DOMINACIÓN
A TRAVÉS DE LA DESMORALIZACIÓN
Por
Alexander Delgado C.
23
de Diciembre de 2022
Se ha vuelto insoportablemente habitual la perenne actitud auto acusatoria que arrastra el venezolano. Si bien, es una reacción, desde la frustración; perfectamente lógica en sociedades como la venezolana en estos tiempos, no por eso deja de ser altamente perniciosa. Es, parafraseando al profesor Augusto Mijares, un auto sembrarnos cenizas, siempre desde la más absoluta, atorrante y superficial necedad.
Leo una reciente publicación en Twitter del escritor Dante
Fontana (@DanteFontana3) en la que, por enésima vez, se le restriega por la
cara al venezolano su supuesta “pasividad” ante las humillaciones que, a
diario, le inflige el régimen. En el tweet en cuestión, dice Fontana:
Mi respuesta sería que
lo que hace falta es más gente que entienda y haga entender lo que, al parecer, Fontana y muchos como él se niegan a entender; a saber, que esas humillaciones
están hechas, precisamente, para dominar reforzando el elemento de frustración
e impotencia.
Así como el hambre no
libera sino que esclaviza, del mismo modo, esas afrentas desde el chavismo, y
lo que es peor, la respuesta-desahogo de muchos IMBÉCILES, insultando a la
población por no “reaccionar”; no solo no espolean esa pretendida reacción,
sino que, por el contrario, desmoralizan e inmovilizan aún más. Tanto más si la
colectividad humillada se sabe desarmada, desorganizada y sin un liderazgo
aglutinador e inspirador.
Eso lo sabe de sobra el
régimen; de hecho, lo más probable, es que desde unas, más que probables, salas situacionales ubicadas en la
Habana (si no en el propio Miraflores), ya hayan estudiado y previsto de antemano, este tipo de efecto.
Uno de los aspectos más
subestimados del accionar (e incluso del ethos) castro chavista, es que su
dominio no se basa exclusivamente en la coerción mecánica. No es solo con armas o instrumentos
de tortura que nos dominan. No es solo a través del hambre o con pan y circo.
No es solo a partir del miedo. Los rojos también se imponen a partir del
desconcierto que generan, de la ira ciega, de la frustración y la impotencia.
No solo amedrentan con violencia física y verbal, también desmoralizan desde la violencia simbólica; y las humillaciones a que hace referencia Dante
Fontana son su manifestación más visible.
A través de esta estrategia de dominio refuerzan nuestra baja autoestima; una baja autoestima, no lo olvidemos, ya preexistente desde antes de 1999, que no sembrada por el chavismo sino, por el contrario, el chavismo originalmente se nutrió de ella y, por supuesto, ha hecho todo lo posible (y hasta lo imposible), entre arengas patrioteras que solo son antifaces, por alimentarla y acrecentarla aún más. Estamos ante una forma de control social, casi tan efectiva como el hambre. Esta “táctica” apunta a que la motivación y el entusiasmo colectivos, naufraguen en medio de un mar de desesperanza e ira impotente; o bien, que naveguen sin rumbo fijo, como veleta espasmódica, en un mar picado de ansiedad ante rumores (muchos no confirmados), de chismes baratos, de controversias indignantes o de escándalo en escándalo, para, al final, no ocuparnos de nada en específico.
Es una forma de
agresión invisible que conlleva a debilitar, aún más, la capacidad de cohesión
y resistencia frente al régimen; todo esto mientras se destruye el sentido y
propósito de vida como nación o al menos se le distorsiona de un modo favorable a
los designios del narco-régimen.
Sobran ejemplos de este
accionar chavista en contra de la psique colectiva; prácticamente han sido
una constante desde 1999, aunque con énfasis especial desde 2014. Los
esporádicos videos de Maduro bailando, especialmente a raíz de alguna situación
desgraciada para los venezolanos; o bien, las imágenes de personeros del
régimen y de enchufados, disfrutando y exhibiendo obscenamente su vida de lujo
y desenfreno, en medio de la miseria y dificultades de la mayoría de los
venezolanos (incluidos muchos emigrados), son la muestra más palpable de
violencia simbólica, con la que se le restriega al ciudadano su situación
humillante, buscando generar desesperanza. Uno de los casos más dicientes fue,
hace cuatro años, el nunca olvidado video del propio Maduro y su mujer en un
restaurante de Turquía.
Los desahogos en las
RRSS, los que como Viejas Histéricas, gritan “¡REACCIONEN!”; o peor aún, los
que, desde un supuesto “antichavismo”, humillan al venezolano tildándolo de “cobarde”, solo contribuyen a
consolidar ese desasosiego inmovilizante. Al final, afrentas, injurias,
iniquidades, injusticias, asco, ira, desprecio (tanto el propio como el que nos
rodea), terminan sintiéndose como pedradas en carne muerta.
Y eso también, sin duda
alguna, lo sabe el régimen que, por supuesto, hace cuanto esté en sus manos por
exacerbar ese sentimiento derrotista.
La pasionalidad y
ligereza del venezolano promedio, su INFANTILISMO PETER-PÁNICO EN POLÍTICA, han sido, desde 1998, un instrumento funcional al castrismo. Sirvieron de motor para
llevar a Chávez al poder, vía votos. Y sirven aún para controlar a partir de la
manipulación.
Quienes, desde la “oposición”, así reaccionan, son tontos útiles de Miraflores y La Habana (si es que no son, premeditadamente, cómplices). Lo más tiste es que muchos responden de esta forma, a sabiendas que no lograrán la tan cacareada reacción; solo por un mezquino deseo de desahogarse o, más despreciable aún, de proyectar en el ánimo colectivo su cobardía subyacente.
¿Queremos reaccionar de
verdad?
Empecemos por
reaccionar contra nosotros mismos, y no precisamente contra nuestra supuesta
pasividad, sino contra nuestra vehemencia irreflexiva y verborreica. Aprendamos
a revisar y controlar nuestra pasionalidad en temas políticos. Permitámonos
enfoques alternativos (antichavistas, se entiende o, en todo caso objetivos) del mismo problema. Seamos
más disciplinados con nuestra actitud. No nos perdamos en nuestros desahogos infantiles.
Dejemos el egoísmo en
nuestro uso expresivo de las RRSS. No se trata de “yo soy libre de escribir lo
que me da la gana”, en lo referente a la situación-país ya es tiempo de pensar
en el efecto de nuestras palabras.
Bajémosle dos al mito
aspiracional del cuatriboleado. Entendamos que contra el castro-chavismo no es
solo ser “comecandelas”, es sobre todo, ser ASTUTOS, aprender a imponernos de
cómo piensan ellos e irles veinte pasos adelante. “Gloria al bravo pueblo” es
solo una frase de himno, aunque sea el nuestro. Es solo retórica ornamental. No entender esto es propio de malcriados oligofrénicos
No hagamos chistes de
nuestra tragedia, ni se los aceptemos a nadie. Para reírse y relajarse de tanta
amargura, hay temas de sobra que no involucran nuestra situación política y
social.
Dejemos de seguirle el
juego a los que nos han controlado, porque conocen de antemano nuestras
reacciones y se han adelantado. Son una lepra psicosocial que se alimenta de
nuestras miserias, no les demos cuerda.
Sí, tenemos que tener coraje, pero también tenemos que aprender a ser más reflexivos y críticos.
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ILUSTRACIÓN;
caricatura de Eduardo “EDU” Sanabria. Maduro bailando sobra la sangre de los
venezolanos
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