ENSAYO
ASCESIS
Y ASEPSIA DE NUESTRA CONCIENCIA HISTÓRICA.
LA
META-HISTORIA NECESARIA
Por
Alexander Delgado C.
11
de Noviembre de 2021
El abuso grotesco que lleva a cabo el
chavismo desde el poder contra nuestros símbolos históricos y referentes de la
venezolanidad, ha motivado en muchos venezolanos, como era de esperarse, una
reacción de rechazo a estos referentes; por lo demás, una actitud favorecida
por el desconocimiento o conocimiento superficial, simplista y novelero, por
parte de la mayoría de los venezolanos hacia su historia. Este daño, ocasionado por la psicopatía chavista en el poder a la psique venezolana,
tiene innumerables manifestaciones en las Redes Sociales; el día de ayer un
post en Twitter publicado por el usuario Pedro Silveira (@pedrosilveira02) lo
expresaba de manera muy consciente, hasta en las palabrotas (comprensibles) que
usa;
Obviamente no avalo ni mucho menos
comparto este tipo de reacción; pero, y aunque personajes como Silveira
permitieron voluntariamente que el chavismo los dominara psicológica y
emocionalmente, tampoco culpo del todo a los que experimentan este tipo de
reacciones; por lo demás, no se diferencia este rechazo del que, por las mismas
causas, se ha logrado generar hacia el color rojo o hacia vocablos asociados al
chavismo, como “endógeno” o “patria”. En el fondo el régimen castro-chavista busca ese tipo de reacción.
Teledirigido desde La Habana, encuadrado en el Foro de Sao Paulo, enfermo de odio y resentimiento y aliado al
crimen organizado, al terrorismo internacional y a las corrientes más vesánicas
de la llamada progresía; al castro-chavismo le conviene ahondar en la anomia y
la disociación del venezolano en todos sus aspectos, incluido el
histórico-referencial. Está claro que el régimen busca desarraigar cualquier forma de sentido de pertenencia y lograr así
un mayor dominio sobre la venezolanidad y su progresiva disolución.
Esto último, nunca lo olvidemos,
siempre ha ido acorde con la impronta ideológica marxista del narco-régimen; el marxismo, en su quintaescencia, rechaza la idea de nación, a la que considera un ente
generado por la burguesía.
Lamentablemente, esta siembra
destructiva ha encontrado terreno fértil en una sociedad que, en el fondo,
siempre ha sido poco cohesionada, con una narrativa nacional endeble y
caletrera; fiel reflejo del individualismo centrífugo que ha caracterizado a
nuestra idiosincrasia. Nuestra auto-percepción histórica siempre ha sido muy laxa;
hasta 1998 se había apoyado (aparte del, ciertamente fastidioso, culto bolivariano)
en un relato que siempre ha tenido mucho de improvisado, muy
determinado por la óptica partidista de los diversos grupos de poder político
desde 1830. Una narrativa que siempre había sido difundida; de manera
memorística desde las aulas de clase; de manera corin-telladezca a
través de los medios de comunicación; y de manera panfletaria, y en tono de
arenga pseudo epopéyica, desde el Estado (a través de cortos institucionales,
actos solemnes en fechas patrias y la narración que los acompañaba). En
definitiva, tradicionalmente (pero sobre todo desde 1945) ha habido más una
pseudo-transmisión juglaresca de nuestra historia que un verdadero
esfuerzo por conocer, y sobre todo comprender, nuestros orígenes y devenir en
el tiempo. Una repetición cataléptica, en el fondo, acomplejada, mantenida pasivamente por un
establecimiento político, flanqueado en los últimos 60 años, entre un demo-socialismo
mayoritario (blanco, verde o rojo) y una escurrida centro-derecha
yuppie-mayamera, cliente de los anteriores.
A este deplorable antecedente, previo a
la demencia roja rojita, hay que agregar, en el presente, a una acera política
“opuesta” al chavismo, en gran parte heredera del sistema anterior a 1999,
cuya vocería (tristes balbuceos pseudo respondones a la tiranía roja) es incapaz
de ponderar lo pertinente de nuestra autovaloración histórica como un factor
psicosocial y simbólico de la venezolanidad y, sobre todo, de entender su peso
sociopolítico. Una dirigencia “opositora” demasiado ignorante (o algo peor) para
entender la necesidad de recuperar y reivindicar nuestra identidad
histórica, así como de revisarla sanamente. Un liderazgo de quincalla, demasiado indiferente
(o cómplice) para oponerse, de forma tajante, clara y reiterada, al manoseo deformante de nuestra historia que se lleva a cabo desde el
foro-paulismo chavista.
Generalmente es solo cuando, desde el
chavismo, se profiere o ejecuta alguna barrabasada relacionada con nuestra
historia que del lado antichavista se pronuncian en reacción; generalmente a
través de posteos en las RR.SS; publicaciones que, en algunos casos, oscurecen más de
lo que aclaran y muchas veces, peor aún, llevan agua al molino discursivo del
narco-régimen.
O sea que, hasta en este aspecto, el chavismo les determina la agenda.
Hasta en esto no pasan de ser el pong que
responde al ping chavista.
Y no solo en la mediocrísima y ultra
corrupta vocería política “opositora”; también en los sobrados y
auto complacidos sectores “intelectuales” y académicos, supuestamente
críticos del chavismo, las iniciativas propias han brillado, cuando no por su
ausencia, sí por su escasez e insuficiencia, en cuanto a una revisión sana de
nuestra historia y una promoción, de cara al público, de acciones que aclaren
las tergiversaciones chavistas, coloquen hechos y personajes históricos
contextualmente y en su justa dimensión.
Esto aplica especialmente en todo lo relativo a la figura de Simón Bolívar y a lo que, con mayor o menor acierto, se concibe como bolivariano. Podemos experimentar admiración, simpatía, antipatía, rechazo o indiferencia hacia la figura de Bolívar, eso es de libre elección en el fuero interno de cada quien; pero, con sus aciertos y errores, virtudes y defectos, se trata de una figura que ha tenido una consideración referencial demasiado influyente para tomárselo a la ligera o a la vesánica. Si bien es cierto que, ante la exaltación bolivariana, se pide a gritos un revisionismo sensato; no es menos cierto que se hace necesario reaccionar contra interpretaciones vulgares (vengan del bando que sea) y deformaciones simplistas de nuestros principales referentes históricos, culturales y religiosos, empezando por la figura del Libertador. Más allá de identificarnos o no con este u otros personajes, se trata de una cuestión de auto-respeto como nación y de respeto a la verdad histórica; desde la objetividad y desde el más elemental sentido de integridad como país; y como condición previa a la, ya señalada, revisión necesaria.
Partiendo de la realidad, cuestionable
pero innegable, del endiosamiento a la figura del Libertador, haría falta una
especie de exégesis o hermenéutica bolivariana; es decir, un
estudio objetivo, científicamente sistematizado, debidamente contextualizado y
a partir de sus principales documentos públicos; acerca de cuál era realmente
la visión política y social del general Bolívar. Y no solamente del Libertador,
también de otros prohombres como el Precursor Francisco de Miranda y otros
grandes hombres, de pensamiento, obra y acción.
De hecho esta exégesis ha
debido hacerse desde hace décadas, mucho antes de 1998.
¿Hasta qué punto hubo alguna
aproximación en este sentido, y no un culto a la personalidad del Libertador,
en las llamadas Cátedras Bolivarianas impartidas en
bachillerato antes de la llegada del chavismo?
En realidad, más que cátedras
bolivarianas, han debido ser Cátedras Del Pensamiento
Venezolano; ha debido hacerse una aproximación a las ideas de los
principales prohombres de nuestra historia, no únicamente Bolívar. Era
necesaria la definición de un pensamiento venezolanista, del que la bolivarianidad (con
lo que sea que se coma eso) fuese parte pero no el todo ni el centro.
De haberse impartido concienzudamente estas cátedras de la venezolanidad, no
solo en las escuelas, sino también a través de los medios de comunicación y
desde la institucionalidad, es probable que al chavismo (suponiendo que hubiera
existido) no le hubiera sido nada fácil usufructuar (y exponer al escarnio y al
repudio) los emblemas de la venezolanidad y el patriotismo, incluidas las
figuras de sus mayores prohombres.
Una vez más, comprobamos que los
lodazales de los últimos 22 años, vienen de las polvaredas
acumuladas en años anteriores.
Si bien es cierto que la
responsabilidad histórica de esta falencia le toca a todos los grupos de poder
y clases dirigentes desde 1830; el mayor grado de reprochabilidad debe
recaer en el período 1958-1998. Al haber sido el período político más longevo y
estable de nuestra historia; con mayor protagonismo civil, tanto político como
en otras esferas (cosa de la que hoy se jactan sus herederos y apologistas);
los prohombres de los años 1958-98 estaban moralmente más obligados a
promover una revisión, sana y equilibrada, de nuestra historia lo más sana, objetiva e
inclusiva posible, atenuando protagonismos desmesurados, reduciendo a su justa
medida el aspecto epopéyico-militarista de nuestra narrativa y dándole mayor
realce a las proezas cívicas, incluidas las no políticas. Eran los más
llamados a plasmar esa nueva visión histórico-nacional, tanto a nivel
de aulas de clases como a través de los medios de comunicación, en los usuales
programas institucionales... Y también a través de su capacidad de influir en canales comerciales, en la transmisión de programas televisivos de consumo popular. Estos supuestos adalides del civismo democrático
eran, por esa misma pretensión, los que más debían salirle al paso a
interpretaciones acomplejadas, resentidas y amarillistas de nuestra historia,
por marginadas que estuvieran; abriendo espacios, al menos paulatinamente, a
voces procedentes de entre los vencidos y los usualmente preteridos.
Lamentablemente esto no sucedió, pese a
que, no solo tuvieron cuatro décadas (el régimen más longevo hasta 1958, había durado 27 años), sino que también contaron, mucho más que
cualquier otro período anterior, con recursos económicos y una clase
profesional; con voluntad de consenso y un mayor cúmulo de prohombres de pensamiento, pasados
y presentes, con el acervo de su pensamiento y el ejemplo de su vida. En cambio
prefirieron el consenso artificial subsidiado por el petróleo; prefirieron el
cortoplacismo, incapaces de mirar más allá de las próximas elecciones. Pudiendo
proyectar una venezolanidad elevada, prefirieron ser expresión de
la Venezuela paterrolo, de la sociedad del disimulo y del
campamento con pretensiones de nación, según la famosa semblanza de José Ignacio
Cabrujas. A ejemplo de esas dirigencias se moldeó una Venezuela inepta para
sobreponerse a la rémora de un conocimiento y auto-valoración histórica,
deficientes y viciados; terreno fértil para el castrismo y el
foro paulismo en su siembra de cizaña, a través del fenómeno chavista;
en el usufructo y deformación de nuestra visión nacional.
Hoy, frente a la depredación del íncubo castro-chavista y sus cómplices trasnacionales, tenemos el residuo colaboracionista de aquellas viejas dirigencias del puntofijismo y a sus herederos o aspirantes a tales, aún más ignorantes, frívolos, cretinos y abyectos, si cabe. Frente a la rapiña resentida foro paulista y sus atrocidades contra nuestro sentido de identidad y nuestra valoración histórica, tenemos a una Gauche Divine criolla edulcorada, de historiadores, sociólogos, antropólogos, etc.; tenemos una claque que mira para el otro lado, minados muchos por el mismo germen ideológico de que se nutre el narco-régimen; auto-complacidos de su séquito de adulantes en sus ghettos bien-pensantes que ellos (dixit Ídolos Rotos de Manuel Díaz Rodríguez) ven como “olimpos”.
Mientras tanto el neo-bovecismo castro-chavista, procónsul del foro paulismo y de la mano de la progresía internacional, devasta cada vez más a Venezuela, no solo en lo económico, político, social y moral, sino también en su autoestima, arrasando la poca autovaloración que tenía; reforzando en los venezolanos, hasta el odio hacia su propia historia.
Es en medio de estos escombros que
tienen que moverse algunos venezolanos, muy jóvenes en su mayoría, quienes,
aquí y allá se han dado a la tarea de recuperar y entender a su verdadera
historia, reivindicar a sus prohombres en lo que de encomiables tuvieran. Ojalá
este sea uno de los embriones de una futura generación de nuevos prohombres propulsores de la venezolanidad en su mejor
expresión, igual o mejor que la que tuvimos a fines del siglo XIX y primera
mitad del siglo XX; mucha falta que nos hace.
ASCESIS Y META-HISTORIA
Pero en el presente, y de cara a un hipotético (y nada visible) futuro libre de la plaga castro-chavista, me pregunto hasta qué punto será necesario, especialmente en lo que toca al venezolano de a pie, un período posterior inmediato en el que, a menos que sea estrictamente pertinente, se evite hablar (ni bien ni mal) de temas y personajes históricos, y aún en estos casos imponernos un tono lo más frío y desapasionado posible. Es uno de los planteamientos que, en lo personal, me asalta en estos momentos (acaso exagero). Ojalá fuera posible un coyuntural silencio introspectivo.
Más que censura o clausura, yo lo
llamaría Ascesis de la Conciencia Nacional e Histórica. Y luego de
esta ascesis, imponernos una especie de revisión aséptica, ya no solo de
nuestra historia, sino también, y sobre todo, de nuestra relación con ella.
Será necesario un reseteo de nuestra mirada histórica y que esta, sobre todo de cara a los niveles más básicos, sea muy sencilla en su estructura; que apunte a una mirada muy integral y auto-reconciliatoria; orientada, más que al conocimiento en sí, a la comprensión de nuestro devenir histórico. Una transmisión básica de la historia que no se centre en ningún personaje (ni para exaltarlo ni para denigrarlo), por relevante que este haya sido; una narrativa histórica que tenga como principal protagonista a la sociedad venezolana, desde sus embriones y gestación (en algún punto entre La Conquista y la Independencia), con sus virtudes y vicios, siempre teniendo como fundamento la auto-comprensión constructiva.
Así mismo, hacer prevalecer esta motivación, si fuese el caso, con severidad.
Una transmisión de
la historia, que presente como idea principal, acaso como protagonista, al
contexto de que se trata, su realidad de fondo (socio-económica,
socio-cultural, antropológica, psicosocial, contexto internacional, etc.), una
realidad de fondo de la cual, a hechos concretos y personajes, por más
renombrados que hayan sido, se les presente, esencialmente, como un producto de
dicha realidad.
Esto no sería determinismo porque la
idea no es presentar realidades como inmutables y predestinantes, pero sí como
elementos clave en la comprensión de nuestro desenvolvimiento histórico (y
consecuente presente), y como factores que se deben tener en cuenta a
la hora de proyectar un futuro diferente…y mucho mejor.
El escollo principal sería
el hábito, arraigado pablovianamente, de ponderar la historia bajo
nomenclaturas panfleteras y delia-fiellezcas, que
hará que cualquier replanteamiento sea valorado masivamente a través de esos
cristales espurios. O sea que, previamente o simultáneamente, va a haber que
inhabilitar, de algún modo, en la psique colectiva, esos filtros malsanos, esos
lamentables parámetros de valoración.
Teniendo en cuenta este factor, pienso que durante mucho tiempo deberá haber, como parte o complemento a la enseñanza de la historia propiamente dicha, una suerte de META-HISTORIA; es decir, una disciplina o metodología que, más que tratar hechos o personajes históricos en sí mismos, aborde nuestra relación con esos hechos y personajes, que ponga el dedo sobre la llaga de la actitud que hemos tenido en relación a nuestra historia, esclareciendo sus orígenes y proyectando miradas alternativas, más lógicas, más consistentes y más sanas; óptimas de cara a una auto-comprensión y autovaloración constructivas. Una Meta-Historia que, al margen de que tan buenos o malos se consideren hechos y personajes, no hable tanto de nuestro pasado como de nosotros en el presente respecto a ese pasado, revisando lo acertado y errado de las ideas que hemos tenido de nuestra historia; una mirada, apareada con un sentido de ética y Areté nacionales asociadas a la historia. A fin de cuentas esa es la verdadera esencia de la historia como materia de enseñanza; más que hechos pasados, se trata del escáner retrospectivo y cronológico que, desde el presente, hacemos a esos hechos.
Eso sí, saliéndole al paso al otro vicio en el que muchas veces caemos de juzgar hechos pasados con criterio de nuestros
días.
Una Meta-Historia que, como disciplina Ad Hoc, para ser efectiva, además de la historia, abrace otras disciplinas como; la sociología, geografía, formación ciudadana, filosofía e incluso antropología. Igualmente considero que su estructura y difusión debe lograrse a partir de una articulación entre el sector público y los sectores privados, involucrando a las comunidades. No debe encorsetarse en los planteles educativos, ni enfocarse únicamente en la llamada población “en edad escolar”; al contrario, debe estar dirigida a toda la nación sin distingo de edad ni clases sociales; además de las vías escolares, también deberá valerse, a través de canales institucionales, de los medios de comunicación y la Internet.
Y, finalmente, debemos generar estrictas
medidas (draconianas si lo requiriesen las circunstancias) que nos obliguen
a respetar a la historia y a dejar de creernos con derecho, en
aras de una malentendida “democracia y libertad de
pensamiento”, a manosearla al ritmo de nuestras pasiones más vulgares.
Es preciso que esta nueva visión contemple acciones implacables contra
quienes le den a la historia un usufructo político-partidista y
contra quienes la hayan contaminado y contaminen con elementos discursivos y actitudinales
bastardos, mutilantes, odiantes y resentidos, sean del lado que sean. Urge ir
frontalmente, sin contemplaciones, contra esa tendencia malsana a contemplar
períodos y personajes desde posturas idolátricas, proyectando y escudando miserias personales en ellos; ir sin miramientos contra quienes, en
actitud vulgarezca de hincha de fútbol, usan la grandeza de
determinado período, hecho o personaje para encanallar a otros períodos o
personajes o a la propia venezolanidad.
Acciones, pensamiento, una ética y, si
se quiere, una filosofía que nos obligue a una mirada integral y de
reconciliación retrospectiva, de absoluto respeto a la Historia, en sí misma y en
cuanto a materia de estudio y transmisión.
Respetar la enseñanza de la Historia como lo que realmente es, UNA CIENCIA.
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Imagen al Comienzo
tomada de Wikipedia
https://es.wikipedia.org/wiki/Castillo_de_San_Francisco_de_As%C3%ADs


