ANTE LA POSIBILIDAD DE UN NUEVO HUMANISMO
Por: Augusto
Mijares
(De Lo Afirmativo
Venezolano)
PARECE QUE A Nietzche le entusiasmaba este requerimiento que Jarmo dirigía a Wilhem Meister: “Es usted descontento y amargo, y eso ya basta; pero si alguna vez pudiera volverse completamente furioso, sería mucho mejor aún”.
Sin embargo, también el descontento en lugar de derivar hacia la amargura y la furia, puede dirigirse, sin dejar de ser igualmente activo, hacia la otra vertiente de la conducta humana. Precisamente la que han buscado los mejores espíritus en todas las épocas de desasosiego y sufrimiento colectivos, la que trata de encontrar en lo profundo y esencial de la humanidad un nuevo punto de partida después de esta crisis; o al menos, la seguridad de que no se ha interrumpido para siempre el movimiento pendular que desde el límite de absurdos y crueldades en que el hombre ya no es hombre nos hará regresar hacia la comprensión y el respeto recíprocos.
Sí: muy a menudo el hombre se olvida de ser hombre, para convertirse en colérico guardián de un recinto geográfico o ideológico, ficha de partido, o infatuado legionario del que sabe azuzarlo mañosamente contra sus semejantes; pero hay también otros hombres que no olvidan la posibilidad de levantar contra las contingencias crueles o angustiosas del presente la imagen de una vida más segura, más digna y más bella. Y saben que ese modo de ser y de vivir es accesible a muchos, no por la conquista de tales o cuales exterioridades accidentales, sino por aquella reconstrucción intima que el humanismo pidió al mundo y que puede llamarse libre examen, espiritualidad, razón y medida contra improvisación, fe, moral, universalidad, o simplemente refinamiento y tolerancia; o ser todo eso a la vez.
En la época post- romántica (pero todavía tan romántica) de Nietzche, es muy comprensible aquella apasionada invocación a la violencia; pero hoy, cuando hemos presenciado con pavor que la acción de unos cuantos amargados y furiosos produjo tormentos inenarrables para millones de seres humanos, y sin sentido alguno ni conquista visible al final, me parece que la humanidad no debe sentirse muy inclinada a montar de nuevo aquella escenografía colocada “más allá del bien y del mal”.
En aquella época tan feliz (¿o tan ciega?) podía creerse que luchar contra el “filisteísmo” de la masa rebañega era un problema capital para la civilización europea; y no solo Nietzche, sino hombres tan equilibrados como Renán, pensaban, como escribió este, que “la finalidad de la humanidad es producir grandes hombres”. Pero hoy sabemos, por una lacerante experiencia que tanto las masas como los grandes hombres (y entre estos hasta los científicos y los filósofos) son algo muy complejo y peligroso.
Las propias masas y los mismos grandes hombres quizás comprenden, aunque sea vagamente, que nada han obtenido de lo que vinculaban exclusivamente a esa conciencia de masa o de excepcionalidad.
En la masa educada y deliberante puso su fe la democracia; en la masa revolucionaria y más tarde dueña exclusiva del poder, creyeron encontrar el motor irresistible de la historia los que soñaban con la justicia social; contra unos y otros se levantaron agresivos superhombres decididos a imponer como único criterio social, moral y político, el de su fuerza convertida para el predominio en técnica y filosofía. Pero en el balance final la conciencia universal no ha encontrado sino grotescos contrasentidos, nuevos y numerosos sufrimientos, y en ninguna parte realidades sinceras.
Con lo cual no quiero renegar de aquellos ideales, sino advertir que por haberle sustraído el contenido espiritual que inicialmente tuvieron, llegaron a convertirse en apariencias fantasmales, apenas fuertes para luchar entre sí arrastradas por su común debilidad.
La democracia, que el liberalismo combativo de fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX había concebido como un sistema coherente desde la política y la moral pública hasta la educación y la organización de la vida cotidiana, y que, conforme a este concepto global debía progresar cada día más a medida que se ampliaran sus bases populares, se convirtió a fines del siglo XIX en un simple ritual de voto para el pueblo y bien controladas deliberaciones en los Parlamentos. Pero nada destruye tan a fondo una institución humana como esos ritos que con el solo cumplimiento externo de algunas formalidades dejan a salvo la tranquilidad de nuestras conciencias. Y lo peor es que esa destrucción no es reconocida hasta el día en que aun los fieles más fervorosos advierten que estaban orando ante un altar vacío y con palabras rutinarias y falaces.
Una decepción no menos cruel esperaba a los que para apresurar el triunfo de la justicia social, y porque ya no lo creían posible por vía de aquel liberalismo mediatizado, se acogieron fanáticamente a una consigna de exclusivismo y odio. Uno de los errores doctrinarios de mayor trascendencia en la historia de las instituciones humanas fue, sin duda, apartar las reivindicaciones económicas y sociales del pueblo del ancho cauce que para ellas se había abierto en aquella época de liberalismo combativo de que hemos hablado, y confiar exclusivamente su triunfo a la lucha de clases y a la dictadura del proletariado. Este exclusivismo no solamente dividió y enfrentó a los mejores hombres llamados a colaborar juntos en el triunfo de la libertad y la justicia; no solamente fue la causa principal de que se explotaran aprensiones y fantasías sin cuento (y a veces, por desgracia, crímenes muy ciertos) para hacer temible u odiosa la causa popular, sino que, cuando al fin pudo triunfar aquella consigna de justicia social, quedaron apartados de su organización práctica todos los principios y personas que pudieran pedir libre deliberación, las rectificaciones que fueran necesarias en el curso de la obra y la valorización exacta de lo logrado en cada etapa de su desarrollo. Y lo que al fin prevaleció no fue la dictadura del proletariado (prometida por el dogma de lucha de clases) sino un despotismo personal y fortuito, tan plagado de errores como cualquier régimen burgués, y con muchos crímenes más. Así, en pocos días hemos visto que se derrumbaba el rigor doctrinario del sistema (que para tantos espíritus sinceros había sido como una especie de religión indiscutible y consoladora) y cambiaban de sentido la mayor parte de las conquistas materiales que se creían logradas para la redención de las masas.
En cuanto a la tercera de las posiciones políticas que critico (la de los “superhombres” que insurgieron desdeñosamente contra todos los idealismos) bastaría decir que esgrimieron la fuerza como razón suprema y al fin demostraron que ni siquiera eran realmente fuertes; que se mofaron del sentir colectivo y de la participación del pueblo en el gobierno, y después se acogieron, sin embargo, para subsistir, a una demagogia cobarde indigna; que alardeaban de haber establecido un régimen afianzado en los verdaderos intereses del pueblo y exento de contradicción y debilidades y (en abierto y cotidiano mentís a ese programa) solo podían sostenerse en el mando a costa de persecuciones, crímenes y favoritismos renovados incesantemente. No obtuvieron ni el orden ni el poder que habían ofrecido a cambio de la libertad y del decoro ciudadano; penosamente sobrevivieron convirtiendo cada acto de su gobierno en una azar de vida o muerte para ellos mismos y para el país, y todos los conflictos y disensiones sociales que lea habían servido de pretexto para sobreponerse a las leyes, se agravaron por su intervención, y si se han corregido después es gracias al sistema deliberativo y a la consulta que ellos habían escarnecido.
Frente a ese triple derrumbe que ha dejado estupefacto al mundo, si nos fuera lícito mezclar a estos problemas la consideración del “momento psicológico” (que tan desacreditado quedó por la fraseología de los últimos “superhombres”) diríamos que ha llegado el momento psicológico para aquel sentido normativo que hemos señalado al humanismo cuando lo definíamos por su contenido de libertad, universalidad, comprensión y refinamiento.
Ni Dionisio ni Fausto, sino Orfeo y Erasmo es lo que necesita el mundo de hoy: de nuevo la música y la palabra que sosieguen y persuadan a los furiosos y a los amargados; y, sobre todo, a los que enloquecidos por estos han traído a la vida civilizada el ambiente de concupiscencia y de miedo, de crueldad y desenfreno que les dejó la lucha. Bajo apariencias normales viven en las ciudades, pero en nada difieren de los seres bestiales que Orfeo agrupó trabajosamente para enseñarles a amar la sociedad y la paz.
Sin embargo, quizás no he debido decir Orfeo y Erasmo, porque en este el repliegue hacia la intimidad espiritual es demasiado egoísta para servir de base al humanismo que podría proponerse a las nuevas generaciones; el justine et abstine de los estoicos se hace en él demasiado epicúreo y no puede representar, hoy, ni una respuesta a problemas universales imposibles de esquivar, ni siquiera una posición individualista satisfactoria.
Pero si no nos atrevemos a proponer a Orfeo y Erasmo para el nuevo humanismo, entonces Orfeo y… ¿quien?
Precisamente el no poder llenar ese vacío es el problema de hoy para el mundo y por eso es por lo que debemos repetir fervorosamente aquella interrogación (¿Orfeo y quien…?) hasta que ella haga aparecer al que ha de respondernos con la nueva doctrina.
¿Quién será el que ha de darle vida a un nuevo humanismo que separado de los exclusivismos políticos que han esclavizado al hombre, le sirva a este de asidero para su próxima etapa de libertad e integración?
¿Será ese humanismo la prolongación de una de esas tres posiciones fundamentales que hemos examinado, pero con renovado espíritu de universalidad para absorber y armonizar con las otras dos?
Quizás tampoco sea un solo hombre ese continuador de Orfeo que invocamos, sino un buen equipo de esos hombres que, en todas las épocas y aunque dispersos bajo las más variadas apariencias, se unen para conservar al hombre dentro de la humanidad.
Volvamos de nuevo atrás: epicúreos, estoicos o erasmianos, ¿Qué importa? En cualquiera de esas doctrinas, o en todas ellas, aquí y allá, podríamos seleccionar enseñanzas que los jóvenes hace tiempo no escuchan.
Por ejemplo, que grato y provechoso es recordar que, según Epicuro, “no se puede vivir contento, si no se vive prudentemente, honestamente y justamente, ni vivir prudente, honesta y justamente si no se vive contento, porque las virtudes nacen con la alegría de la vida y el vivir alegre es inseparable de ellas”.
Hace 23 siglos se pronunciaron
esas palabras, muchas veces se las ha olvidado durante centenares de años, a
menudo el que las tropieza al azar en algún texto sonríe de ellas como si
fueran una arcaica simplicidad, y sin embargo, si acaso no son verdaderas
totalmente en su forma afirmativa, cuan certeras son como criticas de esas
épocas (como la presente) en que los violentos y los amargados se llevan del
mundo la prudencia, la honestidad y la justicia y, con ellas, la alegría de la
vida!
MIJARES IZQUIERDO, Augusto
De Lo Afirmativo Venezolano (1963)

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