LA DIÁSPORA Y EL “CALLEJÓN SIN SALIDA”
Alexander Delgado C.
15/02/2021
Una paradoja que siempre me llamó la atención
desde las primeras diásporas masivas fue el hecho de que quienes huían de
Venezuela, en su mayoría, lo hacían del caos propiciado por el régimen
chavista, y aunque sería arduo (por no decir imposible) ponernos a investigar las simpatías políticas de cada uno los migrantes de entonces, en líneas generales cabría atribuir a la mayoría de estos una
posición política adversa al chavismo y a lo que este representaba, al menos, al momento de emigrar.
La mencionada paradoja estriba en que las primeras reacciones contra la migración venezolana, desde las sociedades receptoras, fueron políticamente capitalizadas por sectores anticomunistas, a partir de un discurso de derecha nacionalista. Es decir, la diáspora, provocada por el modelo político castro-chavista, a su vez era hostilizada en los países receptores, por los mayores oponentes políticos al modelo que impulso el éxodo de venezolanos. Esta ironía de los vaivenes políticos ha colocado al grueso de la migración venezolana, y si se quiere a la propia Venezuela antichavista dentro del país, en una especie de “entre dos fuegos” en el que, políticamente, no se cuenta con un asidero o referente de alianzas de cara a los países receptores. A primera vista, y sin que muchos venezolanos reparen en ello, pareciera estarse ante un laberinto, o lo que es peor, un callejón sin salida.
Lo más
hiriente de esta, aparente incongruencia, es que, en el caso de los países
receptores, se trata de naciones con quienes compartimos cultura e identidad en
sus lineamientos más básicos. Aquellos a quienes, en el vecindario, debiéramos
ver cómo nuestros aliados políticos e ideológicos, son los que, con mayor o
menor razón, promueven el odio hacia nuestro gentilicio. Por su parte quienes,
en aras de un pretendido discurso latinoamericanista
y patria-grandista se mostrarían
dispuestos a “tendernos la mano” son
los aliados, políticos, ideológicos y probablemente económicos, de los
responsables de semejante diáspora.
Este
contrasentido cruel se ha visto agravado por la incapacidad de la migración
venezolana de cohesionarse y mantener, a lo interno, una actitud vigilante y de
constante denuncia ante la infiltración de elementos criminales y mala
conducta, de modo que, como comunidad, podamos proyectarnos y desmarcarnos
públicamente de factores indeseables que enloden nuestro gentilicio. Esta
negligencia refleja, más allá de nuestras fronteras, al venezolano viva la pepa
que siempre espera que alguien, desde arriba, les marque pauta. De manera más
indirecta, pone en manifiesto la superficialidad de muchos de nuestros
compatriotas a la hora de ponderar el trasfondo político-social, cultural e
ideológico de la tragedia que estamos viviendo, cosa que, no obstante, es
esencial para comprender al castro-chavismo.
La migración masiva del venezolano a lo largo del continente (y la reacción desde las sociedades receptoras) ha puesto de manifiesto varias consideraciones, a escala regional, a las que no les hemos prestado la debida importancia.
1.- La
escasa experiencia de muchos países del resto de Iberoamérica en recibir
oleadas migratorias de la magnitud de las que se está registrando desde Venezuela. Más bien en estos países lo que imperaba era la cultura de
emigrantes hacia naciones con mejores posibilidades económicas. Esto, junto a
cierto enclaustramiento geográfico-cultural, ha incidido, en muchos casos, en
una idiosincrasia demasiado cerrada en sus fronteras.
2.- La
escasa cultura del venezolano como emigrante. Antes bien éramos nosotros los
acostumbrados a recibir oleadas de inmigrantes, tanto de ultramar como del
vecindario. Esto se ha argumentado para justificar, o al menos explicar, la
actitud nada asertiva de muchos migrantes venezolanos, especialmente los de
menor educación, en los países receptores. No obstante, este argumento no deja de
tener cierto grado de sofisma, ya que, más allá de la mucha o poca experiencia,
hay cualidades como el sentido común y las normas elementales de cortesía,
especialmente si se es visitante o huésped.
3.-
Como telón de fondo, el enorme grado de improvisación y de corrupción política
y social que caracteriza a nuestros países, reflejada, entre otros aspectos, en
sus políticas migratorias. Este mismo grado de corrupción incide en que, a lo
interno de muchos países receptores, se use al problema de la migración
venezolana como chivo expiatorio de tensiones políticas y sociales domésticas.
4.-
También como telón de fondo, la ignorancia, el atraso cultural y las taras
actitudinales de todo signo que arrastramos los hispanohablantes, en forma más explícita
en las capas más deprimidas socioeconómicamente, o en capas medias de
procedencia popular; entre ellas, complejos, resentimientos, envidias, y mitos
mentales.
5.- La
tendencia en los países de habla hispana, más pronunciada en unos que en otros,
al individualismo o al sectarismo, lo que, aparte de predisponernos a
encerrarnos en nuestras fronteras, contribuye, a enfrentamientos internos por
razones sociopolíticas, en un eterno desencuentro con nosotros mismos. Esto,
obviamente, dificulta que nuestras naciones, a pesar de tener un origen
cultural e histórico común, puedan verse como similares y que los aciertos y desaciertos de cada
nación puedan servir como espejo a las demás (más allá de retóricas hermanistas, politiqueras y, en el
fondo, vacías).
6.- Finalmente el individualismo centrífugo del venezolano; a pesar de sus demostraciones de solidaridad, interna y externa, en momentos de crisis o desastres, los venezolanos somos muy poco dados de mantenernos articulados a largo plazo, en la cotidianidad, por generación espontánea, en una idea de intereses compartidos, en un nosotros nacional; a esto agreguemos nuestra baja autoestima e incluso, auto desprecio, obliterado por discursos de ocasión, más patrioteros que patrióticos, en muchos casos; frívolos, ritualísticos y más aspiracionales que reales.
A
partir de los puntos expresados ¿Qué podríamos hacer los venezolanos, tanto
dentro como fuera del país para hallar, al menos, intersticios en medio de esta
aparente calle ciega; para poder desenredar este y otros nudos gordianos en los
que nos encontramos, al menos, desde 1999?
Considero
que lo primero, es tomar conciencia plena de nuestra situación; acaso, más que
un callejón sin salida, sea un cuello de botella; empezar a pensar por nosotros
mismos y al margen de las narrativas que nos ofrecen sempiternos liderazgos
“opositores”; empezar a escuchar otras voces (acaso nuestras propias voces
internas), dejar de tomarnos a la ligera aspectos como el contrasentido reseñado al
comienzo, asumir la realidad de fondo sobre la que se asienta nuestra tragedia
(realidad ideológica, sociológica y psicosocial). El segundo paso es valorarnos más como nación, asumir la debacle que estamos viviendo con la gravedad del caso y comprometernos, sin pobrecitismos autocompasivos, a hacerle frente a este
pandemónium nacional (dentro y fuera de nuestras fronteras), a sobreponernos al mismo.
Cumplidos
estos dos pasos, los venezolanos, tanto en la diáspora como dentro del país,
debemos cohesionarnos más, volcarnos más sobre nosotros mismos, de manera integralista; sin
que esto, signifique caer en necios encuevamientos patrioteros; al contrario, entender lo que nos une al resto de Hispanoamérica pero sin preterirnos
como venezolanos o auto diluirnos en babosas letanías hermanistas; esto implica entender nuestras
peculiaridades venezolanas dentro del todo hispanoamericano y, especialmente,
nuestras particulares circunstancias. Debemos entender hasta qué punto solo
podemos (y debemos) contar con nosotros mismos, pero también hasta qué punto
formamos parte de un continente, así como el hecho de que nuestra problemática hace un buen rato dejó de ser nacional
para convertirse en continental, arrastrando, envolviendo, comprometiendo (y lo que es más triste, enlodando) a la venezolanidad.
Necesitamos
la suficiente madurez para asumir, tanto nuestra cuota de culpa por acción u omisión, como el hecho de que somos esencialmente responsables en
recuperar y reconstruir nuestra nación; pero que esto, a su vez, no implica dejar de ser
consecuentes con la realidad de un orbe geográfico, histórico y sociocultural
del que no dejamos de formar parte; es decir, tenerlo en cuenta como factor de
la ecuación. Debemos desarrollar una visión nacional que, aunque anclada a valores
elevados como el patriotismo, la dignidad, la gallardía, la Areté o el sentido
de pertenencia, sea también muy pragmática, aterrizada y atenida a nuestras
fronteras, nuestra realidad, nuestro tiempo, contexto y sus posibilidades, pero
también a nuestras limitaciones y riesgos.
Y, a
partir de esa visión plantearnos, de cara a una futura reconquista de nuestro territorio, una política limítrofe y
migratoria clara, al servicio de la nación venezolana, de nuestras necesidades
y conveniencias. La Venezuela buenista, de puertas abiertas, la que en nombre
de una manida solidaridad (y a veces por simple esnobismo) prohijaba
sentimientos y relatos continentales o hermanos pero que, dentro de un contexto nacional, nos eran ajenos o de mucha menor intensidad; la Venezuela que daba todo a cambio de nada; esa Venezuela debe quedar atrás.
Los
venezolanos de buena fe que formamos parte de la diáspora debemos cohesionarnos
más, colaborar más entre nosotros; generar grupos que, además de canalizar la
cooperación mutua promuevan y sostengan una constante comunicación y (en la
medida de nuestras posibilidades) disposición a colaborar con la población
receptora y con sus autoridades e instituciones. Debemos ser respetuosos de las
costumbres e idiosincrasia de quienes nos dan alojamiento, entender que no por
ser hermanos latinos tienen que ser,
pensar o sentir como nosotros; ser auto-vigilantes y mantener una actitud
pública de constante señalamiento al venezolano jaquetón, de mala actitud
respecto al suelo que les da alojamiento, impulsar siempre el buen ejemplo.
Así
mismo, debemos mantener una permanente manifestación de repudio hacia elementos
y conductas delictivas e indeseables procedentes desde Venezuela, los cuales
enlodan nuestro gentilicio, entender que el daño que le hacen a la
venezolanidad los convierte en parte del problema, por ende, lejos de verlos
como nuestros compatriotas, debemos verlos como elementos espurios salidos de
nuestro suelo, parte de un enemigo interno, casi a la par con un traidor. Se
debe hacer siempre público este repudio e incluso colocar notoriamente sobre el
tapete la alta posibilidad de que sean elementos infiltrados por el régimen de
Miraflores (un régimen resentido y abyecto, de odio y oprobio) precisamente
para dañar la imagen nacional.
Debemos generar, además de una nueva narrativa nacional, una nueva mística a lo interno y a lo externo.
