jueves, 11 de noviembre de 2021

Ascesis y Asepsia de Nuestra Conciencia Histórica

ENSAYO

ASCESIS Y ASEPSIA DE NUESTRA CONCIENCIA HISTÓRICA.

LA META-HISTORIA NECESARIA

Por Alexander Delgado C.

11 de Noviembre de 2021


El abuso grotesco que lleva a cabo el chavismo desde el poder contra nuestros símbolos históricos y referentes de la venezolanidad, ha motivado en muchos venezolanos, como era de esperarse, una reacción de rechazo a estos referentes; por lo demás, una actitud favorecida por el desconocimiento o conocimiento superficial, simplista y novelero, por parte de la mayoría de los venezolanos hacia su historia. Este daño, ocasionado por la psicopatía chavista en el poder a la psique venezolana, tiene innumerables manifestaciones en las Redes Sociales; el día de ayer un post en Twitter publicado por el usuario Pedro Silveira (@pedrosilveira02) lo expresaba de manera muy consciente, hasta en las palabrotas (comprensibles) que usa;


Obviamente no avalo ni mucho menos comparto este tipo de reacción; pero, y aunque personajes como Silveira permitieron voluntariamente que el chavismo los dominara psicológica y emocionalmente, tampoco culpo del todo a los que experimentan este tipo de reacciones; por lo demás, no se diferencia este rechazo del que, por las mismas causas, se ha logrado generar hacia el color rojo o hacia vocablos asociados al chavismo, como “endógeno” o “patria”. En el fondo el régimen castro-chavista busca ese tipo de reacción. Teledirigido desde La Habana, encuadrado en el Foro de Sao Paulo, enfermo de odio y resentimiento y aliado al crimen organizado, al terrorismo internacional y a las corrientes más vesánicas de la llamada progresía; al castro-chavismo le conviene ahondar en la anomia y la disociación del venezolano en todos sus aspectos, incluido el histórico-referencial. Está claro que el régimen busca desarraigar cualquier forma de sentido de pertenencia y lograr así un mayor dominio sobre la venezolanidad y su progresiva disolución.

Esto último, nunca lo olvidemos, siempre ha ido acorde con la impronta ideológica marxista del narco-régimen; el marxismo, en su quintaescencia, rechaza la idea de nación, a la que considera un ente generado por la burguesía.

Lamentablemente, esta siembra destructiva ha encontrado terreno fértil en una sociedad que, en el fondo, siempre ha sido poco cohesionada, con una narrativa nacional endeble y caletrera; fiel reflejo del individualismo centrífugo que ha caracterizado a nuestra idiosincrasia. Nuestra auto-percepción histórica siempre ha sido muy laxa; hasta 1998 se había apoyado (aparte del, ciertamente fastidioso, culto bolivariano) en un relato que siempre ha tenido mucho de improvisado, muy determinado por la óptica partidista de los diversos grupos de poder político desde 1830. Una narrativa que siempre había sido difundida; de manera memorística desde las aulas de clase; de manera corin-telladezca a través de los medios de comunicación; y de manera panfletaria, y en tono de arenga pseudo epopéyica, desde el Estado (a través de cortos institucionales, actos solemnes en fechas patrias y la narración que los acompañaba). En definitiva, tradicionalmente (pero sobre todo desde 1945) ha habido más una pseudo-transmisión juglaresca de nuestra historia que un verdadero esfuerzo por conocer, y sobre todo comprender, nuestros orígenes y devenir en el tiempo. Una repetición cataléptica, en el fondo, acomplejada, mantenida pasivamente por un establecimiento político, flanqueado en los últimos 60 años, entre un demo-socialismo mayoritario (blanco, verde o rojo) y una escurrida centro-derecha yuppie-mayamera, cliente de los anteriores. 

A este deplorable antecedente, previo a la demencia roja rojita, hay que agregar, en el presente, a una acera política “opuesta” al chavismo, en gran parte heredera del sistema anterior a 1999, cuya vocería (tristes balbuceos pseudo respondones a la tiranía roja) es incapaz de ponderar lo pertinente de nuestra autovaloración histórica como un factor psicosocial y simbólico de la venezolanidad y, sobre todo, de entender su peso sociopolítico. Una dirigencia “opositora” demasiado ignorante (o algo peor) para entender la necesidad de recuperar y reivindicar nuestra identidad histórica, así como de revisarla sanamente. Un liderazgo de quincalla, demasiado indiferente (o cómplice) para oponerse, de forma tajante, clara y reiterada, al manoseo deformante de nuestra historia que se lleva a cabo desde el foro-paulismo chavista.   

Generalmente es solo cuando, desde el chavismo, se profiere o ejecuta alguna barrabasada relacionada con nuestra historia que del lado antichavista se pronuncian en reacción; generalmente a través de posteos en las RR.SS; publicaciones que, en algunos casos, oscurecen más de lo que aclaran y muchas veces, peor aún, llevan agua al molino discursivo del narco-régimen. 

O sea que, hasta en este aspecto, el chavismo les determina la agenda

Hasta en esto no pasan de ser el pong que responde al ping chavista. 

Y no solo en la mediocrísima y ultra corrupta vocería política “opositora”; también en los sobrados y auto complacidos sectores “intelectuales” y académicos, supuestamente críticos del chavismo, las iniciativas propias han brillado, cuando no por su ausencia, sí por su escasez e insuficiencia, en cuanto a una revisión sana de nuestra historia y una promoción, de cara al público, de acciones que aclaren las tergiversaciones chavistas, coloquen hechos y personajes históricos contextualmente y en su justa dimensión. 

Esto aplica especialmente en todo lo relativo a la figura de Simón Bolívar y a lo que, con mayor o menor acierto, se concibe como bolivariano. Podemos experimentar admiración, simpatía, antipatía, rechazo o indiferencia hacia la figura de Bolívar, eso es de libre elección en el fuero interno de cada quien; pero, con sus aciertos y errores, virtudes y defectos, se trata de una figura que ha tenido una consideración referencial demasiado influyente para tomárselo a la ligera o a la vesánica. Si bien es cierto que, ante la exaltación bolivariana, se pide a gritos un revisionismo sensato; no es menos cierto que se hace necesario reaccionar contra interpretaciones vulgares (vengan del bando que sea) y deformaciones simplistas de nuestros principales referentes históricos, culturales y religiosos, empezando por la figura del Libertador. Más allá de identificarnos o no con este u otros personajes, se trata de una cuestión de auto-respeto como nación y de respeto a la verdad histórica; desde la objetividad y desde el más elemental sentido de integridad como país; y como condición previa a la, ya señalada, revisión necesaria.

Partiendo de la realidad, cuestionable pero innegable, del endiosamiento a la figura del Libertador, haría falta una especie de exégesis o hermenéutica bolivariana; es decir, un estudio objetivo, científicamente sistematizado, debidamente contextualizado y a partir de sus principales documentos públicos; acerca de cuál era realmente la visión política y social del general Bolívar. Y no solamente del Libertador, también de otros prohombres como el Precursor Francisco de Miranda y otros grandes hombres, de pensamiento, obra y acción. 

De hecho esta exégesis ha debido hacerse desde hace décadas, mucho antes de 1998. 

¿Hasta qué punto hubo alguna aproximación en este sentido, y no un culto a la personalidad del Libertador, en las llamadas Cátedras Bolivarianas impartidas en bachillerato antes de la llegada del chavismo? 

En realidad, más que cátedras bolivarianashan debido ser Cátedras Del Pensamiento Venezolano; ha debido hacerse una aproximación a las ideas de los principales prohombres de nuestra historia, no únicamente Bolívar. Era necesaria la definición de un pensamiento venezolanista, del que la bolivarianidad (con lo que sea que se coma eso) fuese parte pero no el todo ni el centro. De haberse impartido concienzudamente estas cátedras de la venezolanidad, no solo en las escuelas, sino también a través de los medios de comunicación y desde la institucionalidad, es probable que al chavismo (suponiendo que hubiera existido) no le hubiera sido nada fácil usufructuar (y exponer al escarnio y al repudio) los emblemas de la venezolanidad y el patriotismo, incluidas las figuras de sus mayores prohombres.

Una vez más, comprobamos que los lodazales de los últimos 22 años, vienen de las polvaredas acumuladas en años anteriores

Si bien es cierto que la responsabilidad histórica de esta falencia le toca a todos los grupos de poder y clases dirigentes desde 1830; el mayor grado de reprochabilidad debe recaer en el período 1958-1998. Al haber sido el período político más longevo y estable de nuestra historia; con mayor protagonismo civil, tanto político como en otras esferas (cosa de la que hoy se jactan sus herederos y apologistas); los prohombres de los años 1958-98 estaban moralmente más obligados a promover una revisión, sana y equilibrada, de nuestra historia lo más sana, objetiva e inclusiva posible, atenuando protagonismos desmesurados, reduciendo a su justa medida el aspecto epopéyico-militarista de nuestra narrativa y dándole mayor realce a las proezas cívicas, incluidas las no políticas. Eran los más llamados a plasmar esa nueva visión histórico-nacional, tanto a nivel de aulas de clases como a través de los medios de comunicación, en los usuales programas institucionales... Y también a través de su capacidad de influir en canales comerciales, en la transmisión de programas televisivos de consumo popular. Estos supuestos adalides del civismo democrático eran, por esa misma pretensión, los que más debían salirle al paso a interpretaciones acomplejadas, resentidas y amarillistas de nuestra historia, por marginadas que estuvieran; abriendo espacios, al menos paulatinamente, a voces procedentes de entre los vencidos y los usualmente preteridos.

Lamentablemente esto no sucedió, pese a que, no solo tuvieron cuatro décadas (el régimen más longevo hasta 1958, había durado 27 años), sino que también contaron, mucho más que cualquier otro período anterior, con recursos económicos y una clase profesional; con voluntad de consenso y un mayor cúmulo de prohombres de pensamiento, pasados y presentes, con el acervo de su pensamiento y el ejemplo de su vida. En cambio prefirieron el consenso artificial subsidiado por el petróleo; prefirieron el cortoplacismo, incapaces de mirar más allá de las próximas elecciones. Pudiendo proyectar una venezolanidad elevada, prefirieron ser expresión de la Venezuela paterrolo, de la sociedad del disimulo y del campamento con pretensiones de nación, según la famosa semblanza de José Ignacio Cabrujas. A ejemplo de esas dirigencias se moldeó una Venezuela inepta para sobreponerse a la rémora de un conocimiento y auto-valoración histórica, deficientes y viciados; terreno fértil para el castrismo y el foro paulismo en su siembra de cizaña, a través del fenómeno chavista; en el usufructo y deformación de nuestra visión nacional.

Hoy, frente a la depredación del íncubo castro-chavista y sus cómplices trasnacionales, tenemos el residuo colaboracionista de aquellas viejas dirigencias del puntofijismo y a sus herederos o aspirantes a tales, aún más ignorantes, frívolos, cretinos y abyectos, si cabe. Frente a la rapiña resentida foro paulista y sus atrocidades contra nuestro sentido de identidad y nuestra valoración histórica, tenemos a una Gauche Divine criolla edulcorada, de historiadores, sociólogos, antropólogos, etc.; tenemos una claque que mira para el otro lado, minados muchos por el mismo germen ideológico de que se nutre el narco-régimen; auto-complacidos de su séquito de adulantes en sus ghettos bien-pensantes que ellos (dixit Ídolos Rotos de Manuel Díaz Rodríguez) ven como “olimpos

Mientras tanto el neo-bovecismo castro-chavista, procónsul del foro paulismo y de la mano de la progresía internacional, devasta cada vez más a Venezuela, no solo en lo económico, político, social y moral, sino también en su autoestima, arrasando la poca autovaloración que tenía; reforzando en los venezolanos, hasta el odio hacia su propia historia.

Es en medio de estos escombros que tienen que moverse algunos venezolanos, muy jóvenes en su mayoría, quienes, aquí y allá se han dado a la tarea de recuperar y entender a su verdadera historia, reivindicar a sus prohombres en lo que de encomiables tuvieran. Ojalá este sea uno de los embriones de una futura generación de nuevos prohombres propulsores de la venezolanidad en su mejor expresión, igual o mejor que la que tuvimos a fines del siglo XIX y primera mitad del siglo XX; mucha falta que nos hace.


ASCESIS Y META-HISTORIA

Pero en el presente, y de cara a un hipotético (y nada visible) futuro libre de la plaga castro-chavista, me pregunto hasta qué punto será necesario, especialmente en lo que toca al venezolano de a pie, un período posterior inmediato en el que, a menos que sea estrictamente pertinente, se evite hablar (ni bien ni mal) de temas y personajes históricos, y aún en estos casos imponernos un tono lo más frío y desapasionado posible. Es uno de los planteamientos que, en lo personal, me asalta en estos momentos (acaso exagero). Ojalá fuera posible un coyuntural silencio introspectivo.

Más que censura o clausura, yo lo llamaría Ascesis de la Conciencia Nacional e Histórica. Y luego de esta ascesis, imponernos una especie de revisión aséptica, ya no solo de nuestra historia, sino también, y sobre todo, de nuestra relación con ella.

Será necesario un reseteo de nuestra mirada histórica y que esta, sobre todo de cara a los niveles más básicos, sea muy sencilla en su estructura; que apunte a una mirada muy integral y auto-reconciliatoria; orientada, más que al conocimiento en sí, a la comprensión de nuestro devenir histórico. Una transmisión básica de la historia que no se centre en ningún personaje (ni para exaltarlo ni para denigrarlo), por relevante que este haya sido; una narrativa histórica que tenga como principal protagonista a la sociedad venezolana, desde sus embriones y gestación (en algún punto entre La Conquista y la Independencia), con sus virtudes y vicios, siempre teniendo como fundamento la auto-comprensión constructiva. 

Así mismo, hacer prevalecer esta motivación, si fuese el caso, con severidad

Una transmisión de la historia, que presente como idea principal, acaso como protagonista, al contexto de que se trata, su realidad de fondo (socio-económica, socio-cultural, antropológica, psicosocial, contexto internacional, etc.), una realidad de fondo de la cual, a hechos concretos y personajes, por más renombrados que hayan sido, se les presente, esencialmente, como un producto de dicha realidad.

Esto no sería determinismo porque la idea no es presentar realidades como inmutables y predestinantes, pero sí como elementos clave en la comprensión de nuestro desenvolvimiento histórico (y consecuente presente), y como factores que se deben tener en cuenta a la hora de proyectar un futuro diferente…y mucho mejor.

El escollo principal sería el hábito, arraigado pablovianamente, de ponderar la historia bajo nomenclaturas panfleteras y delia-fiellezcas, que hará que cualquier replanteamiento sea valorado masivamente a través de esos cristales espurios. O sea que, previamente o simultáneamente, va a haber que inhabilitar, de algún modo, en la psique colectiva, esos filtros malsanos, esos lamentables parámetros de valoración.

Teniendo en cuenta este factor, pienso que durante mucho tiempo deberá haber, como parte o complemento a la enseñanza de la historia propiamente dicha, una suerte de META-HISTORIA; es decir, una disciplina o metodología que, más que tratar hechos o personajes históricos en sí mismos, aborde nuestra relación con esos hechos y personajes, que ponga el dedo sobre la llaga de la actitud que hemos tenido en relación a nuestra historia, esclareciendo sus orígenes y proyectando miradas alternativas, más lógicas, más consistentes y más sanas; óptimas de cara a una auto-comprensión y autovaloración constructivas. Una Meta-Historia que, al margen de que tan buenos o malos se consideren hechos y personajes, no hable tanto de nuestro pasado como de nosotros en el presente respecto a ese pasado, revisando lo acertado y errado de las ideas que hemos tenido de nuestra historia; una mirada, apareada con un sentido de ética y Areté nacionales asociadas a la historia. A fin de cuentas esa es la verdadera esencia de la historia como materia de enseñanza; más que hechos pasados, se trata del escáner retrospectivo y cronológico que, desde el presente, hacemos a esos hechos. 

Eso sí, saliéndole al paso al otro vicio en el que muchas veces caemos de juzgar hechos pasados con criterio de nuestros días.

Una Meta-Historia que, como disciplina Ad Hoc, para ser efectiva, además de la historia, abrace otras disciplinas como; la sociología, geografía, formación ciudadana, filosofía e incluso antropología. Igualmente considero que su estructura y difusión debe lograrse a partir de una articulación entre el sector público y los sectores privados, involucrando a las comunidades. No debe encorsetarse en los planteles educativos, ni enfocarse únicamente en la llamada población “en edad escolar”; al contrario, debe estar dirigida a toda la nación sin distingo de edad ni clases sociales; además de las vías escolares, también deberá valerse, a través de canales institucionales, de los medios de comunicación y la Internet.

Y, finalmente, debemos generar estrictas medidas (draconianas si lo requiriesen las circunstancias) que nos obliguen a respetar a la historia y a dejar de creernos con derecho, en aras de una malentendida “democracia y libertad de pensamiento”, a manosearla al ritmo de nuestras pasiones más vulgares. Es preciso que esta nueva visión contemple acciones implacables contra quienes le den a la historia un usufructo político-partidista y contra quienes la hayan contaminado y contaminen con elementos discursivos y actitudinales bastardos, mutilantes, odiantes y resentidos, sean del lado que sean. Urge ir frontalmente, sin contemplaciones, contra esa tendencia malsana a contemplar períodos y personajes desde posturas idolátricas, proyectando y escudando miserias personales en ellos; ir sin miramientos contra quienes, en actitud vulgarezca de hincha de fútbol, usan la grandeza de determinado período, hecho o personaje para encanallar a otros períodos o personajes o a la propia venezolanidad.

Acciones, pensamiento, una ética y, si se quiere, una filosofía que nos obligue a una mirada integral y de reconciliación retrospectiva, de absoluto respeto a la Historia, en sí misma y en cuanto a materia de estudio y transmisión. 

Respetar la enseñanza de la Historia como lo que realmente es, UNA CIENCIA.

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Imagen al Comienzo tomada de Wikipedia

  https://es.wikipedia.org/wiki/Castillo_de_San_Francisco_de_As%C3%ADs

jueves, 11 de marzo de 2021

Derechos Humanos, Autodeterminación... Y Deberes Humanos

DERECHOS HUMANOS, AUTODETERMINACIÓN... Y DEBERES HUMANOS 

Por Alexander Delgado C.

11 de Marzo de 2021


En la mañana de hoy leo un post publicado en Twitter por el Ingeniero Industrial David Morán Bohórquez, en el que defiende la prevalencia de los Derechos Humanos, como valor universal sobre el principio de la autodeterminación de los pueblos.

El Tweet en cuestión es este:

Y sí, los DD.HH son universales, y no es menos cierto que, como dice el tweet, muchos gobiernos de talante autoritario, despótico, tiránico o totalitario, suelan escudarse en la concepción de la autodeterminación de los pueblos para solapar sus atropellos a los derechos de sus gobernados, lo que los debería deslegitimar en su pretendida “soberanía”.

Aunque el tweet de Morán parezca dar una idea de confrontación entre Derechos Humanos y Autodeterminación de los Pueblos (fuera o no la intención del autor), ambas ideas no solo no son excluyentes entre sí sino que, de hecho, ambas están interrelacionadas.

Más aún, el que muchos tiranos se escuden en la autodeterminación para “defenderse” de las acusaciones de violación a los derechos humanos, pone de relieve esa interrelación... pero en un vicio de origen que involucra por igual ambos principios.

Acerca de los Derechos Humanos

Así como en los regímenes despóticos la excusa de la “soberanía” se usa como detente a los derechos humanos, del mismo modo, al otro extremo, ha sido muy recurrente que en el día a día de las sociedades “democráticas” (así con comillas, como lo fue Venezuela, hasta 1998) se invoque a los DD.HH, de manera deshonesta o indebida, para solapar a transgresores de la ley, a antisociales que perturban a las más elementales normas de sana convivencia, e incluso a criminales ¿Cuántos delincuentes, cobijados en una pretendida defensa de sus “derechos humanos”, no han salido impunes, o con castigos demasiado laxos, y además envalentonados? ¿Cuantos rufianes (no necesariamente delincuentes) no se han salido con la suya invocando indebidamente ese principio, sano y loable en sus orígenes?

La explicación a lo anteriormente señalado está en el hecho de que, en general, la defensa de los DD.HH suele ser concebida, a partir la presunción, claramente sesgada e injusta, de que solo valen como violaciones a dichos derechos las cometidas por los gobiernos y sus organismos, especialmente los de seguridad y defensa; es decir, cuando un delincuente o un subversivo, despoja a un ciudadano decente de sus legítimas pertenencias, de su integridad física y/o moral y, en casos extremos, de su vida, allí no hay violación de derechos humanos… Eso según la concepción comúnmente manejada por instancias como la ACNUDH, por las más reconocidas ONGs dedicadas al tema y, en general, por intelectuales de talante liberal-demócrata.

Por otra parte, el señalado enfoque de los derechos humanos, por parte de la llamada Intelligentzia, aparte de sesgado e injusto, suele tener muchas veces un tinte de hipocresía, en cuanto a que no suele ser observado en casos de linchamientos de delincuentes por parte de la poblada; es decir, no perpetrados por agentes del gobierno sino por particulares. Aunque no tengo un caso a mano para ejemplificarlo, en no pocas ocasiones, voceros de grupos defensores de DD.HH y demás opiniones ilustradas, se han pronunciado expresando su “preocupación” ante casos de linchamientos populares a delincuentes; preocupación que muy raras (o nulas) veces expresan ante la arremetida de la delincuencia contra los derechos de la población honrada.

Manejo sesgado, hipócrita y, siendo honestos, con un sesgo claramente izquierdizante. No hay que indagar demasiado en el pensamiento de quienes, en su mayoría militaban o militan en organizaciones de DD.HH, para constatar su inclinación hacia el llamado “progresismo”, en sus más variados matices.

Lo anteriormente descrito ilustra una realidad presente no solo de la Venezuela actual, sino también observada en la Venezuela que precedió al arribo del chavismo al poder; de hecho ¿cuántos demagogos que hasta 1998 usaban su pretendida defensa de los Derechos Humanos para proyectarse políticamente, luego, incorporados al entramado chavista en el poder, no se han convertido en solapadores de esas mismas violaciones que antes, siendo opositores, “denunciaban” con tanta vehemencia?

Acerca de la Autodeterminación de los Pueblos

Ahora bien ¿Cómo entra el tema de la soberanía nacional y la autodeterminación de los pueblos en toda mi disertación anterior?

En el fondo el principio de Autodeterminación de los Pueblos es una extensión, a escala colectivo-nacional, de la idea de los Derechos del Hombre; a fin de cuentas, las naciones no son más que conglomerados de seres humanos con un determinado grado de organización e interrelación, a cual más sencillo o más complejo. Aquí pasaríamos a hablar de los Derechos de las Naciones; idea que se extendió durante el Siglo XIX, espoleada en gran medida, por el romanticismo imperante aquellos días. Muchos de los usos indebidos e hipócritas, señalados arriba en relación al concepto de DD.HH, se reproducen a escala colectiva en relación a la idea de la Autodeterminación y de la Soberanía Nacional.

El caso de Venezuela es más que evidente el uso abyecto por parte del régimen de Miraflores, del concepto de soberanía, para escudar los atropellos y humillaciones a que, junto con sus asociados delincuenciales, somete a la población venezolana, la cual es reducida a paria en su propio país u obligada e emigrar en masa en busca de mejores condiciones de vida.

Es obvia la invocación a la soberanía y autodeterminación por parte del Narco-Régimen de Miraflores, de una menara cínicamente orwelliana; cinismo indiscutible al contemplar al territorio venezolano y sus principales recursos alienados a los dictámenes de la izquierda radical latinoamericana, expresada en el Foro de Sao Paulo (con el castrismo como su principal operador) y en la medida en que los designios del foropaulismo más renegado, han convertido a Venezuela en santuario del crimen organizado y de grupos terroristas, enemigos de la cosmovisión occidental en la que Venezuela se inscribe por razones culturales e históricas (occidente marginal, pero occidente al fin y al cabo).

Por otra parte al obedecer a los dictámenes de una ideología y una cosmovisión en esencia antinacionales, el Foro de Sao Paulo, secundado por la progresía internacional (sobre todo la norteamericana y europea) está siempre dispuesto a pisotear, desde La Habana y Caracas, la soberanía de los países iberoamericanos, cuando conviene a sus intereses.

También, a una escala más internacional, hay suficientes muestras del fariseísmo y el sesgo a la izquierda por parte de la llamada Comunidad Internacional en el uso de la defensa de la soberanía nacional, de la democracia y de los derechos humanos. En estas instancias hay una mayor propensión a intervenir en cayapa, invocando los DDHH y la democracia cuando se trata de regímenes o reacciones desde la derecha o, en todo caso en contra de la izquierda (Venezuela en el año 2002, Honduras en el año 2009) y por otra parte, existe la tendencia de hacerse la vista gorda (o al menos intentarlo), en nombre de la soberanía nacional, cuando las acciones denunciadas corresponden a regímenes de ultra izquierda, como sucede con el Narco-Régimen de Miraflores.

Acerca de los Deberes Humanos

Al margen de teorías conspirativistas o de posibles intereses torvos, en la actitud sesgada de la “comunidad internacional”, en relación a la soberanía (sobre todo en los países del llamado Tercer Mundo), así como en la actitud de los grupos de defensa de los derechos humanos, se puede ver la distorsión de una formulación de principios, bienhechora en sus orígenes, como lo es la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano; ya sea como individuos en sí mismos o integrados en conglomerados nacionales o de otro tipo (autodeterminación, soberanía). Es distorsión en la medida en que se privilegia excesivamente la noción de derechos por encima de la de deberes.

Esto es muy evidente en el venezolano común para quien solo parecen existir sus “derechos”; incluso, frente a la ignominia a que el narco-régimen somete a Venezuela, es muy común ver en las conversaciones cotidianas o en las redes sociales, que los llamados a la calle, fructíferos o infructuosos y generalmente cazurros, siempre invocan jaquetonamente el “defender tus derechos”, el “pelear por tus derechos” (individualizados, en primera o segunda persona, ni siquiera nuestros derechos). Pocas veces (o ninguna ) se invoca el “cumplir nuestro deber para con nuestro país”.

Es decir, incluso para el venezolano promedio, ante todo importan, SUS derechos, individualizados.

Cuando PARA MÍ solo cuentan MIS derechos por encima de los del que está a mi lado, incluso en mis mismas circunstancias, o peor, por encima de los deberes para con la sociedad o para con la nación, estoy proyectando una noción anarquizante de lucha; ya sea que esa “lucha” la entendamos desde el construir una nación en la normalidad que hoy no existe en Venezuela, o desde una hipotética situación de levantamiento o resistencia a situaciones de oprobio como la que hoy viven los venezolanos. Al generarse una idea de nación desde los derechos individuales, cazurros, ariscos, sin apoyar estos en el deber común, se proyecta una narrativa de sociedad endeble, dispersa donde cada quien busca atraer la brasa común a su particular sardina.

Una colectividad con semejante unión de debilidades es muy fácil de cooptar o de conquistar desde adentro por tiranos, demagogos y oclócratas.

Siendo las naciones, conglomerados de seres humanos, las consecuencias anarquizantes de esta hipertrofia de los derechos individuales se proyectan fácilmente, a escala plural, en la idea de que los derechos de cada nación cuentan por encima de los de las otras naciones, lo que hace al ímpetu de cada nación fácil de neutralizar y copar por parte de cofradías, grupos de intereses de la más variada índole, pero que miran más allá de fronteras, patriotismos o sentidos de identidad o pertenencia (en algunos casos con el designio de destruirlos).

Se hace urgente un proceso de reeducación que revalorice la noción de deberes y obligaciones como basamento a los derechos y que a la vez vincule el sentido del deber a la idea de ciudadanía y de verdadero patriotismo (que no patrioterismo). El sentido común siempre nos había enseñado que el deber precede al derecho, los discursos politiqueros, tanto liberteros, democrateros como socialistas, nos han inculcado el exaltar más los derechos (sea desde la libertad o desde la igualdad). Pero la verdad es que los derechos, bien entendidos, solo pueden consolidarse sobre la base sólida de la comprensión e internalización de los deberes para con el conjunto al que pertenecemos.

De hecho al asumir el respeto a las normas y al cumplir concienzudamente los deberes comunes, ya se está asegurando en un alto porcentaje los derechos individuales de los ciudadanos.

lunes, 15 de febrero de 2021

La Diáspora y El “Callejón Sin Salida”

LA DIÁSPORA Y EL “CALLEJÓN SIN SALIDA”

Alexander Delgado C.

15/02/2021


Una paradoja que siempre me llamó la atención desde las primeras diásporas masivas fue el hecho de que quienes huían de Venezuela, en su mayoría, lo hacían del caos propiciado por el régimen chavista, y aunque sería arduo (por no decir imposible) ponernos a investigar las simpatías políticas de cada uno los migrantes de entonces, en líneas generales cabría atribuir a la mayoría de estos una posición política adversa al chavismo y a lo que este representaba, al menos, al momento de emigrar.

La mencionada paradoja estriba en que las primeras reacciones contra la migración venezolana, desde las sociedades receptoras, fueron políticamente capitalizadas por sectores anticomunistas, a partir de un discurso de derecha nacionalista. Es decir, la diáspora, provocada por el modelo político castro-chavista, a su vez era hostilizada en los países receptores, por los mayores oponentes políticos al modelo que impulso el éxodo de venezolanos. Esta ironía de los vaivenes políticos ha colocado al grueso de la migración venezolana, y si se quiere a la propia Venezuela antichavista dentro del país, en una especie de “entre dos fuegos” en el que, políticamente, no se cuenta con un asidero o referente de alianzas de cara a los países receptores. A primera vista, y sin que muchos venezolanos reparen en ello, pareciera estarse ante un laberinto, o lo que es peor, un callejón sin salida.

Lo más hiriente de esta, aparente incongruencia, es que, en el caso de los países receptores, se trata de naciones con quienes compartimos cultura e identidad en sus lineamientos más básicos. Aquellos a quienes, en el vecindario, debiéramos ver cómo nuestros aliados políticos e ideológicos, son los que, con mayor o menor razón, promueven el odio hacia nuestro gentilicio. Por su parte quienes, en aras de un pretendido discurso latinoamericanista y patria-grandista se mostrarían dispuestos a “tendernos la mano” son los aliados, políticos, ideológicos y probablemente económicos, de los responsables de semejante diáspora.

Este contrasentido cruel se ha visto agravado por la incapacidad de la migración venezolana de cohesionarse y mantener, a lo interno, una actitud vigilante y de constante denuncia ante la infiltración de elementos criminales y mala conducta, de modo que, como comunidad, podamos proyectarnos y desmarcarnos públicamente de factores indeseables que enloden nuestro gentilicio. Esta negligencia refleja, más allá de nuestras fronteras, al venezolano viva la pepa que siempre espera que alguien, desde arriba, les marque pauta. De manera más indirecta, pone en manifiesto la superficialidad de muchos de nuestros compatriotas a la hora de ponderar el trasfondo político-social, cultural e ideológico de la tragedia que estamos viviendo, cosa que, no obstante, es esencial para comprender al castro-chavismo.

La migración masiva del venezolano a lo largo del continente (y la reacción desde las sociedades receptoras) ha puesto de manifiesto varias consideraciones, a escala regional, a las que no les hemos prestado la debida importancia.

1.- La escasa experiencia de muchos países del resto de Iberoamérica en recibir oleadas migratorias de la magnitud de las que se está registrando desde Venezuela. Más bien en estos países lo que imperaba era la cultura de emigrantes hacia naciones con mejores posibilidades económicas. Esto, junto a cierto enclaustramiento geográfico-cultural, ha incidido, en muchos casos, en una idiosincrasia demasiado cerrada en sus fronteras.

2.- La escasa cultura del venezolano como emigrante. Antes bien éramos nosotros los acostumbrados a recibir oleadas de inmigrantes, tanto de ultramar como del vecindario. Esto se ha argumentado para justificar, o al menos explicar, la actitud nada asertiva de muchos migrantes venezolanos, especialmente los de menor educación, en los países receptores. No obstante, este argumento no deja de tener cierto grado de sofisma, ya que, más allá de la mucha o poca experiencia, hay cualidades como el sentido común y las normas elementales de cortesía, especialmente si se es visitante o huésped.

3.- Como telón de fondo, el enorme grado de improvisación y de corrupción política y social que caracteriza a nuestros países, reflejada, entre otros aspectos, en sus políticas migratorias. Este mismo grado de corrupción incide en que, a lo interno de muchos países receptores, se use al problema de la migración venezolana como chivo expiatorio de tensiones políticas y sociales domésticas.

4.- También como telón de fondo, la ignorancia, el atraso cultural y las taras actitudinales de todo signo que arrastramos los hispanohablantes, en forma más explícita en las capas más deprimidas socioeconómicamente, o en capas medias de procedencia popular; entre ellas, complejos, resentimientos, envidias, y mitos mentales.

5.- La tendencia en los países de habla hispana, más pronunciada en unos que en otros, al individualismo o al sectarismo, lo que, aparte de predisponernos a encerrarnos en nuestras fronteras, contribuye, a enfrentamientos internos por razones sociopolíticas, en un eterno desencuentro con nosotros mismos. Esto, obviamente, dificulta que nuestras naciones, a pesar de tener un origen cultural e histórico común, puedan verse como similares y que los aciertos y desaciertos de cada nación puedan servir como espejo a las demás (más allá de retóricas hermanistas, politiqueras y, en el fondo, vacías).

6.- Finalmente el individualismo centrífugo del venezolano; a pesar de sus demostraciones de solidaridad, interna y externa, en momentos de crisis o desastres, los venezolanos somos muy poco dados de mantenernos articulados a largo plazo, en la cotidianidad, por generación espontánea, en una idea de intereses compartidos, en un nosotros nacional; a esto agreguemos nuestra baja autoestima e incluso, auto desprecio, obliterado por discursos de ocasión, más patrioteros que patrióticos, en muchos casos; frívolos, ritualísticos y más aspiracionales que reales.

A partir de los puntos expresados ¿Qué podríamos hacer los venezolanos, tanto dentro como fuera del país para hallar, al menos, intersticios en medio de esta aparente calle ciega; para poder desenredar este y otros nudos gordianos en los que nos encontramos, al menos, desde 1999?

Considero que lo primero, es tomar conciencia plena de nuestra situación; acaso, más que un callejón sin salida, sea un cuello de botella; empezar a pensar por nosotros mismos y al margen de las narrativas que nos ofrecen sempiternos liderazgos “opositores”; empezar a escuchar otras voces (acaso nuestras propias voces internas), dejar de tomarnos a la ligera aspectos como el contrasentido reseñado al comienzo, asumir la realidad de fondo sobre la que se asienta nuestra tragedia (realidad ideológica, sociológica y psicosocial). El segundo paso es valorarnos más como nación, asumir la debacle que estamos viviendo con la gravedad del caso y comprometernos, sin pobrecitismos autocompasivos, a hacerle frente a este pandemónium nacional (dentro y fuera de nuestras fronteras), a sobreponernos al mismo.

Cumplidos estos dos pasos, los venezolanos, tanto en la diáspora como dentro del país, debemos cohesionarnos más, volcarnos más sobre nosotros mismos, de manera integralista; sin que esto, signifique caer en necios encuevamientos patrioteros; al contrario, entender lo que nos une al resto de Hispanoamérica pero sin preterirnos como venezolanos o auto diluirnos en babosas letanías hermanistas; esto implica entender nuestras peculiaridades venezolanas dentro del todo hispanoamericano y, especialmente, nuestras particulares circunstancias. Debemos entender hasta qué punto solo podemos (y debemos) contar con nosotros mismos, pero también hasta qué punto formamos parte de un continente, así como el hecho de que nuestra problemática hace un buen rato dejó de ser nacional para convertirse en continental, arrastrando, envolviendo, comprometiendo (y lo que es más triste, enlodando) a la venezolanidad.

Necesitamos la suficiente madurez para asumir, tanto nuestra cuota de culpa por acción u omisión, como el hecho de que somos esencialmente responsables en recuperar y reconstruir nuestra nación; pero que esto, a su vez, no implica dejar de ser consecuentes con la realidad de un orbe geográfico, histórico y sociocultural del que no dejamos de formar parte; es decir, tenerlo en cuenta como factor de la ecuación. Debemos desarrollar una visión nacional que, aunque anclada a valores elevados como el patriotismo, la dignidad, la gallardía, la Areté o el sentido de pertenencia, sea también muy pragmática, aterrizada y atenida a nuestras fronteras, nuestra realidad, nuestro tiempo, contexto y sus posibilidades, pero también a nuestras limitaciones y riesgos.

Y, a partir de esa visión plantearnos, de cara a una futura reconquista de nuestro territorio, una política limítrofe y migratoria clara, al servicio de la nación venezolana, de nuestras necesidades y conveniencias. La Venezuela buenista, de puertas abiertas, la que en nombre de una manida solidaridad (y a veces por simple esnobismo) prohijaba sentimientos y relatos continentales o hermanos pero que, dentro de un contexto nacional, nos eran ajenos o de mucha menor intensidad; la Venezuela que daba todo a cambio de nada; esa Venezuela debe quedar atrás.

Los venezolanos de buena fe que formamos parte de la diáspora debemos cohesionarnos más, colaborar más entre nosotros; generar grupos que, además de canalizar la cooperación mutua promuevan y sostengan una constante comunicación y (en la medida de nuestras posibilidades) disposición a colaborar con la población receptora y con sus autoridades e instituciones. Debemos ser respetuosos de las costumbres e idiosincrasia de quienes nos dan alojamiento, entender que no por ser hermanos latinos tienen que ser, pensar o sentir como nosotros; ser auto-vigilantes y mantener una actitud pública de constante señalamiento al venezolano jaquetón, de mala actitud respecto al suelo que les da alojamiento, impulsar siempre el buen ejemplo.

Así mismo, debemos mantener una permanente manifestación de repudio hacia elementos y conductas delictivas e indeseables procedentes desde Venezuela, los cuales enlodan nuestro gentilicio, entender que el daño que le hacen a la venezolanidad los convierte en parte del problema, por ende, lejos de verlos como nuestros compatriotas, debemos verlos como elementos espurios salidos de nuestro suelo, parte de un enemigo interno, casi a la par con un traidor. Se debe hacer siempre público este repudio e incluso colocar notoriamente sobre el tapete la alta posibilidad de que sean elementos infiltrados por el régimen de Miraflores (un régimen resentido y abyecto, de odio y oprobio) precisamente para dañar la imagen nacional.

Debemos generar, además de una nueva narrativa nacional, una nueva mística a lo interno y a lo externo.

martes, 26 de enero de 2021

Anomia y No Dictadura I

DE “¿DEMOCRACIA O DICTADURA?” 

A ESTADO ANÓMICO

Por Alexander Delgado C.

26 de Enero de 2021


Exactamente dentro de una semana se cumplirán 22 años del inicio de la debacle chavista. Gran parte de este tiempo se nos ha ido tratando de entender y definir socio-políticamente el estado de cosas que, desde 1999, nos ha tocado vivir, en mayor o menor medida, dentro o fuera de Venezuela. Peor aún, estos casi 22 años se nos han ido definiendo a la dinámica chavista de manera errónea y, a partir de ese equívoco, enfocando modos de combatir al régimen que, obviamente, solo podían conducir al fracaso. Bien puede decirse que desde 1998, aún sin el chavismo haber alcanzado formalmente el poder, la Venezuela antichavista se vio de frente con un fenómeno sociopolítico para el que, no solo no estaba preparada, sino que en realidad no era capaz de comprender. 

Ni siquiera las propias masas chavistas, más allá de la pasionalidad, han entendido realmente eso que han estado apoyando.

En medio del desconcierto, del temor, del enardecimiento ante las acciones o declaraciones de Hugo Chávez y ahora Nicolás Maduro, así como de sus más vesánicos acólitos; en medio de la debacle política en el bando opositor y de su lenta y viciada reconstrucción; en medio de un verdadero huracán social, cultural, moral y anímico; a la psique antichavista se le ha dificultado asimilar lo que tenía enfrente. Esto ha sido, en parte, por la intemperancia sensiblera, típica del carácter venezolano, y también en parte, por la sensación perenne de exasperación u ofuscación que el discurso y accionar del chavismo desató, desde 1998, en el ánimo de los venezolanos, tanto partidarios como adversarios.

En consecuencia, del lado antichavista hemos tenido una colectividad fragmentada, de individualismos cazurros, incapaces de escuchar o ponderar lo que tenía que decir, ya no su adversario político sino, tan siquiera, el que estaba en su misma acera. Una colectividad ensordecida en sus propios gritos, solo capaz de oír y atender a las voces altoparlantes y “consagradas” que les hablaban desde una tarima televisiva o de prensa reconocida.  

Desde esas atalayas mediáticas se proyectó una semblanza del régimen, no solo desacertada sino también contradictoria. Como ejemplo de esto último; en los días del paro petrolero de 2002-2003, teníamos al líder sindical Carlos Ortega llamando dictador a Chávez, pero por el otro lado, desde la misma acera, y tras el fracaso del paro, teníamos al gerente petrolero Horacio Medina afirmando que el error había sido creer que Chávez era demócrata y negociaría. En 2006, mientras muchos ciudadanos y dirigentes de todos los sectores tildaban al régimen de dictadura, el entonces candidato “opositor”, Manuel Rosales (El Filósofo del Zulia), junto a Julio Borges y Teodoro Petkoff, afirmaban que Chávez era demócrataUna especie de dualidad discursiva que se asumió como normal. Por un lado se calificaba cotidianamente al régimen como dictadura, más en tono de insulto que de definición concienzuda y por el otro se proponían rutas de acción como si se tratase de un mal gobierno democrático o de una dictablanda. 

Y entre rutas electorales, abstenciones mal canalizadas y fallidas acciones de calle, cada vez más sangrientas, se nos fueron estos casi 22 años.

Mientras; en algún marginado rincón, en tal o cual columna periodística, desde alguna monografía, en foros de internet o desde la, por entonces, novedad de las Redes Sociales; contadas vocecitas, en su mayoría poco conocidas o pseudónimas, trataban de llamar la atención, con mucha más pena que gloria, sobre el hecho de que, si bien el chavismo no era democrático ni mucho menos cívico, tampoco se parecía a lo que fueron dictaduras como la de Marcos Pérez Jiménez; que el elemento anárquico, caótico, sociópata-psicópata del régimen, le imprimía una dimensión diferente; por ende debía ser abordado de otra forma. Pero eran voces ignoradas hasta por los sectores de la clase media antichavista que, sin embargo, se auto-proclamaban pensantes.

En los márgenes, algunos entendíamos que la psique y el ethos del chavismo, que pretendía escudarse en la figura de Simón Bolívar, en realidad tenía mucho más que ver con lo que histórico-socialmente representó José Tomás Boves (como figura histórica, en realidad más venezolano que español aunque naciera en Asturias). Pero estos entendimientos, sin duda lucirían demasiado “rebuscados” para una dirigencia política a la que le convenía más comparar a Chávez con Pérez Jiménez, Pinochet o Milosevic; o bien, demasiado pintorescos para la arrogancia crispada y simplista de los pensantes de bailo-terapias, a quienes, entre birritaswhiskycitos y disertaciones de sobremesa, les hacía sentir con más caché intelectual el parangonar a Chávez con Hitler; paralelismos hechos a partir de semblanzas construidas desde la percepción indigesta de un documental televisivo o inferidas subjetivamente desde películas lacrimosas como El Pianista o La Vida es Bella.

Marginalmente, aquí y allá, contadas y anodinas voces asomaron que en Venezuela tomaba cuerpo una situación de Anomia… 

“¿Ano qué? ¿Anemia?”…

¡NO! Anemia no, ¡ANOMIA!, con O.

ANOMIA o ANOMÍA: (del griego ἀνομία / anomía: prefijo ἀ- a- «ausencia de» y νόμος / nomos «ley, orden, estructura») Es decir, ausencia o degradación de las normas o leyes que rigen la sana convivencia en una sociedad, eso según la definición que le dio Emile Durkheim en 1893. 

Pero la comprensión de este fenómeno, como ya comenté en un artículo anterior, ha sido de difícil calado para el venezolano promedio. En realidad lo ha sido para casi todo el mundo, pero para la opinión pública venezolana, desde hace años era imperativo asimilar la comprensión de este fenómeno por encima del resto del planeta. De hecho, nosotros estábamos llamados a hacer entender la condición anómica del régimen a la opinión pública internacional.

Obviamente esto no ha ocurrido. Salvo algunas voces aisladas (incluido este servidor) que mencionan la característica anómica del régimen de modo casi que casual, sobreentendido. En casi 22 años, el discurso oficial de la llamada oposición ha pasado, de considerar al chavismo como una democracia con pretensiones dictatoriales, a tildarla de democracia deficitaria; hasta, finalmente, asumir abiertamente el, no menos equívoco, mote de dictadura

Al narco-régimen se le ha pretendido enfrentar, equivocadamente, como si fuera una democracia autoritaria, con fanfarrias electorales o refrendarias, como las llevadas a cabo entre 2004 y 2018. 

Se le intentó derrocar como a una dictadura convencional, en confrontaciones de calle como las de 2014 y 2017, con el doloroso sacrificio de cientos de jóvenes, creyendo ilusamente que unas pocas semanas (que se convirtieron en meses) de presencia masiva y combatiente en las calles, bastarían para resquebrajar al régimen y que los fusiles y tanquetas de las intervenidas y prostituidas FANB se voltearían contra Maduro y su combo.

Se intentaron acciones aisladas de disidencia armada, como las protagonizadas en 2017 por el malogrado capitán Juan Carlos Caguaripano y el brutalmente abatido comisario Oscar Pérez. Instituido el interinato de Juan Guaidó, se apostó al tan mentado quiebre militar aquel patético 30 de abril de 2019.

Poco a poco, aquí y allá, asumido oficialmente que esto no podía ser una democracia, algunas voces empiezan a sustituir el adjetivo dictadura por el de Tiranía, más acertado. Pero la definición de Anomia, aún permanece (dixit Dylan) soplando en el viento, aunque para el venezolano que se mantiene en territorio nacional (y hasta cierto punto para el de la diáspora) pese cada vez más, la anarquía en el día a día venezolano, la desidia, el constante remover y renombrar nuestros referentes históricos y culturales y finalmente el encumbramiento del pranato, ya no solo como adlátere del régimen, sino como un fenómeno con poder propio, capaz de desafiar abiertamente al eje de poder Maduro-Cabello, tal como sucedió a fines del año pasado en Petare con el Pran Wuileisys Acevedo (Wilexis).

Y, a todas estas, más de uno se preguntará ¿por qué es tan importante entender al régimen en su condición anómica y dejar de verlo como dictadura? Respuesta; Porque no se puede enfrentar eficazmente, ni tan siquiera sobrellevar sumisamente, algo que no se comprende o se comprende mal.

Verlo como dictadura nos hace auto-representarnos ilusoriamente como un conglomerado en avalancha contra un monolito avasallante de acero o concreto (la dictadura). Bajo un régimen dictatorial tendríamos enfrente un esquema de poder, relativamente orgánico, fácil de entender y visualizar previamente. Esto nos daría una idea concreta, de qué hacer, hacia donde tirar la cuerda, para hacer caer al régimen, más allá de lo fácil o difícil que resulte. Esta es la visión de la que se ha partido, a groso modo, al plantearse una reacción contra el narco-régimen o cuando se ha intentado como en los años 2014, 2017 y 2019, con resultados conocidamente adversos.

Por el contrario, ponderar al narco-régimen bajo su característica delincuencial y anómica, con plena conciencia de lo que esto implica, nos ayuda a proyectarnos más ante lo que realmente hay; un panorama de caos organizado, donde el que hasta ahora hemos visto como el centro de poder, es el núcleo de un aparente embrollo, desgastante y destructivo, que nos envuelve. Más que poder avanzar en una misma dirección, sería como estar en medio de un huracán. Bajo esta perspectiva nos veríamos obligados a efectuar una visión más panorámica, porque tanto el núcleo central (Miraflores) como el enmarañado “conexo” importan casi por igual. Todos, casi en la misma medida, son parte del problema. 

No debemos olvidar que la anomia y los antivalores son la savia del régimen chavista.

Una dictadura es como una Bastilla a la que se puede asaltar y hasta derrumbar, o al menos intentarlo. Por el contrario, la barbarie anómica que desgobierna a Venezuela es como una horda que constantemente avanza y vuelve sobre sus pasos. Y ante una horda uno no asalta, uno se defiende, emigra, se resguarda o se fortifica.

Frente a un régimen de naturaleza anómica como el de Miraflores y sus aliados, un estado de rebelión como el que comúnmente se concibe contra una dictadura tradicional (acciones de calle, plantones, disturbios, etc.) tiende a añadir elementos de caos que a la larga benefician al narco-régimen. Es pertinente recordar que, aparte de los mecanismos represivos típicos de todo despotismo, el régimen de Miraflores alimenta en la sociedad esa percepción de vida sin ley, esa idea de indefinición, como arma de control o, en todo caso, de neutralización, a partir de la desorientación, perplejidad y frustración.

Así mismo, el narco-régimen constantemente se vale del caos barbárico, especialmente del delincuencial, como forma de amedrentamiento o aniquilación de todo aquello que se le opone. Esto se vio claramente durante las protestas, de 2014 y 2017; junto a las consabidas acciones represivas de la GNB, SEBIN, y Colectivos, fueron frecuentes los casos en que turbas teledirigidas por el régimen iniciaban acciones de saqueo a comercios, o peor aún de asalto a edificios residenciales. En el caso de los saqueos, no pocas veces lograban que elementos confundidos de la propia población descontenta se unieran a estas acciones, por un simple impulso de rebeldía ciega; sin reflexionar hasta qué punto estaban siguiéndole el juego al régimen, ni detenerse a pensar que, al saquear el comercio de un particular (generalmente del mismo vecindario), se estaban perjudicando a sí mismos.

En conclusión, si a un régimen monolítico, unipersonal, como el que no existe en Venezuela, se le pudiera asaltar, “a la francesa”, con turbas como las del 14 de julio de 1789; a un régimen montonero y de pranes como el que “preside” Nicolás Maduro, que día a día asalta, amedrenta, secuestra, ultraja, asesina, extorsiona, distorsiona, ofusca y desmoraliza; que alimenta el odio, la barbarie, la depravación, la abyección, los antivalores, la impotencia; que nutre y se nutre de la ANOMIA... repito, a un régimen así ¿cómo se le enfrenta? o más aún ¿cómo se le derrota?

Creo que esa respuesta la debemos hallar empezando por asumir la verdadera realidad política y económica, pero sobre todo social, cultural, moral, ideológica, nominal y simbólica, que enfrentamos; así como su incidencia en la psique colectiva. Porque, al final, sea cual sea esa respuesta, a mi juicio, trasciende al chavismo y al antichavismo, a muderos y radicales, a electoreros, guarimberos y cultores de la “calle sin retorno”. 

Debemos asumir la impronta del narco-régimen; barbárica, criminal, inmoral, y sobre todo anómica; asumirla como lo que es, como su piedra angular

A la naturaleza anómica del régimen no la podemos seguir ignorando u obliterando como parte de un supuesto “vivir en dictadura”, porque es ese enmarañado caótico lo que se debe confrontar (al principio defensivamente), atravesar y destruir o superar para poder llegar al núcleo.

La lógica me dice que si lo que se tiene enfrente es el caos, sea espontaneo o premeditado, solo se le puede enfrentar a partir del orden, la cohesión y, si se quiere, la disciplina. No la supresión del elemento emotivo, por supuesto, pero sí su subordinación a la razón y el sentido común. 

Frente a una horda institucionalizada, la reacción e incluso la rebelión empiezan por la autodefensa. De hecho, en la Venezuela antichavista, desde hace mucho se ha debido empezar a desarrollar cierta lógica prepper, en todo sentido, desde la supervivencia manutentiva hasta medidas y acciones defensivas. 

La cohesión necesaria, me parece que NO SE DEBERÍA buscar desde la calle que, por lo demás, es un espacio impersonal, sino más bien desde lo más interno, el núcleo organizacional, vecinal e incluso familiar. Considero que lograr todo esto, a su vez, pasa por un proceso de depuración interna en todo sentido y sin contemplaciones.

Y cuando hablo de enfrentar a este estado anómico, fallido y delincuente, no me refiero únicamente a buscar su derrocamiento (que sigue siendo necesario como paso previo a la reconstrucción de la república venezolana), sino también, y a lo inmediato, defendernos, en el día a día, de su accionar en todos los aspectos (especialmente el emocional y psicológico), así como de los estragos que causan sus pranes asociados. Hablamos ya de sobrevivir en la cotidianidad, en cuerpo y psique, buscando prevalecer al final. 

Porque esa, me parece, es la única opción de lucha que le queda al venezolano (incluido el de la diáspora), en la medida en que solo pueda contar consigo mismo.

viernes, 15 de enero de 2021

El tan cacareado E-DUU-CAARRR

¡HAY QUE…

E-DUU-CAARR!

Por Alexander Delgado C.

15 de Enero de 2021


A través de los medios de comunicación, de las redes sociales o en simples charlas informales entre amigos o familiares, es usual, abordar la situación, tanto nacional como internacional. Algunas veces, cuando por milagro, se trata de contertulios con un cierto barniz de ilustración, puede suceder que, al compás de estos coloquios, se ponga sobre el tapete la necesidad de cambios a fondo que atañen a nuestra idiosincrasia; también puede ser que algunos inspirados ventilen opiniones con atisbos de ideas o propuestas de país; luminosas, loables pero incompatibles con nuestra realidad y nuestro carácter, poco menos que utópicas en las circunstancias presentes. 

Cuando esta clase de hándicaps salen a relucir, la respuesta suele ser un inefable, enfático, y muchas veces silabeado, “¡LO QUE HAY ES QUE E-DUU-CARR!”.

En lo personal, esa “admonición” siempre me ha parecido una especie de invocación, sacrosanta pero a la vez bolas al hombro, al altar etéreo de la Ilustración (remanente aspiracional de aquellas viejas ilusiones del Siglo de Las Luces); un mantra con el que se pretende zanjar cualquier controversia en la que se ponen de manifiesto nuestras taras o defectos cívicos y actitudinales, así como su incidencia adversa en el devenir nacional. 

A propósito del tema, uno de nuestros grandes educadores (además de historiador) don Augusto Mijares, en su libro de 1963, Lo Afirmativo Venezolano, incluyó un capítulo titulado Cosas de Maestros, el título de este capítulo se debía a que, en el mismo, Mijares reprochaba el hecho de que cualquier asunto relacionado con la educación o formación de los niños o jóvenes, era puesto de lado por parte del venezolano común (con cierto desdén) como “cosas de maestros”.

Don Augusto apoyaba su reproche, esgrimiendo, con ejemplos concretos, como por el contrario, ya desde los últimos días de la colonia y en los primeros tiempos de la República, el tema educacional, especialmente el de la educación popular, acaparó especial atención entre varios de los prohombres de aquel momento (algunos de ellos, dicho sea de paso, no eran educadores de oficio) entre ellos, don Simón Rodríguez y el Licenciado Miguel José Sanz, en los últimos años de la colonia y, durante el período independentista y grancolombiano; José Rafael Revenga, Don Fernando Peñalver y el propio Libertador Simón Bolívar (que subvencionó personalmente la aplicación en Caracas del, por entonces en boga, método Lancaster). A estos primeros repúblicos se sumaron, tras la separación de Venezuela de la Unión Colombiana, hombres de la talla del Doctor José María Vargas y de don Juan Manuel de Cajigal, quienes dedicaron a la educación popular, más atención y esfuerzo de lo que comúnmente se ha creído, no pocas veces con el apoyo de los gobiernos de entonces o, a título personal, de sus prohombres más destacados (injustamente estigmatizados como oligarcas).

Estos esfuerzos han sido muy poco conocidos o subvalorados por la opinión pública nacional, en parte porque la forma de transmisión de nuestra historia se ha caracterizado por ser excesivamente politiquera, epopéyica, propagandística y partidista, desdeñosa de los detalles sustanciales y ejemplarizantes del día a día; un panfleto, siempre en aras de un anecdotismo de entretenimiento o de un lirismo delia-fiellezcocuatriboleado, vacuo, fatuo y muchas veces interesado.

Es pertinente recalcar que muchas veces los citados esfuerzos en pro de la educación popular, tanto los de iniciativa individual como los que, mal que bien, contaron con apoyo oficial, se vieron muchas veces limitados, tanto en su desarrollo como en los propios resultados, por la inestabilidad política y las precarias condiciones económicas y sociales que caracterizaron a aquel convulso siglo XIX. Pero la consideración de esas mismas limitaciones y dificultades debería darle retrospectivamente mayor realce a aquellos esfuerzos, aún en los que quedaron inconclusos.

A los que hoy solo saben lloriquear ante las barrabasadas del régimen castro-chavista, entre ellas las que se refieren al aspecto educativo, deberían retumbarles como un eco, poco menos que admonitorio, tanto los esfuerzos de aquellos primeros prohombres (para no hablar de los repúblicos de la primera mitad del siglo XX, entre ellos el propio Mijares) así como la crítica sarcástica a partir de la expresión “cosas de maestros”. Digo que ¡deberían retumbarles! (conjugando el verbo deber en post-pretérito) porque es a causa de estos lloricones, así como de gran parte de la opinión pública nacional (incluidos algunos que aún apoyan de buena fe al castro-chavismo), que la idea de ee-duu-carr, se convirtió en poco menos que un cliché, inadvertidamente trillado, a causa del uso superficial y formulista que suele dársele.

Y es que, en el fondo, y más allá del tratamiento frívolamente idealizante de que suele revestírsele, para muchos venezolanos (“prominentes” o de a pie), lo concerniente a la educación sigue siendo cosas de maestros; o lo que es lo mismo “que eduque otro, yo me limito a mandar a los muchachos a la escuela o al liceo… para eso a los profesores se les paga un sueldo con los impuestos que uno paga (o la mensualidad en el caso del colegio privado)”. En realidad, esta actitud es una evasión de cualquier cuota de responsabilidad particular que estos bocetos de ciudadanos tienen, o pudieran tener, en contribuir a EDUCAR, de verdad, en su entorno, empezando por reeducarse a sí mismos.

El “hay que ee-duu-carr”, en los labios de muchos de los que lo profieren, parece ser una especie de jofaina de agua lustral en la que muchos de ellos, en el mejor estilo de un Poncio Pilatos, lavan la irresponsabilidad de no querer salir de su burbuja de teorías y de sus egos ideológicos, para asumir la realidad que los rodea, confrontando en ella la viabilidad de las ideas que preconizan.

Expresiones cotidianas como “apostar a la educación” o “la solución está en educar”, muchas veces relamiéndose en la palabra educación, educar, como si de un chocolate Toronto se tratase; aunque muchas veces son bienintencionadas y aunque se apoyan en una premisa innegablemente veraz, suelen estar desprovistas de un compromiso sostenible; fácilmente se podría interpretar como algo para hacerlo “algún día” “poco a poco” y por supuesto, “que lo haga alguien más”.

Pero cuando el otro que tiene que educar es el Estado, y especialmente en nuestro caso, un pseudo-estado, espurio y delincuente; y cuando ese estado bastardo formula parámetros “educativos”, francamente perniciosos, deformantes, detestablemente adoctrinantes y contrarios a nuestros valores; ahí sí acusamos el golpe, ya no con el otrora épico (y hoy desgastado) lema ¡Con mis Hijos no Te metas”, ahora es un lamento plañidero de artrítico y cuatro sarcasmos victimistas entre birrita y birrita.

Acostumbrados a que la educación de una nación es…“cosas de maestros”; acostumbrados, hasta 1998, a un Papá Estado que, mal que bien, se ocupaba de nuestros problemas como sociedad, al que criticábamos, muchas veces con razón, pero, aún así, siempre le podíamos echar el carro; hoy no terminamos de asumir que aquel Estado Nacional, con sus virtudes y vicios, mejor dicho, aquella sociedad, YA NO EXISTE y que en su lugar hay un status quo gansteril, anómico, resentido, sociópata, que no está ahí sino para satisfacer los apetitos y pasiones (económicos, de poder, pero también ideológicos y mitológicos) de una camarilla a la que no le interesa encarnar a la generalidad del país, ni menos aún le importa la aspiración a una ciudadanía proba. 

No afrontamos que, donde una vez estuvo un Estado; corrupto, mediocre y deficiente, pero Estado, al fin y al cabo; ahora solo hay una claque malandra y antinacional que se alimenta de la ignorancia, la estupidez y los antivalores.

Como consecuencia seguimos reaccionando de la única manera que pareciéramos conocer, con los consabidos lamentos y lloriqueos en redes sociales, con desahogos e insultos contra el régimen chavista; dicterios totalmente justificados pero inútiles y de Perogrullo; con actitudes autocompasivas y con auto-descalificaciones por nuestra presunta “apatía”; con invocaciones a preceptos constitucionales que en la práctica solo son agua de borrajas; declamando derechos consagrados en una “constitución” malnacida que muchos rechazamos aquel doloroso 15 de diciembre de 1999. Reaccionamos, en fin, con llamados risibles y no menos inútiles, a protestas, marchas, paros; etc. …; pretendiendo, como idiotas, que el desgobierno rojo sea lo que no es, lo que nunca ha sido ni le interesa ser; lo que no está ahí para ser.

Nos negamos a internalizar que, por ahora (Chávez non dixit), no tenemos verdadero estado ni verdaderas instituciones; que tenemos una sociedad deshecha; que debemos reconfigurar (probablemente desde las sombras) ese sentido de sociedad e incluso prefigurar, así sea un atisbo o cimiento de ese nuevo Estado, en reemplazo del aquelarre forajido que hoy padecemos; de un nuevo Estado incluso superior en eficiencia y mucho menos elefantiásico que el, ya de por sí roñoso, que tuvimos hasta 1998. Esta tarea reconstructiva, desde sus bases, ciertamente incluye al aspecto educativo-formacional... y también de ese problema debemos ocuparnos nosotros.

Para esto se requiere algo más que marchas, paros o guarimbas, incluso quizá todas las anteriores, en el momento actual, sean hasta contraproducentes; y por supuesto, hace falta mucho más que electorerismos falsos y cómplices de la anomia chavista.

Si tuviéramos un poquito de sentido del deber y de responsabilidad social, no solo asumiríamos directamente la responsabilidad sobre la educación de nuestros hijos… y nuestra propia reeducación, sino que veríamos la oportunidad de reconfigurar (de nuevo, desde las sombras) la renovación del proceso de educación como algo más interactivo, con una visión educacional que ya no se limite a aulas y pénsums. Incluso explorar la posibilidad de aplicar, o al menos proyectar, de modo contingente, la educación desde el propio hogar, bien sea para sustituir de lleno la falente y viciada “educación” que hoy se promueve desde el poder (a través de aulas y medios de comunicación) o bien, para, al menos, corregir y neutralizar sus efectos deformantes.

Ya el tema educativo no se puede seguir abordando como cosas de maestros.

De hecho, la educación debe concebirse más allá de la instrucción libresca, abarcando aspectos como la formación del carácter, de la estructura mental, incluso revisando nuestros propios esquemas cognitivos. Debe enfocarse también en el aprendizaje de oficios prácticos que ayuden a proveer el sustento o al menos, a hacer más llevadera la cotidianidad. Un proceso educacional-formacional, que parta de la realidad del día a día, donde los propios padres y los maestros participen de una dinámica en la que no solo enseñan sino también aprenden.

Igualmente, en momentos como los actuales, hay que dejar de lado (al menos temporalmente) premisas de antaño que hoy no son procedentes, como el necio aforismo, heredado de una visión de sociedades normales, según el cual; “el hogar educa y la escuela instruye”. Esta visión de retículas es inviable en este momento (y sabe Dios si en lo sucesivo). Deberíamos adoptar una visión más generalista, asumir que no estamos en los tiempos normales en los que, mal que bien, nos formamos los que hoy tenemos más de 35 años; deberíamos partir de que, para nuestros criterios tradicionales, estos son tiempos bastante atípicos.

En la coyuntura actual, problemáticas como la educación y la formación se deben entender como concernientes a la sociedad en su conjunto. Se debe asumir como sin lugar, contraposiciones del tipo el hogar vs la escuela, las instancias públicas vs las privadas, o incluso jóvenes vs adultos. Los hogares que puedan considerarse más sólidamente constituidos y más óptimos moralmente, deberían hacerse cargo, en la medida de sus posibilidades, de parte de la carga educacional y formacional que antes se confiaba, de modo casi exclusivo, a las escuelas; al menos en lo referente a la formación de los miembros de ese hogar y, hasta donde se pueda, de allegados, parientes, vecinos, etc. Y no son los únicos, otras instituciones sociales también deben tomar mayor responsabilidad en ese rol. Instrucción y formación deben verse, al menos en los actuales momentos como un todo y no como circunscripciones desfasadas.

Tal vez lo anteriormente expresado nos dé el proceso educacional necesario para rehacer al país, con una efectividad y proyección como no la tuvo antes.

Un EDUCAR de verdad, sin letanías trilladas de E-DUU- CARRR.

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