sábado, 19 de enero de 2013

Oposición Y Ambición

OPOSICIÓN Y AMBICIÓN

Por Alexander Delgado C.

19 de Enero de 2013

El pasado 16 de Enero, el analista y consultor político Carlos Blanco publicó un post en su cuenta de Twitter, en donde, refiriéndose a la endémica debilidad y aislamiento de la oposición, decía: 


Debilidad de la oposición depende, creo, de que no muestra vocación de poder. Al no hacerlo no tiene fuerza suficiente ni adentro ni afuera.”.

Carlos Blanco definía esta carencia de la oposición como de “vocación de poder”. Yo sería más enfático (y acaso más prosaico), yo diría falta de ambición.

¿Es mala la ambición en sí misma? Usualmente se asocia a la codicia y esta, por conexidad, a sentimientos de mezquindad y falta de escrúpulos. El diccionario de la Real Academia Española la define como el “Deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama”. No obstante la escueta definición de la R.A.E, no se puede caer en simplismos o clichés, así como tampoco es recomendable establecer juicios absolutos de valor a la hora de considerar a la ambición en un sentido estrictamente conceptual. A fin de cuentas si la ambición no existiera, lo más probable es que al día de hoy, si acaso, estuviéramos dejando atrás a las cavernas. 

Pero además, de cara a la situación crítica que vivimos en Venezuela, donde su propia existencia parece estar, por así decirlo, en capilla ardiente ¿es totalmente inconveniente la ambición? Frente a la corrosión del régimen chavista, la dirigencia opositora ha vendido una imagen de sí misma, pretendiendo apoyarse en una visión de antípodas. Según este enfoque, ante el despotismo tropero y lineal del chavismo, ante su jaquetonería, intolerancia e innegable barbarie; de este lado se exalta la pluralidad, la tolerancia, la democracia, los valores cívicos y el respeto a la institucionalidad, por prostituida que esté a manos del chavismo... casi que como los hippies en los Estados Unidos de 1967, colocándole flores, en los cañones de sus fusiles, a la Guardia Nacional. 

Que conste que no cuestiono los valores en los que dice basarse la dirigencia MUDa, como principios cardinales a ser restaurados (aparte de otros principios que suelen ser soslayados por la dirigencia opositora); el problema es que se lo creen de tal manera que frente al estereotipo del chavista, del lado opositor también quieren estereotiparse, pretendiendo, en lo moral, un contraste irrisorio con el chavismo de luces frente a sombras, exagerando la defensa, pacifista y políticamente correcta, de los valores arriba señalados. Que con esa “política” de contraste y appeasement el chavismo lleve 14 años desmantelando a Venezuela y pasando coleto con quienes nos le oponemos… eso no parece importarles ni a la dirigencia opositora ni a sus más entusiastas devotos. Ellos bien con su conciencia, ellos son los “chicos buenos”. 

De hecho no faltan los que se deleitan, en su sifrinismo políticamente correcto, llenándose la boca con el (para muchos recién descubierto) manual de resistencia no violenta del filósofo norteamericano Gene Sharp (principios de los 70); tampoco faltan, por supuesto, los que invocan al inevitable Mahatma Gandhi como referente de lucha. El pequeñísimo detalle del que no se percatan estos opositores caviar, es el de la contextualización; hombres como Gandhi o el reverendo Martin Luther King Jr., ciertamente, fueron personajes ejemplares, no seré yo quien los cuestione, pero más allá de la admiración que puedan merecer ¿nos los imaginamos derrotando a un Hitler o a un Stalin? Por toda respuesta miremos qué tanto (o nada) ha logrado el Dalai Lama frente a la dominación china en el Tíbet.

Volviendo al tema de este escrito; la ambición, o ausencia de esta, en la dirigencia opositora y lo más representativo de su adherencia; miremos por contrapartida los siguientes ejemplos, entre muchos otros, de hecho, incontables. 

La expansión de la cultura greco-latina, base de la civilización occidental, se debió a la ambición de poder, gloria y grandeza de Alejandro Magno y luego de los romanos. Por su parte, el fin del Imperio Español de América y por ende nuestra, hoy pisoteada, soberanía, se forjó sobre el impulso de la ambición (a veces despiadada) de, entre otros, Simón Bolívar; ambición de poder o de gloria, pero ambición al fin y al cabo; el idealismo del Libertador de muy poco hubiera servido sin ese factor ambicioso. 

Adolf Hitler solo pudo ser derrotado por una alianza entre líderes políticos que eran verdaderas encarnaciones del poder; como Winston Churchill, el tirano rojo Iosif Stalin y Franklin D. Roosevelt (y con él, el Pentágono). Una alianza forjada en gran medida por la tenacidad de Churchill, otro ambicioso, ya sea de poder, liderazgo, o gloria; acaso en el célebre bulldog británico coexistía el idealismo junto a la ambición (no pocas veces oportunista), pero incluso en la realización de sus ideales también había mucho de ambición y megalomanía, como nos lo señala uno de sus más connotados biógrafos, el alemán Sebastian Haffner. 

Porque, y esto es muy importante, en materia de ambición hay toda una gama de lo más variopinta. Hay ambiciones que se pueden considerar saludables o positivas, tanto como las que son perniciosas y ruines. Además de la consabida ambición de poder y de lucro, podemos hablar de las, ya ejemplificadas; ambición de gloria, de liderazgo o de preeminencia social. 

Existe también un tipo de ambición poco tenido en cuenta pero no menos importante, la ambición creativa o de innovación. Esta forma de ambición, ciertamente, es fácil de confundir con el complejo de Adán, típico de la psique del régimen chavista; pero en el complejo adánico hay una clara diferencia con respecto a la vocación innovadora, llevada a niveles de ambición; ya que en esta última lo que realmente se busca es dejar huella o marcar hito, al introducir cambios sustanciales en la historia, sin que esta necesariamente empiece o termine con uno. La ambición innovadora, si bien suele ser más propia de científicos, intelectuales o artistas, no es totalmente ajena de cara a cambios políticos y sociales, y no deja de ser pertinente y muy útil de cara a la tragedia que vivimos en Venezuela, la cual, en el fondo, es el agotamiento de una forma de entender y ejercer la política que nos viene desde 1945 y de la cual los últimos 14 años son, simplemente, el detritus. 

Pero, como comentaba al comienzo, la ambición, sea esta buena o mala, parece ser uno de los aspectos de mayor carencia en la dirigencia opositora; al menos una ambición vasta, de altura, más allá de apetencias pequeñas y mediocres, de parcelas escurridas dentro del omnímodo poder chavista, o de tristes sobras como las que se conceden a un perro callejero. O bien se podría señalar (siempre especulando, claro está) que al tratarse de una dirigencia plural las pequeñas y parroquiales ambiciones o aspiraciones de los varios dirigentes se anulan entre sí.

Por supuesto, cuando hablo de ambición me refiero a una ambición bien entendida, pero, aun aceptándola con los aspectos negativos o peligrosos que derivan de ella (soberbia, autoritarismo, tendencia al personalismo, etc.), no podemos menos que reconocer que muchos de los grandes cambios socio-políticos a lo largo de la historia han tenido lugar por el impulso de seres, no solamente ambiciosos, de la índole que sea, sino que en muchos casos, en la realización de estos cambios (y de sus ambiciones) no han reparado en muchos miramientos. 

No olvidemos que los intervalos de estabilidad que Venezuela tuvo en medio de la vorágine caudillesca del siglo XIX y en la que, al menos, pudo figurarse a sí misma como una posible nación sólida, más allá de su realidad inmediata; se debieron, paradójicamente, al accionar autoritario de caudillos como los generales José Antonio Páez y Antonio Guzmán Blanco, epítomes de la ambición de poder; y la superación definitiva de nuestro neo-feudalismo caudillesco, se debió a la ambición personalista y autocrática del general Juan Vicente Gómez.

A despecho de comeflores, proto-hippies, libertarios románticos o anarquistas ingenuos; en los angustiantes momentos que vivimos y aún a riesgo de cambiar un personalismo por otro… más “benigno”, tendríamos que preguntarnos hasta qué punto, al margen de principios cardinales como el patriotismo y la dignidad nacional, el bienestar general, el respeto a la libertad bien entendida y el restablecimiento de un verdadero estado de derecho; hasta qué punto, repito, a la Venezuela antichavista le sería mucho más rentable, desde un punto de vista pragmático, una dirigencia (…o un dirigente), con una ambición vasta, sea creativa, o de poder, o de gloria, o, si se quiere, de dominio o preeminencia, además de voluntad y mano de hierro (con o sin guantes de seda), para ejecutarla.

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