NACIONALISMO
E INDIVIDUALISMO
Por
Alexander Delgado C.
30
De Enero de 2023
“Pues ya ve Vuestra Merced, que nos
toca de obligación el defender nuestra patria o seremos esclavos de todos ellos”
Nicolás de
León (hijo de Juan Francisco de León)
Venezuela.
Año 1751
Es muy recurrente apelar a llamados patriotistas,
de unidad nacional, frente a prédicas disgregantes a lo interno como la
exaltación de la lucha de clases, propia del marxismo o también, frente al
individualismo centrífugo, exaltado por el liberalismo extremo. De hecho, ante el
dogma marxista de la lucha de clases, muchos de los que se definen como
nacionalistas y anticomunistas, suelen propugnar la cooperación entre clases.
Sin embargo, más allá de lo loable que pueda ser esta premisa, hay que tener en
cuenta la realidad objetiva a la que se trata de aplicar.
Como concepción, el nacionalismo está
en estrecha relación con el patriotismo y este, su vez, con el sentido
de pertenencia e identidad, el cual es un ejercicio del individuo respecto
a su patria (natal o adoptiva). Pero este sentimiento patriótico, no tiene
necesariamente que manifestarse de igual forma en cada individuo. Para mejor comprensión, permitámonos una pequeña disertación conceptual sobre
patriotismo y nacionalismo.
A grosso modo el patriotismo, como vínculo afectivo al territorio del que se es, implica el cumplimiento de deberes ciudadanos, comportamiento ético, sana convivencia, laboriosidad, solidaridad y colaboración para con sus compatriotas, etc. Así mismo, debe enaltecer, o tan siquiera respetar, los principales símbolos patrios, así como la historia, prohombres y principales rasgos idiosincráticos y culturales que distinguen a la patria en cuestión (música, artes, deportes, gastronomía, etc.). Por su parte el nacionalismo toma como base al patriotismo, llevándolo a un nivel más político; se estructura en un principio, ideología o movimiento, tendiente (según el caso) a defender, preservar, reafirmar o rescatar; ya sea la soberanía, unidad, integridad, identidad, cultura o tan siquiera la dignidad de una nación; en algunos casos esto puede llegar a hacerse por encima de intereses o sentimientos, individuales, grupales o regionales.
No viene a cuento en este escrito, abordar deformaciones a partir del ideal nacionalista; como chovinismo, xenofobia, racismo, etc.
En la anómica, fracturada y humillada
Venezuela de hoy ¿es adecuado o tan siquiera viable un discurso de
unidad a partir de formas nacionalistas? Eso depende
de cómo enfoquemos ese nacionalismo. De cara a la actual realidad
venezolana, considero que un discurso, o accionar, de inspiración nacionalista habría de
configurarse con una gran dosis de pragmatismo (bemol en la
sinfonía patriótico-nacionalista que, per se, es idealista y romántica).
Hay mucha tela que cortar en relación a este tema, pero el meollo en este escrito es relacionar el planteamiento de un discurso o accionar nacional-patriotista, con la valoración del individuo, en sí mismo y de su entorno inmediato; a su vez, de confrontar esta relación con el individualismo anarquizante, propio de la psique venezolana.
Al tener el nacionalismo como motivador
inicial, el sentido de pertenencia o procedencia; si queremos que este sea
consistente y sólido, más allá de símbolos nacionales que bien pueden prostituirse o vaciarse de significado ante la población; se debe partir desde las bases,
o más claramente, desde lo más inmediato. El sentido de pertenencia aplica de
abajo hacia arriba o, si se quiere, de adentro hacia afuera, especie
de muñeca matrioshka al revés.
Más exactamente, no es muy lógico hablar de un vínculo afectivo con nuestra nación (en este caso Venezuela) si no se empieza por desarrollar este vínculo con aquella región del país a la que estamos ligados, por nacimiento, adopción o algún otro modo de arraigo. A su vez, este vínculo afectivo regional, pasa por un sentido de procedencia hacia nuestra ciudad o población e, incluso, aquel barrio, urbanización o localidad a la que estamos vinculados por nacimiento o crianza. Incluso esta matrioshka al revés puede expandirse externamente más allá de la nación, pudiendo darle consistencia sólida a un hipotético sentido de pertenencia a nivel continental e, incluso, llegar a un universalismo; quizá desde ópticas muy locales, pero mucho más honesto que ciertos pseudo cosmopolitismos proto-hippies.
Igual pasa desde un ámbito socio-cultural; un sentido de identidad, regional o nacional sería más sólido si está complementado a lo interno por un vínculo de pertenencia a aquel grupo; familiar, vivencial, religioso, profesional, académico, corporativo, etc. del que se procede o al que se está ligado por razones idiosincráticas, teologales, de convivencia, de estudios, ejercicio laboral-profesional, etc. Esto, por supuesto, siempre y cuando estas dinámicas sean cónsonas con el sentido de deber patrio, o al menos no lo contradigan en esencia.
Un verdadero espíritu nacional se define en la
medida en que las diversas regiones y sectores de la sociedad, sin anularse, se amalgamen, o más bien se armonicen, siendo capaces de aportar lo mejor de sí en aras del todo nacional (especie de mínimo común denominador).
Pero aquí nos tropezamos con una paradoja; muy pertinente al caso venezolano, teniendo en cuenta nuestra heterogeneidad. Muchas veces, para que se dé una verdadera integración intersectorial en contextos nacionales muy híbridos y llenos de contrasentidos, debe pasarse por un periodo de confrontación en que los sectores dispares a lo interno, se plantan cara a cara en sus diferencias, afrontando las pintas de bichos raros que inicialmente se van a ver los unos respecto a los otros. Es a partir de la asimilación, y luego superación, de esa primera tensión, sin violencia ni odio; que sigue una etapa en que aprenden a tolerarse, a reconocerse sinceramente como “la otra cara del país” (en un sentido netamente socio-cultural), como ese connacional que no se parece a lo que yo soy y sin embargo pertenece a mi misma nación. Este reconocimiento mutuo da base a un proceso de ósmosis en el que, poco a poco, elementos culturales e idiosincráticos de cada sector van permeando en el otro, sin que por esto desaparezcan las diferencias internas, solo se atenúan, armonizan y articulan. Aquí estaríamos en presencia de una verdadera alma nacional, además de una sólida cohesión, un carácter y personalidad fuertes, magnéticas, altamente respetables.
Mientras esto no se logre, el sentido
de patria o nación solo será un conjunto de símbolos gráficos, iconos
musicales, gastronómicos, geográficos o históricos que, en el fondo, no
tendrán más conexión de pertenencia que la que nos dice el deber ser de un discurso
institucional o el sermón de un manual escolar de Formación Ciudadana y cuyo
respeto siempre será circunstancial y endeble, independientemente del tiempo
que dure y el relativo fervor ritual de la mayoría.
Valga decir que en Venezuela, desde 1958 el reseñado proceso de confrontación, tensión, aceptación y finalmente integración nacional, se había evadido de manera sistemática y deliberada. Las clases dirigentes de entonces, en un afan de olvidar, que no superar, la violencia sociopolítica que nos había caracterizado, y valiéndose de los, cada vez mayores, ingresos petroleros, promovieron un consenso artificial que evitara, a toda costa, conflictos de gran intensidad por pertinentes que fueran. Esta política, no solo favorecería el acceso del castro-chavismo al poder, sino que determinaría, frente a la plaga roja, a una sociedad venezolana, en el fondo, desencontrada consigo misma y en pugna latente; atenida, en cuanto a sentir patrio, a símbolos e iconos, progresivamente fosilizados en su comprensión y conexión cotidiana con una población que, hasta entonces, solo por mera inercia, los reverenciaba (o peor aún, los idolatraba); símbolos que acabaron siendo cooptados y prostituidos por el régimen chavista, en medio de la negligencia indiferente de la vocería “opositora”; hasta quedar reducidos, de cara a la devastada realidad actual, a un sarcasmo o, peor aún, en gran medida, ser revestidos de una connotación odiosa a los ojos de muchos venezolanos de a pie, quienes en su frívola ignorancia, con o sin razón, los asocian al narco-régimen.
Como consecuencia, somos presas de un accionar deliberadamente disgregante por parte del régimen castro-chavista,
pasto de una prédica de odio social y antivalores, promovidos desde el poder
que, a su vez (y junto a la crisis económica), han reforzado el individualismo disolvente que de por sí ya
caracterizaba al venezolano. Y lo que es peor, han repotenciado, no solo
nuestra baja autoestima, sino la actitud auto denigratoria que ya desde los
años 30 Augusto Mijares denunciaba, calificándola como de sembradores de cenizas; hasta el punto de llevar a muchos
venezolanos (especialmente los más jóvenes) a un nivel de
sincero, insensato e irracional odio hacia su patria, incluida su historia y
prohombres; una actitud, en el fondo comprensible, aunque no por esto, menos
repudiable.
Frente este proceso de desarticulación del país, sí se podría considerar pertinente promover, un discurso y accionar de tipo patriotista o inspirado en un ideal nacionalista. Pero, y con el plomo en el ala de la mencionada siembra chavista de desarraigo y aversión, esta mística patriotista-nacionalista debe estar, reitero, muy honestamente atenida a nuestra realidad, tanto actual como histórica; así mismo, debe evitar calcos de discursos nacionalistas foráneos. Frente a formas usualmente asociadas al nacionalismo, el nuestro tendría que ser muy sui géneris; en muchos aspectos más cercano a un patriotismo simple (sobre todo en cuanto a sus exigencias) pero no por esto menos estructurado y severo, teniendo en cuenta el caos enconado vive Venezuela. Irónicamente considero que; antes de enfilar contra enemigos externos o más bien, internacionales que ciertamente los tenemos; o al menos de manera simultánea; un discurso nacionalista tendría que apuntar a lo interno, en procura de la integridad y solidez del tejido nacional, así como del fortalecimiento y la depuración ética y actitudinal; pasando por la supresión, o al menos neutralización, de elementos delincuenciales y factores de corrosión interna, entre ellos; actitudes resentidas, acomplejadas, derrotistas, auto-denigratorias, y auto-destructivas, escudadas en un supuesto libre disenso. Darle prioridad a estos aspectos respondería al hecho de que no se puede enfrentar un hipotético enemigo externo si la propia casa está plagada de factores debilitantes o postrantes que, con o sin intención, juegan a favor de ese enemigo.
En nuestro caso, debemos añadir que entre nuestros principales enemigos, tanto o más que comunidades nacionales definidas, se encuentran entes trasnacionales y antinacionales (Dixit Foro de Sao Paulo, Progresía Internacional, Narcotráfico), con fuertes adhesiones a lo interno de nuestro gentilicio, lo que les da un carácter dual de interno y externo a la vez; de ahí que, el clásico discurso nosotros vs ellos deba igualmente tener esta dualidad y contemplar nuestras contradictorias circunstancias. De hecho, una de las tentaciones que deben evitarse, es la de xenofobias prefabricadas, así como el recurso, evasivamente chovinista, de buscar confrontaciones con nacionalidades extranjeras en aras de una unidad placeba, especialmente en la medida en que sirven de paraguas a los, ya señalados, elementos de corrosión interna.
El concepto de Patria deberá asociarse
rigurosamente al sentido del deber y noción de la obligación, por encima incluso de la noción de derechos o más
bien, sirviendo de base a estos; un patriotismo íntimamente asociado al sentido
de la Areté, gallardía y honorabilidad para con la nación y para con sus pares,
en procura de un bienestar general que, a su vez sirva de basamento a libertades
individuales.
Un patriotismo y nacionalismo muy revisados y replanteados en su narrativa y autocontemplación, presente e histórica. Una sintaxis e iconografía nacional, quizá mucho más estricta, más jerarquizada y, como señalé, depurada de elementos antisociales y antinacionales; pero a la vez, y paradójicamente, más versátil, buscando prohijar, armonizar y, si fuera el caso, conciliar, narrativas más locales y cotidianas, relacionadas a nuestro presente y pasado inmediato (siempre que no perturben la integridad física, moral y espiritual de la nación), por ende más cercanas al venezolano común en cuanto a individuo. Ya no bastan, únicamente, evocaciones heroicistas (desprestigiadas por el uso y abuso del chavismo), es necesaria una mayor contemporaneidad, un mayor enaltecimiento del esfuerzo diario.
Para esto, considero imperativo aprovechar el poco respeto que aún inspiran nuestros prostituídos símbolos patrios y usarlos como elementos aglutinadores en un discurso que proyecte la necesidad de unidad, autoridad, orden, sentido del deber y restablecimiento moral y luego aprovechar esta tregua para promover y tutelar una confrontación sana y articulatoria de lo que comúnmente se conoce como las fuerzas vivas de la nación; la cual dé pie a una unidad nacional verdaderamente sólida, y un sentido de identidad bien entendido, seguro de sí mismo, sin complejos, que refleje e integre al venezolano de a pie, al venezolano de buena fe y que, a la vez, lo comprometa desde su día a día; acogiendo al individuo pero neutralizando al individualismo disgregante.

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