viernes, 14 de octubre de 2022

Lo Hispano Y Lo Supranacional

LO HISPANO Y LO SUPRANACIONAL

Por Alexander Delgado C.

14 de Octubre de 2022

 

Nos ha hecho falta una cosmovisión hispana. Como tal entiendo a una suerte de visión supranacional (no necesariamente política) en el universo hispano que, lejos imponer la visión concreta de la península ibérica o de un determinado país hispanoamericano, se base en una síntesis o factor común que aglutine los diversos orgullos identitarios de habla hispana, a ambos lados del Atlántico. Una cosmovisión, no necesariamente al margen de Occidente, de hecho integrada en lo occidental, pero reclamando su espacio y características propias. Que se ubique más allá del ámbito político (o que no se ancle a este), que sea plenamente consciente de que su esencia se define por un espíritu colectivo común, expresado fundamentalmente en el universo cultural e idiosincrático que nos caracteriza, con todo lo positivo y negativo que este tiene. Y, muy importante que, respetando su historia, sin embargo no dependa ,para autodefinirse, de simbolismos rancios del pasado, sino que sepa reconocerse en la contemporaneidad.

Una Cosmovisión Hispana Truncada

A mi modo de ver, se estuvo cerca de, tan siquiera, proyectar una visión semejante desde fines del siglo XIX y a lo largo del siglo XX. Por un lado se podía inferir este esbozo en connotados pensadores españoles como el padre del Pan-hispanismo, don Miguel de Unamuno y, con sus bemoles, en otros pensadores peninsulares como Marcelino Menéndez y Pelayo, José Ortega y Gasset o Ernesto Giménez Caballero. En un aspecto más político, desde el arco del nacionalismo español a inicios del siglo XX (especialmente en el falangismo), también se alzaron discursos que buscaron tender puentes de unidad hacia las repúblicas hispanoamericanas (más allá de sus circunstancias y motivaciones de fondo); no solamente respetando las tradiciones históricas de nuestros países, sino, de hecho, integrándolas en un todo hispánico.

En la América Hispana también muchos hombres de pensamiento, en mayor o menor grado, apuntaban en esa misma dirección; como el argentino José Enrique Rodó o el mexicano José “Pepe” Vasconcelos. En la Venezuela de la primera mitad del siglo XX, bien pudo hablarse de una verdadera escuela, con prohombres de la venezolanidad que, no solo reivindicaban al pasado colonialal elemento identitario hispano como columna vertebral, sino que, a diferencia de pseudo-hispanismo on line de hoy, no renegaban de nuestra historia republicana ni de nuestros prohombres independentistas; antes bien, los asumían como la genuina expresión, en lo bueno y en lo malo, del ser y no ser hispano. Toda una pléyade de hombres de visión elevada; académicos, literatos o historiadores de alto calibre como; Rufino Blanco Fombona, Mariano Picón Salas, Augusto Mijares, Mario Briceño Iragorri, Carlos Felice Cardot, Caracciolo Parra Pérez, Caracciolo Parra León y Arturo Uslar Pietri. Incluso, de varios pensadores de influencia positivista, de los últimos años 1800 y primeras décadas del siglo XX, se hubiera podido extraer lecciones fructíferas, independientemente de si en ellos había o no, la intención de aproximarse a cualquier pretensión pro-hispanidad.

Cada uno a su manera, con todas sus diferencias de orientación ideológica, poniendo el acento más en uno u otro aspecto, crearon una coyuntura sinérgica idónea que debió ser aprovechada y plasmada en una tradición de pensamiento hispanoamericano; tradición que, partiendo de asumir como columna vertebral el elemento hispano (o, si se quiere, hispano-mestizo), pudiese proyectar una cosmovisión hispanoparlante que, a su vez, reforzara y sirviera de marco y referente de apoyo al sentido identitario y de dignidad de nuestras naciones. Iniciativas como esta hubieran podido generar, a ambos lados del Atlántico, espacios de intercambio cultural y de disertaciones y discusiones intelectuales y académicas de altura que enriquecieran la cosmovisión de la que hablo, a partir de una afirmación de nuestros aciertos y de una sana autocrítica en relación a nuestros errores. Una proyección que, en relación con nuestros orígenes y devenir histórico, supiera hacerle frente a desadaptadas, atorrantes, acomplejadas y resentidas leyendas negras y, al mismo tiempo, apartarse de ingenuas y frívolas leyendas doradas que muy poco aportan y, por el contrario, desvirtúan.

En síntesis, una cosmovisión capaz de salirle al paso a lo que, lamentablemente, está sucediendo hoy, en la enrevesada posverdad idiocrática de las redes sociales y a nivel de panfletos resentidos, de parte de politicastros buscando impacto mediático y de mercenarios académicos de esa politiquería; sea desde posturas pseudo-indigenistas como pseudo-hispanistas.

Una Hispanidad Envenenada

Lamentablemente esto no sucedió; desde el poder político, a lo largo del siglo XX, las narrativas nacionales hispanohablantes (sobre todo en América), no supieron captar y plasmar esa visión en su debida magnitud, así como las ventajas socio-políticas, socioculturales y referenciales que de ella se podían derivar, especialmente de cara al momento que vivimos. No hubo en nuestros países liderazgos que supieran (o quisieran) recoger el legado de los ya mencionados y otros grandes pensadores, en sintonía con un espíritu hispano integral y cristalizarlo en discursos de identidad nacional más sólidos y honestos; una semblanza bien entendida que, sin patrioterismos fundamentalistas y ramplones, replanteara y tonificara el orgullo identitario de las naciones hispanohablantes, desanclándolo de iconos arcaicos y ubicándolo en la contemporaneidad, como un todo que integrara nuestros gentilicios nacionales; en su aspecto histórico pero, y sobre todo, en el presente y de cara al futuro.

Por el contrario, en los países hispanoamericanos, y en la misma España, se entronizaron los más torvos lamentos pobrecitistas y acomplejados, los más rastreros resentimientos y los mitos más desubicados (pretendida identidad etno-indigenista, por encima del mestizaje y sobreestimación del legado afro); todos estos delirios, plasmados en obras como Las Venas Abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, se condensaron en una visión izquierdosa que, teniendo como catalizador al castrismo y luego al Foro de Sao Paulo, poco a poco se fue apoderando, en nuestros países, del sentido de orgullo nacional, dotándolo de (o más bien reforzando) una proyección que, bajo el pseudónimo de “antiimperialista”, en realidad es acomplejada, plañidera, fatalista, de perdedores. 

Esta deformación, explotando la ignorancia desatendida de las masas populares, así como una predisposición aprendida al victimismo, dio estructura a fenómenos socio-políticos como el castro-chavismo, aupando su ascenso al poder desde 1998. Un ascenso facilitado por ecosistemas sociopolíticos corruptos y desgastados, con socialdemocracias celestinas o centro-derechas de señoritos, petulantes y mayameros; con clases medias cada vez más desapegadas del resto de sus sociedades, con liderazgos políticos, aparte de corrompidos, anquilosados y lo más lamentable, con dirigencias “intelectuales” o académicas, cada vez menos comprometidas con ser faros en sus naciones; auto-complacidas en sus tristes tribunas de opinión. Entornos patéticos, regodeados en las burbujas de ficción primermundista de sus confortables urbanizaciones o, parafraseando a Idolos Rotos de Manuel Díaz Rodríguez“viendo un olimpo en su ghetto”.

Luego de asentarse en el territorio venezolano, y con el chavismo como ariete, el foropaulismo ha repotenciado a lo largo del subcontinente esa visión deformada (y, hasta entonces, politicamente marginal), proyectando una versión viciada del viejo ideal integracionista hispanoamericano bajo el sobrenombre de “La Patria Grande”. Una “unidad” en el pobrismo, en el victimismo, paradójicamente, en la negación del elemento hispánico, no obstante ser nuestro aglutinante cultural. 

A su vez, y como reacción a este discurso de venas abiertas, se desarrolla, sobre todo a nivel de redes sociales un arrastrado, oligrfrénico, conspiranoico, discurso neo-hispanista (en realidad españolista o nordicista) renegatorio de la historia republicana de los países hispanoamericanos, especialmente de sus procesos independentistas; hispaNECIOS espurios y, en el fondo, igualmente acomplejados; muy distantes de la visión del maestro Unamuno; un pseudo hispanismo que, en el fondo, es triste coartada pro-nórdica y arielista.

Así llegamos a este momento en que; a la debacle económica, al caos social, al derrumbe moral y ético, a la pérdida de brújula en lo político; tenemos a una Hispanoamérica perdida, en una acefalía referencial, incapaz de reconciliarse consigo misma; contaminada por multilantes y renegadas leyendas negras contra sí misma; así como por nacionalismos caníbales, los cuales, mal influenciados por ideologías chovinistas o fascistoides, incompatibles con nuestra cultura, fomentan discursos xenofóbicos contra naciones vecinas, paradójicamente con quienes más se comparten cultura e historia.

Debacle agravada al estar en medio de un contexto global de anarquía y post verdad, en el que el desarrollo y protagonismo, cada vez mayor, de las Redes Sociales ha tendido a poner en plano de “igualdad” a una persona (con o sin títulos) que, probadamente ha estudiado determinado tema, con un simple y egocéntrico “opinador” o influencer, pasionario e impertinente que solo se expresa desde sus complejos, a partir de textos o frases descontextualizados y amañados o, peor aún, un mercader de la miseria humana, en busca de likes monetizantes.

¿Qué Le Queda A Las Naciones Hispanas, Especialmente En América?

De cara al momento presente, de anarquización, encono y post verdad, cada nación hispanoamericana, sin negar su esencia cultural, debe volcarse hacia sí misma, enfocarse en rehabilitarse por sus propios medios, apostando a un reencuentro posterior con el resto de la hispanósfera. Apelar románticamente a discursos hermanistas por encima de enconos internos, no pasa de ser un, bienintencionado pero triste o caricaturesco, saludo a la bandera; es pretender apoyarse en una razón desbordada por el caos pasional simplista y vulgarezco. La unidad e integralidad empieza desde las moléculas. Así, antes de hablar de unidad hispana debe hablarse de integralidad a lo interno de nuestras naciones. Cada nación hispanohablante, especialmente en nuestro continente, debe buscar una reconciliación consigo misma, con su historia (en su totalidad), con su identidad y las particularidades de esta (dentro del todo hispano); debe asumir su realidad geográfica, económica y poblacional, debe entender que estos son factores que han incidido en su desenvolvimiento histórico, pero que no tienen por qué ser predestinantes.

Así mismo, en cada nación hispanoamericana, y a partir de un sentido de orden y respeto, deben buscarse, formal o informalmente, acuerdos de coexistencia con aquellas identidades aborígenes a lo interno del territorio patrio, y a en lo que toca a la propia sociedad hispano-mestiza, también procurarse (en la medida de lo posible) un entendimiento con sectores usualmente postergados; sin evadir confrontaciones, pero también sin permitir que estas escalen a situaciones anarquizantes; acaso sea necesario, hasta cierto punto, un proceso a lo interno de depuración de elementos incordios.

Se debe comprender que, más allá de nuestras singularidades nacionales y regionales (que, insisto, se deben asumir), nuestra condición hispana, aparte de ser columna vertebral identitaria de nuestros países, es nuestro elemento de integración a posteriori, no solo con el resto de las naciones hispanas sino también, respecto al concierto global en sí mismo.

Pero, como ya he señalado, este es un trabajo que cada nación hispanoamericana debería realizar a lo interno. Hay que dejar de lado, al menos de momento, mitos patria-grandistas, especialmente aquellos anclados en discursos politiquero-ideológicos o contaminados de victimismos, pobrecitismos resentidos, galeanismos, negro-legendarismos (contra quien sea), etno-centrismos, euro-centrismos y pseudo- hispanismos

Debemos esforzarnos por superar mitos globalizantes, según los cuales, para estar integrados debemos estar bajo un mismo gobierno; da lo mismo que hablemos de añoranzas patéticas por el imperio español o la pretendida y desvirtuada integración bolivariana. El espejismo mental de que una cosmovisión hispana debe estar condicionada por una vasta unidad geopolítica común o partir de esta, tiene una clara impronta estatólatra; esta una de las principales taras que debemos superar

La base de la unidad hispana es, ante todo un orbe cultural, que durante 500 años, se ha mantenido incólume, de hecho se ha enriquecido en cada época, por encima de cambios políticos, sociales y tecnológicos, adaptándose a los nuevos tiempos. Encontrar ese espíritu en la contemporaneidad, supone respetar lo que de histórico tiene pero en su debida contextualización, deslastrándose de filias y fobias del pasado. Implica entender lo hispano como una esencia lo suficientemente fuerte en sus bases como para que su vivir no dependa de añoranzas o ilusiones rancias ni de odios anacrónicos rastreros .

Enfocándose de este modo, los nuevos discursos nacionales deben ser capaces de generar una nueva narrativa política y articular en ella a los medios de comunicación, a nuevas estructuras educacional y renovados ámbitos académicos, en un esfuerzo reorientador de nuestras sociedades. 

La unión hace la fuerza, solo cuando se unen fuerzas, no cuando, como en nuestro caso, se unen debilidades, primero debemos fortalecer e integrar nuestras identidades nacionales, paso previo a un sentido de unidad y cosmovisión hispana mucho más sólido y seguro de sí mismo, con una sana y verdadera autoestima de cara a la realidad que nos rodea, así como un nuevo sentido de identidad nacional en nuestros países. 

Una renovada cosmovisión hispana, reestructurada DESDE LAS BASES y no desde el techo, como la hemos concebido hasta ahora.

martes, 13 de septiembre de 2022

Lo Cortés No Quita Lo Radical

LO CORTÉS NO QUITA LO RADICAL

Por Alexander Delgado C.

20 de Octubre de 2022


Cuando buscamos en el diccionario de la Real Academia Española, la expresión Radical, los tres primeros significados que se nos presentan (¿los más cardinales?) son los siguientes:

1. adj. Perteneciente o relativo a la raíz.

2. adj. Fundamental o esencial.

3. adj. Total o completo. Cambio radical.

Es decir, se atienen a un sentido estrictamente etimológico del término, a partir de esta consideración, afrontar radicalmente una situación implica atacar, o al menos revisar, dicha situación en sus raíces.

Pero comúnmente la expresión radical, no suele ser asociada con estas primeras definiciones, sino con otras, también contempladas por la R.A.E, pero sin una verdadera relación etimológica, más bien con una relación semántica indirecta, derivada fácticamente de las primeras tres definiciones, a saber:

4. adj. Partidario de reformas extremas.

5. adj. Extremoso, tajante, intransigente.

En efecto, con mucha frecuencia, las personas y actitudes radicales suelen ser percibidas, y lo que es peor, suelen auto-percibirse, como portadoras de una actitud extremista, vehemente y vesánica.

Cuando hablamos de cambios radicales deberíamos sobreentenderlos como cambios en la raíz y no como un irnos de un extremo al otro. Esto último suele ser solo un cambio superficial; en el fondo, solo reproduce, en negativo, la misma fotografía de aquello que, se supone, se deseaba cambiar radicalmente. A la larga termina resultando el mismo musiú con cachimbo contrario

Del mismo modo es común que la idea de radicalismo remita equivocadamente a una pose de busca pleito de botiquín, con las venas de la frente brotadas y convulsiones cual Mal De San Vito. Al contrario, un verdadero radicalismo, desde un modo sereno y ponderado aunque firme y decidido, no solo es técnicamente posible sino que es aconsejable para confrontar determinada situación desde aquello que la nutre en sus raíces. Si de verdad se quiere diagnosticar tal o cual problema, procurando remediarlo en su esencia, se debe tener un mínimo de frialdad y serenidad, así sea en el proceso mental, para poder realizar una mirada panorámica y, si se quiere, una abstracción del cuadro. En estos casos un ánimo exaltado suele ser lo menos aconsejable.

En donde un verdadero radicalismo si afecta y exige al carácter es en el momento de pasar del análisis a la decisión y la acción. Se exige DESICIÓN, FIRMEZA y, si se quiere, audacia; pero incluso estas cualidades podrían verse torpedeadas en su ejecución por una actitud de fosforito.

A nivel de redes sociales, especialmente a la hora de abordar temas políticos y sociológicos, muchos malentienden ser radical con una perenne actitud textual de tirapiedras o de troll; así mismo, se asocia el supuesto radicalismo con una idea estereotipada relativa a hablar mal por hablar mal, a un permanente tono de carrito chocón, a la polémica por la polémica.

Igualmente muchos desubicados que se creen radicales piensan que deben asumir una postura agria, adusta, petulante, revestidos de una capa de inflexibilidad y un permanente sarcasmo de “superioridad” respecto al resto de los mortales.

Aunque no siempre se trata de defensores de ideas izquierdistas, de hecho no pocas veces se defienden de esta forma las ideas contrarias, a estos come-candela y naricita alzada de teclado, a propósito de su adustez, les aplica las siguientes palabras del Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano, escritas a propósito de los extremistas de izquierda:

… El revolucionario (o su compañero de ruta) se toman en serio a sí mismos y se niegan el más leve gesto de humor (o de plasticidad o flexibilidad), como si ello fuera un gesto de debilidad que el enemigo aprovecharía para derrotarlos.” 

(Manual Del Perfecto Idiota Latinoamericano. Capítulo Crear Dos Tres… Cien Vietnam)

Haciendo una extrapolación, tanto con la anterior cita del Manual, como con el famoso dicho “lo cortés no quita lo valiente” se puede decir que estos supuestos radicales se muestran descorteses queriendo verse valientes, cuando en realidad presumen de lo que carecen.

Más que un pretendido radicalismo, estas actitudes exaltadas; con blindaje en la pose, revestidas de una presunta “rebeldía” por la rebeldía misma; lo que reflejan es inmadurez y malacrianza, escudadas en la “defensa” de una determinada causa, loable o no. Solo son una parodia wannabe de lo que creen ser.

Llevadas estas consideraciones al tema de la crisis cuasi-apocalíptica que se vive en Venezuela y a los dimes y diretes en que deriva la consideración de dicha crisis (sobre todo a nivel de Redes sociales); entre las muchas razones por las cuales se mantiene invicto el statu quo castro-chavista y foro paulista (incluidos colaboracionistas pseudo-opositores), se encuentra, en parte, el infantilismo arisco de muchos activistas, supuestamente radicales, tanto de teclado como de la vida real.

Por supuesto que hay excepciones honrosas; personalidades disidentes que sí asumen un verdadero radicalismo con una proyección responsable y visionaria. Pero, lamentablemente, sobre todo en las RR.SS, son mucho más comunes los que, a partir de un supuesto radicalismo solo saben exhibir actitudes vocingleras, tóxicas, incendiarias, hirientes y (en el fondo) desmoralizantes; siendo incapaces de pasar de un triste tirapiedrismo impotente, a un estadio, sino de acción, al menos de carácter propositivo, generador de ideas, de soluciones audaces pero racionales y de verdaderas matrices de opinión.

Otro hándicap que se observa a lo interno del universo disidente es la dificultad de atenuar, matizar, y armonizar, a lo interno, diferentes tópicos de opinión que, a partir de una debida jerarquización, deberían considerarse secundarios dentro de lo general que define una misma tendencia. Y, por supuesto, el otro factor, derivado de esa misma inmadurez, lo constituyen los egos individualistas, petulantes e intratables, muchas veces exponentes del Efecto Dunning-Kruger, los cuales, atrincherados en las tristes atalayas de sus mojones mentales, hacen cuesta arriba cualquier consenso o entendimiento. Es decir; el mismo ímpetu de carácter que determina y se ve justificado en estos supuestos radicalismos, se traduce en actitudes cimarronas a lo interno, chocando contra cualquier intento racional de cohesión. Ímpetus cerriles que devienen en verdaderos canibalismos.

A su vez, este mosaico de egos y atrincheramientos yoístas, se ve amparado en un pretendido y risible “ejercicio de mi libertad de expresión” (un mal chiste dentro del contexto castro-chavista); libertad muy mal entendida, en la medida en que se suele ser interpretada como “digo y hago lo que me da la gana”. Al mismo tiempo, esta falsa libertad, factor de caos y dispersión, pretende justificarse en un discurso vulgata, de carácter político-ideológico, desde una equivocada oposición al colectivismo socialista de la izquierda.

En la actual coyuntura, tanto a nivel nacional como mundial, ciertamente necesitamos cambios radicales, pero bien entendidos, cambios en la raíz. Esto implica la necesidad de personas que de verdad piensen, aunque, ciertamente, también los necesitamos con decisión (de nada sirve que se pierdan en divagaciones y elucubraciones). Hacen falta personas con la suficiente lucidez serenidad y cortesía, pero también con discernimiento para saber, detectar cuando se está frente a divergencias internas respetables, y flexibilidad para escuchar y saber confrontar constructivamente estas variables de opinión dentro del común general; paseándose por la posibilidad de que en determinado aspecto puedan ser acertados los reparos que se presentan. Verdaderos radicales, con la suficiente grandeza de ánimo para dejar egos de lado o, al menos, saber colgarlos en un perchero imaginario; y, así mismo, con la suficiente capacidad analítica y entereza pragmática para comprender que muchas veces no se trata de lo que le guste al uno o al otro sino de lo que convenga a todos.

En los actuales momentos se requiere de hombres y mujeres de pensamiento, en acuerdo con otros tantos de acción, que analicen las problemáticas desde su raíz y, a partir de estos análisis, lleven a cabo su discusión, confrontación y una síntesis de ideas en esferas alejadas de las pasiones de las masas; ámbitos desde donde se puedan llegar a diagnósticos, genuinamente radicales, con la frialdad pragmática necesaria para llegar a una conclusión desapasionada que luego se irá a defender y a luchar por ellas, ahí sí, con vehemencia, con decisión irreductible. 

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Ilustración tomada de la Página Web Las Ventajas Del Extremismo

(https://navegapolis.com/website/las-ventajas-del-extremismo

lunes, 22 de agosto de 2022

“La Cuarta” o “La Quinta”... ¡Discurso Chavista!

LA CUARTA” O “LA QUINTA”…

¡DISCURSO CHAVISTA!

Por Alexander Delgado C.

22/08/2022

A fines de los años 90, el frente político agrupado en torno al, hoy fallecido, Hugo Chávez Frías, alcanzó electoralmente el poder, anunciando el advenimiento de una presunta Quinta República; tanto así que su principal partido político de entonces, hoy fundido en el PSUV, se llamaba Movimiento Quinta República (MVR, la “V” indicando al 5 en números romanos). Hasta ese momento, para los venezolanos más entendidos en temas histórico-sociales, apenas existía una vaga noción de estar bajo una, bien imprecisa, Tercera República; para el venezolano más coloquial solo era la República de Venezuela o simplemente Venezuela.

Pero, por obra y gracia del verbo chavista, en 1998 nos encontramos con que desde 1830 habíamos vivido, sin saberlo ni importarnos, bajo una supuesta Cuarta República y que Chávez, que en diciembre de ese año sería electo presidente, buscaba instaurar en Venezuela la, no menos supuesta, Quinta República.

El 2 de febrero de 1999, en Venezuela se oficializó el brinco que, verborrea chavista mediante, dimos desde una indeterminada Tercera República hasta una aparecida Quinta República, proyectando holográficamente durante ese brinco, una Cuarta República que ni sabíamos que existía.  

Pero como 168 años (1830-1998) de un orden nacional republicano, convulso pero ininterrumpido, era demasiado stock para la mente del chavista de base, y como para entonces la principal culebra del chavismo era con los gobiernos adeco-copeyanos, poco a poco, a partir de los discursos incendiarios desde Miraflores, el chavista de a pie se fue acostumbrando a asociar la idea de una Cuarta República únicamente con la etapa 1958-1998. En la psique del Juan Bimba Rojo, desde 1999 estamos en La Quinta, los gobiernos de AD y COPEI eran La Cuarta y antes de eso… no importa.

Sin embargo, lo verdaderamente lamentable, es que ese verbo prefabricado por el chavismo no solo envolvió a sus partidarios, sino que también esos términos de La Cuarta La Quinta, casi inmediatamente pasaron a formar parte del discurso y el habla cotidiana de los sectores antichavistas, incluidos los de las urbanizaciones de clase media. Hasta el sol de hoy, en los que de buena fe creen que son insospechablemente opositores al castro-chavismo, siguen siendo común (y asumiéndose como normales) frases como;

“..Gracias a que yo estudié y me gradué en La Cuarta

¡Este desastre nunca se vio en La Cuarta!

O los más autocríticos:

Todo esto que estamos viviendo en la Quinta tiene sus raíces en La Cuarta

No se trata de que lo que lo que afirman estas frases y otras por el estilo no sea cierto (lo es y mucho). El quid del asunto es el uso, sobre todo entre los opositores, de los términos Cuarta y Quinta; aquí la forma constituye un problema aunque le restemos importancia. Es un problema porque las palabras, sobre todo cuando se refieren a ámbitos colectivos, tienen el poder de proyectar o recrear “realidades”, incluso si estas no tienen un asidero objetivo. Y también es un problema porque muchas veces tanto lo que decimos, como el modo de expresarnos, reflejan lo que subyace a lo interno de nosotros. 

Invito a cualquier venezolano de más de 40 años, especialmente antichavista, a que recuerde anécdotas o momentos, muy concretos, anteriores a 1998, en que haya identificado al momento histórico que se vivía como La Cuarta República; es decir, con ese nombre; sea de pensamiento o de palabra. Antes de 1998 esa noción de cuartas terceras repúblicas, no existía en el imaginario de la casi totalidad de los venezolanos, ni siquiera en los de tendencia izquierdista, o incluso en los simpatizantes del ex-golpista sobreseído. Si nos tomáramos el trabajo de mirar publicaciones anteriores a 1998; sean libros, revistas, prensa o, mejor aún, un texto escolar de historia patria, (suponiendo que conserváramos alguno), no encontraríamos alusiones a ninguna Cuarta República para denominar el período histórico vigente en la Venezuela de entonces. Antes del 98, el término Cuarta o Quinta república, cuando mucho, existiría en el grupito que, junto a Chávez, en los años 1996-97, estaba prefigurando su movimiento político.

Una vez más, se ponen de manifiesto; la desmemoria del venezolano, su inmediatismo veleta y moldeable, así como su desdén, desenrollado, anti-parabólico y, sobre todo... muy chévere, por comprender su historia.

Los que dicen estar contra el chavismo, pero se refieren al período anterior inmediato al 99 con la definición chavista de “La Cuarta República” o simplemente La Cuartatienen la psiquis más colonizada por el chavismo de lo que están dispuestos a aceptar. Y en este caso no podemos hablar de una colonización impuesta a punta de pistola; ha sido consentida por parte de los “opositores”; ha sido un dominio voluntario. Acaso suene extremista pero, en cierto modo, y obviamente sin pretenderlo ni saberlo, son parte del problema.

Aunque parezca nimiedad, quizá una de las razones de fondo por la que no hemos podido derrocar al chavismo tenga que ver con que desde 1998 los opositores, mayoritariamente; hemos mantenido, respecto al accionar, el discurso y la simbología chavista; una dependencia emocional y referencial, a partir de la aversión; hemos sido chavistas al revés. Muchas veces lo vemos como normal” o lo que es peor, lo vemos como el deber ser, como parte de nuestra identidad “antichavista”. Nos negamos a darnos cuenta de que, creyendo ser radicales, en realidad estamos siendo una reproducción en negativo de la fotografía chavista.

De hecho nunca hemos tenido una sintaxis política propia, “nuestro” discurso siempre se ha definido, así sea por oposición, a partir de la figura del difunto Hugo Chávez, de lo que decía o hacía; así como, desde 2013, de lo que el chavismo sin Chávez (especialmente Nicolás Maduro) ha dicho o hecho desde las esferas del poder.

Esta chavismo-dependencia la expresamos, en forma de pretendidas opiniones, desahogos, sarcasmos, chistes baratos, consignas, etc. Es una de tantas incongruencias asumidas alegre e inocentemente, con la “frescura” que, para bien y para mal caracteriza al venezolano.

No contentos con adoptar las formas discursivas propias del chavismo, también adoptamos sus propias contradicciones e incoherencias. En el caso que nos ocupa, el decir chavista asume también en los “opositores” la ya mencionada tergiversación sobre las repúblicas numeradas, tergiversación no solo a partir de la cometida respecto a la verdadera evolución republicana venezolana sino también, a partir la de la alteración que los rojos de base perpetran al propio discurso forjado en los laboratorios castro-chavistas.


Las Repúblicas Según El Discurso Chavista Vs. el Relato Histórico

Para aclarar mejor este asunto de las repúblicas históricas, hagamos una semblanza comparativa de la visión impuesta por el chavismo (con el consentimiento desenrollado de sus opositores) respecto a la forma en que nos lo enseñaron, mejor dicho, como lo veíamos, hasta 1998.

Según el discurso de Hugo Chávez y sus acólitos, en aquel 1998, la historia republicana de Venezuela se dividía de esta forma:

Primera República; tal y como lo enseñaban en los libros de historia, desde la Declaración de  Independencia, el 5 de Julio de 1811, hasta la Capitulación del general Francisco de Miranda ante el comandante realista Domingo de Monteverde, el 25 de julio de 1812. Durante este período rigió la Constitución de 1811, la primera del mundo hispano.

Segunda República; de nuevo, tal como lo enseñaban en los libros de historia, su fecha oficial de inicio se ubicaba el 6 de agosto de 1813, con la entrada triunfal del general Simón Bolívar en Caracas, luego de la Campaña Admirable. Su culminación oficial era situada, unas veces, el 6 de julio de 1814, cuando los independentistas abandonan Caracas, luego de su derrota ante el jefe realista José Tomás Boves en la Segunda Batalla de La Puerta. Otras veces (con mucha mayor lógica) su final se ubicaba en diciembre de ese 1814, con la ocupación de Maturín por parte de los realistas, tras su triunfo en la Batalla de Urica.

La Segunda República no estuvo regida por un orden constitucional, fue dictatorial, con un poder militar, ejercido de hecho por el general Bolívar y sus tropas en el Occidente y Centro del territorio venezolano y por el general Santiago Mariño en el Oriente del mismo.

Hasta aquí el discurso chavista de 1998 se mantenía cónsono con lo que, bien o mal, nos habían enseñado en escuelas y liceos, y transmitido a través de los medios de comunicación. La distorsión chavista se inicia a continuación:

Tercera República; Para el discurso chavista fue la entonces República de Colombia, integrada por Venezuela y la entonces Nueva Granada (hoy Colombia) y que históricamente ha sido conocida como La Gran Colombia. Constituida oficialmente el 17 de diciembre de 1819 y de la que Venezuela se separó en enero de 1830.

Cuarta República; Para el discurso chavista corresponde al larguísimo período iniciado con la separación de Venezuela de la llamada Gran Colombia (1830) y culminado con el arribo del chavismo al poder en febrero de 1999. Es decir, la supuesta Cuarta República, según el discurso chavista original, no abarcaba únicamente los 40 años de gobiernos adeco-copeyanos.

Y por supuesto, la Quinta República corresponde al período chavista.

La anterior semblanza es según la mirada chavista.

Ahora veámoslo sin distorsiones rojas rojitas:

Como ya comenté, en líneas generales, la Primera y Segunda Repúblicas son descritas por el chavismo, tal como nos lo habían enseñado.

El problema es de la tercera en adelante.

Nunca hubo un acuerdo categórico acerca de cuándo se inició la Tercera República, yo mismo recuerdo haberme tropezado con varias versiones. Según la opinión de algunos se inició en 1816 con la Asamblea de Bolívar y otros líderes independentistas exiliados en Los Cayos de San Luis, en Haití; junta que daría paso a la expedición homónima. Según otras versiones, La Tercera se inició con la reunión del Congreso de Angostura el 15 de febrero de 1819. 

Otras versiones, las más lógicas, ubicaban el inicio de La Tercera en 1830, con la salida de Venezuela de la Unión Colombiana.

La llamada Gran Colombia, a pesar de haber estado regida por un sistema republicano, para muchos no solía contarse entre las repúblicas numeradas venezolanas por no estar ceñida al territorio de Venezuela, aunque este formara parte de aquella; de esta forma se nos enseñaba usualmente en escuelas y liceos antes de 1999.

En cuanto a la pretendida Cuarta República”, no solo no hubo acuerdo sobre su inicio, ni siquiera hubo acuerdo sobre su existencia.

En 1998 muchos historiadores e intelectuales, entre los que recuerdo a Manuel Caballero y Diego Bautista Urbaneja, afirmaban que aún estábamos en la Tercera República y que los chavistas estaban contando mal o, peor aún, que nos querían pasar de un salto de la Tercera a una presunta Quinta República.

En 1998 yo tenía 27 años y, aunque no simpatizaba con el chavismo, al que ya veía como una amenaza, traté de seguir los debates que se dieron al respecto (sobre todo los que se daban en los predios de la UCV), quizá buscando entender objetivamente donde estábamos parados, a que debíamos atenernos. Recuerdo que, incluso, para complicar más el tema, había, en aquellos días, quienes afirmaban que se había cambiado de República con el triunfo de la Federación (1863), otra república con la Revolución de Octubre (1945) y una más con la caída de Marcos Pérez Jiménez (1958).

Aquí considero pertinente volver sobre un aspecto tratado al comienzo de este escrito. En Venezuela comúnmente, tanto chavistas de base como antichavistas, suelen referirse únicamente como “Cuarta República” a los 40 años de AD y COPEI. Por ejemplo, es común comparar al gobierno de Marcos Pérez Jiménez con los “gobiernos de la cuarta” cuando en realidad, según el discurso chavista originario, Pérez Jiménez tendría que ser considerado parte de esa “Cuarta República”, por haber sido posterior a 1830.

Como otro dato curioso, recuerdo que a raíz de los sucesos de Abril de 2002, se hablaba del llamado Carmonazo como de un amago de Sexta República. Incluso tengo el recuerdo vago de que, por esos días, hasta se sacó un sainete sobre el Carmonazollamado precisamente La Sexta República, cuya presentación fue saboteada por los chavistas.

Conclusión

Lo cierto es que antes del advenimiento del chavismo al poder, nosotros, no pensábamos, ni nos importaba pensar, en terceras, cuartas, ni menos aún en quintas repúblicas. La Primera y Segunda Repúblicas, de hecho y comúnmente, las entendíamos como etapas de la guerra independentista. Sin embargo, del lado opositor al castro-chavismo, no solo le compramos a Chávez ese jabón discursivo piche sino que nos bañamos y restregamos alegremente con él. Un simple reflejo del secuestro a nuestra memoria y a nuestra psique, efectuado por el chavismo; secuestro sin ninguna resistencia por parte nuestra, todo lo contrario. Un dominio discursivo consumado por los chavistas, sin disparar un tiro, gracias a nuestra impulsividad sensiblera, a nuestro criterio político de plastilina y a nuestro paterrolismo, muchas veces arisco, ante cualquier corrección desde la lógica y la razón.

¿Y así queremos elegir “democráticamente” gobernantes?

jueves, 11 de agosto de 2022

Frente a la Subcultura de Antivalores

FRENTE A LA SUBCULTURA DE ANTIVALORES

Por Alexander Delgado C.

11 de Agosto de 2022


 

“Si Dios no existe, todo está permitido”

De la novela Los Hermanos Karamazov de Fiódor Dostoievski.

Frase atribuida al personaje Iván Karamazov

 

El pasado mes de julio y lo que va de agosto han estado signados en Venezuela por una serie de hechos repugnantes que han indignado a la opinión pública nacional, especialmente a nivel de las Redes Sociales. Hechos que, aunque a simple vista lucen ajenos a la realidad sociopolítica imperante, no por eso dejan de tener relación con este contexto, como trasfondo.

El 24 de julio fue noticia el intento de asesinato, en El Tigre, estado Anzoátegui, de la abogada María Laura Santaella Yánez, de 39 años. La profesional del derecho fue apuñalada repetidas veces en su residencia, quedando gravemente herida. Investigaciones policiales, tras descartar la tesis del robo como móvil, revelaron que el crimen había sido planificado por la propia hija de la víctima, de 13 años en connivencia con su novio de 17 años, autor material del hecho. Tras confesar el hecho, ambos adolescentes revelaron haber perpetrado este crimen como represalia ante la oposición de la madre a la relación afectiva de los jóvenes; cabe acotar que el adolescente ya había estado 8 meses preso por robo. Por su parte, trascendió que la hija de la víctima y autora intelectual del crimen, a sus 13 años, sostenía habitualmente relaciones afectivo-eróticas con personas de ambos sexos.

El 26 de julio la opinión pública venezolana se vio escandalizada e indignada (con toda razón) con la circulación en las RR.SS, especialmente en Twitter, de un video en el que un indefenso y maniatado perro callejero era torturado hasta la muerte por, al menos, tres miserables, los cuales, repetidas veces, le pasaron un jeep por encima al can, mientras un tercero grababa el video. El hecho tuvo lugar en Barquisimeto, Estado Lara. Poco después los dos responsables directos fueron capturados y condenados a 45 días de prisión (es la máxima pena que contempla la legislación venezolana vigente para casos de maltrato animal), mientras que, hasta el momento de elaborar este escrito, no ha sido identificado ni capturado el que grabó y subió a las Redes Sociales el repulsivo hecho. Cabe acotar que el nivel de indignación que ocasionó el sadismo a que fue sometido el pobre perro, no distinguió tendencias políticas.

Sin embargo, dos días después, el 28 de julio, circuló en las RRSS otro video en el que, en Guanare, Edo. Portuguesa, dos jóvenes, al parecer, estudiantes de la Universidad de Los Llanos (UNELLEZ), lanzaban a un conejo vivo a un estanque de Cocodrilos, grabando mientras los reptiles despedazaban al indefenso animal.

Estos casos de crueldad animal extrema han conducido a especulaciones, a nivel de redes Sociales sobre la posibilidad (certeza para muchos) de estar operando en Venezuela (especialmente en el Estado Lara) una red de producción, tráfico y venta de contenido para la llamada Dark Web. Igualmente se han generado movilizaciones frente a organismos oficiales, especialmente por parte de activistas en pro del Bienestar Animal, exigiendo medidas punitivas más severas contra el maltrato a los animales, especialmente los de tipo doméstico (perros y gatos) en situación de calle.

Pero cuando aún no se habían terminado de disipar la indignación y controversia ante los recientes casos de brutalidad animal, y las hipótesis que involucraban a la Internet Oscura; a comienzos de agosto la opinión pública se vio nuevamente conmocionada e indignada; esta vez con un abominable caso de crueldad y sadismo infantil. En efecto, en los primeros días del reciente mes trascendió en las medios informativos digitales y en las redes sociales, el caso escalofriante del asesinato del bebé Maikel Contreras de, apenas un año de edad, víctima de la tortura y abuso sexual a que era sometido por su padrastro de 15 años, con el consentimiento de su madre de 17 años y de una prima segunda de esta, de 16 años. Este hecho tuvo lugar en Maracay, el pasado 30 de julio. Los autores del crimen, tras ser capturados, no solo confesaron el hecho, sino que revelaron pormenores macabros como que, tras perder el conocimiento el bebé, por el abuso a que fue sometido, intentaron reanimarlo propinándole golpes y quemaduras.

En artículos anteriores, al tratar el tema del contexto anómico en el que se encuentra Venezuela, prácticamente desde 1999, he sido categórico al expresar que el componente anárquico no solo es un elemento clave de la psique y el accionar del chavismo, sino que, de hecho, es la savia que nutre al régimen. El dominio que el régimen de Miraflores y sus adláteres antisociales, ejercen sobre la sociedad, descansa, en gran medida, sobre esa percepción de vida sin ley, de distorsión de normas y valores y del subsecuente sentimiento de desorientación, perplejidad e frustración.

El corolario lógico de semejante estado de anomia es la entronización de los antivalores, promovidos, sin mayor disimulo, desde el poder, sea desde sus esferas más formales (funcionarios o altos personeros del régimen) o las más informales (colectivos o demás acólitos), con lo que generan la anarquía como dinámica social cotidiana, en desmedro de la cooperación y cohesión, empezando por la ley del más vivo o del más arrecho, el pa’ bravo yo.

No es difícil comprender que este grado de descomposición social que se vive en Venezuela, manifestado en los repulsivos hechos reseñados al comienzo de este escrito, es un reflejo, y a la vez un producto, de estar expuestos a esa promoción y exaltación de conductas negativas, directa o indirectamente promovidas desde las cúpulas dirigentes; un contexto que se ve “legitimado” por, y a la vez se nutre de, un discurso consonante con el cognomento de izquierda del régimen; es decir, una sintaxis permanentemente ruptural respecto a valores y convenciones éticas, religiosas y socioculturales, en los que (con sus luces y sombras) tradicionalmente habíamos visto un referente de definición como sociedad. Un discurso que, pretendiendo legitimarse bajo la idea de “revolución permanente”, es generado a partir de una mística bovesciana de odio y resentimiento; un ánimo de un “no dejar piedra sobre piedra”; con el fin supuesto de reconstruir, a partir de cero, lo que ellos prefiguran como un estatus quo post revolucionario.

A la estirpe mediocre y decadente que gobernaba hasta 1998 se sobrepuso una casta de espíritu abyecto que, por esto mismo, no puede concebir, ni menos aún sostenerse, en un orden de cosas fundamentado sobre aspiraciones superiores. Espíritus ruines que, por su misma naturaleza, aniquilarán, secarán o eyectarán a cualquiera que dentro o fuera de ese (des)orden se atreva a cualquier forma de elevación aspiracional o tan siquiera de adecentamiento razonable.

En realidad, más que un orden o desorden, lo que se vive en la Venezuela actual es una vorágine kakistocrática, un festival de miserias humanas, exhibidas muchas veces, con jactancia humillante y provocadora, lo mismo en la calle, a nivel de los mass media o en las RR.SS; muchas veces por parte de personeros o apologistas de peso del narco-régimen. El fin de tanta ruindad, a veces implícito, otras veces explicito, es burlarse en la sensibilidad y autoestima de la población en un desafiante “¿qué me vas a hacer?”, buscando degradar a partir de un sentimiento de impotencia y resignación; de la auto persuasión de que no solamente es inútil rebelarse contra esa degradación sino de que, al final, no vale la pena aspirar a cualquier manifestación de nobleza, justicia, sensatez.

Son moralmente enanos, tuertos que solo pueden reinar en tierra de ciegos. 

¿A qué otra cosa puede conducir esta purulencia sino es a un sentimiento colectivo de disrupción ante cualquier percepción de normalidad por un lado, y por el otro, de trastrocamiento de cualquier de noción de lo que está bien o mal? Un ecosistema rastrero que solo favorece a una “oligarquía de malandros”.

Este hábitat ominoso, a su vez, se ve reforzado con el aumento de rituales de brujería, santería, palerismo, reflejado en las, cada vez más frecuentes, profanaciones de tumbas. Todo un culto a lo vulgar, a la fealdad, a la ignorancia, a lo depravado, a lo oscuro; es decir, a la energía que mueve al narco-régimen.

Por otra parte, esta mística de rapiña y carroña encuentra su validación internacional en la preponderancia del llamado marxismo cultural o en movimientos como los wokeismos, los cuales, a partir de un sentido mal entendido de pluralidad e inclusión, han desarrollado de toda una mística de odio y agresión a los valores tradicionales de la civilización occidental de la que, mal que bien, formamos parte.

Al mismo tiempo, todo indica que la depravación y la degradación se han convertido en negocio lucrativo; como se ha visto, los rumores o certezas de tráfico de contenido aberrante en la llamada Dark Web, han salido a colación en los recientes casos de casos brutalidad animal, pero no hay que ser nada malicioso para suponer que este tipo de mafias también operen en la generación de contenido que involucre menores brutalizados. Aunque las reseñas sobre el caso del bebé abusado hasta la muerte en Maracay no muestran hallazgos al respecto, no es nada descartable que la monstruosidad cometida contra este infante forme parte, igualmente, de creación de contenido para la llamada Red Oscura.

Lamentablemente, la opinión pública, tanto nacional como internacional, suele representarse estos y otros aspectos de la debacle que hoy vive el país de una forma cuadriculada, como si cada aspecto no tuviera que ver con los demás.

Bajo estos psico-rígidos y reticulados criterios simplistas, el acelerado proceso de descomposición social, que vivimos, cuando no se dirime con las plañideras alusiones al fin del mundo, las escrituras, el Anticristo, Nostradamus, etc., etc., etc.; se muestra como un asunto que compete únicamente a la formación familiar, como si el nivel de anomia moral que se vive en la nación fuese algo que solo atañese a lo interno de cada hogar. Si bien es cierto que la familia es la base de la sociedad, no es menos cierto que, en la práctica, la familia y otras instituciones son un reflejo de esa sociedad a la que, se supone, debe darle base. En el fondo no deja de haber una relación simbiótica y de retroalimentación entre las partes que conforman el todo.

Se repite simplistamente “el hogar es el que educa” pero la pregunta a ese axioma es “¿y al hogar quien lo educa?” ¿En verdad no están acusando los hogares venezolanos el impacto de esta siembra de antivalores, especialmente en los niveles socioeconómicos y socioculturales más deprimidos?

Con toda razón muchos sostienen, sobre todo a nivel de las RR.SS que, de cara a una, muy deseable, Venezuela libre del chavismo, la debacle económica, con todo y lo grave que es, constituiría el menor de los retos a afrontar; que lo verdaderamente cuesta arriba (y que, en la opinión de muchos, llevaría más de una generación) sería la reconstrucción del tejido social y moral de la nación.

Sin embargo la situación de Venezuela suele ser abordada, netamente en su cara política. El régimen, usualmente personalizado en la figura de Nicolás Maduro (y antes en la de Hugo Chávez), es el nudo gordiano al que se supedita toda la problemática nacional; por ende la lucha contra el régimen solo se concibe, o bien en términos de inútiles acciones electoreras o bien en términos de pretendidas desobediencias civiles, rebeliones de calle, guarimbas, etc.

Si bien es cierto que el régimen de gobierno es la piedra angular de este aquelarre nacional, también es cierto que el afrontar, y eventualmente imponerse a ese aquelarre, pasa por comprender la problemática país como un todo que también alberga aspectos como el ideológico, el ético, el moral e, incluso, el espiritual (tanto en su aspecto metafísico como, del espíritu humano). 

Y es a partir de esta comprensión que también se pueden concebir otras formas de lucha contra el régimen, mucho menos perceptibles, casi que en bajo perfil, con resultados menos tangibles, pero mucho más constantes, sostenibles y con capacidad de ir minando su poderío sobre la psique colectiva. Formas de enfrentamiento y lucha que ya no se enfoquen únicamente en el tirano rojo o, en general, en los aspectos políticos, sino también en lo que este representa socioculturalmente, actitudinalmente, a nivel de mística, incluso en su narrativa o sintaxis, y por supuesto, en su cara ética, en su cultura de antivalores.

Una nueva concepción de la lucha-resistencia al régimen y al orden del mal que representa puede ser invertir los términos, es decir, que nuestra mirada subordine al régimen chavista, y al mismo Foro de Sao Paulo, al orden abyecto que representan y propugnan. Aunque comprendamos que el castro-chavismo actúa como gestor, propagador o motorizador de ese orden de antivalores, es a ese orden, como un todo al que debemos contemplar como el monstruo a socavar; mirando al castro chavismo como a su representación en Venezuela.

Se resiste al régimen al enfrentar, no solo la cultura de Antivalores, sino también todas aquellas bajas pasiones que la alimentan; el resentimiento, la actitud acomplejada (del lado que sea), el bastardismo, el mediocrismo, la idiocracia, la vulgaridad de espíritu. Una resistencia silenciosa, en la cotidianidad que enarbola como armas, la cultura que eleva el espíritu (cultura refinada o popular, pero que eleve); la autovaloración positiva, tanto personal como grupal o nacional; rescatar, así sea a nivel de nuestros círculos más inmediatos y en lo pequeño-cotidiano, valores como la gallardía e hidalguía, no como imitación ridícula del pasado, sino adaptada a nuestro entorno cultural; nuestra propia versión de Areté, honesta, no calcada de un cuento medieval, sino, de nuevo, interpretada en clave de nuestro contexto. Aplicando a nuestro tiempo e identidad las frases de Albert Camus en su obra El Verano, capítulo El Destierro de Helena; “La ignorancia reconocida, el rechazo del fanatismo, los límites del mundo y del hombre, el rostro amado, la belleza en fin…”. Ignorancia reconocida, es decir, reconocer, a lo Sócrates, que nunca lo sabremos todo, muy distinto de la exaltación del simplismo pedestre.

Se trata de una forma de resistencia al régimen que, haciendo honor a su nombre, es más defensiva que ofensiva; que no es ruidosa, no es multitudinaria, no se ejerce en las calles ni en urnas electorales, es discreta y es interior; individualmente, en lo interno de nuestra psique, grupalmente, a lo interno de nuestros hogares o círculos más cerrados (familiares, vecinales, de amigos íntimos, compañeros laborales o estudiantiles); como una muñeca Matrioshka al revés, es decir, de adentro hacia afuera.

Una nueva ética, una nueva visión como base de enfrentamiento al régimen político, incluso como punto de partida de cualquier propuesta de organización política, económica o social alterna al narco-régimen. Muy probablemente la ausencia de esta visión totalista y esencial ha contribuido al encumbramiento de las dirigencias mediocres y vendidas que hemos presentado contra el régimen y a los consecuentes fracasos. Sin esta base, la lucha contra el chavismo no tendría ningún sentido más allá de lo meramente formulista y cosmético... Sin esta cosmovisiónel chavismo, quizá podría ser desalojado de Miraflores pero, en el fondo, nunca sería vencido, no tardaría en volver con su misma cara o con otra. 

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Algunos enlaces relativos a los hechos aborrecibles reseñados en este escrito

https://diariolavoz.net/2022/07/27/adolescente-de-13-anos-planeo-asesinar-a-su-madre-a-punaladas/

https://elinformadorve.com/28/07/2022/venezuela/venezolanos-buscan-la-explicacion-ante-tantos-casos-de-maltrato-animal-la-deep-web/

https://www.facebook.com/watch/?v=461880098777691

https://twitter.com/LuisSucesosLuis/status/1555691531322933248

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