jueves, 20 de octubre de 2022

“¡Que Crezca El Pilón!”

“¡QUE CREZCA EL PILÓN!”

Por Alexander Delgado C.

20 de Octubre de 2022


Como el niño de antes que se divertía con aquel viejo juego de El Avioncito o La Semana, a lo largo de estos casi 24, años el pensamiento de la Venezuela antichavista parece haber ido a brincos en torno a toda una gama de consignas, letanías, mantras, etc., diseñados para cuadricular las expectativas, anhelos, filias y fobias de quienes deseamos salir de la plaga roja.

Eslogans chéveres que parecen segmentar la psique antichavista, como el; “¡Ni un paso atrás!” en 2002-2004, el “¡Atrévete!” en 2006, el “¡Hay un Camino!” “¡Algo bueno está pasando!” en 2012 y 2013; o los más recientes; el “¡Vamos Bien!” “¡Cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres!”, con las que miles de venezolanos se plegaron, de buena fe, a la estafa del interinato.

Y entre cantaletas y cantaletas, se nos han ido casi 24 años y con ellos se han llevado buena parte de lo que llamamos (y aprendimos a querer como) Venezuela.

Pero la retórica de la oposición prestablecida también ha estado signada por otros clichés, menos de ocasión, más reiterados, aparentemente más espontáneos y repetidos constantemente por sus adherentes del común, sea de viva voz o a nivel de redes sociales. Una de esas muletillas es el oligofrénico “¿y tú qué propones?”, con el que siempre “replican” cualquier cuestionamiento a las vías ilusamente institucionalistas y electoreras, como forma de salir de la narco-tiranía. Otro estribillo es el neurótico y paranoide “¡UNIDAD!”, proferido a voz de cuello, cual admonición bíblica, brotadas las venas. 

El otro mantra, que es el que me lleva al meollo de este escrito, es el cataléptico y ya bien trillado “SUMA Y NO RESTES”.

Esta es quizá una de las frases más icónicas que, aún a estas alturas, siguen repitiendo los palangristas de la oposición nice; esa que solo atiende a voces mediáticamente consagradas, generalmente empeñada en una mística buenista y en discursos de reminiscencia puntofijista. Esa que se encuadra en partidos políticos añejos o añejados; y muy especialmente, esa que se apega a rutas electoreras, probadamente ineficaces y que solo sirven para (con o sin intención) hacerles el juego a la tiranía castro-chavista. 

Cuando escucho el “Hay que sumar y no restar” no puedo evitar recordar aquel otro juego de mis días escolares; cuando nos amontonábamos en cambote sobre alguno, caído en el suelo, al grito de:

         “¡QUE CREZCA EL PILÓOON!”

Porque es lo que, a grosso modo, quiere decir el “Suma y no restes”. Ante el monstruo chavista, solo parece inspirar una seguridad placeba la idea de que crezca el pilón, no importa que ese pilón, en permanente crecimiento, no haya servido para un carrizo. Admito que es comprensible esta postura desde la desesperanza y el desespero. Se comprende igualmente esta visión pilonesca de una presunta cohesión opositora, teniendo en cuenta nuestra tradición socio-política entre 1958 y 1999.

Aunque muchos de los que se hacen eco de esta consigna son ciertamente profesionales o tan siquiera bachilleres, a veces parece que no hubieran pasado de sexto grado de primaria, o que su mente hubiera borrado las matemáticas del bachillerato. De lo contrario recordarían que también existen los números negativos, por debajo de cero, y que SIGNOS DIFERENTES NO SUMAN, RESTAN.

Esta no es una simple y banal metáfora matemática. El chavismo (y en general el foro-paulismo) parece tener muy clara esta metáfora. Los chavistas siempre han partido de la premisa de “nos fortalecemos depurándonos” y, desgraciadamente para Venezuela, les ha dado resultados óptimos. Numéricamente hablando; en términos de simpatizantes, devotos y militantes de base (por convicción, no obligados); por lo menos desde el 2001, ha sido mucho más lo que el chavismo rojo ha perdido en Venezuela que lo que ha ganado, y sin embargo parece estar cada vez más firme y fortalecido. Los rojos solo se juntan y se retroalimentan con los de su misma calaña, con los que, de una u otra forma, les aportan en el sentido roñoso, destructivo o degenerativo que les es innato. Ellos juntan negativo con negativo, suman en negativo.

Pero del lado opuesto al chavismo; desde la “dirigencia” o vocería, pasando por los generadores de matrices de opinión, hasta la propia ciudadanía de a pie; se insiste en la cantaleta de la “unidad” “hay que sumar y no restar”. En nombre de esta “premisa”, se ha pretendido amalgamar todo aquello que haga bulto contra la plaga castro chavista; se ha acogido indiscriminadamente a cuanto elemento chavista “abandone” el barco rojo, no importa si representa lo peor del régimen; no importa si, a la manera de Francisco Arias Cárdenas, David De Lima o William Ojeda, están de prestado, haciéndose pasar por opositores, para luego volver a su redil original. En nombre de sumar y no restar se le han hecho carantoñas a los llamados chavistas originarios, descontentos de la actual dirigencia roja, quienes, sin abjurar de su antigua devoción por Hugo Chávez, solo pretenderían reproducir en el espectro anti-chavista la actitud país, en sus fuentes primigenias, que nos trajo a este cuasi apocalipsis.

Buscando que crezca el pilón, se recibieron con los brazos abiertos a un Henry Falcón, a un Eduardo Semtei, a un Miguel Rodríguez Torres o a una Luisa Ortega Díaz… y a la postre ¿Qué han aportado? Se llegó hasta el extremo, ciertamente no confirmado pero sí muy diciente, de “negociar” un apoyo de Vladimir Padrino y Maikel Moreno de cara a aquel patético 30 de Abril de 2019, para luego resultar con los crespos hechos.

Pero, lamentablemente, para la lógica del antichavista cool no importa que las pilonescas mayorías numéricas no hayan servido de nada, ni a nivel de urnas electorales ni a nivel de calle, ni siquiera, de cara a una opinión pública internacional; la cual, por cierto, en el fondo está casi tan drogada de unicornios como los chéveres que, en Venezuela, siguen a la dirigencia “opositora”.

La verdad es que la oposición más ilusa se aferra a la Tesis del Pilón porque retrata uno de los mitos, pecados o debilidades, más pertinaces de nuestra psique. Los venezolanos, lamentablemente, tenemos una mentalidad muy arraigada de hombre-masa; esta encubre un individualismo insociable y cimarrón, asentado en nuestra conciencia y escudado en la impersonalidad de una colectividad amorfamente uniforme. Deliramos por una diversidad malentendida, multitudinaria, más revuelta que junta; un amontonamiento con cierta estética, bajo el discurso bien-pensante proferido por unos “voceros” altoparlantes desde una tarima. Elementos dispares juntados que, en el fondo, se mastican pero no se tragan, o en el mejor de los casos, se son mutuamente indiferentes. Pero eso no importa, hay que sumar, nos apilonamos para la foto (o el selfi) en medio de la algarabía callejera, con nuestra mejor sonrisa Pepsodent.

Nuestro individualismo cerril tiene como condición sine qua non, que nuestra singularidad nunca destaque, que sea unidad confundida entre la multitud; más o menos como el que solo se siente cómodo en las grandes urbes, en las que, como partícula perdida, si acaso se conoce con el vecino del apartamento de al lado. Tenemos una devoción, casi que fetichista, por la cantidad, muy por encima de la calidad. Hay que sumar, porque solo vale lo cuantitativo, lo estadístico, el cuatro que resulta de juntar dos con dos; no importa que estemos “sumando” manzanas buenas con manzanas podridas; mejor dicho, no importa que estemos arrejuntando manzanas con manteca de cochino y zapatos; lo que cuenta es la cantidad de unidades que amontonemos para que crezca el pilón; “¡Unidad!” “¡No dividas!”, al contrario, “¡hay que multiplicarnos!”, aunque al multiplicar positivos con negativos, el resultado sea negativo (de nuevo las fastidiosas matemáticas del liceo).

A lo cualitativo en el fondo le tememos; pero, en realidad, no tanto porque “dividimos y ellos reinan”, esa es nuestra coartada; más bien lo que nos atemoriza es que esa división nos muestra la verdad de nuestra debilidad orgánica tras la falsa fortaleza del número… Y también porque la calidad nos representa diferencias, nos recuerda el registro social y esto, nos demos cuenta o no, nos reviven ecos de la Venezuela de los años 1814 y 1859. No importa que esos ecos se hayan institucionalizado desde 1999. Nuestro negacionismo da para todo.

De ahí que muchos venezolanos, de todos los niveles socio-económicos y educativos, pero especialmente en el campo antichavista y en las urbanizaciones de la, otrora y post-hippie, clase media, deliren orgásmicamente ante una concentración masiva y multicolor, pacífica, festiva, “fraternal”, chévere, como tantas que han tenido lugar entre 2002 y 2019, en forma de marchas de protesta, mítines electorales o auto juramentaciones; sean protestas cívicas, sean disturbios o, en el caso chavista, sean turbas y hordas.

Nuestra devoción por las pilonescas multitudes, encubre el temor evasivo a nuestro yo interior colectivo. Por eso también, cuando nos la damos de extremistas cuatriboleados, optamos por la letanía de “¡Todos a la calle!” “¡Calle sin retorno!”… Porque la calle acalla. El retumbar de gritos vacuos, pitos, bocinas, consignas y comparsas sobre el asfalto, encubre los inquietantes ecos internos de nuestros complejos y traumas como sociedad, como familia, como grupo, como miembros de una colectividad llamada Venezuela.

La ilusión del pilón creciendo hoy representa ese buscar en el anochecer, bajo la luz de un poste de alumbrado público, aquello que, en el fondo, sabemos que solo puede estar en la oscuridad del matorral próximo. El problema es que el bombillo del poste hoy apenas destella parpadeos. Como ágora, la verdadera calle, sea pacífica o violenta, de momento parece haberse agotado para la Venezuela antichavista, al menos como ciudadanía civil; y como posible ciudadanía armada tendría que pasar por un período de organización y entrenamiento tras trincheras si queremos que sea efectiva. Las calles venezolanas, hoy en día, están tomadas por bandas armadas y violentas, mercenarias o aliadas de la narco-tiranía, a quienes no les importa que el pilón no le crezca siempre y cuando su poder de fuego sea incontestable. Unas montoneras de siglo XXI que no se andan con comparsas ni sonrisas Pepsodent, ansiosas, por lo demás, de invadirnos y aniquilarnos en nuestros espacios internos.

Precisamente solo nos quedan esos espacios internos; el hogar, el cónclave familiar, vecinal, organizacional, acaso profesional, incluso de amigos o feligreses religiosos… y por supuesto de copartidarios. Solo nos quedan nuestros patios interiores o, si se quiere, nuestras catacumbas, reales o simbólicas, para enfrentar nuestros monstruos de closet, para superar miedos, tabúes atávicos, traumas y ecos decimonónicos; para asumir, sin tapujos, nuestras singularidades, individuales y grupales, darles el brillo que merecen y ubicarlas donde puedan dar lo mejor de sí; asumir constructivamente nuestras diferencias, lejos de pseudo diversidades bullangueras; cohesionarnos de verdad, desde las bases, lejos de falsas unidades en calles postizas.

Nos quedan nuestros baluartes, para organizarnos, definirnos, fortificarnos y resistir los embates del castro-chavismo y sus aliados; para redefinirnos, reestructurarnos y luego, ahí sí, plantearnos la retoma de las calles y la toma del poder. Espacios regenerativos que nos permitan crecer, primero en calidad y luego en cantidad, sumar de verdad, sumar positivos con positivos y ofrecer cimientos sólidos a una verdadera nación y no a un pilón. Una nueva Venezuela, no solo mil veces mejor que la ignominia que tenemos casi 24 años padeciendo, sino también una Venezuela mejor, más digna y sólida que la que tuvimos ayer, anteayer y trasanteayer.

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Imagen al comienzo tomada de Wikipedia, la Enciclopedia Libre:

https://es.wikipedia.org/wiki/Oposici%C3%B3n_al_chavismo#/media/Archivo:We_Are_Millions_march_Venezuela.jpg

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