CHÁVEZ; NO OTRO BOLÍVAR, MÁS BIEN EL RENACER DE
BOVES
Por
Alexander Delgado C.
26 de Julio de 2011
“¡O se acaba la bovera o se rompe la zaraza!”
Palabras pronunciadas por el General Pedro Zaraza
(a quien la tradición ha atribuido la muerte de Boves) poco antes de iniciarse
la Batalla de Urica, el 07 de diciembre de 1814.
Ya se ha vuelto un
lugar común que el régimen use permanentemente para sus fines el nombre y la
memoria del general Simón Bolívar, hasta llegar a una abierta y abyecta
profanación a sus restos a mediados del año pasado. Lo verdaderamente
deplorable es que, en la acera política opuesta al chavismo, en estos
últimos doce años, prácticamente no haya habido voces que, de forma tajante,
clara y reiterada, le pusieran un detente a este manoseo y que
del mismo modo contrarrestaran este usufructo.
Podemos
simpatizar o no simpatizar con la figura de Bolívar, ese no es el punto. También es verdad que hace
falta una visión más revisionista, menos epopéyica y menos endiosante, tanto de
la figura del Libertador como de la etapa independentista. Pero más allá de
todas estas consideraciones, reaccionar contra este uso falaz y simplista e interpretación vulgar
de lo bolivariano es una cuestión de auto-respeto como país, tratándose
de nuestros principales puntos referenciales, tanto culturales, históricos o
religiosos, pero sobre todo es una cuestión de respeto a la verdad histórica.
Del
lado No-Chavista se ha hecho demasiado poco en recuperar y reivindicar nuestra
identidad histórica (y menos aún en revisarla sanamente), así sea en un plano discursivo,
mediático y gráfico; salvaguardándola, de este modo, de la constante manipulación
por parte de Hugo Chávez y sus acólitos. Lamentablemente los principales
factores de la “oposición", sean de centro-izquierda o
de derecha yuppie-mayamera, imbuidos en un malentendido
pragmatismo, no son capaces de ponderar la pertinencia de nuestra
autovaloración histórica, como un factor psicosocial y simbólico de la
venezolanidad, ni el poder motivador socio-político que esto tiene.
Dentro de esta falencia opositora, el discurso anti-chavista no ha sabido (o no le ha importado) usar una constatación histórica contra las permanentes manipulaciones de Chávez. Esta es que, en realidad, Hugo Chávez representa más acertadamente el renacer de José Tomás Boves.
Si algún espíritu histórico-social encarna el chavismo es el de la llamada Rebelión Popular De 1814.
Ciertamente muchos de los grandes caudillos de la Independencia, empezando por el propio Bolívar (que a fin de cuentas dirigió como dictador la guerra independentista) pueden haber llegado a adoptar discursos y políticas draconianas, demagógicas y proselitistas, pero nunca llegaron a un discurso de odio social y hasta racial, como el que enarboló Boves y como el que, constantemente, hoy se agita desde el Palacio de Miraflores. Es preciso recordar el horror con el que el Libertador consideró lo que después se va a llamar la lucha de clases, que en aquel entonces estaba íntimamente ligada a la confrontación racial o guerra de colores. De hecho fue el temor, nunca comprobado, de que el general Manuel Piar desatara una guerra de colores, lo que determinó que, en 1817, el glorioso vencedor de San Félix terminara en un paredón con la venia de Bolívar. Esto nos puede dar una idea de lo prevenido que estarían el Libertador y otros importantes jefes independentistas ante una confrontación clasial o racial. No era para menos después de la vorágine de sangre que Boves y su guerra de exterminio a los blancos y mantuanos arrojó sobre Venezuela en 1814.
LA REBELIÓN POPULAR DE 1814
La figura del caudillo asturiano ha sido, en un sentido literario, magistralmente tratada por Francisco Herrera Luque en su novela Boves El
Urogallo (1972). A su vez, el año pasado el director Luis
Alberto Lamata, llevó a las salas de cine venezolanas la película Taita
Boves. Sin embargo, en el presente ensayo, prefiero tomar en cuenta el libro de
Juan Uslar Pietri Historia De La Rebelión Popular De 1814.
Este trabajo, publicado en 1951 y centrado, más que en Boves, en la Rebelión de 1814, nos presenta detalladamente este
acontecimiento histórico-social, tradicionalmente muy mal ponderado
en los textos de enseñanza escolar y en los medios de información. Un
acontecimiento histórico que muy probablemente haya dejado en nuestra psique
colectiva más huellas de las que estamos dispuestos a admitir.
Boves no era simplemente un jefe realista, en
realidad fue el primer gran caudillo de masas, atizó y canalizó el odio y el resentimiento, acumulado a lo largo de tres siglos, de los sectores populares y de los esclavos contra las clases aristocráticas de entonces,
conocidas como Los Mantuanos (un
odio que el mismo Boves albergaba a su manera); es preciso recordar que, a su
vez, los mantuanos dirigían mayoritariamente el movimiento independentista.
Aunque nacido en Oviedo (Asturias), en el año 1782, Boves residía en tierras venezolanas, concretamente en Calabozo, por lo menos, desde 1799, connaturalizándose
con la vida de los llanos venezolanos.
Al estallar el movimiento independentista, Boves inicialmente habría intentado tomar partido por la causa independentista en la, entonces, villa de Calabozo; pero, bien sea por recelo o por los prejuicios clasistas de los mantuanos, nunca logró ganarse la confianza de los republicanos. Acusado (tal vez injustamente) de espía de los realistas, fue vejado, torturado y condenado a muerte por los independentistas calaboceños en 1812. La misma mañana en que Boves iba a ser ejecutado, las fuerzas realistas de Eusebio Antoñazas ocuparon Calabozo. Boves, salvado milagrosamente del patíbulo, fue puesto en libertad incorporándose inmediatamente a la causa realista.
En realidad, la actuación de Boves y sus temibles
lanceros, más que a favor del Rey de España, fue en contra de los
Mantuanos, bien que “circunstancial y convenientemente camuflajeada” bajo las
banderas realistas. De esta manera describe Juan Uslar Pietri el accionar
de Boves y sus lanceros:
“Boves comenzaba la carrera de caudillo popular,
de demócrata en el sentido de voluntad social. Al contrario de los
jefes realistas y de los patriotas él tenía de su parte al pueblo. Permitía
dentro de sus ejércitos toda clase de libertades; libertades éstas que en un
grupo de poca desarrollada cultura significaban indisciplina y anarquía. Los
soldados cuando no querían obedecer las órdenes de uno de sus jefes pedían a
Boves su destitución. Boves, para complacerlos y sirviendo de expresión
a la voluntad de todos, nombraba un nuevo jefe que fuese del agrado de sus
terribles lanceros...”.
“Boves sabía atizar el odio que los negros y
pardos sentían por los blancos. El mismo llegó de tal manera a
sugestionarse en su campaña contra la “maldita raza”, que, a pesar de ser
blanco, les odió también… Su odio por esta raza era tan grande, que
llegó no solamente a considerar enemigos a los blancos patriotas, sino también
a “todos los criollos blancos, y así se hizo el ídolo de la gente de
color, a la cual adulaba con la esperanza de ver destruida la casta
dominante”.
En relación a la Guerra Social-Racial iniciada por
Boves desde 1813 pero que alcanzaría su máximo de ferocidad en 1814, dice Juan
Uslar Pietri:
“En
realidad, esta lucha de razas era una sublimación de la lucha de
clases, pues los blancos eran los poseedores de todas las
riquezas de Venezuela, y los negros y pardos, los “parias” de esa organización
social. Inconscientemente, en su
lucha contra los blancos, aquellos hombres no hacían otra cosa que acabar
con los propietarios. Lo que sucedió fue que en esa época no
había programas políticos sociales que pudieran darle un diferente matiz a
aquella rebelión.”
Poco tiempo después de la muerte de Boves en la
batalla de Urica (el 07/12/1814), su antiguo capellán, el padre Ambrosio
Llamozas, fue a España, comisionado por el General Pablo Morillo, a dar cuenta
al rey de los sucesos de Venezuela; del memorial que el Padre Llamozas presenta
(y que Fernando VII no se quiso dignar a recibir personalmente, a pesar de lo
grave del asunto), Uslar Pietri inserta las siguientes líneas:
“A los
hombres que encontraba que pertenecieran a la raza odiada les asesinaba sin
fórmula de juicio y sin ningún pretexto. A las mujeres y a los
niños, cuando no corrían la misma suerte, los enviaba a la isla de Arichuna
para que se murieran de hambre. En la ciudad de Calabozo mató a ochenta y siete
que pudo encontrar, pues el resto había huido, y dejó una lista con otros
treinta y dos. En el pueblo de
Santa Rosa acabó sistemáticamente con todos los blancos sin exceptuar uno.
En la Villa de Aragua, después de saqueada la ciudad, los blancos trataron de
refugiarse en la Iglesia. Allí fueron masacradas de cuatrocientas a
quinientas personas. En Barcelona perecieron mil. A consecuencia de este
sistema han desaparecido los blancos; en Cumaná sólo han quedado cinco u ocho
del país”.
Describiendo los estragos que el segundo de Boves,
Francisco Tomás Morales, ocasionó en los Valles de Aragua a comienzos de 1814,
concretamente en Turmero, leemos en la obra de Juan Uslar Pietri, la siguiente
narración de un testigo (se infiere que un funcionario del gobierno de la
Segunda República), tomada de la «Gaceta de Caracas», en su Nº.58, del
14 de abril de 1814.
“Ellos se llevaban las mujeres, las violaban, y
las hacían seguirlos a planazos, nada escapaba a su brutalidad. Un
curro desfloró una jovencita de ocho años, que quedó muerta a orillas del camino de Güere, donde se encontró aún
con todas las señales de la torpe barbarie con que había sido tratada. Su
madre, que lloraba su suerte que no pudo evitar, refería penetrada de amargura,
el triste caso de su desgraciada hija a nuestros oficiales cuando pasaban por
Valencia. Nada dejaron en las oficinas de mi cargo, las mesas, las sillas, los
estantes, todo lo quemaron, y sólo encontré un cadáver colgado de una ventana”.
Obviamente, a los independentistas en aquel entonces no les interesaba mostrar los sucesos de 1814 como la rebelión popular que era; aparte de admitir que se libraba una guerra civil enclavada dentro de la Guerra Independentista, esto implicaba asumir el contrasentido histórico de una rebelión de masas, oclocrática y anómica, amparada en las banderas realistas. En consecuencia, la acción de Boves y sus lanceros siempre fue presentada como una simple reacción realista contra la Segunda República. Lamentablemente esta visión, circunstancialmente comprensible (que no justificable), fue mantenida por los diversos grupos de poder que se sucederían en Venezuela, hasta la presente fecha. Creyendo, equivocadamente, que exponer realidades como esta demeritaba la lucha emancipadora a los ojos de la venezolanidad, siempre procuraron mostrar lo que de epopéyico tuvo aquella lucha y, al mismo tiempo, trataron de soslayar la cara barbárica, trágica y traumática de la heroica pero larga, sangrienta y devastadora guerra de Independencia. Como nos lo cuenta Uslar Pietri en La Rebelión, “en el solo año de 1814 se derramó más sangre en Venezuela que en toda la Revolución Francesa”.
El fantasma de esta rebelión se reproduciría a lo
largo del siglo XIX, especialmente durante la Guerra Federal (1859-1863), generando un ciclo de
violencia y guerras caudillistas que solo pudo ser superado, a comienzos del
siglo XX, bajo la implacable dictadura del general Juan Vicente Gómez. Pero, muy
probablemente, el fantasma de Boves
continuara rondando la psique colectiva, influyendo, desde 1958,
en la sistemática evasión de conflictos (por pertinentes que fueran) que
caracterizó a los cuarenta años de Ilusión de Armonía (1958-1998).
Pero la trágica ironía es que el fantasma que
se quiso evadir sistemáticamente desde 1958, ha salido del closet de nuestro, ni tan inconsciente colectivo, en 1998 y, con todo su furor contenido, se ha institucionalizado
desde 1999.
ENFRENTANDO FANTASMAS, REPLANTEANDO NUESTRA VISIÓN
HISTÓRICA
Por supuesto que todo lo anterior puede sonar
tendencioso, bilioso y hasta exageradamente alarmista, no es esa la
intención; tal vez tengan razón quienes sostienen que “un principio
inamovible de los historiadores profesionales es que la historia no se repite…
el resentimiento y el deseo de venganza es un elemento que puede estar presente
en un hecho histórico con mayor o menor intensidad y amplitud, pero que tales
pasiones no son por sí explicaciones de los hechos que se observan.”
(Felipe Valdivieso Cox, en una reseña a propósito del estreno
de Taita Boves).
También es innegablemente cierto que aún el
chavismo no ha desatado una sangría como la de 1814, pero ¿qué dudas puede haber de
que la psique chavista apunta hacia allá? Se excitan las más bajas
pasiones en las masas, se
fomenta el odio al que posee algunos bienes materiales y sobre todo al que
detenta dotes intelectuales, talentos superiores y virtudes que el otro no
tiene o no ha podido o sabido ejercitar.
De hecho, hoy podemos
hablar de un BOVECISMO POLÍTICO.
El tono de
resentimiento racial en el discurso de Chávez siempre
ha estado mal disimulado, hacia allá apunta el perenne empeño en
manipular la historia a favor de
sus delirios y frustraciones y, muy especialmente, el negacionismo de la
herencia hispánica y la absurda pretensión de que nuestra madre patria sea
África.
En cuanto a la violencia en gran escala y una oleada de sangre como la de 1814, bien podemos apreciar que el régimen hace pender sobre los venezolanos, cual espada de Damocles, la permanente amenaza de una guerra civil. La violencia se practica de manera simbólica, aunque con episodios aislados de violencia abierta, que bien pudieran hacernos preguntar, suspicazmente, cuánto habrá de ensayo y error.
Demasiado descriptiva resulta la anécdota según la
cual en la tarde de aquel trágico 11 de Abril de 2002, José Vicente Rangel le
habría dicho telefónicamente a Freddy Bernal, “que los cerros bajen armados
de cuchillos, que eso los cague”. Y dos días después, durante las revueltas
que regresaron a Chávez al poder, no menos ilustrativa resulta la lúgubre
imagen de las organizadas hordas chavistas, despedazando vivos indefensos
cachorros de una tienda de mascotas, escribiendo con la sangre de estos,
grafitis en las paredes y luego amenazando a los vecinos de los alrededores con
que “Ustedes son los próximos”.
Si esto no es el
despertar del espíritu bovecista ¿de qué otra forma se puede llamar?
Vivimos bajo la permanente acción intimidatoria de
las turbas motorizadas del chavismo. Ese mismo malandraje motorizado, arremetiendo
contra determinados actos públicos de la oposición, bien podría sugerirnos una
nueva versión mecanizada de las
sangrientas hordas a caballo de 1814 (o en general del siglo XIX).
Antes eran los hombres a caballo de las zonas rurales que
amenazaban las ciudades, ahora son los motorizados chavistas de
los extrarradios de las ciudades (especialmente Caracas) que amenazan el Casco
Urbano y las urbanizaciones de clase media para arriba.
Finalmente, la espasmódica pero al mismo
tiempo reiterada, agresión y ultraje contra templos y símbolos
religiosos, especialmente católicos, por parte de colectivos
pro-chavistas, no puede menos que remitirnos, a quienes conocemos nuestra
historia, a la imagen de los hordas bovescianas de 1814 acuchillando
inocentes en los altares de las iglesias, saqueando estos templos y (como
también se narra en el citado libro de Uslar Pietri) sustrayendo hasta los
corporales y vendiéndolos como pañales para bebés… o rebanando el vientre de
una mujer embarazada a la salida de una Iglesia tras la toma de Cumaná.
¿No puede leerse todo lo anteriormente dicho como una forma indirecta, por parte del régimen y sus seguidores más recalcitrantes, de decirnos lo que, en última instancia se consideran capaces de hacer?
Antes que parecer alarmista o sensacionalista, la idea es llamar la atención hacia una mejor comprensión de lo que estamos enfrentando en la Venezuela de comienzos del siglo XXI, y que los voceros bobositores no tienen el conocimiento, o acaso el valor, para colocarlo sobre el tapete. La vocería “opositora”, de manera tendenciosa y sesgada, se empeña en presentarnos en lucha contra, simplemente, una dictadura. Por ejemplo el afán en mostrarnos, interesadamente, cada 23 de Enero, a Chávez como una mala copia de Marcos Pérez Jiménez, pesar de lo forzado de tal paralelismo y de las abismales diferencias entre ambos modelos de gobierno y contextos históricos.
O peor aún; el empeño de los espacios informativos y de opinión de tinte “opositor” de inculcarnos paralelismos, pedantescos y extranjerizantes, del actual régimen con Hitler o Stalin. Más allá de lo que pueda haber de acertado en estas comparaciones, el discurso oficial de la llamada oposición, en su exquisita ignorancia y superficialidad, no se percata de que, por un lado, el uso de estos referentes foráneos desdibuja cualquier intento de comprensión venezolana de la realidad que estamos padeciendo, y por el otro, de manera abstracta y en valores relativos (el simple número, sea cual sea su signo), la comparación con el dictador de una potencia europea, por maléfico que este haya sido, antes que denigrar, exalta al chavismo.
En la Venezuela de comienzos del siglo XXI estamos enfrentando mucho más que una dictadura con pretensiones totalitarias (que ciertamente mucho tiene de eso), confrontamos el resurgimiento de un proceso de barbarie política, de anarquía moral y social, de anomia del espíritu, un proceso con raíces históricas netamente venezolanas; esa es la realidad que debemos concientizar y asumir en consecuencia. Se trata de afrontar la problemática que vivimos a partir de una visión más a lo interno de nuestro ser y no ser, porque a fin de cuentas, el fantasma de 1814 todavía sobrevive de alguna manera en todos nosotros, no solo en los chavistas aunque estos sean la mejor expresión de este fantasma.
Sobrevive con su carga de odios, resentimientos y complejos en la acera chavista; y en la acera antichavista, con una innegable carga, más o menos disimulada, de prejuicios clasistas (cuando no francamente racistas) y prepotencias mantuanoides.
En realidad, en la Venezuela de hoy, la confrontación contra el Bovecismo del Siglo XXI es afuera y es adentro de nosotros mismos.

.jpg)
