DERECHOS HUMANOS, AUTODETERMINACIÓN... Y DEBERES HUMANOS
Por Alexander Delgado C.
11 de Marzo de 2021
En la mañana de
hoy leo un post publicado en Twitter por el Ingeniero Industrial David Morán Bohórquez,
en el que defiende la prevalencia de los Derechos Humanos,
como valor universal sobre el principio de la autodeterminación de los pueblos.
El Tweet en cuestión es este:
Y sí, los DD.HH son universales, y no es menos cierto que, como dice el tweet, muchos gobiernos de talante autoritario, despótico, tiránico o totalitario, suelan
escudarse en la concepción de la autodeterminación de los pueblos para solapar
sus atropellos a los derechos de sus gobernados, lo que los debería deslegitimar en su
pretendida “soberanía”.
Aunque el tweet de
Morán parezca dar una idea de confrontación entre Derechos Humanos y
Autodeterminación de los Pueblos (fuera o no la intención del autor), ambas ideas no solo no son excluyentes entre sí sino que, de
hecho, ambas están interrelacionadas.
Más aún, el que muchos tiranos se escuden en la autodeterminación para “defenderse” de las
acusaciones de violación a los derechos humanos, pone de relieve esa
interrelación... pero en un vicio de origen que involucra por igual ambos principios.
Acerca de los Derechos Humanos
Así como en los
regímenes despóticos la excusa de la “soberanía” se usa como detente a los derechos humanos,
del mismo modo, al otro extremo, ha sido muy recurrente que en el día a día de las sociedades “democráticas” (así con comillas, como lo fue Venezuela, hasta 1998) se invoque a los
DD.HH, de manera deshonesta o indebida, para solapar a
transgresores de la ley, a antisociales que perturban a las más elementales
normas de sana convivencia, e incluso a criminales ¿Cuántos delincuentes, cobijados
en una pretendida defensa de sus “derechos humanos”, no han salido impunes, o
con castigos demasiado laxos, y además envalentonados? ¿Cuantos rufianes (no
necesariamente delincuentes) no se han salido con la suya invocando indebidamente
ese principio, sano y loable en sus orígenes?
La explicación a lo
anteriormente señalado está en el hecho de que, en general, la defensa de los DD.HH suele ser concebida, a partir la presunción, claramente sesgada e
injusta, de que solo valen como violaciones a dichos derechos las cometidas por
los gobiernos y sus organismos, especialmente los de seguridad y defensa; es
decir, cuando un delincuente o un subversivo, despoja a un ciudadano decente de
sus legítimas pertenencias, de su integridad física y/o moral y, en casos
extremos, de su vida, allí no hay violación de derechos humanos… Eso según la
concepción comúnmente manejada por instancias como la ACNUDH, por las más
reconocidas ONGs dedicadas al tema y, en general, por intelectuales de talante
liberal-demócrata.
Por otra parte, el
señalado enfoque de los derechos humanos, por parte de la llamada Intelligentzia, aparte de sesgado e
injusto, suele tener muchas veces un tinte de hipocresía, en cuanto a que no
suele ser observado en casos de linchamientos de delincuentes por parte de la
poblada; es decir, no perpetrados por agentes del gobierno sino por
particulares. Aunque no tengo un caso a mano para ejemplificarlo, en no pocas
ocasiones, voceros de grupos defensores de DD.HH y demás opiniones ilustradas,
se han pronunciado expresando su “preocupación” ante casos de linchamientos
populares a delincuentes; preocupación que muy raras (o nulas) veces expresan ante la arremetida de la
delincuencia contra los derechos de la población honrada.
Manejo sesgado,
hipócrita y, siendo honestos, con un sesgo claramente izquierdizante. No hay
que indagar demasiado en el pensamiento de quienes, en su mayoría militaban o
militan en organizaciones de DD.HH, para constatar su inclinación
hacia el llamado “progresismo”, en sus más variados matices.
Lo anteriormente descrito ilustra una realidad presente no solo de la Venezuela actual, sino también observada en la Venezuela que precedió al arribo del chavismo al poder; de hecho ¿cuántos demagogos que hasta 1998 usaban su pretendida defensa de los Derechos Humanos para proyectarse políticamente, luego, incorporados al entramado chavista en el poder, no se han convertido en solapadores de esas mismas violaciones que antes, siendo opositores, “denunciaban” con tanta vehemencia?
Acerca de la Autodeterminación de
los Pueblos
Ahora bien ¿Cómo entra
el tema de la soberanía nacional y la autodeterminación de los pueblos en toda
mi disertación anterior?
En el fondo el
principio de Autodeterminación de los Pueblos es una extensión, a escala
colectivo-nacional, de la idea de los Derechos del Hombre; a fin de cuentas,
las naciones no son más que conglomerados de seres humanos con un determinado grado
de organización e interrelación, a cual más sencillo o más complejo. Aquí
pasaríamos a hablar de los Derechos de las Naciones; idea que se extendió durante el Siglo XIX, espoleada en gran medida, por el romanticismo imperante aquellos días. Muchos de los usos
indebidos e hipócritas, señalados arriba en relación al concepto de DD.HH,
se reproducen a escala colectiva en relación a la idea de la Autodeterminación
y de la Soberanía Nacional.
El caso de Venezuela es más que evidente el uso abyecto por parte del régimen de Miraflores, del
concepto de soberanía, para escudar los atropellos y humillaciones a que, junto
con sus asociados delincuenciales, somete a la población venezolana, la cual es
reducida a paria en su propio país u obligada e emigrar en masa en busca de
mejores condiciones de vida.
Es obvia la invocación
a la soberanía y autodeterminación por parte del Narco-Régimen de Miraflores, de
una menara cínicamente orwelliana; cinismo indiscutible al contemplar al
territorio venezolano y sus principales recursos alienados a los
dictámenes de la izquierda radical latinoamericana, expresada en el Foro de Sao Paulo (con el castrismo
como su principal operador) y en la medida en que los designios del foropaulismo más renegado, han
convertido a Venezuela en santuario del crimen organizado y de grupos
terroristas, enemigos de la cosmovisión occidental en la que Venezuela se
inscribe por razones culturales e históricas (occidente marginal, pero
occidente al fin y al cabo).
También, a una escala
más internacional, hay suficientes muestras del fariseísmo y el sesgo a la
izquierda por parte de la llamada Comunidad
Internacional en el uso de la defensa de la soberanía nacional, de la
democracia y de los derechos humanos. En estas instancias hay una mayor
propensión a intervenir en cayapa, invocando los DDHH y la democracia
cuando se trata de regímenes o reacciones desde la derecha o, en todo caso en
contra de la izquierda (Venezuela en el año 2002, Honduras en el año 2009) y
por otra parte, existe la tendencia de hacerse la vista gorda (o al menos intentarlo),
en nombre de la soberanía nacional, cuando las acciones denunciadas corresponden
a regímenes de ultra izquierda, como sucede con el Narco-Régimen de Miraflores.
Acerca de los Deberes Humanos
Al margen de teorías
conspirativistas o de posibles intereses torvos, en la actitud sesgada de la “comunidad
internacional”, en relación a la soberanía (sobre todo en los países del
llamado Tercer Mundo), así como en la
actitud de los grupos de defensa de los derechos humanos, se puede ver la
distorsión de una formulación de principios, bienhechora en sus orígenes, como
lo es la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano; ya sea como
individuos en sí mismos o integrados en conglomerados nacionales o de otro tipo
(autodeterminación, soberanía). Es distorsión en la medida en que se privilegia excesivamente la noción de
derechos por encima de la de deberes.
Esto es muy evidente en el venezolano común para quien solo parecen existir sus “derechos”; incluso, frente a la ignominia a que el narco-régimen somete a Venezuela, es muy común ver en las conversaciones cotidianas o en las redes sociales, que los llamados a la calle, fructíferos o infructuosos y generalmente cazurros, siempre invocan jaquetonamente el “defender tus derechos”, el “pelear por tus derechos” (individualizados, en primera o segunda persona, ni siquiera nuestros derechos). Pocas veces (o ninguna ) se invoca el “cumplir nuestro deber para con nuestro país”.
Es decir, incluso para
el venezolano promedio, ante todo importan, SUS derechos, individualizados.
Cuando PARA MÍ solo cuentan MIS derechos por encima de los del que
está a mi lado, incluso en mis mismas circunstancias, o peor, por encima de los
deberes para con la sociedad o para con la nación, estoy proyectando una noción anarquizante
de lucha; ya sea que esa “lucha” la entendamos desde el construir una nación en
la normalidad que hoy no existe en Venezuela, o desde una hipotética situación
de levantamiento o resistencia a situaciones de oprobio como la que hoy viven
los venezolanos. Al generarse una idea de nación desde los derechos individuales,
cazurros, ariscos, sin apoyar estos en
el deber común, se proyecta una narrativa de sociedad endeble, dispersa
donde cada quien busca atraer la brasa
común a su particular sardina.
Una colectividad con
semejante unión de debilidades es muy
fácil de cooptar o de conquistar desde adentro por tiranos, demagogos y
oclócratas.
Siendo las naciones,
conglomerados de seres humanos, las consecuencias anarquizantes de esta
hipertrofia de los derechos individuales se proyectan fácilmente, a escala
plural, en la idea de que los derechos de cada nación cuentan por encima de los
de las otras naciones, lo que hace al ímpetu de cada nación fácil de
neutralizar y copar por parte de cofradías, grupos de intereses de la más
variada índole, pero que miran más allá de fronteras, patriotismos o sentidos
de identidad o pertenencia (en algunos casos con el designio de destruirlos).
Se hace urgente un proceso de reeducación que
revalorice la noción de deberes y obligaciones como basamento a los derechos y
que a la vez vincule el sentido del deber a la idea de ciudadanía y de
verdadero patriotismo (que no patrioterismo). El sentido común siempre nos había
enseñado que el deber precede al derecho, los discursos politiqueros, tanto liberteros, democrateros como socialistas,
nos han inculcado el exaltar más los derechos (sea desde la libertad o desde la
igualdad). Pero la verdad es que los derechos, bien entendidos, solo pueden
consolidarse sobre la base sólida de la comprensión e internalización de los
deberes para con el conjunto al que pertenecemos.
De hecho al asumir el respeto a las normas y al cumplir concienzudamente los deberes comunes, ya se está asegurando en un alto porcentaje los derechos individuales de los ciudadanos.











