Análisis y Opinión
¿BALAGUERAZO CONTRA CHAMORRAZO?
Por Alexander Delgado C
24 de Enero de 2026
Ya han pasado tres semanas desde la captura de Nicolás Maduro. Aunque subsiste el regocijo general y aún se mantiene en muchos venezolanos la percepción general de “luz al final del túnel”; para otros tantos, sin embargo, las expectativas generadas por la operación Resolución Absoluta, dieron paso, casi inmediatamente, a un sabor agridulce, ante la decisión de la Administración de Donald Trump de apostar por mantener a la cabeza del gobierno de Venezuela a la segunda a bordo del gobierno chavista, Delcy Rodríguez y preservar intacta, al menos de momento, al resto de la estructura política y militar del régimen, aunque golpeada, desmoralizada y abiertamente controlada por Washington DC. Esta decepción se vió reforzada por las declaraciones de La Casa Blanca, desestimando para guiar a la Venezuela post Maduro, a la oposición venezolana, y especialmente a su líder, la Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, de quien se declaró, “no contar con el respeto necesario”, esto último, refiriéndose claramente a los resortes del poder en Venezuela, que no a la opinión pública donde el respaldo mayoritario a la Sra. Machado es incuestionable. Una decisión y una declaración que parecen echar por tierra las, ciertamente risibles, pretensiones de la Sra. Machado de contar con la aquiescencia del 80 % de la oficialidad militar venezolana.
En la Venezuela intervenida por el Tío Sam (¿o Tío Donald?), al menos momentáneamente, parece estar suspendido el guion de la tan cacareada transición que daría paso a nuevas elecciones presidenciales (transparentes, por supuesto) en la que, la favorita, no podía ser otra que nuestra insigne Nobel, ya rehabilitada electoralmente. La consideración de ilegitimidad de los controversiales comicios del 28 de julio del 2024 quedó en evidencia al no haberse tenido en cuenta, ni como interino, al vencedor de aquellas elecciones, el interpuesto, Edmundo González.
Por lo pronto queda, de momento, suspendida la posibilidad, temida por muchos, de que en la Venezuela post Maduro, un gobierno de María Corina Machado, salido de las urnas electorales, dé paso a una versión local del llamado Chamorrazo; en cambio, la administración Trump le ha impuesto a Venezuela lo que, al menos superficialmente, me parece un Balaguerazo-1961; es decir, una versión 1.5 del status quo sui generis que, tras el asesinato del dictador Rafael Leónidas Trujillo, se implantó en la Republica Dominicana, en cabeza de Joaquín Balaguer y Ramfis Trujillo.
DEL NEO-CHAMORRAZO “SUSPENDIDO POR MAL TIEMPO”...
Hablar de un Chamorrazo venezolano es referirnos a un vene-remake del período iniciado en Nicaragua, en abril de 1990, con el ascenso a la presidencia de Violeta Barrios de Chamorro (viuda del malogrado periodista Pedro Joaquín Chamorro) tras su sorpresivo y avasallante triunfo electoral contra la tiranía sandinista de Daniel Ortega (quien, de paso, era el candidato oficialista). Una “transición pacífica y negociada” con los sandinistas y consentida por estos, como tabla de salvación, en momentos en que el sandinismo en el poder se encontraba cercado militarmente, y técnicamente derrotado, por la insurgencia armada de la llamada “Contra”. Por cierto, estas negociaciones habían sido facilitadas por el entonces mandatario venezolano, Carlos Andrés Pérez, en su segundo período (1989-1993); recordemos que, en su primera administración (1974-1979), Pérez había apoyado en Nicaragua, la rebelión armaba (hegemonizada por los sandinistas) contra la dictadura de Anastasio Somoza Debayle.
La transición nicaragüense de 1990 implicó, entre otras cosas; la permanencia intacta del FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional) como partido político, así como de las Fuerzas Armadas sandinistas (sin depuraciones significativas) y hasta con derecho a expresarse políticamente a través del mencionado FSLN. Así mismo, significó el perdón y la permanencia en posiciones de poder o influencia de figuras clave del sandinismo (incluido el propio Ortega y su mujer); todo en aras de una pretendida gobernabilidad transicional hacia la… democracia. Un período que continúa con los gobiernos chamorréricos de Arnoldo Alemán y el gris Enrique Bolaños Geyer. Una etapa signada por hechos de corrupción y de abuso de autoridad como el Caso Genie Lacayo; adolescente asesinado por las tropas sandinistas, reencauchadas en el Chamorrazo, en el propio 1990 y cuya reivindicación tardó más de siete años en llegar.
La consecuencia de este período de “reconciliación” fue que los escándalos de corrupción, muchos de los cuales involucraban factores del sandinismo co-gobernante, mancharan principalmente a personeros (ciertamente nada santos) del chamorrerismo, socavando su base de apoyo, debilitando la pretendida democracia nicaragüense y allanando, en 2007, el camino de regreso al poder de Daniel Ortega… en elecciones libres.
Y así está Nicaragua hoy en día.
… AL BALAGUERAZO 1.5 IMPUESTO
Aunque no se puede hablar de similitudes, en un sentido estricto, lo sui géneris de la actual situación venezolana (ya, de por sí, bien atípica desde 1999), recuerda vagamente al estado de cosas que, en la República Dominicana, siguió al asesinato de Rafael Leónidas Trujillo, el 30 de Mayo de 1961.
Si bien, para el momento de su ejecución, Trujillo no detentaba constitucionalmente la presidencia de la nación antillana, para nadie era un secreto que era quien regía los destinos de Quisqueya desde 1930. Con títulos como “El Generalísimo”, “Benefactor de la Patria” y “Padre de la Patria Nueva”; llamado informalmente “El Jefe” por sus leales y “El Chivo” o “Chapita” por sus detractores clandestinos, Trujillo ejercía el control político y económico sobre La República Dominicana, de una manera arbitraria y con visos de atrabilis, tanto en su política interna como externa. Esta característica llevó a Trujillo a acciones desmesuradas, como; la desaparición de Jesús Galíndez, los asesinatos de Gerard Lester Murphy y Octavio de la Maza, la brutal represión tras la fracasada invasión pro castrista del 14 de Junio de 1959 y, muy especialmente, en 1960, el fallido atentado contra el entonces presidente venezolano Rómulo Betancourt, así como el brutal asesinato de las hermanas Mirabal. Estos hechos acarrearían la cuarentena diplomática al régimen y, a mediano plazo, cavarían la tumba del “Chivo”.
Con el asesinato de Trujillo, su, hasta entonces, testaferro presidencial, el doctor Joaquín Balaguer, llevó a cabo un proceso de apertura política gradual, contando con el apoyo de los Estados Unidos, por entonces bajo la malograda administración de John F. Kennedy. Con el peso de la fallida, y aún reciente, invasión de Bahía De Cochinos, en Cuba, la administración Kennedy buscaba evitar un vacío de poder en tierras dominicanas que permitiera el asalto al gobierno por parte de movimientos de izquierda radical, influenciados por la Revolución Cubana. De ahí que, el proceso dominicano de 1961, además de mantener a Balaguer al frente del gobierno, implicó, provisionalmente, la permanencia en el poder de los principales prohombres del trujillismo, especialmente del hijo mayor del dictador asesinado, el vesánico general Rafael “Ramfis” Trujillo Martínez. Este asumió la jefatura de las Fuerzas Armadas y, desde allí, ante la mirada desentendida de Balaguer y de la administración Kennedy, vengó ferozmente la muerte de su padre, asesinando despiadadamente (entre mayo y noviembre) a la mayoría de los participantes en los hechos del 30 de mayo, y encarcelando y torturando a quienes consideraba cómplices.
No obstante, durante ese proceso, Balaguer, siempre con el apoyo de la Casa Blanca, purgaría, de manera progresiva, el aparato político trujillista; desde sus aspectos operativos (suavización de la censura y relativa legalización de partidos opositores) hasta los de carácter simbólico (Santo Domingo, llamada Ciudad Trujillo desde 1936, recuperó su nombre). Los Trujillo, que de mala gana, y presionados por los EE.UU, habían tolerado este proceso, fraguaron un contragolpe para el 19 de noviembre. Pero la lealtad monolítica al trujillismo, por parte de las Fuerzas Armadas dominicanas, había acusado el impacto de este proceso de desmontaje, lo que permitió que, el propio 19 de noviembre, un alzamiento preventivo en la Fuerza Aérea Dominicana (que ha pasado a la historia como La Rebelión de Los Pilotos) lograra hacerse con el control militar del país, abortando así el intento de contragolpe orquestado por los Trujillo y obligando a la expatriación definitiva de estos, Ramfis incluido.
Balaguer permaneció en la presidencia hasta ser forzado a abandonarla, en enero de 1962, por presiones populares, respaldadas por los mandos medios del ejército y los principales partidos opositores. Sin embargo, los restos, depurados, del aparato político trujillista, cooptados por Balaguer, acabaron mutando en una nueva fuerza política, conocida como “balaguerismo”, lo que permitió que tras el período convulso de 1963-1965 en la República Dominicana, Balaguer, resurgiera políticamente, retornando a la presidencia en 1966 y proyectándose como un caudillo político, casi hasta su muerte (2002).
REALISMO GEOPOLÍTICO
Los EE. UU, acaso escaldados por lo sucedido tras la invasiones a Afganistán (2001) e Irak (2003) y tras el derrocamiento de Muamar El Gaddafi en Libia (2011), han preferido dar prioridad a la estabilidad política y social de Venezuela por encima de la restauración de la democracia, la cual se prevé como algo a un futuro aún indefinido.
Como la administración Kennedy en el Santo Domingo, post Trujillo, la administración Trump en la Venezuela post Maduro busca abordar la situación, desde el más absoluto pragmatismo, sin duda alguna, primando los intereses estadounidenses, especialmente los relacionados al control de las reservas petroleras y otros recursos minerales (hierro, oro, tierras raras), pero también dando importancia a consideraciones geopolíticas, ante una Venezuela que, ya desde antes del 3 de enero, era percibida como un foco de perturbación a escala regional.
En el Santo Domingo de mayo-noviembre de 1961; logrado el objetivo de depurar la estructura de poder de su línea más dura (Ramfis Trujillo) y sus elementos más impresentables (Johnny Abbes), así como el ostracismo definitivo de la familia del dictador asesinado, evitando un baño de sangre mayor y el asalto al poder de la extrema izquierda; la política estadounidense se volcó en facilitar un proceso democrático, al menos en un sentido formal.
De manera similar, en la Venezuela post-Maduro, todo apunta a una intención de la Casa Blanca de evitar un vacío de poder que pudiese degenerar en un estallido social e incluso en una guerra civil, lo cual supondría una amenaza a la estabilidad de la región y al control estadounidense de las reservas energéticas venezolanas, así como el riesgo de que se dispare aún más el flujo migratorio desde Venezuela a los Estados Unidos (o al resto del continente con las implicaciones en términos de inestabilidad social). Esto se infiere de las declaraciones del presidente norteamericano Donald Trump, cuando asegura que mantendrán a Venezuela bajo tutela hasta que esté en capacidad de elegir nuevos gobernantes de manera libre y coherente; sugiriendo, ni tan implícitamente, un proceso transaccional y transicional que, partiendo del actual estado de cosas debiera evolucionar hacia el establecimiento de un orden institucional más sólido, se supone que democrático.
Otro escenario posible (y, realmente, muy temible) que acaso se quiera evitar desde el Departamento de Estado, es que se fragmente el estamento militar venezolano, bajo control chavista, en el que hay más de 2000 generales, muchos de ellos incursos en negocios ilícitos como el tráfico de drogas y de extracción de oro. Todo esto, en medio de un escenario de anomia controlada y una estructura de poder basada en un equilibrio complejo entre diversos grupos.
De las declaraciones de los principales voceros de la Casa Blanca, se deduce que, al apostar por la continuidad de la cúpula chavista con Delcy Rodríguez al frente, se busca neutralizar a los factores más radicales del chavismo, como Diosdado Cabello, apuntalando un mínimo de estabilidad en el contexto venezolano que le permita reactivar la industria petrolera y garantizar los suministros de hidrocarburos hacia Occidente. De este modo la administración Trump asegura el control regional, lo que sería muy difícil y riesgoso de lograr intentando reconstruir un estado desde cero.
De ahí que la administración Trump dejase de lado a las principales figuras de la oposición tradicional, especialmente a la Sra. Machado y su testaferro electoral de 2024, Edmundo González; limitando su protagonismo al del eterno rol “opositor” en el que, durante tantos años, se sintieron cómodos. Más allá de cualquier antipatía, tras bastidores, oficialmente el gobierno estadounidense alegó el riesgo de que la incorporación inmediata de figuras de la oposición a posiciones de poder generaría incertidumbre, violencia política o riesgo de colapso a nivel nacional. No obstante, el peso de esta política se ha hecho sentir, no solo en los sectores políticos de oposición al régimen, cuyos principales portavoces han empezado a exigir un mayor apresuramiento en el proceso de desmontaje del régimen chavista sino, también, en la opinión pública venezolana, en general, tanto dentro como fuera de Venezuela en la que, dado lo desesperado del día a día de los venezolanos, a ambos lados de sus fronteras, la operación del 3 de enero, aún bajo la previsible censura de la cúpula de poder dentro de la nación, sembró expectativas que exceden a los hechos desarrollados en lo que ha ido de este mes de enero, tan controversial para Venezuela y, en general para Iberoamérica. Dentro de estas expectativas, obviamente, priman las relacionadas con el vergonzoso e inaplazable tema de los presos políticos, especialmente tras la oleada represiva con la que el narco-régimen respondió a la rebelión que, de hecho, siguió a los resultados electorales del 28 de julio de 2024.
Como era presumible, ante la política proto-balaguérica desplegada desde la Casa Blanca, la oposición tradicional, rumiando desde su marginación y, aprovechando la innegable popularidad de Machado, ha intentado galvanizar a la opinión pública, en un intento de presión, realmente inoportuno en las actuales circunstancias, para acelerar el sempiterno y, para ellos habitual, circo electorero. Sus seguidores en las redes sociales se han dado a la tarea de explotar, tanto la sensiblería congénita del venezolano promedio, como el, más que comprensible, desespero de la población, apelando emotivamente a un falso dilema entre la continuidad chavista (que poco a poco empiezan a personalizar en Delcy Rodríguez) y el “cambio” que ellos ven representado en María Corina Machado; tildando maniqueamente de chavista (en el mejor estilo de un Hugo Chávez) a quienes no comulgan con su tesis electorera.
PRIMERO LA RECONSTRUCCIÓN NACIONAL. ORDEN FÉRREO NECESARIO
Desde mucho antes del 3 de enero, no hemos sido pocos los que hemos sostenido, no solo la inviabilidad del voto para salir del narco régimen (demostrada fehacientemente entre 2004 y 2024) sino incluso su inconveniencia, a lo posterior inmediato, de haberse logrado salir del castro-chavismo.
Muchos consideramos, antes de la operación Resolución Absoluta, que tras la salida del chavismo hacía falta un proceso, necesariamente dictatorial, de Rehabilitación Nacional, que restableciera el orden y un mínimo de funcionalidad en todos los sentidos; que, si se quería una nación sólida, la reconstrucción y reeducación política, paso previo al pretendido restablecimiento de la democracia, debía a su vez, ser precedida por un período, nada corto, de superación del estado de anomia promovido y controlado por el narco régimen; de reconstrucción de la economía, del tejido social y de las instituciones; de saneamiento de la moral y los valores ciudadanos y, si se quiere, de reivindicación del sentido de nacionalidad y patriotismo, también caídos en el descrédito interno (especialmente entre muchos jóvenes).
Sería una farsa indigna pretender que este arduo proceso de recuperación nacional puede llevarse a cabo, a partir de unas elecciones, en un entorno “democrático”, con un chavismo, económicamente poderoso, reconocido como fuerza política o, en el mejor de los casos, ilegalizado pero atrincherado en las periferias y con recursos suficientes para generar caos e ingobernabilidad.
Con el trasfondo de envilecimiento circense generalizado en la población, de promoción de la ignorancia y los antivalores, por parte del narco régimen, esta pretensión democratera, solapada circunstancialmente en la popularidad de María Corina Machado, sería como tender un fino tapete persa sobre un relleno sanitario. Un vulgar tercermundismo de lujo. Los seguidores de la señora Machado, creyendo ver en su lideresa a otra Margaret Thatcher u otra Golda Meir, no se percatan de que, antes bien, deberían verse, ya no en el espejo de Violeta Barrios de Chamorro, sino peor aún, en el de Isabelita Perón o el de Janine Añez.
Si bien el llamado Plan de Tres Fases presentado por la Casa Blanca, no se ajusta al orden regeneracionista que muchos consideramos necesario tras una hipotética salida del régimen (que aún no se ha consumado), no obstante apunta en dicha dirección, al contemplar el contexto anómico y de ruina en todos los aspectos a que ha sido postrada Venezuela. Los palangristas del voto señalan agriamente el apoyo de la Administración Trump a la cúpula chavista sobreviviente, olvidando las declaraciones, tanto de Machado como de Edmundo González ofreciéndole garantías políticas al chavismo. El Chamorrazo ofrecido en bandeja de plata.
EL FACTOR MILITAR FALENTE
¿Con qué fuerza militar se habría contado para el establecimiento de la dictadura necesaria? Ciertamente las actuales FANB, a simple vista, se aprecian como un lupanar cooptado por el chavismo por el cual nadie con tres dedos de frente metería las manos al fuego. Pero no por eso deja de ser cierta la necesidad de un orden férreo post régimen chavista (y de signo contrario a este).
Y, por otra parte, ¿con qué fuerza militar esperan contar los palangristas del voto en el supuesto de imponer e imponerse con su tesis electorera? ¿Con el pretendido 80% que la Sra. Machado se arroga? ¿Con la, no menos risible sumisión del grueso de los verde oliva a los dictámenes de la Constitución?
Y, yéndonos más atrás, tendríamos que hablar del torpe manejo político-militar llevado a cabo en los días de abril de 2002. Habría que recordar las especies que sugieren la delación, en 2014, de la llamada Conspiración Azul, por parte de prominentes “líderes opositores”. Habría que volver la mirada sobre las reiteradas desestimaciones de la dirigencia oposicionista tradicional ante cualquier señal de descontento en las FFAA, aferrándose a salidas institucionaleras y electoreras (“¡Golpe No! ¡La salida tiene que ser democrática!”). Tendríamos que recordar como las protestas de 2013, 2014 y 2017 fueron apagadas por la dirigencia “opositora” y, muchas veces, canalizadas hacia firmazos, shows electoreros, cacerolazos catárticos, concentraciones faranduleras y plantones tira-físico. En estas protestas, fácticamente rebeliones, sobre todo en 2017, vimos a muchos jóvenes que, armados sólo con escudos de cartón, enfrentaron el poderío bélico chavista, exhibiendo no sólo valor, sino también, asombrosamente, formas tácticas que sugerían un misterioso entrenamiento previo (de ahí pudieron haber surgido nuevos soldados patriotas). Es preciso recordar las circunstancias en que, en 2017, fue detenido el capitán Juan Carlos Caguaripano, en manos de la policía de Carlos Ocariz, así como los rumores (ciertamente, solo rumores) que sugieren una posible delación o “trampa tendida” al Comisario Oscar Pérez.
Un posible descontento armado que no fue y que, ciertamente, por sí solo no hubiera rendido frutos inmediatos pero que, inteligentemente canalizado y enlazado con una, no menos inteligente organización silenciosa pero vigilante de la ciudadanía a lo interno de sus hogares (instruidos sigilosamente en formas prepper a nivel manutentivo y organizativo) quizá, solo quizá, hubiera podido ser el germen de un orden cívico militar formado progresivamente, en las sombras, que, acaso hubiera sido capaz de ponerse en pie en el momento adecuado (Por ejemplo en Febrero de 2019, o en la actualidad).
LAS PERSPECTIVAS DEL BALAGUERAZO 1.5
Según el parecer de algunos analistas, el plan de Trump busca eliminar gradualmente el liderazgo político e ideológico chavista, acaso, al final de todo, a la misma Delcy Rodríguez en el poder. Así mismo, presuntamente se busca una purga gradual de las actuales FANB, tanto de elementos chavistas recalcitrantes, como de aquellos más manchados por los escándalos de corrupción (especialmente los relacionados al tráfico de drogas y la minería ilegal) y, así mismo, de los más señalados en acciones represivas (asesinatos, torturas, desapariciones); a grosso modo lo que, en 1961, con mayor o menor éxito se llevó en la República Dominicana; Balaguer purgó el entramado trujillista cooptándolo y convirtiéndolo en una versión más potable a la dinámica demo-liberal.
Es decir, los EE UU apuestan a que la propia cúpula chavista, más “oxigenada” desmonte su propio sistema. Esto sería lo ideal, teniendo en cuenta el golpe moral y simbólico que recibiría el foro-paulismo y la izquierda más recalcitrante, en general. Pero esta es una apuesta, ciertamente, muy riesgosa, como ya lo declaró el ex embajador estadounidense en Venezuela Charles Shapiro.
¿Se logrará? ¿Accederán los hermanos Rodríguez a llevarlo a cabo hasta el final? ¿A cambio de qué? ¿Creerán los Rodríguez que, a la manera del Balaguer post Trujillo, pueden capitalizar lo más pragmático y menos incómodo del régimen hasta mutarlo en un movimiento político propio que les permita acceder al gobierno, quizá no en lo inmediato pero sí más adelante? ¿Hasta qué punto, el chavismo, como tal, está dispuesto a dejarse desmantelar desde adentro hacia afuera porque así lo diga la administración Trump; a dejarse prostituir (entiéndase, de cara a ellos), a dejarse morir de manera, para ellos, tan humillante?
Son preguntas (y posibles respuestas) que quedan en el aire.
Esto me lleva a una segunda consideración, aún a riesgo de contradecirme. La comparación del chavismo con el trujillismo que he venido manejando, se cae cuando tenemos en cuenta que el trujillismo, como el somocismo en Nicaragua (que no tanto el sandinismo), el gomecismo en Venezuela y, hasta cierto punto, el franquismo en España; más que movimientos, eran órdenes políticos estructurados en torno a una figura caudillesca, sin una estructura ideológica realmente definida, más allá de posiciones geopolíticas. De hecho, muchas veces, fueron pragmáticos. En el caso del castrochavismo, si bien hay vestigios innegables del caudillismo hispanohablante, explícito en una referencia nominal a personajes (Castro, Chávez), también es cierto que este remanente caudillista está insertado en un espectro ideológico, existencial e incluso cosmovisional, que va más allá de la figura concreta del caudillo (que no es más que un portador o concretador); una visión del mundo, catalizada por El Foro de Sao Paulo y centrada en ideas, actitudes o pretensiones de pensamiento como; antiimperialismo, socialismo, comunismo, una supuesta “conciencia social”. Es lo que bautizaron como Socialismo del siglo XXI y quisieron ver, o hacer ver, como bolivarianismo (en realidad tiene mucho más de bovecismo).
El desmantelamiento de esta estructura es mucho más difícil al no tratarse de un régimen en torno a una figura unipersonal. Esto ha sido un sempiterno defecto de apreciación al castro chavismo en el que caen muchos venezolanos bobositores; la manía de personalizar al régimen foro paulista de Miraflores; del chavismo pasamos al madurismo y, no extrañe que dentro de poco se empiece a hablar coloquialmente de rodriguismo o delcynismo. Entendimientos miopes para ver un orden que va mucho más allá de un hegemón circunstancial, que está centrado en una cosmovisión; espuria, dañina, tóxica pero cosmovisión al fin y al cabo; en una mística, una simbología e incluso, si se quiere, una liturgia que se sienten obligados a observar formalmente aunque en la práctica se la pasen por el forro.
Si desmantelar semejante ecosistema, es difícil bajo un esquema como el propuesto por Trump, lo sería mucho más bajo un orden basado en preceptos constitucionales, liberales y democráticos. El instinto de supervivencia y la resistencia al cambio, propio de estos modos ideológico-cosmovisionales, llevaría a los restos del chavismo a atrincherarse indefinidamente en selvas o extrarradios o, más peligrosamente y más probablemente, a mimetizarse camaleónicamente, en una apariencia formal de aceptación y adaptabilidad a los esquemas democráticos para luego volver por sus fueros, tal como el sandinismo en Nicaragua tras el Chamorrazo. Pueden esperar años, décadas y hasta formar generaciones de relevo, tal como sucedió en la propia Venezuela, tras el fracaso de su accionar guerrillero en la década de los 60.
Pero, resulte lo que resulte al final, lo cierto es que, y por los motivos pragmáticos, arriba señalados, hasta ahora el Plan de Tres Fases del presidente estadounidense, con su balaguerazo 1.5, parece haberse impuesto sobre la tesis electoralista de la oposición tradicional, y la posibilidad de un Chamorrazo 2.0, de momento, está suspendida.





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