Por Alexander Delgado
C.
Escrito Originalmente el 22 de enero de 2018
Una de las actitudes
que a los venezolanos más nos señalan desde afuera (muchas veces, en tono de reproche), y con la que nosotros
mismos más nos auto flagelamos, es nuestra pretendida “pasividad” o falta de
reacción ante el proceso de maldad institucionalizada que estamos viviendo. Se
argumenta que “por mucho menos de lo que estamos sufriendo”, mucha gente en
otros países (y quizá los mismos venezolanos en otras épocas) ha salido en masa
a protestar.
Esa “apatía”, no tiene una sino varias razones, una de las más visibles se puede metaforizar a partir del ya conocido cuento de la rana en una olla de agua, inicialmente a temperatura ambiente, pero gradualmente van calentando el agua hasta llevarla a punto de ebullición. No hace falta ser docto para darse cuenta de que este proceso de cubanización foro-paulista se ha dado a cuentagotas, durante casi 20 años, acondicionando al venezolano, a plazos, a la actual situación.
Al mismo tiempo en este proceso de cubanización dosificada, el castrismo contó, de parte nuestra, con una gran ventaja, en lo que, a falta de mejor definición, he denominado El Confort Institucionalista. Como sociedad, nos habíamos acostumbrado, a lo largo de 40 años, a un país político en el que, con todas sus ineficiencias y corruptelas, había una democracia partidista y un orden institucional que, aún con todas sus carencias, funcionaba. Durante esos 40 años se acondicionó a un denso sector de la población, sobre todo a la clase media y a los sectores populares no marginales, a creer en los mecanismos institucionales establecidos, por falentes que fueran.
Pero lo que nunca
hemos tenido en cuenta es que ese funcionamiento, mal que bien, del
engranaje institucional-constitucional del puntofijismo, nunca tuvo un
fundamento social, orgánico y sólido, construido desde las bases hacia arriba.
Más bien fue al revés; el Estado y especialmente, las maquinarias
de los principales partidos políticos (AD, COPEI, URD y luego el MAS) actuaron como
fragua o contenedor a la sociedad interrelacionada que debía ser el cimiento
original.
Y no solo eso, también
el relativo orden y funcionamiento institucional descansó, en gran medida,
sobre un consenso artificial logrado a partir de una política
de realazos, facilitada esta por el enorme flujo de los ingresos
provenientes del petróleo y, a su vez, espoleada por la voluntad, de las clases
dirigentes de entonces, de evitar, a toda costa, conflictos de gran intensidad.
Dicha evasión de conflictos, por pertinentes que fueran, sin duda alguna estuvo
motivada, por el recuerdo de la violencia sangrienta, que había caracterizado
el devenir político de Venezuela tras la Guerra de Independencia. Fue este
falso consenso lo que Moisés Naím y Ramón Piñango calificaron en 1984 como “Una
Ilusión de Armonía”, como título y conclusión de su libro,
publicado ese año bajo el patrocinio del IESA.
Esa falsa armonía es
lo que hoy muchos venezolanos, desprevenidamente, extrañan frente al discurso
divisionista del chavismo como “la época en que éramos un solo pueblo por
encima de las diferencias de partidos” o cuando “éramos felices y no lo
sabíamos”. Es bueno acotar que, en el citado libro, Naím y Piñango
señalan como una de las consecuencias negativas de esa evasión irreal de
conflictos, el que no se generasen nuevos, vigorosos e innovadores
liderazgos, con un criterio genuinamente meritocrático. Es evidente que
esa falencia se ha proyectado hasta nuestros días en lo concerniente a
liderazgos dentro de las filas opositoras.
Esa ilusión institucionalera, que incluye los mecanismos eleccionarios, no solo fue mantenida, por conveniencia, tras la llegada de Hugo Chávez al poder, fue reforzada por el chavismo con el proceso constituyente de 1999 y con las practicas electorales y refrendarias posteriores. De hecho, quizá los venezolanos nunca hayan tenido tantas ocasiones, como bajo el chavismo, de votar, aunque sin llegar a elegir realmente. Para muestra, baste constatar que el 2011 fue el único año, entre 2004 y 2013, en que no se llevaron a cabo elecciones o referéndums de ningún tipo.
Al mismo tiempo, y luego de un proceso de atomización y crisis a lo
interno de la oposición, durante los primeros años del chavismo en el poder; a
partir de 2006 las maquinarias partidistas se reestructuraron dentro del lado
opositor, recreando en su feudo político mucho del fetiche
institucionalista-partidocrático como marca de distinción del ser
demócrata frente a la tiranía chavista. Con el argumento-chantaje de
la unidad frente al régimen, no solo sustentaron su preeminencia dentro de la
Venezuela antichavista, sino que replantearon la falsa armonía a lo interno
opositor. Un institucionalismo de cartón, con pretensiones irrisorias de
coexistir inmaculado con la nueva e implacable realidad política
del chavismo gobernante; con su discurso fomentador de odios y resentimientos
sociales, y con su praxis político-social, caracterizada por una, cada vez mayor, violencia represiva, pero, eso sí, ejercida de una manera oclocrática y
anárquica.
Esta dualidad es la que ha moldeado a la sociedad venezolana bajo el chavismo; del lado opositor al régimen; un institucionalismo iluso, superficial, ritualístico y bonchonamente electorero; del lado del régimen, odio y violencia bovescianas, abuso de poder malandresco, ostentación jaquetona y obscena, así como prácticas represivas, cada vez más abiertas y descaradas, instrumentadas en su brazo armado (tanto de cuerpos militares-policiales formales como de sus montoneras de siglo XXI, llamadas Colectivos).
Desde 2013 la arremetida del régimen ha sido cada vez más demencial, en todas sus vertientes. En el aspecto coercitivo formal, es más que evidente la embestida violenta del chavismo, en la mortífera represión a las protestas de 2014 y 2017, en el barbárico ataque a la Asamblea Nacional, el pasado 5 de julio y, especialmente, en la reciente y brutal ejecución del Comisario Oscar Pérez y sus acompañantes. En el plano Institucional contemplamos el desconocimiento, cada vez más descarado, de la Constitución de 1999 (de impronta chavista), pasando por encima de cualquier formalismo institucional, atropello que tuvo su mejor expresión en todo el proceso de convocatoria, elección e instalación de la espuria Asamblea Nacional Constituyente, a lo largo del, recién culminado, año 2017. También la sociopatía anómica, desatada por narco-régimen, se ha puesto de manifiesto en materia de orden y sentido de estructura, acelerando el proceso de descomposición social, de fomento de antivalores; en ese sentido ha propiciado situaciones anárquicas teledirigidas o bien ha capitalizado a su favor, explosiones de caos social como consecuencia de la crisis económica generada por el propio chavismo. Ejemplos de esto último son el llamado Dakazo, a fines del 2013 o el más reciente saqueo del Excélsior Gama, a fines del año pasado, de igual forma los saqueos y ataques de turbas en las urbanizaciones como modo intimidatorio durante las protestas de 2014 y 2017 o los más recientes saqueos motivados por las hambrunas.
Ante este espiral
crecente de insania por parte del régimen, el sector opositor de la población
(incluyendo a los otrora chavistas que, desencantados, poco a poco fueron saltando
la talanquera) ve como sus espacios de existencia, más figurados que
reales, se reducen drásticamente o pierden su peso simbólico ante la
omnipresente realidad impuesta por la tiranía. Los caminos institucionales se
vuelven quiméricos; las vías electorales (prácticamente las únicas con las que ha
estado familiarizada la oposición) son inútiles, tanto por los fraudes
repetidos en las mesas de votación, como por las artimañas para invalidar, en la
práctica, los pocos triunfos electorales que les reconoce el régimen; las
salidas de calle, visto superficialmente, tampoco logran mayor cosa, además del
elevado y doloroso costo en vidas, las salidas militares no se vislumbran,
salvo rumores que quedan como tal y pronunciamientos individuales aquí y allá,
sin consecuencias inmediatas.
Visto lo anterior, es
más que comprensible que la psique de la Venezuela antichavista se fragmente
desde su confort institucionalista; como consecuencia, unos emigran,
otros se hunden en la desesperanza y la depresión, otros se mantienen en una
actitud de desafío al régimen, pero como quien da palos de ciego,
generalmente a nivel de redes sociales, sin consecuencias palpables en la
calle… y otros más, en una suerte de negación más o menos consciente, se aferran
a una ilusión de la cojitranca institucionalidad de antaño o en la esperanza de su pronta
restitución. Son estos, los que generalmente, se convierten en pasto de la MUD,
acatando una y otra vez sus llamados electoreros, en la típica actitud que yo
identifico como de Disonancia Cognitiva.
Este es el estado
de catalepsia que normalmente muchos venezolanos se
auto-reprochan, sobre todo desde las redes sociales, auto-reproches
comprensibles pero acaso injustos o al menos desproporcionados. Es desde este estado de estupor que muchos propugnan
ilusoriamente salir de esta locura colectiva a través de mecanismos
institucionales ideados para situaciones socio-políticas más “normales” (el
voto o, al otro extremo, la desobediencia civil amparada en el fulano 350),
otros pretenden reaccionar a partir de criterios simplistas (la tan
cacareada calle sin retorno, como un acto virilmente
irreflexivo… y suicida).
Unos y otros no entienden
que, sea cual sea la solución, primero hay que salir, no solo del confort
institucionalista, sino también del confort intelectual y
el confort mental que nos lleva a apegarnos, con patética
arrogancia, a pautas preestablecidas, pero inadecuadas, en un afán de comprender la
anómala situación que estamos viviendo (más que una dictadura, se trata de una tiranía
sociópata, anómica y destructiva) y a partir de una comprensión más acertada,
entender cuáles son las respuestas más viables y a la vez las más adecuadas, a
corto, mediano y, especialmente, largo plazo.


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