Reaccionar Ante La Anomia I
LA ANOMIA
Por Alexander
Delgado C.
20 de Noviembre de
2020
En sociología, el término Anomia
o Anomía es utilizado para referirse a una desviación o ruptura de
las normas; es decir, cuando determinadas sociedades, o grupos al interior de
una sociedad, se encuentran en un caos perenne, situación generada por la
ausencia de reglas de buena conducta comúnmente admitidas, (ya sea implícita o
explícitamente).
O, peor aún, las situaciones anómicas
se dan cuando nos encontramos bajo el reinado de reglas que, abierta o
encubiertamente, promueven antivalores y generan la anarquía como dinámica
social cotidiana, en desmedro de la cooperación y cohesión.
Es pertinente acotar que este fenómeno
también se aplica al ámbito lingüístico o nominal, caracterizándose por la
dificultad de identificar o recordar los nombres de las cosas.
Este término fue acuñado por primera
vez en 1893, por el sociólogo francés Emile Durkheim. En su
obra La División del Trabajo en la Sociedad, Durkheim define
una situación anómica como:
“Un estado sin normas que hace inestables las relaciones del grupo, impidiendo
así su cordial integración”.
A un nivel más de la conducta
individual, el sociólogo francés vuelve sobre este fenómeno, calificándolo
como:
“Una pérdida o supresión de valores, junto a las sensaciones
asociadas de la indecisión y alienación, lo cual conlleva a la destrucción y
reducción del orden social; el cual no puede ser adecuadamente regulado por las
leyes vigentes”.
A las palabras de Durkheim podríamos
agregar, como factor definitorio de una situación anómica, la ausencia,
corrupción o, en el mejor de los casos, impotencia de los mecanismos
coercitivos (incluidas instituciones judiciales, policiales y
militares) que normalmente garantizan, en los hechos, el cumplimiento
efectivo de las mencionadas leyes.
Cualquier semejanza con lo que se ha
vivido en Venezuela desde la llegada del chavismo al poder (e incluso antes,
durante su avance y consolidación electoral en 1998) no es ninguna
coincidencia.
En efecto, Anomia, es un término que no
solo describe a cabalidad el estado en que se encuentra hoy en día la sociedad
venezolana, sino también es un concepto clave para entender la psique y el
accionar del chavismo. El caos, la anarquía, la constante agitación de
antivalores, que hoy son moneda común en la cotidianidad venezolana, han sido
promovidos desde 1999, de manera cada vez más abierta, desde el Palacio de
Miraflores. A estas alturas es más que evidente que el régimen chavista se
beneficia de la ausencia de orden y normas, alimentando en la sociedad esa
percepción de vida sin ley, de indefinición, como una forma de dominio
a partir de la desorientación, perplejidad e impotencia.
La Anomia es, y siempre ha sido, la savia de la tiranía roja, lo cual es más que comprensible tomando en cuenta su mística “revolucionaria”, su lógica lumpen y delincuencial y su psique resentida y sociópata.
La actitud, propia del chavismo,
de atizar el odio de los desfavorecidos contra los que se
consideran favorecidos, puede verse como una sublimación del odio
insurrecto a la norma por la norma misma. De hecho emula, verbal o
fácticamente, el accionar de un José Tomás Boves o de un Ezequiel
Zamora y el panfletarismo incendiario de un Antonio Leocadio Guzmán. Apunta
a acabar toda noción de orden o tradición, no dejar piedra sobre piedra.
A partir de este designio, la
crispación de ánimos desde la esfera del poder y la comprensible reacción, de
igual tono, que genera en los sectores antichavistas, representan un quiebre al
sentido de estructura que encarnan la razón y la reflexividad. Como
consecuencia de este accionar, la dinámica política se impregna de ese
elemento, anómicamente enervado, que proyecta su crispada luz hasta en las
sobremesas de amigos (incluso si pertenecen todos al mismo bando).
La vocación y la práctica anómica del
régimen se reflejan en infinidad de decires, actos, situaciones, anécdotas,
etc., que desde 1999 se han sucedido atropelladamente, haciendo que exabruptos anteriores se olviden ante los más recientes, en un frenesí pasional de dimes y
diretes a escala socio-política. Sobre esta narrativa se apoyan hechos concretos
como; el despido público de directivos de PDVSA en 2002, la orgía de
expropiaciones, las invasiones promovidas a propiedades rurales y espacios
urbanos, los saqueos (como el recordado dakazo, en 2013 o el
realizado al Exelsior Gama en 2017), el desmantelamiento de
empresas básicas que habían sido emblemáticas, como la propia PDVSA o SIDOR,
o la destrucción (explícita o por abandono) de obras infraestructurales
que habían sido icónicas del orgullo nacional.
A un nivel institucional, se corrompen
y prostituyen entes fundamentales como las otrora FFAA, que para 1998 tenían un
alto nivel de credibilidad, y hoy no solo son asociadas a la represión y
corrupción chavista, sino reducidas a un estado inoperante y expuestas
a un, más que comprensible, repudio por parte de la sociedad
venezolana. Finalmente se encumbra a la guerrilla (autóctona o foránea), al
terrorismo, a la delincuencia y se consolida al pranato, hasta
convertir en poco menos que iconos del folclor urbano a criminales
como el fallecido Picure, el Wilexis o
el Coquí.
Cuando lo repudiable, lo amoral, lo
indigno, se convierte en normal, llegamos a situaciones en las
que, despreocupadamente, podemos estar haciendo una cola, y debajo de
nosotros encontrarse el cadáver de un ahorcado.
En el aspecto ético y simbólico, el
elemento anómico del régimen se hace presente; en el desprecio a la
meritocracia laboral, profesional y estudiantil; en las agresiones, físicas o
verbales, a personajes y símbolos históricos o religiosos o en el empeño de
cambiar los símbolos patrios, el aspecto de personajes históricos o la
propia historia.
Por su parte la anomia lingüística
señalada al comienzo, se manifiesta en la pretensión (apareada con la de
reescribir la historia a la medida de sus resentimientos) de renombrar, de un
plumazo, efemérides, calles o avenidas, entidades, etc. cuyos nombres
originales tenían un arraigo histórico-tradicional, como por ejemplo;
rebautizar el Cerro el Ávila como el Guaraira Repano; llamar al Estado Vargas, Estado La Guaira o, más recientemente, “rebautizar” la caraqueña Avenida Francisco
Fajardo como Avenida Cacique Guaicaipuro.
En este contexto, es muy razonable que se
tomara por cierta una resolución apócrifa del 06 de noviembre de 2019,
atribuida al llamado Ministerio del Poder Popular para la Educación (a cargo de
Aristóbulo Istúriz), en la que se anunciaba la eliminación de la exigencia de
normas ortográficas o gramaticales en las evaluaciones. El señalado ministerio,
a través de su entonces vice titular (Rosángela Orozco), se apresuró a
desmentir el supuesto comunicado; pero, sin duda, el que esta falsa resolución
fuese tomada en serio indica, por un lado, el estado de incertidumbre y
predisposición de la sociedad; y, sobre todo, que el comunicado, aunque falso,
se consideraba muy creíble, al estar en sintonía con la narrativa
y mentalidad del régimen. Acaso sí proviniese de los propios laboratorios del castro-chavismo
como un globo de ensayo o elemento distractorio. No es nada descartable que el desmentido
comunicado de hace dos años, se convierta en auténtico y ratificado en un
futuro muy cercano.
Situaciones como las anteriormente
reseñadas, despojan al venezolano de todo tipo de piso referencial o bien se le
hace sentir obligado a defender lo que siempre dio por sentado y consideró
incuestionable, extendiendo la situación de anomia a la propia psique
del individuo.
El componente anómico del narco-régimen, así como su penetración y presencia en la dinámica nacional y a la interioridad del
venezolano, es algo a lo que no
se le ha dado la importancia y seriedad requerida. A pesar
de que se ve y se vive de cerca y aun cuando es lo que mejor describe a la
Venezuela chavista, esta caoticidad es asumida como algo natural por el
venezolano. Cuando se le presta atención, en la mayoría de los
casos, es considerada equivocadamente como parte del “vivir en
dictadura”.
Tuve oportunidad de saber de este
fenómeno, en sí mismo, hace más de 17 años, y asociarlo a lo que para entonces
ya percibía de la realidad venezolana. En artículos anteriores he aludido de pasada el tema de la anomia, como algo sobreentendido, lo es
para mí, no para la mayoría.
Fue poco después del fracaso del paro
petrolero de 2002-2003 que tomé contacto con este concepto; en un artículo del siempre controversial, y ya fallecido, Jorge Olavarría. En el escrito en cuestión, titulado precisamente Las
Anomias Venezolanas, Olavarría señalaba tres momentos históricos en los
que, a su juicio, Venezuela se había encontrado en estado anómico.
A la primera anomia,
Olavarría la ubica bajo el llamado Gobierno de Los Azules (1868-1870),
durante el cual tuvo lugar el fallido intento secesionista en el Estado Zulia.
La llegada del general Antonio Guzmán Blanco al poder en 1870 habría subsanado
este estado de caos. La segunda anomia, según Olavarría, había tenido lugar durante
el gobierno del General Cipriano Castro (1899-1908), especialmente en sus
últimos años, cuando la política interna y externa de El Cabito había
entrado en barrena. El acceso a la presidencia, a fines de 1908, del, hasta
entonces vicepresidente, general Juan Vicente Gómez, zanjaría la peligrosa
situación en que se encontraba el país (siempre desde la perspectiva de
Olavarría).
La tercera anomia Venezolana, según Olavarría, se
habría iniciado con la llegada del chavismo al poder, en 1999; obviando, por
supuesto, la participación que el propio Olavarría había tenido en el proceso de advenimiento del chavismo.
Y aunque no tengo a mano la cita,
recuerdo que en el propio año 2003 el, también fallecido, historiador Manuel
Caballero, comentando el artículo de Olavarría iba más lejos, sosteniendo que
la tercera anomia, era de solución más difícil e impredecible por
la situación de entrampamiento en que, de acuerdo a Caballero,
se encontraba Venezuela.
Lamentablemente, como ya señalé, tanto
el término Anomia como la situación que define, no han logrado calar en
el diccionario mental del venezolano común, ni siquiera en el de la otrora
clase media. Más que no calar, resbala por sobre el imaginario venezolano, como
por sobre un bloque de hielo. Muy lamentable, porque quizá uno de los
factores de mayor incidencia en el fracaso de todos los intentos por salir
de la pesadilla castro-chavista, sea, precisamente, no tener en cuenta la naturaleza
anómica y sociópata del régimen de Miraflores.
¿Por qué después de casi 22 años de desgobierno
chavista el concepto de Anomia es prácticamente desconocido y de difícil calado
para la mayoría de los venezolanos, incluso para los de nivel profesional?
Más exactamente, ¿Por qué en estos,
poco menos de 22 años, no ha habido, del lado de la Venezuela antichavista,
voceros de peso político, social o mediático que asumieran, dándole su propia
importancia, el elemento caótico definido como un estado de anomia? y más
importante aún, ¿porque no se ha hecho conocer, ponderar e internalizar por la
ciudadanía opositora este aspecto tan clave del régimen chavista?
Más allá de algún sociólogo,
politólogo, o columnista, ignorado hasta por los sectores profesionales, no ha
habido voceros con verdadero peso mediático que pusieran el dedo sobre la
llaga, con un lenguaje y un tono contundente que haga ver lo importante de
entender e internalizar esta faceta del orden chavista; nombrarla como lo que
es, en vez de subsumirla implícitamente en el supuesto carácter dictatorial de la
narco-tiranía.
Llegados a este punto, es conveniente recordar que la censura y enclaustramiento informativo del régimen se ha configurado, desde 1999, a plazos. Es decir, durante la mayor parte de estos casi 22 años, la Venezuela antichavista tuvo, importantes espacios y tribunas de expresión y difusión masiva de opiniones, o al menos es lo que se supone. Aunque en reducción progresiva, las tuvo. A nivel televisivo, RCTV operó, en señal abierta, hasta 2007 (8 años bajo el chavismo), el Globovisión de Alberto Federico Ravel, se supone que incuestionablemente antichavista, aún en medio de hostilizaciones y amenazas, estuvo ahí hasta mediados de 2013, ya oficialmente muerto Chávez.
A nivel radial, hasta hace menos de dos
años RCR se mantuvo en señal abierta, en amplitud modulada, capaz de
llegar dentro del territorio venezolano a cualquiera que tuviera una
radio.
Y aún con todos los cierres de medios
“críticos” al régimen, la Venezuela antichavista ha tenido, mal que bien, como
informarse y expresarse; incluyendo, por supuesto, el espacio y la tribuna que,
aún con toda su limitación de acceso y con todo su caos y toxicidad, brindan las
Redes Sociales. Para ilustrarlo mejor, valga remitirnos al inicio del interinato; de no contarse con óptimos canales informativos,
¿cómo se logró movilizar a las decenas de miles de personas que el 23 de Enero
de 2019 acompañaron a Juan Guaidó en su juramentación y luego en sus sucesivos actos de calle?
En estos espacios mediáticos, mientras se mantuvieron, perfectamente se habría podido (o se podría en los que
aún quedan) al menos intentar divulgar y posicionar en la opinión pública una
concientización acerca de lo que es la anomia, como la padecemos, en qué
medida el narco régimen tiene esta impronta, como le favorece, como incide en
cualquier acción u omisión que el antichavismo quiera tomar; y por supuesto, cómo reaccionar adecuadamente ante este fenómeno.
Esto obviamente, no ha ocurrido ¿Por
qué?
¿Es que en estos casi 22
años la dirigencia antichavista no se ha percatado sobre este fenómeno
social, cuando un anodino bloguero como yo lo viene conociendo desde 2003? Si
la respuesta fuera afirmativa, eso no hablaría nada bien sobre la capacidad
intelectual o de análisis, por ende de planificación y dirección, del liderazgo
o vocería antichavista.
O quizá, en el fondo, aún sin dominar
semánticamente el término, entendieron este elemento de la naturaleza chavista,
pero prefirieron dejarlo de lado y que el venezolano de a pie (que desde 1958
ha vivido sin conocer un verdadero régimen dictatorial) lo asumiera
erróneamente como parte de un “vivir en dictadura”.
Si es así ¿porque lo dejaron de
lado?
La primera posible explicación sería
que hasta ahora a la hecatombe chavista, se han empeñado en darle un enfoque
desde la cuadriculada, reticulada y desgastada narrativa política convencional.
Una micción fuera del perol más que obvia.
Pero mirando un poco más allá,
podríamos ver otra posible razón a tener en cuenta por un liderazgo
partidocrático, empeñado en mantener la sartén antichavista por el mango democratero.
Este otro motivo quizá se infiera de las frases con las que Jorge Olavarría culmina
su señalado artículo en 2003:
“Lo que sí sabemos es que a la primera (anomia) la
corrigió un Antonio Guzmán Blanco y la segunda la corrigió un Juan Vicente
Gómez”.
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El mencionado artículo de Jorge Olavarría se puede leer en el
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