lunes, 12 de octubre de 2020

El Desencuentro de La Hispanidad

EL DESENCUENTRO DE LA HISPANIDAD

Por Alexander Delgado C.

12 de Octubre de 2020


En el año 2012, cuando tuvieron lugar los Juegos Olímpicos en Londres, como muchos, vi los actos, tanto de inauguración como de clausura de dicho evento. En ambos actos era evidente (lógico que así fuera) que los británicos se agasajaban a sí mismos. Pero lo que más me llamó la atención en ese momento, era que en ese auto-homenaje no se veía a la “Vieja Inglaterra”. Los festejos olímpicos de 2012, más bien exaltaban a la Gran Bretaña que, para bien o para mal, se reinventó a sí misma, sobre todo culturalmente, a partir de la década 1960; donde lo más histórico parecían ser las alusiones a Los Beatles o a James Bond, a Carnaby Street, a los icónicos autobuses de dos pisos o a los Mini Cord.

Ni el pasado imperial, ni el polvoriento esplendor victoriano, ni el mismo brillo de un William Shakespeare, de un Isaac Newton o de un Winston Churchill; nada de esto se veía reflejado en los festejos olímpicos de 2012; ni siquiera la actual realeza británica, con su longeva monarca, parecía tener representación en esos auto-agasajos. Como si para el actual Reino Unido todo aquello fuera parte de un pasado, quizá no olvidado, pero sí superado o asimilado.

¿Reflejaban esos actos la mentalidad del británico promedio de los tiempos más recientes? No estoy en el caso de comprobarlo personalmente pero la lógica me dice que sí.

Aunque admito que algo de ese sabor a contemporaneidad también tuve oportunidad de apreciarlo, en lo que toca a la cultura hispánica, durante los festejos de 1992, (a propósito de las Olimpiadas de Barcelona y coincidiendo con el V Centenario), en general, da la impresión de que a la hora de apreciar o ponderar nuestra hispanidad, somos incapaces de auto-representarnos afirmativamente y de representar nuestra cultura ante el mundo, en términos de actualidad, a la manera de los británicos en aquel 2012. Y es lamentable que así sea, porque, como cultura, tenemos suficientes elementos afirmativos para una gran representación contemporánea del ser y no ser hispano.

El hablar de hispanidad, no lleva a la mente de muchos el rico universo expresivo en el plano artístico, literario, musical (en todas sus vertientes) o cinematográfico, durante la llamada “cultura pop”, menos aún los ocasionales destellos que hayan podido darse en el campo científico, tecnológico o empresarial... ni siquiera el ser y no ser del hispano promedio en la cotidianidad. Casi nunca reluce ese universo que, con sus aspectos positivos y negativos, vibra en el presente o en el pasado inmediato, en nuestras vivencias hoy o en los recuerdos transmitidos por nuestros padres o abuelos, disfrutando de películas como “Marcelino, Pan y Vino” o algún clásico del Cine Mexicano, o enamorándose mientras se dedicaban canciones de Julio Iglesias, José José, José Luis Rodríguez, Camilo Sesto, etc. Mostrándonos, a ambos lados del Atlántico, un orbe vibrante, aún vigente, en constante enriquecimiento (y también, lamentablemente, en riesgos de empobrecimiento inherentes a la decadencia actual); un vasto patrimonio cultural y existencial común.

Por el contrario, a la idea de hispanidad, especialmente cada 12 de octubre, la asociamos pablovianamente con iconos ya arcaicos y politizables, como las aspas de Borgoña o las Cruces de Calatrava, carabelas del siglo XV o yelmos de conquistadores... y por supuesto con las; ya insoportablemente fastidiosas, idiotas, acomplejadas, resentidas, autocompasivas o pobrecitistasperoratas y panfletos (eufemísticamente llamados debates), a partir del DISCO RAYADO de la Leyenda Negra o la Leyenda Dorada.

El tema de la Hispanidad es un tema complejo. Somos una cultura enfrentada a sí misma, en todo sentido. Una cultura perennemente desencontrada con su historia, pero también, y sobre todo, con su presente. La hispanidad es una idea incapaz de auto hallarse en el aquí y ahora, en el día a día de los últimos 60 o 50 años, donde hemos tenido y seguimos teniendo tanto que decir a la humanidad.

Esta incapacidad refleja la eterna discrepancia entre hispanidad y contemporaneidad, heredera, a su vez del desencuentro entre hispanidad y modernidad que data desde, por lo menos, el siglo XVII.

De hecho, la crisis del mundo hispánico de comienzos del siglo XIX, que, en la Península, desembocó en enfrentamientos armados entre liberalismo y absolutismo y en Hispanoamérica, en las Guerras Independentistas; y que dio paso a los conflictos internos que, durante el siglo XIX y primera mitad del XX, sacudieron, a la mayoría de los países de habla hispana (incluida la propia España); esta crisis, repito, fue un reflejo del encontronazo entre una tradición hispana, cada vez más anquilosada en la obsolescencia, y una modernidad, ya en fase industrial, a la que el espíritu hispano se había puesto de espaldas y que, al finalizar el siglo XVIII se tornaba en una realidad imposible de evadir. Una modernidad, valiera lo que valiera a posteriori, a la que el hispanohablante nunca supo integrarse plenamente, desde su propia idiosincrasia y capacidad de aportar, y a la que solo se incorporaría tardíamente, de manera endeble, forzado por la propia marcha de la historia; y muchas veces en reversa, en imitación pasiva.

Pero la discusión pendiente de esta problemática histórica, discusión que lleva por lo menos un siglo de retraso, casi nunca se asume. Cualquier intento de abordarla, sobre todo cada 12 de octubre, se ve o se vería eclipsado por la, ya insufrible, guerra de diatribas apoyada en las trilladísimas y caducas Leyenda Negra y Leyenda Dorada, rifirrafe al que la mayoría de los hispanoparlantes, a lado y lado del Atlántico, siguen aferrados catalépticamente.

Ambas “leyendas”, sobre la ya remota etapa de la Conquista, hace décadas, o siglos, que han debido superarse y quedar incuestionablemente desmentidas en lo que tuvieran de falaz, exagerado o descontextualizado; y sobre todo han debido asimilarse y darse por consabidas en lo que tuvieran de certero o sustentable. Pero, por el contrario, no contentos con seguir arrastrando esta ridícula y rancia cadena de prejuicios y lamentos espectrales, negros o dorados, le añadimos nuevos eslabones, pretendiendo combatir la leyenda negra de La Conquista con nuevas leyendas negras (a partir de los mismos necios prejuicios) contra otros hechos históricos, como las Guerras Independentistas Hispanoamericanas. Para la espuria mentalidad de muchos hispanos fracturados, siempre tiene que haber una leyenda negra contra algún período o personaje vital de nuestra historia o nuestra cultura, valga decir de nuestro ser y no ser.

Necio afán de mutilarnos nuestro yo histórico, sea cual sea la etapa cercenada.

Tanto la efeméride del 12 de octubre como la del 23 de abril (Día del Idioma), deberían ser para los hispanos una fecha de auto reflexión, y de auto afirmación, como cultura. Pero desgraciadamente sigue siendo ocasión de dimes y diretes absurdos, anacrónicos y estériles, de fastidiosos lugares comunes, por esto mismo execrables, de decires RESENTIDOS Y ACOMPLEJADOS, tanto negro-legendarios como dorado-legendarios; de balbuceos oligofrénicos que, año tras año, varios miles de recién asomados en estos temas, repiten como loritos, creyendo que dicen una genialidad, jurando haber descubierto el agua tibia; no importa el color de la leyenda a que se adhieran ni a qué período o personaje histórico pretendan encanallar con una leyenda negra.

Una “controversia”, aparte de roñosa, trasnochada (trasnochada para los que sí pensamos y vemos un poco más allá) que lamentablemente, y contrario a lo que debería ocurrir, se ha reavivado, incorporándose a la demagogia politiquera del momento, enriqueciéndose de la posverdad que facilita la actual dinámica de las redes sociales, pretendiéndose dotar de una actualidad que no tiene o no debería tener. Efemérides como la de este día, no deberían ser ocasión de exhibir dislates bastardos y resentimientos caníbales, al son de pseudo intelectuales que no pasan de ser mercenarios al servicio de parcialidades ideológicas o de vulgares influencers de redes sociales, todos mercaderes de pasiones pedestres, de una visión ramplona, reduccionista, de tabla rasa.  

Si tuviésemos una cosmovisión consolidada o tan siquiera fuéramos una cultura mínimamente consciente de sus taras y plenamente comprometida con la superación de las mismas, en vez de estar discutiendo estupideces inútiles tipo “si los conquistadores españoles fueron buenos o malos en América” o “si fue mejor el imperio español o el imperio británico”, daríamos mucho mayor enfoque a temas más vigentes relacionados con la hispanidad, como por ejemplo la realidad presente que hoy rodea al mundo hispanohablante y su prospección futura. En vez de reabrir heridas, miserable y cobardemente, de recrear odios y divisionismos de hace 500 o 200 años, de escudarnos en leyendas negras contra unos u otros; deberíamos ser capaces de elevarnos por sobre nuestro individualismo cerril y partidista, mirando el todo hispano, a ambos lados del océano, más allá de banderas y, sobre todo, de banderías; generando una visión retrospectiva reconciliatoria; más que idealizar o satanizar, buscando comprender hechos y personajes históricos, aprendiendo a armonizar lo mejor de cada período y dejando en el pasado confrontaciones, odios y enemistades del pasado.

Sobre todo deberíamos recrear, o más bien descubrir, el latir de esa hispanidad en el presente, si acaso mirando al pasado inmediato; no negadas, ni siquiera olvidadas, pero sí, ya sobreentendidas y superadas como arcaicas, las imágenes de aspas de Borgoña, de yelmos conquistadores… y también de charreteras libertadoras.

Si fuésemos una cultura totalmente segura de sí misma, plenamente encontrada y reconciliada con su reflejo, con un mínimo de integralidad, nuestra discusión cada 12 de octubre o cada 23 de abril, trataría principalmente sobre en qué posición se encuentra hoy el mundo hispano, en medio de la crisis mundial, cada vez más acuciante que vivimos, sobre donde podríamos y deberíamos estar. La principal controversia relacionada al pasado se referiría a nuestro desencuentro con la modernidad y contemporaneidad y las formas de adaptarnos del modo más ventajoso (o menos desairado) a los tiempos que corren.

Sería ocasión de plantarnos como la cultura cohesionada que lamentablemente no somos pero que bien podríamos y deberíamos ser (aún en nuestra diversidad interna y contradicciones superficiales) y de plantearnos cómo afrontar, desde nuestra hispanidad, estos tiempos cada vez más oscuros que se nos ciernen, reafirmándonos e inspirándonos en el legado y ejemplo de un Miguel de Unamuno, de un José Ortega y Gasset, de un José Vasconcelos, de un Mariano Picón Salas, de un Augusto Mijares, de un Arturo Úslar Pietri. 

Quizá trayendo a nuestros días las palabras de Picón Salas, allá por 1944, en plena Segunda Guerra Mundial;

Podemos, sin embargo, comprender y valorizar nuestro origen hispano más allá de la tesis conservadora del estado-iglesia y de la tesis liberal del siglo XIX que negaba o escarnecía todo lo que no era acorde a esa divinización de la época industrial…  La propia crisis espiritual de la época nos hace contemplar con mirada más serena ciertos preteridos valores de la cultura hispánica” (1).

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(1)     Tomado de “De la Conquista a la Independencia, Tres Siglos de Historia Cultural Latinoamericana” Mariano Picón Salas (1944)

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