martes, 26 de enero de 2021

Anomia y No Dictadura I

DE “¿DEMOCRACIA O DICTADURA?” 

A ESTADO ANÓMICO

Por Alexander Delgado C.

26 de Enero de 2021


Exactamente dentro de una semana se cumplirán 22 años del inicio de la debacle chavista. Gran parte de este tiempo se nos ha ido tratando de entender y definir socio-políticamente el estado de cosas que, desde 1999, nos ha tocado vivir, en mayor o menor medida, dentro o fuera de Venezuela. Peor aún, estos casi 22 años se nos han ido definiendo a la dinámica chavista de manera errónea y, a partir de ese equívoco, enfocando modos de combatir al régimen que, obviamente, solo podían conducir al fracaso. Bien puede decirse que desde 1998, aún sin el chavismo haber alcanzado formalmente el poder, la Venezuela antichavista se vio de frente con un fenómeno sociopolítico para el que, no solo no estaba preparada, sino que en realidad no era capaz de comprender. 

Ni siquiera las propias masas chavistas, más allá de la pasionalidad, han entendido realmente eso que han estado apoyando.

En medio del desconcierto, del temor, del enardecimiento ante las acciones o declaraciones de Hugo Chávez y ahora Nicolás Maduro, así como de sus más vesánicos acólitos; en medio de la debacle política en el bando opositor y de su lenta y viciada reconstrucción; en medio de un verdadero huracán social, cultural, moral y anímico; a la psique antichavista se le ha dificultado asimilar lo que tenía enfrente. Esto ha sido, en parte, por la intemperancia sensiblera, típica del carácter venezolano, y también en parte, por la sensación perenne de exasperación u ofuscación que el discurso y accionar del chavismo desató, desde 1998, en el ánimo de los venezolanos, tanto partidarios como adversarios.

En consecuencia, del lado antichavista hemos tenido una colectividad fragmentada, de individualismos cazurros, incapaces de escuchar o ponderar lo que tenía que decir, ya no su adversario político sino, tan siquiera, el que estaba en su misma acera. Una colectividad ensordecida en sus propios gritos, solo capaz de oír y atender a las voces altoparlantes y “consagradas” que les hablaban desde una tarima televisiva o de prensa reconocida.  

Desde esas atalayas mediáticas se proyectó una semblanza del régimen, no solo desacertada sino también contradictoria. Como ejemplo de esto último; en los días del paro petrolero de 2002-2003, teníamos al líder sindical Carlos Ortega llamando dictador a Chávez, pero por el otro lado, desde la misma acera, y tras el fracaso del paro, teníamos al gerente petrolero Horacio Medina afirmando que el error había sido creer que Chávez era demócrata y negociaría. En 2006, mientras muchos ciudadanos y dirigentes de todos los sectores tildaban al régimen de dictadura, el entonces candidato “opositor”, Manuel Rosales (El Filósofo del Zulia), junto a Julio Borges y Teodoro Petkoff, afirmaban que Chávez era demócrataUna especie de dualidad discursiva que se asumió como normal. Por un lado se calificaba cotidianamente al régimen como dictadura, más en tono de insulto que de definición concienzuda y por el otro se proponían rutas de acción como si se tratase de un mal gobierno democrático o de una dictablanda. 

Y entre rutas electorales, abstenciones mal canalizadas y fallidas acciones de calle, cada vez más sangrientas, se nos fueron estos casi 22 años.

Mientras; en algún marginado rincón, en tal o cual columna periodística, desde alguna monografía, en foros de internet o desde la, por entonces, novedad de las Redes Sociales; contadas vocecitas, en su mayoría poco conocidas o pseudónimas, trataban de llamar la atención, con mucha más pena que gloria, sobre el hecho de que, si bien el chavismo no era democrático ni mucho menos cívico, tampoco se parecía a lo que fueron dictaduras como la de Marcos Pérez Jiménez; que el elemento anárquico, caótico, sociópata-psicópata del régimen, le imprimía una dimensión diferente; por ende debía ser abordado de otra forma. Pero eran voces ignoradas hasta por los sectores de la clase media antichavista que, sin embargo, se auto-proclamaban pensantes.

En los márgenes, algunos entendíamos que la psique y el ethos del chavismo, que pretendía escudarse en la figura de Simón Bolívar, en realidad tenía mucho más que ver con lo que histórico-socialmente representó José Tomás Boves (como figura histórica, en realidad más venezolano que español aunque naciera en Asturias). Pero estos entendimientos, sin duda lucirían demasiado “rebuscados” para una dirigencia política a la que le convenía más comparar a Chávez con Pérez Jiménez, Pinochet o Milosevic; o bien, demasiado pintorescos para la arrogancia crispada y simplista de los pensantes de bailo-terapias, a quienes, entre birritaswhiskycitos y disertaciones de sobremesa, les hacía sentir con más caché intelectual el parangonar a Chávez con Hitler; paralelismos hechos a partir de semblanzas construidas desde la percepción indigesta de un documental televisivo o inferidas subjetivamente desde películas lacrimosas como El Pianista o La Vida es Bella.

Marginalmente, aquí y allá, contadas y anodinas voces asomaron que en Venezuela tomaba cuerpo una situación de Anomia… 

“¿Ano qué? ¿Anemia?”…

¡NO! Anemia no, ¡ANOMIA!, con O.

ANOMIA o ANOMÍA: (del griego ἀνομία / anomía: prefijo ἀ- a- «ausencia de» y νόμος / nomos «ley, orden, estructura») Es decir, ausencia o degradación de las normas o leyes que rigen la sana convivencia en una sociedad, eso según la definición que le dio Emile Durkheim en 1893. 

Pero la comprensión de este fenómeno, como ya comenté en un artículo anterior, ha sido de difícil calado para el venezolano promedio. En realidad lo ha sido para casi todo el mundo, pero para la opinión pública venezolana, desde hace años era imperativo asimilar la comprensión de este fenómeno por encima del resto del planeta. De hecho, nosotros estábamos llamados a hacer entender la condición anómica del régimen a la opinión pública internacional.

Obviamente esto no ha ocurrido. Salvo algunas voces aisladas (incluido este servidor) que mencionan la característica anómica del régimen de modo casi que casual, sobreentendido. En casi 22 años, el discurso oficial de la llamada oposición ha pasado, de considerar al chavismo como una democracia con pretensiones dictatoriales, a tildarla de democracia deficitaria; hasta, finalmente, asumir abiertamente el, no menos equívoco, mote de dictadura

Al narco-régimen se le ha pretendido enfrentar, equivocadamente, como si fuera una democracia autoritaria, con fanfarrias electorales o refrendarias, como las llevadas a cabo entre 2004 y 2018. 

Se le intentó derrocar como a una dictadura convencional, en confrontaciones de calle como las de 2014 y 2017, con el doloroso sacrificio de cientos de jóvenes, creyendo ilusamente que unas pocas semanas (que se convirtieron en meses) de presencia masiva y combatiente en las calles, bastarían para resquebrajar al régimen y que los fusiles y tanquetas de las intervenidas y prostituidas FANB se voltearían contra Maduro y su combo.

Se intentaron acciones aisladas de disidencia armada, como las protagonizadas en 2017 por el malogrado capitán Juan Carlos Caguaripano y el brutalmente abatido comisario Oscar Pérez. Instituido el interinato de Juan Guaidó, se apostó al tan mentado quiebre militar aquel patético 30 de abril de 2019.

Poco a poco, aquí y allá, asumido oficialmente que esto no podía ser una democracia, algunas voces empiezan a sustituir el adjetivo dictadura por el de Tiranía, más acertado. Pero la definición de Anomia, aún permanece (dixit Dylan) soplando en el viento, aunque para el venezolano que se mantiene en territorio nacional (y hasta cierto punto para el de la diáspora) pese cada vez más, la anarquía en el día a día venezolano, la desidia, el constante remover y renombrar nuestros referentes históricos y culturales y finalmente el encumbramiento del pranato, ya no solo como adlátere del régimen, sino como un fenómeno con poder propio, capaz de desafiar abiertamente al eje de poder Maduro-Cabello, tal como sucedió a fines del año pasado en Petare con el Pran Wuileisys Acevedo (Wilexis).

Y, a todas estas, más de uno se preguntará ¿por qué es tan importante entender al régimen en su condición anómica y dejar de verlo como dictadura? Respuesta; Porque no se puede enfrentar eficazmente, ni tan siquiera sobrellevar sumisamente, algo que no se comprende o se comprende mal.

Verlo como dictadura nos hace auto-representarnos ilusoriamente como un conglomerado en avalancha contra un monolito avasallante de acero o concreto (la dictadura). Bajo un régimen dictatorial tendríamos enfrente un esquema de poder, relativamente orgánico, fácil de entender y visualizar previamente. Esto nos daría una idea concreta, de qué hacer, hacia donde tirar la cuerda, para hacer caer al régimen, más allá de lo fácil o difícil que resulte. Esta es la visión de la que se ha partido, a groso modo, al plantearse una reacción contra el narco-régimen o cuando se ha intentado como en los años 2014, 2017 y 2019, con resultados conocidamente adversos.

Por el contrario, ponderar al narco-régimen bajo su característica delincuencial y anómica, con plena conciencia de lo que esto implica, nos ayuda a proyectarnos más ante lo que realmente hay; un panorama de caos organizado, donde el que hasta ahora hemos visto como el centro de poder, es el núcleo de un aparente embrollo, desgastante y destructivo, que nos envuelve. Más que poder avanzar en una misma dirección, sería como estar en medio de un huracán. Bajo esta perspectiva nos veríamos obligados a efectuar una visión más panorámica, porque tanto el núcleo central (Miraflores) como el enmarañado “conexo” importan casi por igual. Todos, casi en la misma medida, son parte del problema. 

No debemos olvidar que la anomia y los antivalores son la savia del régimen chavista.

Una dictadura es como una Bastilla a la que se puede asaltar y hasta derrumbar, o al menos intentarlo. Por el contrario, la barbarie anómica que desgobierna a Venezuela es como una horda que constantemente avanza y vuelve sobre sus pasos. Y ante una horda uno no asalta, uno se defiende, emigra, se resguarda o se fortifica.

Frente a un régimen de naturaleza anómica como el de Miraflores y sus aliados, un estado de rebelión como el que comúnmente se concibe contra una dictadura tradicional (acciones de calle, plantones, disturbios, etc.) tiende a añadir elementos de caos que a la larga benefician al narco-régimen. Es pertinente recordar que, aparte de los mecanismos represivos típicos de todo despotismo, el régimen de Miraflores alimenta en la sociedad esa percepción de vida sin ley, esa idea de indefinición, como arma de control o, en todo caso, de neutralización, a partir de la desorientación, perplejidad y frustración.

Así mismo, el narco-régimen constantemente se vale del caos barbárico, especialmente del delincuencial, como forma de amedrentamiento o aniquilación de todo aquello que se le opone. Esto se vio claramente durante las protestas, de 2014 y 2017; junto a las consabidas acciones represivas de la GNB, SEBIN, y Colectivos, fueron frecuentes los casos en que turbas teledirigidas por el régimen iniciaban acciones de saqueo a comercios, o peor aún de asalto a edificios residenciales. En el caso de los saqueos, no pocas veces lograban que elementos confundidos de la propia población descontenta se unieran a estas acciones, por un simple impulso de rebeldía ciega; sin reflexionar hasta qué punto estaban siguiéndole el juego al régimen, ni detenerse a pensar que, al saquear el comercio de un particular (generalmente del mismo vecindario), se estaban perjudicando a sí mismos.

En conclusión, si a un régimen monolítico, unipersonal, como el que no existe en Venezuela, se le pudiera asaltar, “a la francesa”, con turbas como las del 14 de julio de 1789; a un régimen montonero y de pranes como el que “preside” Nicolás Maduro, que día a día asalta, amedrenta, secuestra, ultraja, asesina, extorsiona, distorsiona, ofusca y desmoraliza; que alimenta el odio, la barbarie, la depravación, la abyección, los antivalores, la impotencia; que nutre y se nutre de la ANOMIA... repito, a un régimen así ¿cómo se le enfrenta? o más aún ¿cómo se le derrota?

Creo que esa respuesta la debemos hallar empezando por asumir la verdadera realidad política y económica, pero sobre todo social, cultural, moral, ideológica, nominal y simbólica, que enfrentamos; así como su incidencia en la psique colectiva. Porque, al final, sea cual sea esa respuesta, a mi juicio, trasciende al chavismo y al antichavismo, a muderos y radicales, a electoreros, guarimberos y cultores de la “calle sin retorno”. 

Debemos asumir la impronta del narco-régimen; barbárica, criminal, inmoral, y sobre todo anómica; asumirla como lo que es, como su piedra angular

A la naturaleza anómica del régimen no la podemos seguir ignorando u obliterando como parte de un supuesto “vivir en dictadura”, porque es ese enmarañado caótico lo que se debe confrontar (al principio defensivamente), atravesar y destruir o superar para poder llegar al núcleo.

La lógica me dice que si lo que se tiene enfrente es el caos, sea espontaneo o premeditado, solo se le puede enfrentar a partir del orden, la cohesión y, si se quiere, la disciplina. No la supresión del elemento emotivo, por supuesto, pero sí su subordinación a la razón y el sentido común. 

Frente a una horda institucionalizada, la reacción e incluso la rebelión empiezan por la autodefensa. De hecho, en la Venezuela antichavista, desde hace mucho se ha debido empezar a desarrollar cierta lógica prepper, en todo sentido, desde la supervivencia manutentiva hasta medidas y acciones defensivas. 

La cohesión necesaria, me parece que NO SE DEBERÍA buscar desde la calle que, por lo demás, es un espacio impersonal, sino más bien desde lo más interno, el núcleo organizacional, vecinal e incluso familiar. Considero que lograr todo esto, a su vez, pasa por un proceso de depuración interna en todo sentido y sin contemplaciones.

Y cuando hablo de enfrentar a este estado anómico, fallido y delincuente, no me refiero únicamente a buscar su derrocamiento (que sigue siendo necesario como paso previo a la reconstrucción de la república venezolana), sino también, y a lo inmediato, defendernos, en el día a día, de su accionar en todos los aspectos (especialmente el emocional y psicológico), así como de los estragos que causan sus pranes asociados. Hablamos ya de sobrevivir en la cotidianidad, en cuerpo y psique, buscando prevalecer al final. 

Porque esa, me parece, es la única opción de lucha que le queda al venezolano (incluido el de la diáspora), en la medida en que solo pueda contar consigo mismo.

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