LO
HISPANO Y LO SUPRANACIONAL
Por
Alexander Delgado C.
14
de Octubre de 2022
Nos ha hecho falta una cosmovisión
hispana. Como tal entiendo a una suerte de visión supranacional (no necesariamente política) en el universo hispano que, lejos imponer la visión concreta de la península ibérica o de un
determinado país hispanoamericano, se base en una síntesis o factor común que
aglutine los diversos orgullos identitarios de habla hispana, a ambos lados del
Atlántico. Una cosmovisión, no necesariamente al margen de Occidente, de hecho
integrada en lo occidental, pero reclamando su espacio y características
propias. Que se ubique más allá del ámbito político (o que
no se ancle a este), que sea plenamente consciente de que su esencia se define
por un espíritu colectivo común, expresado fundamentalmente en el
universo cultural e idiosincrático que nos caracteriza, con todo lo
positivo y negativo que este tiene.
Una Cosmovisión Hispana Truncada
A mi modo de ver, se estuvo cerca de,
tan siquiera, proyectar una visión semejante desde fines del siglo XIX y a lo largo del siglo XX. Por un lado se podía inferir este
esbozo en
connotados pensadores españoles como el padre del Pan-hispanismo, don Miguel de
Unamuno y, con sus bemoles, en otros pensadores peninsulares como Marcelino
Menéndez y Pelayo, José Ortega y Gasset o Ernesto Giménez Caballero. En un
aspecto más político, desde el arco del nacionalismo español a inicios del siglo XX (especialmente en el falangismo), también se alzaron discursos que buscaron tender
puentes de unidad hacia las repúblicas hispanoamericanas (más allá de
sus circunstancias y motivaciones de fondo); no solamente respetando las
tradiciones históricas de nuestros países, sino, de hecho, integrándolas en un
todo hispánico.
En la América Hispana también muchos hombres de pensamiento, en mayor o menor grado, apuntaban en esa misma dirección; como el argentino José Enrique Rodó o el mexicano José “Pepe” Vasconcelos. En la Venezuela de la primera mitad del siglo XX, bien pudo hablarse de una verdadera escuela, con prohombres de la venezolanidad que, no solo reivindicaban al pasado colonial y al elemento identitario hispano como columna vertebral, sino que, a diferencia de pseudo-hispanismo on line de hoy, no renegaban de nuestra historia republicana ni de nuestros prohombres independentistas; antes bien, los asumían como la genuina expresión, en lo bueno y en lo malo, del ser y no ser hispano. Toda una pléyade de hombres de visión elevada; académicos, literatos o historiadores de alto calibre como; Rufino Blanco Fombona, Mariano Picón Salas, Augusto Mijares, Mario Briceño Iragorri, Carlos Felice Cardot, Caracciolo Parra Pérez, Caracciolo Parra León y Arturo Uslar Pietri. Incluso, de varios pensadores de influencia positivista, de los últimos años 1800 y primeras décadas del siglo XX, se hubiera podido extraer lecciones fructíferas, independientemente de si en ellos había o no, la intención de aproximarse a cualquier pretensión pro-hispanidad.
Cada uno a su manera, con todas sus
diferencias de orientación ideológica, poniendo el acento más en uno u otro
aspecto, crearon una coyuntura sinérgica idónea que debió ser aprovechada y
plasmada en una tradición de pensamiento hispanoamericano; tradición que, partiendo
de asumir como columna vertebral el elemento hispano (o, si se quiere, hispano-mestizo),
pudiese proyectar una cosmovisión hispanoparlante que, a su
vez, reforzara y sirviera de marco y referente de apoyo al sentido identitario
y de dignidad de nuestras naciones. Iniciativas como esta hubieran podido
generar, a ambos lados del Atlántico, espacios de intercambio cultural y de
disertaciones y discusiones intelectuales y académicas de altura que enriquecieran la cosmovisión de la que hablo, a partir de una afirmación de
nuestros aciertos y de una sana autocrítica en relación a nuestros errores. Una
proyección que, en relación con nuestros orígenes y devenir histórico, supiera
hacerle frente a desadaptadas, atorrantes, acomplejadas y resentidas leyendas negras y, al
mismo tiempo, apartarse de ingenuas y frívolas leyendas doradas que
muy poco aportan y, por el contrario, desvirtúan.
En síntesis, una cosmovisión capaz de salirle al paso a lo que, lamentablemente, está sucediendo hoy, en la enrevesada posverdad idiocrática de las redes sociales y a nivel de panfletos resentidos, de parte de politicastros buscando impacto mediático y de mercenarios académicos de esa politiquería; sea desde posturas pseudo-indigenistas como pseudo-hispanistas.
Una Hispanidad Envenenada
Lamentablemente esto no sucedió; desde el poder político, a lo largo del siglo XX, las narrativas nacionales hispanohablantes (sobre todo en América), no supieron captar y plasmar esa visión en su debida magnitud, así como las ventajas socio-políticas, socioculturales y referenciales que de ella se podían derivar, especialmente de cara al momento que vivimos. No hubo en nuestros países liderazgos que supieran (o quisieran) recoger el legado de los ya mencionados y otros grandes pensadores, en sintonía con un espíritu hispano integral y cristalizarlo en discursos de identidad nacional más sólidos y honestos; una semblanza bien entendida que, sin patrioterismos fundamentalistas y ramplones, replanteara y tonificara el orgullo identitario de las naciones hispanohablantes, desanclándolo de iconos arcaicos y ubicándolo en la contemporaneidad, como un todo que integrara nuestros gentilicios nacionales; en su aspecto histórico pero, y sobre todo, en el presente y de cara al futuro.
Por el contrario, en los países hispanoamericanos, y en la misma España, se entronizaron los más torvos lamentos pobrecitistas y acomplejados, los más rastreros resentimientos y los mitos más desubicados (pretendida identidad etno-indigenista, por encima del mestizaje y sobreestimación del legado afro); todos estos delirios, plasmados en obras como Las Venas Abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, se condensaron en una visión izquierdosa que, teniendo como catalizador al castrismo y luego al Foro de Sao Paulo, poco a poco se fue apoderando, en nuestros países, del sentido de orgullo nacional, dotándolo de (o más bien reforzando) una proyección que, bajo el pseudónimo de “antiimperialista”, en realidad es acomplejada, plañidera, fatalista, de perdedores.
Esta deformación, explotando la
ignorancia desatendida de las masas populares, así como una predisposición
aprendida al victimismo, dio estructura a fenómenos socio-políticos como el
castro-chavismo, aupando su ascenso al poder desde 1998. Un ascenso facilitado
por ecosistemas sociopolíticos corruptos y desgastados, con
socialdemocracias celestinas o centro-derechas de señoritos, petulantes y
mayameros; con clases medias cada vez más desapegadas del resto de sus
sociedades, con liderazgos políticos, aparte de corrompidos, anquilosados y lo más lamentable, con
dirigencias “intelectuales” o académicas, cada vez menos comprometidas con ser
faros en sus naciones; auto-complacidas en sus tristes tribunas de opinión.
Entornos patéticos, regodeados en las burbujas de ficción primermundista de sus
confortables urbanizaciones o, parafraseando a Idolos Rotos de Manuel Díaz Rodríguez, “viendo un olimpo en su
ghetto”.
Luego de asentarse en el territorio venezolano, y con el chavismo como ariete, el foropaulismo ha repotenciado a lo largo del subcontinente esa visión deformada (y, hasta entonces, politicamente marginal), proyectando una versión viciada del viejo ideal integracionista hispanoamericano bajo el sobrenombre de “La Patria Grande”. Una “unidad” en el pobrismo, en el victimismo, paradójicamente, en la negación del elemento hispánico, no obstante ser nuestro aglutinante cultural.
A su vez, y como reacción a este discurso de venas abiertas, se desarrolla, sobre todo a nivel de redes sociales un arrastrado, oligrfrénico, conspiranoico, discurso neo-hispanista (en realidad españolista o nordicista) renegatorio de la historia republicana de los países hispanoamericanos, especialmente de sus procesos independentistas; hispaNECIOS espurios y, en el fondo, igualmente acomplejados; muy distantes de la visión del maestro Unamuno; un pseudo hispanismo que, en el fondo, es triste coartada pro-nórdica y arielista.
Así llegamos a este momento en que; a
la debacle económica, al caos social, al derrumbe moral y ético, a la pérdida
de brújula en lo político; tenemos a una Hispanoamérica perdida, en una
acefalía referencial, incapaz de reconciliarse consigo misma; contaminada por
multilantes y renegadas leyendas negras contra sí misma; así como por
nacionalismos caníbales, los cuales, mal influenciados por ideologías
chovinistas o fascistoides, incompatibles con nuestra cultura, fomentan
discursos xenofóbicos contra naciones vecinas, paradójicamente con quienes más
se comparten cultura e historia.
Debacle agravada al estar en medio de un contexto global de anarquía y post verdad, en el que el desarrollo y protagonismo, cada vez mayor, de las Redes Sociales ha tendido a poner en plano de “igualdad” a una persona (con o sin títulos) que, probadamente ha estudiado determinado tema, con un simple y egocéntrico “opinador” o influencer, pasionario e impertinente que solo se expresa desde sus complejos, a partir de textos o frases descontextualizados y amañados o, peor aún, un mercader de la miseria humana, en busca de likes monetizantes.
¿Qué Le Queda A Las Naciones Hispanas, Especialmente En América?
De cara al momento presente, de anarquización, encono y post verdad, cada nación hispanoamericana, sin negar su esencia cultural, debe volcarse hacia sí misma, enfocarse en rehabilitarse por sus propios medios, apostando a un reencuentro posterior con el resto de la hispanósfera. Apelar románticamente a discursos hermanistas por encima de enconos internos, no pasa de ser un, bienintencionado pero triste o caricaturesco, saludo a la bandera; es pretender apoyarse en una razón desbordada por el caos pasional simplista y vulgarezco. La unidad e integralidad empieza desde las moléculas. Así, antes de hablar de unidad hispana debe hablarse de integralidad a lo interno de nuestras naciones. Cada nación hispanohablante, especialmente en nuestro continente, debe buscar una reconciliación consigo misma, con su historia (en su totalidad), con su identidad y las particularidades de esta (dentro del todo hispano); debe asumir su realidad geográfica, económica y poblacional, debe entender que estos son factores que han incidido en su desenvolvimiento histórico, pero que no tienen por qué ser predestinantes.
Así mismo, en cada nación
hispanoamericana, y a partir de un sentido de orden y respeto, deben buscarse,
formal o informalmente, acuerdos de coexistencia con aquellas identidades
aborígenes a lo interno del territorio patrio, y a en lo que toca a la propia
sociedad hispano-mestiza, también procurarse (en la medida de lo posible) un
entendimiento con sectores usualmente postergados; sin evadir confrontaciones,
pero también sin permitir que estas escalen a situaciones anarquizantes; acaso
sea necesario, hasta cierto punto, un proceso a lo interno de depuración de
elementos incordios.
Se debe comprender que, más allá de
nuestras singularidades nacionales y regionales (que, insisto, se deben asumir),
nuestra condición hispana, aparte de ser columna vertebral identitaria de
nuestros países, es nuestro elemento de integración a posteriori, no solo con el
resto de las naciones hispanas sino también, respecto al concierto global en sí
mismo.
Pero, como ya he señalado, este es un trabajo que cada nación hispanoamericana debería realizar a lo interno. Hay que dejar de lado, al menos de momento, mitos patria-grandistas, especialmente aquellos anclados en discursos politiquero-ideológicos o contaminados de victimismos, pobrecitismos resentidos, galeanismos, negro-legendarismos (contra quien sea), etno-centrismos, euro-centrismos y pseudo- hispanismos.
Debemos esforzarnos por superar mitos globalizantes, según los cuales, para estar integrados debemos estar bajo un mismo gobierno; da lo mismo que hablemos de añoranzas patéticas por el imperio español o la pretendida y desvirtuada integración bolivariana. El espejismo mental de que una cosmovisión hispana debe estar condicionada por una vasta unidad geopolítica común o partir de esta, tiene una clara impronta estatólatra; esta una de las principales taras que debemos superar.
La base de la unidad hispana es, ante todo un orbe cultural, que durante 500 años, se ha mantenido incólume, de hecho se ha enriquecido en cada época, por encima de cambios políticos, sociales y tecnológicos, adaptándose a los nuevos tiempos. Encontrar ese espíritu en la contemporaneidad, supone respetar lo que de histórico tiene pero en su debida contextualización, deslastrándose de filias y fobias del pasado. Implica entender lo hispano como una esencia lo suficientemente fuerte en sus bases como para que su vivir no dependa de añoranzas o ilusiones rancias ni de odios anacrónicos rastreros .
Enfocándose de este modo, los nuevos discursos nacionales deben ser capaces de generar una nueva narrativa política y articular en ella a los medios de comunicación, a nuevas estructuras educacional y renovados ámbitos académicos, en un esfuerzo reorientador de nuestras sociedades.
La unión hace la fuerza, solo cuando se unen fuerzas, no cuando, como en nuestro caso, se unen debilidades, primero debemos fortalecer e integrar nuestras identidades nacionales, paso previo a un sentido de unidad y cosmovisión hispana mucho más sólido y seguro de sí mismo, con una sana y verdadera autoestima de cara a la realidad que nos rodea, así como un nuevo sentido de identidad nacional en nuestros países.
Una renovada cosmovisión hispana, reestructurada DESDE LAS BASES y no desde el techo, como la hemos concebido hasta ahora.
