ANTE
LA IDOLATRÍA CHAVISTA
Por
Alexander Delgado C.
20
de Julio de 2010
En la madrugada
del pasado 16 de Julio, fueron exhumados los restos del Libertador Simón
Bolívar en el Panteón Nacional. Si quedaba alguna duda, para alguien con cinco
dedos de frente, del desquiciamiento y del nulo respeto hacia nuestros valores referenciales
más consolidados y hacia lo que de respetable ha sido siempre para nosotros,
habría que considerar despejada esta duda luego de la aberración cometida en el
Panteón Nacional que, con mayor o menor acierto, ha sido considerado
tradicionalmente como el más sagrado altar del patriotismo venezolano.
Lo anterior nos puede
dar una idea del respeto que pueden tener por el ciudadano.
Hace unos días, y a
propósito del “traslado simbólico” de los restos de Manuela Sáenz, al Panteón
Nacional, leí un comentario en Internet, en tono, mitad mamadera de gallo mitad ironía, que; “en el Panteón había más Mete saca que en un Burdel”, como
siguiéndole el juego le replique que “hasta
ahora no se había sacado nada solo se había metido”, evidentemente me
precipité. El Panteón Nacional, como toda Venezuela, parece haberse convertido
en algo tan digno como un burdel de la Avenida Lecuna, en Caracas. Pasados ya cuatro
días, la verdad es que queda poco que decir que refleje el repudio por parte de
la Venezuela que todavía tiene dignidad, ante aberraciones como la del pasado
viernes.
Acerca de la
profanación también se ha especulado acerca de la posibilidad de que, de manera
solapada, se esté haciendo algún tipo de brujería, ritos de magia negra,
santería, o del culto denominado Palo
Mayombe. Más allá de lo ciertas o falsas que puedan resultar semejantes
sospechas, sí se puede decir que no son gratuitas, dada la mala fama que a este
respecto tienen Hugo Chávez y su entorno. Lo que es innegable es que estas
especulaciones, y la posibilidad de que sean ciertas, subrayan y ponen en
negrillas el grado de patetismo y anomia moral al que hemos llegado.
Por otra parte, los hechos del pasado viernes reafirman el carácter idolátrico del actual régimen, su espíritu fetichista, o, más bien, masturbatorio. Y no se trata solamente por la posibilidad de ritos de brujería, sino también, y sobre todo, porque su manera de relacionarse con la historia patria refleja una condición primigenia en la psique chavista; el culto a los muertos, a los antepasados, el tratarlos como si aún vivieran entre nosotros; en el caso que nos ocupa, a las figuras proceras, sobre todo si están ligadas (como en el caso del General Bolívar) a mitos fundacionales. Es común de mentalidades primigenias como las del chavismo, asumir como propias, filias y fobias que caracterizaron (o que le han sido atribuidas) a personajes históricos de su devoción idolátrica.
En psiquis como la
chavista es típico el pretender hacerse cargo de pasiones que, por simple paso
del tiempo y por los devenires de la historia posterior, deberían estar
superadas de cara a las generaciones del presente; el crear una supuesta
conexión, ya sea metafórica o, en un grado extremo, de carácter ritual o
incluso figurándose una (bien forzada) metempsicósis, que permita al idólatra (en este caso,
los chavistas) escudar su accionar presente y su razón de ser, detrás del hecho
o personaje histórico, objeto del culto fetichista. En ese sentido cabe
perfectamente la posibilidad de rituales mágico-religiosos, en torno a la
profanación de los restos del Libertador. Si no de modo literal, al menos, de
modo simbólico.
Aparte, al revolver, de una
manera tan burda y arbitraria pasado y presente sin que medie una debida
contextualización, se desnaturaliza la historia, haciéndola
odiosa o, peor aún, generando, como reacción, actitudes igualmente idolátricas
en sentido contrario. Se generan fanatismos viscerales de lado y lado, cual
hinchas de futbol, hacia hechos y personajes históricos que nos pertenecen a
todos por igual.
Esto, no solo es propio
de modos de pensar primigenios, también de espíritus mediocres, cobardes y
resentidos. La relación con la historia por parte de Hugo Chávez (y de todos
los Hugos Chávez existentes entre nosotros, incluso en el antichavismo) es propia
de la pusilanimidad moral y espiritual de quienes, incapaces de afrontar su
mediocridad, siempre buscan un chivo expiatorio o una justificación en la
historia, así como en la sociedad o cualquier otro factor ajeno a ellos.
Lamentablemente esta
manera de relacionarse con la historia, en nuestro país, no es exclusiva de
Hugo Chávez, sus acólitos y el sector de la población que lo sigue fanáticamente; en realidad es un reflejo, estrambótico e hipertrofiado, de un cúmulo de mitos,
clichés, estereotipos, y también de complejos, taras y resentimientos que
traemos inculcados en el imaginario colectivo por generaciones. Quizá el
escozor que en el ánimo antichavista producen, no solo aberraciones como las
del pasado viernes, sino en general, las palabras, actitudes, acciones y
reacciones por parte de Chávez y de sus seguidores, se deba a que remueven ecos en algún rincón censurado de nuestra propia psiquis.
En ese sentido el
llamado a los venezolanos es a revisar la manera en que nos hemos percibido
como realidad histórica y presente, a confrontarlas con una realidad objetiva,
a través de la razón, replantear el enfoque que tradicionalmente se nos ha
inculcado hacia nuestro pasado y que bajo el chavismo ha alcanzado cotas
demencialmente retorcidas.
Debemos revisar serenamente
mitos, clichés, y lugares comunes; en lo que podrían tener de sofisma y en los
que tal vez no hemos reparado, saber salirles al paso.
Es necesaria una mirada
a nuestra historia, si no imparcial, al menos con un mínimo de seriedad y
objetividad, sin caer en pasionalidades, de ningún extremo que solo degradan la
historia a la categoría de un culebrón de Corín Tellado; un examen de nuestra relación
con los principales períodos, hechos y personajes de nuestra historia
(especialmente con la figura del General Bolívar), y hacerlo sin apasionamientos
de ninguna índole, ni a favor ni en contra y, sobre todo, lo más
deslastradamente posible del presente chavista.
Necesitamos un enfoque de
nuestro devenir histórico sin lirismos ni presuntuosidades, pero también sin
fatalismos, resentimientos, complejos de inferioridad o de culpa; también sin
satanizaciones o vulgarizaciones necias; recordar que los prohombres de nuestra
historia (especialmente Miranda y Bolívar), aún en su grandeza, eran humanos y
como tal, tuvieron aciertos y cometieron errores. Sí tenemos que aceptar las
sombras y miserias que puedan ensombrecer nuestra historia, no debemos rehuir esta responsabilidad, pero hagámoslo apoyándonos y
afirmándonos en aquellos hechos, ordinarios o extraordinarios, que reflejen lo
mejor de nosotros (no solo los relacionados al período independentista).
Sobre todo debemos
entender que lo hecho por los prohombres de nuestra historia, con sus logros y
falencias, aciertos y errores, es cosa del pasado y que la responsabilidad de
lo sucedido en nuestro pasado más inmediato, de nuestro presente y, sobre todo
de nuestro futuro, es esencialmente nuestra.
Finalmente, en relación
con el perenne manoseo, usufructo e irrespeto de que están siendo objeto los
principales iconos de nuestro orgullo patrio por parte de este desgobierno, si
bien es algo que debemos mirar con repudio y procurar castigarlo en la primera
oportunidad, tampoco perdamos de vista que, siendo, en líneas generales, un
pueblo de formación cristiana (sea católica o de otras confesiones), debemos
recordar, contra la idolatría del chavismo; que nuestra veneración debería
enfocarse, más que determinadas imágenes u objetos, en lo que estos
representan. El régimen puede dominarnos materialmente (por ahora) pero
mientras preservemos nuestro espíritu como nación, podremos recuperar tarde o
temprano todo aquello que físicamente nos ha sido confiscado.

