martes, 12 de junio de 2018

¿Enamorados Del Gentilicio O Avergonzados Del Gentilicio?

¿ENAMORADOS DEL GENTILICIO O AVERGONZADOS DEL GENTILICIO?

 

Por Alexander Delgado C.

12 de Junio de 2018



Nadie ama a su patria porque es grande, sino porque es suya

Lucio Anneo Seneca

(De Cartas a Lucilio)


En un post publicado el pasado 10 de junio, en su cuenta de Twitter (@JoJakubowickz), el escritor y cineasta Jonathan Jakubowickz dijo “El progreso de Venezuela sólo será posible cuando se sienta vergüenza por una nación que fracasó. Al parecer todavía hay varios enamorados del gentilicio. Ese amor ciego e irresponsable es el principal enemigo a vencer si algún día queremos un país del cuál estar orgullosos.

¿Qué entiende Jakubowickz por vergüenza o enamorados del gentilicio? Habría que preguntárselo. Tampoco es el caso de emitir juicios de valor hacia ese personaje. Pero, a partir de lo que yo interpreto de su aseveración, no estoy de acuerdo con esta. Más bien, en el fondo, nos caracterizamos por tener el defecto contrario. En realidad, desde hace mucho arrastramos un complejo de inferioridad y un permanente sentimiento de vergüenza en relación con nuestro gentilicio

Quizá lo que Jakubowickz y muchos otros asumen (desde una mirada francamente superficial y miope) como “enamorados de su gentilicio”, y sobre todo como “Ese amor ciego e irresponsable” es esa pose, empalagosamente emotiva, y francamente boba, de “este es el mejor país del mundo”, o la arrogancia idiota de creerse de mejor familia (y que sí, lamentablemente persiste en muchos), especialmente en relación con los demás países de Hispanoamérica. Quizá también se refiera el citado cineasta a la tendencia, muchas veces banal, a exhibir atuendos y bisutería con los colores patrios.

Pero en el fondo esa arrogancia, más patriotera que patriota, es una forma vacua, detrás de la cual escudamos nuestra baja autoestima. Aunque la idea no es cuestionar la sinceridad de afecto de los que usan gorras, chaquetas o pulseras con los colores de la bandera o a los que gritan su amor por Venezuela (responsable o irresponsable), aquí muchas veces aplica el dime de lo que presumes y te diré de lo que careces. El que se tome tan en serio estas manifestaciones frívolas y ritualistas como expresión de un  “amor ciego e irresponsable” demuestra que su criterio está al mismo nivel de ramplonería que esas manifestaciones que “critica”, mucho más lamentable cuando se trata de un artista, de quien siempre se espera una mirada más a lo profundo.

El verdadero patriotismo se lleva por dentro. Con un mínimo de gallardía, el verdadero dolor de patria se sufre callado y estoico y solo se expresa en el círculo de la confianza y la intimidad. Madurez de gentilicio que en Venezuela, lamentablemente, la mayoría no parece haber adquirido. Es muy diciente que este adornarse de amarillo, azul, rojo y estrellas haya proliferado realmente a la llegada del chavismo al poder y especialmente en la medida en que Venezuela caía en el espiral de la crisis que hoy la gangrena cada vez más.

Personalmente creo que solo existe el complejo de inferioridad, el llamado complejo de superioridad es un mecanismo de defensa frente al sentimiento íntimo (acertado o errado) de ser poca cosa. Es precisamente lo que sucede con nosotros. Consciente o inconscientemente, echamos mano de un barniz de bravuconería, nos revestimos superficialmente de una parafernalia patriotera, y este es el modo en que nuestra casi nula autoconfianza silba en la oscuridad.

Pero el hábito de auto-desvalorización sigue estando ahí. No era simple patrioterismo que la Ley de Radiocomunicaciones de 1974 obligara a las emisoras radiales a ofrecer un 50% de producción nacional en sus programaciones; ni es simple anécdota que, a mediados de la década de 1980, el gobierno del entonces presidente Jaime Lusinchi, tuviera que radicalizar esa exigencia imponiendo la recordada Ley Del Uno Por Uno (que obligaba a alternar en su programación, en igual paridad, artistas nacionales y foráneos) para que asumiéramos, o quizá descubriéramos, que en Venezuela había talentos musicales de la talla de un Franco de Vita, un Yordano di Marzo o un Ilan Chester, que no desmerecían ante cualquier estrella internacional.

Otro de muchos ejemplos anecdóticos perdidos entre los telarañosos recuerdos de aquellos días, era el alborotarse idiotamente cada vez que en alguna película o serie estadounidense o europea (que generalmente veíamos en la Televisión), se mencionaba circunstancialmente a Venezuela, a Caracas o a algo innato a nosotros, casi que considerando un honor ser mencionados en una película de segunda, una necesidad de ser nombrados afuera para sentirnos un país que vale.

Los citados ejemplos anecdóticos no hablan precisamente de un orgullo patrio profundamente arraigado en la conciencia nacional, ni mucho menos de una autoestima y autoconfianza sólidas.

Esa injusta y malsana idea de insignificancia, de “este país es una mierda” nos ha acompañado más íntimamente de lo que estamos dispuestos a admitir. Y aquí es precisamente donde entra en juego esa caricatura de chovinismo en amarillo, azul y rojo, con la que pretendemos disfrazar o acallar ante nosotros mismos ese sentimiento de somos una mierda.

Por otra parte, este culto patriotero y ritualista a iconos como los colores patrios y las estrellas, el Himno, el Alma Llanera, la figura de Simón Bolívar, la Vinotinto o la lacrimosa canción Venezuela de Herrero y Armenteros; este culto, repito, nos sirve para disimular que en el fondo tampoco sabemos con que se come eso de la venezolanidad, para no tener que asumir que en el fondo no nos conocemos.

Como consecuencia, creamos mitos o clichés en torno a ser venezolano, basados en una especie de leyenda dorada que pretende ver únicamente lo bueno como lo genuinamente venezolano, cuando en realidad, los Chávez, los Diosdados, las Fosforitos e incluso Maduro (haya o no haya nacido en Venezuela) expresan una faceta de lo venezolano tan auténtica como la que orgullosamente representan (aún después de muertos) un Arturo Uslar Pietri, un Simón Díaz o un Renny Ottolina.

Pero, si bien es cierto que debemos sincerarnos con nosotros mismos y hacer de lado esa mitificación de nuestro pretendido nacionalismo, también es cierto que esto, a su vez, tropieza con el inconveniente de que, por esa misma baja autoestima, tenemos una fuerte predisposición, pablovianamente arraigada a la auto descalificación. Generalmente, cuando asumimos nuestra realidad, tendemos a hacerlo no de forma constructiva, sino de forma tóxica, auto-condenatoria y fatalista, muchas veces con una gran carga de lamento estéril, de amargura y resentimiento. Muchos, incluso, asumen una actitud de cinismo despreciativo, escudada en un supuesto “ser realista”.

En vez de plantear soluciones a la problemática, o la necesidad de estas, actuamos como los que Augusto Mijares definió como Sembradores de Cenizas. Es decir, cambiamos la fatua y pendeja leyenda dorada de nuestro ser y no ser, por una muy malsana y devastadora leyenda negra.

Ninguna nación sale adelante con una visión tan negativa de sí misma, lo poco que se alcanza a construir (si se edificara algo) habrá propensión a destruirlo con los pies. Avergonzarnos como país en general no nos espolea hacia adelante, todo lo contrario, nos paraliza, humilla y achicopala aún más, nos resigna y nos envilece en mayor grado del que ya lo estábamos;

Tipo “si somos una mierda ¿qué más da? sigamos siéndolo y gocémonoslo”.

Es muy distinto ante episodios, situaciones, hechos o incluso etapas históricas que, de manera concreta, nos avergüencen (nosotros en este momento), y que esa vergüenza pueda convertirse en un catalizador que nos haga pellizcarnos para levantarnos. Pero es el amor propio, bien entendido y una sana auto valoración lo que nos permite erguirnos, una vez nos hemos pellizcado. Si alemanes o japoneses hubieran sido pueblos acomplejados no hubieran podido levantarse de entre su vergüenza concreta en 1945.

Precisamente nuestro problema es ese, que de nada sirve que nos avergoncemos en lo concreto si tendemos a subestimarnos y auto compadecernos al momento de levantarnos y ni siquiera somos capaces de aceptarlo constructivamente. Es un problema de inmadurez, quizá el verdadero principal enemigo a vencer.

A lo que esa vergüenza concreta tiene que conducirnos (el “¡reaccionen!” que tanto claman histéricamente por las redes) es a tomar conciencia de que, efectivamente, no somos tan patriotas como queremos creer que somos y que ese flaco sentido de pertenencia, ese eterno vivir inconfesadamente avergonzados de lo que somos y no somos, es lo que nos ha impedido levantarnos definitivamente, hasta traernos hasta esta catástrofe país que estamos viviendo. De hecho, en el fondo fue esa cultura país de auto denigración y auto compasión, lo que alimentó al chavismo como hecho sociopolítico, lo que le dio el ímpetu para llegar hasta Miraflores y proyectarse continentalmente, reduciéndonos a escombros. Reaccionar, entendido sin malacrianzas ni pataletas desde las redes, es asumir serenamente que no somos el mejor país del mundo, pero tampoco lo peor que parió la humanidad, simplemente es el país que tenemos. Los venezolanos somos humanos.

No elegimos nacer en Venezuela, tampoco fue un honor, pero mucho menos fue una desgracia. Simplemente nacimos aquí. Con lo bueno y lo malo, este es nuestro gentilicio y tenemos que salir adelante con él, asumiendo lo vergonzoso de lo que estamos viviendo (en lo que tengamos de culpa) pero apoyándonos en lo que de mejor tenemos (sin pretender que lo malo no existe). Con esa confianza en lo bueno, y a pesar de la vergüenza, es que podemos construir un país de que estar orgullosos en vez de estar esperando infantilmente que este se construya solo.

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