NOS FALTA CULTURA DE
DESPOTISMO
Por Alexander Delgado C.
10 de Octubre de 2018
El vil asesinato del concejal Fernando
Albán, militante de Primero Justicia, está siendo utilizado en forma, más que
patética, abyecta, por los politiqueros de la llamada oposición oficialista y
sus influencers. Más que patético, francamente ruin, el estadístico
Félix Seijas, palangrista de las líneas muderas y electoreras, publicó el
pasado 08 de octubre, en su cuenta en Twitter (identificada como @felixseijasr),
un post a propósito del asesinato de Albán en el que dice:
Al analista Seijas perfectamente se
le podría responder con sus propios argumentos. Las brutales torturas y
subsiguiente muerte a que el hamponato rojo sometió a un dirigente político
vinculado a la línea de la MUD (sin desmedro de su valía), dejan más que en
evidencia que bajo la Narco-Tiranía castro-chavista, las vías democráticas, institucionales,
convencionales, abiertas, no permiten otra oposición que no sea de saludo a
la bandera y, ni aún este tipo de oposición sería seguro, a la luz del
crimen contra el concejal Albán.
El asesinato de Albán, la prisión del
diputado Juan Requesens (también de Primero Justicia), y de tantos otros que
han tratado de hacer oposición a este régimen, cual si se tratara de un mal gobierno demócrata-liberal o de una dictablanda; refuerza la idea de que bajo
una tiranía, o incluso bajo una dictadura (como, equivocadamente, muchos
catalogan al régimen de Miraflores) la forma lógica de enfrentarse es desde una
actividad de resistencia, organizada y clandestina.
En un artículo del 25/05/2015, el Dr.
Jesús Petit Da Costa lo explica de manera inequívoca, tomo algunos fragmentos
de este artículo (*):
¿Por qué no hemos logrado llevar a cabo
este tipo de política de forma efectiva? ¿Porque los pocos intentos que se han
hecho no han llegado a nada o han terminado trágica y dolorosamente como el del
Comisario Oscar Pérez a comienzos de este año?
¡Porque nos ha faltado Cultura de
Despotismo!
¿Qué debemos entender por Cultura de Despotismo? Obviamente no se
trata de convertirnos en déspotas, ni en cómplices del despotismo
castro-chavista; es, ante todo, concientizar e internalizar la opresión que se
vive, asumir la necesidad de enfrentarla y, a partir de esta consideración,
aprender a organizarnos y movernos, generalmente a bajo perfil e incluso en
secreto; a saber cómo prevalecer frente
al despotismo chavista (no necesariamente a corto plazo) y poder derrotarlo al
final.
Al margen de los juicios de valor que
nos hagamos en relación a los sucesos que condujeron al derrocamiento del
General Marcos Pérez Jiménez, a comienzos de 1958; e independientemente de la
postura política que asumamos en torno a este tema; podemos hacer, sin embargo,
una comparación con aquellos años en un sentido estrictamente
pragmático.
En la década de los 50 había cultura
de despotismo (o cultura de dictadura como también se le conoce), el venezolano
de la época había vivido la mayor parte de su historia bajo sistemas políticos
represivos o, en el mejor de los casos, con importantes restricciones
políticas, y a veces socio-culturales. Por ende, a la hora de hacer frente al
gobierno de turno, el venezolano que asumía la política militante, estaba
familiarizado con conceptos como; organización, cohesión, clandestinidad;
incluso echarse al monte, estructurarse en el exilio y hasta
llevar a cabo incursiones armadas desde tierras extranjeras, formar una “revolución”
como, rimbombantemente, llamaban a las revueltas armadas que eventualmente
lograban tomar el poder. Quizá los métodos de enfrentamiento variaron desde los días del régimen del General Gómez, enfocándose más en las acciones urbanas, pero se mantuvo
la cultura de despotismo, ese saber actuar políticamente bajo
represión, con cautela o a ocultas, con exactitud, con exigencia.
Con la consolidación, a partir de 1958,
de la democracia de partidos, ya se podía hacer política militante de oposición
de manera legal, con instituciones que, aún con todas sus falencias, en muchos
casos resolvían o sacaban del paso al ciudadano de a pie. Obviamente el
venezolano fue perdiendo la cultura de despotismo y se fue
acostumbrando a que, dentro de todo, podía protestar y acogerse a esas vías
institucionales, por cojitrancas que fueran. Las siguientes generaciones
crecimos en un clima sociopolítico que hacía innecesaria esa cultura, un clima
relajado en el que nos formamos bonachones y bonchones, cada vez
más desconectados de nuestra historia, soportados en la renta petrolera y en la
ilusión de que todos cabíamos porque estábamos en democracia y éramos chéveres.
Y hemos sido los de estas generaciones,
crecidos en el confort institucionalero, los que nos topamos de frente con el
chavismo, con una realidad sociopolítica para la que no estábamos preparados.
En retrospectiva, se podría entender que
estos hábitos políticos fraguados en despotismo permanecieran en el
desuso y el olvido para 1998, o en los siguientes tres años,
cuando el accionar del chavismo desde el poder aún no había cobrado la primera
muerte. Pero, tras los sucesos de abril de 2002, hemos debido empezar a
concientizar la calaña del régimen. Lamentablemente esto no ocurrió a pesar de
que, a partir de 2002, la escalada de muertes, prisiones arbitrarias, torturas y
exilios forzosamente voluntarios iba, cada vez más, en un espiral
ascendiente. Los venezolanos no supimos, no pudimos, o muy probablemente, en el fondo no
quisimos, recuperar esa cultura de despotismo.
Así, siempre nos llenábamos la boca tildando
al régimen, erróneamente, de dictadura o, más acertadamente, de tiranía, pero
nunca actuamos como se supone se debería actuar bajo un régimen opresivo. Como
si en el fondo no nos lo creyéramos. Nunca internalizamos conceptos propios de
quien se enfrenta a un despotismo como; clandestinidad, células, conchas,
estafetas, lenguaje en clave, etc. A nadie en los 50 se le hubiera ocurrido promover
una acción de desobediencia civil al entonces gobierno, en debates públicos,
como se ha pretendido hacer, bajo la Venezuela chavista, desde las redes
sociales.
Tildamos públicamente de dictador,
antes a Chávez y ahora a Maduro, llamamos asesino y narco a Diosdado, terrorista a El Aissami; los insultamos (con toda
la razón); llamamos a la rebelión, a acogernos al Artículo 350 y hasta ha
habido quienes han planteado el absurdo de una consulta popular sobre esa
hipotética rebelión. Y todo esto, en la mayoría de los casos, lo hacemos desde nuestras cuentas de Facebook, Twitter, Instagram, etc., con nuestros nombres de pila, fotos de nuestras caras y hasta fotos de nuestros seres queridos. El que
se hubiera expuesto así antes de 1958 habría sido visto como un loco, un
imprudente o, en todo caso, no habría sido tomado en serio. Y eso nos pasa hoy.
Quizá por eso nunca hemos inspirado la seriedad que amerita el tamaño de la
tragedia que estamos viviendo.
Y así hemos llegado a este Estado Fallido,
tirano y delincuencial; sin asimilar, más allá de los dicterios, el carácter
opresor o, peor aún, gangsteril y anómico, del régimen. Todavía es posible ver
como muchos de los llamados guerreros de teclado son
criticados y tildados de cobardes, por usar seudónimos, como si para eso no
hubiese razones más que obvias. Del mismo modo son comunes las críticas a los
dirigentes en el exilio, por parte de los que permanecen en Venezuela, usando
como descalificativo, precisamente, el estar fuera del país. Habría sido de ver
la cara de un dirigente político anterior a 1958 ante semejante diatriba.
Frente a quienes hablan de organizarse o hacer algo desde afuera, todavía son
comunes las voces (o teclados) furibundas de quienes gritan “la lucha es
aquí” ¿De verdad?
La Pregunta de Las Mil Lochas. ¿Por qué nunca llegamos a internalizar esa cultura de despotismo, ni aún después de casi veinte años de narco tiranía castro-chavista, con todo lo que ha pasado, especialmente desde 2014?
Esta pregunta me parece mucho más clave que los
lugares comunes de “¿Por qué seguimos tan pasivos?” o “¿Qué más tiene
que pasar?”. Es clave porque habla de nuestra falta de seriedad en
asumir el problema que tenemos (valga el eufemismo problema).
Creo que la respuesta a la
interrogante anteriormente planteada está, en parte, en que la tiranía
chavista, dura, cruda y sin tapujos, ha tardado en materializarse. Se ha ido configurando en su cara más brutal,
a plazos. Durante mucho tiempo ha habido una máscara democrática (más bien
democratero-oclocrática).
Siempre hemos tenido espacios para expresarnos en contra, sin que, en la mayoría de los casos, haya consecuencias graves
para el que se expresa. Por ejemplo; si estamos en Venezuela y desde
nuestra cuenta de Facebook o Twitter, mostrando nuestra verdadera identidad,
denigramos del régimen y no nos pasa nada, ni a nosotros ni a los nuestros;
simplemente nos confiamos y, en la práctica, más allá de los epítetos,
tendemos a olvidar la verdadera naturaleza del régimen.
Nos hemos confiado de nuestra “suerte”.
Y por supuesto, no podía faltar el
ritual votocrático. De hecho, este se ha fortalecido bajo el
chavismo hasta el límite del absurdo o de lo grotesco. Como dato diciente,
constatemos que entre 2004 y 2013, en Venezuela solo hubo un año, el 2011, en que
no se celebraron elecciones o consultas refrendarias de algún tipo; en los
demás años siempre hubo ocasión de votar (aunque en realidad no se llegara a
elegir), sean referendos, elecciones presidenciales, parlamentarias o
regionales.
Y nos aferramos a la ilusión de que, si
no estamos en democracia, al menos podríamos aspirar a recuperarla pronto y
por vías institucionales... porque somos chéveres.
La dirigencia pseudo-opositora, obviamente, le siguió el juego al régimen. Después de promover, de manera improvisada e incoherente, la abstención en las elecciones parlamentarias de 2005, al año siguiente volvieron asustadizos a refugiarse en la comodidad de lo conocido para ellos; la acción electoral con toda su parafernalia; afiches, mítines, marchas, bailantas, actos con artistas a lo Sábado Sensacional; toda una fanfarria en torno al candidato chévere del momento; Francisco Arias Cárdenas en el 2000, Manuel Rosales en el 2006, Henrique Capriles en el 2012 y el 2013, etc.
El chavismo y sus cohabitantes “opositores” supieron aprovechar esa falta de cultura de despotismo, ese amodorramiento en el confort institucionalero y votocrático en el que nos arrulló el puntofijismo; ese aferrarnos a la ilusión democratero-electorero-parrandera, ese mojón mental de somos chéveres, somos todo paz y amor. Obviamente el régimen y su oposición hicieron lo posible para mantenernos en esa ilusión, para que no nos tomáramos en serio el despotismo, cada vez más violento, que vivíamos.
Ahora bien, parafraseando la pregunta cliché ¿Qué más
tiene que pasar?
Simple; que maduremos de una buena vez. Que salgamos de
nuestra Peter-Pánica adolescencia, que tengamos la
valentía de espíritu para asumir nuestra realidad (igual o peor que la del
siglo XIX); que nos conectemos de verdad con nuestra historia para entender de
dónde venimos y como llegamos hasta aquí.
Que nos sacudamos de esa ilusión democratera y
siglo-veintera, de esa obsesión buenista y de ese afán
cuasi-enfermizo por lo políticamente correcto. Que entendamos que no somos chéveres, sino que estamos jodidos por IRRESPONSABLES.
Que no somos chéveres, pero que tampoco somos lo peor que parió la humanidad.
Que estamos jodidos pero que podemos, si queremos, salir de
esta locura, asumiendo la solución que sea pertinente y no la que más nos
guste, pagando el precio que haya que pagar y durando lo que tenga que durar.
Que asumamos de una vez por todas que no hay Estado ni instituciones a que acogerse que estén
verdaderamente al servicio de Venezuela y de su gente. Que no hay, ni puede
haber, dentro del país, liderazgos genuinamente opositores a la tiranía que, a
cara descubierta, actúen con efectividad en las calles.
Que dejemos de lado ese otro mojón
mental, el complejo heroico, que entendamos que encarar nuestra
situación no es simplemente un tema de ser cuatriboleados ni
de gritos histéricos de “a la calle”, sino también, y sobre todo, de
organización, disciplina y de ser más estratégicos.
Que entendamos QUE SE ACABÓ EL RELAJO Y ES HORA DE LA
SERIEDAD.
Que terminemos de asumir la cultura de despotismo. Y que, adicionalmente, también desarrollemos un poco de lógica prepper, una mayor actitud de supervivencia y prevalencia.
El citado artículo del Dr. Jesús Petit Da Costa se puede leer en el siguiente enlace:
http://jesuspetitdacosta.blogspot.com/2015/05/actuar-combinando-todas-las-formas-de.html



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