LO CORTÉS NO QUITA LO RADICAL
Por Alexander Delgado C.
20 de Octubre de 2022
Cuando buscamos en el diccionario de la Real Academia Española, la expresión Radical, los tres primeros significados que se nos presentan (¿los más cardinales?) son los siguientes:
1. adj.
Perteneciente o relativo a la raíz.
2. adj.
Fundamental o esencial.
3. adj. Total o
completo. Cambio radical.
Es decir, se atienen a
un sentido estrictamente etimológico del término, a partir de esta
consideración, afrontar radicalmente una situación implica atacar, o al menos
revisar, dicha situación en sus raíces.
Pero comúnmente la
expresión radical, no suele ser
asociada con estas primeras definiciones, sino con otras, también contempladas
por la R.A.E, pero sin una verdadera relación etimológica, más bien con una
relación semántica indirecta, derivada fácticamente de las primeras tres
definiciones, a saber:
4. adj.
Partidario de reformas extremas.
5. adj.
Extremoso, tajante, intransigente.
En efecto, con mucha frecuencia, las personas y actitudes radicales suelen ser percibidas, y lo que es peor,
suelen auto-percibirse, como portadoras de una actitud extremista, vehemente y vesánica.
Cuando hablamos de cambios
radicales deberíamos sobreentenderlos como cambios
en la raíz y no como un irnos de un extremo al otro. Esto último suele ser
solo un cambio superficial; en el fondo, solo reproduce, en negativo, la misma
fotografía de aquello que, se supone, se deseaba cambiar radicalmente. A la
larga termina resultando el mismo musiú
con cachimbo contrario.
Del mismo modo es común
que la idea de radicalismo remita equivocadamente a una pose de busca pleito de botiquín, con las venas
de la frente brotadas y convulsiones cual Mal
De San Vito. Al contrario, un verdadero
radicalismo, desde un modo sereno y ponderado aunque firme y decidido, no solo es técnicamente
posible sino que es aconsejable para confrontar determinada situación desde aquello que la nutre en sus raíces. Si de
verdad se quiere diagnosticar tal o cual problema, procurando remediarlo en su
esencia, se debe tener un mínimo de frialdad y serenidad, así sea en el proceso
mental, para poder realizar una mirada panorámica y, si se quiere, una
abstracción del cuadro. En estos casos un ánimo exaltado suele ser lo menos aconsejable.
En donde un verdadero
radicalismo si afecta y exige al carácter es en el momento de pasar del
análisis a la decisión y la acción. Se exige DESICIÓN, FIRMEZA y, si se quiere, audacia; pero incluso estas cualidades podrían verse torpedeadas en su ejecución por una actitud
de fosforito.
A nivel de redes
sociales, especialmente a la hora de abordar temas políticos y sociológicos,
muchos malentienden ser radical con una perenne actitud textual de tirapiedras o de troll; así mismo, se
asocia el supuesto radicalismo con una
idea estereotipada relativa a hablar
mal por hablar mal, a un permanente tono de carrito chocón, a la polémica por la polémica.
Igualmente muchos
desubicados que se creen radicales piensan que deben asumir una postura agria, adusta, petulante, revestidos
de una capa de inflexibilidad y un permanente sarcasmo de “superioridad”
respecto al resto de los mortales.
Aunque no siempre se
trata de defensores de ideas izquierdistas, de hecho no pocas veces se
defienden de esta forma las ideas contrarias, a estos come-candela y naricita
alzada de teclado, a propósito de su adustez, les aplica las siguientes
palabras del Manual del Perfecto Idiota
Latinoamericano, escritas a propósito de los extremistas de izquierda:
“… El revolucionario
(o su compañero de ruta) se toman en serio a sí mismos y se niegan el más leve
gesto de humor (o de plasticidad o flexibilidad), como si ello fuera un gesto de debilidad que el enemigo aprovecharía
para derrotarlos.”
(Manual Del Perfecto Idiota Latinoamericano. Capítulo Crear Dos Tres… Cien Vietnam)
Haciendo una
extrapolación, tanto con la anterior cita del Manual, como con el famoso dicho “lo cortés no quita lo valiente” se puede decir que estos supuestos
radicales se muestran descorteses
queriendo verse valientes, cuando en
realidad presumen de lo que carecen.
Más que un pretendido
radicalismo, estas actitudes exaltadas; con blindaje en la pose, revestidas de
una presunta “rebeldía” por la rebeldía misma; lo que reflejan es inmadurez y malacrianza,
escudadas en la “defensa” de una determinada causa, loable o no. Solo son una
parodia wannabe de lo que creen ser.
Llevadas estas
consideraciones al tema de la crisis cuasi-apocalíptica que se vive en Venezuela y a
los dimes y diretes en que deriva la consideración de dicha crisis (sobre todo
a nivel de Redes sociales); entre las muchas razones por las cuales se mantiene
invicto el statu quo castro-chavista
y foro paulista (incluidos colaboracionistas pseudo-opositores), se encuentra, en
parte, el infantilismo arisco de
muchos activistas, supuestamente radicales, tanto de teclado como de la vida real.
Por supuesto que hay excepciones honrosas; personalidades
disidentes que sí asumen un verdadero radicalismo con una proyección
responsable y visionaria. Pero, lamentablemente, sobre todo en las RR.SS, son mucho más comunes los que,
a partir de un supuesto radicalismo solo saben exhibir actitudes vocingleras, tóxicas, incendiarias, hirientes y (en el fondo)
desmoralizantes; siendo incapaces de pasar de un triste tirapiedrismo
impotente, a un estadio, sino de acción, al menos de carácter propositivo,
generador de ideas, de soluciones audaces pero racionales y de verdaderas
matrices de opinión.
Otro hándicap que se
observa a lo interno del universo disidente es la dificultad de atenuar,
matizar, y armonizar, a lo interno, diferentes tópicos de opinión que, a partir
de una debida jerarquización, deberían considerarse secundarios dentro de lo
general que define una misma tendencia. Y, por supuesto, el otro factor, derivado
de esa misma inmadurez, lo constituyen los egos
individualistas, petulantes e intratables, muchas veces exponentes del Efecto Dunning-Kruger, los cuales, atrincherados en las tristes
atalayas de sus mojones mentales, hacen cuesta arriba cualquier consenso o entendimiento. Es decir; el mismo ímpetu de carácter que
determina y se ve justificado en estos supuestos radicalismos, se traduce en actitudes cimarronas a lo interno, chocando contra cualquier
intento racional de cohesión. Ímpetus cerriles que devienen en verdaderos canibalismos.
A su vez, este mosaico de egos y atrincheramientos yoístas, se ve amparado en un pretendido y risible “ejercicio de mi libertad de expresión” (un mal chiste dentro del contexto castro-chavista); libertad muy mal entendida, en la medida en que se suele ser interpretada como “digo y hago lo que me da la gana”. Al mismo tiempo, esta falsa libertad, factor de caos y dispersión, pretende justificarse en un discurso vulgata, de carácter político-ideológico, desde una equivocada oposición al colectivismo socialista de la izquierda.
En la actual coyuntura, tanto a nivel nacional como mundial, ciertamente necesitamos cambios radicales, pero bien entendidos, cambios en la raíz. Esto implica la necesidad de personas que de verdad piensen, aunque, ciertamente, también los necesitamos con decisión (de nada sirve que se pierdan en divagaciones y elucubraciones). Hacen falta personas con la suficiente lucidez serenidad y cortesía, pero también con discernimiento para saber, detectar cuando se está frente a divergencias internas respetables, y flexibilidad para escuchar y saber confrontar constructivamente estas variables de opinión dentro del común general; paseándose por la posibilidad de que en determinado aspecto puedan ser acertados los reparos que se presentan. Verdaderos radicales, con la suficiente grandeza de ánimo para dejar egos de lado o, al menos, saber colgarlos en un perchero imaginario; y, así mismo, con la suficiente capacidad analítica y entereza pragmática para comprender que muchas veces no se trata de lo que le guste al uno o al otro sino de lo que convenga a todos.
En los actuales momentos se requiere de hombres y mujeres de pensamiento, en acuerdo con otros tantos de acción, que analicen las problemáticas desde su raíz y, a partir de estos análisis, lleven a cabo su discusión, confrontación y una síntesis de ideas en esferas alejadas de las pasiones de las masas; ámbitos desde donde se puedan llegar a diagnósticos, genuinamente radicales, con la frialdad pragmática necesaria para llegar a una conclusión desapasionada que luego se irá a defender y a luchar por ellas, ahí sí, con vehemencia, con decisión irreductible.
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Ilustración tomada de la Página Web Las Ventajas Del Extremismo
(https://navegapolis.com/website/las-ventajas-del-extremismo)
