibles, pero mucho más constantes, sostenibles y con capacidad de ir minando
su poderío sobre la psique colectiva. Formas de enfrentamiento y lucha que ya
no se enfoquen únicamente en el tirano rojo o, en general, en los aspectos
políticos, sino también en lo que este representa socioculturalmente,
actitudinalmente, a nivel de mística, incluso en su narrativa o sintaxis, y por
supuesto, en su cara ética, en su cultura de antivalores.
Una nueva concepción de
la lucha-resistencia al régimen y al orden del mal que representa puede ser invertir los términos, es
decir, que nuestra mirada subordine al régimen chavista, y al mismo Foro de Sao
Paulo, al orden abyecto que representan y propugnan. Aunque comprendamos que el
castro-chavismo actúa como gestor, propagador o motorizador de ese orden de
antivalores, es a ese orden, como un todo al que debemos contemplar como el
monstruo a socavar; mirando al castro chavismo como a su representación
en Venezuela.
Se resiste al régimen
al enfrentar, no solo la cultura de
Antivalores, sino también todas aquellas bajas pasiones que la alimentan;
el resentimiento, la actitud acomplejada (del lado que sea), el bastardismo, el mediocrismo, la idiocracia, la vulgaridad de espíritu. Una
resistencia silenciosa, en la cotidianidad que enarbola como armas, la
cultura que eleva el espíritu (cultura refinada o popular, pero que eleve); la autovaloración
positiva, tanto personal como grupal o nacional; rescatar, así sea a nivel de
nuestros círculos más inmediatos y en lo pequeño-cotidiano, valores como la gallardía e hidalguía, no
como imitación ridícula del pasado, sino adaptada a nuestro entorno cultural; nuestra
propia versión de Areté, honesta, no calcada de un cuento
medieval, sino, de nuevo, interpretada en clave de nuestro contexto. Aplicando a nuestro
tiempo e identidad las frases de Albert Camus en su obra El Verano, capítulo El
Destierro de Helena; “La ignorancia reconocida, el rechazo del fanatismo,
los límites del mundo y del hombre, el rostro amado, la belleza en fin…”. Ignorancia reconocida, es decir,
reconocer, a lo Sócrates, que nunca lo sabremos todo, muy distinto de la exaltación del
simplismo pedestre.
Se trata de una forma de resistencia al régimen que, haciendo honor a su nombre, es más defensiva que ofensiva; que no es ruidosa, no es multitudinaria, no se ejerce en las calles ni en urnas electorales, es discreta y es interior; individualmente, en lo interno de nuestra psique, grupalmente, a lo interno de nuestros hogares o círculos más cerrados (familiares, vecinales, de amigos íntimos, compañeros laborales o estudiantiles); como una muñeca Matrioshka al revés, es decir, de adentro hacia afuera.
Una nueva ética, una nueva visión como base de enfrentamiento al régimen político, incluso como punto de partida de cualquier propuesta de organización política, económica o social alterna al narco-régimen. Muy probablemente la ausencia de esta visión totalista y esencial ha contribuido al encumbramiento de las dirigencias mediocres y vendidas que hemos presentado contra el régimen y a los consecuentes fracasos. Sin esta base, la lucha contra el chavismo no tendría ningún sentido más allá de lo meramente formulista y cosmético... Sin esta cosmovisión, el chavismo, quizá podría ser desalojado de Miraflores pero, en el fondo, nunca sería vencido, no tardaría en volver con su misma cara o con otra.
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Algunos
enlaces relativos a los hechos aborrecibles reseñados en este escrito
https://diariolavoz.net/2022/07/27/adolescente-de-13-anos-planeo-asesinar-a-su-madre-a-punaladas/
https://www.facebook.com/watch/?v=461880098777691
https://twitter.com/LuisSucesosLuis/status/1555691531322933248


