VENEZUELA, COLOMBIA Y LA NARRATIVA INTEGRACIONISTA
Por Alexander Delgado C.
08 de Agosto de 2022
A
propósito de la toma de posesión de la presidencia en la vecina Colombia por
parte de Gustavo Petro; el día de ayer, el sociólogo Ramón Piñango, desde su
cuenta en Twitter (@rapinango), reiteró un mensaje que había venido posteando
en dicha red social, por lo menos, desde marzo de 2021. Piñango, con mayor o
menor acierto, sostiene:
Y sí, las razones en las que
bien pudiera apoyarse Piñango para sostener su aseveración, están demasiado a
la vista como para considerar, cuando menos, bien difícil refutar al sociólogo
venezolano.
No se pueden negar los
vínculos afectivos, geográficos, culturales, históricos e incluso familiares
entre los dos gentilicios. Pero tampoco se puede negar el lado oscuro que tradicionalmente ha existido como reverso de
esta interrelación. Parte de la proximidad entre ambas naciones, la ha
constituido, como contracara, un trasfondo de rivalidad, desencuentros, celos y
una cierta aversión mutua. Una especie de relación de amor-odio, algo matizada.
Efectivamente, bien podríamos
considerarnos gentilicios hermanos, pero, eso sí, como esos hermanos de
caracteres y personalidades muy
diferentes que no se soportan demasiado tiempo juntos y necesitan su propio
espacio, vivir en su propia esfera. Muy distantes estamos aún, a ambos lados de
la frontera, de la madurez necesaria,
para pensar en hacer complementarias nuestras diferencias y lograr una amalgama
o armonía que, aparte de integrarnos, potencie y enriquezca a cada una de las
dos naciones a lo interno.
Aclaremos, no se pretende
que estas sombras del cuadro colombo-venezolano se usen como coartada para exaltar, de lado y lado, odios y
resentimientos en nombre de un supuesto patriotismo que, en realidad, tiene
mucho más de tribalismo burdo y zafio. Pero negar estas sombras en nombre de un
idealismo, de una positividad comeflor o de un hermanismo, muchas veces ingenuo y frívolo, cuando no francamente hipócrita;
es una necedad que, antes que
contribuir a una verdadera integración, por el contrario, tiende a
obstaculizarla como evasión de la realidad.
El hecho de haber formado
parte, en varias ocasiones, de una misma unidad geopolítica y el haber
compartido uno de los períodos más controvertidos de la historia de ambas
naciones, como lo fueron las guerras independentistas y, muy especialmente, la atormentada
etapa grancolombiana (1819-1830); ha determinado, junto a la vecindad
geográfica y la vasta extensión de la mutua frontera, el ambiguo y turbulento carácter de las relaciones
colombo-venezolanas.
Este aspecto polémico (para ser eufemístico) de nuestras relaciones con el país vecino, se ha visto, aún más envenenado, a lo largo de los siglos XIX y XX, por las históricas disputas territoriales (El Golfo, Los Monjes, etc.), así como por el inevitable impacto de los conflictos políticos de cada una de las dos naciones, en la política interna de la otra nación, especialmente los conflictos de carácter bélico. Como ejemplo histórico de esto último, podemos citar la crisis binacional de 1901, con Venezuela, bajo el gobierno "liberal" del belicoso y atrabiliario Cipriano Castro y Colombia, envuelta en la llamada Guerra de Los Mil Días, en la que el gobierno conservador de Manuel María Marroquín hacía frente, a lo interno de sus fronteras, a la rebelión armada dirigida por los liberales, al mando de Manuel Uribe Uribe (apoyado por Castro desde Venezuela). Esta crisis binacional por razones políticas, además de conducir a la ruptura formal de relaciones entre ambos países, tuvo su momento álgido con las fallidas incursiones armadas, primero desde Colombia hacia Venezuela y luego en sentido inverso, sin que se pudiera hablar de una guerra formal entre ambos estados, más bien como una extensión binacional de la guerra civil colombiana y la tensión política latente en Venezuela (y que al año siguiente daría paso a la Revolución Libertadora).
A este trasfondo histórico discordante (y dentro del contexto anterior a 1999) se agrega, a lo largo de las décadas de 1950 a 1990, los trastornos creados, primero por la guerrilla colombiana y luego por el narcotráfico, así como su incidencia en el estado venezolano de entonces.
Finalmente tenemos que añadir las enormes oleadas migratorias, legales o ilegales de ambos países hacia el otro país, especialmente las de los sectores más lumpen y más conflictivos socialmente, con todo lo que esto implica para cada nación, en términos de aumento, tanto de la marginalidad social como de las actividades ilícitas y delictivas; y, por supuesto, la no menos indeseable consecuencia en materia de mutua hostilidad, prejuicios y actitudes xenofóbicas. La problemática que tradicionalmente había planteado la migración masiva de colombianos hacia Venezuela en la segunda mitad del siglo XX, parece un recuerdo polvoriento frente a la situación, más grave aún, que plantea la avalancha migratoria hacia territorio colombiano de venezolanos desplazados por la crisis cuasi-apocalíptica que hoy se vive en nuestro país.
En efecto, la debacle, en
todos los órdenes, en la que hoy se encuentra sumida Venezuela, ha volteado las
tornas. Las desesperadas oleadas de migrantes que fluyen desde Venezuela hacia
Colombia, y de ahí hacia otros países del subcontinente, se han convertido,
por lo menos desde 2017, en un factor de
perturbación social y política en los países receptores de dicha diáspora;
situación agravada por la, cada vez mayor, presencia infiltrada, junto a los
millares de migrantes, de elementos criminales, desestabilizadores
políticos o de personas de hábitos muy conflictivamente reprochables.
Como consecuencia, hoy Venezuela
es percibida, por parte de los pobladores de las naciones vecinas, entre ellas
Colombia; ya no solo como el referente de lo
que no se quiere ser, sino
también como el principal foco de malestar y trastornos sociopolíticos.
Los estragos causados en
toda Iberoamérica por el Castro-Comunismo, a través del Foro de Sao Paulo,
especialmente desde al arribo de Hugo Chávez al Palacio de Miraflores, en 1999,
y más concretamente su impacto en Colombia, al imbricarse con todos los
factores anteriormente señalados, han terminado de exacerbar los ánimos entre ambos
gentilicios, potenciando la ojeriza y
desconfianza mutua.
El arribo oficial, ayer, de
la izquierda al Palacio de Nariño, en momentos en que es mucho mayor la presencia
de migrantes venezolanos en territorio colombiano, tiende a hacer más
enrevesada la situación descrita, especialmente para los venezolanos adversos
al castro-chavismo, dada la situación de
minusvalía, en todo sentido, en que se encuentran. Al lastre del contexto
de devastación económica y de anomia social y moral reinante en Venezuela, hay que
agregar que los venezolanos, en general, acarreamos hoy la carga de una acefalía
política (dos supuestos gobiernos en Venezuela y en ninguno de los dos nos podemos amparar
adecuadamente). A los factores anteriores hay que sumar (y es lo más lamentable)
la mala imagen, prácticamente un estigma, que hoy arrastramos los venezolanos en
el vecindario iberoamericano, con la consecuente, y bien conocida, hostilidad venefóbica.
Es cierto que los venezolanos no estamos en capacidad de enfrentar solos, el pandemónium que nos ha caído. Al tratarse de un enemigo común, EL FORO DE SAO PAULO, muy bien organizado, muy bien cohesionado y cada vez más poderoso, la lógica aconseja crear alianzas y frentes comunes con los naturales de los países vecinos que adversan al foro-paulismo. Pero también es verdad que esto luce muy poco viable en las actuales circunstancias. Aparte de la ya mencionada hostilidad anti-venezolana, asistimos con estupor impotente, por un lado a la, cada vez más acentuada, consolidación en Venezuela del castro-chavismo y sus socios criminales y, por otra parte a la, cada vez mayor, entronización foro-paulista en el continente; todo esto en medio de un escenario global, cada vez más caótico, confuso, retorcido, oscuro.
Ante semejante contexto,
desde una venezolanidad desacreditada, humillada tanto interna como
externamente, desmoralizada al extremo, con nuestras peores taras potenciadas
al máximo (tanto las venezolanas como las de los países vecinos); hablar de hermandad colombo-venezolana o latinoamericana, o peor aún, de unidad bolivariana, más que ilusamente
bobo, se percibe malsonante, como un
sarcasmo cruel y hasta hostil, al evocar formas discursivas y simbólicas asociadas
(con o sin razón) a esa izquierda foro-paulista que hoy nos azota a todos.
Quizá primero debemos pensar
en unirnos los venezolanos que resistimos tanto al régimen castro-chavista como
a sus aliados internos y externos (entre ellos sus falsas oposiciones). Unidad, tanto de los que permanecen en el territorio venezolano como de los emigrados
que aún mantienen vínculos afectivos con su tierra natal. Debemos buscar formas
de organización, depuración de elementos indeseables y cohesión mutua; generar,
así sea desde las sombras, nuevos y verdaderos liderazgos, nuevas matrices
discursivas y replantear nuestra narrativa nacional; una nueva proyección de país
que determine una semblanza de coherencia y mínima respetabilidad, tanto a lo
interno de nuestro gentilicio como de cara al mundo exterior.
Debemos empezar, los
venezolanos, por recuperarnos a nosotros mismos.


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