LAS RETÍCULAS Y LA CADENA DE MONTAJE
Por Alexander Delgado C.
4 de Mayo de 2023
El hecho político
no se puede separar del hecho social y este, a su vez, es la manifestación
visible de un telón de fondo de la
cultura y psique colectivas. Este trasfondo, por otra parte, está en relación
simbiótica con el elemento psico-individual. Al mismo tiempo, del hecho
sociopolítico depende el administrativo; esto a despecho de los tecnócratas y
su clásico desdén por la política, a la que, con o sin razón, equiparan con la
politiquería circense e idiocrática, cada vez más en boga en nuestros días.
Todo está en interdependencia, contrario a lo que suele mostrársenos desde la clásica visión de retículas, según la
cual; esto es cosa de políticos, aquello de tecnócratas, lo otro de sociólogos,
sacerdotes, intelectuales, etc.; o sea, cada uno en su carril.
Aparte
de ser inadecuada para tiempos anormales como los que se viven en Venezuela y
para tiempos turbulentos, de cambios, como los que parecen abatirse
sobre el mundo; la mentalidad de retículas favorece la mediocridad
burocrática, típica de instituciones, tanto públicas como privadas. Ejemplo clásico
es cuando un ciudadano de a pie acude a dichas instancias (sobre todo las
públicas), buscando la solución a un determinado problema inusual o
cuyos pormenores se salen de los parámetros cotidianos; en muchos casos este
pobre parroquiano es remitido de oficina en oficina como una bola de pinball,
sin que, en muchos casos, se le dé solución a su problema. Esto es así porque
los funcionarios que lo atienden son incapaces de ver más allá de su accionar
rutinario, encasillándose, muchas veces por inexperiencia, pero las más de las
veces, por pereza, mediocridad o tozudez. Ante un inconveniente que se sale de
su cartilla preestablecida, así sea en el más mínimo detalle, se escudan en que
esa no es su atribución, remitiendo al usuario a otro funcionario que,
probablemente, le va a dar la misma inútil respuesta.
Este
apegarse cómodamente a retículas responde a la lógica de división del trabajo propia de la cadena de montaje, una
lógica que, ciertamente, ha constituido el eje organizacional y operativo de las
sociedades occidentales en los últimos tres siglos. Aunque sus orígenes se
remontan a la Revolución Industrial (y aún antes), la cadena de montaje fue
perfeccionada y popularizada a principios del siglo XX por Henry Ford, creador
del primer automóvil producido a gran escala. La producción en serie, surgida
de la cadena de montaje, abarató costos y precios de productos, haciéndolos
mucho más accesibles al público, pero, al mismo tiempo, confinó al trabajador de estas
fábricas (y, lo que es peor, acondicionó su mente) a tareas repetitivas,
anquilosantes y embrutecedoras. El esquema de cadena de montaje, incluida su
visión rutinaria y reticulada, trascendería
el ámbito fabril, sirviendo de molde, como ya se dijo, a los principales
aspectos organizativos y de interrelación humana de la llamada Era Industrial, o lo que el futurólogo Alvin Toffler (1918-2016) definió, y dio a conocer, como La Segunda Ola.
Lograría imponerse en la mayor parte del planeta, incluyendo a aquellas
sociedades de talante agrícola (de Primera Ola según Toffler) en el llamado Tercer Mundo pero que acogieron al
modelo industrialista en modo aspiracional.
Esta forma de organización en sí misma, ha demostrado ser eficaz en el terreno de la producción y, hasta cierto punto, en los modos organizacionales de las sociedades contemporáneas. El inconveniente surge cuando hablamos de comunidades con un flojo sentido de cohesión como la de muchos países iberoamericanos (entre ellos Venezuela), con un individualismo tendiente a mirarse al ombligo, cerrados feudalmente en atribuciones preestablecidas, sin ser capaces de ir más allá de sus límites, al menos eventualmente y en detalles pequeños.
Para
ejemplificar mejor, y aunque no se trate de una sociedad latinoamericana, usemos la propia estampa de una cadena de montaje de la
Ford en la Norteamérica de comienzos del siglo XX; imaginemos que, de cada chasís automotriz, el
empleado Peter era el encargado de apretar las tuercas C y el empleado Jack debía
apretar todos los tornillos D. Aunque cada empleado, en principio, tenía que
atenerse a su función estipulada, la lógica dice que todos debían haber tenido una
visión de conjunto, de manera que si Peter olvidaba apretar la tuerca C de uno
de los vehículos, o la apretaba mal, Jack, aunque no le correspondía, hubiese
estado en capacidad, no solo de percatarse de esta falla sino también de
hacérselo ver a Peter, apretarla él mismo (por esa vez) o simplemente informar al
supervisor. La típica actitud del que se cierra cómodamente en su retícula, incapaz de ofrecer soluciones más allá de
sus narices, sea en una oficina ministerial, sea en su atalaya académica o
entre las gríngolas de su dogma o ideología, equivale a que, en el citado
ejemplo, Jack, consciente de que la tuerca C estaba floja, hubiera dejado pasar
ese chasis porque “esa no es mi función aquí”, aunque ese carro saliera con un
chasis endeble, creándole problemas al cliente o incluso a riesgo de generar
un grave accidente automovilístico...total, eso no era asunto de Jack, él hizo
bien el pedacito que le encargaron, allá los demás si no hicieron bien lo suyo.
La dificultad que ofrece este enfoque también se agrava en la medida en que nos hemos adentrado en una época en la que los diversos aspectos de la vida están cada vez más entrelazados. Incluso en el ámbito de los productos fabriles, el desarrollo de la tecnología ha derivado en, cada vez más artículos cuyas partes están tan interconectadas que ya no son reemplazables individualmente. Ej.: Si determinado chip, de la Tarjeta Madre de un equipo se daña, muchas veces ya no es una opción sustituirlo por otro chip del mismo tipo, irremediablemente hay que cambiar toda la Tarjeta Madre o adquirir un equipo nuevo… solo por un chip. Como ya se señaló, esta característica de los nuevos productos fabricados, propia de un, cada vez mayor, desarrollo tecnológico, poco a poco ha ido trascendiendo el ámbito industrial, influyendo en los diversos aspectos de las relaciones humanas; algo contemplado por el mencionado Toffler como parte de su prefigurada Tercera Ola, en su libro homónimo de 1980.
Así las cosas, en la Venezuela de los años 1958 a 1998, consecuente con la visión industrialista imperante; el asunto, desde la sintaxis política, se suponía que era luchar por la “democracia”, aunque, de hecho, esto se redujera a dimes y diretes de casas de partido, discusiones sobre tal o cual politiquero, al escándalo de corrupción en boga y, por supuesto, a las próximas elecciones. Por su parte, para el “luchador social” el norte era el bienestar de los sectores más vulnerables (aunque, en la práctica, muchas veces no pasara de pura sindicalería cervecera). El deterioro de la seguridad pública, era cosa de policías, el Ministerio Público y por supuesto el Ministerio de Justicia (por entonces un ministerio propio). La moral pública ¿era cosa de quién?... tal vez de la Iglesia, Asociaciones de Padres y Representantes o alguno que otro solitario intelectual conservador dándose golpes de pecho. Lo mismo ocurría con temas como la educación, la formación cívica, la visión histórico-social y cultural del país, solo eran “cosas de maestros” como lo criticaba sarcásticamente Augusto Mijares. ¿Y lo que podríamos denominar el espíritu colectivo o espíritu público?... vainas de filósofos o, dicho coloquialmente, de pensadores de gamelote.
Esa visión reticulada, a partir de un materialismo mal entendido, contribuyó en gran parte, a que, desde 1998, no supiéramos formarnos una abstracción más generalista que nos permitiera comprender, más acertadamente, tanto al fenómeno chavista en sí y sus intenciones, así como como a las dimensiones reales del abismo en el que, cada vez más, se sumía a Venezuela.
En nuestros días, entre las taras heredadas por la, bien pensante, Venezuela opositora, se encuentra, lamentablemente, esa perspectiva de tienda por departamentos en las relaciones sociales. Esto se refleja en la forma de abordar la crisis cataclísmica que atraviesa la nación. El mejor ejemplo está en la forma en la que la tiranía chavista es presentada por las dirigencias “opositoras” prestablecidas (muchas veces de forma aviesa), la cual ha acondicionado, a su vez, el modo en que, esencialmente, la ciudadanía de a pie cree comprender (equivocadamente) a la narco-tiranía roja.
Siempre
se ha partido de un pragmatismo de quincalla. Desde la nomenclatura
politiquera y democratera se ha mostrado esencialmente a una “dictadura”
corrupta, violadora de los más elementales Derechos Humanos (en lo que no se equivocan, por supuesto) que hostiga a los partidos políticos opositores, oprimiendo, persiguiendo, encarcelando, torturando y asesinando a sus militantes y a todo aquel que represente un peligro para la claque dominante. Desde los intereses de
periodistas y dueños de medios de comunicación, se ha denunciado ante la SIP a un régimen
opresor de la libertad de expresión (tampoco se equivocan en esto). Desde la perspectiva del empresario no
enchufado (donde los haya) se ha presentado a un régimen que asfixia la iniciativa privada; y desde los balbuceos cimarrones de un sindicalerismo respondón, otrora
aliado del narco-régimen, tenemos patéticos llamados a la OIT, ante los atropellos
laborales desde el poder.
Cada “sector” desde su retícula (aún teniendo la razón en sus denuncias), atendiendo solo a su tuerca o su tornillo, sin la capacidad (o la intención) de una perspectiva multifocal que complemente cada enfoque y lo englobe en un todo.
Lo realmente lamentable, como ya se comentó, es la ductilidad del opositor de a pie respecto a estos parámetros. A la narrativa, simplista, retorcida y trillada pero generalista, del foropaulismo chavista; se “opone” una narrativa, certera pero desvaída por repetitiva, estrictamente cuantitativa, entre gríngolas; en medio de relatos del que la opinión pública se hace eco como quien se cambia de chaqueta según la perspectiva desde la que se aborda. Consecuente con el materialismo heredado de la era industrial, la perspectiva bobositora pondera el accionar chavista como motivado, únicamente, por intereses económicos corruptos (cuya existencia, en sí, no se niega). Al mismo tiempo se suelen desdeñar, como motivadores del chavismo, consideraciones morales o éticas (abyección, exaltación de lo vulgar, propias de la narco-tiranía); consideraciones ideológicas (bolchevismo, sus innegables fuentes marxistas-leninistas) y actitudinales (odio y resentimiento de impronta bovesciana)…
Y, por supuesto, la nomenclatura antichavista (o sea, chavista al revés) desestima displicentemente el factor simbólico-identitario, como definitorio del ser castro-chavista.
En aras de un proselitismo electorero (irrisorio y suicida en tiranía) tampoco se quieren tener en cuenta elementos malsanos de la psique colectiva de los que se nutre el espíritu chavista, muy en consonancia con su perspectiva izquierdista (rebeldía por la rebeldía, disrupción, etc.), elementos que apuntan siempre a la degradación de la sociedad; exaltación de antivalores tales como el pobrecitismo o el victimismo y, de la mano de este, anti-místicas como el feísmo (especialmente en el paisaje urbano), la idiotización de la sociedad, la exaltación de la depravación y el lumpenato.
En este sentido, y como consecuencia de esa visión de retículas, la condición malévola del castro-chavismo, únicamente es considerada desde una óptica pseudo esotérica o rezandera, como un asunto de Dios Vs. El Diablo, incluidas admoniciones beatas, golpes de pecho y poses de gurús new age; es decir, como algo escindido de la cara terrenal de estos antivalores (resentimiento social, envilecimiento progresivo, bajas pasiones).
Normalmente,
y a la hora de apreciar la situación nacional, la perspectiva “opositora”, de hecho, suele mirar de soslayo estas consideraciones atinentes a la miseria humana como ajenas a la sintaxis política, y no es solo el activista o
dirigente medio, sino también la propia ciudadanía de a pie.
Nunca
se ha sabido, se ha podido o se ha querido, comprender
a la plaga chavista como a una totalidad,
como tampoco se han sabido comprender, desde una abstracción generalista, los
tiempos, cada vez más anómicos, que vivimos.
Seguimos escrutando la realidad post industrial y, en el caso venezolano, la
realidad post-democrática, bajo una lupa sigloveintera.
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La
Ilustración, una típica retícula usada en el campo del Diseño Gráfico, fue tomada
del siguiente enlace:
https://ilkaperea.com/2019/05/04/importancia-de-la-reticula-en-diseno-grafico/
