OCLOCRACIA DEMOCRÁTICA
Por Alexander Delgado C.
(Escrito Originalmente el 10 de enero de 2015)
Comúnmente se ignora que, al establecer su famosa correlación de sistemas políticos puros y sus contrapartes corrompidas, Platón consideraba a la democracia (gobierno del pueblo) como una forma impura o corrompida de gobierno, contraponiéndola a la Politeia (gobierno de la ciudadanía o de la Polis) a la que consideraba la forma pura. Por su parte, Aristóteles ya señalaba el arma de doble filo que implicaba llevar a la democracia a su mayor expresión ya que se volvía contra sí misma degenerando en oclocracia. Fue Polibio, en el Siglo II a.C, quien elevó a la democracia a la categoría de sistema puro, oponiéndole, como su equivalente impuro, a la oclocracia.
En efecto, si la democracia es el gobierno del pueblo, la oclocracia es el gobierno de la muchedumbre; es decir, un tumulto anárquico, solo capaz de presentar una voluntad viciada por pasionalidades irreflexivas, lo que lo hace fácilmente manipulable.
Ahora bien, ¿Cómo se diferencia el demos del oclos? Ese es el gran hándicap de la democracia en el presente.
En la actualidad la democracia tiene como pilar esencial la prevalencia de la mayoría numérica, lo cual conlleva al principio de la igualdad y, a su vez, esta tiende, en la mayoría de los casos, a la nivelación por debajo. Así mismo, para su óptimo funcionamiento, se supone que una democracia debe respetar la libertad de expresión. El problema se presenta cuando en una sociedad o en una coyuntura determinada, se generaliza la ignorancia, la necedad, el resentimiento, la abyección; en fin, la corrupción de toda forma de convivencia ciudadana; en otras palabras, cuando estamos en presencia de un oclos, muy distante de, tan siquiera, aspirar a ser un demos.
Entonces la libertad de expresión se convierte en libertad de rebuzno (con el debido respeto a los onagros); se convierte en libre demagogia, libre manipulación y tergiversación; la blasfemia es libre.
Cuando esto ocurre, quienes no se contagian de ese espíritu soez y regresivo solo tienen dos vías; o se dejan sepultar por la avalancha de inmundicias o responden, se defienden y buscan contra-imponerse con las mismas armas del abyecto, al menos parcialmente (muchas veces no les queda otro remedio); y esto, al decir de muchos, algo quisquillosos, los rebaja al nivel de la vulgaridad que pretenden combatir.
Esta es la trampa de la democracia al convertirse en Caballo de Troya de la oclocracia.
Seguramente me insistirán en las diferencias entre democracia y oclocracia…
De acuerdo, no son lo mismo.
Pero a los ojos del público, y en medio del día a día, no solo es difícil deslindar la una de la otra, sino que a esta dificultad se agrega otra aún mayor; la de hacer entender el deslinde de ambos sistemas a la generalidad de la población, en medio de una atmósfera enervada de pasiones bajas y estupideces en estéreo. Es más que obvia la consecuencia de semejante estado de regresión sociocultural en un sistema el en cual se impone respetar, voto mediante, la ignorancia, ceguera y estupidez cuando son mayoritarias; cuando se debe acatar la voluntad, expresada en las urnas, de esos pendejos que, según la famosa expresión de Facundo Cabral, al ser mayoría, eligen hasta al presidente.
Cualquier parecido con lo vivido en Venezuela desde 1945; con mayor énfasis desde 1958; pero, muy especialmente, desde 1998, NO ES NINGUNA COINCIDENCIA.
Pero, por supuesto, hablando de necios y de sofistas, no faltan los que
argumentan, beatíficamente, el disco rayado (certero pero
rayado) de que “lo que hay es que É-DÚ- CARRR”... o sea, como cualquier cosa.
O el argumento más irresponsable; a saber, que “la culpa no es de los
pueblos sino de los demagogos y políticos que manipulan tramposamente”. Si
es así, entonces en los miles de embarazos indeseados que existen, no tendrían ninguna culpa las descocadas que abren las piernas sin precaución de
ningún tipo, toda la culpa sería, exclusivamente, de los “desgraciados”
que les pintan pajaritos en el aire (y ellas se los creen).
Y ese es el problema de cualquier sistema
basado en la voluntad mayoritaria, especialmente en momentos de ignorancia generalizada y
anomia moral, con muchedumbres
dispuestas a abrirle las piernas irreflexivamente a cualquier
demagogo que les pinte pajaritos en el aire.
O lo que es peor, con multitudes que, cuando aparece alguien honesto y,
como cantaba Joaquín Sabina, les dibuja un mundo real, no uno color de
rosa, dichas multitudes prefieren escuchar mentiras piadosas.

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