jueves, 23 de marzo de 2023

Venezuela en los United y la Proyección De Nuestros Complejos Sociales

VENEZUELA EN LOS UNITED Y LA PROYECCIÓN DE NUESTROS COMPLEJOS SOCIALES

Por Alexander Delgado C.

23 de Marzo de 2023

La semana pasada el comerciante de calzados deportivos petareño Juan Ríos, a.k.a “J.R. Petare”, generó polémica, una vez más, en las Redes Sociales, especialmente en Twitter, red en la que se identifica como @JRPetare. En esta ocasión la controversia se originó, por la publicación de una serie de videos donde Juan Ríos se muestra en Miami, apoyando al equipo venezolano en varios de los juegos del Clásico Mundial de Béisbol, al tiempo que, en lugar de los típicos snacks que venden en esos estadios, consumía alimentos, llevados por él mismo, que en Venezuela se consideran de talante popular, tales como; pan con mortadela, bollitos con queso o arepa frita.

Digo que generó polémica “una vez más”, porque ya a fines del 2020, J.R Petare había sido objeto de reacciones viscerales a nivel de RR.SS al publicar una foto de su estadía en París, mostrándose frente a la Torre Eiffel con una botella de Anís.

Por lo visto, este tipo de publicaciones le da urticaria a muchos compatriotas, especialmente, los radicados en EE.UU o en países europeos. Según el parecer de estas personas, hay hábitos alimenticios o de ingesta de licor que solo podemos permitirnos a lo interno de nuestros hogares, y sin que se sepa, no sea que se nos caiga la clase. Y por supuesto ni pensar en consumirlos (o exhibirlos) en los altares sagrados del llamado primer mundo. 


Un recuerdo de hace aproximadamente dos años que me vino a la mente mientras escribía estas líneas; fue el de otro venezolano, de talante profesional (cuya identidad omitiré), legalmente radicado en EE UU, muy activo en Twitter. Por aquel entonces este twittero mantenía en dicha red una dinámica retro; en una ocasión en la que posteó un viejo éxito de La Dimensión Latina, otro twittero le reprochó que “se fue para EE.UU pero se llevó el barrio con él”.

Y ese es precisamente el problema con estos venezolanos ardidos por pequeñeces autóctonas cómo las mencionadas, en la medida en que les recuerda la Venezuela de barrio que quieren sentir que dejaron atrás; una Venezuela de la que, probablemente, proceden ellos o sus padres.

Más icónico fue el caso, relativamente reciente, de la migrante venezolana Yoaibimar Daal, autodenominada La Marginal, una de tantos venezolanos de extracción popular que en el segundo semestre de 2022 se convirtieron en noticia internacional, al atravesar las selvas del Darién, con todo lo que esto implicaba, teniendo como destino los EE.UU. Durante su travesía (cargando a su hijo con deficiencias) y, especialmente, a su llegada a Nueva York, Daal, siempre autonombrándose La Marginal, grabó con su celular una serie de videos, algunos francamente provocadores, en los que se mostraba a sí misma bailando salsa baúl en Times Square o en el metro de la Gran Manzana, celebrando, o simplemente hablando. Estos videos se hicieron virales en las RR.SS. seguidos de una virulenta reacción negativa por parte de muchos venezolanos, ya radicados legalmente en EE.UU y con un nivel socio-cultural de clase media a clase alta. Esta controversia no tardó en extenderse hacia toda la comunidad venezolana que hace vida en las RR.SS, incluidos muchos que permanecen en suelo patrio, desatándose, durante los meses de septiembre y octubre del año pasado, una verdadera tempestad de posiciones viscerales y antagónicas, tanto de detractores como de defensores de la controversial migrante. Como si de algo personal se tratase. 

Y es que, aunque no lo admitieran o ni tan siquiera se percataran, para muchos de estos venezolanos enfervorizados, tanto de un lado como del otro, sí se trataba de algo personal; con o sin intención, los videos de La Marginal hicieron resonancia en muchos complejos, prejuicios clasiales, resentimientos, acaso en traumas, que los venezolanos, sin admitirlo, arrastramos como sociedad. 

Además de los ya mencionados prejuicios y complejos, afloraron muchos mitos mentales, popularmente conocidos como Mojones Mentales. Al parecer, para muchos exquisitos “primermundistas”, una botella de anís frente a la Torre Eiffel, un pan con mortadela en un estadio de la ciudad más latina de los EE.UU o bailar salsa en... la cuna de la salsa; son actos que parecen estar al mismo nivel de las Profanaciones (aquí sí, con Mayúscula) que los activistas LGBT+ llevan a cabo contra símbolos religiosos cristianos.

Quienes así piensan, demuestran tener una visión realmente tercermundista acerca de lo que es o debería entenderse como Primer Mundo.

Ciertamente, en gran medida es lógico y hasta deseable, que en muchos venezolanos, especialmente los de las primeras diásporas, haya prevención hacia este nuevo éxodo debido a la actuación, en los países del vecindario sudamericano, de elementos criminales procedentes de nuestro país, como el, tristemente célebre, Tren de Aragua; a esto debemos aunar ciertas actitudes maleducadas, atorrantes y malcriadas, por parte de muchos migrantes venezolanos, lo que ha incidido poderosamente en la estigmatización negativa de nuestro gentilicio, con la consecuente hostilidad venefóbica.

Tampoco se puede perder de vista que la autodenominada Marginal daba de que hablar en momentos en que también se viralizaban videos, verdaderamente ofensivos y amenazantes por parte de otros migrantes venezolanos vía Darién, promoviendo incluso, acciones delictivas, situación reforzada por declaraciones de radicales pro-chavistas en Venezuela (desde su eterno odio anti-yankee) que reforzaron en muchos venezolanos la, nada infundada, certeza de estar ante una infiltración, por parte del narco-régimen, de elementos indeseables y desestabilizadores, lo que incidiría en un mayor enlodamiento del gentilicio venezolano. Adicionalmente, por esos mismos días, grupos de desplazados venezolanos, ya en territorio de los EE.UU, observaban actitudes realmente repudiables que llegaron a traducirse en situaciones conflictivas, incluidos enfrentamientos con las autoridades; reforzando, por supuesto, la animadversión hacia los venezolanos y la sospecha, por parte de muchos de nosotros, de una infiltración desde Miraflores. 


Con este trasfondo y con los antecedentes vividos en tierras sudamericanas, era (y sigue siendo) comprensible la alarma y el repudio en las RR.SS, por parte de muchos venezolanos hacia sus compatriotas que, en condiciones deplorables, huyen en masa hacia el norte. Pero el hecho de que el encono más visceral se concentrara en Yoaibimar Daal, cuya actuación, agradable o desagradable, a simple vista no transgredía ni invitaba a transgredir las leyes estadounidenses; además de mostrar la sempiterna banalidad farandulera de muchos venezolanos, nos muestra a esta migrante, y ahora también a J.R Petare, como personajes espejo de complejos domésticos, allende nuestras fronteras.

Esta idea se ve reforzada aún más, por el hecho de que la polvareda levantada por la reciente actuación de algunos desterrados y visitantes en EE.UU no se haya visto, o se haya visto de manera mucho más atenuada, en relación a la actitud de muchos expatriados venezolanos en el resto de Sudamérica, incluidos los incursos en actividades delictivas. No es que la opinión pública venezolana en las RR.SS fuese absolutamente indiferente ante las barrabasadas cometidas en los países vecinos por muchos venezolanos mala conducta, ni menos aún que entre la opinión pública venezolana no causase repudio e incluso alarma la actuación de grupos como el Tren de Aragua o la participación de infiltrados chavistas venezolanos en los disturbios sociales ocurridos en Colombia, Ecuador y Chile. Pero, en lo personal, nunca me pareció que las reacciones de repudio y lógica vergüenza, llegaran a alcanzar el grado de ensañamiento, y de defensa apasionada al otro extremo, que llegó a registrar un simple baile en Times Square o una botella de anís frente a la Torre Eiffel.

Da la impresión de que la actuación repudiable de muchos venezolanos expatriados en el vecindario, no parece despertar el mismo nivel de escozor que despierta la actitud de algunos venezolanos en los países del llamado Primer Mundo, especialmente en los EE.UU; migrantes o visitantes, chavistas o antichavistas. 

Creo que, consciente o inconscientemente, hacemos una proyección a escala continental, de las zonas, socio-económicamente estratificadas, de nuestras ciudades de origen y de los prejuicios y complejos desarrollados en torno a estas. Así, los países nórdicos del llamado primer mundo, sobre todo los United, pasan a ser vistos como las urbanizaciones de las clases, alta o media alta; por su parte, los países… hermanos, pasan a prefigurarse, junto a la propia Venezuela, como las barriadas populares. En ese sentido, y tomando como referente metafórico a los sectores caraqueños, podríamos decir que, en el fondo, la migración venezolana dentro de Iberoamérica se percibe como si un grupo de habitantes de Los Magallanes, damnificados tras un derrumbe, se trasladaran a Caricuao, Artigas o Lídice. El corto-circuito se produciría si estos damnificados se establecieran en Altamira, Los Naranjos, El Cafetal, etc.; o sea, el equivalente al éxodo masivo (e ilegal) de venezolanos al llamado Primer Mundo.

Aunque esta semblanza pueda parecer banal, realmente no lo es; habla de la manera en que históricamente nos hemos auto-percibido como nación, de la idea que tenemos del resto de las naciones iberoamericanas y especialmente de la forma en que hemos percibido a los países nórdicos, sobre todo a la nación del dólar. Y habla también de cómo reflejamos en la retórica de naciones nuestros complejos socio económicos y socio culturales.

En efecto, bajo una pretendida dialéctica de Estados nacionales; en nosotros hay un trasfondo que se nutre de muchos complejos y prejuicios socio-económicos, y sobre todo, socioculturales, con la consabida lacra de resentimientos, envidias, echonerías nuevo-riquistas, etc. Un hecho al que muchas veces pretendemos darle una lectura, superficial y rimbombante. Así, pretendemos abordar exclusivamente como un problema de nacionalismos exacerbados, xenofobias, endofobias, etc., lo que adicionalmente (acaso en primera instancia) debería abordarse a partir de otras consideraciones, más atinentes a nuestra psique colectiva. 

Un ejemplo de que el factor socio-económico es lo que realmente pesa en temas como el de las migraciones, lo constituye una de las aseveraciones que más recurrentemente se oyen y se leen, especialmente en las RR.SS; según esta, a los naturales de un país, los inmigrantes en sí, no molestan tanto como los inmigrantes de escasos recursos; es decir, que la presunta “xenofobia” (o “endofobia”), en gran medida, oblitera una situación de aporofobia. El caso de la migración venezolana ha sido muy diciente en este sentido, tanto por parte de los naturales de los países receptores cómo, en los EE.UU, por parte de los venezolanos expatriados de la primera hora. 

Sin embargo en el caso de la confrontación entre migrantes venezolanos en EE.UU, esta aporofobia refleja un complejo interno preexistente; rechazar al pobre que se tiene enfrente, en el fondo, implica un mecanismo de defensa contra el pobre que subyace a lo interno, sea en los propios orígenes o en la ascendencia.

Una vez más, se revela, como problema de fondo, el monstruo de closet de nuestro enmarañado e imbricado registro social, el cual implica confrontaciones que, no pocas veces, alcanzan hasta nuestra esfera personal. Desde siempre hemos arrastrado este tema como un tabú, casi que trauma, pretendiendo acallarlo bajo un obsesivo discurso igualitarista que, en el fondo, no nos creemos, pero que consideramos sacrílego contradecir. El problema es que esas taras; institucionalizadas desde 1999, y ante las que pretendemos mirar para el otro lado; una y otra vez se nos manifiestan en muchas formas... hasta proyectarlas en los países a los que emigramos.

De nuevo se pone de manifiesto la necesidad de afrontar nuestras contradicciones internas, nuestros prejuicios, complejos, rencores y traumas. Es cierto que debemos rechazar la exaltación y dogmatización de la llamada lucha de clases, propias del marxismo y neo-marxismo; pero no por eso deja de ser un error peligroso pretender negar, como problema, los complejos, prejuicios y resentimientos de índole clasial o incluso racial presentes en la sociedad venezolana, en mayor o menor grado. Incluso, y a despecho de nuestro buenísimo, deberíamos plantearnos hasta qué punto cierta dosis de clasismo es, no solo inevitable sino hasta pertinente.

En lo tocante a la diáspora venezolana y su comportamiento en los países receptores (incluidos elementos indeseables), así como la consecuente venefobia; independientemente de lo incuestionable o apremiante, que es esta realidad objetiva; conviene, sin embargo, empezar a focalizar esta problemática desde perspectivas alternas; contemplando, como parte de la ecuación, nuestro trasfondo social... y también el de los países vecinos. Al menos debemos reenfocarlo de cara a nosotros y a lo que podemos y debemos esperar en tierras foráneas. Y por supuesto, debemos revisar, desde nuestra venezolanidad, esos complejos que tenemos más de dos siglos auto-proyectándonos, y ahora también proyectando más allá de nuestras fronteras; cómo nos percibimos mutuamente, tanto los venezolanos de la diáspora como los que permanecen en el país, tanto los migrados a través de los aeropuertos como los migrados a través de carreteras, selvas y trochas.

Es un error grave seguir soslayando traumas sociales internos de carácter histórico, pretender que “eso es cosa del pasado” cuando la realidad venezolana en el último cuarto de siglo nos está mostrando lo presentes que siguen en nuestra conciencia. Y otro error, derivado de este último es pretender esconder estos desencuentros internos con un discurso pseudo-nacionalista o en llamados ilusos a unidades nacionales artificiales, valiéndonos de invocar amenazas o enemigos externos, reales o inventados. Hay que asumir (y neutralizar), sin miedos ni tapujos, hasta qué punto nuestro peor enemigo, nuestro nudo gordiano, está en nuestra propia interioridad.

Ya está bueno de consensos artificiales y auto-evasivosel de los años 1958 a 1998, a la postre, solo sirvió para tenderle el tapete a la desgracia chavista.

jueves, 16 de marzo de 2023

¿Importa Su Muerte O Su Vida?

¿IMPORTA SU MUERTE O SU VIDA?(*)

Por Alexander Delgado C.

16 de Marzo de 2023

 

Cuando un personaje público con una trayectoria brillante y altamente meritoria (sea política, artística, científica, deportiva, etc.), muere de forma prematura y trágica, su deceso arroja una aureola sobre el personaje en cuestión; dejando la percepción, acertada o no, de una obra inconclusa, así como la consecuente incertidumbre acerca de lo que hubiera sido de su vida o trayectoria de no haber fallecido, y de cómo esto hubiese incidido en su entorno, local, nacional o incluso global; se nos prefigura una suerte de enigma que el malogrado prohombre se lleva a la tumba. Entonces, el foco de atención sobre su muerte pasa a ocupar un lugar destacado en torno a esta personalidad, igualando, y en algunos casos superando, al de su obra en vida. 

Pero si esto sucede cuando la muerte es por causas naturales o por un incuestionado accidente, el impacto se hace aún mayor cuando se trata, abiértamente, de un asesinato o, en menor grado, de un suicidio. En este caso, al impacto provocado por su muerte se añaden las dudas acerca de los motivos, en caso de suicidio; y en el caso de un homicidio no satisfactoriamente esclarecido, cobran peso las conjeturas acerca de los posibles móviles y autores del crimen, especialmente en lo tocante a autores intelectuales. Inevitablemente, el halo trágico aumenta; la conmoción y la incertidumbre, muchas veces razonables, dan pie a conjeturas extraoficiales que, en muchos casos, rayan en teorías conspirativas.

De manera lamentable pero comprensible, la muerte de esta figura pública pasa a ser el centro de atención por encima de su propia vida, independientemente de lo ejemplar e inspiradora que esta última haya sido.

Sin embargo, y a partir de las dos situaciones arriba señaladas, hay una tercera circunstancia posible, más inquietante aún, que potencia el nimbo que rodea la inesperada muerte de una celebridad. Es cuando, oficialmente, se trata de un fallecimiento por causas naturales, por suicidio o por un infortunado accidente; pero, más allá de versiones oficiales, hay fuertes indicios o sospechas de tratarse de un asesinato disfrazado. De este caso hay, al menos, dos ejemplos relevantes en la historia venezolana de la segunda mitad del siglo XX; uno es el presunto suicidio del dirigente político Alirio Ugarte Pelayo en 1967; el otro caso, quizá el ejemplo por antonomasia, es el, muy cuestionado, accidente aéreo que segó la vida del presentador de medios, político y pre-candidato presidencial Reinaldo José “Renny” Ottolina Pinto; hecho trágico del que hoy se cumplen 45 años.

Junto al Dr. Luis Alberto Machado y el periodista y académico Carlos Rangel, Renny Ottolina fue uno de los últimos prohombres brillantes que ha dado nuestro país, precedido por otros grandes venezolanos, entre ellos; Mario Briceño Iragorri, Augusto Mijares, Arturo Uslar Pietri, Mariano Picón Salas, Alberto Adriani o el ya mencionado Alirio Ugarte Pelayo. Hombres de pensamiento elevado e incuestionables virtudes cívicas (al margen de sus errores) a quienes, en lo personal, yo denomino Próceres de la Venezolanidad; exponentes de aquella noción de excelencia que en la antigua Grecia se conocía como Areté (de donde derivó el, hoy desvirtuado y venido a menos, concepto de aristocracia)

Consecuentes con esta valía, siempre pusieron sus dotes al servicio de su patria, proyectando una Venezuela posible; mil veces más digna y noble que la mediocre e inmediatista visión de país que primó entre 1945 y 1998; y por supuesto, a años luz de la Sodoma y Gomorra a la que ha sido reducida nuestra nación bajo la tiranía Castro-Chavista. Al igual que los Próceres de la Venezolanidad que le antecedieron, Renny destacó por su sólido sentido de la ética pública; su más que probado amor por Venezuela y, al final de su vida, ya de lleno en la actividad política militante, su deseo de hacer por nuestro país, mucho más de lo que ya había hecho desde su condición de hombre de medios.

La grandeza histórica de Renny Ottolina está, o tendría que estar, fuera de toda discusión para quien tenga un mínimo de sentido de patriotismo, ciudadanía, vocación de servicio, ética y profesionalismo. Su ejemplo de vida y su visión de país, mal que bien, han quedado plasmados en una gran cantidad de videos, cortos institucionales, programas televisivos, registros históricos, entrevistas, manifiestos y numerosos testimonios de quienes lo conocieron. Gran parte de su legado, como el de otros grandes de nuestro país, permanece para quien lo quiera conocer, interpretar y tomar como referente inspiracional o de ideas; algo que bastante falta hace en nuestros días, frente a tanta abyección instituida.

Pero lamentablemente, como ya se señaló, en el ánimo colectivo del común de los venezolanos, más que la vida de Renny, su ejemplo y lo que alcanzó a proyectar y plantear, que no es poco; ha terminado pesando en mucho mayor grado su muerte; concretamente la, nada descartable, posibilidad (certeza para muchos) de que el siniestro que le costó la vida hubiera sido planificado. Más patético aún, nos engolosinamos con lo que hubiera sido de no haber muerto, proyectando mentalmente, una realidad paralela que, ahí sí, normalmente peca de demasiado rosa (nada es tan brillante), para luego regresar a la realidad con un suspiro de desaliento y un lamento ante la esperanza asesinada de un mejor país. 

Es decir; al parecer, los venezolanos solo somos capaces de proyectarnos, como una mejor sociedad, en mundos paralelos, en utopías ucrónicas, en el ¿qué hubiera pasado si?; triste manifestación de un eterno auto-reniegue, en el que arrastramos indignamente la memoria de grandes hombres como Renny Ottolina, usándolos como coartada de auto-condenación y como refuerzo de nuestro pesimismo.

Vidas ejemplares como la de Ottolina, antes que inspirarnos a miras más elevadas, nos mueven, en el mejor de los casos, a un rictus fatalista ante lo que se asume como “demasiado bueno para nosotros”.

Y aquí es precisamente donde, acaso sin darnos cuenta, la muy posible pero nunca demostrada hipótesis de un asesinato de Renny cumple a cabalidad su papel desalentador y fatalista, al servir de pretexto al sino victimista que nos caracteriza; a nuestra malsana propensión al pobrecitismo y, no menos perniciosa, fascinación auto-flagelante hacia la figura del mártir; actitud, sin duda alguna, condicionada por la impronta cristiana de nuestra cultura. Esta es, quizá, una de las  razones por la que, per se, y más allá de lo que de certero puedan tener; no soy amigo de teorías conspirativas; por la forma en que riman negativamente con el dogma de la predestinación o, peor, con la idea supersticiosa y mediocrizante de una sentencia condenatoria o una maldición que pesa sobre nosotros y de la que no podemos escapar, hagamos lo que hagamos.

En vez de un ejemplo de vida a tratar de emular (dentro de nuestras posibilidades), nos regodeamos, de manera morbosa y amarillista, en un hipotético atentado como referente auto-disuasorio o de desconsuelo; o sea “no trates de tener aspiraciones elevadas y menos aún intentes luchar por ellas o acabaras estrellándote en una avioneta o en lo que sea que abordes”. En vez del gran hombre cuyos ideales deberían espolearnos a ser mejores, preferimos a una víctima en la que inspirarnos para retozar, como cerdos, en el pantano de nuestra auto-compasión.

Llegado a este punto, probablemente muchos hipotéticos lectores me replicarán justificándose en la actual realidad, tanto venezolana, como global; pero algo de lo que muchos no se han dado cuenta, es que, precisamente, este tipo de actitudes fatalistas son las que llevan agua al molino del resentimiento, contribuyendo enormemente a fenómenos nefastos, socio-políticos o socio-culturales, como el castro-chavismo, la ideología de género o los movimientos wokeistas; o al otro extremo, dándole argumentos a movimientos de impronta xenofóbica, neonazi o supremacista racial.

¡NO! ¡No somos así por cómo estamos. Estamos así por cómo somos!

Al usar indebidamente la memoria de grandes hombres como El Número 1, proyectamos nuestro fatalismo y frustraciones, los cuales, más allá de posibles razones objetivas, generalmente se fundamentan en nuestra baja autoestima, escasa autoconfianza; o si se quiere, son una proyección de lo que pedestre y roñoso hay en nuestro espíritu colectivo. 

Y es a través de ese turbio cristal que acabamos valorando ejemplos de vida y obra como los de Renny Ottolina. En vez de buscar, tanto incentivos de lucha como ideas concretas, por el contrario, solo acabamos hallando argumentos de auto parálisis.

Uno de tantos casos, típicos de la psique nacional, en el que la luz que debía iluminar la caverna termina siendo opacada y hasta oscurecida por la propia caverna.

Creamos una perniciosa mitificación en torno a determinado personaje ilustre, mitificación que, a la larga, termina volviéndose contra el propio personaje endiosado. 

Haciendo un breve paréntesis en relación con Renny, el mejor ejemplo de lo que acabo de afirmar es lo que ha ocurrido con la figura del Libertador; cuya mezcla de romantización ingenua y malsana idolatría tóxica, que ya era un problema antes de 1999; ha dado pie, bajo el chavismo, a una deformación hipertrofiada, asociándose el nombre de Simón Bolívar a despropósitos aberrantes, incluidos burdos remedos de teorías conspirativistas en torno a su muerte, como la expresada en el libro La Carta del finado Jorge Mier Hoffman. Este manoseo ha terminado enlodando su recuerdo en discursos de odio y en vulgares y grotescas manipulaciones como el espectáculo necrofílico de 2010. Esta abyecta manipulación ha contribuido a hacer odiosa o deprimente la figura del General Bolívar, de cara a un público que, en temas histórico-políticos, ha sido sempiternamente condicionado a interpretaciones delia-fiallezcas, panfletarias, vacías, resentidas y pobrecitistas. Como reacción newtoniana, tenemos una, no menos barata, malsana e injusta, furia anti-bolivariana que en los últimos años se ha puesto de manifiesto, sobre todo, en las redes sociales; muy dicientes son los casos de Patricio Lons, Pablo Victoria o el ex chavista, escritor de Aporrea y apóstata scheleriano, Xavier Padilla.

Al final, el problema no es lo buenas o malas que hayan sido determinadas figuras históricas; al final el problema somos nosotros como sociedad, la manera en que revestimos de nuestros complejos a estas grandes figuras (que ciertamente tenían defectos y cometieron errores como humanos que eran). La relación de apología tóxica y consecuente diatriba, en torno a Bolívar también se ve, a escala más atenuada, en otros personajes como el Dr. Arturo Uslar Pietri, al que también se ha tratado de descalificar y denigrar por las redes sociales. En todos estos casos, siempre se han escudado en una pretensión, mal entendida e infantil, de desmitificar a la figura en cuestión. En el caso de Renny Ottolina, también se empieza a ver esta tendencia descalificatoria, no solo a nivel de las RR.SS, sino incluso en algunos intelectuales de inclinación política hacia la izquierda.

Con el trasfondo de la malsana apología victimista y conspirativista en relación a la muerte de Renny, por sobre el ejemplo de su vida; ¿Cuánto tiempo podría pasar antes de que surja en torno a la figura del Número 1, un deformante Jorge Mier Hoffman? Y peor aún ¿Cuánto tiempo más para que, como reacción al manoseo abusivo, a Renny le salgan sus Pablo Victoria y sus Xavier Padilla?

En conclusión, podemos y debemos inspirarnos en la vida y ejemplo de un Renny Ottolina, en sus ideas; incluso podemos pensar (¿Cómo no?) que lo que pudo ser y no fue a fines de los 70 o inicios de los 80, bien podría ser, quizá de otra forma en un mañana no lejano (libres de la plaga chavista). Se puede enaltecer y admirar (o tan siquiera respetar) a un Renny Ottolina, a un Arturo Uslar Pietri, a un Francisco de Miranda o a un Simón Bolívar. Podemos inspirarnos en lo elevado de su visión y en sus proyectos. Pero para esto no son necesarios altares idolátricos, ni toxicidades o auto-flagelaciones a partir de mártires.

Mientras sigamos inspirándonos en la muerte de los grandes hombres, en su agonía, su ostracismo o su frustración ante la incomprensión; eso será lo que proyectaremos sobre Venezuela; frustración, desencuentro, resentimiento, desaliento, victimismo, estupidez. Seguiremos contribuyendo a que el país continúe sumido en la ciénaga purulenta en la que se encuentra y continuaremos haciéndole el peor homenaje posible a la memoria de sus prohombres, Renny Ottolina incluido.

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(*) El Título de este artículo fue inspirado en el Podcast de YouTube # 17, del 28 de diciembre de 2020, en el Canal de La Palabra Compartida, concretamente a partir de lo afirmado en el Segmento 1:16:48)

https://www.youtube.com/watch?v=HqSax9mEUA4

miércoles, 15 de febrero de 2023

Obsesiones Blindadas, Paterrolos Y Resonancias

 OBSESIONES BLINDADAS, PATERROLOS Y RESONANCIAS

Por Alexander Delgado C.

15 de Febrero de 2023


Como muchos, estoy hastiado de esa, ya caricaturesca, retórica de odio resentido, a priori, hacia los EE.UU, obsesiva y anormal, por parte del castro-chavismo (y en general, de la izquierda iberoamericana), así como de esa manía de echarles la culpa a los estadounidenses de todo lo malo que sucede, la tengan o no la tengan. Esta es una de las fobias acomplejadas que dan a la izquierda de nuestros países (y a cierta derecha atávica) una connotación pseudo identitaria de rito idolátrico. Es parte de una liturgia, atenazada en el tiempo, que el militante rojo debe internalizar y cumplir, independientemente de si en su vida cotidiana la contradice.

Pero la señalada manía antinorteamericana es solo una muestra, quizá la más diciente, de cómo parece funcionar la psique de los ultrosos de izquierda. Una fijación delirante y blindada, a prueba de razones y argumentos de peso, inmune hasta al más elemental sentido del ridículo. Una actitud propia de sectas extremistas tipo los WACO o El Templo del Pueblo; postura que, lamentablemente, encuentra terreno muy fértil en estos tiempos de post-verdad. Es cierto que es una manifestación del fenómeno definido como La Estupidez Humana, según la conocida teoría de Carlo Cipolla, pero también hay mucho de insano en esa aparente coraza con la que se blindan cada vez que la realidad les planta cara, y digo que les planta cara y no que les golpea en la cara porque, en su blindaje, no creo que acusen el golpe.

Paradójicamente, esa obsesión blindada que, a simple vista, debería verse como la debilidad, o cobardía del carácter que es, para ellos, y a efectos prácticos, es una fortaleza en lo que tiene de irreductibilidad y de determinación en el logro de sus objetivos. Ciertamente, una fortaleza en medio de lo perverso y de lo irracional, pero fortaleza al fin y al cabo.

La política ultrosa, en sus diversas facetas, siempre ha sido un albergue de psicópatas y sociópatas, enfermos de resentimientos, de nulidades acomplejadas; sectas sociopolíticas y socio-culturales; generalmente articuladas alevosamente entre sí, por seres inescrupulosos y mentes perversas que, en aras de ambiciones personales, aprovechan las miserias de sus seguidores (de las que, muchas veces, también participan más controladamente). En los países del hemisferio occidental (incluidos los de habla hispana) estos aquelarres, a cual más demencial, parecen estar imponiendo su ley al resto de las sociedades de las que forman parte, haciéndolos participar de su juego de manicomio.

Pero, en la mayoría de los casos, la opinión pública que no comulga con estos delirios, no ha sabido dar la debida importancia a este sino demencial que, cada vez más, envuelve a nuestras sociedades. Porque no solo es hastiante la tediosa letanía de los ultrosos (en el caso venezolano, de izquierda); también aburren las reacciones, desenfadadamente tontas, desde la acera de los moderados (y algunos casos, de los extremistas de signo contrario), las cuales terminan cayendo en el juego (psicológico o emocional) de esos ultrosos obsesivos.

En la dinámica politiquera de la Venezuela antichavista esta idiotez se aprecia a todo nivel. Puede verse en declaraciones de “voceros” de opinión ante cualquier absurdo proferido desde la acera castro chavista. Se ve igualmente en la forma en que estos absurdos son viralizados en las Redes Sociales, en la mayoría de los casos por gente que los critica pero igual les da tarima y los convierte en tendencia. También contemplamos estas reacciones bobaliconamente equivocadas por parte de la misma ciudadanía opositora de a pie, bien sea en reuniones de cuerpo presente, entre tragos, o a nivel de grupos particulares en aplicaciones como WhatsApp o Telegram. Aunque se expresan en diversas formas, todas estas reacciones desde el antichavismo coinciden, a partir de una emocionalidad muy conveniente al castro-chavismo, en terminar bailando al son que les toca la psicopatía chavista. También coinciden en el modo, lamentablemente superficial, en que abordan lo enajenado y perverso de la psique ñángara. La retorcida y perversa expresión castro-chavista es tratada por la opinión publica criolla desde su típica negligencia, frívola, materialista, displicente y socarrona; es abordada con la falta de seriedad y de cuidado que en Venezuela conocemos coloquialmente como una actitud de Paterrolo.

Aparte de la ya señalada banalización bolas al hombro; también es común el idiota que intenta refutar los despropósitos ñángaras, a partir de una argumentación lógica, loable en sí misma pero inútil y bien pajuata frente a la irracionalidad blindada del chavismo; en una ridícula pretensión de “debate” o de juego dialéctico cuando lo que se tiene enfrente son locuras. 

También es usual la frivolización de los desvaríos rojos, tomándoselo a chiste, “porque es que no se puede vivir amargado”, negados a entender (menos aún asumir) lo grave de ese trasfondo de anomalía que enfrentamos (insisto, los rojos son inmunes al sentido del ridículo); peor aún, esta caricaturización a veces se extiende contra los pocos que, desde este lado de la acera, intentamos llamar la atención sobre lo grave de eso que quieren trivializar. 

Otra actitud recurrente, esta desde el buenismo, es la que asumen algunos (sobre todo féminas), revestidos de una beatitud, algo cursi y en el fondo hipócrita, afectando, con actitud novelera, una horrorización en la distancia, como quién contempla una especie de criatura extraterrestre nunca antes vista; como si fuera algo totalmente “ajeno” a todos nosotros.

Todas estas reacciones antichavistas contra la obsesión delirante roja son formas evasivas de una, más que peligrosa, problemática de fondo; por ejemplo, en el citado ejemplo de la sempiterna obsesión anti-yankee, casi nadie se plantea lo que tiene de psicópata, ni les importan las motivaciones reales (aparte de los motivos ideológicos; complejos, resentimientos, envidias, mitos mentales), ni el trasfondo de desquiciamiento psico-social, ni mucho menos el simbolismo proto-identitario, de secta, que subyace detrás de esa retórica.  

En la anómica Venezuela de estos últimos 24 años, no hemos tenido dirigencias políticas, intelectuales o comunicacionales, entre las que supuestamente adversan al castro-comunismo, que estén dispuestas; por un lado a hacer un diagnóstico de la problemática país y del adversario a confrontar; diagnóstico que, a su vez, contemple en su justa importancia este elemento desquiciado de la psique castro-chavista; y por otro lado, que estén dispuestas a elaborar un discurso capaz de atacar a la narrativa ñángara por los flancos de su perturbada psique. Menos aún hemos contado con dirigencias o vocerías capaces de proyectar un accionar que tenga en cuenta este elemento demencial como factor clave; accionar (acaso defensivo al principio) que, paradójicamente, quizá implique que también de este lado tengamos (al menos hasta donde se pueda) que blindarnos ante la demencia roja.

Es obvio que es muy duro asumir en serio (más allá de merecidos epítetos infamantes) que, de verdad, estamos en manos de una parranda de enajenados mentales, de psicópatas y sociópatas.

Pero, y de nuevo paradójicamente, esta ligereza paterrolo con la que el sector no chavista se ha tomado la resentida y retorcida psique de los rojos, es una de las debilidades que más ha contribuido a facilitar a los operadores del Foro de Sao Paulo, no solo la labor de permear a la sociedad, hasta hacerse con el poder desde adentro, sino también de mantenerse en dicho poder, sobreponiéndose a todo tipo de adversidades; usando para esto, como ariete, precisamente su demencial determinación.

Desde hace mucho tiempo me he preguntado, hasta qué punto, este paterrolismo de la sociedad venezolana hacia la psico-sociopatía castro-chavista esconde un elemento de ignorancia voluntaria; en el fondo un no querer saber, precisamente en base a lo perturbador que puede resultar asumir que se está bajo una perversa demencia poco menos que institucionalizada. 

También me he llegado a plantear; ¿hasta qué punto esta indiferencia, a ratos cerril, tiene que ver con que, en la mayoría de los casos, en mayor o menor grado, hay entre nosotros, como sociedad, algo o mucho de esos complejos y resentimientos que nutren los delirios izquierdistas?

De hecho, es lógico suponer que, tanto los delirios discursivos, como el accionar del ñangaraje foro-paulista, no son más que un espejo distorsionado de muchos de los mitos, complejos y resentimientos, históricos o actuales (justificados o no), no solo de la sociedad venezolana, sino de todas las sociedades hispanohablantes. En el caso concreto de Venezuela, se trata de una nación con un marcado talante político centro-izquierdista, de tipo social-demócrata; con un bagaje histórico signado por una dinámica política populista y caudillista, por sangrientas rebeliones de masas como las de 1814 y 1859, las cuales se llevaron a cabo agitando, de hecho, discursos de odio social e incluso racial. Con esta carga socio-histórica, la narrativa de los rojos hace fácilmente resonancia en la psique colectiva venezolana; en el caso antichavista, que es el que nos concierne, alborotando el avispero de lo que fuimos alguna vez y no queremos recordar y acaso de lo que, como sociedad, seguimos siendo, aunque de un modo mucho más edulcorado y perfumado.

Estas son verdades íntimas que la Venezuela antichavista se niega a asumir; enfrentar la insanía psico-social zurda como la patología que es, implicaría plantar cara, tanto a graves falencias que tenemos como colectividad, como a demonios internos que no hemos querido afrontar. Nos veríamos obligados a reconocer como endógeno a ese Mr. Hyde instalado en Miraflores, como paso previo para luego recuperar el control sobre él (acaso asumirlo por primera vez). Pero esto, por más odioso que resulte, es necesario si queremos retomar las riendas de la nación (a veces me pregunto si de verdad lo queremos). 

El hecho de que esos demonios se nos hayan salido de control y conquistado el poder en 1999 no parece animar a la Venezuela nice people (es decir, a nuestro Dr. Jekyll) a encararlos; más bien parece que, precisamente, proyectar al chavismo como un demonio externo sirve de excusa a esa sociedad buenista para tratar a los rojos como a algo ajeno, aunque en el fondo, esa sociedad chévere sepa que no es así.

Encarar a ese espejo distorsionante instalado en Miraflores, supone reconciliarnos de verdad con nuestra identidad y nuestra historia (más allá de discursos vacíos; pseudo epopéyicos y patrioteros). Implicaría también hacer las paces con el fracaso de nuestras aspiraciones y quizá cuestionarnos esas mismas aspiraciones en cuanto a su viabilidad; partir de una absoluta honestidad para con nosotros mismos. Significaría, en síntesis, replantear, no solo muchos de nuestros mitos como sociedad, sino de hecho reformular (casi que resetear) nuestra narrativa como nación. Esto, per se, no tiene que significar renegar del todo de nuestra visión anterior, pero sí reajustar paradigmas a dimensiones más adecuadas a nuestra realidad.

Y es precisamente esa redefinición hacia donde debemos apuntar si queremos una verdadera reconstrucción nacional, con un sentido de responsabilidad, de pertenencia y de deber patrio, sólido, sano y bien entendido, blindado a pseudo-sectas delirantes cómo el castro chavismo; donde esta clase de obsesivos carezcan del oxígeno necesario, ya no para dominar, sino para tan siquiera sobrevivir.

lunes, 30 de enero de 2023

Nacionalismo e Individualismo

NACIONALISMO E INDIVIDUALISMO

Por Alexander Delgado C.

30 De Enero de 2023


Pues ya ve Vuestra Merced, que nos toca de obligación el defender nuestra patria o seremos esclavos de todos ellos

Nicolás de León (hijo de Juan Francisco de León)

Venezuela. Año 1751

Es muy recurrente apelar a llamados patriotistas, de unidad nacional, frente a prédicas disgregantes a lo interno como la exaltación de la lucha de clases, propia del marxismo o también, frente al individualismo centrífugo, exaltado por el liberalismo extremo. De hecho, ante el dogma marxista de la lucha de clases, muchos de los que se definen como nacionalistas y anticomunistas, suelen propugnar la cooperación entre clases. Sin embargo, más allá de lo loable que pueda ser esta premisa, hay que tener en cuenta la realidad objetiva a la que se trata de aplicar.

Como concepción, el nacionalismo está en estrecha relación con el patriotismo y este, su vez, con el sentido de pertenencia e identidad, el cual es un ejercicio del individuo respecto a su patria (natal o adoptiva). Pero este sentimiento patriótico, no tiene necesariamente que manifestarse de igual forma en cada individuo. Para mejor comprensión, permitámonos una pequeña disertación conceptual sobre patriotismo y nacionalismo.

A grosso modo el patriotismo, como vínculo afectivo al territorio del que se es, implica el cumplimiento de deberes ciudadanos, comportamiento ético, sana convivencia, laboriosidad, solidaridad y colaboración para con sus compatriotas, etc. Así mismo, debe enaltecer, o tan siquiera respetar, los principales símbolos patrios, así como la historia, prohombres y principales rasgos idiosincráticos y culturales que distinguen a la patria en cuestión (música, artes, deportes, gastronomía, etc.). Por su parte el nacionalismo toma como base al patriotismo, llevándolo a un nivel más político; se estructura en un principio, ideología o movimiento, tendiente (según el caso) a defender, preservar, reafirmar o rescatar; ya sea la soberanía, unidad, integridad, identidad, cultura o tan siquiera la dignidad de una nación; en algunos casos esto puede llegar a hacerse por encima de intereses o sentimientos, individuales, grupales o regionales. 

No viene a cuento en este escrito, abordar deformaciones a partir del ideal nacionalista; como chovinismo, xenofobia, racismo, etc.

En la anómica, fracturada y humillada Venezuela de hoy ¿es adecuado o tan siquiera viable un discurso de unidad a partir de formas nacionalistas? Eso depende de cómo enfoquemos ese nacionalismo. De cara a la actual realidad venezolana, considero que un discurso, o accionar, de inspiración nacionalista habría de configurarse con una gran dosis de pragmatismo (bemol en la sinfonía patriótico-nacionalista que, per se, es idealista y romántica).

Hay mucha tela que cortar en relación a este tema, pero el meollo en este escrito es relacionar el planteamiento de un discurso o accionar nacional-patriotista, con la valoración del individuo, en sí mismo y de su entorno inmediato; a su vez, de confrontar esta relación con el individualismo anarquizante, propio de la psique venezolana.

Al tener el nacionalismo como motivador inicial, el sentido de pertenencia o procedencia; si queremos que este sea consistente y sólido, más allá de símbolos nacionales que bien pueden prostituirse o vaciarse de significado ante la población; se debe partir desde las bases, o más claramente, desde lo más inmediato. El sentido de pertenencia aplica de abajo hacia arriba o, si se quiere, de adentro hacia afuera, especie de muñeca matrioshka al revés

Más exactamente, no es muy lógico hablar de un vínculo afectivo con nuestra nación (en este caso Venezuela) si no se empieza por desarrollar este vínculo con aquella región del país a la que estamos ligados, por nacimiento, adopción o algún otro modo de arraigo. A su vez, este vínculo afectivo regional, pasa por un sentido de procedencia hacia nuestra ciudad o población e, incluso, aquel barrio, urbanización o localidad a la que estamos vinculados por nacimiento o crianza. Incluso esta matrioshka al revés puede expandirse externamente más allá de la nación, pudiendo darle consistencia sólida a un hipotético sentido de pertenencia a nivel continental e, incluso, llegar a un universalismo; quizá desde ópticas muy locales, pero mucho más honesto que ciertos pseudo cosmopolitismos proto-hippies.

Igual pasa desde un ámbito socio-cultural; un sentido de identidad, regional o nacional sería más sólido si está complementado a lo interno por un vínculo de pertenencia a aquel grupo; familiar, vivencial, religioso, profesional, académico, corporativo, etc. del que se procede o al que se está ligado por razones idiosincráticas, teologales, de convivencia, de estudios, ejercicio laboral-profesional, etc. Esto, por supuesto, siempre y cuando estas dinámicas sean cónsonas con el sentido de deber patrio, o al menos no lo contradigan en esencia. 

Un verdadero espíritu nacional se define en la medida en que las diversas regiones y sectores de la sociedad, sin anularse, se amalgamen, o más bien se armonicen, siendo capaces de aportar lo mejor de sí en aras del todo nacional (especie de mínimo común denominador).

Pero aquí nos tropezamos con una paradoja; muy pertinente al caso venezolano, teniendo en cuenta nuestra heterogeneidad. Muchas veces, para que se dé una verdadera integración intersectorial en contextos nacionales muy híbridos y llenos de contrasentidos, debe pasarse por un periodo de confrontación en que los sectores dispares a lo interno, se plantan cara a cara en sus diferencias, afrontando las pintas de bichos raros que inicialmente se van a ver los unos respecto a los otros. Es a partir de la asimilación, y luego superación, de esa primera tensión, sin violencia ni odio; que sigue una etapa en que aprenden a tolerarse, a reconocerse sinceramente como “la otra cara del país” (en un sentido netamente socio-cultural), como ese connacional que no se parece a lo que yo soy y sin embargo pertenece a mi misma nación. Este reconocimiento mutuo da base a un proceso de ósmosis en el que, poco a poco, elementos culturales e idiosincráticos de cada sector van permeando en el otro, sin que por esto desaparezcan las diferencias internas, solo se atenúan, armonizan y articulan. Aquí estaríamos en presencia de una verdadera alma nacional, además de una sólida cohesión, un carácter y personalidad fuertes, magnéticas, altamente respetables.

Mientras esto no se logre, el sentido de patria o nación solo será un conjunto de símbolos gráficos, iconos musicales, gastronómicos, geográficos o históricos que, en el fondo, no tendrán más conexión de pertenencia que la que nos dice el deber ser de un discurso institucional o el sermón de un manual escolar de Formación Ciudadana y cuyo respeto siempre será circunstancial y endeble, independientemente del tiempo que dure y el relativo fervor ritual de la mayoría.

Valga decir que en Venezuela, desde 1958 el reseñado proceso de confrontación, tensión, aceptación y finalmente integración nacional, se había evadido de manera sistemática y deliberada. Las clases dirigentes de entonces, en un afan de olvidar, que no superar, la violencia sociopolítica que nos había caracterizado, y valiéndose de los, cada vez mayores, ingresos petroleros, promovieron un consenso artificial que evitara, a toda costa, conflictos de gran intensidad por pertinentes que fueran. Esta política, no solo favorecería el acceso del castro-chavismo al poder, sino que determinaría, frente a la plaga roja, a una sociedad venezolana, en el fondo, desencontrada consigo misma y en pugna latente; atenida, en cuanto a sentir patrio, a símbolos e iconos, progresivamente fosilizados en su comprensión y conexión cotidiana con una población que, hasta entonces, solo por mera inercia, los reverenciaba (o peor aún, los idolatraba); símbolos que acabaron siendo cooptados y prostituidos por el régimen chavista, en medio de la negligencia indiferente de la vocería “opositora”; hasta quedar reducidos, de cara a la devastada realidad actual, a un sarcasmo o, peor aún, en gran medida, ser revestidos de una connotación odiosa a los ojos de muchos venezolanos de a pie, quienes en su frívola ignorancia, con o sin razón, los asocian al narco-régimen.

Como consecuencia, somos presas de un accionar deliberadamente disgregante por parte del régimen castro-chavista, pasto de una prédica de odio social y antivalores, promovidos desde el poder que, a su vez (y junto a la crisis económica), han reforzado el individualismo disolvente que de por sí ya caracterizaba al venezolano. Y lo que es peor, han repotenciado, no solo nuestra baja autoestima, sino la actitud auto denigratoria que ya desde los años 30 Augusto Mijares denunciaba, calificándola como de sembradores de cenizas; hasta el punto de llevar a muchos venezolanos (especialmente los más jóvenes) a un nivel de sincero, insensato e irracional odio hacia su patria, incluida su historia y prohombres; una actitud, en el fondo comprensible, aunque no por esto, menos repudiable.

Frente este proceso de desarticulación del país, sí se podría considerar pertinente promover, un discurso y accionar de tipo patriotista o inspirado en un ideal nacionalista. Pero, y con el plomo en el ala de la mencionada siembra chavista de desarraigo y aversión, esta mística patriotista-nacionalista debe estar, reitero, muy honestamente atenida a nuestra realidad, tanto actual como histórica; así mismo, debe evitar calcos de discursos nacionalistas foráneos. Frente a formas usualmente asociadas al nacionalismo, el nuestro tendría que ser muy sui géneris; en muchos aspectos más cercano a un patriotismo simple (sobre todo en cuanto a sus exigencias) pero no por esto menos estructurado y severo, teniendo en cuenta el caos enconado vive Venezuela. Irónicamente considero que; antes de enfilar contra enemigos externos o más bien, internacionales que ciertamente los tenemos; o al menos de manera simultánea; un discurso nacionalista tendría que apuntar a lo interno, en procura de la integridad y solidez del tejido nacional, así como del fortalecimiento y la depuración ética y actitudinal; pasando por la supresión, o al menos neutralización, de elementos delincuenciales y factores de corrosión interna, entre ellos; actitudes resentidas, acomplejadas, derrotistas, auto-denigratorias, y auto-destructivas, escudadas en un supuesto libre disenso. Darle prioridad a estos aspectos respondería al hecho de que no se puede enfrentar un hipotético enemigo externo si la propia casa está plagada de factores debilitantes o postrantes que, con o sin intención, juegan a favor de ese enemigo.

En nuestro caso, debemos añadir que entre nuestros principales enemigos, tanto o más que comunidades nacionales definidas, se encuentran entes trasnacionales y antinacionales (Dixit Foro de Sao Paulo, Progresía Internacional, Narcotráfico), con fuertes adhesiones a lo interno de nuestro gentilicio, lo que les da un carácter dual de interno y externo a la vez; de ahí que, el clásico discurso nosotros vs ellos deba igualmente tener esta dualidad y contemplar nuestras contradictorias circunstancias. De hecho, una de las tentaciones que deben evitarse, es la de xenofobias prefabricadas, así como el recurso, evasivamente chovinista, de buscar confrontaciones con nacionalidades extranjeras en aras de una unidad placeba, especialmente en la medida en que sirven de paraguas a los, ya señalados, elementos de corrosión interna.

El concepto de Patria deberá asociarse rigurosamente al sentido del deber y noción de la obligación, por encima incluso de la noción de derechos o más bien, sirviendo de base a estos; un patriotismo íntimamente asociado al sentido de la Areté, gallardía y honorabilidad para con la nación y para con sus pares, en procura de un bienestar general que, a su vez sirva de basamento a libertades individuales. 

Un patriotismo y nacionalismo muy revisados y replanteados en su narrativa y autocontemplación, presente e histórica. Una sintaxis e iconografía nacional, quizá mucho más estricta, más jerarquizada y, como señalé, depurada de elementos antisociales y antinacionales; pero a la vez, y paradójicamente, más versátil, buscando prohijar, armonizar y, si fuera el caso, conciliar, narrativas más locales y cotidianas, relacionadas a nuestro presente y pasado inmediato (siempre que no perturben la integridad física, moral y espiritual de la nación), por ende más cercanas al venezolano común en cuanto a individuo. Ya no bastan, únicamente, evocaciones heroicistas (desprestigiadas por el uso y abuso del chavismo), es necesaria una mayor contemporaneidad, un mayor enaltecimiento del esfuerzo diario. 

Para esto, considero imperativo aprovechar el poco respeto que aún inspiran nuestros prostituídos símbolos patrios y usarlos como elementos aglutinadores en un discurso que proyecte la necesidad de unidad, autoridad, orden, sentido del deber y restablecimiento moral y luego aprovechar esta tregua para promover y tutelar una confrontación sana y articulatoria de lo que comúnmente se conoce como las fuerzas vivas de la nación; la cual dé pie a una unidad nacional verdaderamente sólida, y un sentido de identidad bien entendido, seguro de sí mismo, sin complejos, que refleje e integre al venezolano de a pie, al venezolano de buena fe y que, a la vez, lo comprometa desde su día a día; acogiendo al individuo pero neutralizando al individualismo disgregante.

viernes, 23 de diciembre de 2022

Dominación A Través De La Desmoralización

DOMINACIÓN A TRAVÉS DE LA DESMORALIZACIÓN

Por Alexander Delgado C.

23 de Diciembre de 2022

Se ha vuelto insoportablemente habitual la perenne actitud auto acusatoria que arrastra el venezolano. Si bien, es una reacción, desde la frustración; perfectamente lógica en sociedades como la venezolana en estos tiempos, no por eso deja de ser altamente perniciosa. Es, parafraseando al profesor Augusto Mijares, un auto sembrarnos cenizas, siempre desde la más absoluta, atorrante y superficial necedad. 

Leo una reciente publicación en Twitter del escritor Dante Fontana (@DanteFontana3) en la que, por enésima vez, se le restriega por la cara al venezolano su supuesta “pasividad” ante las humillaciones que, a diario, le inflige el régimen. En el tweet en cuestión, dice Fontana:

Mi respuesta sería que lo que hace falta es más gente que entienda y haga entender lo que, al parecer, Fontana y muchos como él se niegan a entender; a saber, que esas humillaciones están hechas, precisamente, para dominar reforzando el elemento de frustración e impotencia.

Así como el hambre no libera sino que esclaviza, del mismo modo, esas afrentas desde el chavismo, y lo que es peor, la respuesta-desahogo de muchos IMBÉCILES, insultando a la población por no “reaccionar”; no solo no espolean esa pretendida reacción, sino que, por el contrario, desmoralizan e inmovilizan aún más. Tanto más si la colectividad humillada se sabe desarmada, desorganizada y sin un liderazgo aglutinador e inspirador.

Eso lo sabe de sobra el régimen; de hecho, lo más probable, es que desde unas, más que probables, salas situacionales ubicadas en la Habana (si no en el propio Miraflores), ya hayan estudiado y previsto de antemano, este tipo de efecto.

Uno de los aspectos más subestimados del accionar (e incluso del ethos) castro chavista, es que su dominio no se basa exclusivamente en la coerción  mecánica. No es solo con armas o instrumentos de tortura que nos dominan. No es solo a través del hambre o con pan y circo. No es solo a partir del miedo. Los rojos también se imponen a partir del desconcierto que generan, de la ira ciega, de la frustración y la impotencia. No solo amedrentan con violencia física y verbal, también desmoralizan desde la violencia simbólica; y las humillaciones a que hace referencia Dante Fontana son su manifestación más visible.

A través de esta estrategia de dominio refuerzan nuestra baja autoestima; una baja autoestima, no lo olvidemos, ya preexistente desde antes de 1999, que no sembrada por el chavismo sino, por el contrario, el chavismo originalmente se nutrió de ella y, por supuesto, ha hecho todo lo posible (y hasta lo imposible), entre arengas patrioteras que solo son antifaces, por alimentarla y acrecentarla aún más. Estamos ante una forma de control social, casi tan efectiva como el hambre. Esta “táctica” apunta a que la motivación y el entusiasmo colectivos, naufraguen en medio de un mar de desesperanza e ira impotente; o bien, que naveguen sin rumbo fijo, como veleta espasmódica, en un mar picado de ansiedad ante rumores (muchos no confirmados), de chismes baratos, de controversias indignantes o de escándalo en escándalo, para, al final, no ocuparnos de nada en específico.

Es una forma de agresión invisible que conlleva a debilitar, aún más, la capacidad de cohesión y resistencia frente al régimen; todo esto mientras se destruye el sentido y propósito de vida como nación o al menos se le distorsiona de un modo favorable a los designios del narco-régimen.

Sobran ejemplos de este accionar chavista en contra de la psique colectiva; prácticamente han sido una constante desde 1999, aunque con énfasis especial desde 2014. Los esporádicos videos de Maduro bailando, especialmente a raíz de alguna situación desgraciada para los venezolanos; o bien, las imágenes de personeros del régimen y de enchufados, disfrutando y exhibiendo obscenamente su vida de lujo y desenfreno, en medio de la miseria y dificultades de la mayoría de los venezolanos (incluidos muchos emigrados), son la muestra más palpable de violencia simbólica, con la que se le restriega al ciudadano su situación humillante, buscando generar desesperanza. Uno de los casos más dicientes fue, hace cuatro años, el nunca olvidado video del propio Maduro y su mujer en un restaurante de Turquía.

Los desahogos en las RRSS, los que como Viejas Histéricas, gritan “¡REACCIONEN!”; o peor aún, los que, desde un supuesto antichavismo”, humillan al venezolano tildándolo de “cobarde”, solo contribuyen a consolidar ese desasosiego inmovilizante. Al final, afrentas, injurias, iniquidades, injusticias, asco, ira, desprecio (tanto el propio como el que nos rodea), terminan sintiéndose como pedradas en carne muerta.

Y eso también, sin duda alguna, lo sabe el régimen que, por supuesto, hace cuanto esté en sus manos por exacerbar ese sentimiento derrotista.

La pasionalidad y ligereza del venezolano promedio, su INFANTILISMO PETER-PÁNICO EN POLÍTICA, han sido, desde 1998, un instrumento funcional al castrismo. Sirvieron de motor para llevar a Chávez al poder, vía votos. Y sirven aún para controlar a partir de la manipulación.

Quienes, desde la “oposición”, así reaccionan, son tontos útiles de Miraflores y La Habana (si es que no son, premeditadamente, cómplices). Lo más tiste es que muchos responden de esta forma, a sabiendas que no lograrán la tan cacareada reacción; solo por un mezquino deseo de desahogarse o, más despreciable aún, de proyectar en el ánimo colectivo su cobardía subyacente.


¿Queremos reaccionar de verdad?

Empecemos por reaccionar contra nosotros mismos, y no precisamente contra nuestra supuesta pasividad, sino contra nuestra vehemencia irreflexiva y verborreica. Aprendamos a revisar y controlar nuestra pasionalidad en temas políticos. Permitámonos enfoques alternativos (antichavistas, se entiende o, en todo caso objetivos) del mismo problema. Seamos más disciplinados con nuestra actitud. No nos perdamos en nuestros desahogos infantiles.

Dejemos el egoísmo en nuestro uso expresivo de las RRSS. No se trata de “yo soy libre de escribir lo que me da la gana”, en lo referente a la situación-país ya es tiempo de pensar en el efecto de nuestras palabras.

Bajémosle dos al mito aspiracional del cuatriboleado. Entendamos que contra el castro-chavismo no es solo ser “comecandelas”, es sobre todo, ser ASTUTOS, aprender a imponernos de cómo piensan ellos e irles veinte pasos adelante. “Gloria al bravo pueblo” es solo una frase de himno, aunque sea el nuestro. Es solo retórica ornamental. No entender esto es propio de malcriados oligofrénicos

No hagamos chistes de nuestra tragedia, ni se los aceptemos a nadie. Para reírse y relajarse de tanta amargura, hay temas de sobra que no involucran nuestra situación política y social.

Dejemos de seguirle el juego a los que nos han controlado, porque conocen de antemano nuestras reacciones y se han adelantado. Son una lepra psicosocial que se alimenta de nuestras miserias, no les demos cuerda.

Sí, tenemos que tener coraje, pero también tenemos que aprender a ser más reflexivos y críticos.

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ILUSTRACIÓN; caricatura de Eduardo “EDU” Sanabria. Maduro bailando sobra la sangre de los venezolanos

¿Balaguerazo Contra Chamorrazo?

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