jueves, 4 de mayo de 2023

Las Retículas Y La Cadena De Montaje

 LAS RETÍCULAS Y LA CADENA DE MONTAJE

Por Alexander Delgado C.

4 de Mayo de 2023


El hecho político no se puede separar del hecho social y este, a su vez, es la manifestación visible de un telón de fondo de la cultura y psique colectivas. Este trasfondo, por otra parte, está en relación simbiótica con el elemento psico-individual. Al mismo tiempo, del hecho sociopolítico depende el administrativo; esto a despecho de los tecnócratas y su clásico desdén por la política, a la que, con o sin razón, equiparan con la politiquería circense e idiocrática, cada vez más en boga en nuestros días. Todo está en interdependencia, contrario a lo que suele mostrársenos desde la clásica visión de retículas, según la cual; esto es cosa de políticos, aquello de tecnócratas, lo otro de sociólogos, sacerdotes, intelectuales, etc.; o sea, cada uno en su carril.

Aparte de ser inadecuada para tiempos anormales como los que se viven en Venezuela y para tiempos turbulentos, de cambios, como los que parecen abatirse sobre el mundo; la mentalidad de retículas favorece la mediocridad burocrática, típica de instituciones, tanto públicas como privadas. Ejemplo clásico es cuando un ciudadano de a pie acude a dichas instancias (sobre todo las públicas), buscando la solución a un determinado problema inusual o cuyos pormenores se salen de los parámetros cotidianos; en muchos casos este pobre parroquiano es remitido de oficina en oficina como una bola de pinball, sin que, en muchos casos, se le dé solución a su problema. Esto es así porque los funcionarios que lo atienden son incapaces de ver más allá de su accionar rutinario, encasillándose, muchas veces por inexperiencia, pero las más de las veces, por pereza, mediocridad o tozudez. Ante un inconveniente que se sale de su cartilla preestablecida, así sea en el más mínimo detalle, se escudan en que esa no es su atribución, remitiendo al usuario a otro funcionario que, probablemente, le va a dar la misma inútil respuesta.

Este apegarse cómodamente a retículas responde a la lógica de división del trabajo propia de la cadena de montaje, una lógica que, ciertamente, ha constituido el eje organizacional y operativo de las sociedades occidentales en los últimos tres siglos. Aunque sus orígenes se remontan a la Revolución Industrial (y aún antes), la cadena de montaje fue perfeccionada y popularizada a principios del siglo XX por Henry Ford, creador del primer automóvil producido a gran escala. La producción en serie, surgida de la cadena de montaje, abarató costos y precios de productos, haciéndolos mucho más accesibles al público, pero, al mismo tiempo, confinó al trabajador de estas fábricas (y, lo que es peor, acondicionó su mente) a tareas repetitivas, anquilosantes y embrutecedoras. El esquema de cadena de montaje, incluida su visión rutinaria y reticulada, trascendería el ámbito fabril, sirviendo de molde, como ya se dijo, a los principales aspectos organizativos y de interrelación humana de la llamada Era Industrial, o lo que el futurólogo Alvin Toffler (1918-2016) definió, y dio a conocer, como La Segunda Ola. Lograría imponerse en la mayor parte del planeta, incluyendo a aquellas sociedades de talante agrícola (de Primera Ola según Toffler) en el llamado Tercer Mundo pero que acogieron al modelo industrialista en modo aspiracional.

Esta forma de organización en sí misma, ha demostrado ser eficaz en el terreno de la producción y, hasta cierto punto, en los modos organizacionales de las sociedades contemporáneas. El inconveniente surge cuando hablamos de comunidades con un flojo sentido de cohesión como la de muchos países iberoamericanos (entre ellos Venezuela), con un individualismo tendiente a mirarse al ombligo, cerrados feudalmente en atribuciones preestablecidas, sin ser capaces de ir más allá de sus límites, al menos eventualmente y en detalles pequeños.

Para ejemplificar mejor, y aunque no se trate de una sociedad latinoamericana, usemos la propia estampa de una cadena de montaje de la Ford en la Norteamérica de comienzos del siglo XX; imaginemos que, de cada chasís automotriz, el empleado Peter era el encargado de apretar las tuercas C y el empleado Jack debía apretar todos los tornillos D. Aunque cada empleado, en principio, tenía que atenerse a su función estipulada, la lógica dice que todos debían haber tenido una visión de conjunto, de manera que si Peter olvidaba apretar la tuerca C de uno de los vehículos, o la apretaba mal, Jack, aunque no le correspondía, hubiese estado en capacidad, no solo de percatarse de esta falla sino también de hacérselo ver a Peter, apretarla él mismo (por esa vez) o simplemente informar al supervisor. La típica actitud del que se cierra cómodamente en su retícula, incapaz de ofrecer soluciones más allá de sus narices, sea en una oficina ministerial, sea en su atalaya académica o entre las gríngolas de su dogma o ideología, equivale a que, en el citado ejemplo, Jack, consciente de que la tuerca C estaba floja, hubiera dejado pasar ese chasis porque “esa no es mi función aquí”, aunque ese carro saliera con un chasis endeble, creándole problemas al cliente o incluso a riesgo de generar un grave accidente automovilístico...total, eso no era asunto de Jack, él hizo bien el pedacito que le encargaron, allá los demás si no hicieron bien lo suyo.

La dificultad que ofrece este enfoque también se agrava en la medida en que nos hemos adentrado en una época en la que los diversos aspectos de la vida están cada vez más entrelazados. Incluso en el ámbito de los productos fabriles, el desarrollo de la tecnología ha derivado en, cada vez más artículos cuyas partes están tan interconectadas que ya no son reemplazables individualmente. Ej.: Si determinado chip, de la Tarjeta Madre de un equipo se daña, muchas veces ya no es una opción sustituirlo por otro chip del mismo tipo, irremediablemente hay que cambiar toda la Tarjeta Madre o adquirir un equipo nuevo… solo por un chip. Como ya se señaló, esta característica de los nuevos productos fabricados, propia de un, cada vez mayor, desarrollo tecnológico, poco a poco ha ido trascendiendo el ámbito industrial, influyendo en los diversos aspectos de las relaciones humanas; algo contemplado por el mencionado Toffler como parte de su prefigurada Tercera Ola, en su libro homónimo de 1980.

Así las cosas, en la Venezuela de los años 1958 a 1998, consecuente con la visión industrialista imperante; el asunto, desde la sintaxis política, se suponía que era luchar por la “democracia”, aunque, de hecho, esto se redujera a dimes y diretes de casas de partido, discusiones sobre tal o cual politiquero, al escándalo de corrupción en boga y, por supuesto, a las próximas elecciones. Por su parte, para el “luchador social” el norte era el bienestar de los sectores más vulnerables (aunque, en la práctica, muchas veces no pasara de pura sindicalería cervecera). El deterioro de la seguridad pública, era cosa de policías, el Ministerio Público y por supuesto el Ministerio de Justicia (por entonces un ministerio propio). La moral pública ¿era cosa de quién?... tal vez de la Iglesia, Asociaciones de Padres y Representantes o alguno que otro solitario intelectual conservador dándose golpes de pecho. Lo mismo ocurría con temas como la educación, la formación cívica, la visión histórico-social y cultural del país, solo eran “cosas de maestros” como lo criticaba sarcásticamente Augusto Mijares. ¿Y lo que podríamos denominar el espíritu colectivo o espíritu público?... vainas de filósofos o, dicho coloquialmente, de pensadores de gamelote.

Esa visión reticulada, a partir de un materialismo mal entendido, contribuyó en gran parte, a que, desde 1998, no supiéramos formarnos una abstracción más generalista que nos permitiera comprender, más acertadamente, tanto al fenómeno chavista en sí y sus intenciones, así como como a las dimensiones reales del abismo en el que, cada vez más, se sumía a Venezuela. 

En nuestros días, entre las taras heredadas por la, bien pensante, Venezuela opositora, se encuentra, lamentablemente, esa perspectiva de tienda por departamentos en las relaciones sociales. Esto se refleja en la forma de abordar la crisis cataclísmica que atraviesa la nación. El mejor ejemplo está en la forma en la que la tiranía chavista es presentada por las dirigencias “opositoras” prestablecidas (muchas veces de forma aviesa), la cual ha acondicionado, a su vez, el modo en que, esencialmente, la ciudadanía de a pie cree comprender (equivocadamente) a la narco-tiranía roja.

Siempre se ha partido de un pragmatismo de quincalla. Desde la nomenclatura politiquera y democratera se ha mostrado esencialmente a una “dictadura” corrupta, violadora de los más elementales Derechos Humanos (en lo que no se equivocan, por supuesto) que hostiga a los partidos políticos opositores, oprimiendo, persiguiendo, encarcelando, torturando y asesinando a sus militantes y a todo aquel que represente un peligro para la claque dominante. Desde los intereses de periodistas y dueños de medios de comunicación, se ha denunciado ante la SIP a un régimen opresor de la libertad de expresión (tampoco se equivocan en esto). Desde la perspectiva del empresario no enchufado (donde los haya) se ha presentado a un régimen que asfixia la iniciativa privada; y desde los balbuceos cimarrones de un sindicalerismo respondón, otrora aliado del narco-régimen, tenemos patéticos llamados a la OIT, ante los atropellos laborales desde el poder. 

Cada “sector” desde su retícula (aún teniendo la razón en sus denuncias), atendiendo solo a su tuerca o su tornillo, sin la capacidad (o la intención) de una perspectiva multifocal que complemente cada enfoque y lo englobe en un todo.

Lo realmente lamentable, como ya se comentó, es la ductilidad del opositor de a pie respecto a estos parámetros. A la narrativa, simplista, retorcida y trillada pero generalista, del foropaulismo chavista; se “opone” una narrativa, certera pero desvaída por repetitiva, estrictamente cuantitativa, entre gríngolas; en medio de relatos del que la opinión pública se hace eco como quien se cambia de chaqueta según la perspectiva desde la que se aborda. Consecuente con el materialismo heredado de la era industrial, la perspectiva bobositora pondera el accionar chavista como motivado, únicamente, por intereses económicos corruptos (cuya existencia, en sí, no se niega). Al mismo tiempo se suelen desdeñar, como motivadores del chavismo, consideraciones morales o éticas (abyección, exaltación de lo vulgar, propias de la narco-tiranía); consideraciones ideológicas (bolchevismo, sus innegables fuentes marxistas-leninistas) y actitudinales (odio y resentimiento de impronta bovesciana)… 

Y, por supuesto, la nomenclatura antichavista (o sea, chavista al revés) desestima displicentemente el factor simbólico-identitario, como definitorio del ser castro-chavista.

En aras de un proselitismo electorero (irrisorio y suicida en tiranía) tampoco se quieren tener en cuenta elementos malsanos de la psique colectiva de los que se nutre el espíritu chavista, muy en consonancia con su perspectiva izquierdista (rebeldía por la rebeldía, disrupción, etc.), elementos que apuntan siempre a la degradación de la sociedad; exaltación de antivalores tales como el pobrecitismo o el victimismo y, de la mano de este, anti-místicas como el feísmo (especialmente en el paisaje urbano), la idiotización de la sociedad, la exaltación de la depravación y el lumpenato. 

En este sentido, y como consecuencia de esa visión de retículas, la condición malévola del castro-chavismo, únicamente es considerada desde una óptica pseudo esotérica o rezandera, como un asunto de Dios Vs. El Diablo, incluidas admoniciones beatas, golpes de pecho y poses de gurús new age; es decir, como algo escindido de la cara terrenal de estos antivalores (resentimiento social, envilecimiento progresivo, bajas pasiones).

Normalmente, y a la hora de apreciar la situación nacional, la perspectiva “opositora”, de hecho, suele mirar de soslayo estas consideraciones atinentes a la miseria humana como ajenas a la sintaxis política, y no es solo el activista o dirigente medio, sino también la propia ciudadanía de a pie.

Nunca se ha sabido, se ha podido o se ha querido, comprender a la plaga chavista como a una totalidad, como tampoco se han sabido comprender, desde una abstracción generalista, los tiempos, cada vez más anómicos, que vivimos.

Seguimos escrutando la realidad post industrial y, en el caso venezolano, la realidad post-democrática, bajo una lupa sigloveintera.

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La Ilustración, una típica retícula usada en el campo del Diseño Gráfico, fue tomada del siguiente enlace:

https://ilkaperea.com/2019/05/04/importancia-de-la-reticula-en-diseno-grafico/

jueves, 30 de marzo de 2023

El Eterno Chantaje "El Enemigo es Maduro"

El Eterno Chantaje

EL ENEMIGO ES MADURO

Por Alexander Delgado C.

30 de Marzo de 2023


Uno de los argumentos-chantaje que más usan los seguidores de la Oposición oficial para tildar de agentes solapados del chavismo a quienes, desde la misma acera antichavista, criticamos su actuación frente al narco-régimen; desacertada y corrupta, cuando no francamente colaboracionista; ha sido basarse, de manera frívolamente cuantitativa, en que, según ellos, “criticamos más” a la falsa oposición que al régimen. Algunos hasta parecen llevar, ociosamente, la cuenta de las publicaciones que emitimos contra la actuación de la dirigencia “opositora” Vs. los que emitimos contra los jerarcas del chavismo rojo.

Este simplismo por parte de las beatas opoficticias, se ha manifestado recurrentemente a nivel de post en las RRSS, especialmente en Twitter. Hace poco tuve la oportunidad de toparme con una de tantas manifestaciones; a propósito de la solicitud de Leopoldo López de más sanciones para los jerarcas del régimen, luego del escándalo de PDVSA-CRIPTO. Aunque, desde una perspectiva antichavista, la postura de López puede considerarse, objetivamente sensata, ha llovido, desde la propia acera contraria al narco-régimen, una avalancha de críticas ácidas contra López, quien, ciertamente, arrastra, merecidamente, un alto índice de descrédito entre la opinión pública opositora, debido a su, más que discutible, actuación como líder opositor (especialmente durante el recién fenecido interinato); críticas capitalizadas por voceros e influencers de la oposición más radical, disidente de la línea oficial.

En ese contexto, en una publicación con fecha de ayer, en su cuenta de Twitter, la activista Estefanía Meléndez (@EstefaniaVenBg), designada embajadora por el, recién extinguido, interinato ante Bulgaria, donde aún reside, reza lo siguiente:

“Me sorprende ver a tantos venezolanos criticando más a @leopoldolopez por pedir sanciones a responsables de la catástrofe en 🇻🇪 qué al régimen por admitir corrupción y el robo de al menos 21mil millones de dólares.

¿Qué es esto? ¿Tan bien ha trabajado la propaganda chavista?”

(https://twitter.com/EstefaniaVenBg/status/1641132182792962075)

Aunque no critico a Leopoldo López por su reciente perogrullada, entiendo la rabia que hay contra él y su entorno. Acaso fue un error usar esta declaración en concreto como pretexto para criticarlo. Pero el descontento contra toda la dirigencia opolaboradora está más que justificado. Cleptocracia chavista aparte, lo cierto es que López no es que tenga mucha moral para arremeter contra nadie por corrupción, dados los señalamientos que, en ese mismo sentido, cursan contra él, contra su partido Voluntad Popular y contra el, hasta hace poco, “presidente interino” Juan Guaidó, salido de dicho partido; imputaciones referentes, sobre todo, a las lamentables actuaciones de los personeros del reciente interinato (en el que Leopoldo López tuvo una presencia hegemónica entre bastidores).

En cuanto a la kakistoctracia roja de Miraflores ¿Qué más podemos decir de esa pústula que NO se haya dicho, masticado, rumiado; en programas televisivos, en conversaciones de sobremesa, en las RR. SS; gritado en actos de calle, expresado sin palabras en cacerolazos...  ¿Qué vamos a decir, a estas alturas, que no sea harto conocido?

¿Se supone que tenemos que vivir repitiendo contra el régimen, una y otra vez, de modo ritual, las mismas verdades consabidas? De hecho, eso es lo que hacen estos chavistas al revés quienes, enarbolando la admonición ociosa de “¡El enemigo es Maduro!”, pretenden darnos lecciones de oposición al régimen.

La verdad es que YA HARTA tener que explicar esto una y otra vez y que aun así insistan con aquello de “El enemigo es…” ya no Maduro o el Régimen, otras veces, peor aún, “¡El enemigo es el gobierno!”. Es decir que, muy dentro de sí mismos, quienes critican que se ataque a la opolaboración antes que al narco-régimen, siguen viendo a Maduro y a su combo, no como a una bandada de hampones que tienen secuestrada a Venezuela y de quienes no se puede esperar nada bueno, sino como a “su gobierno”, al que hay que exigirle cuentas. 

Para esta camada de oligofrénicos políticos, estar contra el chavismo, se petrificó en un mantra repetido de insultos a los principales portavoces del régimen, empezando por Nicolás Maduro, ciertamente insultos más que merecidos, pero que, aparte de inútiles, ya deberían ser obviados. 

Hace ya casi 13 años (aún vivo Hugo Chávez), en mi artículo Del Antichavismo O Chavismo a la Inversa, al Post-Chavismo, yo había escrito sobre esta lamentable falla actitudinal de muchos antichavistas de a pie. Hoy, como ha sido siempre desde 1998 (cuando Chávez solo era candidato), el chavismo inspira o dicta la agenda de la supuesta alternativa política. Hugo Chávez desde 1998 hasta 2013 y Nicolás Maduro desde entonces, han sido los líderes al revés de la supuesta oposición.

Así mismo, hace aproximadamente seis años, compartí en Twitter una serie de razones por los cuales, PARECE (solo parece) que algunos, desde al antichavismo, fuésemos más indulgentes con el chavismo que con el liderazgo “opositor” y sus pica-quesillos. A grosso modo y desde mi entendimiento estas eran y siguen siendo las razones: 

1.- Ya llevamos veinticuatro años, más que criticando, adversando a este régimen, diabólicamente perverso; ergo, y como lo señalé arriba, ya a estas alturas, todo lo malo a señalar de ellos son Verdades de Perogrullo. Lo más lógico es callarlas por sabidas. Muchos, en su momento, asumimos que del lado de quienes confrontamos al chavismo éramos lo bastante inteligentes como para no necesitar seguir lloviendo sobre el ensopado de las infamias chavistas. 

Obviamente nos equivocamos. Tristemente, la idiotez política, en nuestro país, viste de rojo y viste de azul. Por algo el chavismo, tras fracasar al intentar tomar el poder por las armas, logró sin mucho esfuerzo, conquistar el poder, y mantenerse en el mismo, a punta de votos. 

2.- La Tiranía Castro-chavista, ciertamente, sigue siendo el peor enemigo, pero un enemigo que tenemos enfrente y cuyos golpes vemos venir, a diferencia de las puñaladas traperas recibidas por parte de quienes, se supone debían liderar, y conducir a los venezolanos de bien a la derrota de la tiranía castro-chavista. 

El Foropaulismo representa a los asaltantes que se apoderaron de nuestra casa, han saqueado nuestro patrimonio y mantienen en situación de rehenes a nuestros paisanos que permanecen en ella (y hasta cierto punto, a los que nos fuimos). La dirigencia opositora representa a las supuestas fuerzas policiales en las que, inicialmente, se confía para rescatar a la población cautiva y aprender o eliminar a los delincuentes rojos y, sin embargo, una y otra vez, fracasan, a partir de disparates absurdos, operaciones cuyo mal resultado estaba anunciado... y, lo que es peor, no pocas veces vemos a estas supuestas fuerzas policiales entenderse con los delincuentes a quienes debían combatir. 

Luego, en sentido lógico ¿Quiénes arrastran, moralmente, un mayor grado de reprochabilidad? ¿A quiénes deberíamos prestar mayor atención? 

3.- Tenemos todas las razones para considerar como una guerra silenciosa, sin armas de parte de la Venezuela antichavista, la lucha sostenida contra el chavismo (más por voluntad de ellos que de la propia población en resistencia), guerra irregular y con largos interregnos de tregua, pero guerra, al fin y al cabo. 

En una guerra, si una nación sufre un revés ante el enemigo, lo lógico es que sus ciudadanos, antes que lanzarse contra los comandantes del ejército contrario, que, en definitiva, hicieron lo que les correspondía, tratar de vencer a su enemigo, exijan cuentas a quienes, se supone, constituyen su gobierno y sus generales, en relación a negligencias, imprudencias, impericias, infidencias (o investigar posibles traiciones) que permitieron ese revés. 

En esta Guerra El Régimen Castro-Chavista, peón del Foro de Sao Paulo y en alianza con intereses trasnacionales nocivos a la venezolanidad, es el enemigo, son la otredad. La dirigencia opositora (Llámese Coordinadora Democrática, MUD, el Interinato, etc.) se suponía, debía ser lo más cercano, o menos lejano, a un gobierno propio o “nuestros directores de la guerra” … obviamente nunca han estado a la altura de las circunstancias. No han sabido, o querido ser, un gobierno en ciernes o un gobierno en las sombras (hasta donde fuera factible) o, tan siquiera, un gobierno in partibus. Más allá de las limitaciones que, ciertamente habrían tenido, no hay señales de que se lo hayan planteado, ni aún dentro de lo que podían intentar (Por Ejemplo; durante el Interinato, influir directamente en la diáspora, especialmente los radicados en países que lo reconocían). Hoy entendemos muchos que, no es que no fuesen capaces, es que no les convenía algo así.

4.- Mayoritariamente, los que siguen los dictámenes de la dirigencia opoficticia, suelen rasgarse las vestiduras en nombre de la tan cacareada “democracia”; pues bien, si se trata de una pretendida democracia, es la ciudadanía la que debe tomar la batuta, exigir resultados a sus gobernantes o líderes y, en situación de confrontación, pedirles cuentas de sus fracasos ante el enemigo (el chavismo), a quien sería ilógico reclamarle. Lo contrario a una verdadera democracia sería lo que hacen las beatas de la oposición prestablecida, defenderlos como si fueran gurús, justificar sus desaciertos o, peor, obliterarlos en un “¡El enemigo es Maduro!”.

Por su parte ¿Qué demuestran quienes, catalépticamente, insisten en aferrarse patéticamente a liderazgos, narrativas y agendas, repetidas alternadamente y cuyo fracaso endémico se ha demostrado, una y otra vez, en un sempiterno y trágico bucle? y, especialmente ¿Qué proyectan quienes acusan a la disidencia antichavista de infiltrados por no criticar lo suficiente al chavismo (después de 24 años del mismo guion)?

Veamos algunas posibles respuestas:

Como en la película zombi-apocalíptica “Tierra de Los Muertos”, de George Romero (2005), los falsarios Paul Kaufman (1) de la dirigencia “opositora”, juegan a aplicar la Tesis de la Fortaleza Sitiada (aprendieron muy bien de la tiranía roja), en un intento de mantenerlos sumisos, a partir de la eterna invocación ritualística de un enemigo externo (el chavismo) con quinta-columnistas a lo interno (opositores disidentes que cargan con el sambenito de agentes del G2). Pero, a diferencia de la película de Romero, en este caso; los Kaufman suelen entenderse, por debajo de la mesa, con los Big Daddys (2) del Foro de Sao Paulo, siniestros y calculadores (a diferencia del personaje de Eugene Clark) y, por otra parte, los beatos de la opoficción también suelen ser zombis de la desesperación; a los que, fácilmente distraen con luces de colores en el cielo (fuegos artificiales). 

Como lo comenté en mi artículo de 2017, País Surrealista y Disonante, su, ya mencionada, desesperación, los hace vivir en una eterna Disonancia Cognitiva; aferrados a las luces multicolores del recuerdo de una normalidad adeco-copeyana, corrompida pero que, “mal que bien funcionaba” y atrapados en la ilusión de su pronta restauración (pero sin la corrupción y el clientelismo de entonces, no faltaba máaas), por obra y gracia de una fiesta electoral... Poco importa que estas pantomimas electoreras tengan lugar en medio de unas instituciones, rojas rojitas, amañadas y un software programado para hacer ganar al régimen... no, eso no importa, “esta vez sí se va a poder, porque somos chéveres”. Necesitan aferrarse a los Paul Kaufman o, más bien, a los Jim Jones, del alacranato opoficticio, electorero, rumbero y farandulero; edificado sobre el Pittsburgh post apocalíptico (dixit la mencionada película de George Romero) de la distopía chavista.  

Necesitan regodearse y reafirmarse en su victimismo pobrecitista. En muchos de ellos pesa, lamentablemente esa mala impronta de mártir; impregnada desde nuestra cultura cristiana, reforzada por nuestro devenir histórico y recalcada culturalmente en miles de melodramas cinematográficos (cine mexicano) y televisivos (Delia Fiallo). Arrastramos en nuestra psique colectiva esa malsana semblanza de villanos contra sufridas. De ahí la actitud de muchos antichavistas poco críticos de eternas Mamá Dolores; ponderando, detallando, rumiando y hasta relamiéndose masoquistamente en la, innegable pero redundante, maldad chavista... Necesitan resaltar, de manera auto flagelante, al villano rojo, para así poder sentirse personajes de Libertad Lamarque o de Carmen Julia Álvarez.  

Para los beatos mudero-electoreros, desgañitarse gritando “¡Maduro Coño E’ Tu Madre!” es la única forma de “validar” el estar en contra del narco-régimen. Pero como reza el refrán “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”, uno se pregunta si esa insultadera, ritualmente estéril, al chavismo y ese tildar de chavistas camuflados a los opositores radicales no será una forma de proyectar (o defenderse de) el chavismo subyacente en su sombra junguiana.

En su eterno y negacionista, mirarse al ombligo, necesitan despojarse de toda responsabilidad en la debacle chavista por pequeña que sea; por acción, omisión u oposición. El régimen, concretamente Maduro, sirve, no de chivo expiatorio, pero sí, dada su putrefacción, como un excelente basurero en el cual verter la basura o basurita propia. Les sucede como a ciertos neo sifrinos que necesitan denostar día y noche contra todo lo que tenga que ver con las barriadas (“¡tierrúos, marginales, niches!”) para así mantener a raya, ante sí mismos, el recuerdo del Caricuao del que salieron.   

Por otra parte, para estos Maduro-hater, tanto el denostar al Tetón, y en general, a la plaga roja, hasta para hacer bien la digestión (como escuché decir en los inicios de la era chavista), como el exaltar al “líder” opoficticio de moda; en el fondo es una forma de evadir mayores responsabilidades para con la nación; no tener que pasar a un más allá de las sempiternas comparsas electoreras, y de los programados; plantones, marchas, cacerolazos, eventuales disturbios (que en la mayoría de los casos se salen del libreto programado). 

Su simplismo político, tozudo, jactancioso y cimarrón, no les permite entender que su permanente expresión de inquina contra el chavismo (no solo contra Maduro), ciertamente es comprensible, no seré yo quien les niegue razón, pero no solo es inútil y ociosamente repetitiva; es contraproducente. Vivir día y noche destilando odio contra los personeros del narco-régimen, aparte de mantenernos entretenidos, nos convertiría, de una u otra manera, en sus esclavos emocionales

Mitológicamente hablando, los vampiros solo pueden entrar en las casas donde previamente son invitados de forma voluntaria. Aunque crean que es lo contrario, ese aborrecimiento supurante es una permanente invitación, voluntaria, al vampiro chavista a entrar en la casa de nuestra psique.   

Su (in)cultura política no les da para entender que, a estas alturas, debería estar más que claro que, muchas de las barrabasadas que dicen y hacen los gestores del chavismo son deliberadas. Persiguen, precisamente, generar ese tipo de reacciones en la población. Es una de las tantas formas alternas (sin uso de la fuerza o la intimidación) de ejercer dominio sobre la población, a partir de la ira paralizante o de la desmoralización. Hacerse eco de esas barbaridades, así sea para criticarlas es hacerles una publicidad indebida y contribuir a fortalecer la, ya mencionada, sumisión emocional (por aversión) que, desde los tiempos de Chávez, se ha ejercido, consentidamente, sobre la Venezuela que se les “opone”. 

No pueden entender lo absurdo de dar batalla a un enemigo externo con un ejército minado de contradicciones en nombre de la “pluralidad”, perennemente infestado de traidores o infidentes, prestos a la desmoralización, pasto de los sembradores de cenizas. Tal y como lo traté a fines del año pasado, en mi artículo “¡Que Crezca El Pilón!”, está más que demostrado lo ineficaz de una pretendida o real superioridad numérica si esta encubre una absoluta debilidad orgánica. Una vez más, Maduro se convertiría en nuestro líder al revés, al convertirse en el aglutinador por oposición.

Se requiere una depuración interna y una reestructuración del universo antichavista; desde las bases hacia el techo, desde adentro hacia afuera. Depurar la casa internamente antes de ir contra el enemigo externo. El aferrase a una permanente casa empezada desde el tejado habla de nuestra incapacidad para comprendernos como nación, mejor dicho, cómo funciona una nación o en general un conglomerado social sólido.

Es triste comprobar cómo, veinticuatro años después, muchos venezolanos a quienes deberíamos ver como copartidarios, políticamente, no solo hacen gala del más absoluto analfabetismo, sino también de un criterio de “comprensión” anquilosado, fosilizado en torno al chavismo, emocionalmente dependiente de estos. Es, simplemente deprimente, constatar su incapacidad, arrogante y cazurra por demás, para entender que para algunos (cada vez más), en la acera de enfrente al chavismo, el infinito DESPRECIO (que no odio) que nos genera la narco-tiranía es algo ya asimilado, ya sobreentendido; es un régimen del que nos hemos acostumbrado a no esperar nada bueno y, por ende, es lógico que nuestro foco se concentre en aquellos de quienes, se supone, se deberían esperar, no solo resultados óptimos sino, tan siquiera, un accionar coherente, leal, sensato y cónsono con la realidad que nos circunda y con su supuesta condición de liderazgo opositor.

Si no pueden entender algo tan básico ¿Qué se puede esperar políticamente de quienes así piensan? Lo más lamentable es que, en muchos casos, se trata de gente de elevado nivel académico-profesional, probablemente, muy competentes y avezados en aquello en lo que se graduaron. 

A Modo de Conclusión

El Chavismo es un egrégor de nuestro lado oscuro, de nuestra sombra junguiana, de nuestros complejos, resentimientos, miedos; es nuestro Mr. Hyde. Quizá la razón por la que no hemos salido de él es precisamente porque no hemos aprendido a superarlo de verdad y esto se logra asimilándolo, dando por sobreentendidos elementos clave de su ser, como su demencial vileza. La mejor forma de lograrlo es tender una mirada más allá de la dicotomía chavismo-antichavismo, una mirada post chavista, eso solo se logra con una visión nacional elevada, que transcienda la pequeñez kakistocrática del chavismo y no que se le enrede, desde el victimismo, en sus garras.

El constante denigrar auto intoxica (principio del resentimiento, según Max Scheler), es como un escorpión que, en vez de picar al otro se pica a sí mismo. El odio nos inferioriza respecto a lo odiado y nos hace emocionalmente dependientes de esto. El desprecio ubica en una posición superior a lo despreciado. Debemos superar al chavismo y eso significa, dejar de distraernos con las luces de colores estridentes o los trapos rojos con que el régimen nos mantiene permanentemente enervados y, antes bien, esforzarnos en superarnos a nosotros mismos, en lo educacional, en lo cultural, en lo actitudinal y, muy especialmente, en lo referente a nuestra formación política.

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(1) En la mencionada película de George Romero, Paul Kaufman (interpretado por Dennis Hopper) gobernaba despiadadamente una sociedad feudal, asentada en Pittsburgh, convertida en refugio de uno de los pocos enclaves humanos sobrevivientes al apocalipsis zombi; sociedad en la que Kaufman junto a un pequeño grupo de ricos y poderosos vivían en un lujoso rascacielos-fortaleza, mientras que el resto de la población subsistía en la miseria.

(2) En “Tierra de Los Muertos” Big Daddy (interpretado por Eugene Clark), lidera a una nueva generación de zombis, cada vez más evolucionados, inteligentes y conscientes de su fortaleza numérica.

jueves, 23 de marzo de 2023

Venezuela en los United y la Proyección De Nuestros Complejos Sociales

VENEZUELA EN LOS UNITED Y LA PROYECCIÓN DE NUESTROS COMPLEJOS SOCIALES

Por Alexander Delgado C.

23 de Marzo de 2023

La semana pasada el comerciante de calzados deportivos petareño Juan Ríos, a.k.a “J.R. Petare”, generó polémica, una vez más, en las Redes Sociales, especialmente en Twitter, red en la que se identifica como @JRPetare. En esta ocasión la controversia se originó, por la publicación de una serie de videos donde Juan Ríos se muestra en Miami, apoyando al equipo venezolano en varios de los juegos del Clásico Mundial de Béisbol, al tiempo que, en lugar de los típicos snacks que venden en esos estadios, consumía alimentos, llevados por él mismo, que en Venezuela se consideran de talante popular, tales como; pan con mortadela, bollitos con queso o arepa frita.

Digo que generó polémica “una vez más”, porque ya a fines del 2020, J.R Petare había sido objeto de reacciones viscerales a nivel de RR.SS al publicar una foto de su estadía en París, mostrándose frente a la Torre Eiffel con una botella de Anís.

Por lo visto, este tipo de publicaciones le da urticaria a muchos compatriotas, especialmente, los radicados en EE.UU o en países europeos. Según el parecer de estas personas, hay hábitos alimenticios o de ingesta de licor que solo podemos permitirnos a lo interno de nuestros hogares, y sin que se sepa, no sea que se nos caiga la clase. Y por supuesto ni pensar en consumirlos (o exhibirlos) en los altares sagrados del llamado primer mundo. 


Un recuerdo de hace aproximadamente dos años que me vino a la mente mientras escribía estas líneas; fue el de otro venezolano, de talante profesional (cuya identidad omitiré), legalmente radicado en EE UU, muy activo en Twitter. Por aquel entonces este twittero mantenía en dicha red una dinámica retro; en una ocasión en la que posteó un viejo éxito de La Dimensión Latina, otro twittero le reprochó que “se fue para EE.UU pero se llevó el barrio con él”.

Y ese es precisamente el problema con estos venezolanos ardidos por pequeñeces autóctonas cómo las mencionadas, en la medida en que les recuerda la Venezuela de barrio que quieren sentir que dejaron atrás; una Venezuela de la que, probablemente, proceden ellos o sus padres.

Más icónico fue el caso, relativamente reciente, de la migrante venezolana Yoaibimar Daal, autodenominada La Marginal, una de tantos venezolanos de extracción popular que en el segundo semestre de 2022 se convirtieron en noticia internacional, al atravesar las selvas del Darién, con todo lo que esto implicaba, teniendo como destino los EE.UU. Durante su travesía (cargando a su hijo con deficiencias) y, especialmente, a su llegada a Nueva York, Daal, siempre autonombrándose La Marginal, grabó con su celular una serie de videos, algunos francamente provocadores, en los que se mostraba a sí misma bailando salsa baúl en Times Square o en el metro de la Gran Manzana, celebrando, o simplemente hablando. Estos videos se hicieron virales en las RR.SS. seguidos de una virulenta reacción negativa por parte de muchos venezolanos, ya radicados legalmente en EE.UU y con un nivel socio-cultural de clase media a clase alta. Esta controversia no tardó en extenderse hacia toda la comunidad venezolana que hace vida en las RR.SS, incluidos muchos que permanecen en suelo patrio, desatándose, durante los meses de septiembre y octubre del año pasado, una verdadera tempestad de posiciones viscerales y antagónicas, tanto de detractores como de defensores de la controversial migrante. Como si de algo personal se tratase. 

Y es que, aunque no lo admitieran o ni tan siquiera se percataran, para muchos de estos venezolanos enfervorizados, tanto de un lado como del otro, sí se trataba de algo personal; con o sin intención, los videos de La Marginal hicieron resonancia en muchos complejos, prejuicios clasiales, resentimientos, acaso en traumas, que los venezolanos, sin admitirlo, arrastramos como sociedad. 

Además de los ya mencionados prejuicios y complejos, afloraron muchos mitos mentales, popularmente conocidos como Mojones Mentales. Al parecer, para muchos exquisitos “primermundistas”, una botella de anís frente a la Torre Eiffel, un pan con mortadela en un estadio de la ciudad más latina de los EE.UU o bailar salsa en... la cuna de la salsa; son actos que parecen estar al mismo nivel de las Profanaciones (aquí sí, con Mayúscula) que los activistas LGBT+ llevan a cabo contra símbolos religiosos cristianos.

Quienes así piensan, demuestran tener una visión realmente tercermundista acerca de lo que es o debería entenderse como Primer Mundo.

Ciertamente, en gran medida es lógico y hasta deseable, que en muchos venezolanos, especialmente los de las primeras diásporas, haya prevención hacia este nuevo éxodo debido a la actuación, en los países del vecindario sudamericano, de elementos criminales procedentes de nuestro país, como el, tristemente célebre, Tren de Aragua; a esto debemos aunar ciertas actitudes maleducadas, atorrantes y malcriadas, por parte de muchos migrantes venezolanos, lo que ha incidido poderosamente en la estigmatización negativa de nuestro gentilicio, con la consecuente hostilidad venefóbica.

Tampoco se puede perder de vista que la autodenominada Marginal daba de que hablar en momentos en que también se viralizaban videos, verdaderamente ofensivos y amenazantes por parte de otros migrantes venezolanos vía Darién, promoviendo incluso, acciones delictivas, situación reforzada por declaraciones de radicales pro-chavistas en Venezuela (desde su eterno odio anti-yankee) que reforzaron en muchos venezolanos la, nada infundada, certeza de estar ante una infiltración, por parte del narco-régimen, de elementos indeseables y desestabilizadores, lo que incidiría en un mayor enlodamiento del gentilicio venezolano. Adicionalmente, por esos mismos días, grupos de desplazados venezolanos, ya en territorio de los EE.UU, observaban actitudes realmente repudiables que llegaron a traducirse en situaciones conflictivas, incluidos enfrentamientos con las autoridades; reforzando, por supuesto, la animadversión hacia los venezolanos y la sospecha, por parte de muchos de nosotros, de una infiltración desde Miraflores. 


Con este trasfondo y con los antecedentes vividos en tierras sudamericanas, era (y sigue siendo) comprensible la alarma y el repudio en las RR.SS, por parte de muchos venezolanos hacia sus compatriotas que, en condiciones deplorables, huyen en masa hacia el norte. Pero el hecho de que el encono más visceral se concentrara en Yoaibimar Daal, cuya actuación, agradable o desagradable, a simple vista no transgredía ni invitaba a transgredir las leyes estadounidenses; además de mostrar la sempiterna banalidad farandulera de muchos venezolanos, nos muestra a esta migrante, y ahora también a J.R Petare, como personajes espejo de complejos domésticos, allende nuestras fronteras.

Esta idea se ve reforzada aún más, por el hecho de que la polvareda levantada por la reciente actuación de algunos desterrados y visitantes en EE.UU no se haya visto, o se haya visto de manera mucho más atenuada, en relación a la actitud de muchos expatriados venezolanos en el resto de Sudamérica, incluidos los incursos en actividades delictivas. No es que la opinión pública venezolana en las RR.SS fuese absolutamente indiferente ante las barrabasadas cometidas en los países vecinos por muchos venezolanos mala conducta, ni menos aún que entre la opinión pública venezolana no causase repudio e incluso alarma la actuación de grupos como el Tren de Aragua o la participación de infiltrados chavistas venezolanos en los disturbios sociales ocurridos en Colombia, Ecuador y Chile. Pero, en lo personal, nunca me pareció que las reacciones de repudio y lógica vergüenza, llegaran a alcanzar el grado de ensañamiento, y de defensa apasionada al otro extremo, que llegó a registrar un simple baile en Times Square o una botella de anís frente a la Torre Eiffel.

Da la impresión de que la actuación repudiable de muchos venezolanos expatriados en el vecindario, no parece despertar el mismo nivel de escozor que despierta la actitud de algunos venezolanos en los países del llamado Primer Mundo, especialmente en los EE.UU; migrantes o visitantes, chavistas o antichavistas. 

Creo que, consciente o inconscientemente, hacemos una proyección a escala continental, de las zonas, socio-económicamente estratificadas, de nuestras ciudades de origen y de los prejuicios y complejos desarrollados en torno a estas. Así, los países nórdicos del llamado primer mundo, sobre todo los United, pasan a ser vistos como las urbanizaciones de las clases, alta o media alta; por su parte, los países… hermanos, pasan a prefigurarse, junto a la propia Venezuela, como las barriadas populares. En ese sentido, y tomando como referente metafórico a los sectores caraqueños, podríamos decir que, en el fondo, la migración venezolana dentro de Iberoamérica se percibe como si un grupo de habitantes de Los Magallanes, damnificados tras un derrumbe, se trasladaran a Caricuao, Artigas o Lídice. El corto-circuito se produciría si estos damnificados se establecieran en Altamira, Los Naranjos, El Cafetal, etc.; o sea, el equivalente al éxodo masivo (e ilegal) de venezolanos al llamado Primer Mundo.

Aunque esta semblanza pueda parecer banal, realmente no lo es; habla de la manera en que históricamente nos hemos auto-percibido como nación, de la idea que tenemos del resto de las naciones iberoamericanas y especialmente de la forma en que hemos percibido a los países nórdicos, sobre todo a la nación del dólar. Y habla también de cómo reflejamos en la retórica de naciones nuestros complejos socio económicos y socio culturales.

En efecto, bajo una pretendida dialéctica de Estados nacionales; en nosotros hay un trasfondo que se nutre de muchos complejos y prejuicios socio-económicos, y sobre todo, socioculturales, con la consabida lacra de resentimientos, envidias, echonerías nuevo-riquistas, etc. Un hecho al que muchas veces pretendemos darle una lectura, superficial y rimbombante. Así, pretendemos abordar exclusivamente como un problema de nacionalismos exacerbados, xenofobias, endofobias, etc., lo que adicionalmente (acaso en primera instancia) debería abordarse a partir de otras consideraciones, más atinentes a nuestra psique colectiva. 

Un ejemplo de que el factor socio-económico es lo que realmente pesa en temas como el de las migraciones, lo constituye una de las aseveraciones que más recurrentemente se oyen y se leen, especialmente en las RR.SS; según esta, a los naturales de un país, los inmigrantes en sí, no molestan tanto como los inmigrantes de escasos recursos; es decir, que la presunta “xenofobia” (o “endofobia”), en gran medida, oblitera una situación de aporofobia. El caso de la migración venezolana ha sido muy diciente en este sentido, tanto por parte de los naturales de los países receptores cómo, en los EE.UU, por parte de los venezolanos expatriados de la primera hora. 

Sin embargo en el caso de la confrontación entre migrantes venezolanos en EE.UU, esta aporofobia refleja un complejo interno preexistente; rechazar al pobre que se tiene enfrente, en el fondo, implica un mecanismo de defensa contra el pobre que subyace a lo interno, sea en los propios orígenes o en la ascendencia.

Una vez más, se revela, como problema de fondo, el monstruo de closet de nuestro enmarañado e imbricado registro social, el cual implica confrontaciones que, no pocas veces, alcanzan hasta nuestra esfera personal. Desde siempre hemos arrastrado este tema como un tabú, casi que trauma, pretendiendo acallarlo bajo un obsesivo discurso igualitarista que, en el fondo, no nos creemos, pero que consideramos sacrílego contradecir. El problema es que esas taras; institucionalizadas desde 1999, y ante las que pretendemos mirar para el otro lado; una y otra vez se nos manifiestan en muchas formas... hasta proyectarlas en los países a los que emigramos.

De nuevo se pone de manifiesto la necesidad de afrontar nuestras contradicciones internas, nuestros prejuicios, complejos, rencores y traumas. Es cierto que debemos rechazar la exaltación y dogmatización de la llamada lucha de clases, propias del marxismo y neo-marxismo; pero no por eso deja de ser un error peligroso pretender negar, como problema, los complejos, prejuicios y resentimientos de índole clasial o incluso racial presentes en la sociedad venezolana, en mayor o menor grado. Incluso, y a despecho de nuestro buenísimo, deberíamos plantearnos hasta qué punto cierta dosis de clasismo es, no solo inevitable sino hasta pertinente.

En lo tocante a la diáspora venezolana y su comportamiento en los países receptores (incluidos elementos indeseables), así como la consecuente venefobia; independientemente de lo incuestionable o apremiante, que es esta realidad objetiva; conviene, sin embargo, empezar a focalizar esta problemática desde perspectivas alternas; contemplando, como parte de la ecuación, nuestro trasfondo social... y también el de los países vecinos. Al menos debemos reenfocarlo de cara a nosotros y a lo que podemos y debemos esperar en tierras foráneas. Y por supuesto, debemos revisar, desde nuestra venezolanidad, esos complejos que tenemos más de dos siglos auto-proyectándonos, y ahora también proyectando más allá de nuestras fronteras; cómo nos percibimos mutuamente, tanto los venezolanos de la diáspora como los que permanecen en el país, tanto los migrados a través de los aeropuertos como los migrados a través de carreteras, selvas y trochas.

Es un error grave seguir soslayando traumas sociales internos de carácter histórico, pretender que “eso es cosa del pasado” cuando la realidad venezolana en el último cuarto de siglo nos está mostrando lo presentes que siguen en nuestra conciencia. Y otro error, derivado de este último es pretender esconder estos desencuentros internos con un discurso pseudo-nacionalista o en llamados ilusos a unidades nacionales artificiales, valiéndonos de invocar amenazas o enemigos externos, reales o inventados. Hay que asumir (y neutralizar), sin miedos ni tapujos, hasta qué punto nuestro peor enemigo, nuestro nudo gordiano, está en nuestra propia interioridad.

Ya está bueno de consensos artificiales y auto-evasivosel de los años 1958 a 1998, a la postre, solo sirvió para tenderle el tapete a la desgracia chavista.

jueves, 16 de marzo de 2023

¿Importa Su Muerte O Su Vida?

¿IMPORTA SU MUERTE O SU VIDA?(*)

Por Alexander Delgado C.

16 de Marzo de 2023

 

Cuando un personaje público con una trayectoria brillante y altamente meritoria (sea política, artística, científica, deportiva, etc.), muere de forma prematura y trágica, su deceso arroja una aureola sobre el personaje en cuestión; dejando la percepción, acertada o no, de una obra inconclusa, así como la consecuente incertidumbre acerca de lo que hubiera sido de su vida o trayectoria de no haber fallecido, y de cómo esto hubiese incidido en su entorno, local, nacional o incluso global; se nos prefigura una suerte de enigma que el malogrado prohombre se lleva a la tumba. Entonces, el foco de atención sobre su muerte pasa a ocupar un lugar destacado en torno a esta personalidad, igualando, y en algunos casos superando, al de su obra en vida. 

Pero si esto sucede cuando la muerte es por causas naturales o por un incuestionado accidente, el impacto se hace aún mayor cuando se trata, abiértamente, de un asesinato o, en menor grado, de un suicidio. En este caso, al impacto provocado por su muerte se añaden las dudas acerca de los motivos, en caso de suicidio; y en el caso de un homicidio no satisfactoriamente esclarecido, cobran peso las conjeturas acerca de los posibles móviles y autores del crimen, especialmente en lo tocante a autores intelectuales. Inevitablemente, el halo trágico aumenta; la conmoción y la incertidumbre, muchas veces razonables, dan pie a conjeturas extraoficiales que, en muchos casos, rayan en teorías conspirativas.

De manera lamentable pero comprensible, la muerte de esta figura pública pasa a ser el centro de atención por encima de su propia vida, independientemente de lo ejemplar e inspiradora que esta última haya sido.

Sin embargo, y a partir de las dos situaciones arriba señaladas, hay una tercera circunstancia posible, más inquietante aún, que potencia el nimbo que rodea la inesperada muerte de una celebridad. Es cuando, oficialmente, se trata de un fallecimiento por causas naturales, por suicidio o por un infortunado accidente; pero, más allá de versiones oficiales, hay fuertes indicios o sospechas de tratarse de un asesinato disfrazado. De este caso hay, al menos, dos ejemplos relevantes en la historia venezolana de la segunda mitad del siglo XX; uno es el presunto suicidio del dirigente político Alirio Ugarte Pelayo en 1967; el otro caso, quizá el ejemplo por antonomasia, es el, muy cuestionado, accidente aéreo que segó la vida del presentador de medios, político y pre-candidato presidencial Reinaldo José “Renny” Ottolina Pinto; hecho trágico del que hoy se cumplen 45 años.

Junto al Dr. Luis Alberto Machado y el periodista y académico Carlos Rangel, Renny Ottolina fue uno de los últimos prohombres brillantes que ha dado nuestro país, precedido por otros grandes venezolanos, entre ellos; Mario Briceño Iragorri, Augusto Mijares, Arturo Uslar Pietri, Mariano Picón Salas, Alberto Adriani o el ya mencionado Alirio Ugarte Pelayo. Hombres de pensamiento elevado e incuestionables virtudes cívicas (al margen de sus errores) a quienes, en lo personal, yo denomino Próceres de la Venezolanidad; exponentes de aquella noción de excelencia que en la antigua Grecia se conocía como Areté (de donde derivó el, hoy desvirtuado y venido a menos, concepto de aristocracia)

Consecuentes con esta valía, siempre pusieron sus dotes al servicio de su patria, proyectando una Venezuela posible; mil veces más digna y noble que la mediocre e inmediatista visión de país que primó entre 1945 y 1998; y por supuesto, a años luz de la Sodoma y Gomorra a la que ha sido reducida nuestra nación bajo la tiranía Castro-Chavista. Al igual que los Próceres de la Venezolanidad que le antecedieron, Renny destacó por su sólido sentido de la ética pública; su más que probado amor por Venezuela y, al final de su vida, ya de lleno en la actividad política militante, su deseo de hacer por nuestro país, mucho más de lo que ya había hecho desde su condición de hombre de medios.

La grandeza histórica de Renny Ottolina está, o tendría que estar, fuera de toda discusión para quien tenga un mínimo de sentido de patriotismo, ciudadanía, vocación de servicio, ética y profesionalismo. Su ejemplo de vida y su visión de país, mal que bien, han quedado plasmados en una gran cantidad de videos, cortos institucionales, programas televisivos, registros históricos, entrevistas, manifiestos y numerosos testimonios de quienes lo conocieron. Gran parte de su legado, como el de otros grandes de nuestro país, permanece para quien lo quiera conocer, interpretar y tomar como referente inspiracional o de ideas; algo que bastante falta hace en nuestros días, frente a tanta abyección instituida.

Pero lamentablemente, como ya se señaló, en el ánimo colectivo del común de los venezolanos, más que la vida de Renny, su ejemplo y lo que alcanzó a proyectar y plantear, que no es poco; ha terminado pesando en mucho mayor grado su muerte; concretamente la, nada descartable, posibilidad (certeza para muchos) de que el siniestro que le costó la vida hubiera sido planificado. Más patético aún, nos engolosinamos con lo que hubiera sido de no haber muerto, proyectando mentalmente, una realidad paralela que, ahí sí, normalmente peca de demasiado rosa (nada es tan brillante), para luego regresar a la realidad con un suspiro de desaliento y un lamento ante la esperanza asesinada de un mejor país. 

Es decir; al parecer, los venezolanos solo somos capaces de proyectarnos, como una mejor sociedad, en mundos paralelos, en utopías ucrónicas, en el ¿qué hubiera pasado si?; triste manifestación de un eterno auto-reniegue, en el que arrastramos indignamente la memoria de grandes hombres como Renny Ottolina, usándolos como coartada de auto-condenación y como refuerzo de nuestro pesimismo.

Vidas ejemplares como la de Ottolina, antes que inspirarnos a miras más elevadas, nos mueven, en el mejor de los casos, a un rictus fatalista ante lo que se asume como “demasiado bueno para nosotros”.

Y aquí es precisamente donde, acaso sin darnos cuenta, la muy posible pero nunca demostrada hipótesis de un asesinato de Renny cumple a cabalidad su papel desalentador y fatalista, al servir de pretexto al sino victimista que nos caracteriza; a nuestra malsana propensión al pobrecitismo y, no menos perniciosa, fascinación auto-flagelante hacia la figura del mártir; actitud, sin duda alguna, condicionada por la impronta cristiana de nuestra cultura. Esta es, quizá, una de las  razones por la que, per se, y más allá de lo que de certero puedan tener; no soy amigo de teorías conspirativas; por la forma en que riman negativamente con el dogma de la predestinación o, peor, con la idea supersticiosa y mediocrizante de una sentencia condenatoria o una maldición que pesa sobre nosotros y de la que no podemos escapar, hagamos lo que hagamos.

En vez de un ejemplo de vida a tratar de emular (dentro de nuestras posibilidades), nos regodeamos, de manera morbosa y amarillista, en un hipotético atentado como referente auto-disuasorio o de desconsuelo; o sea “no trates de tener aspiraciones elevadas y menos aún intentes luchar por ellas o acabaras estrellándote en una avioneta o en lo que sea que abordes”. En vez del gran hombre cuyos ideales deberían espolearnos a ser mejores, preferimos a una víctima en la que inspirarnos para retozar, como cerdos, en el pantano de nuestra auto-compasión.

Llegado a este punto, probablemente muchos hipotéticos lectores me replicarán justificándose en la actual realidad, tanto venezolana, como global; pero algo de lo que muchos no se han dado cuenta, es que, precisamente, este tipo de actitudes fatalistas son las que llevan agua al molino del resentimiento, contribuyendo enormemente a fenómenos nefastos, socio-políticos o socio-culturales, como el castro-chavismo, la ideología de género o los movimientos wokeistas; o al otro extremo, dándole argumentos a movimientos de impronta xenofóbica, neonazi o supremacista racial.

¡NO! ¡No somos así por cómo estamos. Estamos así por cómo somos!

Al usar indebidamente la memoria de grandes hombres como El Número 1, proyectamos nuestro fatalismo y frustraciones, los cuales, más allá de posibles razones objetivas, generalmente se fundamentan en nuestra baja autoestima, escasa autoconfianza; o si se quiere, son una proyección de lo que pedestre y roñoso hay en nuestro espíritu colectivo. 

Y es a través de ese turbio cristal que acabamos valorando ejemplos de vida y obra como los de Renny Ottolina. En vez de buscar, tanto incentivos de lucha como ideas concretas, por el contrario, solo acabamos hallando argumentos de auto parálisis.

Uno de tantos casos, típicos de la psique nacional, en el que la luz que debía iluminar la caverna termina siendo opacada y hasta oscurecida por la propia caverna.

Creamos una perniciosa mitificación en torno a determinado personaje ilustre, mitificación que, a la larga, termina volviéndose contra el propio personaje endiosado. 

Haciendo un breve paréntesis en relación con Renny, el mejor ejemplo de lo que acabo de afirmar es lo que ha ocurrido con la figura del Libertador; cuya mezcla de romantización ingenua y malsana idolatría tóxica, que ya era un problema antes de 1999; ha dado pie, bajo el chavismo, a una deformación hipertrofiada, asociándose el nombre de Simón Bolívar a despropósitos aberrantes, incluidos burdos remedos de teorías conspirativistas en torno a su muerte, como la expresada en el libro La Carta del finado Jorge Mier Hoffman. Este manoseo ha terminado enlodando su recuerdo en discursos de odio y en vulgares y grotescas manipulaciones como el espectáculo necrofílico de 2010. Esta abyecta manipulación ha contribuido a hacer odiosa o deprimente la figura del General Bolívar, de cara a un público que, en temas histórico-políticos, ha sido sempiternamente condicionado a interpretaciones delia-fiallezcas, panfletarias, vacías, resentidas y pobrecitistas. Como reacción newtoniana, tenemos una, no menos barata, malsana e injusta, furia anti-bolivariana que en los últimos años se ha puesto de manifiesto, sobre todo, en las redes sociales; muy dicientes son los casos de Patricio Lons, Pablo Victoria o el ex chavista, escritor de Aporrea y apóstata scheleriano, Xavier Padilla.

Al final, el problema no es lo buenas o malas que hayan sido determinadas figuras históricas; al final el problema somos nosotros como sociedad, la manera en que revestimos de nuestros complejos a estas grandes figuras (que ciertamente tenían defectos y cometieron errores como humanos que eran). La relación de apología tóxica y consecuente diatriba, en torno a Bolívar también se ve, a escala más atenuada, en otros personajes como el Dr. Arturo Uslar Pietri, al que también se ha tratado de descalificar y denigrar por las redes sociales. En todos estos casos, siempre se han escudado en una pretensión, mal entendida e infantil, de desmitificar a la figura en cuestión. En el caso de Renny Ottolina, también se empieza a ver esta tendencia descalificatoria, no solo a nivel de las RR.SS, sino incluso en algunos intelectuales de inclinación política hacia la izquierda.

Con el trasfondo de la malsana apología victimista y conspirativista en relación a la muerte de Renny, por sobre el ejemplo de su vida; ¿Cuánto tiempo podría pasar antes de que surja en torno a la figura del Número 1, un deformante Jorge Mier Hoffman? Y peor aún ¿Cuánto tiempo más para que, como reacción al manoseo abusivo, a Renny le salgan sus Pablo Victoria y sus Xavier Padilla?

En conclusión, podemos y debemos inspirarnos en la vida y ejemplo de un Renny Ottolina, en sus ideas; incluso podemos pensar (¿Cómo no?) que lo que pudo ser y no fue a fines de los 70 o inicios de los 80, bien podría ser, quizá de otra forma en un mañana no lejano (libres de la plaga chavista). Se puede enaltecer y admirar (o tan siquiera respetar) a un Renny Ottolina, a un Arturo Uslar Pietri, a un Francisco de Miranda o a un Simón Bolívar. Podemos inspirarnos en lo elevado de su visión y en sus proyectos. Pero para esto no son necesarios altares idolátricos, ni toxicidades o auto-flagelaciones a partir de mártires.

Mientras sigamos inspirándonos en la muerte de los grandes hombres, en su agonía, su ostracismo o su frustración ante la incomprensión; eso será lo que proyectaremos sobre Venezuela; frustración, desencuentro, resentimiento, desaliento, victimismo, estupidez. Seguiremos contribuyendo a que el país continúe sumido en la ciénaga purulenta en la que se encuentra y continuaremos haciéndole el peor homenaje posible a la memoria de sus prohombres, Renny Ottolina incluido.

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(*) El Título de este artículo fue inspirado en el Podcast de YouTube # 17, del 28 de diciembre de 2020, en el Canal de La Palabra Compartida, concretamente a partir de lo afirmado en el Segmento 1:16:48)

https://www.youtube.com/watch?v=HqSax9mEUA4

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