ACERCA DEL VOTO DE LA MUJER
Por Mario Briceño Iragorri
Mi buena amiga: ¡Como mudan los hombres y las cosas! Ayer me tenis usted en mi gabinete caraqueño, entre mis fieles libros y mis viejos papeles, dado a hacer literatura y a buscar como fuerza espiritual la palabra distante de usted, por entonces entregada a las delicias de la vida campestre, en plena sabana guariqueña. Hoy es usted quien gusta el descanso y la molicie de la capital y yo quien me he metido en el corazón de Venezuela, a sentir su profundo palpitar en esta opulenta amplitud de nuestra Guayana.
Ya usted me había ponderado la maravilla de esta región, donde Dios hizo sus últimas creaciones, desde la del oro para tentar la fuerza moral de los hombres, hasta la hermosura de quienes hacen sentir que ya el Criador descansó en su afán de buscar la húmeda expresión de la belleza. Todo lo había ponderado usted, pero hay mucho paño de la realidad a lo pintado. Apenas he recibido el gran palpitar de su vida interior, y me siento en un mundo en formación. ¡Ah, mi amiga, que mal se hace allá en pensar que eso solo sea La Patria! La Patria en toda su fuerza integrante está acá, en esta Venezuela dormida, que espera su incorporación al gran movimiento de la cultura. No olvide usted que fue en Angostura donde se echó a andar por segunda vez la República. Y sepa usted que hasta tanto este espacio maravilloso, desprovisto de hombres y pleno de riquezas, no se ponga a marchar a todo ritmo, Venezuela no alcanzará la plenitud de su destino económico, y con él, el aseguramiento de su independencia social.
Pero no era este el tema que quería tratarle desde esta Guayana embrujadora donde hoy gobierno, acaso con menos prudencia que en su ínsula el viejo Sancho. A pesar de mi bachillería en nubes me tiene usted sobre la realidad de los hechos, encontrado con las pasiones y los intereses de los hombres, entre el permanente demandar de los necesitados, frente a problemas sociales y económicos que pudieran poner de nuevo loco al Dr. Fausto. Me tiene usted de gobernante en aprietos, en busca del caballo de Ledesma, para ver adonde me lleva e intentar de no caer en el viejo pecado venezolano de hacer programas y hablar de virtudes públicas cuando se está en la llanura de la oposición o de la responsabilidad funcional, para después proceder, cuando llegue la posibilidad de hacer, en forma contraria a lo que ayer se pensó. A usted mandaré memoria de lo poco que pueda hacer donde no hay manos ni horas suficientes para trabajar. Y usted condenará o absolverá mi conducta. La tengo por buen juez de mis actos, y sus consejos me serán de mucha ayuda, muy más cuando hoy quiero hacer bajar hasta el ras de esta tierra deshabitada mis permanentes nubes de idealista. No podré hacer mayor cosa, pero esté cierta de que no trocaré mis discursos en balances inexactos, ni desdiré de mis ideas de que la primera función de la autoridad es levantar el tono moral y espiritual de los pueblos.
Dirá usted que sobran preámbulos para entrar en el corazón de la respuesta de su última carta, primero ida a la capital y llegada a esta ciudad, después de una larga peregrinación, no sobre ruedas de bus, sino como a espaldas del más pausero jamelgo que pueda ser. Estoy con usted en todo lo que me dice. Soy feminista, siempre y cuando las mujeres sean mujeres. En lo del voto la acompaño. Porque no puede posponerse la clara mentalidad de Margot Boulton o de Lucila Palacios, a la de un semi analfabeto de La Vega, a quien los buscadores de votos capacitan en seis meses para mal firmar. Pero, en lo que dice a la influencia de la mujer, acaso disminuya cuando asuma el comando público. ¡Si las mujeres mandan a través de los hombres! Y tenga usted por idiota graduado a quien, ya banquero o ya político, diga que no es influido por una mujer. Creo que la sociedad en general ganará mucho cuando la actividad social de la mujer sea más notoria y se haga más extensa. Pero insisto en lo de la mujer mujer. Me horroriza la marimacho. Detesto la mujer que busca tomar atributos de hombre. La prefiero, como decían los abuelos, con la pata quebrada y en casa. Puede la mujer, conservando su integridad diferencial y luciendo la plenitud de sus atributos femeninos, incorporarse a la marcha de la cultura. Y justamente lo que se busca es eso. Que la dirección del mundo se asiente sobre los dos caballos de Platón. El hombre no es el individuo. El hombre es el par. Durable o transitorio. Pero donde confluyen dos fuerzas y dos sentidos complementarios.
El mundo es la permanencia de un binomio. Ya hecho por la ley, ya hecho por la especie, ya hecho por la afinidad electiva de los espíritus, ya por la admiración subyugante de la belleza, ya por el deleite comunicativo de los pensamientos. Se rompe aquí y nace allá. Destruye y crea. Empuja y detiene. Pero es dual. Y dual es el pensamiento de la sociedad y dual debe ser la expresión de su contenido conceptual. Pero esa molécula creadora reclama la inalterabilidad de origen de la mujer y el hombre. Que la mujer sea siempre lo que usted. Belleza y comprensión. Fuerza y candor. Talento abierto a todos los vientos y torre cerrada desde donde su espíritu atisba, con la más fina y amplia mirada, la marcha del mundo.
Sabe usted, no solo por mí marcada debilidad hacia la mujer, que soy feminista de los de avanzada. Creo en la superioridad de la mujer y tengo por cierto que nuestro héroe iluminado hubiera cedido con gusto las bridas de su cabalgadura a las suaves manos de una dama. Y yo, palafrenero obediente a los pensamientos de mi señor Don Alonso, ayudaría con sobra de gusto a la bella que quisiera poner su fino pie en el estribo para salir a anunciar la nueva era de la verdad, de la justicia y del amor. ¡Que el caballo vaya a la conquista del ideal, guiadas las bridas por las firmes y suaves manos de quien no piense en Penthesilea como símbolo de acción, sino en las mujeres de heroico pensamiento y ancho corazón!
Para servirla a usted, nada habré de repetirle. Venga de nuevo a Guayana de maravilla y sobre el ancho río, en uno de los milagrosos amaneceres del Orinoco, podríamos platicar, en amable consorcio con las sirenas que pueblan de belleza este oasis de portentos, acerca de tantos temas como esperan palabras que los iluminen. Y mire que hay sirenas, y escollos, y naufragios.
Caracas, 1943
Cd. Bolívar, 1944
BRICEÑO IRAGORRI, Mario (1897-1958).
Humanista Venezolano. Extracto de su obra de 1944 El Caballo De Ledesma. Tercera Edición. Tipografía Americana,
Caracas 1948.
