viernes, 20 de noviembre de 2020

Reaccionar Ante la Anomia

Reaccionar Ante La Anomia I

LA ANOMIA

Por Alexander Delgado C.

20 de Noviembre de 2020


En sociología, el término Anomia o Anomía es utilizado para referirse a una desviación o ruptura de las normas; es decir, cuando determinadas sociedades, o grupos al interior de una sociedad, se encuentran en un caos perenne, situación generada por la ausencia de reglas de buena conducta comúnmente admitidas, (ya sea implícita o explícitamente). 

O, peor aún, las situaciones anómicas se dan cuando nos encontramos bajo el reinado de reglas que, abierta o encubiertamente, promueven antivalores y generan la anarquía como dinámica social cotidiana, en desmedro de la cooperación y cohesión. 

Es pertinente acotar que este fenómeno también se aplica al ámbito lingüístico o nominal, caracterizándose por la dificultad de identificar o recordar los nombres de las cosas.

Este término fue acuñado por primera vez en 1893, por el sociólogo francés Emile Durkheim. En su obra La División del Trabajo en la Sociedad, Durkheim define una situación anómica como: 

Un estado sin normas que hace inestables las relaciones del grupo, impidiendo así su cordial integración”. 

A un nivel más de la conducta individual, el sociólogo francés vuelve sobre este fenómeno, calificándolo como: 

Una pérdida o supresión de valores, junto a las sensaciones asociadas de la indecisión y alienación, lo cual conlleva a la destrucción y reducción del orden social; el cual no puede ser adecuadamente regulado por las leyes vigentes”.

A las palabras de Durkheim podríamos agregar, como factor definitorio de una situación anómica, la ausencia, corrupción o, en el mejor de los casos, impotencia de los mecanismos coercitivos (incluidas instituciones judiciales, policiales y militares) que normalmente garantizan, en los hechos, el cumplimiento efectivo de las mencionadas leyes.  

Cualquier semejanza con lo que se ha vivido en Venezuela desde la llegada del chavismo al poder (e incluso antes, durante su avance y consolidación electoral en 1998) no es ninguna coincidencia.

En efecto, Anomia, es un término que no solo describe a cabalidad el estado en que se encuentra hoy en día la sociedad venezolana, sino también es un concepto clave para entender la psique y el accionar del chavismo. El caos, la anarquía, la constante agitación de antivalores, que hoy son moneda común en la cotidianidad venezolana, han sido promovidos desde 1999, de manera cada vez más abierta, desde el Palacio de Miraflores. A estas alturas es más que evidente que el régimen chavista se beneficia de la ausencia de orden y normas, alimentando en la sociedad esa percepción de vida sin ley, de indefinición, como una forma de dominio a partir de la desorientación, perplejidad e impotencia.

La Anomia es, y siempre ha sido, la savia de la tiranía roja, lo cual es más que comprensible tomando en cuenta su mística revolucionaria”, su lógica lumpen y delincuencial y su psique resentida y sociópata.

La actitud, propia del chavismo, de atizar el odio de los desfavorecidos contra los que se consideran favorecidos, puede verse como una sublimación del odio insurrecto a la norma por la norma misma. De hecho emula, verbal o fácticamente, el accionar de un José Tomás Boves o de un Ezequiel Zamora y el panfletarismo incendiario de un Antonio Leocadio Guzmán. Apunta a acabar toda noción de orden o tradición, no dejar piedra sobre piedra.

A partir de este designio, la crispación de ánimos desde la esfera del poder y la comprensible reacción, de igual tono, que genera en los sectores antichavistas, representan un quiebre al sentido de estructura que encarnan la razón y la reflexividad. Como consecuencia de este accionar, la dinámica política se impregna de ese elemento, anómicamente enervado, que proyecta su crispada luz hasta en las sobremesas de amigos (incluso si pertenecen todos al mismo bando). 

La vocación y la práctica anómica del régimen se reflejan en infinidad de decires, actos, situaciones, anécdotas, etc., que desde 1999 se han sucedido atropelladamente, haciendo que exabruptos anteriores se olviden ante los más recientes, en un frenesí pasional de dimes y diretes a escala socio-política. Sobre esta narrativa se apoyan hechos concretos como; el despido público de directivos de PDVSA en 2002, la orgía de expropiaciones, las invasiones promovidas a propiedades rurales y espacios urbanos, los saqueos (como el recordado dakazo, en 2013 o el realizado al Exelsior Gama en 2017), el desmantelamiento de empresas básicas que habían sido emblemáticas, como la propia PDVSA o SIDOR, o la destrucción (explícita o por abandono) de obras infraestructurales que habían sido icónicas del orgullo nacional. 

A un nivel institucional, se corrompen y prostituyen entes fundamentales como las otrora FFAA, que para 1998 tenían un alto nivel de credibilidad, y hoy no solo son asociadas a la represión y corrupción chavista, sino reducidas a un estado inoperante y expuestas a un, más que comprensible, repudio por parte de la sociedad venezolana. Finalmente se encumbra a la guerrilla (autóctona o foránea), al terrorismo, a la delincuencia y se consolida al pranato, hasta convertir en poco menos que iconos del folclor urbano a criminales como el fallecido Picure, el Wilexis o el Coquí.

Cuando lo repudiable, lo amoral, lo indigno, se convierte en normal, llegamos a situaciones en las que, despreocupadamente, podemos estar haciendo una cola, y debajo de nosotros encontrarse el cadáver de un ahorcado.


En el aspecto ético y simbólico, el elemento anómico del régimen se hace presente; en el desprecio a la meritocracia laboral, profesional y estudiantil; en las agresiones, físicas o verbales, a personajes y símbolos históricos o religiosos o en el empeño de cambiar los símbolos patrios, el aspecto de personajes históricos o la propia historia. 

Por su parte la anomia lingüística señalada al comienzo, se manifiesta en la pretensión (apareada con la de reescribir la historia a la medida de sus resentimientos) de renombrar, de un plumazo, efemérides, calles o avenidas, entidades, etc. cuyos nombres originales tenían un arraigo histórico-tradicional, como por ejemplo; rebautizar el Cerro el Ávila como el Guaraira Repano; llamar al Estado Vargas, Estado La Guaira o, más recientemente, “rebautizar” la caraqueña Avenida Francisco Fajardo como Avenida Cacique Guaicaipuro

En este contexto, es muy razonable que se tomara por cierta una resolución apócrifa del 06 de noviembre de 2019, atribuida al llamado Ministerio del Poder Popular para la Educación (a cargo de Aristóbulo Istúriz), en la que se anunciaba la eliminación de la exigencia de normas ortográficas o gramaticales en las evaluaciones. El señalado ministerio, a través de su entonces vice titular (Rosángela Orozco), se apresuró a desmentir el supuesto comunicado; pero, sin duda, el que esta falsa resolución fuese tomada en serio indica, por un lado, el estado de incertidumbre y predisposición de la sociedad; y, sobre todo, que el comunicado, aunque falso, se consideraba muy creíble, al estar en sintonía con la narrativa y mentalidad del régimen. Acaso sí proviniese de los propios laboratorios del castro-chavismo como un globo de ensayo o elemento distractorio. No es nada descartable que el desmentido comunicado de hace dos años, se convierta en auténtico y ratificado en un futuro muy cercano.  

Situaciones como las anteriormente reseñadas, despojan al venezolano de todo tipo de piso referencial o bien se le hace sentir obligado a defender lo que siempre dio por sentado y consideró incuestionable, extendiendo la situación de anomia a la propia psique del individuo.

El componente anómico del narco-régimen, así como su penetración y presencia en la dinámica nacional y a la interioridad del venezolano, es algo a lo que no se le ha dado la importancia y seriedad requerida. A pesar de que se ve y se vive de cerca y aun cuando es lo que mejor describe a la Venezuela chavista, esta caoticidad es asumida como algo natural por el venezolano. Cuando se le presta atención, en la mayoría de los casos, es considerada equivocadamente como parte del “vivir en dictadura”.

Tuve oportunidad de saber de este fenómeno, en sí mismo, hace más de 17 años, y asociarlo a lo que para entonces ya percibía de la realidad venezolana. En artículos anteriores he aludido de pasada el tema de la anomia, como algo sobreentendido, lo es para mí, no para la mayoría.

Fue poco después del fracaso del paro petrolero de 2002-2003 que tomé contacto con este concepto; en un artículo del siempre controversial, y ya fallecido, Jorge Olavarría. En el escrito en cuestión, titulado precisamente Las Anomias Venezolanas, Olavarría señalaba tres momentos históricos en los que, a su juicio, Venezuela se había encontrado en estado anómico.

A la primera anomia, Olavarría la ubica bajo el llamado Gobierno de Los Azules (1868-1870), durante el cual tuvo lugar el fallido intento secesionista en el Estado Zulia. La llegada del general Antonio Guzmán Blanco al poder en 1870 habría subsanado este estado de caos. La segunda anomia, según Olavarría, había tenido lugar durante el gobierno del General Cipriano Castro (1899-1908), especialmente en sus últimos años, cuando la política interna y externa de El Cabito había entrado en barrena. El acceso a la presidencia, a fines de 1908, del, hasta entonces vicepresidente, general Juan Vicente Gómez, zanjaría la peligrosa situación en que se encontraba el país (siempre desde la perspectiva de Olavarría). 

La tercera anomia Venezolana, según Olavarría, se habría iniciado con la llegada del chavismo al poder, en 1999; obviando, por supuesto, la participación que el propio Olavarría había tenido en el proceso de advenimiento del chavismo.

Y aunque no tengo a mano la cita, recuerdo que en el propio año 2003 el, también fallecido, historiador Manuel Caballero, comentando el artículo de Olavarría iba más lejos, sosteniendo que la tercera anomia, era de solución más difícil e impredecible por la situación de entrampamiento en que, de acuerdo a Caballero, se encontraba Venezuela.

Lamentablemente, como ya señalé, tanto el término Anomia como la situación que define, no han logrado calar en el diccionario mental del venezolano común, ni siquiera en el de la otrora clase media. Más que no calar, resbala por sobre el imaginario venezolano, como por sobre un bloque de hielo. Muy lamentable, porque quizá uno de los factores de mayor incidencia en el fracaso de todos los intentos por salir de la pesadilla castro-chavista, sea, precisamente, no tener en cuenta la naturaleza anómica y sociópata del régimen de Miraflores.

¿Por qué después de casi 22 años de desgobierno chavista el concepto de Anomia es prácticamente desconocido y de difícil calado para la mayoría de los venezolanos, incluso para los de nivel profesional?

Más exactamente, ¿Por qué en estos, poco menos de 22 años, no ha habido, del lado de la Venezuela antichavista, voceros de peso político, social o mediático que asumieran, dándole su propia importancia, el elemento caótico definido como un estado de anomia? y más importante aún, ¿porque no se ha hecho conocer, ponderar e internalizar por la ciudadanía opositora este aspecto tan clave del régimen chavista?

Más allá de algún sociólogo, politólogo, o columnista, ignorado hasta por los sectores profesionales, no ha habido voceros con verdadero peso mediático que pusieran el dedo sobre la llaga, con un lenguaje y un tono contundente que haga ver lo importante de entender e internalizar esta faceta del orden chavista; nombrarla como lo que es, en vez de subsumirla implícitamente en el supuesto carácter dictatorial de la narco-tiranía.

Llegados a este punto, es conveniente recordar que la censura y enclaustramiento informativo del régimen se ha configurado, desde 1999, a plazos. Es decir, durante la mayor parte de estos casi 22 años, la Venezuela antichavista tuvo, importantes espacios y tribunas de expresión y difusión masiva de opiniones, o al menos es lo que se supone. Aunque en reducción progresiva, las tuvo. A nivel televisivo, RCTV operó, en señal abierta, hasta 2007 (8 años bajo el chavismo), el Globovisión de Alberto Federico Ravel, se supone que incuestionablemente antichavista, aún en medio de hostilizaciones y amenazas, estuvo ahí hasta mediados de 2013, ya oficialmente muerto Chávez.

A nivel radial, hasta hace menos de dos años RCR se mantuvo en señal abierta, en amplitud modulada, capaz de llegar dentro del territorio venezolano a cualquiera que tuviera una radio. 

Y aún con todos los cierres de medios “críticos” al régimen, la Venezuela antichavista ha tenido, mal que bien, como informarse y expresarse; incluyendo, por supuesto, el espacio y la tribuna que, aún con toda su limitación de acceso y con todo su caos y toxicidad, brindan las Redes Sociales. Para ilustrarlo mejor, valga remitirnos al inicio del interinato; de no contarse con óptimos canales informativos, ¿cómo se logró movilizar a las decenas de miles de personas que el 23 de Enero de 2019 acompañaron a Juan Guaidó en su juramentación y luego en sus sucesivos actos de calle?

En estos espacios mediáticos, mientras se mantuvieron, perfectamente se habría podido (o se podría en los que aún quedan) al menos intentar divulgar y posicionar en la opinión pública una concientización acerca de lo que es la anomia, como la padecemos, en qué medida el narco régimen tiene esta impronta, como le favorece, como incide en cualquier acción u omisión que el antichavismo quiera tomar; y por supuesto, cómo reaccionar adecuadamente ante este fenómeno.

Esto obviamente, no ha ocurrido ¿Por qué?

¿Es que en estos casi 22 años la dirigencia antichavista no se ha percatado sobre este fenómeno social, cuando un anodino bloguero como yo lo viene conociendo desde 2003? Si la respuesta fuera afirmativa, eso no hablaría nada bien sobre la capacidad intelectual o de análisis, por ende de planificación y dirección, del liderazgo o vocería antichavista. 

O quizá, en el fondo, aún sin dominar semánticamente el término, entendieron este elemento de la naturaleza chavista, pero prefirieron dejarlo de lado y que el venezolano de a pie (que desde 1958 ha vivido sin conocer un verdadero régimen dictatorial) lo asumiera erróneamente como parte de un “vivir en dictadura”.

Si es así ¿porque lo dejaron de lado?

La primera posible explicación sería que hasta ahora a la hecatombe chavista, se han empeñado en darle un enfoque desde la cuadriculada, reticulada y desgastada narrativa política convencional. Una micción fuera del perol más que obvia.

Pero mirando un poco más allá, podríamos ver otra posible razón a tener en cuenta por un liderazgo partidocrático, empeñado en mantener la sartén antichavista por el mango democratero. Este otro motivo quizá se infiera de las frases con las que Jorge Olavarría culmina su señalado artículo en 2003:

“Lo que sí sabemos es que a la primera (anomia) la corrigió un Antonio Guzmán Blanco y la segunda la corrigió un Juan Vicente Gómez”.

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El mencionado artículo de Jorge Olavarría se puede leer en el siguiente Tweet Longer

https://www.twitlonger.com/show/klp27n

lunes, 12 de octubre de 2020

El Desencuentro de La Hispanidad

EL DESENCUENTRO DE LA HISPANIDAD

Por Alexander Delgado C.

12 de Octubre de 2020


En el año 2012, cuando tuvieron lugar los Juegos Olímpicos en Londres, como muchos, vi los actos, tanto de inauguración como de clausura de dicho evento. En ambos actos era evidente (lógico que así fuera) que los británicos se agasajaban a sí mismos. Pero lo que más me llamó la atención en ese momento, era que en ese auto-homenaje no se veía a la “Vieja Inglaterra”. Los festejos olímpicos de 2012, más bien exaltaban a la Gran Bretaña que, para bien o para mal, se reinventó a sí misma, sobre todo culturalmente, a partir de la década 1960; donde lo más histórico parecían ser las alusiones a Los Beatles o a James Bond, a Carnaby Street, a los icónicos autobuses de dos pisos o a los Mini Cord.

Ni el pasado imperial, ni el polvoriento esplendor victoriano, ni el mismo brillo de un William Shakespeare, de un Isaac Newton o de un Winston Churchill; nada de esto se veía reflejado en los festejos olímpicos de 2012; ni siquiera la actual realeza británica, con su longeva monarca, parecía tener representación en esos auto-agasajos. Como si para el actual Reino Unido todo aquello fuera parte de un pasado, quizá no olvidado, pero sí superado o asimilado.

¿Reflejaban esos actos la mentalidad del británico promedio de los tiempos más recientes? No estoy en el caso de comprobarlo personalmente pero la lógica me dice que sí.

Aunque admito que algo de ese sabor a contemporaneidad también tuve oportunidad de apreciarlo, en lo que toca a la cultura hispánica, durante los festejos de 1992, (a propósito de las Olimpiadas de Barcelona y coincidiendo con el V Centenario), en general, da la impresión de que a la hora de apreciar o ponderar nuestra hispanidad, somos incapaces de auto-representarnos afirmativamente y de representar nuestra cultura ante el mundo, en términos de actualidad, a la manera de los británicos en aquel 2012. Y es lamentable que así sea, porque, como cultura, tenemos suficientes elementos afirmativos para una gran representación contemporánea del ser y no ser hispano.

El hablar de hispanidad, no lleva a la mente de muchos el rico universo expresivo en el plano artístico, literario, musical (en todas sus vertientes) o cinematográfico, durante la llamada “cultura pop”, menos aún los ocasionales destellos que hayan podido darse en el campo científico, tecnológico o empresarial... ni siquiera el ser y no ser del hispano promedio en la cotidianidad. Casi nunca reluce ese universo que, con sus aspectos positivos y negativos, vibra en el presente o en el pasado inmediato, en nuestras vivencias hoy o en los recuerdos transmitidos por nuestros padres o abuelos, disfrutando de películas como “Marcelino, Pan y Vino” o algún clásico del Cine Mexicano, o enamorándose mientras se dedicaban canciones de Julio Iglesias, José José, José Luis Rodríguez, Camilo Sesto, etc. Mostrándonos, a ambos lados del Atlántico, un orbe vibrante, aún vigente, en constante enriquecimiento (y también, lamentablemente, en riesgos de empobrecimiento inherentes a la decadencia actual); un vasto patrimonio cultural y existencial común.

Por el contrario, a la idea de hispanidad, especialmente cada 12 de octubre, la asociamos pablovianamente con iconos ya arcaicos y politizables, como las aspas de Borgoña o las Cruces de Calatrava, carabelas del siglo XV o yelmos de conquistadores... y por supuesto con las; ya insoportablemente fastidiosas, idiotas, acomplejadas, resentidas, autocompasivas o pobrecitistasperoratas y panfletos (eufemísticamente llamados debates), a partir del DISCO RAYADO de la Leyenda Negra o la Leyenda Dorada.

El tema de la Hispanidad es un tema complejo. Somos una cultura enfrentada a sí misma, en todo sentido. Una cultura perennemente desencontrada con su historia, pero también, y sobre todo, con su presente. La hispanidad es una idea incapaz de auto hallarse en el aquí y ahora, en el día a día de los últimos 60 o 50 años, donde hemos tenido y seguimos teniendo tanto que decir a la humanidad.

Esta incapacidad refleja la eterna discrepancia entre hispanidad y contemporaneidad, heredera, a su vez del desencuentro entre hispanidad y modernidad que data desde, por lo menos, el siglo XVII.

De hecho, la crisis del mundo hispánico de comienzos del siglo XIX, que, en la Península, desembocó en enfrentamientos armados entre liberalismo y absolutismo y en Hispanoamérica, en las Guerras Independentistas; y que dio paso a los conflictos internos que, durante el siglo XIX y primera mitad del XX, sacudieron, a la mayoría de los países de habla hispana (incluida la propia España); esta crisis, repito, fue un reflejo del encontronazo entre una tradición hispana, cada vez más anquilosada en la obsolescencia, y una modernidad, ya en fase industrial, a la que el espíritu hispano se había puesto de espaldas y que, al finalizar el siglo XVIII se tornaba en una realidad imposible de evadir. Una modernidad, valiera lo que valiera a posteriori, a la que el hispanohablante nunca supo integrarse plenamente, desde su propia idiosincrasia y capacidad de aportar, y a la que solo se incorporaría tardíamente, de manera endeble, forzado por la propia marcha de la historia; y muchas veces en reversa, en imitación pasiva.

Pero la discusión pendiente de esta problemática histórica, discusión que lleva por lo menos un siglo de retraso, casi nunca se asume. Cualquier intento de abordarla, sobre todo cada 12 de octubre, se ve o se vería eclipsado por la, ya insufrible, guerra de diatribas apoyada en las trilladísimas y caducas Leyenda Negra y Leyenda Dorada, rifirrafe al que la mayoría de los hispanoparlantes, a lado y lado del Atlántico, siguen aferrados catalépticamente.

Ambas “leyendas”, sobre la ya remota etapa de la Conquista, hace décadas, o siglos, que han debido superarse y quedar incuestionablemente desmentidas en lo que tuvieran de falaz, exagerado o descontextualizado; y sobre todo han debido asimilarse y darse por consabidas en lo que tuvieran de certero o sustentable. Pero, por el contrario, no contentos con seguir arrastrando esta ridícula y rancia cadena de prejuicios y lamentos espectrales, negros o dorados, le añadimos nuevos eslabones, pretendiendo combatir la leyenda negra de La Conquista con nuevas leyendas negras (a partir de los mismos necios prejuicios) contra otros hechos históricos, como las Guerras Independentistas Hispanoamericanas. Para la espuria mentalidad de muchos hispanos fracturados, siempre tiene que haber una leyenda negra contra algún período o personaje vital de nuestra historia o nuestra cultura, valga decir de nuestro ser y no ser.

Necio afán de mutilarnos nuestro yo histórico, sea cual sea la etapa cercenada.

Tanto la efeméride del 12 de octubre como la del 23 de abril (Día del Idioma), deberían ser para los hispanos una fecha de auto reflexión, y de auto afirmación, como cultura. Pero desgraciadamente sigue siendo ocasión de dimes y diretes absurdos, anacrónicos y estériles, de fastidiosos lugares comunes, por esto mismo execrables, de decires RESENTIDOS Y ACOMPLEJADOS, tanto negro-legendarios como dorado-legendarios; de balbuceos oligofrénicos que, año tras año, varios miles de recién asomados en estos temas, repiten como loritos, creyendo que dicen una genialidad, jurando haber descubierto el agua tibia; no importa el color de la leyenda a que se adhieran ni a qué período o personaje histórico pretendan encanallar con una leyenda negra.

Una “controversia”, aparte de roñosa, trasnochada (trasnochada para los que sí pensamos y vemos un poco más allá) que lamentablemente, y contrario a lo que debería ocurrir, se ha reavivado, incorporándose a la demagogia politiquera del momento, enriqueciéndose de la posverdad que facilita la actual dinámica de las redes sociales, pretendiéndose dotar de una actualidad que no tiene o no debería tener. Efemérides como la de este día, no deberían ser ocasión de exhibir dislates bastardos y resentimientos caníbales, al son de pseudo intelectuales que no pasan de ser mercenarios al servicio de parcialidades ideológicas o de vulgares influencers de redes sociales, todos mercaderes de pasiones pedestres, de una visión ramplona, reduccionista, de tabla rasa.  

Si tuviésemos una cosmovisión consolidada o tan siquiera fuéramos una cultura mínimamente consciente de sus taras y plenamente comprometida con la superación de las mismas, en vez de estar discutiendo estupideces inútiles tipo “si los conquistadores españoles fueron buenos o malos en América” o “si fue mejor el imperio español o el imperio británico”, daríamos mucho mayor enfoque a temas más vigentes relacionados con la hispanidad, como por ejemplo la realidad presente que hoy rodea al mundo hispanohablante y su prospección futura. En vez de reabrir heridas, miserable y cobardemente, de recrear odios y divisionismos de hace 500 o 200 años, de escudarnos en leyendas negras contra unos u otros; deberíamos ser capaces de elevarnos por sobre nuestro individualismo cerril y partidista, mirando el todo hispano, a ambos lados del océano, más allá de banderas y, sobre todo, de banderías; generando una visión retrospectiva reconciliatoria; más que idealizar o satanizar, buscando comprender hechos y personajes históricos, aprendiendo a armonizar lo mejor de cada período y dejando en el pasado confrontaciones, odios y enemistades del pasado.

Sobre todo deberíamos recrear, o más bien descubrir, el latir de esa hispanidad en el presente, si acaso mirando al pasado inmediato; no negadas, ni siquiera olvidadas, pero sí, ya sobreentendidas y superadas como arcaicas, las imágenes de aspas de Borgoña, de yelmos conquistadores… y también de charreteras libertadoras.

Si fuésemos una cultura totalmente segura de sí misma, plenamente encontrada y reconciliada con su reflejo, con un mínimo de integralidad, nuestra discusión cada 12 de octubre o cada 23 de abril, trataría principalmente sobre en qué posición se encuentra hoy el mundo hispano, en medio de la crisis mundial, cada vez más acuciante que vivimos, sobre donde podríamos y deberíamos estar. La principal controversia relacionada al pasado se referiría a nuestro desencuentro con la modernidad y contemporaneidad y las formas de adaptarnos del modo más ventajoso (o menos desairado) a los tiempos que corren.

Sería ocasión de plantarnos como la cultura cohesionada que lamentablemente no somos pero que bien podríamos y deberíamos ser (aún en nuestra diversidad interna y contradicciones superficiales) y de plantearnos cómo afrontar, desde nuestra hispanidad, estos tiempos cada vez más oscuros que se nos ciernen, reafirmándonos e inspirándonos en el legado y ejemplo de un Miguel de Unamuno, de un José Ortega y Gasset, de un José Vasconcelos, de un Mariano Picón Salas, de un Augusto Mijares, de un Arturo Úslar Pietri. 

Quizá trayendo a nuestros días las palabras de Picón Salas, allá por 1944, en plena Segunda Guerra Mundial;

Podemos, sin embargo, comprender y valorizar nuestro origen hispano más allá de la tesis conservadora del estado-iglesia y de la tesis liberal del siglo XIX que negaba o escarnecía todo lo que no era acorde a esa divinización de la época industrial…  La propia crisis espiritual de la época nos hace contemplar con mirada más serena ciertos preteridos valores de la cultura hispánica” (1).

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(1)     Tomado de “De la Conquista a la Independencia, Tres Siglos de Historia Cultural Latinoamericana” Mariano Picón Salas (1944)

domingo, 6 de septiembre de 2020

Diecisiete Meses No Son Nada

DIECISIETE MESES NO SON NADA

Por Alexander Delgado C.

06 de Septiembre de 2020

¿Qué decir después de casi Diecisiete meses sin publicar escrito alguno (ni propio ni de otro autor) en este blog?

Casi Diecisiete Meses bastante agitados a nivel mundial (sobre todo los transcurridos en 2020). En los que, entre mega incendios devastadores, amenazas de guerra mundial, puja electoral en los EE.UU y las infaltables teorías conspirativas, nos cayó una mortífera pandemia, a la que, a pesar de que sigue cobrando muchas vidas, de una u otra forma nos hemos ido adaptando, sin dejar de verla como una espada de Damocles que ha cambiado de nuestras vidas o, en el mejor de los casos, importantes hábitos. Entre las muchas vidas valiosas que se ha llevado en nuestro país el Covid 19, se encuentran la de muchos profesionales y trabajadores del sector salud, muertos en el cumplimiento de su deber, sin la debida protección; quizá los verdaderos héroes que hemos tenido en estos últimos meses..

En Venezuela o relativo a Venezuela; casi diecisiete meses de un interinato con apariencia de romería; de marchas y contramarchas; de parodias fallidas de golpes de estado; tragicómicas operaciones contra el narco-régimen con nombre bíblico que fueron más la bulla que la cabuya; los ya, lamentablemente, habituales, atropellos por parte del narco-régimen usurpador (lo es por lo menos desde 2013, si no desde el propio 1999), las sempiternas estupideces y barrabasadas, ejecutadas o declaradas por los personeros de la narco-tiranía, en los que no vale ni la pena detenerse. Las ya, trágicamente habituales, fallas de energía eléctrica y escases en el suministro de agua. La ya, también dolorosamente habitual, hostilidad en los países del vecindario (especialmente Ecuador y Perú) contra venezolanos migrados, venefobia agravada por la crisis del Covid-19.

Más muertes cruelmente inútiles, por parte de la represión del régimen, por enfermedades. Más sanciones de los Estados Unidos (sin verle aún el queso a la tostada). Señales de TV por suscripción que van y vuelven.

Otro circo electoral en el horizonte (la “elección” de los nuevos jarrones chinos de la AN) y los eternos dimes y diretes sobre si votar o no votar (no debería haber dilema), que si “no ceder espacios”, “no legitimar al narco-régimen”, que si “¿tú que propones?”, bla, bla, bla…; hace ya años que no debería existir esta discusión, deberían estar claros los pros, los contras y haberse llegado a una conclusión nacional

Los eternos señalamientos (fundados o infundados) contra los dirigentes de la llamada “oposición” (que se supone que no es oposición, puesto que Juan Guaidó es el presidente, se supoooonee…), sus eternos colaboracionistas y sus eternos palangristas y beatas en las redes sociales (sobre todo Twitter e Instagram); líderes patéticos, venidos a menos y vendidos a la narco tiranía, buscando recuperar notoriedad perdida. Los eternos activistas de redes sociales, atacando, con razón o sin ella, el accionar del gobierno interino, pero en el fondo, con su visceralidad irreflexiva, convirtiéndose, la mayoría de ellos en parte del problema; muchos de ellos, antes que aportar una mirada diferente, buscando un simple drenaje de frustraciones o generar polémica

Casi diecisiete meses en los que, en Venezuela, “pasaron” muchas cosas y al final no pasó nada.

Sin Novedad en... no sé cuál frente

Pero… ¿Se podía esperar que sucediera algo realmente significativo, que implicara un verdadero cambio?

Una conocida sentencia de Einstein advertía sobre la necedad de esperar resultados diferentes haciendo las mismas cosas de la misma manera. Llevada esta afirmación a mayor escala, es una necedad esperar que cambie algo a nuestro alrededor, o en relación a nosotros, si desde nuestra mentalidad no hay cambios, o los que hay son más cosméticos que reales.

No hay sino que contemplar las interacciones de venezolanos en  las redes sociales o en grupos de Whats Up, para darse cuenta, tanto en la actitud de la mayoría de nuestros compatriotas (dentro y fuera del territorio patrio), de que no hay el menor intento de auto-revisarnos en cuanto a la manera de auto percibimos y de ponderar nuestra realidad y nuestras factibilidades. De acuerdo, quienes interactúan en las redes sociales no son la mayoría de los venezolanos, pero en este caso concreto ¿hay alguna duda de que son representativos?

Ciertamente, no hay liderazgos políticos que estén a la altura del momento; tampoco hay, y esto es lo más lamentable, verdaderos hombres y mujeres de pensamiento que generen nuevas luces y que lo hagan a partir de asumir la realidad, mas no de conformarnos con esta. Pero también es cierto que la sociedad venezolana actual está muy lejos de ser la más apropiada para generar ese tipo de liderazgo. Por su condición de hombre masa, por su mentalidad de rebaño, el venezolano es muy propenso a dejarse llevar por circos mediáticos;

Somos una sociedad en la que entendimientos superiores difícilmente podrían prosperar; permanecemos neciamente aferrados a “liderazgos” establecidos; muy apegados a clichés y frases hechas; a premisas, consignas y juicios simplistas. Nos dejamos encandilar por matrices de opinión superficiales y prefabricadas, en relación a nuestra realidad y nuestras posibilidades (a corto, mediano o largo plazo). Somos el típico pueblo (que no ciudadanía) temeroso de los verdaderos cambios y de la responsabilidad que estos acarrean; desdeñosos y ariscos ante todo aquello que piense fuera de la caja, que realmente marque pauta de distinción; sobre todo si ese que marca pauta no es alguien mediáticamente consagrado. Para nosotros solo vale la pena lo que tiene rating.

Si alguien verdaderamente pensante, pero sin notoriedad mediática, llamase la atención respecto a nuestra sempiterna actitud, la respuesta socarrona sería el gastado “¿y tú que propones?” “¡propón tú algo!”; si presentase alguna propuesta, sería descalificado sin siquiera tratar de entendérsele, parodiado o, en el mejor de los casos… ignorado. Si quien propusiese fuese una “luminaria” mediática, tendría sus cinco minutos de “gloria” sobre lo “genial” que es… y ahí quedaría todo.

En consecuencia, diecisiete meses o diecisiete años, después, solo podemos encontrar al venezolano promedio, dándole vueltas a los eternos dimes y diretes; atrapado en su Disonancia Cognitiva, en sus perennes mojones mentales, de los que no quiere salir, por no perder sus referentes vivenciales.

Diecisiete meses después, seguimos como hace veintiún años, enfangados en una eterna y malsana actitud autocompasiva, auto-acusatoria y auto denigratoria.

Si no hubiese razones concretas para sentirnos frustrados (que sí las hay y muchísimas), nos las inventaríamos, desde un espíritu publico malcriado, en permanente intoxicación, dispuesto a desahogar su frustración a partir de generar en otros venezolanos, vergüenza, malestar o absurdos sentimientos de culpa, hasta por cosas fútiles como que algunos se alegren del regreso de DirecTV.

Ciertamente Diecisiete Meses no Son Nada, pero en la Venezuela actual, hasta Cien años no serían nada. 

¿Balaguerazo Contra Chamorrazo?

Análisis y Opinión ¿BALAGUERAZO CONTRA CHAMORRAZO? Por Alexander Delgado C 24 de Enero de 2026 Y a han pasado tres semanas desde la captura ...